Si estuviera agonizando en una cama y vinieran a pedirme un consejo para la vida, les daría uno y dos más, porque ya para qué: empiecen con lo que tienen, vean Breaking Bad mínimo una vez al año y viajen siempre, sin importar el destino. Pero ya como que ha de quedar poco aire y las conexiones neuronales no darán para más, les encimaría la joya de la corona en forma de ñapa: nunca, muchachos –suponiendo que muera en la ancianitud-, nunca, pero nunca, vuelvan con una ex.
Esa es mi premisa con forma de mantra: “La ex es excremento”. Burdo para muchos, gracioso para otros, pero la gran mayoría coincide en que hay una suerte de vergüenza cuando uno, por razones que todavía desconoce, se ve otra vez atraído por un poderoso imán llamado “zona de confort”, o lo que en el mundo emocional se llama “cangrejear”.
Lo digo con autoridad moral personal, porque de un tiempo para acá empecé a recibir noticias de varias de mis ex-es. A algunas de ellas les dio por cristianizarse, por cambiar su vida y enderezar el caminado, y en esa medida están en terapia espiritual de redención, donde se supone yo debo estar. No entiendo para qué me quieren en contacto de nuevo, cuando para mí lo mejor que pudo pasarme fue dejarlas ir.
Ahora les dio por agregarme de nuevo a Facebook, por intentar acercarse para simplemente ser amigos, pero si algo aprendí de Friends es que uno no puede ser amigo de una ex, ni debería caerle a la ex de un amigo, y del mismo modo en el sentido contrario. La verdad hace tiempo tengo claro que hay ocasiones en donde uno debe dinamitar los recuerdos, quemar los barcos y destruir cualquier puente hacia la vida pasada.
Eso dice la teoría, pero va uno a ver y la vida es un remake constante, donde terminamos reculando en decisiones estúpidas para volver a lo mismo, a repetir las historias que juramos clausurar en los periódicos de ayer. Es así como en un abrir y cerrar de ojos uno está tomándose un café con una de ellas, y luego en otro abrir y cerrar de ojos la está recogiendo en la casa, donde ya no hay que presentarse ni caer bien; y en otro abrir y cerrar de ojos termina de vacaciones con ella, tomando literalmente un giro en u. Mi triste historia, por si acaso.
Solo quien viaja entiende la importancia de un retorno: una vía alterna que da la opción de volver, de revisar qué pasó detrás, si esos traspiés en la carretera fueron producto de la imprudencia de otro chofer o del afán de uno mismo. Uno hasta piensa en arjonadas así, como tratando de justificarse, pero en el fondo es una trampa emocional. Ahora, también hay que agregar que en esos retornos, que son como la reversa de los caminos, el control Z de la realidad, uno aprende a revisarse, a cerrar ciclos y enterrar fantasmas, todo en función de aprender, pero de fondo hay un miedo por esperar y conquistar lo nuevo.
Reciclaje de la vida es justamente eso, una edición dedicada a mirar el espejo retrovisor no para tratar de cambiar el pasado, pero sí partir de esos errores para aprender a equivocarnos cada vez mejor, que es como realmente se debe vivir. Y a eso sumarle que nunca se debe perder la expectativa de lo que falta por conocer y viajar. Lo digo con autoridad moral personal, porque por mi salud mental, cangrejeé de haber cangrejeado y sin necesidad de estar agonizando. Lo aprendí excrementándola.
Publicado en la Revista Mallpocket del mes de Agosto de 2015
Mostrando entradas con la etiqueta Friends. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Friends. Mostrar todas las entradas
lunes, 3 de agosto de 2015
jueves, 9 de julio de 2015
La barrera de la amistad
El problema es empezar, y aplica para todo en la vida: escribir una entrada, armar un proyecto para televisión, hacer ejercicio, bajar buenas ideas y sobre todo, conocer a alguien, que es de los intentos humanos con más alto grado de incertidumbre. Seguramente porque los tiempos cambian, pero nuestros miedos no, esos se van añejando al punto de llevarnos a concluir experiencias de vida como teorías filosóficas fáciles de generalizar.
Hace un tiempo he venido pensando en esto, en cómo el rechazo es de las únicas experiencias de la vida que parece no sacarme callo, sino que va apretando los botones de rechazo full power, en un extraña fatality de Mortal Kombat. Pero hay razones para pensar así, sobretodo porque con las mujeres no se sabe. Si uno es bacán, ayudador y altruista, de esos que quieren resolverles problemas en la vida, que se enfocan exclusivamente en ellas y buscan demostrar una inminente fidelidad futura, terminan viéndolo como un dummie asexuado, un teletubbie que tendría que morir y reencarnar antes de dejarlo de ver bañado en la dulzura de un bon bon bum sumergido en Chocorramo esparcible.
Yo sé de lo que hablo, amados caba-ñeros, porque la vida se ha encargado de demostrarme que los Ted Mosby y los Ross Geller de carne y hueso debemos pagar el purgatorio de la friendzone, ya sea por ñoños, neuróticos, detallistas, subversivos contra Instagram y demás elementos que nos hacen ver tan complicados y exóticos que damos ternurita, pero de la bizarra. Y de ahí pocas veces se avanza, de ese lodo cenagoso de Te quiero como amigo, pasando por Eres un gran partido, y Tu esposa va a ser muy feliz. Pero uno, que la monta de inteligente y estratega, curiosamente es bruto para entender que detrás de esos querido, amigo y querido amigo con los que se dirigen a uno, no habrá más; que en esos Yo te aviso o Yo te llamo cualquier cosa hay un Gran Cañón de distancia. Con chulos, olor putrefacto y todo.
Por eso la gente de socialización compleja y galantería amputada, como yo, nos resignamos con la espera en Dios, creyendo en que hay un mérito por ser buena papa. Cuánto engaño, porque lo que se necesita en realidad es apurarse por vencer rápido eso que he denominado "La barrera de la amistad". Y es que en toda interacción social llega un punto dramático del no-retorno, un escenario donde ya se sabe que será una amiga más, y se puede vivir relajado con eso. Pero antes, en la previa, hay una incertidumbre disfrazada de reto, una bocanada de aire caliente que recorre el estómago y pone a volar polillas en las tripas.
Me ha pasado con grandes amigas actuales, con quienes en principio hasta me alcancé a preguntar ¿Qué pasaría sí...?. Luego, tras vencer la barrera, sin siquiera comentarlo ni verbalizarlo, quedamos de grandes amigos, porque no hay nada que perder a la hora de encontrar gente con afinidades. También he sido objeto de "conocimiento", y en un par de ocasiones me dijeron que querían conocerme, así, sin adornos. Me di la oportunidad, porque no hay nada que perder, y tal vez no se dieron las cosas, pero por lo menos tomamos onces y aprendí de derecho penal.
No hay una charla TED para esto, solamente el reto de darse la oportunidad de conocer a alguien y no parecer desesperado en el intento, ni muy atento ni muy amistoso. Porque entre más uno se propone caerle a una vieja, más la espanta. Entre más stalkee, rebusque y encuentre cosas que le gustan o la hagan reír digitalmente, menos opciones se tienen de que lo vean como macho alfa.
Yo, que cada vez entiendo menos la vida, estoy por pensar que la claridad resuelve todo, que eso de "primero seamos amigos y conozcámonos" es complicado, porque en el fondo uno lo que quiere es quedarse de este lado de la barrera y marcar su vida para siempre. Y es ahí cuando se tienen dos caminos: o uno insiste en conquistar, o sale por la puerta (grande) de atrás. Es que hay algo de reto en eso de tratar de impresionar a alguien, y a veces se confunde el espíritu de conquista con el de terquedad.
Entonces no queda más que la honestidad brutal, la astucia de darse a conocer siendo claro en las intenciones de quererla coronar, pero tampoco dejándose mangonear como el más lindo de los amiwis. Toca darse la pela de irse fogueando sin importar el sello de deportación a la friendzone que empuerca el pasaporte emocional, porque si empiezan a contemplarlo a uno, sabrán reconocer que hay un hombre -no un oso de peluche- intentando acercarse, cosa que de por sí ya es meritoria. Si no, es tiempo de fumigar, porque como en Mortal Kombat y en el cristianismo, matar es la única forma de seguir viviendo.
Hace un tiempo he venido pensando en esto, en cómo el rechazo es de las únicas experiencias de la vida que parece no sacarme callo, sino que va apretando los botones de rechazo full power, en un extraña fatality de Mortal Kombat. Pero hay razones para pensar así, sobretodo porque con las mujeres no se sabe. Si uno es bacán, ayudador y altruista, de esos que quieren resolverles problemas en la vida, que se enfocan exclusivamente en ellas y buscan demostrar una inminente fidelidad futura, terminan viéndolo como un dummie asexuado, un teletubbie que tendría que morir y reencarnar antes de dejarlo de ver bañado en la dulzura de un bon bon bum sumergido en Chocorramo esparcible.
Yo sé de lo que hablo, amados caba-ñeros, porque la vida se ha encargado de demostrarme que los Ted Mosby y los Ross Geller de carne y hueso debemos pagar el purgatorio de la friendzone, ya sea por ñoños, neuróticos, detallistas, subversivos contra Instagram y demás elementos que nos hacen ver tan complicados y exóticos que damos ternurita, pero de la bizarra. Y de ahí pocas veces se avanza, de ese lodo cenagoso de Te quiero como amigo, pasando por Eres un gran partido, y Tu esposa va a ser muy feliz. Pero uno, que la monta de inteligente y estratega, curiosamente es bruto para entender que detrás de esos querido, amigo y querido amigo con los que se dirigen a uno, no habrá más; que en esos Yo te aviso o Yo te llamo cualquier cosa hay un Gran Cañón de distancia. Con chulos, olor putrefacto y todo.
Por eso la gente de socialización compleja y galantería amputada, como yo, nos resignamos con la espera en Dios, creyendo en que hay un mérito por ser buena papa. Cuánto engaño, porque lo que se necesita en realidad es apurarse por vencer rápido eso que he denominado "La barrera de la amistad". Y es que en toda interacción social llega un punto dramático del no-retorno, un escenario donde ya se sabe que será una amiga más, y se puede vivir relajado con eso. Pero antes, en la previa, hay una incertidumbre disfrazada de reto, una bocanada de aire caliente que recorre el estómago y pone a volar polillas en las tripas.
Me ha pasado con grandes amigas actuales, con quienes en principio hasta me alcancé a preguntar ¿Qué pasaría sí...?. Luego, tras vencer la barrera, sin siquiera comentarlo ni verbalizarlo, quedamos de grandes amigos, porque no hay nada que perder a la hora de encontrar gente con afinidades. También he sido objeto de "conocimiento", y en un par de ocasiones me dijeron que querían conocerme, así, sin adornos. Me di la oportunidad, porque no hay nada que perder, y tal vez no se dieron las cosas, pero por lo menos tomamos onces y aprendí de derecho penal.
No hay una charla TED para esto, solamente el reto de darse la oportunidad de conocer a alguien y no parecer desesperado en el intento, ni muy atento ni muy amistoso. Porque entre más uno se propone caerle a una vieja, más la espanta. Entre más stalkee, rebusque y encuentre cosas que le gustan o la hagan reír digitalmente, menos opciones se tienen de que lo vean como macho alfa.
Yo, que cada vez entiendo menos la vida, estoy por pensar que la claridad resuelve todo, que eso de "primero seamos amigos y conozcámonos" es complicado, porque en el fondo uno lo que quiere es quedarse de este lado de la barrera y marcar su vida para siempre. Y es ahí cuando se tienen dos caminos: o uno insiste en conquistar, o sale por la puerta (grande) de atrás. Es que hay algo de reto en eso de tratar de impresionar a alguien, y a veces se confunde el espíritu de conquista con el de terquedad.
Entonces no queda más que la honestidad brutal, la astucia de darse a conocer siendo claro en las intenciones de quererla coronar, pero tampoco dejándose mangonear como el más lindo de los amiwis. Toca darse la pela de irse fogueando sin importar el sello de deportación a la friendzone que empuerca el pasaporte emocional, porque si empiezan a contemplarlo a uno, sabrán reconocer que hay un hombre -no un oso de peluche- intentando acercarse, cosa que de por sí ya es meritoria. Si no, es tiempo de fumigar, porque como en Mortal Kombat y en el cristianismo, matar es la única forma de seguir viviendo.
martes, 27 de agosto de 2013
La ex-cremento
De un tiempo para acá, empecé a recibir noticias de mis ex-es. Sí, a pesar de mi consagración absoluta a la comunidad Jedi de La Castellana, tuve mis deslices y resbalones con una que otra amiga política, vecina de pupitre o referencia local de modelo ochentero. Eso de que a lo que más se le teme llega es verdad, porque ahora a todas mis heces (no me sobrestimen, que contándolas no superan los dedos de una mano), les dio por cristianizarse, por cambiar su vida y enderezar el caminado, cuando para mí lo mejor que pudo pasarme fue dejarlas ir.
Ahora les dio por agregarme de nuevo a Facebook, por intentar acercarse para simplemente ser amigos en la fe, pero si algo aprendí de Friends es que uno no puede ser amigo de una ex, ni debería caerle a la ex de un amigo, y del mismo modo en el sentido contrario. De cualquier manera, esta no es una entrada para teens pagada por la Revista Tú, sólo que es curioso el fenómeno amnésico del cristiano promedio, ese que demanda dinamitar los recuerdos, quemar los barcos y destruir cualquier puente hacia la vida pasada.
No me someto a regresiones ni mucho menos (como cree la chusma), pero si somos honestos, nadie quiere que le recuerden sus peores decisiones. Una de ellas me mandó un mensaje por Facebook y me contó un resumen de su vida, casi como si necesitara que me rindiera cuentas. Me dijo que ahora que estaba en la Iglesia entendía muchas cosas, que comprendía las razones que le di para tomar distancia en aquellas épocas. Hasta contó que terminó con el novio posterior a mí, aludiendo a su nuevo estatus en el mercado del usado. No le respondí nada para no ser grosero.
Otra de este clan me contactó por Facebook (otra vez esta vitrina de vanidad) y me envió una solicitud de amistad que a la fecha no he sido capaz de aceptar, tal vez en un intento de dejar las cosas en su lugar, de embalsamar la momia y dejarla podrir en el olvido que seremos. Lo curioso es que meses después tuve que encontrármela de frente, y como ahora estoy en tono de arreglar el pasado, acepté saludarla por su segundo nombre, ese que quedó sepultado en el pasado para darle vida al primero, el de su nueva vida.
Aunque la charla no duró más de 38 segundos y contadas 10 milésimas, me sentí inmundo cuando me dijo que gracias a mí había conocido de Jesús, que eso le cambió la vida por completo. Para mí, ella es un simple píxel que recalentó el sistema y produjo error, pero para ella fue el paso trascendental hacia la cruz. Me fui caminando y pensando en una frase de esas que no se me olvidan y promulgo a manera de dato coctelero para impresionar: la ex es excremento. Se dice y es chistoso, pero se escribe y es insensible, porque nadie es desecho de ningún otro, ni nada parece suceder por error.
A veces nos damos muy duro por las excrementadas del pasado, pero de nada sirve hacerse el loco, seguir derecho o fingir demencia ante el presente. Es verdad que la idea es no mirar por el retrovisor, pero a veces escarbando en esos desechos se puede evidenciar la necesidad de depender de Dios ahora que supuestamente se va a comer bien.
Ahora les dio por agregarme de nuevo a Facebook, por intentar acercarse para simplemente ser amigos en la fe, pero si algo aprendí de Friends es que uno no puede ser amigo de una ex, ni debería caerle a la ex de un amigo, y del mismo modo en el sentido contrario. De cualquier manera, esta no es una entrada para teens pagada por la Revista Tú, sólo que es curioso el fenómeno amnésico del cristiano promedio, ese que demanda dinamitar los recuerdos, quemar los barcos y destruir cualquier puente hacia la vida pasada.
No me someto a regresiones ni mucho menos (como cree la chusma), pero si somos honestos, nadie quiere que le recuerden sus peores decisiones. Una de ellas me mandó un mensaje por Facebook y me contó un resumen de su vida, casi como si necesitara que me rindiera cuentas. Me dijo que ahora que estaba en la Iglesia entendía muchas cosas, que comprendía las razones que le di para tomar distancia en aquellas épocas. Hasta contó que terminó con el novio posterior a mí, aludiendo a su nuevo estatus en el mercado del usado. No le respondí nada para no ser grosero.
Otra de este clan me contactó por Facebook (otra vez esta vitrina de vanidad) y me envió una solicitud de amistad que a la fecha no he sido capaz de aceptar, tal vez en un intento de dejar las cosas en su lugar, de embalsamar la momia y dejarla podrir en el olvido que seremos. Lo curioso es que meses después tuve que encontrármela de frente, y como ahora estoy en tono de arreglar el pasado, acepté saludarla por su segundo nombre, ese que quedó sepultado en el pasado para darle vida al primero, el de su nueva vida.
Aunque la charla no duró más de 38 segundos y contadas 10 milésimas, me sentí inmundo cuando me dijo que gracias a mí había conocido de Jesús, que eso le cambió la vida por completo. Para mí, ella es un simple píxel que recalentó el sistema y produjo error, pero para ella fue el paso trascendental hacia la cruz. Me fui caminando y pensando en una frase de esas que no se me olvidan y promulgo a manera de dato coctelero para impresionar: la ex es excremento. Se dice y es chistoso, pero se escribe y es insensible, porque nadie es desecho de ningún otro, ni nada parece suceder por error.
A veces nos damos muy duro por las excrementadas del pasado, pero de nada sirve hacerse el loco, seguir derecho o fingir demencia ante el presente. Es verdad que la idea es no mirar por el retrovisor, pero a veces escarbando en esos desechos se puede evidenciar la necesidad de depender de Dios ahora que supuestamente se va a comer bien.
martes, 11 de septiembre de 2012
Te Amok
Llevo varios días con la cabeza arremolinada y no precisamente por el pelo. Se me van los días tratando de encontrarle sentido a los múltiples puntos de giro que he estado enfrentando en la última temporada. Reescribo y reescribo buscando más que respuestas que buenas intenciones. Ahora leo lo que escribo y me parece tan falso y lámpara como lo que siempre he jurado destruir. Lo cierto es que le doy muchas vueltas porque el tema es el amor, aquel sentimiento que a la vez es grande y peligroso. El amor es maravilloso cuando se da y al mismo tiempo amargo cuando se pierde. Es extremo, violento y
confortablemente desestabilizante. Puede que suene a oxímoron, ya ni sé. No sé por qué amo lo que creo amar, ni por qué decidí lo que he decidido.
El psicólogo Robert Sternberg escribió en su libro “El amor es como una historia” que los tipos de relaciones que las personas tienen corresponden al tipo de historias de amor interiorizadas. De ser esto así, se puede partir de que el amor no es solamente producto del azar o de la atracción a primera vista, sino también de una conciencia de las ideas preconcebidas que encarcelan a quien busca un amor integral. La teoría es linda y hasta tierna, pero le falta al manual contar que amar también es perder y que perder es ganar un poco hasta donde tengo entendido. Ya ni sé si gané, o empaté, o qué carajos.
No me da miedo contar que estoy experimentando el fracaso emocional. Me monté en una tabla de surf prestada y creí que arrodillarse era suficiente para balancearse, pero no. Abrí mi corazón y vida a alguien que habitaba en el pánico, y si algo aprendí de Star Wars fue que el miedo es el camino a perder, el camino a la ira, el camino al Lado Oscuro. Decidí enfrentar su sistema patriarcal y de valores, construir un propósito común y eliminé cualquier plan B, C, D, E y F. Ahora recojo los pedazos y barro la casa mientras de vez en cuando le pego al suelo en señal de frustración, porque no pienso en un futuro común. No me gustan las comas ni los dos puntos, soy de los mercenarios que prefieren el punto final.
Ahora no solo pienso en el amor, sino en el Amok, aquel síndrome rabioso que desemboca en la histeria y hasta en la muerte. Me siento enamokado porque me di cuenta que como cristiano he tenido un esquema del amor tan rococó y estúpido que debía romperse con un aterrizaje más que forzoso. Creo que el problema está en el sistema amoroso que muchos hemos adoptado, donde pensamos que en el amor no hay dolor. Nada más falso que eso. El amor también desgarra, demanda un rompimiento mental y personal donde uno se compromete a fondo con alguien en cuanto ese alguien también lo hace. Es un acto de negación afectiva donde ambos mueren para ganar. Puedo levantar la cabeza y decir que le metí la ficha y dejé todo en la cancha, así las cosas no hayan salido como el Profe dijo que saldrían. Quiser hacer de tu mundo el mío, de tu finca mi casa, de mis hijos los tuyos. No quise que fueras mi media naranja, quise que fueras el bulto entero.
He pasado la mayor parte de mi vida tratando de convertirme en el alguien-ideal de alguien, que ahora ni conozco ni tengo claro si llegará. No es que lo esté dudando, simplemente me doy cuenta de que he disfrazado mi egoísmo con fe, que he creído que se trataba solo de mí, de mi tiempo y necesidades solamente. Sí, amo a Dios y creo que "todo pasa por algo", pero nadie quiere tener que sentarse a borrar fotos en común, eliminar notas de voz con promesas en el aire, bloquear el Dropbox del alma para no compartirle nada más. He sido tildado de extremista y hasta de gañán, pero si algo tengo claro en la vida es lo que aprendí viendo Friends: uno nunca podrá ser amigo de quien fue algo más que amiga.
Ahora te amok profundamente, porque no comprendiste que toda historia de amor se encarna en una pareja que junta enfrentará mil y una oposiciones antes de consumar su interés. Te amok porque te quedó grande entender que el amor es una decisión que se toma, no una sensación en la cual se cae. Te amok porque el miedo te congeló la voluntad y la edad mental de paso. Pero sobre todo me amok, porque como sé que reacciono radicalmente, auguro que este es el cambio de hoja y no habrá más amok ni amor después de darle "Publicar".
@benditoavila
El psicólogo Robert Sternberg escribió en su libro “El amor es como una historia” que los tipos de relaciones que las personas tienen corresponden al tipo de historias de amor interiorizadas. De ser esto así, se puede partir de que el amor no es solamente producto del azar o de la atracción a primera vista, sino también de una conciencia de las ideas preconcebidas que encarcelan a quien busca un amor integral. La teoría es linda y hasta tierna, pero le falta al manual contar que amar también es perder y que perder es ganar un poco hasta donde tengo entendido. Ya ni sé si gané, o empaté, o qué carajos.
No me da miedo contar que estoy experimentando el fracaso emocional. Me monté en una tabla de surf prestada y creí que arrodillarse era suficiente para balancearse, pero no. Abrí mi corazón y vida a alguien que habitaba en el pánico, y si algo aprendí de Star Wars fue que el miedo es el camino a perder, el camino a la ira, el camino al Lado Oscuro. Decidí enfrentar su sistema patriarcal y de valores, construir un propósito común y eliminé cualquier plan B, C, D, E y F. Ahora recojo los pedazos y barro la casa mientras de vez en cuando le pego al suelo en señal de frustración, porque no pienso en un futuro común. No me gustan las comas ni los dos puntos, soy de los mercenarios que prefieren el punto final.
Ahora no solo pienso en el amor, sino en el Amok, aquel síndrome rabioso que desemboca en la histeria y hasta en la muerte. Me siento enamokado porque me di cuenta que como cristiano he tenido un esquema del amor tan rococó y estúpido que debía romperse con un aterrizaje más que forzoso. Creo que el problema está en el sistema amoroso que muchos hemos adoptado, donde pensamos que en el amor no hay dolor. Nada más falso que eso. El amor también desgarra, demanda un rompimiento mental y personal donde uno se compromete a fondo con alguien en cuanto ese alguien también lo hace. Es un acto de negación afectiva donde ambos mueren para ganar. Puedo levantar la cabeza y decir que le metí la ficha y dejé todo en la cancha, así las cosas no hayan salido como el Profe dijo que saldrían. Quiser hacer de tu mundo el mío, de tu finca mi casa, de mis hijos los tuyos. No quise que fueras mi media naranja, quise que fueras el bulto entero.
He pasado la mayor parte de mi vida tratando de convertirme en el alguien-ideal de alguien, que ahora ni conozco ni tengo claro si llegará. No es que lo esté dudando, simplemente me doy cuenta de que he disfrazado mi egoísmo con fe, que he creído que se trataba solo de mí, de mi tiempo y necesidades solamente. Sí, amo a Dios y creo que "todo pasa por algo", pero nadie quiere tener que sentarse a borrar fotos en común, eliminar notas de voz con promesas en el aire, bloquear el Dropbox del alma para no compartirle nada más. He sido tildado de extremista y hasta de gañán, pero si algo tengo claro en la vida es lo que aprendí viendo Friends: uno nunca podrá ser amigo de quien fue algo más que amiga.
Ahora te amok profundamente, porque no comprendiste que toda historia de amor se encarna en una pareja que junta enfrentará mil y una oposiciones antes de consumar su interés. Te amok porque te quedó grande entender que el amor es una decisión que se toma, no una sensación en la cual se cae. Te amok porque el miedo te congeló la voluntad y la edad mental de paso. Pero sobre todo me amok, porque como sé que reacciono radicalmente, auguro que este es el cambio de hoja y no habrá más amok ni amor después de darle "Publicar".
@benditoavila
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)