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jueves, 18 de febrero de 2016

A media luz

Albert Camus decía que uno conoce una ciudad cuando sabe cómo trabajan, cómo mueren y cómo aman sus ciudadanos. La verdad es que como turista es difícil percibir a fondo esas particularidades, pues uno anda abrumado con todo, asombrado ante lo nuevo y cualquier detalle tiende a exagerarse. En Buenos Aires se ve eso, una suerte de majestuosidad que la misma ciudad emana y hasta contagia.

La ciudad es absolutamente turística, con las opciones y posibilidades de transporte, movilidad y señalización que hacen que un extranjero no se pierda, más tenga vida eterna. Y es que recorrerla a pie se hace tan mundano -en el sentido terrenal, no pecaminoso-, que genera esa sensación de recorrer grandes metrópolis, como cuando se recorre Nueva York. Como colombiano, uno sabe que está en el mismo continente, pero se siente esa amplia distancia cultural, de costumbres y de universo mental.

Después de estas letras con tinte de revista de avión, aquí van más postales desde Argentina, esta vez recorriendo otras comunas de Buenos Aires, que es como le llaman también a los barrios.


La popular Feria de San Telmo, que desde 1970 funciona todos los domingos en Defensa y recibe a más de 10 000 visitantes. Ahí es donde uno debe comprar el imán para la nevera, la billetera de cuero, la camiseta del Ché y otros muchos clichés.

Los puestos son negocios familiares de corte tradicional, donde las artesanías son cuestión de padres e hijos de todas las edades.

Imperdible venir a Buenos Aires y no conocer el Paseo de las historietas, circuito callejero por Monserrat, San Telmo y Puerto Madero. Allí se rinde homenaje a los personajes más importantes de la caricatura argentina, o como le llaman ellos, la historieta (obvio, por algo el paseo se llama así).

Ahí, en Defensa y Chile, a la altura 371, está la casa donde vivió Quino mientras hacía a Mafalda. Bueno, la foto lo dice todo.

La tradición es tomarse foto con Mafalda, Susanita y Manolito, el cual no sale en la foto porque lo tapó la señora del celular. La gente hace fila para esta foto, y la verdad vale la pena, porque Mafalda es de lo mejor que ha dado Argentina al mundo.

Cerca, muy cerca, está Puerto Madero, que es el barrio exclusivo de Buenos Aires. Aquí viven las personas con más plata del país, quedan importantes hoteles y hay todo tipo de restaurantes elegantes; y se entiende, pues la vista al río y a las fragatas hacen del paisaje algo inolvidable.


Pasar por Puerto Madero demanda caminar por el Puente de la Mujer, que es como cruzar el Brooklyn Bridge pero en menor escala.

El picnic en verano es casi que un plan imperdible en la Avenida Costanera. Aquí, las familias salen a tomar mate, compartir la comida y jugar Badminton. O por lo menos con eso me encontré.

El popular y bien ponderado Choripan, el cual sale, con bebida, por unos 53 pesos argentinos, que son como COP $11 000. Uno lo puede rellenar con lo que quiera.

El Rally Dakar tiene su parada y pasada obligadas por Buenos Aires. Aquí un fanático charla con uno de los pilotos que estaba limpiando su carro. La escena transcurre en la entrada del Hotel Hilton de Puerto Madero.
Estadio Luna Park, lugar donde las actividades culturales de todo tipo han tenido su lugar. Aquí Maradona hizo su fiesta de matrimonio, boxeó Carlos Monzón, tocó Red Hot Chilli Peppers, y predicó Dante Gebel. Todos gente de mi completa admiración.

Reza el tango de Carlos Gardel que aquí, en Corrientes 348, transcurre una historia de amor y cocteles. Lo bonito es que el lugar conserva la fachada homenaje, que hace que se resalte el lugar en la zona.

Para muchos, Corrientes 348 remite a Gardel. Para mí, remite a Rescate.

Pecado es no probar las empanadas argentinas, todas preparadas al horno, con muchos quesos y aceitunas negras. Aquí un puesto de empanadas en la Avenida Federico Lacroze.

Rosedal de Palermo, un lugar para quienes aman las flores. Yo, que soy severa flor, tenía que visitarlo. Obviamente no duré ni un minuto allí.

La gente cuestiona mucho el ego de los argentinos, pero cuando uno comparte con ellos se da cuenta de que tienen un arraigo distinto, una identidad nacional que no se pone en duda ante nada, tan diferente a Colombia. Este es un tremendo copy visto en GreenEat, maravilloso mercado natural.

Me explicaron que cuando un auto tiene una botella encima, quiere decir que ese auto está en venta. Creo que este tipo de cosas son las que revientan la cabeza del turista, como me pasó a mí, que quedé feliz de saber esto aunque no me servirá para nada en la vida.


Niños felices alimentando peces. El cuadro es totalmente internacional, casi que podría ser una postal de Miami. La foto fue tomada en un lugar bien internacional: el Jardín Japonés.

La comunidad asiática tiene en Argentina un lugar preponderante, casi que sucursal. Impacta ver a chinos, japoneses y koreanos haciendo negocios y conviviendo tan naturalmente.

Heladería Freddo, un clásico argentino que está en todo lado. Recomendado el helado de Mascarpone.

Y ya que hablamos de comida, esta es La Casona del Nono, restaurante de parrillada y carnes en Lavalle. Allí uno se puede aplicar una buena comida para dos en 300 pesos argentinos.

La pizza argentina es diferente, más delgada, más Chicago, más quesuda. Recomendada la Fruzzeta, que es hecha a base de Muzzarella y cebolla. Pizzería Kentucky en Palermo viejo, calle Soria. 

El popular Subte, capturado en movimiento en plena Línea D Estación Scalabrini Ortiz. La forma de movilizarse así, por debajo de la tierra y a media luz, cosa a la que no estamos acostumbrados en Colombia, donde el 'a media luz' es común a la corrupción de vivir con zonas de oscuridad en todas las esferas del poder, no a tener un Metro y condiciones de transporte decentes.

lunes, 30 de noviembre de 2015

Las cosas de arriba

Después de pagar todas mis deudas, que en realidad eran tan solo una grande, viscosa y con mil cabezas, he venido haciéndome la pregunta del millón de dólares, la misma por la que uno puede perder cualquier concurso: ¿Y ahora qué sigue?, porque con la conciencia de la libertad, de por fin aterrizar en el pavimento de la inhóspita vida del no-endeudamiento, uno empieza a pensar en el paso a seguir, o por lo menos en dónde aparcar para descansar del vertiginoso mundo financiero.

Y me doy cuenta de que el ciclo nunca se detiene, porque tan pronto di la noticia de mi libertad, me impactó recibir sugerencias financieras de la siguiente inversión: que la Maestría, que el carro, que el CDT y que hasta el matrimonio, entre otras que sé que son importantes, cómo no, pero que confirman que esta vida es como andar en carretera, al filo del exceso de velocidad y sin derecho a parar al baño.

El mundo sigue, y como decía Mafalda, quiero que lo paren para poder bajarme, porque estoy viendo que uno pierde mucho tiempo pensando en qué hacer con su plata, cuando de verdad es tan solo eso, algo que se va a derramar en un dos por tres. Para mí el problema radica en eso, en que vivimos tan obsesionados con acumular y traducir la estabilidad según los ceros a la derecha en la cuenta, que perdemos la mirada del momento, de la gente, de las oportunidades, como decía Calamaro, porque la buena fortuna pasa de largo.

Nada más fue que diera la noticia para que, milagrosamente, me llamaran de un banco a felicitarme por mi buen comportamiento financiero, a ofrecerme un seguro de vida por muerte súbita y a darme tres tarjetas de crédito con derecho a cupo en crecimiento. Pero yo reacciono como siempre ante esas ofertas: mirando, agradeciendo y saliendo, porque uno no sale de una para meterse en otra, o por lo menos en teoría.

Sobre todo porque llega fin de año, y como buen sujeto con verbo y sin complemento, prefiero ahorrar para invertir en lo que vendrá, que a ciencia cierta sigue siendo difuso y hasta etéreo, porque eso de vivir en fe no se trata de no tener nada y esperar solamente, también es tener y guardar para esperar la oportunidad perfecta para debitar, y esto aplica para todo en la vida. Así que ahorro plata, relaciones y experiencias con el simple propósito de vivirlas cuando toca, con quien toca, donde toca. Ojalá para siempre.

Me llegó la hora de cambiar la forma de ver las cosas, de adaptarme o morir, o mejor de morir y ya, porque adaptarse a ese estilo de vida de consumo irrefrenable me está pareciendo desgastante. Vivir para tener es chévere, tener ni se diga, pero me imagino que caminar en una dimensión donde uno simplemente disfruta la vida haciendo lo que ama, le pagan por eso y en gran parte tiene alto riesgo de aventura espiritual, debe ser alucinante.

No sé qué siga, si mirarme las manos para exprimir los dones, o si dedicarme a caminar hasta que me pidan el pasaporte; lo cierto es que en ciertos momentos de la vida, a todos nos llega la hora de poner la mirada en el para qué, que queda a dos cuadras del para dónde y se ubica en el mejor barrio de los planes, el de las cosas de arriba.

jueves, 23 de octubre de 2014

La misma cara del papá

La gente se me ríe en la cara cuando les confieso que mi sueño es ser padre de familia. Me dicen que soy un moralista, que no vivo en esta era y que hasta parezco un Susanita en versión macho alfa; y probablemente tienen razón. Mi fuerza está en ser diferente, en pensar todo lo bueno, honesto y opuesto. Por eso es que vivo trasnochándome pensando en esas vainas que ya no se usan, como montar y cuidar de una familia, ahorrar, no endeudarse de a mucho y crear un ambiente para que los cercanos lleguen a ser lo que quieran en la vida.

No puedo negarlo, tengo un delirio de patriarca local que espero concretar cuando me reproduzca y logre dejar un legado en mi descendencia, haciendo lo que según Daniel Samper Pizano todo buen hombre debe hacer: educar a sus hijos y malcriar a sus nietos. En mi caso, mi sueño de ser padre viene en contraidentificación, porque crecí en un hogar de papás divorciados a los que ya no juzgo, pero de quienes aprendí las cosas que no se deben hacer.

Mi familia fue un campo de pruebas donde aprendí a enfrentar la vida real, siempre pensando que se podía vivir mejor. Y aquí no quiero sonar resentido, porque si hay titanes a los que admiro son a mis papás; pero dentro de mi deseo de paternidad viene escondido un trauma masculino encarnado en el hecho de ser el primogénito. Uno no sabe si es una bendición o una maldición ser el que inauguró la fábrica, pues además de tener que dar ejemplo a los que vienen en la fila, se carga con las expectativas y los sueños de aquella pareja primeriza que embulle en uno también sus miedos y temores. 

Sé de lo que hablo al ser hijo mayor, heredero de un apellido y de un nombre que empezó mi abuelo, recibió mi papá y sufrí yo. Llamarme igual que mi papá fue solo el inicio de mis traumas, pues siempre representó ser la versión junior suya, aunque para él siempre ha sido el mayor acto de amor y orgullo varonil no solo que su primer hijo se llame como él, sino que tenga su misma cara. 

Ya he hablado muchas veces sobre mi papá, pero me ha faltado confesar que procuro no publicar muchas fotos de él para que no vean en lo que me voy a convertir; no porque me avergüence, sino porque prefiero dejar más cosas a la imaginación y a la espiritualidad azarosa de algo que puede cambiar. Tampoco he dicho hasta ahora que toda la vida quise ser como mi papá, y debe ser por eso que cuando crecí viéndolo en su trabajo como jefe de entretenimiento, líder social y hasta maestro de ceremonias, me fui inspirando para escoger la carrera que escogí.

Pensaba en esto en pleno Mundial de Fútbol, mientras veíamos la final y hablábamos de futbolistas favoritos, siendo el de mi papá Pelé y el mío Maradona. Mi respuesta fue tajante, porque recién algunos días había vuelto a ver el documental de Kusturica sobre Maradona, donde uno ve al Diego llorando conmovido, contando que está seguro de que si no hubiera tomado tantas malas decisiones (con las drogas), hubiese sido más grande (con sus hijas).

Desde entonces esa fascinación por el personaje de Maradona ha estado en mi inconsciente, y no supe por qué hasta ahora, donde entiendo que es porque me acuerda de mi papá: por el fútbol, pero también porque es un héroe caído, un guerrero de betún en cara que sabe sacudirse el polvo ante la adversidad y eso lo hace merecedor de admiración ilimitada.

Cuando uno madura se da cuenta de que los papás también cometen errores, y que a pesar de todo eso siguen dando la pelea por uno; eso me impacta de mi papá, que aunque es un hombre que no llegó a ser todo lo que pudo, estoy seguro que terminará la historia siendo un 10 histórico y bárbaro, un Anakin Skywalker redimido del Lado Oscuro de la Fuerza.

Quisiera usar esta entrada para contar que voy a ser papá o algo así, a manera de giro dramático, pero no. Las noticias no cambian, lo que perdura es esa moral retorcida de guionista, la misma que me lleva a admirar lo excéntrico y desproporcionado como material creativo, y a darle gracias a Dios por la vida que me tocó. Esa moral será la misma con la que me juzgarán mis hijos cuando tenga que pedirles perdón por embarrarla y así comprueben que en gran parte soy lo que su abuelo me enseñó.