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lunes, 10 de agosto de 2015

En Su Presencia

Hace unas semanas me lanzaron una pregunta muy difícil: "¿Si usted necesitara que yo orara por usted justo en este momento, por qué le gustaría que lo hiciera?". Antes de responder como reina de belleza o como cristiano en edad de perecer -que en últimas viene a ser lo mismo-, me detuve a dimensionar lo impactante del escenario, pues este tipo de preguntas casuales con fines espirituales se hacen cada vez menos.

Tengo la bendición de ver que hay gente que de cerca o lejos me tiene presente, y es bonito saber que se acuerdan de uno cuando hablan con Dios. Creo que es la bendición de pertenecer a un lugar, a una familia, a una Iglesia local. En mi caso, me envalentono a plasmar algunos de los recuerdos tras cumplir, por estos días agostinos -no agustinianos, porque es algo cristiano-, diez exactos años en El Lugar de Su Presencia.

Aquí soy feliz hasta cuando me toca en gallinero.

Lo primero es contar que empecé a ir a la Iglesia porque una ex me llevó, Y sí, amados caba-ñeros y caba-ñeras, no pasaron más de dos semanas cuando la deporté a la friendzone, porque tenía claro que ella no sería la tales, la que sabemos, sino un juglar de paso, cual hostal barato en una ciudad capital. Quisiera decir que le terminé por Dios o algo así espiritualoide, pero pensé algo: si sé que no me voy a casar con ella, ¿para qué sigo magullando el aguacate? Además, la oficial me puede estar viendo y como mínimo me puede estar tachando de su lista. Y bueno, primero muerto antes que perder la vida.

Ya superada esa piedra de tropiezo con pelo largo, recuerdo que empecé a asistir el domingo temprano, para que me rindiera el día. Pensamiento algo avanzado y nerd que conservo hasta hoy. Llegué a la Iglesia a mis tiernos 17 años, cuando era una casa pequeña con mezzanine, donde disfrutaría de la música de Éxodo 33:14. Y digo disfrutaría, porque el día que decidí plantarme -ah palabra tan cristiana-, el cantante se retiró de la banda. Lo bueno fue que la música, siempre excelsa, fue una de las cosas que me confirmó que ese sería mi lugar por unas buenas temporadas.

La primera vez que asistí fue a una reunión de jóvenes, donde recuerdo presencié una obra de teatro experimental. Pero lo que más me impactó fue el uso de recursos audiovisuales de maneras tan creativas, con imitaciones, pregrabados, televentas y demás elementos que me hicieron llorar. Sí, era como llegar a un Magic Kingdom y descubrir que sí existía un lugar hecho a la medida de mis insatisfacciones. Nunca me imaginé que diez años después sería parte activa y creativa de aquello que me supo atraer.

Venía a la Iglesia motorizado, en el clásico carro familiar a quien llamamos René (Q.E.P.D). Como eran otras épocas donde delinquir se disfrutaba más, parqueaba por ahí cerca, dejando el René a la deriva y salvaguardado por cualquier fuicioso a cambio de unos miserables quinientos pesos. Y es hora de confesar algo, como llevaba un año manejando y no era que practicara mucho, dando reversa le pegué a otro carro y me escapé. Si alguien lee esto y reconoce abolladuras con pintura blanca, que Dios le pague y le responda.

Recuerdo que me costaba concentrarme en el tiempo de la alabanza por andar viendo a los bajistas de turno, pues pocos saben que además de tocar fondo, también toco bajo, lo cual es un chiste interno de Dios: poner a un bajo a tocar más bajo que otros bajos. El chascarrillo suena flojo contado por mí, pero estoy seguro que estaba en el plan divino. Cuando me enteré que para tocar en la Iglesia debía vincularme, sin duda lo hice, y el primer paso fue ir al Encuentro.

Allí estaba yo, en el Hotel La Fontana, con afro y gafas de marco grueso, cual Piero local, lo que me mereció cierto reconocimiento dentro de los asistentes. Me parecía increíble que como universitario rastrero que era pudiera quedarme en semejante lugar, gracias a la Iglesia. Y sí que lo disfruté, porque aquel fin de semana de Octubre de 2005 experimenté a Dios como una persona, que tiene emociones y que supera cualquier clase de estructura mental.

Allí creí estar listo para tocar, pero como los planes humanos son la comedia del cielo, terminé metiéndome en el coro, dizque para poder brincar facilito al beisguitar. No me imaginé que pasaría cerca de un año sin cantar, pero eso sí, participando de la ampliación del nuevo auditorio, que para mí era mejor que el Palacio de los Deportes bogotano. Pasaba las tardes de los sábados lavando pisos, limpiando sillas y pensando en cómo la vida necesita cierto sentido de pertenencia y referencia a una visión, a un lugar, a un llamado. 

Fue en la Iglesia donde, en estado eterno de espera, confirmé que esa bulla y energía chocoloca en forma de niño que tanto les fastidiaba a los curas con los que estudié no era algo satánico, como me dijeron unos que otros pastores, sino que ahora debía llamarlo temperamento. Y no para seguir siendo la ralea humana que todavía soy, sino para abrazar mi diseño original y así poder ser libre. En la Iglesia confirmé que podía inventar situaciones, personajes, historias; que me gustaba escribir comedia y que podía hacerla también. Es en ese lugar donde mis dones crecieron y donde descubrí el privilegio de servirle a los demás. Sí, esa vaina de verdad que es maravillosa.

Aquí entra en créditos el paso de tiempo, o mejor, rueda en caracteres "diez años después". Miro hacia atrás y le agradezco a Dios, porque buscando algo encontré mucho más. Como en la Biblia y esa historia donde Jesús compara el Reino de Dios como un terreno donde hay un tesoro escondido, yo terminé queriendo tocar bajo, ser aceptado y amado; y ahora encuentro que Dios me permitió tragarme, fracasar, subir de nivel, fracasar, conocer gente maravillosa, descubrir que servía para bailar, fracasar, relacionarme con Dios, y así seguir viviendo con una gran razón: que todos conozcan que es a través de Jesús que la vida cobra sentido, y así mismo propósito.

Quisiera meterle más candela a estas letras, pero prefiero preguntarle a quien esté leyendo esto: ¿Si usted necesitara que yo orara por usted justo en este momento, por qué le gustaría que lo hiciera? Depronto en esas nos encontramos por allá, circundando la que yo llamo la Comunidad Jedi de La Castellana.

jueves, 5 de febrero de 2015

El Príncipe de Persia

En mi último cumpleaños, recibí muchos regalos inesperados: el cariño de la gente, cientos de menciones y posteos en redes, memes protagonizados por mí, saludos de gente que ahora me dice "Chespiritólogo" y cosas así, de esas que no cuestan mucho pero terminan siento tan efectivas. Y es que creo que a esta edad, tan cerca de los 30, uno empieza a cosechar por lo trabajado, que en mi caso también tiene que ver con las huellas que he generado en las vidas de otros, y viceversa.

Pero entre esos mensajes, no esperé jamás recibir una nota de uno de mis héroes, que cada vez son menos desde que murió Chespirito. En este caso fue el Pastor de mi Iglesia, Andrés Corson, quien a través de un post-it me bendijo, deseándome que Dios me hiciera un hombre de palabra y conforme a Su corazón. Ocasionalmente, tengo la bendición y fortuna de compartir de cerca con él, el mismo al que los medios trolean por ser "el Pastor que curó a Nerú", pero recibir este mensaje fue especial por lo que sucedió unos días después.

Ahora que estoy en la tónica de aprender a fracasar y vivir siendo libre con eso, tengo más tiempo libre, curiosamente, porque el éxito y la fama son una ocupación en sí misma; así que empecé a tratar de llevar una vida de jubilado sin haber vivido, de pensionado que se dedica a esperar pero sin dejar de apurarse para recibir.

En una de esas mañanas callejeras, me encontré con el Pastor y le di las gracias por su mensaje, y me impactó que me miró y se atrevió a preguntarme: -¿Recibió el regalo que le mandé? Yo, pensando que se trataba de un chascarrillo propio de su humor seco accedí a soltar una mini carcajada de complicidad, donde le mencioné de nuevo la nota. Él, de ojos azules y voz gruesa y profunda me miró serio y me dijo: -No, yo le mandé una novia. ¿No la recibió? Oré por eso.

Hasta aquí el chiste pareciera contarse solo, o de hecho pareciera que ni siquiera es un chiste, y creo que así lo tomé, porque no hay nada más tranquilizante que saber que hay alguien que cuando habla con Dios se acuerda de uno. Pero la cosa despegó cuando bajé la cabeza y le dije que no, que de aquello nada, que yuca, paila, naranjas y nanay cucas, aunque no en esas palabras. El Pastor se llevó el dedo índice a los labios, como tratando de hacer una cruz, la misma en donde creemos deben reposar todas nuestras aflicciones. Sin rechistar me miró penetrantemente y me dijo: -Eso debe ser el Príncipe de Persia. Y como el mejor de los figurantes televisivos, desapareció en un abrir de ojos. Y ahí hubo corte de escena. Y fuera del aire.

Para mí, el Príncipe de Persia era el nombre del videojuego ese maravilloso de las clases de Sistemas, y uno de los pretextos para acercarme a los computadores por allá en 1996. Ya han pasado casi 20 años desde entonces, y unas dos semanas desde que terminé de leer "Esta Patente Oscuridad", novela donde el mundo espiritual es el escenario para la batalla de ángeles y demonios. Pues justamente a eso se refería el Pastor, a una potestad satánica que es mencionada en la Biblia en el libro de Daniel y que, según dicen, es el que en el terreno espiritual nos bloquea las bendiciones.

Ahora, esto pareciera no ser una entrada de este blog, oh amados caba-ñeros y caba-ñeras, pero en el fondo sí. No es la primera vez que veo una película y salgo pensando en que el protagonista puedo ser yo, como me pasó con Birdman; pero sí debuto como personaje principal de un libro con el que se me cayeron las vendas de los ojos. Fue un momento epifánico donde sentí que el libro cobró vida, y que esta vez el periodista loco y el pastor ingenuo se encarnaban en mí.

Es que en la tónica de relajarse y "dejar que las cosas pasen" parece que hay cierta mentira parcial, pues en realidad uno mismo es quien debe diseñar los cambios que producirán los milagros; pero también la moralidad cristiana tiene su parte, la misma que nos enseña que haciendo las cosas bien cosecharemos cosas buenas. Con esto está demostrado que no, que hay una guerra espiritual imperceptible donde el hábito y deleite disciplinado de orar cambia el panorama, cosa que uno no entiende así de primerazo.

Uno ora creyendo que el que gana es Dios, pero tampoco. Uno ora es por uno, no para irse al cielo o reclamar ciertas prebendas: uno ora es para que le vaya bien aquí y ahora. Yo suelo agradecerle a Dios por la comida, lo recibido también por lo perdido, pero ahora entiendo que hay cosas que compete pelear de rodillas, y que si uno no está viviendo a plenitud la vida que decidió, algo pasa.

Tal vez esto le sirva a alguien que, como yo, sabe que es hora de recibir algo esperado de maneras insospechadas. Y no sólo en el tema amoroso, que es lo mínimo, me refiero a una plenitud en todas las áreas, de esas que se obtienen tras intensas batallas, dejando músculos desgarrados y pieles con cicatrices espirituales.

jueves, 6 de noviembre de 2014

Yo bailé con Nerú

Cuando uno se inclina por la escritura audiovisual, va desarrollando un raro sentido de atracción por acumular experiencias y conocer realidades, de las cuales en el futuro se espera extraer alguna historia particular para contar, o simplemente conocer personas que referenciarán personajes para crear. En mi caso, empecé a trabajar en televisión por un mal cálculo de la práctica profesional, y aunque buscaba una plaza como libretista senior en una productora, terminé como lector junior en un canal. Son de esos contrasentidos de donde se extraen las mejores anécdotas.

Arranqué la práctica con dos metas: tomarme una foto con el Padre Chucho, y bailar aeróbicos con Nerú. Le conté a mi jefe y a los demás oficinistas de ese anhelo, quienes después de reírse en mi cara creyeron que era verdad cuando me mantuve serio en la palabra. De ahí, me fui metiendo de a pocos en aquel Estudio 7, donde le pedí al reputado padrecito que "rezara por un primo enfermo de cáncer". El tipo me atendió hablando por celular, me dio dos segundos para la foto y se fue en su Rolls-Royce. Tomé su indiferencia como un castigo divino, pues pequé al inventar eso de mi primo, porque en realidad es prima, y las mentiras hacen llorar al niño Dios.

Me presentaron al jefe de producción del programa donde Nerú tenía la sección, que entre otras cosas se llamaba "Aeróticos MBD", dato coctelero para seguirle metiendo capas al delicioso sánduche anecdotario. Con solo mirarme, el tipo vio mi talento, o no sé bien si me lo dijo para que no reculara en mi noble intención de ridiculizarme voluntariamente en uno de los programas más vistos a nivel nacional. Fue así que con dos dedos de frente y varios rulos en la cabeza, decidí llegar un martes a las 7 de la mañana a un lugar donde nadie me había llamado a estar.

La primera vez que vi a Nerú, recuerdo que estaba en la parte alta de unas escaleras al lado del camerino. Lo vi y debo confesar que sentí cierta erisipela invadiéndome los ojos, pues su figura era la de un Frankenstein criollo: pelo de mujer, brazos de hombre. Nariz de mujer, voz de hombre. Cola de mujer, manos de hombre. Para mí, un homofóbico rehabilitado, la imagen no dejaba de ser fuerte. Simplemente le di los buenos días y seguí derecho al camerino, donde me esperaba una manga siza y una pantaloneta corta, el traje perfecto para salirme de mí mismo solo para tener algo qué contar.

La gente ve televisión y cree que muchas de esas secciones van en vivo, que de hecho era como se hacía la televisión de antaño; pero no, aquella vez y para sorpresa mía, pregrabamos varias coreografías que salieron el mes completo. Y es que una cosa es boletearse un día, pero un mes entero y ser visto por los papás, compañeros de universidad, profesores, amigos y hasta pastores es algo que francamente se sale de control.

Recuerdo que en la primera coreografía me extralimité y exageré a propósito, porque uno no tiene tres minutos de televisión todos los días. Fue tal mi éxito, que el mismo director del programa, reconocido y para muchos innombrable presentador mañanero, me dijo que me hiciera detrás de Nerú, "porque la gente con pelo de estropajo es chistosa". Le hice caso y sin importar las ovaciones de las dos presentadoras que lo acompañaban (quienes sí me elogiaron el pelaje), di lo mejor de mí en unas anticoreografías que guardé con recelo hasta hoy. Dense gusto con este coctel de putrefacción.


El crespo con los mejores tenis. Sí, ese soy yo.

Años después, me encontré con Nerú en otro camerino, pues yo andaba actuando en la Iglesia y él estaba entrando a la primera fila. Vi a un tipo distinto: pelo de hombre, brazos de hombre. Voz de hombre, manos de hombre. Me causó interés verlo ahí, riéndose del show que dimos, llorándose toda la alabanza, meditándose toda la enseñanza.

Lo entendí todo cuando salió en la noticias que había decidido cambiar de vida, cosa que me pareció muy valiente de su parte, porque si hay que admirar a un tipo de persona, es a aquella que decide convertirse en la mejor versión de sí misma. Y aquí no quiero entrar a tocar sensibilidades LGBTI sin contar primero que pasar por un colegio de curas, una Facultad de Comunicación y un trabajo temporal en un local de ropa me cambió la forma de pensar con relación a la homosexualidad. De hecho, tengo familiares, amigos, compañeros de trabajo y personas gais que quiero y respeto profundamente, porque me quieren y respetan también y porque me han mostrado que su condición en ningún momento alude a "estar enfermo", ni a merecer lástima de nadie, mucho menos la de ciertos sectores del cristianismo donde se disfraza el amor con ignorancia.

Lo que encuentro un tanto indignante es el palo que algunos le han dado al pobre tipo por sus declaraciones, por el uso del término "curar", el cual alude directamente a enfermedad. Estamos de acuerdo en que la homosexualidad no se cura, y no es la idea entrar a debatir sobre trastornos y demás experiencias personales que condicionan la elección sexual.  Cuando una persona sale del closet, lo felicitan por valiente y por coherente; pero cuando alguien decide conocer a Jesús y replantear su vida es un fanático exagerado al que no bajan del madrazo por "niegamondás". ¿Hay alguna clase de política de respeto en esto?

Como si no hubiera aprendido la lección, sigo escribiendo en televisión ridiculizando mis neuronas con situaciones donde, en el fondo, la reflexión de vida va ahí metida sin que lo noten. Eso sí, si me invitaran a hacer el oso y eso sirviera de pretexto para contar una historia y pegarla a una coyuntura pop que termina con alguien que conoce a Dios, lo volvería a hacer. Con manga sisa y pantaloneta más corta.

martes, 27 de agosto de 2013

La ex-cremento

De un tiempo para acá, empecé a recibir noticias de mis ex-es. Sí, a pesar de mi consagración absoluta a la comunidad Jedi de La Castellana, tuve mis deslices y resbalones con una que otra amiga política, vecina de pupitre o referencia local de modelo ochentero. Eso de que a lo que más se le teme llega es verdad, porque ahora a todas mis heces (no me sobrestimen, que contándolas no superan los dedos de una mano), les dio por cristianizarse, por cambiar su vida y enderezar el caminado, cuando para mí lo mejor que pudo pasarme fue dejarlas ir.

Ahora les dio por agregarme de nuevo a Facebook, por intentar acercarse para simplemente ser amigos en la fe, pero si algo aprendí de Friends es que uno no puede ser amigo de una ex, ni debería caerle a la ex de un amigo, y del mismo modo en el sentido contrario. De cualquier manera, esta no es una entrada para teens pagada por la Revista Tú, sólo que es curioso el fenómeno amnésico del cristiano promedio, ese que demanda dinamitar los recuerdos, quemar los barcos y destruir cualquier puente hacia la vida pasada.

No me someto a regresiones ni mucho menos (como cree la chusma), pero si somos honestos, nadie quiere que le recuerden sus peores decisiones. Una de ellas me mandó un mensaje por Facebook y me contó un resumen de su vida, casi como si necesitara que me rindiera cuentas. Me dijo que ahora que estaba en la Iglesia entendía muchas cosas, que comprendía las razones que le di para tomar distancia en aquellas épocas. Hasta contó que terminó con el novio posterior a mí, aludiendo a su nuevo estatus en el mercado del usado. No le respondí nada para no ser grosero.

Otra de este clan me contactó por Facebook (otra vez esta vitrina de vanidad) y me envió una solicitud de amistad que a la fecha no he sido capaz de aceptar, tal vez en un intento de dejar las cosas en su lugar, de embalsamar la momia y dejarla podrir en el olvido que seremos. Lo curioso es que meses después tuve que encontrármela de frente, y como ahora estoy en tono de arreglar el pasado, acepté saludarla por su segundo nombre, ese que quedó sepultado en el pasado para darle vida al primero, el de su nueva vida.

Aunque la charla no duró más de 38 segundos y contadas 10 milésimas, me sentí inmundo cuando me dijo que gracias a mí había conocido de Jesús, que eso le cambió la vida por completo. Para mí, ella es un simple píxel que recalentó el sistema y produjo error, pero para ella fue el paso trascendental hacia la cruz. Me fui caminando y pensando en una frase de esas que no se me olvidan y promulgo a manera de dato coctelero para impresionar: la ex es excremento. Se dice y es chistoso, pero se escribe y es insensible, porque nadie es desecho de ningún otro, ni nada parece suceder por error.

A veces nos damos muy duro por las excrementadas del pasado, pero de nada sirve hacerse el loco, seguir derecho o fingir demencia ante el presente. Es verdad que la idea es no mirar por el retrovisor, pero a veces escarbando en esos desechos se puede evidenciar la necesidad de depender de Dios ahora que supuestamente se va a comer bien.

martes, 2 de julio de 2013

El buen christian

Siempre he creído que actions incontroladas llevan a situaciones peor de complejas, a snowballs que crecen al punto de amenazar la propia life. Para muchos, lo que uno no controla es artilugio del destiny; para mí es creative stuff de Dios. Uno va por la vida tratando de get himself together, de ser un man políticamente correct, pero hay situaciones donde el remote control debe oprimirse, ya sea para buscar el pause o para simplemente darle skip.

No suelo ser la clase de person que se detiene a oír a otros en la street, pues como buen chibchombian he sido hijo de la paranoia paramilitar, del fear y de la predisposición que me hace vivir anestesiado ante el pain del desvalido, mucho más si es unknown. Uno oye historias unselfish y cree que con dar un mercado, o tomarse pictures con un negrito di-vi-no cuya madre vende bolsas de garbage está haciendo país. Somos indiferentes y esa es una bacteria que parece tener sus propios antibodies: la insensibilidad y la fat sight.

No había pensado en esto hasta aquel day, en el que tras estar eating well acompañado en la plazoleta de un reconocido mall de Bogotá, fuimos abordados por un guy cuya smile nunca olvidaré, pues era un cúmulo de dientes simulando un mosh, de donde sobresalía un dogtooth más deforme que los de los de Twilight, solo que este no venía a succionar hearts, sino pesos y oraciones. El sujeto nos abordó con la shy propia de quien no quiere hacerlo, y tras un par de frases en espanglish, se sentó en nuestra table.

(sic) -Llevo todo el día lost en Bogota, me quedando en Soacha, so far far far away. I'm doctor and vengo from Jamaica. ¿Ustedes saben algo de Jamaica? (sic) -Claro. English, Reggae, Bob Marley. Fue lo único que atiné a decirle, pero por su gesto flat entendí que el hombre no estaba para jokes. Percibí a la distancia su breath, propio de quien ha estado sometido al ayuno forzado y a la desperation. Resultó que el guy se llamaba Brian, dijo que era doctor y estaba de visit en Bogotá, pero que tras perderse había wandering por distintas calles sin dólares ni pesos, buscando la help y mercy de algún christian. 

Como cualquier cristiano, algo dentro de mí se squeezed. Debió ser la meat digerida que me revolvió el stomach y me llevó a pensar que el jamaican guy probablemente estaba diciendo la truth. Fue solo cocinar ese thought, para que el tipo dijera que no lie porque era cristiano. Le dije que nosotros también lo éramos, sonrió y dijo que God sabía por qué lo traía hasta here. Me dijo un number celular, me pidió que le marcara y comprobara que era su phone, que tan solo quería tomar un cab e irse far away. 

Yo no podía dejar de mirar su colmillo shapeless, pensando que si era tan doctor como say, debía haberse puesto un wire que le cercara esa criadilla que tenía por smile hace mucho time. Le miré sus hands, que parecían que trabajaron la tierra empuñando la azada hasta verlas sangrar. Le pregunté que si había ido a alguna Church en esta city, y dijo que sí, que hacía two weeks conoció El Lugar de Su Presencia, "donde el Pastor Corson pedía tomar apuntes en hojas".

Como no estaba alone, crucé miradas con mi vecina de chair, quien también dudaba de la forma de act out. Fue weird, porque algo dentro de me me dijo que le creyera, que le ayudara. Le di some money y me dio las gracias, diciendo que sería de gran help. Lo vimos alejarse presuroso. Mientras desaparecía, la cajera de uno de los restaurants aledaños salió a nuestro meeting. Nos preguntó que qué nos había dicho, le contamos y dijo que le wonder la forma en que la people era tan viva para hacer cheat. Mientras le daba el billete, pensaba en myself en tierra extranjera. Algún day recorreré el world y quisiera que si estoy en difficult, alguien crea en mi story. 

Me tomo la ligereza de irrespetar el idioma más lindo del planeta para recordarme que las sorpresas están a la vuelta de la esquina, en el andén, en el centro comercial, en la plazoleta de comidas, en cualquier cabeza pensante que se atreve a vivir lo improbable.

martes, 17 de julio de 2012

Tres años luz

Varias veces en la vida me he interesado en mujeres mayores que yo. No sé si es por pensar que su experiencia complementará mi vida, o porque busco otra mamá, o porque solo las maduritas logran ver lo que las de mi edad o menos siguen buscando en tipos tropipoperos. Esa tendencia a tener affairs de avanzada me ha llevado a encariñarme con profesoras de inglés, universitarias inductoras y un cristiana que para desgracia mía, sabía muy bien lo que buscaba en un hombre y por eso nunca descartó la posibilidad de meterse conmigo, un mozalbete nacido tres años después que ella.

Hace tres años nos conocimos en la Iglesia, que parece ser el primer mercado afectivo que uno enfrenta. Algunas personas van a la Iglesia porque quieren amar a Dios, otras porque quieren que el Señor los ame, y otras más porque quieren amar y ser amadas por cuanto señor se les pase por el camino. Yo, un puritano que siempre ha tenido claro que su amor es para una sola persona, no pude evitar sorprenderme al encontrarla la semana pasada de nuevo en Colombia, por supuesto en la misma Iglesia. Ella lleva tres años viviendo en París, persiguiendo el sueño que ha tenido toda su vida y era obvio que no cambiaría sus planes por alguien con quien hasta ahora empezaba a tomar Pony Malta y a hablar de música, justo hace tres años.

Estaba intacta, con el mismo lunar en el cachete de siempre, la misma sonrisa y el mismo pelo azabache raramente ondulado. Ahora usa una abullonada bufanda, gafas de marco grueso y botas grises. Verla así me hizo imaginarla caminando por el Old Navy o el Pompidou que todavía no conozco, riendo con algunos mimos y entrelazando sus dedos con los de su futuro esposo, un francés tres años mayor que ella con quien se casará en Cartagena en tres semanas, y que para fortuna -o desgracia- mía, es casi tres metros más grande que yo.

Me acordé de ella mientras veía "De Roma con amor". De hecho, según mis amigos soy el Woody Allen de El Lugar de Su Presencia: hablo mucho, ando en una mezcla entre nerviosismo y neurosis, me quejo por todo y obtendré el perfecto balance cuando me una a una mujer que me tranquilice. No vi "Medianoche en París", porque pensé que podría abrazar la melancolía y eso no me conviene en un momento como el que vivo.

Viendo la película me di cuenta que entre nosotros nunca hubo nada, pero entonces ¿cómo hablar de amores fracasados sin quedar como un resentido? ¿Qué decir de lo que nunca fue en lo real, pero en lo imaginario tuvo pies y cabeza? Ya cada quién hizo su vida y solo queda el recuerdo de lo que nunca pudo ser, todo por estar a tres años luz de distancia.

No creo que para el amor haya edad, pero empiezo a descubrir que el amor sí tiene fronteras, que la distancia importa y mucho más cuando uno de los amantes sale del país. Debí saber que esos J'adore tes messages!, o C'est une folie, mais j'adore tout ça me confirmaban que en una posible relación a distancia, siempre hay uno que abre su cabeza, conoce mundo y mientras su nivel de ilustración sube, el de desprecio sutil por lo local aumenta.

Prometo seguir en esa misma Iglesia, yendo no a mercar amores sino a acumular historias por contar, porque finalmente el amor es eso, una historia escrita, dirigida y actuada naturalmente por uno mismo.


@benditoavila