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lunes, 3 de agosto de 2015

Giro en U

Si estuviera agonizando en una cama y vinieran a pedirme un consejo para la vida, les daría uno y dos más, porque ya para qué: empiecen con lo que tienen, vean Breaking Bad mínimo una vez al año y viajen siempre, sin importar el destino. Pero ya como que ha de quedar poco aire y las conexiones neuronales no darán para más, les encimaría la joya de la corona en forma de ñapa: nunca, muchachos –suponiendo que muera en la ancianitud-,  nunca, pero nunca, vuelvan con una ex.

Esa es mi premisa con forma de mantra: “La ex es excremento”. Burdo para muchos, gracioso para otros, pero la gran mayoría coincide en que hay una suerte de vergüenza cuando uno, por razones que todavía desconoce, se ve otra vez atraído por un poderoso imán llamado “zona de confort”, o lo que en el mundo emocional se llama “cangrejear”.

Lo digo con autoridad moral personal, porque de un tiempo para acá empecé a recibir noticias de varias de mis ex-es. A algunas de ellas les dio por cristianizarse, por cambiar su vida y enderezar el caminado, y en esa medida están en terapia espiritual de redención, donde se supone yo debo estar. No entiendo para qué me quieren en contacto de nuevo, cuando para mí lo mejor que pudo pasarme fue dejarlas ir.

Ahora les dio por agregarme de nuevo a Facebook, por intentar acercarse para simplemente ser amigos, pero si algo aprendí de Friends es que uno no puede ser amigo de una ex, ni debería caerle a la ex de un amigo, y del mismo modo en el sentido contrario. La verdad hace tiempo tengo claro que hay ocasiones en donde uno debe dinamitar los recuerdos, quemar los barcos y destruir cualquier puente hacia la vida pasada.

Eso dice la teoría, pero va uno a ver y la vida es un remake constante, donde terminamos reculando en decisiones estúpidas para volver a lo mismo, a repetir las historias que juramos clausurar en los periódicos de ayer. Es así como en un abrir y cerrar de ojos uno está tomándose un café con una de ellas, y luego en otro abrir y cerrar de ojos la está recogiendo en la casa, donde ya no hay que presentarse ni caer bien; y en otro abrir y cerrar de ojos termina de vacaciones con ella, tomando literalmente un giro en u. Mi triste historia, por si acaso.

Solo quien viaja entiende la importancia de un retorno: una vía alterna que da la opción de volver, de revisar qué pasó detrás, si esos traspiés en la carretera fueron producto de la imprudencia de otro chofer o del afán de uno mismo. Uno hasta piensa en arjonadas así, como tratando de justificarse, pero en el fondo es una trampa emocional. Ahora, también hay que agregar que en esos retornos, que son como la reversa de los caminos, el control Z de la realidad, uno aprende a revisarse, a cerrar ciclos y enterrar fantasmas, todo en función de aprender, pero de fondo hay un miedo por esperar y conquistar lo nuevo.

Reciclaje de la vida es justamente eso, una edición dedicada a mirar el espejo retrovisor no para tratar de cambiar el pasado, pero sí partir de esos errores para aprender a equivocarnos cada vez mejor, que es como realmente se debe vivir. Y a eso sumarle que nunca se debe perder la expectativa de lo que falta por conocer y viajar. Lo digo con autoridad moral personal, porque por mi salud mental, cangrejeé de haber cangrejeado y sin necesidad de estar agonizando. Lo aprendí excrementándola.


Publicado en la Revista Mallpocket del mes de Agosto de 2015

lunes, 27 de julio de 2015

La técnica del sandwich

Debo confesar que ahora me aburre tener que corregir personas, algo que antes disfrutaba hacer. En el pasado me sentía más grande moralmente, que es lo que se necesita para tener ese aplomo reformador. Antes iba por la vida parando a la gente para que recogiera la basura que tiraba en la calle, pontificaba sobre los conductores imprudentes y me le metía al rancho a uno que otro fisgón morbosón comentándole sus creaciones; pero ahora como que me da pereza ponerme a pelear, supongo yo es una conquista del carácter.

Sobre todo porque confrontar a la gente es peligroso. Uno ve a una pareja peleando en la calle, y el tipo puede estar levantando a patadas a su pareja, pero cuando uno se acerca a pedirle que la respete, es ella la que se incomoda y entre los dos terminan masacrándolo a uno por noble sapo. O uno se atreve a confrontar a alguien por colarse en Transmilenio y sale es regañado, porque la gente que se cuela tiene un rosario de excusas tercermundistas tan deprimentes que hacen que uno termine dándoles la razón. Uno debería aprender eso en el colegio, a dejar de meterse en las vidas de otros a menos que ellos lo pidan.

Con el tiempo, he ido aprendiendo que uno no opina de la vida de quien no ama, y por eso la actitud justiciera y entrometida es peor que la misma cosa que se está reprendiendo. Es que francamente, somos tan orgullosos que creemos tener la verdad revelada, y en realidad el problema está en entender que todos somos ignorantes, solo que ignoramos cosas diferentes. Ahora que la monto de pacificador, de vive y deja vivir, he perdido gran parte del deseo ponzoñoso de irme en contra del otro, empezando porque para eso uno debe conocerse a sí mismo primero. No hay nada más difícil que eso, verse autodefinido y no desde lo que otros dicen.

Así me pasa cuando la gente me pregunta qué pienso de alguna idea, creación, decisión, entre muchas otras categorías etéreas. Es complicado, porque me preguntan esperando la verdad, pero pocos están preparados para recibir comentarios de otro. A mí la gente me pide opiniones, y de verdad me siento halagado, sobre todo porque trato de ser ecuánime y aterrizado a la hora de hablar, pero muchas veces comento como me gustaría que me lo dijeran a mí: con la verdad y sin tanto aspaviento.

Menos mal aprendí una nueva forma de decir lo que pienso, porque aunque creo que las cosas deben decirse como son, también he descubierto lo importante de amar a la gente a pesar de que sus resultados sean desfavorables, según mi criterio. Ahora aplico una técnica aprendida en el mundo Mad Men en el que terminé metido por curiosidad, y del cual siento que todos deberíamos aprender.

Uno debe primero decir algo bueno, porque siempre hay algo bueno por decir. Cuando ya se ha suavizado al oyente y se le tiene atrapado, se le dice lo negativo, o digámosle lo por mejorar. En este punto el paciente puede estar con tendencia al desánimo, pero es ahí cuando se remata con un cierre positivo, donde se exalte lo bueno y se le señale el potencial que tiene. Eso, es la técnica del sandwich, donde por dos cosas buenas, hay una no tan favorable por 'ensanduchar'. Ojalá la vida fuera resumible así, como la comida. Y que la indigestión de palabras sea filtrada por el buen Alka Seltzer de quien ha decidido suavizar sus palabras en beneficio del otro.

Porque eso es finalmente lo que nos motiva a crecer, no tanto decir lo que pensamos a contrapelo, sino más bien aprender que así haya carne cruda en la mitad, en los extremos hay pan fresco por resaltar. Que en la vida, los elogios y los tomatazos deben ignorarse por igual. Eso es lo único que nos salva de persuadirnos de tener la razón y de vivir convencidos de eructar caviar cuando lo que hay es una profunda y despreciable halitosis, que es a lo que huele un ego herido.

martes, 28 de abril de 2015

Series

A veces quisiera que de una sentada a escribir, saliera de mí una inspiración tan brutal como para solucionarle los problemas a mucha gente, pero la verdad es que no pasa, o por lo menos no siempre. Hay días en que no hay mayor motivación para publicar más que actualizar, y creo que detrás de ellos hay también un mensaje por aterrizar, como hoy, donde me enfrento a una nueva frustración: no ver tantas series como quisiera.

La gente tal vez no lo entiende, o piensan que soy un obsesivo de nimiedades -que de hecho es verdad-, pero quisiera tener el tiempo libre de cuando estaba en el colegio para aplicarme una buena porción de binge watching, práctica que en español se denomina “atracón de televisión”, o jornada en la que una persona se dedica a ver episodios de una serie de televisión por horas.

Ahora podemos ver televisión cuando se nos dé la gana, escogiendo los horarios y hasta programando nuestra propia parrilla según nuestra vida; antes nos obligábamos a salir corriendo del colegio para alcanzar a ver un pedazo de Tentaciones, Chespirito, Dragon Ball Z y por qué no, Ranma 1/2. Si antes era impensable la opción de dejar grabando y por eso uno se obligaba a llegar para verlo todo, ¿por qué ahora no lo hago, cuando se supone que todo está dado para hacerlo? Y mi angustia sufre cuando abro el catálogo de Netflix y me doy cuenta que la industria no se congeló en Breaking Bad, sino que cada semana hay algo nuevo por ver.

Quisiera nombrar todas las series que he visto y me han marcado, pero la memoria me falla y además ni que me pagaran por promocionarlas. Han sido varias, todas tan diversas, brutales, confrontantes y reflexivas; eso sí, cada una muy adecuada para ciertos momentos de vida. Lo he hecho para seguir educando el ojo y ampliando la biblioteca de referencias mentales. El problema es que todavía no me puedo dedicar a ello, por aquello de las deudas, pero sí puedo recomendarle a la gente series de televisión como el boticario que recomienda medicamentos, tratando de leer un producto que le pegue a su realidad actual y en algo pueda mermar ese virus mental de la ignorancia y la comodidad.

De las series que he visto, algunas las llevo hasta el final, otras las dejo después de media temporada, pero siempre le doy la oportunidad al primer capítulo, pues a mi modo de ver, en el Pilot está la premisa de todo lo que uno podrá esperar de ahí en adelante. Y así pasa con las personas, hay momentos de vida donde se revela quién es quién, y a veces eso no pasa sino unas cuántas temporadas más adelante.

Y así como la gente, uno empieza a ver series y sufre cuando se las termina, porque queda un vacío en la mente y en la agenda que sólo puede ser llenado por otra serie. Es imposible no compararlas: de cada una se aprendió algo, pero hay que dejarlas ir y darles espacio para que también respiren. Alguna otras son tan adictivas que uno quiere todo con ellas, exprimirlas hasta el último segundo, y cuando me veo así de impaciente me siento algo lujurioso, y pues tampoco.

Lo cierto es que hace un tiempo leí que los creadores de series como Game of Thrones y Homeland, las escriben y diseñan adictivas adrede, poniendo ciertas puntas dramáticas tan altas sobre el final que uno siente que no puede esperar una semana para ver, y por eso hará lo que sea para mitigar esa ansiedad de saber qué pasará. Yo, que me dediqué a escribir para televisión, tengo clarísimo el trabajo que implica sacar un capítulo adelante, y todo esto me ha llevado a pensar que cada vez la televisión nos está reformando la vida a profundidad, pues si antes nos enseñaba a esperar, ahora nos muestra que en la vida nos podemos saltar las temporadas y hasta burlar el bioritmo que implica la espera.

La verdad, no tengo problema con eso: siempre he dicho que en la libertad de elección de cada uno se basa la vida de los demás; por eso sufro cuando la gente critica a la televisión per se, como si "la caja idiota" tuviese vida propia para emitir lo que se le ocurre. Prendamos, apaguemos, cambiemos de canal, hagamos lo que sea con ella, pero eso sí, de cada uno depende dejarla entrar en su cabeza.

martes, 23 de diciembre de 2014

Miedo

Con el fin de los años, empiezan esos deseos inexplicables por valorar y revisar las metas. Inexplicables porque no se sabe si es herencia oficinista de andar chequeando informes de gestión en aburridoras reuniones de tráfico, o si en realidad es un deseo de mejorar, de volverse la mejor versión de uno mismo sin que a nadie más le importe. En mi caso, siempre, desde 1999 hasta la fecha, me he encargado de hacer una lista de propósitos para el año venidero, y me ha funcionado para muchas cosas.

Fue por una de esas listas que me obligué a volver a estudiar bajo, que renuncié a un trabajo para perseguir uno que otro sueño y hasta fracasé en el intento de volar. Pero esas listas, que a fin de cuentas me hacen sentir más bruto, también han sido las mercenarias de muchas promesas incumplidas, palabras postergadas, movidas fallidas que se han salido de mi plan. Allí han quedado plasmados mil y un intentos por disciplinarme haciendo ejercicio, o tratar de mejorar mis relaciones familiares, o simplemente mejorar mis relaciones, o en el peor de los casos tener relaciones, lo que implicaría ser muy familiar, pero la dinámica de la realidad es otra.

Antes le temía muchísimo a ponerme una meta que sabía que no cumpliría, y me dediqué a buscar maneras de cumplir exitosamente propósitos concretos, todo porque le tenía un profundo miedo al fracaso. Ahora no le temo al fracaso, ni a los perros, ni a quedarme otra temporada en Babilonia; mi mayor prevención es con el miedo en sí mismo. Y esto no es una frase redactada por Hassam ni por Jotamario sobrio, es mi realidad de cada día.

Le tengo pavor a que me den miedo las cosas, me produce terror profundo entrar en ese estado de acomplejamiento paralizante; me falta el aire de solo pensar que puedo convertirme en esa persona prejuiciosa que habla de lo que no conoce, y en el peor de los casos no se atreve a experimentar afuera de su pensamiento lineal y por eso juzga desde su tribuna.

Ya lo dijo Walter White: el miedo es el enemigo real. El miedo es una completa idiotez heredada de las experiencias de mis familiares, a quienes también les debo las deudas. Me acuerdo de mi papá, quien tiene en su casa, en su carro y en su oficina un kit de desastres donde guarda provisiones por si hay terremotos, tsunamis, derribos de torres y cuanto desastre se le venga a la cabeza. Y lo que no cubre el kit, seguramente está salvaguardado por alguna de las cuatro pólizas por muerte violenta, fideicomisos de usufructo y hasta plan canitas. La gente alega que hay que ser prevenido, pero francamente esas prevenciones son las que más quitan la paz, que es lo que uno debe procurar.

Es por eso que ante esa nostalgia campesina de quien quiere regresarse por donde vino, recordando con quien anduvo y hasta añorando el pasado infructuoso del terreno conocido, contraataco con amor innovador, que es para mí lo contrario al miedo rutinario. Esa nostalgia es medio peligrosa, y por eso me parece riesgoso cuando la gente termina el año frustrada por lo que no hizo, ignorando que todavía hay un presente, que a fin de cuentas es lo único que queda.

Para el año que viene, espero tener mi lista con propósitos que me dejen paniqueado de sólo pensarlos, porque tengo claro que no existen las condiciones perfectas para hacer algo. Así que espero perderle el miedo a trabajar con cristianos, meterme a un foro a leer comentarios en mi contra y hasta atreverme a fracasar de nuevo, porque siempre hay cierta pedagogía en hacer las cosas mal. En últimas, el miedo será algo que siempre enfrentaremos, pero entre más rápido salgamos de ahí serán muchas las oportunidades que se podrán aprovechar.

viernes, 8 de agosto de 2014

Fallas de origen

Cada vez se hace más difícil alimentar a este hijo bobo que tengo por blog, el único que me hace posponer una maratón de Breaking Bad o dejar de estudiar bajo, adicciones en la que gracias a Dios volví a caer. Escribir me desgasta más que cualquier cosa, porque cada vez que lo hago siento que lo dejo todo en la cancha; lo malo es que no hay sauna ni turco para el cerebro más que la misma calle, o un cambio de actividad, que siempre traduce gastar plata o tener contacto social.

Entonces me remito a mis coterráneos y a sus historias, porque cuando exprimo toda mi vergüenza en público no tengo de dónde más agarrarme que de lo que otros me cuentan. Hace poco estuve hablando con un hombre, quien me abrió su frustrado corazón para contarme que acababa de terminar con su novia. Eso no es noticia, y menos en Colombia, donde nos anestesiamos con la violencia diaria en pequeña y gran escala, casi como si fuese una sección más del noticiero. El punto es que el tipo contó que su ex lo mandó a volar bajo una excusa que, espero, alguien logre descifrar: "te dejo porque no te costó nada conquistarme".

En un libreto, ahí acotaría corte directo a otra escena, o hasta un inserto de un mico tocando los platillos dentro de mi cabeza, porque francamente sigo sin pillármela. Lo único que puedo concluir es que entrando al año donde Marty McFly flotaba en su patineta, seguimos construyendo esquemas rococós del amor y las relaciones que, sin querer queriendo, detienen el avance de la humanidad entera, casi como quien tiene la rueda para movilizarse e insiste en usar un cuadrado sin pulir.

Debo decir que la cultura del sufrimiento, del "Preocúpate cuando las cosas sean fáciles porque puede significar que su valor sea escaso" me parece acertada en primera instancia. En el amor funciona, y lo digo como libretista de televisión que soy, porque uno define la validez de las historias de amor en la medida en que son dignas de visualizarse, debido a la lucha y a las constantes oposiciones que vence una pareja para consumar su amor. Las historias amorosas en pantalla juegan a eso, a complicarse la vida porque quedan otros 118 capítulos por rellenar entre el capítulo uno, donde los protagonistas se conocen, y el 120, donde terminan casándose.

No quiero sonar a un Martín-Barbero de la era bloggera, pero es imposible no apelar a la definición técnica del asunto, donde además se está hablando de un high concept que sostiene una mentalidad: lo bueno cuesta, es caro y debes sentirte culpable si lo conseguiste con menos alteraciones de las que esperabas. Surgen preguntas: ¿Y si no sufriste, no fue amor? ¿Debe ir el amor, la plenitud y la consecución de los sueños personales ligado al dolor? ¿Es la vida como un gimnasio donde el éxito se mide por calorías quemadas y lágrimas derramadas?

Nacemos imperfectos, sobre todo de mente, conceptos y referentes empaquetados en miedos que gente como yo fabrica en las cabezas de la gente cuando los sienta a ver sus historias, donde todo es color de hormiga y muta a color rosa para que valga la pena haber pagado la boleta. Tenemos demandas sociales y emocionales que dictaminan cómo deben conquistarnos, querernos y demostrarnos interés. ¿Y qué si nuestras historias de amor no calcan lo que pasaba en Sweet November o en Betty la fea?

Nacemos imperfectos, y la cosa se pone peor cuando esperamos que otro nos perfeccione y complete. Esa imperfección se mantendrá hasta que entendamos que lo somos, y que las expectativas que tenemos frente a la vida y el amor no deben ser ciento por ciento cumplidas, porque esto no es ficción. No soy partidario de conformarse con lo que tocó, pero creo que hasta para esto, para dejarse sorprender con lo impensable, hay que aprender a renovar la forma de pensar. Decía una amiga que cualquier historia de amor verdadero es digna de contar, por más simple que parezca. Entonces, ¿por qué no eliminar esas fallas de origen, ese ruido blanco que no deja ver lo lindo de lo simple?

Ahora mi reto será escribir historias televisivas que partan de esto, de lo idiotas útiles que le somos a un sistema de pensamiento que deliberadamente nos acartona, cuando tal vez el amor, literalmente, quiera sorprendernos a la vuelta de un salón comunal, o en una fila de banco, o en cualquier lugar donde el romance también dependerá de quien se deje sorprender por él.


lunes, 21 de octubre de 2013

Al mundial

La Fiebre de las Cabañas es un reflejo de la colombianidad: todo llega tarde y cuando ya no es noticia. Debe ser que por eso no fui periodista, porque lo mío no es la operación en caliente de contenidos, aunque me gusta eso de la inmediatez. Digo esto porque cuando lean estas letras digitales, oh amados caba-ñeros y caba-ñeras, sabrán lo que aprendí de Breaking Bad, lo que pienso de Tuiter y también que MiSeletsión ya tiene su tiquete al Mundial Brasil 2014.

Aunque no soy un hincha furibundo del fútbol, tengo la costumbre de regir mi vida en torno a los Mundiales. A la fecha, he vivido seis Copas del Mundo y con la que viene siete, lo cual representa más de 24 años de sufrimiento colectivo, desilusiones familiares y demás recuerdos que cada cuatro años construyo mientras el planeta entero se vuelca de atención al balón.

En Italia 90 hasta ahora estaba aprendiendo a hablar, pero por fortuna mi mamá hizo sendas grabaciones de mis precarias locuciones, cantando los goles de Frely Lincon y creyendo que era primo mío. Recuerdo que vivíamos al sur de Bogotá y que mis papás pasaban por una extraña crisis que no entendía, pero hacía que mi papá fuera y viniera a la casa tan solo para ver a Colombia jugar contra Yugoslavia, Emiratos Árabes y Alemania, quien sería la selección campeona.

Si algo corre por nuestras venas colombianas es esa peligrosa sensación triunfalista, la misma responsable de expresiones como usted no sabe quién soy yo y ayúdate que yo te ayudaré. Con el fútbol no ha sido la excepción, pues con ese empate a Alemania, Colombia entró a octavos con el ego en la cabeza y la sobradez en los pies. Nos montamos en el caballo sin ensillarlo y nos juramos la última Coca Cola del desierto sin siquiera haber entrado al mercado de los goles.

El 5 de septiembre de 1993 mi hermano tenía tres días de nacido, y como mi mamá estaba convaleciente, mi papá me llevó a donde mi abuelita, para que no estuviera fastidiando a la criatura recién nacida con las típicas bromas que le hacía cuando era tan sólo una barriga redonda. Recuerdo que esa noche habilitaron el salón comunal y un vecino llevó un video beam precario, integrado por un VHS que recibía la señal de la programadora Caracol en Cadena Uno y proyectaba en la pared aquel evento que partió en dos la historia del país.

Tenía cinco años y recuerdo que lloré de la felicidad, no tanto por Colombia, sino porque mi familia estaba nuevamente unida celebrando, a pesar de que en Marzo de ese año murió mi abuelo y todo se desajustó en nosotros. Lo único que alcanzó a dejarme el viejo fue el álbum lleno de USA 94, el cual usé para ver cada partido, celebrarlo a su nombre y que ahora colecciono como un tesoro, pues también es la confirmación de que de nada sirve tener una herencia si no hay un legado detrás de ella. Vimos la final en la casa de un tío abuelo, comiendo mute santandereano y aplaudiendo a Taffarel.

En 1998 mi papá trabajaba como administrador de un parque que ahora le pertenece al Distrito. Ya tenía dos hermanos igualmente curiosos con quienes vimos el gol de Preciado y la derrota ante Inglaterra. Recuerdo a Mondragón llorando desconsolado y al Pibe cambiando la camiseta con Beckham, mientras pensaba que el fútbol es un martirio constante del cual era mejor prescindir. Así que dejé de seguir a Millonarios, desempapelé los afiches y decidí pensar que eso de ganar no era para nosotros, por lo que el Mundial de 2002 pasó sin pena ni gloria por mi cabeza, pero lo recuerdo perfectamente porque fue el año en que mi papá consiguió viaje directo a una nueva sucursal, con azafata a bordo.

Al principio me culpé, como todo hijo que percibe un matrimonio que se desmorona ante sus ojos. Pensé que mi renuncia al fútbol y el desinterés de mi mamá por el deporte lo habían lanzado en brazos de la moza, quien resultó más escurridiza que cualquier balón pateado por Ronaldo. Aprendí que en líos de pareja lo mejor es hacerse a un lado, y que tal vez debía esperar el próximo Mundial para recuperar la magia familiar pasada.

En 2006 estuvimos con mis hermanos en compañía de mi papá -y ya sin mi mamá-, viendo el cabezazo de Zidane en una pantalla improvisada en el parqueadero de Cafam Floresta. Me acuerdo que ese día también lloré, no por Francia, ni por lo triste de los comentaristas invitados, sino porque recordé que cada final de la Copa del Mundo mi vida está en un estado distinto, totalmente opuesto. Esa misma sensación tuve en 2010, cuando vimos la transmisión del partido que ganó España a través del canal de televisión para el que trabajo.

Lo chévere de los Mundiales es que parten el año en dos: antes del Mundial, tiempo en el que nos la pasamos hablando de los partidos, las pollas, las láminas por conseguir; y después del Mundial, cuando nos la pasamos hablando de lo que pasó y de lo que vendrá. Tengo esas expectativas del año que viene, que me agarre por sorpresa y que cuando esté viendo esa final, las cosas no se parezcan a los recuerdos, ni los colores se vean como parecen.

domingo, 31 de marzo de 2013

Consagración

Siempre he visto el cristianismo como una versión espiritual de The Walking Dead, porque al conocer a Dios estamos en riesgo inminente de vivir muertos. Sí, todo aquel que dice seguir a Jesús debe saber que su sueño de vida, su propósito en la tierra fue precisamente ese: morir. Ergo, el cristiano debe de antemano estar rendido al punto de claudicar. 

Seguramente no será una muerte literal, ni un deceso natural: es una rendición liberadora, un deseo de encontrar algo mayor que lleva a que el sujeto, en pleno uso de su facultades, permita que alguien más le mastique el cerebro para no regirse más por sus criterios de vida, sino por los de un zombi espiritual. Para mí eso es la consagración: dejarse morder el espíritu y lentamente vivir como muerto en vida.

Consagración. Una palabra, tanto significado. Un concepto con tanto bagaje por trabajar. Este año ha sido esa la palabra que me ha estado martillando el cerebro y el corazón, pues me he dado cuenta que esto de ser cristiano no solamente es andar por la vida proclamando valores, sueños y un supuesto amor al prójimo. Hay un nuevo nivel en este sistema solar, donde los planetas que quieran orbitar cerca del sol deben rotar a más velocidad, translar con prisa pero sin pausa, moverse a marcar la diferencia ya no contra el sistema del mundo, sino contra sus propias y santas formas de moverse. Es una lucha contra uno mismo y su propia neuribasura.

Me refiero a esos giros de vida, donde lo que antes era bueno ya no lo es. Llevo años enteros alimentando mis criterios, opiniones, críticas y demás comentarios sarcásticos en torno a gente cristiana y otra no tanto, para al final darme cuenta que eso no cambiará el mundo, ni les mostrará que el cristianismo es una tierna tribu urbana sin trago ni cigarros y con vacantes listas para llenar. Esto se trata de amar. Sí, una difícil palabra para un neurótico espiritual de mi calaña. 

He despotricado, humillado, juzgado y aplastado con mis letras, y creo que llegó el tiempo de revaluar la motivación de confrontar. Se supone que uno confronta porque ama, pero debo confesar que hay gente que no amo y aún así me atrevo a señalar. A todos ellos les pido perdón. A los que amo y confronto, les pido perdón también, porque he sido vehículo de una ira viva, de una falta de misericordia que me hace carnal. A los que simplemente leen y ya, les pido perdón, porque una de las razones por la que di a luz a este hijo, La Fiebre de las Cabañas, fue para retar al cristiano a encontrar su identidad en la cruz, no a sentirse moralmente superior que los que todavía no la han contemplado.

Como hay letras que llenan y edifican, y otras que dan indigestión y matan como las mías, quiero compartir algunos versículos de mi capítulo favorito de la Biblia, pues ahí entenderán por qué estoy tomando la decisión que tomo:

2) No se amolden al mundo actual, sino sean transformados mediante la renovación de su mente. Así podrán comprobar cuál es la voluntad de Dios, buena, agradable y perfecta.

3) Por la gracia que se me ha dado, les digo a todos ustedes: Nadie tenga un concepto de sí más alto que el que debe tener, sino más bien piense de sí mismo con moderación, según la medida de fe que Dios le haya dado. 

9) El amor debe ser sincero. Aborrezcan el mal; aférrense al bien.

10) Ámense los unos a los otros con amor fraternal, respetándose y honrándose mutuamente. 

14) Bendigan a quienes los persigan; bendigan y no maldigan. 

15) Alégrense con los que están alegres; lloren con los que lloran. 

16) Vivan en armonía los unos con los otros. No sean arrogantes, sino háganse solidarios con los humildes. No se crean los únicos que saben.

17) No paguen a nadie mal por mal. Procuren hacer lo bueno delante de todos. 

18) Si es posible, y en cuanto dependa de ustedes, vivan en paz con todos. 

21) No te dejes vencer por el mal; al contrario, vence el mal con el bien.

Hace muchos años decidí no encajar en el sistema del mundo, pero solo hasta hoy estoy decidiendo buscar el amor genuino, aquel que lleva a dejar el orgullo y sencillamente vivir rendido a los pies de Jesús, donde no importa nada más que dejarse llevar por los impulsos espirituales propios del zombi que ya no vive más, pues voluntariamente ha decidido morir.

Los amados caba-ñeros y caba-ñeras saben que ya antes he tomado tiempo de muerte y en repetidas ocasiones, así que simplemente haré lo que hizo Homero Simpson: me meteré un crayón en el cerebro buscando ser del montón, o por lo menos por un tiempo indefinido. Renunciaré deliberadamente a pontificar, si es que ese es el camino emancipador que me llevará a tener amor y misericordia, a subir de nivel siendo yo mismo, no un ídolo pop al que el mismo Dios se ha encargado de aplastar. 

A lo mejor vuelva más adelante, cuando tenga novia y con ella nuevas historias por contar; o después de ver el nuevo episodio de Breaking Bad, o después de decantar mis deseos tarantinescos, o antes si algo extraordinario ocurre, como por ejemplo un holocausto zombi en el que soy el primero en ser baleado por Rick Grimes. Amén.



@benditoavila

miércoles, 9 de enero de 2013

Plan retorno

En 2012 comprobé que lo más importante de un texto es el párrafo con el que abre, pues dentro de él hay una promesa tácita que el lector comprobará cuando lo lea en su totalidad. Así me enseñaron a hacerlo, así decía la teoría; pero como todo en este mundo caba-ñero, el tigre no es como lo pintan, unas son de cal y otras son de arena, tanto va el cántaro a la fuente que al final se rompe, o como me enseñaron en México: del plato a la boca también se riega la sopa. 

Ese fue el primer párrafo de la primera entrada de este 2013, y como pueden ver, no dice nada. ¿Mala señal? ¿Cabañuela premonitoria? o por el contrario, ¿Un homenaje a Seinfeld que también se dedicó a hacer un show sobre nada? ¿Una joya más engañosa que un libreto de Breaking Bad? Lo único que sé es que vengo con las ideas acaloradas, porque como desde hace un tiempo tomé la sana costumbre de viajar cada primero de enero sin falta (solo lo he hecho dos veces), eso me suele revolucionar una que otra neurona, producto del Jet Lag y demás condiciones santamente adversas.

El primer viaje de 2012 fue plan de machos alfa, y para respetar dicha tradición, el de este año también. Ahora que lo pienso, el año pasado fue el que más viajé en toda mi historia, pues así lo diseñé con anterioridad. Ese es el problema, que muchos creen que las cosas buenas llegan por herencia, o que solo a través del chepazo se puede recibir lo maravilloso. El secreto no fue salir con maletas el 31 de diciembre, sino trabajar, ahorrar y creer. Sí, porque a medida que pasa el tiempo veo con mayor claridad la relación entre la fe y la razón. Si la cabeza se recalienta, evapora y reajusta cuando uno viaja, cuando hay una fe que se piensa el proceso se magnifica.

Lo que más me gustó de este viaje fue que en las carreteras del Triángulo del café (otrora llamado Eje cafetero), parecen cohabitar la mayor cantidad de retornos. Solo quien viaja entiende la importancia de un retorno: una vía alterna que da la opción de volver, de revisar qué pasó detrás, si esos traspiés en la carretera fueron producto de la imprudencia de otro chofer o del afán de uno mismo. Eso es lo malo de viajar con Nestea (el ron de los cristianos) en la cabeza: que uno se envalentona con la velocidad, con las canciones de Juan Luis Guerra, con la búsqueda insaciable de nuevo material.

Tomamos esos giros en u mientras buscábamos llegar a Manizales, pues en aras de hacerlo rápido nos afanamos y desbocamos: pasamos por Pereira, Santa Rosa de Cabal, Armenia, Salento y Chinchiná, buscando darle valor al día de la llegada a la ciudad en plena feria. Ya estando allí, comprobé que en vacaciones me porto como Doña Gloria pero con menos groserías: monté en Cable Aéreo, comí en La Suiza (importantísima pastelería manizalita), vi al Tino Asprilla en la cabalgata, subí al Corredor Polaco de la Basílica, y hasta me tomé fotos con una reina (no, no era una prepago).


Viví muchas cosas, pero nada me puso a pensar tanto como ver la cantidad de retornos en la carretera. Me di cuenta de que generalmente esperamos un detour salvador que con su señal rechinante nos muestre cuándo y cómo volver a donde de nunca tal vez debimos alejarnos. Me gustan los retornos, porque son la reversa de los caminos, el control Z de los viajes, la oportunidad de recapitular que detrás de la radicalidad extrema, de cerrar ciclos y enterrar fantasmas, tal vez quedan historias inconclusas que a gritos piden cerrarse. Inicio el año virando en uno de ellos, porque si el que es caballero repite, el que mira atrás también.


@benditoavila

lunes, 15 de octubre de 2012

Química

Ver tanto Breaking Bad me ha dejado muchas enseñanzas: que la gente es contradictoria, que uno nunca sabe cómo puede reaccionar hasta que se enfrenta a una situación extrema,  que está bien que un cambio de pensamiento se note hasta en un nuevo look y nombre. Sí, descubrí que el agua moja y ahora todos sabrán que mi capacidad de conclusión es la de un niño latinoamericano ochentero criado con  Los ositos cariñositos. Lo cierto es que de Walt White aprendí una frase implacable para sobrevivir en la sociedad: "The chemistry must to be respected". Yo diría que la química es lo primero, y por eso debe respetarse.

Hay muchas tipos de química, pero a la que siempre me refiero es la que traduce empatía, feeling, nosequenosedónde. En mi vida he sentido química con mucha gente, otra cosa es que decidí hacer alquimia con muy pocos. Creo que ese ha sido mi problema desde que escribo en La Fiebre -mi hijo bobo-: que plasmo cosas que consume gente que cree tener química conmigo, pero que para mí es incierta y desconocida. La química y la gente. Sí, soy alguien de socialización compleja, contrario a lo que muchos y muchas pensarían.

Si la química es lo primero, quiere decir que no es lo fundamental. Lo primero, lo superficial y predecible no es lo que nos enseña a ver El Principito. La química plantea un impacto, un interés desenfocado que lleva al instinto y anula el raciocinio. La química es engañosa porque no se cohíbe ni restringe; es una vieja cegatona que bloquea las luces en rojo y se empecina en fundirnos en un sentimiento espiritualmente improcesable. Hay química, y cuando no hay propósito eso es una razón para preocuparse.

Como no me gusta hablar de lo que no conozco, leí de buena fuente (El rincón del vago) que existe una categoría social de la química, la que habla del amor. Dicen que es plausible porque en la cascada de reacciones emocionales hay electricidad (descargas neuronales) y hay química (hormonas y otras sustancias que participan). Además, esa química es la responsable de que una pasión amorosa descontrole nuestra vida, explicando así que cuando nos atraen personas con rasgos similares a los nuestros, tendemos a elegir el olor de aquellas que tienen un sistema inmunológico muy distinto.

Aquí me quedo quieto, porque mientras escribo suena la química en iTunes. Es curioso, pero la química siempre me ha llevado a poner la mirada en situaciones, objetos y personas inapropiadas. Esto me ha demostrado que aunque uno no puede evitar sentir la química, la incoherencia inicia cuando es usada como excusa para perder la cabeza. De nada sirve saber que el cuerpo produce una suerte de drogas internas si se ha guardado el dominio propio en la guantera. Está la oxitocina, que se produce cuando existe un amor pasional y se relaciona con la vida sexual. La dopamina, que es la droga del amor y la ternura. La finilananina, que genera entusiasmo y amor por la vida. La endorfina, que es un trasmisor de energía y equilibra las emociones, el sentimiento de plenitud y el de depresión. La epinefrina, que es un estímulo para el desafío de la realización de metas.

Tal parece que no hace falta un chequeo hormonal para determinar que la voluntad de Dios para mi vida radica en algo que supera la química, pues dicen que la felicidad se da cuando el flujo correcto de sustancias circula en equilibrio. La química no determina nada, pues el secreto está en mirar hacia adentro, hacia el presente, hacia el propósito y ser feliz con el terreno futurista.


@benditoavila

miércoles, 19 de septiembre de 2012

Perder el tiempo es sano

Disfruto mucho sentándome a escribir en La Fiebre, porque cuento lo que se me da la gana, hablo de los temas que a mí me interesan y por fortuna -o infortunio- muchos y muchas lo están leyendo. Lo malo de esto es que suelo desplayarme en mostrarme sin tapujos,  por lo que aquí soy la mejor versión de mí mismo y suelo poner mi vida en la palestra pública. Excreto mi esencia en un blog que inició para mí y terminó para otros. Espero no estarme equivocando, porque de hecho ya no soporto a quienes creen que son mis amigos íntimos por el hecho de leerme. Lo bueno es que ya aprendí que uno no revela su intimidad a quien no ha pagado el precio, porque tal vez no lo merezca nunca.

Mi dicha bloggera se completaría si pudiera dedicarme a esto de lleno, y si esa premisa hippie de que la escritura libera fuera una realidad. Escribir no me sirve para exorcizar demonios o como me dijeron esta semana "desahogarse", la verdad es que me gusta y ya. Creo que las ideas se desenrredan mejor cuando pasan por la punta de los dedos y se plasman para difundirse y recordarse, no es más. De hecho, por algo así fue que nació este blog.

Lo que más me alegra de escribir es hacerlo cuando no es el tiempo para ello. Escribo esto en horarios laborales, me le río en la cara a Recursos Humanos aunque sé que los de Sistemas me monitorean. Cuando la gente va pasando cerca a mi cubículo oficinista minimizo la ventana y vuelvo al Outlook, simulando que estoy esperando algún correo. Abro Excel o algún libreto, mientras simulo concentrarme como si de esa lectura detenida dependiera la firma del proceso de paz. 

Así se me va parte del día, tuiteando, leyendo lo que otros publican, esculcando en las vidas de gente que ni conozco, ocultándome detrás de un carné y unas gafas con cordón. Y escribiendo, por supuesto. Me pagan por escribir y por leer. Lo malo es que hay días en que no quiero ver ni una letra más, tan solo pienso en salir corriendo a tomar un avión que me lleve a algún país desconocido, o agarrar mi bajo y tocar hasta sangrar, o buscar a quien todavía no conozco. Asuntos lindos como los que nos gustan, cabañeros de mi alma.

Para muchos pierdo el tiempo, para mí estoy en temporada de aprendizaje. Me gusta perder el tiempo porque es la forma en que el cerebro se libera de la tensión social que se necesita para comportarse política y correctamente. Ahora estoy siguiéndole la pista a una serie que aunque se estrenó en 2008, la descubrí en Los Angeles hasta este año: Breaking Bad. Es la historia de Walter White, un profesor de química que se entera de que tiene un cáncer terminal justo cuando su esposa está embarazada y además su hijo mayor sufre una parálisis leve. Por cosas de la vida Walt se reencuentra con uno de sus alumnos antiguos, Jesse Pinkman, con quien emprende la tarea de "cocinar" metanfetamina para asegurar a su familia económicamente cuando muera. Walt va dando un giro impresionante: pasa de ser un Ned Flanders decoroso a ser un Pablo Escobar inescrupuloso, y la verdad me impacta cuando en el primer capítulo Jesse le pregunta sobre la razón de cambiar así. Walt solo le dice "I'm awake". Llevo varios meses con esa frase como nuevo caballo de batalla, pues de alguna manera esta ha sido mi temporada de despertar.

Lo mejor de Breaking Bad es verla en horarios de oficina, porque definitivamente uno no aprende grandes secretos de la vida haciendo lo mismo en el mismo lugar. Por eso, antes de que sigamos suspendiendo la vida sin aprender a vivirla, sacudámonos y salgamos a correr el riesgo de dedicarnos a ser expertos en el ocio, perdamos el tiempo en los hobbies que a nadie le importan, gastemos los días en lo que nos apasiona pero que nunca nos dará de comer. Hagamos lo que los hace felices, compremos un bajo y hasta una melódica, ensayemos triunfar y también fracasar, vivamos y dejemos vivir porque como dijo el maestro Willie Colón: "Matando tiempo no es lo mismo que tiempo pa' matar ¡No seas bruto!"


@benditoavila

lunes, 3 de septiembre de 2012

Laboriel

Lo que más me gusta de vivir como vivo es que todo me llegan después. Me gustan las cosas que en otra época tuvieron su apogeo: las gafas de Woody Allen, los Nike Air Force One, Chespirito, Breaking Bad y así con todo. No puedo pelear por ello, pues últimamente escribir en La Fiebre de las Cabañas es algo parecido, es como retransmitir una serie vieja y deslumbrarse con algo que en otro lado ya fue reconocido y valorado. Es celebrar al descubrir una canción estrenada en 1972 y seguir creyendo que hay muchas cosas nuevas en el pasado.

Lo bueno de llegar tarde a ciertos momentos de la vida es que siempre guardo la expectativa. Otros ya se deslumbraron con Europa mientras yo sigo esperando que llegue el día, algunos ya probaron las mieles del amor mientras yo acumulo 15 invitaciones a matrimonios donde la tarjeta va dirigida exclusivamente a mí. En 13 de ellos algunos invitados creyeron que era el pajecito, aunque eso es otra historia. Me gusta pensar que las cosas tienen su tiempo específico, que es cuando uno menos lo espera. Tal vez ese arrojo es el que me ha llevado a bailar al son que me toquen y no tanto a imponer un beat para el cual no estoy entrenado a tocar.

Desde que tengo memoria he amado la música. Este fue el año de rebobinar el casete y de vivir en lo impensable, de recordar que las cosas que apasionan jamás deben ser enterradas. Solo fue tomar la determinación de cambiar la estructura mental para que con un guiño el cielo me aprobara en gesto. Decidí reconectar mis dedos con el slap y con los callos que el teclado nunca podrá sacar. Retomé el bajo y justo por esos días me enteré de la visita de uno de los bajistas que más me motivó a tocar hace 10 años, un músico que a pesar de ser cristiano es excelente en lo que hace -sí, el común de los cristianos es mediocre-, un grande de los grandes que dictaría una clínica exclusiva, un jazzista emotivo y un genial instrumentista. Podría seguir ampliando la información, pero es hora de que sepan que es Abraham Laboriel.

La gente piensa que tocar bajo es aburrido y hasta insensato. Claro, todo es culpa de Los Simpson. Pero cuando uno ve tocar en vivo a Laboriel uno cambia ese concepto. Ver y oír algo como esto es bastante emocionante, pero lo que más me impacta de la gente que admiro es que no solo aprendo sus técnicas, los grandes maestros enseñan para la vida y Laboriel no es la excepción. Asistir a una clínica con él es un ejercicio espiritual más que musical, es un encuentro con las motivaciones y con la responsabilidad del músico y del melómano.

Abraham inicia hablando de su visión del músico. Para él, el mensaje más importante que un intérprete debe llevarse de sus talleres es que tiene la habilidad de provocar algo hermoso en otros, que así sea una sola nota la que se sabe tocar debe hacerse con todo el corazón porque solo así la gente percibirá el amor. Obvio los asistentes, músicos de todo tipo enfocados en la técnica solamente, siguieron derecho en muchas de sus frases célebres. Mi cabeza no pudo evitar tomar nota de algunas:

- "Las nuevas ideas nacen de alguien que se atreve a compartir"
- "La vocación del artista es ayudar"
- "Lo que practicas es lo que tocas a la hora de la verdad"
- "La pregunta correcta para un productor sería ¿qué puedo hacer con mi bajo para aportar a tu canción?"
- "Hay algo que suena en la radio y de repente me marca. Voy a la tienda, compro el disco y resulta que ahí toqué yo"
- "Denlo todo. Esto no es un ensayo"
- "La música no es un deporte para competir, sino un arte para compartir"
- "Las familias no deben ser víctimas del hambre de fama de un artista"
- "La amistad no depende de la identidad"

Lo mejor de conocer a la gente que uno admira es oír este tipo de percepciones, las cuales confirman que los dignos de admirar no solamente reposan en el virtuosismo, también son gente curtida y madura que ha llegado alto además por su forma de pensar. Salí retado, con ganas de escribir y además de tocar. Lo primero lo estoy haciendo ahora, tarde pero finalmente llegando. Lo segundo lo haré pronto. Muy pronto, solo por Nuestra Tele.


@benditoavila