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lunes, 10 de agosto de 2015

En Su Presencia

Hace unas semanas me lanzaron una pregunta muy difícil: "¿Si usted necesitara que yo orara por usted justo en este momento, por qué le gustaría que lo hiciera?". Antes de responder como reina de belleza o como cristiano en edad de perecer -que en últimas viene a ser lo mismo-, me detuve a dimensionar lo impactante del escenario, pues este tipo de preguntas casuales con fines espirituales se hacen cada vez menos.

Tengo la bendición de ver que hay gente que de cerca o lejos me tiene presente, y es bonito saber que se acuerdan de uno cuando hablan con Dios. Creo que es la bendición de pertenecer a un lugar, a una familia, a una Iglesia local. En mi caso, me envalentono a plasmar algunos de los recuerdos tras cumplir, por estos días agostinos -no agustinianos, porque es algo cristiano-, diez exactos años en El Lugar de Su Presencia.

Aquí soy feliz hasta cuando me toca en gallinero.

Lo primero es contar que empecé a ir a la Iglesia porque una ex me llevó, Y sí, amados caba-ñeros y caba-ñeras, no pasaron más de dos semanas cuando la deporté a la friendzone, porque tenía claro que ella no sería la tales, la que sabemos, sino un juglar de paso, cual hostal barato en una ciudad capital. Quisiera decir que le terminé por Dios o algo así espiritualoide, pero pensé algo: si sé que no me voy a casar con ella, ¿para qué sigo magullando el aguacate? Además, la oficial me puede estar viendo y como mínimo me puede estar tachando de su lista. Y bueno, primero muerto antes que perder la vida.

Ya superada esa piedra de tropiezo con pelo largo, recuerdo que empecé a asistir el domingo temprano, para que me rindiera el día. Pensamiento algo avanzado y nerd que conservo hasta hoy. Llegué a la Iglesia a mis tiernos 17 años, cuando era una casa pequeña con mezzanine, donde disfrutaría de la música de Éxodo 33:14. Y digo disfrutaría, porque el día que decidí plantarme -ah palabra tan cristiana-, el cantante se retiró de la banda. Lo bueno fue que la música, siempre excelsa, fue una de las cosas que me confirmó que ese sería mi lugar por unas buenas temporadas.

La primera vez que asistí fue a una reunión de jóvenes, donde recuerdo presencié una obra de teatro experimental. Pero lo que más me impactó fue el uso de recursos audiovisuales de maneras tan creativas, con imitaciones, pregrabados, televentas y demás elementos que me hicieron llorar. Sí, era como llegar a un Magic Kingdom y descubrir que sí existía un lugar hecho a la medida de mis insatisfacciones. Nunca me imaginé que diez años después sería parte activa y creativa de aquello que me supo atraer.

Venía a la Iglesia motorizado, en el clásico carro familiar a quien llamamos René (Q.E.P.D). Como eran otras épocas donde delinquir se disfrutaba más, parqueaba por ahí cerca, dejando el René a la deriva y salvaguardado por cualquier fuicioso a cambio de unos miserables quinientos pesos. Y es hora de confesar algo, como llevaba un año manejando y no era que practicara mucho, dando reversa le pegué a otro carro y me escapé. Si alguien lee esto y reconoce abolladuras con pintura blanca, que Dios le pague y le responda.

Recuerdo que me costaba concentrarme en el tiempo de la alabanza por andar viendo a los bajistas de turno, pues pocos saben que además de tocar fondo, también toco bajo, lo cual es un chiste interno de Dios: poner a un bajo a tocar más bajo que otros bajos. El chascarrillo suena flojo contado por mí, pero estoy seguro que estaba en el plan divino. Cuando me enteré que para tocar en la Iglesia debía vincularme, sin duda lo hice, y el primer paso fue ir al Encuentro.

Allí estaba yo, en el Hotel La Fontana, con afro y gafas de marco grueso, cual Piero local, lo que me mereció cierto reconocimiento dentro de los asistentes. Me parecía increíble que como universitario rastrero que era pudiera quedarme en semejante lugar, gracias a la Iglesia. Y sí que lo disfruté, porque aquel fin de semana de Octubre de 2005 experimenté a Dios como una persona, que tiene emociones y que supera cualquier clase de estructura mental.

Allí creí estar listo para tocar, pero como los planes humanos son la comedia del cielo, terminé metiéndome en el coro, dizque para poder brincar facilito al beisguitar. No me imaginé que pasaría cerca de un año sin cantar, pero eso sí, participando de la ampliación del nuevo auditorio, que para mí era mejor que el Palacio de los Deportes bogotano. Pasaba las tardes de los sábados lavando pisos, limpiando sillas y pensando en cómo la vida necesita cierto sentido de pertenencia y referencia a una visión, a un lugar, a un llamado. 

Fue en la Iglesia donde, en estado eterno de espera, confirmé que esa bulla y energía chocoloca en forma de niño que tanto les fastidiaba a los curas con los que estudié no era algo satánico, como me dijeron unos que otros pastores, sino que ahora debía llamarlo temperamento. Y no para seguir siendo la ralea humana que todavía soy, sino para abrazar mi diseño original y así poder ser libre. En la Iglesia confirmé que podía inventar situaciones, personajes, historias; que me gustaba escribir comedia y que podía hacerla también. Es en ese lugar donde mis dones crecieron y donde descubrí el privilegio de servirle a los demás. Sí, esa vaina de verdad que es maravillosa.

Aquí entra en créditos el paso de tiempo, o mejor, rueda en caracteres "diez años después". Miro hacia atrás y le agradezco a Dios, porque buscando algo encontré mucho más. Como en la Biblia y esa historia donde Jesús compara el Reino de Dios como un terreno donde hay un tesoro escondido, yo terminé queriendo tocar bajo, ser aceptado y amado; y ahora encuentro que Dios me permitió tragarme, fracasar, subir de nivel, fracasar, conocer gente maravillosa, descubrir que servía para bailar, fracasar, relacionarme con Dios, y así seguir viviendo con una gran razón: que todos conozcan que es a través de Jesús que la vida cobra sentido, y así mismo propósito.

Quisiera meterle más candela a estas letras, pero prefiero preguntarle a quien esté leyendo esto: ¿Si usted necesitara que yo orara por usted justo en este momento, por qué le gustaría que lo hiciera? Depronto en esas nos encontramos por allá, circundando la que yo llamo la Comunidad Jedi de La Castellana.

jueves, 23 de octubre de 2014

La misma cara del papá

La gente se me ríe en la cara cuando les confieso que mi sueño es ser padre de familia. Me dicen que soy un moralista, que no vivo en esta era y que hasta parezco un Susanita en versión macho alfa; y probablemente tienen razón. Mi fuerza está en ser diferente, en pensar todo lo bueno, honesto y opuesto. Por eso es que vivo trasnochándome pensando en esas vainas que ya no se usan, como montar y cuidar de una familia, ahorrar, no endeudarse de a mucho y crear un ambiente para que los cercanos lleguen a ser lo que quieran en la vida.

No puedo negarlo, tengo un delirio de patriarca local que espero concretar cuando me reproduzca y logre dejar un legado en mi descendencia, haciendo lo que según Daniel Samper Pizano todo buen hombre debe hacer: educar a sus hijos y malcriar a sus nietos. En mi caso, mi sueño de ser padre viene en contraidentificación, porque crecí en un hogar de papás divorciados a los que ya no juzgo, pero de quienes aprendí las cosas que no se deben hacer.

Mi familia fue un campo de pruebas donde aprendí a enfrentar la vida real, siempre pensando que se podía vivir mejor. Y aquí no quiero sonar resentido, porque si hay titanes a los que admiro son a mis papás; pero dentro de mi deseo de paternidad viene escondido un trauma masculino encarnado en el hecho de ser el primogénito. Uno no sabe si es una bendición o una maldición ser el que inauguró la fábrica, pues además de tener que dar ejemplo a los que vienen en la fila, se carga con las expectativas y los sueños de aquella pareja primeriza que embulle en uno también sus miedos y temores. 

Sé de lo que hablo al ser hijo mayor, heredero de un apellido y de un nombre que empezó mi abuelo, recibió mi papá y sufrí yo. Llamarme igual que mi papá fue solo el inicio de mis traumas, pues siempre representó ser la versión junior suya, aunque para él siempre ha sido el mayor acto de amor y orgullo varonil no solo que su primer hijo se llame como él, sino que tenga su misma cara. 

Ya he hablado muchas veces sobre mi papá, pero me ha faltado confesar que procuro no publicar muchas fotos de él para que no vean en lo que me voy a convertir; no porque me avergüence, sino porque prefiero dejar más cosas a la imaginación y a la espiritualidad azarosa de algo que puede cambiar. Tampoco he dicho hasta ahora que toda la vida quise ser como mi papá, y debe ser por eso que cuando crecí viéndolo en su trabajo como jefe de entretenimiento, líder social y hasta maestro de ceremonias, me fui inspirando para escoger la carrera que escogí.

Pensaba en esto en pleno Mundial de Fútbol, mientras veíamos la final y hablábamos de futbolistas favoritos, siendo el de mi papá Pelé y el mío Maradona. Mi respuesta fue tajante, porque recién algunos días había vuelto a ver el documental de Kusturica sobre Maradona, donde uno ve al Diego llorando conmovido, contando que está seguro de que si no hubiera tomado tantas malas decisiones (con las drogas), hubiese sido más grande (con sus hijas).

Desde entonces esa fascinación por el personaje de Maradona ha estado en mi inconsciente, y no supe por qué hasta ahora, donde entiendo que es porque me acuerda de mi papá: por el fútbol, pero también porque es un héroe caído, un guerrero de betún en cara que sabe sacudirse el polvo ante la adversidad y eso lo hace merecedor de admiración ilimitada.

Cuando uno madura se da cuenta de que los papás también cometen errores, y que a pesar de todo eso siguen dando la pelea por uno; eso me impacta de mi papá, que aunque es un hombre que no llegó a ser todo lo que pudo, estoy seguro que terminará la historia siendo un 10 histórico y bárbaro, un Anakin Skywalker redimido del Lado Oscuro de la Fuerza.

Quisiera usar esta entrada para contar que voy a ser papá o algo así, a manera de giro dramático, pero no. Las noticias no cambian, lo que perdura es esa moral retorcida de guionista, la misma que me lleva a admirar lo excéntrico y desproporcionado como material creativo, y a darle gracias a Dios por la vida que me tocó. Esa moral será la misma con la que me juzgarán mis hijos cuando tenga que pedirles perdón por embarrarla y así comprueben que en gran parte soy lo que su abuelo me enseñó.

jueves, 9 de octubre de 2014

Mandos medios

Desde que me lancé a la freelancería acomodada, mi calidad de vida parece ir mejorando: ya no vivo estresado pensando en que me va a dejar el F28, ni llevado de la gastroenteritis por comer porquerías en la calle. Ahora trato de viajar en horas valle -que a ciencia cierta parecen no existir, porque Transmilenio va igual de lleno a toda hora-, y me movilizo selectivamente, saliendo de a poquitos. Debo confesar que esta Fiebre de las Cabañas se hace real no solo digitalmente, sino en mi vida cotidiana cuando empiezo a disfrutar el encierro y la ausencia de contacto.

Así que cuando vienen los neófitos empleados a pedirme consejos, como maestro Yoda del oficinismo que soy, les resumo todo en uno solo. Bueno, en dos: renuncien a su trabajo para perseguir sus pasiones, y el más importante: jamás peleen con la señora de cafetería ni con el guardia de seguridad. Es en serio. Eso asegura el éxito en cualquier empresa, porque detrás de esa María que ofrece agua y tintos, o de ese vigilante del que solo sabemos que se apellida Alba y es hincha de Santa Fe, se esconden los secretos más profundos de la humanidad.

El mundo está en manos de los mandos medios, de esos que nos ayudan en la casa con tareas que pordebajeamos pero que son vitales. Son los mismos que nos reciben el tiquete de parqueadero, nos sirven la comida en los restaurante, nos radican y sellan las cuentas de cobro. En esas manos reposa nuestra paz mental y financiera, y está bien que así sea, porque está claro que a más de un profesional le hace falta recordar que hay técnicos, tecnólogos y bachilleres que sostienen la pirámide, y que es por ellos que puede escalar y soñar con seguir engordándose los bolsillos gracias al ascenso que obtendrá tan pronto llegue de hacer su maestría en el exterior.

En mi época oficinista vivía insuflado de ira con los ejecutivos y levantado wannabe que levitaban, que exigían que cualquier interpelación hacia ellos fuese precedida de "doctor", que eran capaces de humillar a sus empleados cuando percibían que "olían a manteca" o cuando estos les exigían revisión de sus maletas, como su trabajo lo demanda. Pasaba mis días viendo cómo después de que trapeaban el piso con ellos, estos mandos medios eran obligados a volverse insensibles y a añorar con todas las fuerzas poder tener un peón debajo con quién desquitarse.

En parte, haber estudiado y trabajado con gente que tiene linaje de expresidentes me hizo valorar mi sangre muisca, porque soy hijo de un par de guerreros que al romperse el lomo por mí, me enseñaron que no merezco estar donde estoy, así como tampoco podría alardear de donde voy a llegar. Esta es mi vacuna en momentos de éxito mental, autorecordar que yo también fui practicante, que aunque disfrute viajar por el mundo, todavía tengo aliento a coca de almuerzo preparado la noche anterior, y a mucho orgullo.

Soy yo el afortunado cuando María, el señor Alba y todos los mandos medios que he conocido me dan la bendición de conocerlos, porque si de algo me sirvió haber pasado por una Universidad y por una Iglesia, ha sido para confirmar que es mejor estar debajo de quienes están debajo, porque solo a través de esos actos aparentemente ridículos es que está la sabiduría y la grandeza.

martes, 11 de septiembre de 2012

Te Amok

Llevo varios días con la cabeza arremolinada y no precisamente por el pelo. Se me van los días tratando de encontrarle sentido a los múltiples puntos de giro que he estado enfrentando en la última temporada. Reescribo y reescribo buscando más que respuestas que buenas intenciones. Ahora leo lo que escribo y me parece tan falso y lámpara como lo que siempre he jurado destruir. Lo cierto es que le doy muchas vueltas porque el tema es el amor, aquel sentimiento que a la vez es grande y peligroso. El amor es maravilloso cuando se da y al mismo tiempo amargo cuando se pierde. Es extremo, violento y confortablemente desestabilizante. Puede que suene a oxímoron, ya ni sé. No sé por qué amo lo que creo amar, ni por qué decidí lo que he decidido.

El psicólogo Robert Sternberg escribió en su libro “El amor es como una historia” que los tipos de relaciones que las personas tienen corresponden al tipo de historias de amor interiorizadas. De ser esto así, se puede partir de que el amor no es solamente producto del azar o de la atracción a primera vista, sino también de una conciencia de las ideas preconcebidas que encarcelan a quien busca un amor integral. La teoría es linda y hasta tierna, pero le falta al manual contar que amar también es perder y que perder es ganar un poco hasta donde tengo entendido. Ya ni sé si gané, o empaté, o qué carajos.

No me da miedo contar que estoy experimentando el fracaso emocional. Me monté en una tabla de surf prestada y creí que arrodillarse era suficiente para balancearse, pero no. Abrí mi corazón y vida a alguien que habitaba en el pánico, y si algo aprendí de Star Wars fue que el miedo es el camino a perder, el camino a la ira, el camino al Lado Oscuro. Decidí enfrentar su sistema patriarcal y de valores, construir un propósito común y eliminé cualquier plan B, C, D, E y F. Ahora recojo los pedazos y barro la casa mientras de vez en cuando le pego al suelo en señal de frustración, porque no pienso en un futuro común. No me gustan las comas ni los dos puntos, soy de los mercenarios que prefieren el punto final.

Ahora no solo pienso en el amor, sino en el Amok, aquel síndrome rabioso que desemboca en la histeria y hasta en la muerte. Me siento enamokado porque me di cuenta que como cristiano he tenido un esquema del amor tan rococó y estúpido que debía romperse con un aterrizaje más que forzoso. Creo que el problema está en el sistema amoroso que muchos hemos adoptado, donde pensamos que en el amor no hay dolor. Nada más falso que eso. El amor también desgarra, demanda un rompimiento mental y personal donde uno se compromete a fondo con alguien en cuanto ese alguien también lo hace. Es un acto de negación afectiva donde ambos mueren para ganar. Puedo levantar la cabeza y decir que le metí la ficha y dejé todo en la cancha, así las cosas no hayan salido como el Profe dijo que saldrían. Quiser hacer de tu mundo el mío, de tu finca mi casa, de mis hijos los tuyos. No quise que fueras mi media naranja, quise que fueras el bulto entero.


He pasado la mayor parte de mi vida tratando de convertirme en el alguien-ideal de alguien, que ahora ni conozco ni tengo claro si llegará. No es que lo esté dudando, simplemente me doy cuenta de que he disfrazado mi egoísmo con fe, que he creído que se trataba solo de mí, de mi tiempo y necesidades solamente. Sí, amo a Dios y creo que "todo pasa por algo", pero nadie quiere tener que sentarse a borrar fotos en común, eliminar notas de voz con promesas en el aire, bloquear el Dropbox del alma para no compartirle nada más. He sido tildado de extremista y hasta de gañán, pero si algo tengo claro en la vida es lo que aprendí viendo Friends: uno nunca podrá ser amigo de quien fue algo más que amiga.


Ahora te amok profundamente, porque no comprendiste que toda historia de amor se encarna en una pareja que junta enfrentará mil y una oposiciones antes de consumar su interés. Te amok porque te quedó grande entender que el amor es una decisión que se toma, no una sensación en la cual se cae. Te amok porque el miedo te congeló la voluntad y la edad mental de paso. Pero sobre todo me amok, porque como sé que reacciono radicalmente, auguro que este es el cambio de hoja y no habrá más amok ni amor después de darle "Publicar".


@benditoavila

miércoles, 9 de mayo de 2012

Embajañero

En una Colombia ideal Shakira hubiera sido acribillada por no cantar el himno como debiera cualquier paisano. En una Colombia ideal todas las barrabasadas de La Mega serían penalizadas duramente con amputaciones de cuerdas vocales. En una Colombia ideal nuestro trabajo iría acorde con las ideas y no con las influencias. En una Colombia ideal estaríamos facturando por dar  trucos y consejos, porque de algo se ha de vivir. En una Colombia ideal podríamos viajar por todo el mundo confiadamente, sin la necesidad de someternos a escarnios y vergüenzas a la hora de solicitar visas. Así me lo imagino.

Soñar no cuesta nada, pero a mí me costó $252 000 que consigné fielmente para aplicar a la visa americana. Todavía me pregunto exactamente por qué buscamos viajar a Estados Unidos, si tiene que ver con la influencia infantil de entrar al Magic Kingdom y abrazar a Mickey Mouse, o recorrer las calles donde Macaulay Culkin se resbaló y  bandidos en Central Park. Uno de colombiano raso, oficinista y aspiracional que se cree mejor que la familia, siempre espera poder dar un paso más que ellos y destacar en algo, así sea exhibiendo una foto en las playas de Baywatch. Nos pegamos de lo que sea para humillar al par, al parce, al que se crió con nosotros pero no la supo hacer y fue papá a los 17.

Lo primero que uno debe tener claro es que es colombiano. La colombianidad nos lleva a la igualadez, al desparpajo, al atajo de querer colarse en la fila y a cuanta cosa burda uno sabe que a los gringos no les gusta. Ni a los gringos, ni a los venezolanos, ni a los británicos, ni a los eslovenos, y así con otros cientos de gentilicios. No es un misterio que solo 54 países del mundo no le piden visa a los colombianos; seguramente es porque nosotros, lindo pueblo arrodillado, le damos entrada a todo el que simplemente quiera venir a nuestras cumbres. Les cambiamos nuestro oro por sus espejos, nuestras mujeres por sus enfermedades, nuestra vida por su visa.

El hecho de ser colombianos nos da derecho de conocer Argentina -el destino hipster latinoamericano-, Filipinas -donde en algunas regiones todavía se habla en español-, Israel -la tierra del niño Dios-, Laos -que sí señores, es un país y no solamente las iniciales de Laura Ospina-, y así con otro reducido número de naciones. Este problema se basa en que como colombianos no sabemos viajar, porque pensamos que los únicos que pueden hacerlo son los ricos y que la fuerza oficinista estará condenada a revolcarse en las playas improvisadas de Cafam Melgar. Nada más falso que eso.

Para viajar se necesita derribar el paradigma de que es costoso. Es verdad, hay que ahorrar y esforzarse para no perecer en el intento. En mi poca experiencia como trotamundos, descubrí que los viajes se deben planear, que la gente espera que viajando se solucione todo o que en el viaje hayan milagros hollywoodenses como que en el camino algunos ancianos nos ofrezcan comida porque nos parecemos a sus nietos. Viajar es renacer, es tomar riesgos; pero como colombianos somos asalariados, acomodados y mediocres, nos conformamos con ver la alegría de otros sin siquiera intentar lo impensable.

Todavía me pregunto de dónde salen tantos mitos urbanos a la hora de pedir la visa: que si uno no mueve la cuenta con abundantes sumas de dinero se la niegan, que si dice que va solo se la niegan, que si duda en la entrevista se la niegan y así. Lo único que deberían decirle a uno es que lleve pantalones que no se caigan cuando le quiten la correa, pues ni a esta ni al celular les dan entrada. Uno saca un mundo de papeles, certificados laborales y bancarios, colillas de pago, retenciones, hasta fotos de uno feliz en Colombia; porque eso sí, si algo debe quedar claro es que uno no piensa quedarse, pues la vida está aquí.

Entender esto me llevó a diseñar una estrategia en redes sociales, tal cual como si fuera una marca. A diario empecé a comentar que me iba de vacaciones, que desde siempre he sido un firme imitador del Pato Donald, que me gustaba Star Wars y en últimas publiqué esta canción y aclaré que en vez de cantar "sueño", cantaba "vacaciones", no vaya a ser que algún cónsul piense que planeo quedarme a ganar en verdes.

Uno se esfuerza por irse perfumado y bañado, trata de comportarse a la altura a pesar de la corta estatura, menciona los países que conoce, alardea de la empresa donde trabaja, enumera su prominente manejo del inglés, y así se vende como colombiano de bien. Yo preferí el lado oscuro de la colombianidad, ese que sin mucho esfuerzo enseña una lección de proporciones bíblicas: la verdad libera. Dije que planeaba viajar, que iba de turista, que escribía como trabajo -que no es lo mismo que trabajar escribiendo- y que conocía México. La visa fue aprobada y ahora me doy cuenta de que no hay peor miedo que el no hacerlo por miedo.


@benditoavila

jueves, 29 de marzo de 2012

Famosos anónimos

Me gusta coleccionar objetos: sombreros, material relacionado con Chespirito, Star Wars y Rescate. Tengo una mesa de noche abigarrada de objetos encontrados en la calle, recibidos como regalo y hasta heredados, porque debo decir con orgullo que papá, sin saberlo, ha sido un coleccionista de rarezas que para mamá solo reflejan sus mañas de acumulador. Tal vez por eso fue que se divorciaron.

Entre mis herencias, guardo las gafas que usaron mis dos abuelos antes de morir. No porque quiera ver el mundo como ellos, más bien porque es la forma en que me recuerdo que la visión debe corregirse, para pararse en el pasado como referente y no como presente. Guardo casetes con grabaciones de programas de radio en los que yo era el protagonista: mamá hizo grabaciones de mi voz hasta los 9 años, para que cuando yo tuviera hijos se las heredara también. Atesoro llaveros, reproductores obsoletos y algo que para muchos es una manía propia de una persona con trastornos: fotos de famosos anónimos.

Caminaba por la Javeriana y encontré una foto tamaño 3x4 fondo blanco de un estudiante de Medicina. Lo sé porque se ve su uniforme pitufo y sus cejas pobladas. No tengo ni idea quién es el susodicho, lo cierto es que al entrar a mi cuadro de famosos anónimos ahora se llama Juan Pablo, le gusta jugar squash y arregla su economía juvenil trabajando los fines de semana en una tienda de ropa.

Años más adelante y dejando atrás la universidad, iba subiendo un puente peatonal que me llevaría al oficinismo en Las Américas, justo cuando identifiqué una foto de fondo azul donde una niña de aparentes 14 años vestía una sudadera colegial, de esas que hacen que la cremallera llegue hasta el mentón. En Famosos anónimos se llama Astrid, estudia en un colegio del distrito y no le gusta que se burlen de las pecas que adornan sus mejillas, a pesar de que la música que oye y baila suele denigrar de la mujer y de cualquier cuerpo exuberante.

El cuadro lo completaría hace un mes un pequeño niño de aproximadamente 4 añitos -como dicen las mamás-, quien reposaba oculto en un tablero donde Bancolombia promociona sus planes de ahorro. Acepto que dejé la fila por unos minutos para agarrar al 'niño nuevo' de los Famosos anónimos, so pena que pasar por enfermo o pederasta. Su nuevo nombre es Yesid, no conoció a su papá y al parecer sufre de precoces arranques de tiranismo, situación alimentada por su propia madre.

Guardo con mucho respeto a mis Famosos anónimos, pues vienen a ser referentes concretos de creación y de reacción visual. Lo divertido de esta tarea es que el grupo no crece frecuentemente, tan solo cuando tengo la suerte de descubrir en algún lugar del planeta una foto sin nombre, sin futuro aparente y sin propietario conocido.

Puedo pasar por enfermo o loco, pero tristemente la gente parece no comprender que detrás de una foto perdida puede existir una increíble historia qué contar.

Famosos anónimos, 2012


@benditoavila