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viernes, 13 de noviembre de 2015

De puertas para afuera

Se va acabando el semestre, y por estas semanas la cabeza deambula entre el cansancio y el estrés, entre el agotamiento propio de todo el año y la incertidumbre de si el corte queda arriba de tres. Lo cierto es que con la llegada de fin de año se da inevitablemente uno que otro momento reflexivo, donde todos alguna vez nos hemos preguntado: ¿Qué estoy haciendo con mi vida? ¿Todo esto sí valdrá la pena?

Esas preguntas llegan en un punto de la existencia y sin tener que estar entonado, se los aseguro; lo que sucede es que detrás de ellas viene otra peor: ¿Sí aprendí algo este año? Y va uno a ver y sí, cositas, tipcitos, daticos, porque todo lo que no se procesa y aterriza queda en diminutivo en el cerebro. Es por eso que nos esforzamos mes a mes por darles los mejores datos cocteleros, pues si no aprendieron en clase, buscamos que por lo menos lleguen a la casa con la revista en la axila y queden como unos sabihondos de la cultura pop después de leerla y compartirla. Por algo se empieza.

Decía John Lennon que la vida es eso que pasa mientras estás ocupado haciendo otros planes, y tenía razón, porque a veces vivimos tan aislados dentro de las aulas de clase, bibliotecas y demás templos académicos que se nos olvida el lugar donde hay otro tipo de sabiduría y aprendizaje: la calle. Sí señores, la calle tiene un fuerte lado pedagógico que deberíamos aprovechar más, finalmente esa también va pagada dentro de la matrícula semestral.

Después de la casa y la universidad, la calle es tercer espacio donde más pasamos tiempo, ya sea transitando, esperando un bus, echando ojo y hasta cuidándonos de uno que otro chicungunya con bozo y saco de Warner Bros. Como universitarios amamos la calle, porque es la forma en la que capturamos la realidad de la etapa en la que estamos, y está bien que ella nos enseñe cómo esquivar vendedores de incienso, predicadores furtivos, manifestantes de todo tipo. En la calle se aprende algo que no enseña la universidad: la importancia de perder el tiempo.

En el colegio, ya queremos estar en la universidad; en la universidad, ya queremos ser profesionales; pero cuando empezamos a trabajar nos damos cuenta que la vida no para, que el ritmo adulto tiene su elemento desgastante, y que tal vez faltó disfrutar un poquito más ver personas pasar, tener conversaciones sin sentido o simplemente reír en las escaleras, en la entrada de la cafetería, en el paradero, o donde sea, porque la vida universitaria no es lo mucho que estudiemos, sino las emociones y recuerdos que nos quedan de esos aparentes momentos sin sentido.

Esta es la Mallpocket callejera, la misma que viene del futuro y que espera que la disfruten tanto como nosotros al hacerla. En mi caso personal, esperé esta edición para asegurarles que uno no aprende grandes secretos de la vida haciendo lo mismo en el mismo lugar. Por eso, antes de que sigamos suspendiendo la vida sin aprender a vivirla, sacudámonos y salgamos a correr el riesgo de dedicarnos a ser expertos en el ocio, perdamos el tiempo en los hobbies que a nadie le importan, gastemos los días en lo que nos apasiona pero que nunca nos dará de comer. Hagamos lo que los hace felices, compremos un bajo y hasta una melódica, ensayemos triunfar y también fracasar, vivamos y dejemos vivir, mucho más si es de puertas para afuera.

Ese es mi mensaje, y resulta emotivo porque es mi última edición como Director Creativo de Mallpocket. Agradezco profundamente a este equipo tan maravilloso, pero mucho más a las manos y ojos que nos han leído por más de 35 ediciones. El mundo es de ustedes, así que salgan de la zona de confort y disfruten la vida como debe ser.


Publicado en la Revista Mallpocket del mes de Noviembre de 2015

martes, 15 de septiembre de 2015

Serendipia

Un ingeniero se retiró frustrado de su carrera, pues se imaginaba que detrás de ese título habría justamente ‘ingenio’, cosa que no experimentó en la academia. El hombre caminó frustrado por la calle, hasta que en una fachada de un edificio vio una convocatoria para nuevos empleos. Entró y se encontró con dos filas: una donde se solicitaba productores de televisión y otra, más corta, donde buscaban escritores. Agotado, buscando evitar el rechazo, decidió registrarse en la de escritores.

Estando allí, recordó que él disfrutaba mucho escribir cosas en un pasquín del colegio, y apuntó esa experiencia, que tampoco era la gran cosa. Tiempo después, empezó a escribir anuncios publicitarios, y su trabajo gustó tanto que brincó al cine y luego a la televisión, donde escribió libretos que, por otro error del destino, terminó interpretando él mismo. El protagonista de esta historia se llamaba Roberto Gómez Bolaños, mejor conocido como Chespirito. Alma bendita y paz en su tumba.

Para mí es que es bien difícil no admirar a Don Roberto, mucho más cuando uno conoce esta historia y se da cuenta que la vida es eso, vivir abierto a la verosimilitud de lo imposible, a todas esas probabilidades incontempladas que cuando suceden, cambian el rumbo de la vida para algo bueno. Justamente eso es el error, la posibilidad de cambiar algo cediéndole el control a Dios, el destino, la Fuerza, o como cada uno lo quiera llamar.

Le tememos mucho al fracaso porque en el fondo no queremos equivocarnos. Y por eso la vida nos da tan duro, porque no hemos aprendido que el truco está en aprender a equivocarse cada vez mejor. Error es la definición de humanidad por excelencia, pero vivimos en una era donde embarrarla se castiga con La Picota pública, desconociendo que el aprendizaje proviene justamente del experimento, que de las constantes pruebas es que se desarrollaron inventos ingeniosos como la bombilla, la rueda, o el amor.

Nacemos, crecemos, peleamos, nos arreglamos, nos mantenemos en esas y no aprendemos a usar el Ay exclamativo, que es toda una pena. Pero lo bueno es que al final lo que queda es el recuerdo, esa capacidad humana de sobreponernos ante lo cometido, ya sea aceptar un trabajo inmundo, pagar la primiparada en la universidad, haber nacido o siquiera cometer un adefesio ortográfico.

Pero como para todo hay palabras, existe el concepto ‘Serendipia’, que se relaciona justamente con eso, con aquellos accidentes que terminan produciendo felices resultados. El avance humano justamente parte de esto, de darnos cuenta de que detrás de cada mala decisión puede existir un nuevo hallazgo, una sorpresa abrumante, una solución necesaria.

A esto jugaremos en esta edición, donde equivocarse está permitido y de hecho es casi una ley. Seremos como los de ‘La familia del futuro’, y celebraremos cada defecada suya o nuestra, porque en ella está condensado lo que somos: pura y física de la que sabemos, pero perfumada para no mostrar el hambre. Así que disfrute leyendo estos grandes errores humanos de gente de todo tipo y vaya pensando en el suyo, en el próximo que cometerá, pues ahí está su libertad creativa, emocional y espiritual.

Publicado en la Revista Mallpocket del mes de Septiembre de 2015

lunes, 3 de agosto de 2015

Giro en U

Si estuviera agonizando en una cama y vinieran a pedirme un consejo para la vida, les daría uno y dos más, porque ya para qué: empiecen con lo que tienen, vean Breaking Bad mínimo una vez al año y viajen siempre, sin importar el destino. Pero ya como que ha de quedar poco aire y las conexiones neuronales no darán para más, les encimaría la joya de la corona en forma de ñapa: nunca, muchachos –suponiendo que muera en la ancianitud-,  nunca, pero nunca, vuelvan con una ex.

Esa es mi premisa con forma de mantra: “La ex es excremento”. Burdo para muchos, gracioso para otros, pero la gran mayoría coincide en que hay una suerte de vergüenza cuando uno, por razones que todavía desconoce, se ve otra vez atraído por un poderoso imán llamado “zona de confort”, o lo que en el mundo emocional se llama “cangrejear”.

Lo digo con autoridad moral personal, porque de un tiempo para acá empecé a recibir noticias de varias de mis ex-es. A algunas de ellas les dio por cristianizarse, por cambiar su vida y enderezar el caminado, y en esa medida están en terapia espiritual de redención, donde se supone yo debo estar. No entiendo para qué me quieren en contacto de nuevo, cuando para mí lo mejor que pudo pasarme fue dejarlas ir.

Ahora les dio por agregarme de nuevo a Facebook, por intentar acercarse para simplemente ser amigos, pero si algo aprendí de Friends es que uno no puede ser amigo de una ex, ni debería caerle a la ex de un amigo, y del mismo modo en el sentido contrario. La verdad hace tiempo tengo claro que hay ocasiones en donde uno debe dinamitar los recuerdos, quemar los barcos y destruir cualquier puente hacia la vida pasada.

Eso dice la teoría, pero va uno a ver y la vida es un remake constante, donde terminamos reculando en decisiones estúpidas para volver a lo mismo, a repetir las historias que juramos clausurar en los periódicos de ayer. Es así como en un abrir y cerrar de ojos uno está tomándose un café con una de ellas, y luego en otro abrir y cerrar de ojos la está recogiendo en la casa, donde ya no hay que presentarse ni caer bien; y en otro abrir y cerrar de ojos termina de vacaciones con ella, tomando literalmente un giro en u. Mi triste historia, por si acaso.

Solo quien viaja entiende la importancia de un retorno: una vía alterna que da la opción de volver, de revisar qué pasó detrás, si esos traspiés en la carretera fueron producto de la imprudencia de otro chofer o del afán de uno mismo. Uno hasta piensa en arjonadas así, como tratando de justificarse, pero en el fondo es una trampa emocional. Ahora, también hay que agregar que en esos retornos, que son como la reversa de los caminos, el control Z de la realidad, uno aprende a revisarse, a cerrar ciclos y enterrar fantasmas, todo en función de aprender, pero de fondo hay un miedo por esperar y conquistar lo nuevo.

Reciclaje de la vida es justamente eso, una edición dedicada a mirar el espejo retrovisor no para tratar de cambiar el pasado, pero sí partir de esos errores para aprender a equivocarnos cada vez mejor, que es como realmente se debe vivir. Y a eso sumarle que nunca se debe perder la expectativa de lo que falta por conocer y viajar. Lo digo con autoridad moral personal, porque por mi salud mental, cangrejeé de haber cangrejeado y sin necesidad de estar agonizando. Lo aprendí excrementándola.


Publicado en la Revista Mallpocket del mes de Agosto de 2015

domingo, 28 de junio de 2015

En verano

Cuando niño solía viajar al lugar que para la época era mi sucursal del cielo: Cafam Melgar. Era lo más cerca que un pequeño clase media y sin aspiraciones podía estar del Magic Kingdom de Orlando, pues el lugar también tiene su propio castillo azul, sus propios recreadores disfrazados de dummies, su piscina con playita simulada en concreto y sus propias vacacionistas bonitas. Lo mejor: quedaba cerca y no pedían visa.

En Melgar fui muy feliz porque el clima, infernal para muchos, era bálsamo para mis ojos hastiados de la fría Bogotá, donde juré que el cielo era gris a diferencia del de Cafalandia, que siempre estaba azul pintado de azul. Con el calor, sentía que mi cuerpo mejoraba, no me daban alergias, la sinusitis capitalina ahora se hacía mito y el sudar me ponía la piel más suave.

Todo eso lo vine a comprobar de grande, cuando puedo volver y darme cuenta de que en clima caliente suelo ser más productivo. Ahora, no es que uno viaje para ser más eficiente o no, pero siempre crecí con una idea benéfica con relación al verano. A muchos nos ha pasado: nacemos y crecemos con ciertas predisposiciones al clima, otorgándole al sol una cara sonriente y a la nube unas gotas con frías sensaciones, al frío tristeza y al calor alegría.

Es común que vivamos pensando que el clima es lo que determina nuestros estados de ánimo, y en otras ocasiones la efectividad en lo que hacemos. Por eso, creo que el verano se lleva en el corazón, así suene muy hippie. En nuestra era, el verano es más que una estación climática –que los niños clase media solo conocemos cuando salimos de Colombia-, es un espacio semestral donde el mundo gira en torno a la diversión, el goce y por supuesto al añorado calor.

En verano los días son más largos, y por consiguiente las noches son más cortas. Tiene la particularidad, que no tienen otras épocas del año, de ofrecer unas condiciones socioeconómicas claras que se ven en el cambio de comportamiento que produce en las personas. Es el espacio perfecto para que la gente logre desinhibirse, no sé si por el sol, el agua y el ambiente de descanso.

Pareciera que la cultura pop mejora su productividad en verano. No en vano, la mayoría de estrenos cinematográficos –con su tradicional voice over-, festivales de música, lanzamiento de nuevas colecciones y hasta promociones de viajes son para dicha época del año.

¿Qué más tiene el verano que lo hace envidiable? Además del verano del 98, del sé lo que hicieron el verano pasado y de un verano en Neiva York, este verano Mallpocket se pone protector solar y gafas oscuras para hablar de un estilo de vida en torno no solo a un estado sentimental, como muchos pudieron pensar al ver la portada, sino a una decisión cultural de alegría y tranquilidad. ¡A disfrutar!


Publicado en la Revista Mallpocket del mes de Junio de 2013

miércoles, 20 de mayo de 2015

Ya lo he visto todo

Hace unos meses, Internet conmocionó con una básica pregunta: ¿De qué color ven este vestido, blanco con dorado o azul con negro? La cuestión dividió al planeta entero, puso a tuitear a la farándula y estableció la agenda-setting de los medios de comunicación, dando paso a que expertos en todas las ramas optométricas, políticas, sociológicas y económicas dieran sus teorías sobre por qué unos lo veían de tal color, otros lo veían del otro y algunos tantos lo veían color camaleón cambiante, aunque a otros el tema nos supo a la sustancia verdosa y excremental de color caqui.

Lejos de ser un tema trivial – aunque en realidad lo es-, la discusión llega después de que unas mujeres norteamericanas impusieran la tendencia de tinturarse los pelos de las axilas, en un extraño manifiesto de feminismo y moda. Para mí, que he vivido varios años notando que las estrellas de rock ahora hacen pop-op, que los políticos se mecen de izquierda a derecha y que lo impensable ahora sucede, no me queda nada más que decirles que el fin está cerca.

La civilización occidental está basada en esa promesa temerosa, de que un hecho catasfrófico fuera de nuestro control acabe con la humanidad, ya sea porque se viene una eternidad en el cielo o una pena en el infierno. La gente sufre por eso, y mucho vemos señales en todo lado para afirmar que merecemos ese final. Yo lo he deseado muchas veces: en 2012 cuando les entró el afán de los Mayas, quise que fuera verdad y todos estos incautos murieran. Lo mismo me pasa con el frenesí del Ice Bucket Challenge, con los papás que le abren cuentas en Facebook, Twitter e Instagram a sus bebés de meses y publican como si fueran ellos, o la gente que se toma selfies bendecidas y afortunadas exhibiendo sus pares de razones.

El fin está cerca, y no sólo porque ahora dejar en visto sea causa de pena de muerte, en realidad estamos en un cambio social y mental que nos obliga a adaptarnos o a morir, como decía Darwin. Criticamos a nuestros papás por tener mentalidades de empleados, pero nosotros nos obsesionamos con estudiar para hacer plata y ser libres, y terminamos con un grillete oficinista en forma de carné que nos obliga a cumplir horario a cambio de unas monedas. Antes se descrestaban con cosas que ahora nos resultas estúpidas, pero ahora nos quedamos con la boca abierta con cualquier meme, citado por algún noticiero como noticia real.

Cada vez es más difícil destacar en lo que sabemos hacer, y esas son cosas que uno no aprende en la academia sino tirándose una que otra materia en la universidad de la vida. Para mí, el fin ha estado cerca desde que me bautizaron como “Chespiritólogo” y trapearon el piso conmigo los trolles, cosa que, debo aceptarlo, me llevó a reflexionar de la necesidad de vivir esta era al máximo y de aprovechar cada cuarto de hora que se tenga.

Son muchas las razones para afirmar con certeza que el fin está cerca. Y más que un jipi con un cartel y una campana pregonándolo, hay que ver cómo lo que resta es rastrear que detrás de la onda zombi, la comida transgénica y el reggaeton cristiano hay una conspiración para hacernos creer que el apocalipsis se avecina. Y es raro, porque sigue sin pasar. Para mí, el fin del mundo es cuando uno decide rendirse y dejar de luchar, de pelear por lo que quiere y desea, y no se trata de esperar que se abra la tierra y nos trague, más bien de nosotros salir a comernos el mundo. Termino confesando que jamás pude ver el bendito vestido negro y azul. Espero no condenarme por eso.

Publicado en la Revista Mallpocket del mes de Mayo de 2015

jueves, 26 de marzo de 2015

De lado y lado

Hace algunos años, cuando estaba en el colegio, recuerdo que la desaparecida Comisión Nacional de Televisión colombiana sacó una propaganda donde dos niños se enfrentaban porque en una estructura de cubos con letras, uno leía en una cara “casa” y la otra “taza”, dando lugar a una discusión que se acababa cuando cambiaban de lado, y leían la perspectiva del otro para darse cuenta de que ambos tenían la razón.

Me gusta que la gente pelee por lo suyo, sobre todo cuando de creencias y principios se trata. Pero francamente, a mí sí me cansa escuchar a un chovinista chibchombiano. Ellos, los mismos que se tocan porque nos relacionan con Pablo Escobar, o porque nos hacen memes cocainómanos, generalmente reaccionan con tal grado de violencia y predisposición que pareciera confirmar la inestabilidad de su identidad, como si las declaraciones de alguien pusieran en tela de juicio lo que en realidad somos.

Por un lado están los indignados contra Starbucks, Miss Universo y cuanta cosa nos frivolice la vida desde el exterior; pero en el otro extremo tenemos a los fanboys vendepatria que sienten que no nacieron en este “platanal”, que se avergüenzan de haber sido criados a punta de Aguadepanela y hasta niegan haber celebrado el anulado gol de Yepes en el Mundial de Brasil. Son los que se sienten víctimas del injusto destino que no les dio apellido con ascendencia italiana sino muisca.

¿Migrar o emigrar? Esa no es la cuestión, o por lo menos no del todo, muchos menos sin meter en esta colada a los inmigrantes, aquellos foráneos que visitan esta tierra consagrada al Sagrado Corazón y encuentran una magia que los motiva a querer quedarse. De eso dan fe miles de historias de extranjeros que, voluntaria o casualmente, dieron con Colombia y la convirtieron en su morada regular de negocios, amores y pasiones.

Lo complejo del asunto es que en Colombia vivimos en la polaridad extrema, y nos encanta tomar partidos a lado y lado sin permitirnos descubrir que muchos de los problemas de la humanidad se basan en no entender que somos diferentes, y como tal tenemos distintas perspectivas de ver la vida que no estamos obligados a embuir en el otro, que menos mal piensa distinto. Además, las realidades afuera son distintas y cambiantes, y esto sólo lo entienden quienes han agarrado sus chiros y se han ido, y es peligroso hablar de lo que uno no conoce.

No haremos de esta edición de MALLPOCKET ningún panfleto nacionalista o malinchista; pero sí buscamos resaltar que este país tiene tantas opciones como personas, y que si para algunos de afuera es el lugar ideal, debe ser porque hay algo que los de adentro no hemos logrado descrifrar.

Así como en la propaganda, todo es cuestión de perspectiva, y todo universitario debe tener claro que en sus hombros recae la responsabilidad de escoger dónde y con quiénes estar. Eso sí, sin olvidar los orígenes para recordar los futuros, porque de lado y lado del charco, lo que importa es seguir siendo persona.


Publicado en la edición de Marzo de 2015 de la Revista Mallpocket

jueves, 19 de febrero de 2015

Yo también tendré 30

¿Quién no recuerda los días de inducción en la Universidad? Alguien que no haya asistido, supongo. Pero mi caso no fue ese. Voluntariamente, hace exactos 10 años, llegué a la Facultad de Comunicación de la Javeriana a vivir el paseo completo en persona para que nadie tuviera que contármelo jamás. Recuerdo que en esos primeros días el paso del tiempo no era algo que me trasnochara, porque el futuro era algo que todavía se demoraba. Y va uno a ver y no, porque en un abrir y cerrar de ojos se pasaron los mejores 6 años de mi vida. Sí, la universidad me gustó tanto que casi no me sacan de allá.

Ahora, con un cartón que me acredita como Comunicador Social, me encuentro en la vida laboral con personas que sufren porque se acercan a cumplir 30 años, o como dicen los oficinistas, van llegando al tercer piso. A los de esta especie se les ve analizando la actualidad noticiosa, preocupados por no aparecer reportados en Datacrédito, embarcados en largas maratones de series televisivas, padeciendo cuando toman leche entera y contando historias protagonizadas por ellos hace 10 años. Y es así como me doy cuenta, con temor y temblor, que ahora soy uno más de ellos.

Pero la idea no es caer en agonías generacionales, porque tampoco es que crecer haga a la gente más aburrida, aunque en el fondo uno va cambiando sus fotos de fiestas y parrandas por las de babyshowers y matrimonios. El punto es que vengo del futuro para decirles, amigos universitarios, que están en los mejores días de su vida, y que como tal se les escurrirá como agua entre los dedos. No quiero sonar como a sus respetadas madres, pero va uno a ver y siempre han tenido razón cuando aconsejan no perder el tiempo para que no lloren los Santos, porque con un papá presidente, ellos ya tienen la vida resuelta.

Si a usted le faltan varios años para llegar a los 30, sépase preparar para cuando le llegue la hora de no poder salir a la calle sin protector solar, o cuando su correspondencia esté integrada por planes de medicina prepagada y extractos de tarjetas de crédito a su nombre. Este es el momento de crecer personal y laboralmente, porque si la vida no está como para ser mediocre, después de los 30 sí que menos, así que aventúrese a valorar sus años mozos de creatividad y emprendimiento.

Pero si usted es de los míos, los mismos que ahora buscamos la comodidad de unos zapatos por encima de que estén de moda, o que trasnochar nos destroza porque “ya no estamos para esos trotes”, no se dé tan duro y disfrute de esta nueva etapa. Está demostrado que muchas de las mentes más brillantes de la historia llegaron a la iluminación después de los 30 años, y de todos lo que hay que vivir fracasando para llegar allá.

Para ambos casos llega esta MALLPOCKET, que con el pretexto de conmemorar nuestra edición Nº 30, le presenta distintas formas de pensar en su reloj biológico inexorable, pero también pretende abordar el 30 como un número más, donde la apariencia es lo de menos y el añejamiento es lo de más. Y como el palo no está para cucharas, lo mejor es que se monte en este DeLorean y piense que la mejor etapa de su vida depende de usted, no de los años que diga tener. Ahí sí como dicen los oficinistas más recorridos, la vieja es la cédula, y la joven es la contraseña.


Publicado en la Revista Mallpocket de Febrero de 2015

viernes, 21 de noviembre de 2014

Consejos para enfrentar el oficinismo

Ñoñamente, el oficinismo podría ser definido como esa disciplina laboral de carácter sedentario y administrativo que se desarrolla dentro de una organización espacio temporal y en una atmósfera cultural particular. Pero a decir verdad, el oficinismo es una forma de vida que consume la existencia de un determinado ser, llamado oficinista, el mismo que para darse aires creativos decora su cubículo con fotos de familiares y de su equipo del alma, en aras de encontrar motivos para luchar o no morir en el intento.

Lo primero que a uno le aconsejan es pensar que nada es eterno, que hay que tener inventiva para pensar que al día siguiente todo puede cambiar. Es verdad, porque al día siguiente se pone peor. Si es verdad eso de que el trabajo lo hizo Dios como castigo, seguramente es porque quien lo dijo estaba inmerso en una oficina, con un carné al cuello o al cinto (grillete al fin y al cabo), esquivando a los de su misma especie: los oficinistas, seres aventajados que dedican sus horas laborales para revisar redes sociales, pedir citas médicas y cuadrar las salidas a tomar con las de recursos humanos, porque las de contabilidad son medio brusquitas de cara, el eufemismo perfecto para ‘feas’.

Generalmente, el oficinista tiene su rutina montada: se levanta cada mañana a la misma hora, se queja de las mismas vías rotas al salir de casa, se monta en la lata de sardinas a la que le llaman Transmilenio, se deja requisar la maleta a la entrada, asegura no traer armas cortopunzantes ni peligrosas, prende el mismo computador, revisa las mismas tablas de excel, contesta las mismas preguntas de las mismas personas que parecieran no tener nada nuevo qué contar.

Aquí aconsejan los expertos escuchar música, o ver alguna película que conecte con emociones positivas. Las recomendadas son Masacre en Texas, Psicópata americano y Pesadilla en la calle del infierno, por aquello de la coherencia mental y del agobio que produce ver a otros oficinistas ascendiendo, logrando plazas dentro de la compañía que podrían ser de uno, mientras uno sigue contando billetes ajenos e imprimiendo ideas de otros con la esperanza de que el derecho de piso del que hablan las empresas valga la pena en el momento en que algún vicepresidente levante la mirada para buscar nuevo talento. Pero ni así, porque esa misma rutina hace que a uno lo vean como activo fijo, como otra fotocopiadora que pareciera estar destinada a quedarse ahí para siempre.

Pero no todo es tan malo, está la hora de almuerzo, la que paga la venida. Este es el tiempo preferido para chismosear el resumen ejecutivo del fin de semana pasado, cuando una de las asesoras comerciales se dio besos con un asesor comercial, y quién sabe si la cosa paró ahí. Ese es el tiempo para saborear las lentejas cocinadas desde la noche anterior y traídas en coca, y darse cuenta de que no hay huevo y toca irse de gotereo, pidiéndole a otros oficinistas que compartan de su carne o legumbres, o en su defecto láminas repetidas del álbum del Mundial.

Recomiendan también vencer los días oficinistas difíciles practicando algún deporte intenso, pero va uno a usar la mesa de ping pong y el gerente operativo la tiene amañada toda la semana, dizque porque anda en un duelo con el jefe de sistemas, quien espera darle su merecido en el juego, porque en la mesa nunca podrá ganarle en poder ni en ingresos. Entonces toca salir a darse aires polucionados comiendo postre, pero como las filas en las heladerías y las mismas calles están repletas de oficinistas a esa hora, resta irse a buscar un prado para pastar. La frustración aumenta cuando al llegar al prado cercano hay un sector oficinista apostando la gaseosa en un cotejo micrero de alto turmequé.

Entonces no hubo siesta, ni postre, ni nada. Solo hay afán porque ya son las dos y pico y hay que volver al mismo computador a pensar en las mismas cosas que piensan los oficinistas, revisar el correo, distraerse a propósito y así, todo para evadir a oficinistas confianzudos anhelando que algo pase para salir volando de ahí, ya sea un día de integración o un simulacro de evacuación, ambas con posibilidad de escaparse para siempre.

También aconsejan escribir, o dedicarse a una afición. Lo malo es que las oficinas no ayudan, porque además de las restricciones de horario tipo colegio, donde uno marca tarjeta es después de las 5:00 p.m. así haya acabado lo del día a las 10:00 a.m., hacen que no haya tiempo sino para las redes sociales, o para el fino arte de perder el tiempo.

Y es pescando en la red que uno encuentra que a Walt Disney lo echaron de un periódico acusándolo de ser poco imaginativo y no tener ideas originales; entonces uno se siente prócer victimario, incomprendido y resuelve esperar la próxima prima para dar el paso y largarse, pero justamente llega la de recursos humanos trayendo colillas de pago y contando que aprobaron el descuento por nómina del préstamo que se pidió para estrenar carro.

Entonces resta refrescar las ventanas de correo, volver a mirar los cuadros de excel a ver qué hay de nuevo, pedir aromática, ofrecerle candela a los que fuman, meter un billete en la máquina surtidora que no da vueltas y finalmente esperar que sean las seis para irse a casa a pensar en que el fin de semana está muy lejano y que mañana hay que volver a repetir el mismo ciclo.

Lo bueno es que no hay mal que dure cien años, ni oficinista que se pensione. Por eso más que decálogo para comportarse socialmente, lo mejor es entender que es una etapa que se deben quemar, así como las neuronas y las pestañas que han de morir mientras se logra la libertad.


Publicado en la Revista Mallpocket de Noviembre de 2014

jueves, 30 de octubre de 2014

¿Qué pasaría si la escopetarra hablara?

En el segundo piso de un café internet que también es billar, esta aleación de escopeta con guitarra decidió hablar con MALLPOCKET, se agarró los controles y con alto volumen contó el lado B de su historia.

MALLPOCKET: Tal vez nadie le ha hecho esta pregunta, pero ¿cómo está?

ESCOPETARRA: Entre afanada y agotada, porque además de verme flaca y no tener las curvas de mis primas las guitarras, tengo partes de metal en todo el cuerpo. En eso no pensaron cuando me fabricaron, que desplazarme sería pesador y agotador. ¡Y sí que me ha tocado salir a marchas, conciertos y cuanta cosa se le ha ocurrido a Cesitar!

M: César López, su creador. Dicen que la idea la vio de manos de un soldado, después del atentado de El Nogal. ¿Era usted?

E: No, soy hija de AK-47 Winchester y Fender Stratocaster, o sea, tengo sangre azul pistolera y musical. Siempre peleé con mi origen, pero desde que a Cesitar le dieron los arrebatos pacifistas y me volvió una mezcla de Transformer con Robotina rockera, me he sentido mejor. Obvio, también es gracias a Albert Walls, o Alberto Paredes, como le dicen aquí en esta nation. Él me tocó, me dio forma y la verdad me quedó gustando.

M: Tanto que se replicaron muchas hermanas suyas.
E: ¡Ninguna como yo, la primera! Soy la Amparo Grisales de esta familia. Yo vi nacer la que le regalaron a Juanes, esa condenada que se hizo rica en Beverly Hills. ¿Vendida por 17000 USD? Ni que fuera Sofía Vergara metalizada. También la que se llevó Fito Páez, esa era la más mugrosa. La que sí se creyó de mejor familia fue la que se fue a las Naciones Unidas; ingrata esa, además de langaruta vive ahora en Nueva York, ¡dizque le pusieron pastillas de oro a la muy maldita! Menos mal todo se devuelve, como la que le iban a regalar al papá de Krillin, al Dalái Lama. Uno de esos calvitos con ropa naranja dijo que era un regalo inapropiado y la deportó. Me le reí en las cuerdas.

M: Se volvió tan cotizada que hasta la robaron, ¿qué tal fue esa experiencia?

E: ¡Daría todo por olvidar ese día! Cesitar estaba todo enérgico en el escenario y le dio dizque por pedirle a la gente que alzara los brazos y los meciera, pero no para demostrar paz, sino para que le hicieran cama de aire y se pudiera lanzar como el rockstar que no es. Era viernes, así que quería algo para relajarme. Me agarró un técnico y me llevó al camerino, donde me acuerdo que le pedí que se tomara unos tragos conmigo. El tipo me envolvió y creo que mezcló aguardiente con cerveza, porque cuando me fui a meter en el estuche me desplomé inconsciente.

M: Suena muy humana esa captura. ¿Qué más pasó?

E: Desde que me metí en esto de promover la paz, me humanicé. Es fácil, no entiendo por qué los humanos se complican tanto. El caso es que me desperté envuelta con unos pañales sucios, y vomité todo el trago, el aceite y cuanto tetero me había succionado en la vida. Estaba en una compraventa y oía risas y madrazos con acento paisa. Ahí me asusté, porque estaba más perdida que una bala, o peor, más perdida que el último disco de Cesitar.

M: La policía dice que la recuperaron en la calle.

E: Siempre he tenido algo de callejera, así que me dispuse a hacerle ojitos a una cámara de seguridad que me coqueteó desde que entré. La camarita esta, picarona y fisgona, mandó señales a la policía, lo que alertó a los rateros esos. Me agarraron a la brava y me montaron en un metro repleto de gente, de donde me lanzaron por la ventana cuando llegaron a hacer un retén. Caí al pie de una parroquia y ahí fue que me encontró la policía. Cesitar me abrazó y dijo en las noticias que dizque me iba a dejar allá como símbolo de paz. Yo le saqué pistola por bobo.

M: Usted es el símbolo de la generación de la No-violencia. ¿No fue como muy grosera su actitud?
E: Prefiero que me vean como una diva de la paz y armonía, pero de puertas para adentro una tiene que hacerse respetar, así toque darle plomo al que sea.

M: Conseguir esta entrevista requirió presentar papeles seis meses antes, fotocopia del RUT actualizado y certificado de vacunas completo. ¿Su agenda es así de apretada como dicen? ¿No es una actitud de diva?

E: Entiéndame, así somos las chicas difíciles. Si hice a esperar a Kofi Annan en 2007, y detrás de él a gente como Manu Chao, Bob Geldorf y muchos otros drogadictos que la montan de filántropos, ¿cómo no a ustedes? De hecho, después de los 5 minutos el taxímetro empieza a correr, así como dice Cesitar cuando los músicos van a su estudio.

M: Calle 13 y Julian Assange hicieron una canción, Multi Viral. ¿Cómo le fue debutando como estrella del videoclip?

E: En principio fue bueno, pero después se puso pesado. Kacho, el director, casi no da el fuera del aire por andar tocándome las cuerdas, fascinado elogiando a Cesitar. Los de Calle 13 se dieron cuenta y empezaron a hacerle rimas insinuantes, y todo terminó en una protesta que de pacífica no tuvo sino el nombre. Por mi lado, me enfoqué en mostrar que soy multifacética, así que compartí con la guitarra de Tom Morello y pude grabar algunos punteos que recortaron.

Cuando le fuimos a pedir un mensaje de paz, volvió a hacer pistola ofuscada, porque llegaron a recogerla para tocar en la inauguración de un jardín infantil en la franja de Gaza. 


Publicado en la Revista Mallpocket de Octubre de 2014

jueves, 25 de septiembre de 2014

Una tusa para esta mesa

Hace poco estuve hablando con un hombre, quien me abrió su frustrado corazón para contarme que acababa de terminar con su novia. Eso no es noticia, y menos en Colombia, donde nos anestesiamos con la violencia diaria en pequeña y gran escala, casi como si fuese una sección más del noticiero. El punto es que el tipo contó que su ex lo mandó a volar bajo una excusa que, espero, alguien logre descifrar: "te dejo porque no te costó nada conquistarme".

Si yo quedé peor de desubicado, imagínese al pobre tipo, a quien la perorata le supo a todo menos a lógica. Y ese es el problema, hemos adoptado un sistema amoroso donde pensamos que en el amor no hay dolor. Nada más falso que eso. El amor también desgarra, demanda un rompimiento mental y personal donde uno se compromete a fondo con alguien en cuanto ese alguien también lo hace. Es un acto de negación afectiva donde ambos mueren para ganar.

¿Y qué pasa cuando uno de los dos decide compactar esas promesas y esperanzas para detonarlas con TNT? ¿Qué decir de aquel de lo dejó todo en la cancha, para que llegara un rival a gambetearse la pecosa que tanto ha cuidado? ¿Cómo no sufrir por amor cuando este se muere y por este se siente morir? ¿Cuando el amor se daña es mejor cambiarlo en vez de repararlo? Son preguntas a las que como seres humanos alguna vez nos hemos tenido que enfrentar, pues de rupturas amorosas e historias detrás de ellas está hecho el mundo.

No hay amor sin despecho, palabra que seguramente viene de la sensación oprimente de “perder el pecho”, en un rompimiento del corazón y del esternón de paso. Porque la tusa, bendito plato con aroma de postre y sabor a arsénico, viene siempre por sorpresa y con las más bajas motivaciones. Lo paradójico es que la decepción es una emoción con una fuerza equivalente al mismo amor: lo que unió con tanta pasión, termina separando con la misma potencia, dejándolo a uno con un deseo agresivo y descorazonado en el que caben todo tipo de reacciones, preguntas y desconciertos.

A uno no le dan cátedra para sobrellevar la tusa ni para evitar caer en ella, y eso por eso que se va aprendiendo a enfrentarla con lo que se tiene, que nunca será suficiente. La cabeza maquinando teorías conspirativas, el corazón ideando estrategias y los pensamientos desorbitados robándose la poca paz y sueño que quedan no son buenos compañeros de viaje hasta que el tiempo pasa.

Por esas y muchas otras razones, dedicaremos esta edición a hacer de tripas corazón, a volver a poner el pecheche sobre la mesa como quien va a diseccionar un sentimiento al que le huimos, pero que es inevitable y por tanto se vuelve algo que uno aprende a vencer y hasta disfrutar. No hay amores buenos ni malos, ni hay tusas buenas o malas; son cosas que uno sabe (tusa-bes) que en el fondo hacen crecer aunque no gusten, como la Emulsión de Scott.

Así que es momento de sacar el Kleenex, poner esas canciones que en sano juicio uno jamás cantaría a grito herido y entender que los sentimientos que no se enfrentan, se quedan a perturbar para siempre, pero que los desamores con los que uno aprende a convivir son esos que después liberan. Así como el tipo del inicio, quien ya apartó 3 ediciones de esta Mallpocket: una para él, otra para su ex y una para su nueva novia, quien no empezará de cero después de leer la carta del restaurante emocional al que se está montando sin saberlo.


Publicado en la Revista Mallpocket de Septiembre de 2014

lunes, 25 de agosto de 2014

20 años de grandes éxitos

Todavía recuerdo con exactitud lo que estaba haciendo el 31 de diciembre de 1999. Y lo digo con una suerte de orgullo, pues para la fecha era un preadolescente de memoria y gustos precoces, y con muchas dudas existenciales y personales. Ya empezaba la hora cuchi cuchi, las 11 de la noche, fracción de tiempo que ha servido de escenario para chick-flicks, fiestas y comelonas familiares. Era el fin de una década, era un cambio de vida, era un riesgo.

Por esas épocas se le temía (mucho más que nunca) al tan sonado “fin del mundo”, mucho más cuando el monstruoso Y2K asomaba sus garras amenazantes con retrasar la humanidad desde las tecnologías. Si me lo preguntan, a lo único que le tenía físico pavor del Efecto 2000 era a que se me dañara el Walkman, el mismo que tenía listo para las 12 en punto.

Para mí, la música lo era todo, y lo sigue siendo pero en menor escala; porque eso va pasando mientras crecemos: nos ocupamos de lo irrelevante que nos da dinero para dejar las pasiones atrás. Llevaba dos años largos tocando batería, oyendo Radioacktiva y creyendo que la salida era rebelarme contra los curas dominicos que pretendían educarme como un hombre de verdad, aunque en el fondo la desesperanza era mi religión.

Pensaba que si mi vida se iba a acabar, porque sin música no valía la pena pensar en un futuro, lo mejor era despedirme con los sonidos que por esos días le daban sentido a mi vida inyectados directamente a mis oídos. Fue así como preparé un casete con “Got The Life”, de Korn. A las 12 en punto le di play, olvidándome por completo de abrazar a mi abuela o a quien fuera, porque a nadie le gusta que lo interrumpan en un momento de clímax y menos cuando no vale la pena.

Murieron los 90 y arrancaron los 2000, que como una ola arrasaron musicalmente con todo. Atrás quedaron los años que vieron configurarse al Grunge y consolidar a la radio juvenil, para pasar a una década ecléctica donde se valía todo con todo, hasta fusiones culturales donde el pop de las Boys Band devoraría todo a su paso.

Todos tenemos una década favorita, pero como algunos de nosotros hemos vivido pocas no hay mucho de dónde escoger. Es por eso que no hay nada que nos recuerde mejor de dónde hemos salido que la música, aquella compañera de recuerdos y decisiones tomadas. Alguna vez oí que uno no escoge la música que oye, de hecho, que es ella la que se toma el trabajo de buscar y encontrar oídos que la disfruten. No pedí que me gustara Limp Bizkit, Los Fabulosos Cadillacs o Metallica, pero fueron sonidos de una época de mi vida y como tal permanecen en la memoria.

Por mi lado, debo confesar que hace años le perdí la pista a Korn. Lo último que supe fue que uno de sus guitarristas se volvió cristiano, cambió su vida y referentes musicales, tal cual como me pasó a mí, el que ya no recibe el año nuevo oyendo las mismas canciones de la adolescencia aunque a veces por el look pareciera que sí.



martes, 24 de junio de 2014

Chespiritualmente

Decía Vito Corleone en El Padrino que un hombre que no pasa tiempo con su familia, nunca será un hombre de verdad. Debe ser por eso que después de seis hijos, doce nietos y cuatro generaciones de latinos congregados en torno a sus programas, Roberto Gómez Bolaños puede darse por bien servido ante el título noble de ‘Don’ con que todos lo tratamos. Admirado por deportistas y artistas de todos los gremios, condecorado por Presidentes y centro de múltiples homenajes en todo el continente, Chespirito es el único gran latino que se precia de ser universalmente local.

Futbolista de infancia, boxeador de juventud e ingeniero de intención, Roberto Gómez Bolaños primero se hizo adulto antes de ser la celebridad latinoamericana que ha sido. Pocos saben que el creador de El Chavo del 8, el Chapulín Colorado y demás miembros de su familia emparentada con las letras CH –o letra, según el purismo y la decisión de la RAE cuando se lea esto-, usó por primera vez sus trajes colorado de antenitas y camiseta roída, respectivamente, pasados los 40 años, en una década setentera donde el mundo todavía no era consiente de su genialidad ni del poder de la pantalla televisiva.

Don Roberto inició su carrera como escritor casi por error. Cuenta en su libro biográfico Sin querer queriendo que tras tomar la decisión de abandonar la facultad de Ingeniería por sentirse aburrido, revisando los clasificados dio con un anuncio: “Se solicita aprendiz de productor de radio y televisión y aprendiz de escritor de lo mismo”. Estando allí, resultó que la fila para escritores era más corta que la de productores, y como buen latinoamericano con cierta malicia indígena, se fue por la opción corta sin saber el giro dramático que escribiría con su propia vida.

Pocos conocen que Chespirito viene de un apelativo ingeniado por el director de cine mexicano Agustín P. Delgado, quien tras leer los primeros argumentos de Gómez Bolaños, le dijo que era un pequeño Shakespeare, un Shakespearsito, además aludiendo a sus 160 centímetros de estatura. Curiosamente, la latinoamericanización de sus comedias empezó al apropiarse de este mote, Chespirito, como un presagio de una pluma virtuosa que llegaría a ser de talla internacional.

Tras múltiples trabajos en escritura publicitaria y de guiones para radio y cine, Chespirito llegó a la televisión cargando todo un legado cómico heredado de experiencias y referentes como Shakespeare, Chaplin y por supuesto Cantinflas, a quienes siempre reseñará como tres de sus grandes influencias. La pantalla televisiva, ese cíclope electrónico que en otras épocas congregaba familias enteras, sería un elemento determinante para la consolidación de su legado, pues desde finales de los 60 con Sábados de la fortuna, Cómicos y canciones y el recordado Los supergenios de la mesa cuadrada lo empezamos a dejar entrar en nuestros hogares.

Y empezaron a nacer personajes: El Doctor Chapatín, excéntrico y cascarrabias anciano que dicen, o les late, que hizo su juramento hipocrático con el mismo Hipócrates presente, aludiendo a su longevidad. Luego apareció Chaparrón Bonaparte, un chifladito pero inofensivo vecino que además de ser pariente lejano de Napoleón, sufre de un síndrome físico-epiléptico llamado chiripiolca. Por ahí también desfilan El Chómpiras, un caquito que no es capaz sino de robar sonrisas; el Chapulín Colorado, el héroe latinoamericano por excelencia; y el Chavo, un niño que viéndolo bien, es el epítome de la niñez latina: amiguero, soñador, pobre, pero sobretodo ingenuo.

No es arriesgado afirmar que Chespirito es el personaje televisivo latinoamericano más emblemático de todos los tiempos, encarnado en más de 40 años vigente al aire, a pesar de que sus comedias dejaron de producirse en 1995. Resulta curioso y exclusivo que sea el único programa de televisión emitido por todos los países de Latinoamérica, los cuales tienen por lo menos una emisión de sus programas en alguna cadena local.

Es claro también que la influencia cultural de sus personajes ha permeado todas las esferas sociales de los latinos, e inclusive de ellos hacia el mundo: no en vano Matt Groening, creador de Los Simpson, diseñó un personaje latino con pinta de abejorro, The Bumblebee Man, porque según él, siempre que veían la televisión latina, salía un personaje con antenitas y traje rojo, lo que para él confirmaba lo más latino de la televisión.

En 2007, las nuevas generaciones vieron nacer una aproximación de la obra de Chespirito, gracias al surgimiento de El Chavo animado, programa realizado de manera digital y que gracias a la animación y sonorización, ha prolongado a los personajes de Roberto Gómez Bolaños en una nueva versión, que a la fecha lleva siete temporadas al aire. Eso y un videojuego, El Chavo Kart, que en plataformas como Xbox y Wii también ha roto récords en ventas.

A estas alturas es imposible preguntarse el por qué de tal éxito, y si un clásico cultural se fabrica intencionalmente. Seguramente la respuesta no se obtendrá desde la teoría, pero en la práctica se puede rastrear que Roberto Gómez Bolaños siempre ha jugado a escribir un entretenimiento sano sin muchas pretensiones, donde la ternura y el respeto familiar ha sido una constante en sus creaciones y situaciones cómicas.

Chespirito confirma que las raíces culturales de Latinoamérica tienen forma de CH, pues la reverencia y devoción de millones de fanáticos en todo el mundo ahora tienen a todo el continente elevando plegarias por su salud. A sus 85 años, Don Roberto está radicado en Cancún, respirando a la altura del mar y escribiendo, porque finalmente uno no deja de hacer lo que ama.

Cuando se le pregunta por el legado con que quiere dejar, Don Roberto solo atañe a decir que quiere que lo recuerden como un hombre bueno. Más que eso, es un hombre de nuestra familia, que desde el otro lado de la pantalla nos acompañó y nos vio crecer. Chespirito es un hombre de verdad que perdurará por siempre en el legado cultural de todo latino que pise la tierra.


Publicado en la edición de junio de 2014 de la Revista Mallpocket

martes, 13 de mayo de 2014

Gente rara

Hace unos meses di con una serie que marcó un hito en la televisión británica en los últimos años, llamada Misfits. Como siempre llego tarde a lo verdaderamente importante, la empecé a ver sin saber que en diciembre pasado llegó a su fin, así que procuro que nadie me cuente en qué terminó, porque para mí sigue en el presente.

Y permanece porque es la historia de un grupo de jóvenes incomprendidos, malandros e inadaptados que deben prestar servicio social a su comunidad, pero después de una tormenta eléctrica descubren que ahora cuentan con diferentes y extraños poderes, así como varias personas a su alrededor, lo cual los pondrá en riesgo. Recomendadísima, porque además de su atrapante historia, plantea un estado actual y mental de fondo: cómo lo diferente en grupo parece igual; cómo hay personas que nunca se han sentido parte del sistema social o cultural y viven a contrapelo con sus principios y valores, algo que les compromete hasta la vida.

Es natural que siempre nos cueste trabajo categorizar lo desconocido. Tal vez por eso este término, misfit, terminó acuñándose en sociedad para rotular a algo o alguien que no encaja, ni se ajusta, o se comporta diferente al molde. Es más fácil tachar de ‘raro’ o ‘freak’ a ese introvertido del salón que habla poco y anda con apariencia nerviosa, o juzgar de ‘frito’ a aquel que se relaciona con pocos, que es muy inteligente pero tiene tendencias depresivas y gustos particulares.


La entrada completa en la edición de Mayo de 2014 de la Revista Mallpocket 

viernes, 28 de marzo de 2014

¿Qué pasaría si Dios cumpliera todas nuestras oraciones, por estúpidas que fueran?

Sin duda, el mundo se iría para la física y pura porra, esa que queda a media cuadra de la ñoña y como a 20 minutos en carro de la que empieza con eme. De solo pensarlo, primero da como risa nerviosa, porque eso de tener rendidas a todas las mujeres del universo a los pies de uno sería delicioso, pero si Miss Universo pide fumigar a los latin lovers de bigote, ahí ya habría conflicto, porque nadie puede ser latin lover muerto, a menos que sea Erick Estrada, pero como no está muerto tocaría matarlo, además porque no tiene bigote, y así.

Cuando Bruce Nolan asumió las responsabilidades de Dios, en la película Bruce Almighty, dio unas pinceladas de lo caótico que sería que todo fuera un sí y un ya sin siquiera un amén. El mundo entero funciona bajo un orden, y como dicen las mamás, hay cosas que uno no entiende y es “porque el Señor así lo quiso”. ¿El señor Burns? ¿El señor policía? ¿El señor de los anillos? No se sabe.

Esto es físicamente aterrador, porque haciendo el ejercicio literal de reflexionar en todo lo que queremos en un día, nos damos cuenta de lo incoherentes que somos los humanos. Según el Instituto Tecnológico de Encuestas de Chapinero, ChapiNumberTech, al día pedimos más de dos millones cuatrocientos mil setecientos veinte y medio de cosas, muchas de ellas innecesarias, pero como las acaba de comprar el vecino, o como las vimos en rebaja, no nos podemos quedar atrás.

Otras son asesinas. Queremos que se abra el tipo que nos clavó la axila en la nariz en Transmilenio, pero si se abriera habría mucha sangre y tripas en los zapatos, y algún niño lloraría, y como seguramente pediríamos que se callara, el niño quedaría tendido en el suelo además con la boca cosida con hilos de oro.

Le clamamos al cielo que se acabe el colegio para poder crecer y entrar a la universidad, y cuando estamos en los primeros semestres extrañamos la camaradería y comodidad escolar. Después pedimos un buen trabajo para tener dinero, pero cuando las responsabilidades y la explotación oficinista nos abrocha lloramos para volver a la libertad universitaria.

Sufrimos amando en silencio a alguien que tal vez nunca lo sabrá y que además ama a otro, pero después de que como por arte de mafia logramos conquistarle, con la ayuda de algún sicario que dé de baja al íncubo que la tenía ciega, lloramos porque la princesa también tiene verrugas y por ciegos no vimos que no todo lo que es oro brilla, entre esas el dejar de ser soltero.

Lo chévere es que Dios simplemente se ríe cuando alguien trata de hacerle pataleta para torcerle Su celestial brazo. A diferencia de lo que muchos creen, no es un viejo de espesa barba que además de huraño es vago y anda merodeando en busca de pecadores incautos. La creación es muy basta y lo mantiene suficientemente ocupado como para estarse fijando en lentejas como nosotros, por eso tomó la decisión de darnos el libre albedrío, uno de esos regalos que cuando se destapan no se sabe qué cara poner porque ni se sabe cómo se usa, como la decencia y los maridos, diría la Chilindrina.

Si las cosas fueran como uno quisiera, uno no quisiera nada. Dios sabía eso, por eso hizo un mundo imperfecto, primero para que lo arreglemos, pero también para que disfrutemos de entender que hay cosas por las cuales hay que luchar, que si no se da a la primera, ni a la tercera ni a la quincuagésimo quinta es momento de preguntarse si hay que insistir, porque finalmente todo se basa en las decisiones tomadas, no en los rezos caprichosos.

Publicado completo en la Revista Mallpocket de Marzo de 2014

jueves, 12 de diciembre de 2013

El fin de las vacaciones

Cuando la abrazoterapia va terminando y se escuchan los últimos sollozos, el profe sabe que es tiempo de repartir los pañuelos. Esta vez está ocupado, sosteniendo la cabeza del muchacho que vende churros mientras le da cauce al mar de lágrimas que tiene en su hombro. El profesor le hace un gesto a la niña de confitería, la misma que de cuando en vez ha tenido que entretener a los niños que visitan el parque. Diligente, ella reparte finos pañuelos de tela almidonada, forrados todos con un lazo negro.

Los empleados están de luto. Uno de ellos, el encargado de los juegos de feria, va mirando las fotos de tiempos de antaño, cuando la gente reía mientras perdía con sus juegos, diseñados todos para que el parque siempre ganara. A él se le suma la niña de la taquilla, quien le pide prudencia ante los dummies. Esos sí que la han sufrido con la noticia, pues aunque muchos creerían que el trabajo de fundirse en un traje felpudo y perder hasta la última gota de sudor en él es fastidioso, ellos se daban cita con los niños de la guardería con la mejor de las energías, todo antes de que ocurriera el siniestro.

Dicen que fue un extraterrestre, un artefacto de Lucifer que para muchos tomó forma de cerdo diabólico. Nadie sabe. Nadie da cuenta de eso, lo único cierto es que un destello fulguroso subió del suelo y penetró en las mentes de los humanos, quienes lentamente empezaron a olvidar el significado de las vacaciones. Todo fue paulatino: primero dejaron de verle gracia a los carros chocones y a la rueda de Chicago, luego olvidaron a qué sabe el algodón de azúcar y lo peor fue cuando dejaron de reír.

El profe rememora ese discurso cerca del féretro, el cual reposa en medio de la oficina de su oficina de administrador encargado, la misma que servía de comedor y dormitorio para empleados cuando el parque estaba en temporada de alta demanda. Siempre sabio, el profe recuerda que en la radio decían que las vacaciones eran no tener nada que hacer y disponer de todo el día para hacerlo. El de los churros no puede evitar llorar de rodillas, mientras la de confitería le pasa una insípida chocolatina que le sabe a nostalgia.

Tiempo después, dicen que la de confitería se dedicó a trabajar en una oficina; el de los juegos de feria siguió su carrera de estafador como abogado y la niña de la taquilla ahora es gerente de operaciones de un banco. El de los churros ahora es actor, según parece. Nadie supo qué pasó con el profe, el duro. Dicen que nunca pudo soñar un mundo sin vacaciones ni diversión y que por eso tomó la vía fácil: se fue a trabajar en la tierra de Mickey Mouse.


Publicado en la Revista Mallpocket 

viernes, 29 de noviembre de 2013

¿Qué pasaría si el cerdo diabólico hubiera hablado?

Seguramente se hubiera incriminado, porque un cerdo parlante en esta tierra tropical nunca será bien visto. Nunca sabremos si ‘Pacho’, el protagonista de aquella nota de noticias y terror de las fincas en Córdoba, tenga alguna especie de sociedad maligna, un pacto con Belcebú, todo por culpa de aquel periodista.

Sí, porque si el tipo tuviese su sentido arácnido afilado, nunca le hubiera arrimado el micrófono. Le pediría al camarógrafo que lo grabara un buen rato, a ver si en algún momento brotaba de su hocico algún gesto parecido a los de Luz Buenona y Salomé, las diablas de Tentaciones.

O seguramente no hubiera entrevistado al cerdo, sino a las vacas sobrevivientes. Ellas son la primera fuente, las que seguramente vieron cuando el cerdo se saltaba la cerca o se teletransportaba, nunca lo sabremos. Esas reses con marcas moradas en sus patas son las que reconocen detrás de qué animal Satanás se esconde, como por ejemplo un chacal periodístico, que ávido de notas curiosas, supo hundirse en la porqueriza de la opinión pública, muy distinta a la que Pacho frecuenta.

Si hubiera hablado, ¿cuáles serían sus primeras palabras? ¿Arrepiéntanse pecadores? ¿Yo reinaré? ¿Les traigo paz? Si no estamos listos para oír verdades ambientales, y no nos gusta que nos la monten por no cuidar el planeta, mucho menos nos vamos a aguantar a un vocero del Patas que nos dé lora. Ya somos lo suficientemente lobos de mar en hacernos los de las gafas como para que un cerdo se las venga a dar de sapo.

El cerdo diabólico tal vez tendría el secreto de la felicidad, pero tristemente el periodista empezaría a pedalear, pidiendo un cambio para transmitir en directo y tocaría llamar a un traductor porcino. Por-si-no le entendemos, como seguramente sería. El cerdo se pondría sobre sus dos patas y abofetearía al periodista, no tanto por llevar ese mensaje del mal al país, sino porque el vecino y la vecina llevan peleándose las tierras hace años, y han usado a toda la finca como caballos de batalla. Le diría que por ahí debió empezar.

Luego gruñiría enfadado que no conoce a Mister Satán, que solo lo ha visto en televisión fungiendo de alto dirigente, pero que si le preguntan prefiere no opinar de la realidad del país. Seguramente inculparía de todos los males al bebé poseído de Lorica, el mismo que aparecía riéndose en casas que terminaban incendiadas.

Ese sería el origen de la rebelión en la finca, nuestra versión colombiana de un clásico animal.

Publicado en la Revista Mallpocket 

lunes, 27 de mayo de 2013

Pura belleza

Supongamos que usted es un oficinista calvo, de camisa templada por los calzoncillos -porque no usa bóxer por miedo al varicocele- y que se llama, digamos, Óscar. Ahora supongamos que hace 35 minutos usted está haciendo fila para pagar, digamos, una factura de su servicio de telefonía móvil. Justo cuando está a dos lugares de llegar a la anhelada caja, ve entrar por la puerta a, digamos, Alejandra, quien amablemente le pide que le haga un inmenso favor mientras le va entregando su factura, para que se usted la pague. Usted asiente sin musitar palabra, pues el “eres un sol, Osquitar”, lo dejó embebido.

Si le preguntáramos por Alejandra, estamos seguros que nunca diría que le hizo el favor –de pagarle- porque tiene buen corazón, o porque al prójimo se le ayuda sin mirarlo. La verdad es que desde que vio a Alejandra, la rubia escultural que escasamente lo saluda cuando necesita monedas para la máquina de café, usted esperó una situación donde pudiera congraciar ante tal belleza. Eso es precisamente lo que la socióloga Catherine Hakim menciona en su libro “Capital erótico: el poder de fascinar a los demás”, donde sostiene que una mujer bonita tiene un 25% más de opciones de recibir ayuda y auxilio que otra no tan atractiva.

Ahora supongamos que estamos en la fase eliminatoria de un reinado, donde para escoger a las candidatas se les lanzan preguntas mordaces esperando respuestas altruistas. Si a alguna candidata le preguntaran qué es la belleza, lo razonable es esperar su silencio. No porque sea una tonta que se ajusta al prejuicio de reina descerebrada, sino porque entrar a definir el concepto de belleza es una de las tareas más titánicas que cualquier persona puede responder.

¿Es entonces la belleza un concepto subjetivo, o existirá un código tácito que dictamine quién es bonito y quién no? Hablar de “lo bello” es complejo, pues diversos sectores pueden apelar a argumentos de corte estético, pero lo cierto es que detrás de dicha palabra existe una innegable combinación de elementos visuales, físicos, sociales y sexuales que establecen relaciones sociales que la califican.

“Se han realizado varios estudios para averiguar si la belleza se ve de la misma manera en todo el mundo, y la conclusión ha sido que se trata de un concepto universal”, dice Hakim. ¿Qué hace que alguien sea bonito entonces? Al respecto, podríamos traer a colación el trabajo del cirujano oral y maxilofacial Stephen Marquardt, quien desarrolló una teoría universal de la belleza basada en las matemáticas.

“Los griegos decían que la belleza era matemática. Si eso es verdad, entonces hay un código, una fórmula matemática que puede describir la belleza facial”, dice en su portal web www.beautyanalisis.com. El número al que se refiere es el 1.618, llamado el Golden Ratio, el cual en una proporción a uno, está presente en la simetría de la naturaleza. Así las cosas, Marquardt diseñó una máscara que mide el grado de belleza de una cara según dicha lógica matemática.

No es el primer intento de universalizar la belleza física, pues basta recordar que en la antigua Grecia la belleza era un ideal propio de Apolo y Afrodita, o en la era renacentista, donde el hombre de Vitrubio dictó las proporciones exactas: quienes no se adecuaran, ergo, no eran bellos sino feos. En la actualidad, son muchas las investigaciones en torno a la cara perfecta, como por ejemplo la de la Universidad de California, la cual sostiene que el rostro perfecto “tiene una distancia entre las pupilas de 46% de toda la cara; la distancia entre los ojos y la boca debe ser ligeramente mayor a una tercera parte de la distancia entre la base del pelo y la quijada”.

Dicho de otra manera, una persona es bella si se parece al ideal instintivo que tenemos marcado por diseño, idiosincrasia y demás experiencias sensoriales de vida. Eso explica por qué desde la evolución, el ser humano ha buscado prolongar la raza con fenotipos que denoten buenos genes: caderas anchas, pómulos rosados, sensación de bienestar y de fertilidad. La atracción llega después de ese proceso instintivo de reconocimiento simétrico del otro.

Es innegable que este tipo de estudios revelan el interés humano por lo bello, en contraposición y negación de lo feo. Hoy existen múltiples maneras de modificar lo feo y “corregir” lo imperfecto para estar cada vez más cerca de ese ideal simétrico y estético. Lo cierto es que la belleza también es evolutiva, pues detrás de las mujeres barrocas rellenas, que para dicha época eran sinónimo de armonía y belleza, ahora son reemplazadas con la flaqueza estilizada de las súper modelos y los demás estándares corporales que han mutado, así como la misma raza se ha interrelacionado física, genética y sobre todo, mentalmente.

A lo mejor exista una manera más simple de responder quién es bonita y quién no. Solo haría falta que usted, Osquitar, volviera a hacer fila otra media hora en aquel centro de pagos, para ver si cuando una Beatriz Pinzón contemporánea le pide el mismo favor que le pidió Alejandra, usted es capaz de hacerlo, o si opondría resistencia ante el bagre.


Publicado en la Revista Mallpocket

jueves, 28 de febrero de 2013

Elogio de la primera vez


La primera vez es generalmente frustrante. Dicen que duele y que del afán no queda sino el cansancio, así que lo mejor es relajarse y disfrutar. Tanta presión produce que los músculos estén tensos, seguramente debido a la altísima carga de ansiedad que le adjudicamos, pues en aras de demostrar que nacimos para disfrutarlo, que tenemos las habilidades requeridas, buscamos a como dé lugar dar la impresión de dominio y control de dicha disciplina.

La ocasión se complementa no solo del hecho, sino del medio, del lugar, del escenario y el testigo. Nadie olvida esa primera ocasión en que la locura, pasión y entrega hacen su entrada, condenándonos a depender de ellas para siempre y a destapar el cuerpo y el alma buscando conocer lo inexperimentado, donde los corrientazos se mezclan con miedo, tensión y placer. Es natural: hemos esperado eso por años, meses y horas; hemos dejado el egoísmo y la comodidad para que nuestra vida experimente que esa vez nunca se repetirá.

Parece la entrada de una fusión literaria entre Arjona y el Marqués de Sade, pero no estamos hablando de la primera vez que ustedes creen, porque hablar de “la pruebita de amor” todavía no es recurso Mallpocket. Por ahora nos referimos a nuestra única y exclusiva facultad de debutantes en lo que nos gusta, en lo que soñamos y queremos hacer. ¿Qué monja no recuerda su primera comunión? ¿Qué arquero no recuerda su primer penal atajado? ¿Qué periodista no recuerda su primera chiva? ¿Qué músico no recuerda su primera canción? ¿Qué Revista no recuerda su primera edición?

Así podríamos seguir con muchos ejemplos. Hay miles de primeras veces, como hay miles de personas y lugares, pero todas tienen un factor común: permanecen en los recuerdos. De nada serviría vivir si estos no se construyen, pues son ellos los que nos definen como sujetos en desarrollo, avance y mejoría. Siempre hay una primera vez para todo, y precisamente de eso pueden dar fe los grandes genios de la humanidad, quienes no llegaron a la cima por accidente ni por suerte, pues su factor común fue valorar los pequeños grandes inicios. Basta con recordar a Leonardo Da Vinci, quien la historia destaca como pintor, escultor, inventor y científico. A los 17 años, Da Vinci viajó a Florencia a trabajar como aprendiz en el taller de Verrochio, donde aprendió las técnicas de pintura y dibujo que le permitieron 35 años después, tras arduas sesiones de trabajo, pintar La Mona Lisa.

Muchos podrán pensar que es que en otras épocas era más fácil, o que la vida de un genio no tiene parangón con la nuestra. Para no ir más lejos, tenemos ejemplos hollywoodenses más cercanos: el actor Kevin Costner, recordado por Danza con lobos, El guardaespaldas¸ entre otras, inició su carrera como guía de recorridos en Universal Studios de Hollywood. Estando allí, aprovechó la oportunidad para hacerse notar del director Ron Howard, quien lo incluyó en un cameo de la película Night Shift.

Podríamos enumerar las primeras veces y los comienzos de muchas personas, pero lo interesante es pensar en ejemplos más cercanos, porque son estos los que nos motivan: Si el Tino Asprilla pudo surgir, ¿por qué alguno de nosotros no podría? ¿Qué hay de malo en intentar, sin muchos caballos ni tiros al aire, ser un jugador profesional de fútbol? Si Silvester Stallone pudo ascender de limpiador de jaulas de leones, a actor porno, después a Rocky y luego a actor porno maduro, ¿quiénes somos nosotros para no poder conquistar lo que se nos antoje?

Hemos vivido frustrados es por eso, porque nos cuesta entender que para llegar a la perfección en cualquier técnica se requiere práctica, y ese es precisamente el problema: anhelamos el cinturón negro sin haber hecho el curso de aprendiz, gerenciar sin haber sido practicantes, triunfar sin haber fracasado. No interesa si tenemos facultades de genio en muchas áreas, pues el avance social y cultural nos ha demostrado que el universitario de ahora debe resaltar por su especificidad: antes se buscaban personas generalistas, multitask, que se le midieran a todo; pero la profesionalización y en parte el pensamiento contemporáneo nos han llevado a romper el esquema, a destacar por algo específico y disfrutar de eso.

Asistimos a una era laboral y académica que está obsesionada con la especialización, con gente que entiende que la integralidad nunca debe reducir la capacidad creativa pero sí moldearla. Si lo pensamos así, Steve Jobs estaba en lo correcto cuando decía que “es maravilloso tener mentalidad de principiante”, pues solo a través de ella se puede encontrar eso que detona en uno pasiones, intereses y motivaciones. Obviamente las palabras de Jobs quedaron enterradas junto con él, pero su reflexión vivirá en nuestros iPads y corazones.

Así como hay primeras veces, también hay últimas. Lo interesante es lograr que no sean una en sí misma, porque eso significa darse cuenta de que no se nació para ello, es decir, que se fracasó. Ejemplos de gente que descubrió que esa primera vez nunca debió existir, que pasó del anonimato al desprestigio pululan. Basta con recordar a Madonna protagonizando su propia película, al periodista Karl Troller actuando, a la exreina Andrea Noccetti cantando, a Marcelo Cezán haciendo algo fuera de su natal odontología.

Todo proceso creativo, por basto que parezca, fue una semilla que germinó con el paso del tiempo. Lo fundamental es encontrar eso, ese objeto de pasión y amor que permite que trabajemos en eso, nos dediquemos con ahínco y dejemos de conformarnos con lo vivido. En resumidas cuentas, la gente está cansada de lo mismo, y por eso necesita una nueva primera vez, que reemplace las anteriores, una que nunca se olvide.


@benditoavila



Publicado en la Revista Mallpocket