Si estuviera agonizando en una cama y vinieran a pedirme un consejo para la vida, les daría uno y dos más, porque ya para qué: empiecen con lo que tienen, vean Breaking Bad mínimo una vez al año y viajen siempre, sin importar el destino. Pero ya como que ha de quedar poco aire y las conexiones neuronales no darán para más, les encimaría la joya de la corona en forma de ñapa: nunca, muchachos –suponiendo que muera en la ancianitud-, nunca, pero nunca, vuelvan con una ex.
Esa es mi premisa con forma de mantra: “La ex es excremento”. Burdo para muchos, gracioso para otros, pero la gran mayoría coincide en que hay una suerte de vergüenza cuando uno, por razones que todavía desconoce, se ve otra vez atraído por un poderoso imán llamado “zona de confort”, o lo que en el mundo emocional se llama “cangrejear”.
Lo digo con autoridad moral personal, porque de un tiempo para acá empecé a recibir noticias de varias de mis ex-es. A algunas de ellas les dio por cristianizarse, por cambiar su vida y enderezar el caminado, y en esa medida están en terapia espiritual de redención, donde se supone yo debo estar. No entiendo para qué me quieren en contacto de nuevo, cuando para mí lo mejor que pudo pasarme fue dejarlas ir.
Ahora les dio por agregarme de nuevo a Facebook, por intentar acercarse para simplemente ser amigos, pero si algo aprendí de Friends es que uno no puede ser amigo de una ex, ni debería caerle a la ex de un amigo, y del mismo modo en el sentido contrario. La verdad hace tiempo tengo claro que hay ocasiones en donde uno debe dinamitar los recuerdos, quemar los barcos y destruir cualquier puente hacia la vida pasada.
Eso dice la teoría, pero va uno a ver y la vida es un remake constante, donde terminamos reculando en decisiones estúpidas para volver a lo mismo, a repetir las historias que juramos clausurar en los periódicos de ayer. Es así como en un abrir y cerrar de ojos uno está tomándose un café con una de ellas, y luego en otro abrir y cerrar de ojos la está recogiendo en la casa, donde ya no hay que presentarse ni caer bien; y en otro abrir y cerrar de ojos termina de vacaciones con ella, tomando literalmente un giro en u. Mi triste historia, por si acaso.
Solo quien viaja entiende la importancia de un retorno: una vía alterna que da la opción de volver, de revisar qué pasó detrás, si esos traspiés en la carretera fueron producto de la imprudencia de otro chofer o del afán de uno mismo. Uno hasta piensa en arjonadas así, como tratando de justificarse, pero en el fondo es una trampa emocional. Ahora, también hay que agregar que en esos retornos, que son como la reversa de los caminos, el control Z de la realidad, uno aprende a revisarse, a cerrar ciclos y enterrar fantasmas, todo en función de aprender, pero de fondo hay un miedo por esperar y conquistar lo nuevo.
Reciclaje de la vida es justamente eso, una edición dedicada a mirar el espejo retrovisor no para tratar de cambiar el pasado, pero sí partir de esos errores para aprender a equivocarnos cada vez mejor, que es como realmente se debe vivir. Y a eso sumarle que nunca se debe perder la expectativa de lo que falta por conocer y viajar. Lo digo con autoridad moral personal, porque por mi salud mental, cangrejeé de haber cangrejeado y sin necesidad de estar agonizando. Lo aprendí excrementándola.
Publicado en la Revista Mallpocket del mes de Agosto de 2015
Mostrando entradas con la etiqueta Facebook. Mostrar todas las entradas
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lunes, 3 de agosto de 2015
lunes, 22 de junio de 2015
Instagramero
Nunca suelo escribir en contra de algo o de alguien, principalmente porque cada uno verá qué hace con su vida, si decide destacar en algo o no, si le hace fuerza a Millos o no, si disfruta la música o es silvestrista, y así. Pero si hay algo en lo que me falta respeto y tolerancia es cuando la gente me ve como bicho raro porque afirmo que jamás en la vida tendré cuenta en Instagram. Lo extraño es que no suelo ser una persona pretenciosa aunque sí algo egocéntrica e insegura, que es más o menos lo que se necesita para instagramear.
Lo primero es que viví mucho tiempo abriendo cuanta red social nacía: hi5, MySpace, Facebook, Linkedin, Twitter, y así muchas otras que fui clausurando al leer esas terribles condiciones de privacidad y de patrimonio de contenido que tienen. Igual, sigo en muchas de ellas, pero la que me parece que menos contribuye a la inteligencia es Instagram, porque se nota a leguas que la gente no la sabe usar, y que aunque era un invento para difusión de trabajos visuales de gente experta, ahora es una aplicación para gente que cree hallar talento poniendo dos o tres filtros a sus, de por sí, mal encuadradas fotos.
Creo que al mundo no le faltan más selfis con cara de pato como para tener que sumarme a eso. Y ese es otro problema instagramero que veo, no hay que ir muy lejos para leer la falta de autoaceptación que tenemos como para que le sumemos exponerla en una red social. Basta con ver por encima lo que la gente del común publica para concluir que lo que la humanidad necesita es un abrazo y un par de palmadas en la espalda mientras nos dicen "Tranquilo hijo, ya te vi. Lo hiciste bien". Pero pensando en todo esto, escarbé en los anales de mi historia y me di cuenta que debo criticar lo que conozco, y para la muestra un botón en forma de selfi de soltero.
Esta foto la tomé en el Hollywood Bowl, en Los Ángeles, California. Sobra decir que todo esto es una autocrítica contra mí mismo, que también he padecido el delirio del imbécil digital. Conozco gente que sube sus fotos y las valora es por su presencia en ciertos sitios, cosa que de hecho me molesta porque no la entiendo. En Instagram pasa lo mismo, generalmente se sobrevalora la piel y la carne exhibida cuando lo que realmente debería perdurar es la gente que publica fotos tomadas por ellos mismos, donde nos muestran su forma de encuadrar, de aplicar una mínima dirección de arte y su visión del mundo, o la experiencia y el recuerdo generado, que a fin de cuentas es lo que importa.
Pero los chocolocos no, ellos son felices con sus filtros, texturas, mosaicos y demás deformadores de la mirada que afean la realidad, a decir verdad. Y la bobada incluye ecografías, más selfis, el almuerzo del día y demás elementos que si no registran ni comparten en internet, es como si no hubiesen ocurrido. Tengo un amigo que se resistió a abrir Instagram a menos que fuera para subir fotos de la realidad real, mostrando sus cagadas, literalmente hablando. Nomás fue que consiguiera novia para que se domesticara, y ahora además de tener cuenta, sube fotos de cosas cute que son sus seguidores quienes validan o no. Por eso digo, todo es respetable.
Y qué decir de los dichosos Hashtags, que sí que evidencian la estupidez humana en todo su esplendor. Si yo, que no me meto en eso tengo claro que un HT tiene como fin agremiarse en una tendencia en red, me pregunto con extrañeza a qué juega una persona cuando pone palabras como #Vivolavida #Yo #Lepasaacualquiera #Tengohambre y así, como si no bastara con entender que la imagen ya debería venir cargada de todo esto. Pero la peor de todas es #SinFiltro, donde la locura les da para subir una foto de algún sol que prefiriera quemarnos vivos a todos antes de volver a salir en una foto más.
Alguna vez leí que Instagram sumaba un nuevo usuario y 58 fotos cada segundo. Pensándolo bien, son más de 150 millones de puntos de vista donde la gran mayoría terminó por rendirse a compartirnos todas sus comidas del día, montándola de saludables, de felices, de completos, en un acto adictivo por dejarnos claro que debemos envidiar sus viajes, y en general sus #Chocolocuras. Pero no todo es malo, hay una que otra comunidad dedicada a compartir fotos de mascotas, cosa que me alegra, porque ya hay demasiados lagartos, sapos y siberianas #GoPro por aguantar.
En general, defiendo que la gente haga lo que se le dé la gana con su vida, comidas, heces, bebés y amaneceres, pero aprovecho esto para hacer mi propio manifesto: jamás, en lo que me quede de vida, tendré cuenta en Instagram. Espero compartir mi vida con alguien que sí lo tenga, y estaría bien, para usar su perfil y desde ahí seguir chismoseando, criticando a los selfis wannabes, a los que se la pasan subiendo memes robados, a los papás que les abren cuenta a sus pequeños bebés y sobre todo, preparándome para no ofrecer nada ni dármelas de nada, principalmente porque no soy nada. Lo demostré arriba, con mi peor foto instagramera.
Lo primero es que viví mucho tiempo abriendo cuanta red social nacía: hi5, MySpace, Facebook, Linkedin, Twitter, y así muchas otras que fui clausurando al leer esas terribles condiciones de privacidad y de patrimonio de contenido que tienen. Igual, sigo en muchas de ellas, pero la que me parece que menos contribuye a la inteligencia es Instagram, porque se nota a leguas que la gente no la sabe usar, y que aunque era un invento para difusión de trabajos visuales de gente experta, ahora es una aplicación para gente que cree hallar talento poniendo dos o tres filtros a sus, de por sí, mal encuadradas fotos.
Creo que al mundo no le faltan más selfis con cara de pato como para tener que sumarme a eso. Y ese es otro problema instagramero que veo, no hay que ir muy lejos para leer la falta de autoaceptación que tenemos como para que le sumemos exponerla en una red social. Basta con ver por encima lo que la gente del común publica para concluir que lo que la humanidad necesita es un abrazo y un par de palmadas en la espalda mientras nos dicen "Tranquilo hijo, ya te vi. Lo hiciste bien". Pero pensando en todo esto, escarbé en los anales de mi historia y me di cuenta que debo criticar lo que conozco, y para la muestra un botón en forma de selfi de soltero.
Creer que el lugar o la foto valen es porque uno demuestre haber estado allí. Cuánta estupidez junta.
Esta foto la tomé en el Hollywood Bowl, en Los Ángeles, California. Sobra decir que todo esto es una autocrítica contra mí mismo, que también he padecido el delirio del imbécil digital. Conozco gente que sube sus fotos y las valora es por su presencia en ciertos sitios, cosa que de hecho me molesta porque no la entiendo. En Instagram pasa lo mismo, generalmente se sobrevalora la piel y la carne exhibida cuando lo que realmente debería perdurar es la gente que publica fotos tomadas por ellos mismos, donde nos muestran su forma de encuadrar, de aplicar una mínima dirección de arte y su visión del mundo, o la experiencia y el recuerdo generado, que a fin de cuentas es lo que importa.
Pero los chocolocos no, ellos son felices con sus filtros, texturas, mosaicos y demás deformadores de la mirada que afean la realidad, a decir verdad. Y la bobada incluye ecografías, más selfis, el almuerzo del día y demás elementos que si no registran ni comparten en internet, es como si no hubiesen ocurrido. Tengo un amigo que se resistió a abrir Instagram a menos que fuera para subir fotos de la realidad real, mostrando sus cagadas, literalmente hablando. Nomás fue que consiguiera novia para que se domesticara, y ahora además de tener cuenta, sube fotos de cosas cute que son sus seguidores quienes validan o no. Por eso digo, todo es respetable.
Y qué decir de los dichosos Hashtags, que sí que evidencian la estupidez humana en todo su esplendor. Si yo, que no me meto en eso tengo claro que un HT tiene como fin agremiarse en una tendencia en red, me pregunto con extrañeza a qué juega una persona cuando pone palabras como #Vivolavida #Yo #Lepasaacualquiera #Tengohambre y así, como si no bastara con entender que la imagen ya debería venir cargada de todo esto. Pero la peor de todas es #SinFiltro, donde la locura les da para subir una foto de algún sol que prefiriera quemarnos vivos a todos antes de volver a salir en una foto más.
Alguna vez leí que Instagram sumaba un nuevo usuario y 58 fotos cada segundo. Pensándolo bien, son más de 150 millones de puntos de vista donde la gran mayoría terminó por rendirse a compartirnos todas sus comidas del día, montándola de saludables, de felices, de completos, en un acto adictivo por dejarnos claro que debemos envidiar sus viajes, y en general sus #Chocolocuras. Pero no todo es malo, hay una que otra comunidad dedicada a compartir fotos de mascotas, cosa que me alegra, porque ya hay demasiados lagartos, sapos y siberianas #GoPro por aguantar.
En general, defiendo que la gente haga lo que se le dé la gana con su vida, comidas, heces, bebés y amaneceres, pero aprovecho esto para hacer mi propio manifesto: jamás, en lo que me quede de vida, tendré cuenta en Instagram. Espero compartir mi vida con alguien que sí lo tenga, y estaría bien, para usar su perfil y desde ahí seguir chismoseando, criticando a los selfis wannabes, a los que se la pasan subiendo memes robados, a los papás que les abren cuenta a sus pequeños bebés y sobre todo, preparándome para no ofrecer nada ni dármelas de nada, principalmente porque no soy nada. Lo demostré arriba, con mi peor foto instagramera.
miércoles, 20 de mayo de 2015
Ya lo he visto todo
Hace unos meses, Internet conmocionó con una básica pregunta: ¿De qué color ven este vestido, blanco con dorado o azul con negro? La cuestión dividió al planeta entero, puso a tuitear a la farándula y estableció la agenda-setting de los medios de comunicación, dando paso a que expertos en todas las ramas optométricas, políticas, sociológicas y económicas dieran sus teorías sobre por qué unos lo veían de tal color, otros lo veían del otro y algunos tantos lo veían color camaleón cambiante, aunque a otros el tema nos supo a la sustancia verdosa y excremental de color caqui.
Lejos de ser un tema trivial – aunque en realidad lo es-, la discusión llega después de que unas mujeres norteamericanas impusieran la tendencia de tinturarse los pelos de las axilas, en un extraño manifiesto de feminismo y moda. Para mí, que he vivido varios años notando que las estrellas de rock ahora hacen pop-op, que los políticos se mecen de izquierda a derecha y que lo impensable ahora sucede, no me queda nada más que decirles que el fin está cerca.
La civilización occidental está basada en esa promesa temerosa, de que un hecho catasfrófico fuera de nuestro control acabe con la humanidad, ya sea porque se viene una eternidad en el cielo o una pena en el infierno. La gente sufre por eso, y mucho vemos señales en todo lado para afirmar que merecemos ese final. Yo lo he deseado muchas veces: en 2012 cuando les entró el afán de los Mayas, quise que fuera verdad y todos estos incautos murieran. Lo mismo me pasa con el frenesí del Ice Bucket Challenge, con los papás que le abren cuentas en Facebook, Twitter e Instagram a sus bebés de meses y publican como si fueran ellos, o la gente que se toma selfies bendecidas y afortunadas exhibiendo sus pares de razones.
El fin está cerca, y no sólo porque ahora dejar en visto sea causa de pena de muerte, en realidad estamos en un cambio social y mental que nos obliga a adaptarnos o a morir, como decía Darwin. Criticamos a nuestros papás por tener mentalidades de empleados, pero nosotros nos obsesionamos con estudiar para hacer plata y ser libres, y terminamos con un grillete oficinista en forma de carné que nos obliga a cumplir horario a cambio de unas monedas. Antes se descrestaban con cosas que ahora nos resultas estúpidas, pero ahora nos quedamos con la boca abierta con cualquier meme, citado por algún noticiero como noticia real.
Cada vez es más difícil destacar en lo que sabemos hacer, y esas son cosas que uno no aprende en la academia sino tirándose una que otra materia en la universidad de la vida. Para mí, el fin ha estado cerca desde que me bautizaron como “Chespiritólogo” y trapearon el piso conmigo los trolles, cosa que, debo aceptarlo, me llevó a reflexionar de la necesidad de vivir esta era al máximo y de aprovechar cada cuarto de hora que se tenga.
Son muchas las razones para afirmar con certeza que el fin está cerca. Y más que un jipi con un cartel y una campana pregonándolo, hay que ver cómo lo que resta es rastrear que detrás de la onda zombi, la comida transgénica y el reggaeton cristiano hay una conspiración para hacernos creer que el apocalipsis se avecina. Y es raro, porque sigue sin pasar. Para mí, el fin del mundo es cuando uno decide rendirse y dejar de luchar, de pelear por lo que quiere y desea, y no se trata de esperar que se abra la tierra y nos trague, más bien de nosotros salir a comernos el mundo. Termino confesando que jamás pude ver el bendito vestido negro y azul. Espero no condenarme por eso.
Lejos de ser un tema trivial – aunque en realidad lo es-, la discusión llega después de que unas mujeres norteamericanas impusieran la tendencia de tinturarse los pelos de las axilas, en un extraño manifiesto de feminismo y moda. Para mí, que he vivido varios años notando que las estrellas de rock ahora hacen pop-op, que los políticos se mecen de izquierda a derecha y que lo impensable ahora sucede, no me queda nada más que decirles que el fin está cerca.
La civilización occidental está basada en esa promesa temerosa, de que un hecho catasfrófico fuera de nuestro control acabe con la humanidad, ya sea porque se viene una eternidad en el cielo o una pena en el infierno. La gente sufre por eso, y mucho vemos señales en todo lado para afirmar que merecemos ese final. Yo lo he deseado muchas veces: en 2012 cuando les entró el afán de los Mayas, quise que fuera verdad y todos estos incautos murieran. Lo mismo me pasa con el frenesí del Ice Bucket Challenge, con los papás que le abren cuentas en Facebook, Twitter e Instagram a sus bebés de meses y publican como si fueran ellos, o la gente que se toma selfies bendecidas y afortunadas exhibiendo sus pares de razones.
El fin está cerca, y no sólo porque ahora dejar en visto sea causa de pena de muerte, en realidad estamos en un cambio social y mental que nos obliga a adaptarnos o a morir, como decía Darwin. Criticamos a nuestros papás por tener mentalidades de empleados, pero nosotros nos obsesionamos con estudiar para hacer plata y ser libres, y terminamos con un grillete oficinista en forma de carné que nos obliga a cumplir horario a cambio de unas monedas. Antes se descrestaban con cosas que ahora nos resultas estúpidas, pero ahora nos quedamos con la boca abierta con cualquier meme, citado por algún noticiero como noticia real.
Cada vez es más difícil destacar en lo que sabemos hacer, y esas son cosas que uno no aprende en la academia sino tirándose una que otra materia en la universidad de la vida. Para mí, el fin ha estado cerca desde que me bautizaron como “Chespiritólogo” y trapearon el piso conmigo los trolles, cosa que, debo aceptarlo, me llevó a reflexionar de la necesidad de vivir esta era al máximo y de aprovechar cada cuarto de hora que se tenga.
Son muchas las razones para afirmar con certeza que el fin está cerca. Y más que un jipi con un cartel y una campana pregonándolo, hay que ver cómo lo que resta es rastrear que detrás de la onda zombi, la comida transgénica y el reggaeton cristiano hay una conspiración para hacernos creer que el apocalipsis se avecina. Y es raro, porque sigue sin pasar. Para mí, el fin del mundo es cuando uno decide rendirse y dejar de luchar, de pelear por lo que quiere y desea, y no se trata de esperar que se abra la tierra y nos trague, más bien de nosotros salir a comernos el mundo. Termino confesando que jamás pude ver el bendito vestido negro y azul. Espero no condenarme por eso.
Publicado en la Revista Mallpocket del mes de Mayo de 2015
jueves, 11 de septiembre de 2014
Sin Facebook
En la infancia, le tuve miedo a la oscuridad, al ropavejero y, aunque nadie me lo crea, a los perros rabiosos. Le tuve pánico a la canción de Los Victorinos, al opening de un programa llamado Monstruos, a la soledad y a Marilyn Manson. Todo eso lo vencí con ayuda de un vaquero cristiano del quien aprendí que el miedo hay que expulsarlo y no ocultarlo detrás de valentías infantiles, porque cuando uno crece se da cuenta que lo que no hizo de niño difícilmente resolverá de grande.
Pero los miedos nos acompañan en todas las etapas de la vida. Ahora le tengo miedo a que me chucen (el cuerpo en un callejón y las comunicaciones en un correo), a que me clonen las tarjetas, a un mal gobernante y a que me toque hablar de lo que no sé, porque eso sí que es puro irrespeto. Pero el peor de todos mis miedos contemporáneos ha sido desaparecer de las redes sociales, específicamente de Facebook, nuestra amada vitrina de vanidad.
No vengo a hablar de teorías sociales sobre eso, porque ya todo está casi dicho. Cuando decidí cerrar Facebook, en un acto de emancipación personal, me tuve que enfrentar a correos y llamadas (las que ya nadie hace) de amigos y conocidos intrigados, casi alarmados por mi desaparición digital. Que si estaba deprimido, que si stalkeando había visto algo indebido, que si los había bloqueado y por qué. A todos les contesté lo mismo: lo cerré porque nunca antes lo había hecho, básicamente por miedo.
Facebook me consumía mucho tiempo, y no está mal, porque de hecho perder el tiempo es sano; solo que llegó un punto en el que me sentí tan sobrevalorado que me aterré. Sufría cada vez que me agregaba algún desconocido, porque tras revisar los amigos en común, confirmaba que tal vez nos habíamos cruzado por la calle y jamás me di ni por enterado. Tengo mucho corazón como para no aceptar las solicitudes, porque en el fondo soy una madre que no quiere generar raíces de rechazo en nadie.
La vaina es que no tener Facebook en estos tiempos francamente es una estupidez, pues el tema ya no es solo socialización, sino de sobrevivencia. Un estudio ha demostrado que uno de cada diez jóvenes ha sido rechazado para un trabajo debido a su perfil en las redes sociales, y ese panorama no es alentador con quienes intentamos escapar del caché de Zuckerberg, porque no hay cómo rechazar a quien ha desaparecido.
No vengo a montarla de emancipado que ve a todos como entes alienados por el sistema, ni mucho menos. Cada quién puede hacer con sus redes lo que le venga en gana, solo que en mi caso me di cuenta de lo obsesionado que puedo llegar a ser con ciertos temas, al punto de preferir evitar andar en la palestra pública, contándole a personas lo que pienso, las cosas que hago o mostrando lo íntimo cuando en el futuro me arrepentiré de eso. No soy la gran cosa, pero de ahí a que muchas personas se enteren hay una gran diferencia.
Los miedos hay que enfrentarlos, no sepultarlos creyendo que debajo del tapete se pudrirán y desaparecerán. Ahora me siento menos informado de las vidas de muchos, pero un tanto más libre de preguntar lo que me interesa a quienes me interesan, los mismos que sabrán dónde ubicarme mientras me doy una vuelta por el universo, desintoxicándome de likes, invitaciones a jugar Candy Crush y chats privados que generalmente conviene nunca contestar.
Pero los miedos nos acompañan en todas las etapas de la vida. Ahora le tengo miedo a que me chucen (el cuerpo en un callejón y las comunicaciones en un correo), a que me clonen las tarjetas, a un mal gobernante y a que me toque hablar de lo que no sé, porque eso sí que es puro irrespeto. Pero el peor de todos mis miedos contemporáneos ha sido desaparecer de las redes sociales, específicamente de Facebook, nuestra amada vitrina de vanidad.
No vengo a hablar de teorías sociales sobre eso, porque ya todo está casi dicho. Cuando decidí cerrar Facebook, en un acto de emancipación personal, me tuve que enfrentar a correos y llamadas (las que ya nadie hace) de amigos y conocidos intrigados, casi alarmados por mi desaparición digital. Que si estaba deprimido, que si stalkeando había visto algo indebido, que si los había bloqueado y por qué. A todos les contesté lo mismo: lo cerré porque nunca antes lo había hecho, básicamente por miedo.
Facebook me consumía mucho tiempo, y no está mal, porque de hecho perder el tiempo es sano; solo que llegó un punto en el que me sentí tan sobrevalorado que me aterré. Sufría cada vez que me agregaba algún desconocido, porque tras revisar los amigos en común, confirmaba que tal vez nos habíamos cruzado por la calle y jamás me di ni por enterado. Tengo mucho corazón como para no aceptar las solicitudes, porque en el fondo soy una madre que no quiere generar raíces de rechazo en nadie.
La vaina es que no tener Facebook en estos tiempos francamente es una estupidez, pues el tema ya no es solo socialización, sino de sobrevivencia. Un estudio ha demostrado que uno de cada diez jóvenes ha sido rechazado para un trabajo debido a su perfil en las redes sociales, y ese panorama no es alentador con quienes intentamos escapar del caché de Zuckerberg, porque no hay cómo rechazar a quien ha desaparecido.
No vengo a montarla de emancipado que ve a todos como entes alienados por el sistema, ni mucho menos. Cada quién puede hacer con sus redes lo que le venga en gana, solo que en mi caso me di cuenta de lo obsesionado que puedo llegar a ser con ciertos temas, al punto de preferir evitar andar en la palestra pública, contándole a personas lo que pienso, las cosas que hago o mostrando lo íntimo cuando en el futuro me arrepentiré de eso. No soy la gran cosa, pero de ahí a que muchas personas se enteren hay una gran diferencia.
Los miedos hay que enfrentarlos, no sepultarlos creyendo que debajo del tapete se pudrirán y desaparecerán. Ahora me siento menos informado de las vidas de muchos, pero un tanto más libre de preguntar lo que me interesa a quienes me interesan, los mismos que sabrán dónde ubicarme mientras me doy una vuelta por el universo, desintoxicándome de likes, invitaciones a jugar Candy Crush y chats privados que generalmente conviene nunca contestar.
martes, 8 de julio de 2014
Mediocridad
Hay días en que no quiero dar más, en que disfruto alzar la frente y gritarle al mundo entero que 'me eché a las petacas', bella expresión que junto a 'con todo respeto', resumen para mí la esencia de muchos de nosotros, colombianos que ahora adoramos a Pékerman cuando antes ni nos importaba la tricolor. No es un reproche, de hecho voy lunes en esta perorata; sólo me gusta pensar mediocremente, sin mucha profundidad.
A veces hace falta liberar el pequeño surrealista que habita en la cabeza, el responsable de ideas chistosas pero también de la procastinación, término que uno utiliza cuando sabe lo que hace, porque quienes ven de afuera simplemente le llamarían 'vagancia'. Pero no, porque en esta era uno necesita aprender a desfogar la energía creativa perdiendo el tiempo con total sanidad.
Por eso paro el trabajo de escribir para simplemente mirar al techo, revisar Facebook, responder en Twitter, seguir cualquier link que me presenten, salir a dar una vuelta. Es un placer aprender a procastinar, porque sin esas pausas uno viviría más abrumado y fregado de pensamiento, creyéndose que la vida es trabajar y entregar cuando también es ver fútbol con tranquilidad.
Pero esto lo aprendí de grande, porque en el sistema académico dominico que crecí, que para mí traduce 'Coco' (corrosivo y coersivo), me abrochaban con castigos y reprimendas cuando me distraía. Esos curas no sabían que mi fortaleza estaba justamente ahí, en no prestarle atención a las clases con fórmulas y exactitudes por andar pensando en historias para el fin de semana.
A veces me gusta la mediocridad, porque es una manera de confiarle al destino, al azar, al hipismo o al mismo Dios que las cosas se han de solucionar sin mi intervención. Cuando escribo mediocre, es porque en el fondo espero que todo se solucione solo, ya no desde lo que plasmo, sino desde cómo la gente lo apropia en su cabeza, ojalá con la misma mediocridad con la que fue escrito.
Es que la presión de permanecer descrestando desgasta mucho. Me siento como árbol de olivo al que le quieren sacar el aceite bajo presiones extremas, y es un privilegio; pero cuando uno ha pasado la mayoría de la vida navegando armónicamente gracias al talento natural, llegar a volverse profesional hace que cada palabra que se escribe compruebe que se puede vivir de eso, que cada artículo, línea o tuit se vuelven referentes de qué tan buen escritor se es, y nadie espera que se haga algo de menor categoría.
Por eso, ahora como que me dan ganas de demorarme más escribiendo, como una forma de seguir siendo bueno de puertas para adentro y no exponer lo mediocre que en realidad puedo llegar a ser. En el fondo, uno escribe con miedo a que alguien tome una lupa y con detalle se fije en lo incompetente e impostor que es, porque uno se conoce y sabe que aunque la cancha esté despejada, para anotar se requiere de talento, y ese a veces no viene ni con mucha disciplina. Por eso avalo la procastinación, porque es la excusa perfecta para no triunfar.
A veces hace falta liberar el pequeño surrealista que habita en la cabeza, el responsable de ideas chistosas pero también de la procastinación, término que uno utiliza cuando sabe lo que hace, porque quienes ven de afuera simplemente le llamarían 'vagancia'. Pero no, porque en esta era uno necesita aprender a desfogar la energía creativa perdiendo el tiempo con total sanidad.
Por eso paro el trabajo de escribir para simplemente mirar al techo, revisar Facebook, responder en Twitter, seguir cualquier link que me presenten, salir a dar una vuelta. Es un placer aprender a procastinar, porque sin esas pausas uno viviría más abrumado y fregado de pensamiento, creyéndose que la vida es trabajar y entregar cuando también es ver fútbol con tranquilidad.
Pero esto lo aprendí de grande, porque en el sistema académico dominico que crecí, que para mí traduce 'Coco' (corrosivo y coersivo), me abrochaban con castigos y reprimendas cuando me distraía. Esos curas no sabían que mi fortaleza estaba justamente ahí, en no prestarle atención a las clases con fórmulas y exactitudes por andar pensando en historias para el fin de semana.
A veces me gusta la mediocridad, porque es una manera de confiarle al destino, al azar, al hipismo o al mismo Dios que las cosas se han de solucionar sin mi intervención. Cuando escribo mediocre, es porque en el fondo espero que todo se solucione solo, ya no desde lo que plasmo, sino desde cómo la gente lo apropia en su cabeza, ojalá con la misma mediocridad con la que fue escrito.
Es que la presión de permanecer descrestando desgasta mucho. Me siento como árbol de olivo al que le quieren sacar el aceite bajo presiones extremas, y es un privilegio; pero cuando uno ha pasado la mayoría de la vida navegando armónicamente gracias al talento natural, llegar a volverse profesional hace que cada palabra que se escribe compruebe que se puede vivir de eso, que cada artículo, línea o tuit se vuelven referentes de qué tan buen escritor se es, y nadie espera que se haga algo de menor categoría.
Por eso, ahora como que me dan ganas de demorarme más escribiendo, como una forma de seguir siendo bueno de puertas para adentro y no exponer lo mediocre que en realidad puedo llegar a ser. En el fondo, uno escribe con miedo a que alguien tome una lupa y con detalle se fije en lo incompetente e impostor que es, porque uno se conoce y sabe que aunque la cancha esté despejada, para anotar se requiere de talento, y ese a veces no viene ni con mucha disciplina. Por eso avalo la procastinación, porque es la excusa perfecta para no triunfar.
martes, 27 de agosto de 2013
La ex-cremento
De un tiempo para acá, empecé a recibir noticias de mis ex-es. Sí, a pesar de mi consagración absoluta a la comunidad Jedi de La Castellana, tuve mis deslices y resbalones con una que otra amiga política, vecina de pupitre o referencia local de modelo ochentero. Eso de que a lo que más se le teme llega es verdad, porque ahora a todas mis heces (no me sobrestimen, que contándolas no superan los dedos de una mano), les dio por cristianizarse, por cambiar su vida y enderezar el caminado, cuando para mí lo mejor que pudo pasarme fue dejarlas ir.
Ahora les dio por agregarme de nuevo a Facebook, por intentar acercarse para simplemente ser amigos en la fe, pero si algo aprendí de Friends es que uno no puede ser amigo de una ex, ni debería caerle a la ex de un amigo, y del mismo modo en el sentido contrario. De cualquier manera, esta no es una entrada para teens pagada por la Revista Tú, sólo que es curioso el fenómeno amnésico del cristiano promedio, ese que demanda dinamitar los recuerdos, quemar los barcos y destruir cualquier puente hacia la vida pasada.
No me someto a regresiones ni mucho menos (como cree la chusma), pero si somos honestos, nadie quiere que le recuerden sus peores decisiones. Una de ellas me mandó un mensaje por Facebook y me contó un resumen de su vida, casi como si necesitara que me rindiera cuentas. Me dijo que ahora que estaba en la Iglesia entendía muchas cosas, que comprendía las razones que le di para tomar distancia en aquellas épocas. Hasta contó que terminó con el novio posterior a mí, aludiendo a su nuevo estatus en el mercado del usado. No le respondí nada para no ser grosero.
Otra de este clan me contactó por Facebook (otra vez esta vitrina de vanidad) y me envió una solicitud de amistad que a la fecha no he sido capaz de aceptar, tal vez en un intento de dejar las cosas en su lugar, de embalsamar la momia y dejarla podrir en el olvido que seremos. Lo curioso es que meses después tuve que encontrármela de frente, y como ahora estoy en tono de arreglar el pasado, acepté saludarla por su segundo nombre, ese que quedó sepultado en el pasado para darle vida al primero, el de su nueva vida.
Aunque la charla no duró más de 38 segundos y contadas 10 milésimas, me sentí inmundo cuando me dijo que gracias a mí había conocido de Jesús, que eso le cambió la vida por completo. Para mí, ella es un simple píxel que recalentó el sistema y produjo error, pero para ella fue el paso trascendental hacia la cruz. Me fui caminando y pensando en una frase de esas que no se me olvidan y promulgo a manera de dato coctelero para impresionar: la ex es excremento. Se dice y es chistoso, pero se escribe y es insensible, porque nadie es desecho de ningún otro, ni nada parece suceder por error.
A veces nos damos muy duro por las excrementadas del pasado, pero de nada sirve hacerse el loco, seguir derecho o fingir demencia ante el presente. Es verdad que la idea es no mirar por el retrovisor, pero a veces escarbando en esos desechos se puede evidenciar la necesidad de depender de Dios ahora que supuestamente se va a comer bien.
Ahora les dio por agregarme de nuevo a Facebook, por intentar acercarse para simplemente ser amigos en la fe, pero si algo aprendí de Friends es que uno no puede ser amigo de una ex, ni debería caerle a la ex de un amigo, y del mismo modo en el sentido contrario. De cualquier manera, esta no es una entrada para teens pagada por la Revista Tú, sólo que es curioso el fenómeno amnésico del cristiano promedio, ese que demanda dinamitar los recuerdos, quemar los barcos y destruir cualquier puente hacia la vida pasada.
No me someto a regresiones ni mucho menos (como cree la chusma), pero si somos honestos, nadie quiere que le recuerden sus peores decisiones. Una de ellas me mandó un mensaje por Facebook y me contó un resumen de su vida, casi como si necesitara que me rindiera cuentas. Me dijo que ahora que estaba en la Iglesia entendía muchas cosas, que comprendía las razones que le di para tomar distancia en aquellas épocas. Hasta contó que terminó con el novio posterior a mí, aludiendo a su nuevo estatus en el mercado del usado. No le respondí nada para no ser grosero.
Otra de este clan me contactó por Facebook (otra vez esta vitrina de vanidad) y me envió una solicitud de amistad que a la fecha no he sido capaz de aceptar, tal vez en un intento de dejar las cosas en su lugar, de embalsamar la momia y dejarla podrir en el olvido que seremos. Lo curioso es que meses después tuve que encontrármela de frente, y como ahora estoy en tono de arreglar el pasado, acepté saludarla por su segundo nombre, ese que quedó sepultado en el pasado para darle vida al primero, el de su nueva vida.
Aunque la charla no duró más de 38 segundos y contadas 10 milésimas, me sentí inmundo cuando me dijo que gracias a mí había conocido de Jesús, que eso le cambió la vida por completo. Para mí, ella es un simple píxel que recalentó el sistema y produjo error, pero para ella fue el paso trascendental hacia la cruz. Me fui caminando y pensando en una frase de esas que no se me olvidan y promulgo a manera de dato coctelero para impresionar: la ex es excremento. Se dice y es chistoso, pero se escribe y es insensible, porque nadie es desecho de ningún otro, ni nada parece suceder por error.
A veces nos damos muy duro por las excrementadas del pasado, pero de nada sirve hacerse el loco, seguir derecho o fingir demencia ante el presente. Es verdad que la idea es no mirar por el retrovisor, pero a veces escarbando en esos desechos se puede evidenciar la necesidad de depender de Dios ahora que supuestamente se va a comer bien.
miércoles, 21 de agosto de 2013
Mala memoria
Con el pasar del tiempo empiezo a sentir que mis súper poderes tradicionales están en proceso de reinvención. Ya conté que desde que me visitó la gastroenteritis no puedo volver a ser el pollo finquero de siempre; pero ahora tengo otro problema, y es que estoy perdiendo la memoria. No hablo de andar ocupado pensando en otras cosas, ni de frases mañé como esa que el infiel promedio reza: los caballeros no tienen memoria. Hablo de la amnesia temporal, del inexplicable borrón de recuerdos colectivos sin razón.
Hace mucho tiempo empecé a sospecharlo, pero preferí olvidarlo también. Creí que era la maduración de mi ya conocida memorización selectiva, que en pocas palabras traduce que me acuerdo de lo que quiero y ya. Me afecta, porque uno va por la vida construyendo recuerdos con las personas, quienes los atesoran y guardan en sus memorias, pero para mí ni siquiera son episodios borrosos, sino inexistentes.
Me di cuenta de esto hace unos años, cuando me encontré con gente del colegio que fielmente me recordaba las travesuras y demás matoneo que perpetré. No me acuerdo de nada. Después vinieron los encuentros con la gente de la universidad, donde más o menos guardo en mi cabeza colores y pantallazos con los colores de Facebook, pero nada concreto.
Lo confirmé hace un par de meses, cuando una amiga me recordó que comimos chocorramo en un parque. Para mí sigue siendo un enigma. Luego estuve en un cumpleaños, donde todos recordaban con claridad lo que sucedió el año inmediatamente anterior, pero a mí me costó mucho trabajo. También me pasa cuando me reencuentro con personas y en conversaciones sacan a colación supuestas frases mías de otras épocas, diciendo que las aprendieron y oyeron de mi propia boca. Quisiera que los que aprendieron algo de mí vinieran y me lo enseñaran de nuevo, porque ahora hasta lo aprendido está embolatado.
Ahora soy un homenaje al protagonista de Memento: vivo con una agenda escribiéndolo todo. Y cuando no la tengo a la mano, tuiteo. Y cuando me recuerdan recuerdos, redundantes para ellos pero frescos para mí, solo puedo quedarme callado, pensando en que tengo que escribirlo todo. Ahí recuerdo que por eso empecé este hijo bobo al que llamo blog, para que no se me olvide la razón de por qué hago lo que hago, pero hay cosas que prefiero dejar ir, como ciertos elementos del pasado, o sea de ayer.
Es duro, pero tengo memoria de protagonista de programa unitario: no tengo continuidad, resuelvo los problemas en cada capítulo y al siguiente sigo como si nada, confiando en que el guion no me va a llevar a repetir algo que ya vieron todos pero yo olvidé. Me da tristeza, porque quisiera seguir siendo ese vademécum de sabiduría pop cristiana, pero el cerebro parece no darme para tanto.
Me acuerdo (aunque no tengo derecho a usar este verbo) de Funes el Memorioso, quien no olvidaba nada. Quisiera tener una cabeza así, con una mente envidiable. Luego recuerdo al tipo de Una mente brillante y pienso que es mucha responsabilidad. Avanzo, trato de atar cabos y concluyo que de meterle tanta información a la cabeza sólo queda la amnesia, cuando el sistema se atrofia para beneficio propio.
Suena contradictorio, pero es real. Tan solo recuerdo que alguna vez le pedí a Dios que me ayudara a dejar el orgullo, a dejar de alardear de mis logros y a perdonar a los que me lastimaron. Parece que su respuesta llegó en forma de mala memoria, la misma que Él usó para olvidar mis malos ratos y que me dio para avanzar en la vida.
Hace mucho tiempo empecé a sospecharlo, pero preferí olvidarlo también. Creí que era la maduración de mi ya conocida memorización selectiva, que en pocas palabras traduce que me acuerdo de lo que quiero y ya. Me afecta, porque uno va por la vida construyendo recuerdos con las personas, quienes los atesoran y guardan en sus memorias, pero para mí ni siquiera son episodios borrosos, sino inexistentes.
Me di cuenta de esto hace unos años, cuando me encontré con gente del colegio que fielmente me recordaba las travesuras y demás matoneo que perpetré. No me acuerdo de nada. Después vinieron los encuentros con la gente de la universidad, donde más o menos guardo en mi cabeza colores y pantallazos con los colores de Facebook, pero nada concreto.
Lo confirmé hace un par de meses, cuando una amiga me recordó que comimos chocorramo en un parque. Para mí sigue siendo un enigma. Luego estuve en un cumpleaños, donde todos recordaban con claridad lo que sucedió el año inmediatamente anterior, pero a mí me costó mucho trabajo. También me pasa cuando me reencuentro con personas y en conversaciones sacan a colación supuestas frases mías de otras épocas, diciendo que las aprendieron y oyeron de mi propia boca. Quisiera que los que aprendieron algo de mí vinieran y me lo enseñaran de nuevo, porque ahora hasta lo aprendido está embolatado.
Ahora soy un homenaje al protagonista de Memento: vivo con una agenda escribiéndolo todo. Y cuando no la tengo a la mano, tuiteo. Y cuando me recuerdan recuerdos, redundantes para ellos pero frescos para mí, solo puedo quedarme callado, pensando en que tengo que escribirlo todo. Ahí recuerdo que por eso empecé este hijo bobo al que llamo blog, para que no se me olvide la razón de por qué hago lo que hago, pero hay cosas que prefiero dejar ir, como ciertos elementos del pasado, o sea de ayer.
Es duro, pero tengo memoria de protagonista de programa unitario: no tengo continuidad, resuelvo los problemas en cada capítulo y al siguiente sigo como si nada, confiando en que el guion no me va a llevar a repetir algo que ya vieron todos pero yo olvidé. Me da tristeza, porque quisiera seguir siendo ese vademécum de sabiduría pop cristiana, pero el cerebro parece no darme para tanto.
Suena contradictorio, pero es real. Tan solo recuerdo que alguna vez le pedí a Dios que me ayudara a dejar el orgullo, a dejar de alardear de mis logros y a perdonar a los que me lastimaron. Parece que su respuesta llegó en forma de mala memoria, la misma que Él usó para olvidar mis malos ratos y que me dio para avanzar en la vida.
miércoles, 26 de diciembre de 2012
Problemas técnicos
Últimamente entro a Facebook solo para terminar saliendo ciego de ira. Veo noticias de gente cercana, leo en esas notificaciones que están felices, que su vida cada día es más rechinante, que encontraron el amor y perdieron el respeto (tal cual como Dios manda). No me quejo: este agonizante 2012 ha sido el mejor año de mi historia, pero igual me hierve la sangre la alegría digital del prójimo, su sobradez y status quo tan opuesto al mío, que parece una temporada larga de Sábados Felices.
Así es: experimento problemas técnicos. Tengo unas neuronas programadas a pensar lo bueno y lo honesto, así que lucho cuando en flashes forward me veo desde un campanario descargando una M82 sobre las cabezas de quienes viven en una felicidad instagramera, de aquellos que postean su comida, amaneceres o atardeceres, versículos bíblicos, anillos de compromiso, pedidas de mano y demás material que al parecer los hace superiores que el resto de los mortales. No los envidio ni me les amilano, en serio, solo que detesto esa vida plástica que vendemos a través de las redes sociales. Vendemos, me incluyo, porque aunque no tengo Instagram, uso Twitter y hasta Facebook como inyecciones inflamatorias al ego.
Ya veo lo que dicen sus ojos, oh amados caba-ñeros y caba-ñeras, que soy un resentido social, que vaya y me desahogue donde me toca, que no publique estas cosas que a nadie más le interesan, que además de Olafo y paticortico ahora resulté creyéndome de mejor familia, que brincos diera, que tengo hambre. Ignoren lo que sus cabezas dicen de mí. No hagan caso, son rumores, son rumores. Lo cierto es que hasta mi propia familia extendida ha optado por dejarme ir, como si promulgar un cristianismo cotidiano fuera una epidemia de proporciones bíblicas. Y mis camaradas también, pues parece que pensar diferente es autoexcluírse de los rituales que se supone nos unifican.
Esa bendita maña social de querer hacer parte de todo, de ser el punto de quiebre de muchas vidas, de entregar el corazón y la vida a extraños en la calle es desgastante. A eso le llamo problemas técnicos: ese desbalance real basado en la 2.0, esa sensación mamerta y comparativa de incomodarse gratamente con quienes hacen su vida a pesar de uno.
Termino el que ha sido el mejor año de mi vida al estilo de una curva dramática. Empecé 2012 en una playa, con el corazón oliendo a coco y piña y bajo la linda bruma de una ilusión onírica; naturalmente lo termino con todo lo opuesto: sentado en una oficina, con el pelo aplastado y el bigote resoplando fruto de una sensación que todavía no logro identificar. No es rabia, no es ira, tal vez es una suerte de frustración depresiva parecida a la que enfrentó el profeta Elías: he guerreado con valentía y he vencido en las mejores plazas, pero adentro me siento en la lona, con un deseo de escapar, de hacer que todo arda o en su defecto explote.
Tenía otras expectativas de la resolución de estos 365 días de cyberpunk divino, pero no puedo negar que si algo aprendí este año es que el secreto está en enfrentar la vida a pesar de los problemas técnicos. Me le he fugado a la candela muchas veces, me he empapado las rodillas con Isodine y limpiado los ojos con colirio desde que tengo memoria espiritual; me le he medido a sendos cocodrilos siendo un pequeño gato de basurero como para que ahora una cueva me encarcele y acabe. No me siento ni en ventaja o desventaja por contar que hay algo en mí que todavía no termina de ajustarse, pues también creo que la fe no es solo hablar "positivamente", sino hablar con inteligencia, con la conciencia puesta en el cielo y la mirada puesta en la cruz.
Esto me ha llevado a tomar una decisión: este 2013 habrá cambio de mando. No sé ustedes, pero yo me mamé de ser testigo, cómplice y hasta celestino de las historias de otros. Es verdad que me gusta ayudar a que muchos encuentren el propósito de su vida, su camino y destino; pero como dijo mi papá cuando descubrimos que tenía amante: ¿Y dónde quedo yo? No iré a buscarme una oficinista que me acepte una invitación a comer Pollo en la Primera de Mayo ni mucho menos; solo sé que me iré, saltaré, volaré, oh-oh, cantaré, oh-oh-oh-oh. Haré algo más con mi vida que contemplar cómo los sueños de otros se cumplen, con o sin mí.
Aquí estoy, diciendo adiós con la última entrada del año, parafraseando a Dante Gebel, haciendo mi versión libre de algún Salmo, elevando una plegaria en la cual solo pido ser libre de aquel en quien no confío, el que siempre me traiciona, el que me falla por tener mal instinto y se esmera en hacerme presa de sus malas intenciones. Pido ser libre de mí mismo.
Así es: experimento problemas técnicos. Tengo unas neuronas programadas a pensar lo bueno y lo honesto, así que lucho cuando en flashes forward me veo desde un campanario descargando una M82 sobre las cabezas de quienes viven en una felicidad instagramera, de aquellos que postean su comida, amaneceres o atardeceres, versículos bíblicos, anillos de compromiso, pedidas de mano y demás material que al parecer los hace superiores que el resto de los mortales. No los envidio ni me les amilano, en serio, solo que detesto esa vida plástica que vendemos a través de las redes sociales. Vendemos, me incluyo, porque aunque no tengo Instagram, uso Twitter y hasta Facebook como inyecciones inflamatorias al ego.
Ya veo lo que dicen sus ojos, oh amados caba-ñeros y caba-ñeras, que soy un resentido social, que vaya y me desahogue donde me toca, que no publique estas cosas que a nadie más le interesan, que además de Olafo y paticortico ahora resulté creyéndome de mejor familia, que brincos diera, que tengo hambre. Ignoren lo que sus cabezas dicen de mí. No hagan caso, son rumores, son rumores. Lo cierto es que hasta mi propia familia extendida ha optado por dejarme ir, como si promulgar un cristianismo cotidiano fuera una epidemia de proporciones bíblicas. Y mis camaradas también, pues parece que pensar diferente es autoexcluírse de los rituales que se supone nos unifican.
Esa bendita maña social de querer hacer parte de todo, de ser el punto de quiebre de muchas vidas, de entregar el corazón y la vida a extraños en la calle es desgastante. A eso le llamo problemas técnicos: ese desbalance real basado en la 2.0, esa sensación mamerta y comparativa de incomodarse gratamente con quienes hacen su vida a pesar de uno.
Termino el que ha sido el mejor año de mi vida al estilo de una curva dramática. Empecé 2012 en una playa, con el corazón oliendo a coco y piña y bajo la linda bruma de una ilusión onírica; naturalmente lo termino con todo lo opuesto: sentado en una oficina, con el pelo aplastado y el bigote resoplando fruto de una sensación que todavía no logro identificar. No es rabia, no es ira, tal vez es una suerte de frustración depresiva parecida a la que enfrentó el profeta Elías: he guerreado con valentía y he vencido en las mejores plazas, pero adentro me siento en la lona, con un deseo de escapar, de hacer que todo arda o en su defecto explote.
Tenía otras expectativas de la resolución de estos 365 días de cyberpunk divino, pero no puedo negar que si algo aprendí este año es que el secreto está en enfrentar la vida a pesar de los problemas técnicos. Me le he fugado a la candela muchas veces, me he empapado las rodillas con Isodine y limpiado los ojos con colirio desde que tengo memoria espiritual; me le he medido a sendos cocodrilos siendo un pequeño gato de basurero como para que ahora una cueva me encarcele y acabe. No me siento ni en ventaja o desventaja por contar que hay algo en mí que todavía no termina de ajustarse, pues también creo que la fe no es solo hablar "positivamente", sino hablar con inteligencia, con la conciencia puesta en el cielo y la mirada puesta en la cruz.
Esto me ha llevado a tomar una decisión: este 2013 habrá cambio de mando. No sé ustedes, pero yo me mamé de ser testigo, cómplice y hasta celestino de las historias de otros. Es verdad que me gusta ayudar a que muchos encuentren el propósito de su vida, su camino y destino; pero como dijo mi papá cuando descubrimos que tenía amante: ¿Y dónde quedo yo? No iré a buscarme una oficinista que me acepte una invitación a comer Pollo en la Primera de Mayo ni mucho menos; solo sé que me iré, saltaré, volaré, oh-oh, cantaré, oh-oh-oh-oh. Haré algo más con mi vida que contemplar cómo los sueños de otros se cumplen, con o sin mí.
Aquí estoy, diciendo adiós con la última entrada del año, parafraseando a Dante Gebel, haciendo mi versión libre de algún Salmo, elevando una plegaria en la cual solo pido ser libre de aquel en quien no confío, el que siempre me traiciona, el que me falla por tener mal instinto y se esmera en hacerme presa de sus malas intenciones. Pido ser libre de mí mismo.
@benditoavila
miércoles, 25 de abril de 2012
Cultura cabañera
Ya ni me acuerdo cuándo fue la última vez que escribí algo dirigido a ustedes, oh amados cabañeros y cabañeras. Reconozco que los he tenido muy olvidados, pues le he dado rienda suelta a la vida capitalista, que es la que paga el Icetex, el Telmex y demás cuotax pendientex. Esa es la verdad, La Fiebre de las Cabañas, otro blog sobrevalorado, es mi forma de dejar plasmado lo que se me ocurre en determinados momentos de la vida, no una forma creativa de lucro. Yo escribo porque quise, a mí no me pagaron. Aunque vivo de escribir para otras plataformas comunicativas, hay días en que no quisiera plasmar ni una letra más.
Hago estas salvedades como cuando en los programas de Chespirito quitaron las risas enlatadas "por respeto al público". Ustedes me merecen respeto, aunque no lo crean. Tal vez no sepa si tienen blog, si son príncipes azules o embajadores del averno, pero me leen y como tal debería cuidarlos, o por lo menos no ofenderlos. Aunque no me interesan muchas de sus vidas, debo confesar que sus ideas sí. Esa es la cultura cabañera, módulo educativo con amplia adaptabilidad para oficinistas, universitarios, tuiteros y los demás nichos que me han hecho llegar reportes QSL de lectura.
Después del saludo emotivo, prosigo a dejar clara otra de mis pretensiones bloggeras: el ejercicio de pensamiento. Sin rayar en que todos se vuelvan cerebritos de alto coeficiente intelectual, escribo para que muchos aterricen su fe con elementos racionales. Me esfuerzo para que muchos conozcan a Jesús a pesar de mí, de mi visión corroída de algunos temas y de mis múltiples prejuicios. Sueño con el día en que la gente busque a los cristianos para pedirles no solo consejos para llevar la tusa, sino también para hacerles consultas laborales de todo tipo, pues estos han demostrado ser una raza diferente, una raza contra el viento.
Nunca he buscado que ustedes se parezcan a mí, ni mucho menos que se identifiquen conmigo. Quiero que cada uno recorra su camino propio, descubra su propósito y atienda a cumplirlo. No me interesa que les guste Chespirito, Rescate o el ajiaco tanto como a mí. Tal vez es por eso que me gusta la relación anónima que uno genera con el grupo de lectores que tiene, porque les garantizo que si encuentro a muchos de ustedes en la calle los trataré igual a que si no los conociera. Esa es la cultura cabañera: más intelecto y menos físico, más Twitter y menos Facebook.
Si existe este blog no es para armarme un trono intelectual, más bien es mi propio ascenso al cadalso: me la juego por plasmar cosas inexistentes que prometen cobrar vida mientras ustedes creen que es una comedia. Hoy una vez más decido comprometerme a aportarles, divertirles, ofenderles -en caso de emergencia-, sacudirles y sobre todo edificarles con pasión, porque sin pasión ni se puede amar a Dios ni mucho menos escribir.
No es más por ahora. Me despido recordándoles que si me preguntaran a quién salvaría en un incendio, si a un animal o a una pintura cara, no salvaría a ninguno porque me gusta ver las cosas arder.
@benditoavila
Hago estas salvedades como cuando en los programas de Chespirito quitaron las risas enlatadas "por respeto al público". Ustedes me merecen respeto, aunque no lo crean. Tal vez no sepa si tienen blog, si son príncipes azules o embajadores del averno, pero me leen y como tal debería cuidarlos, o por lo menos no ofenderlos. Aunque no me interesan muchas de sus vidas, debo confesar que sus ideas sí. Esa es la cultura cabañera, módulo educativo con amplia adaptabilidad para oficinistas, universitarios, tuiteros y los demás nichos que me han hecho llegar reportes QSL de lectura.
Después del saludo emotivo, prosigo a dejar clara otra de mis pretensiones bloggeras: el ejercicio de pensamiento. Sin rayar en que todos se vuelvan cerebritos de alto coeficiente intelectual, escribo para que muchos aterricen su fe con elementos racionales. Me esfuerzo para que muchos conozcan a Jesús a pesar de mí, de mi visión corroída de algunos temas y de mis múltiples prejuicios. Sueño con el día en que la gente busque a los cristianos para pedirles no solo consejos para llevar la tusa, sino también para hacerles consultas laborales de todo tipo, pues estos han demostrado ser una raza diferente, una raza contra el viento.
Nunca he buscado que ustedes se parezcan a mí, ni mucho menos que se identifiquen conmigo. Quiero que cada uno recorra su camino propio, descubra su propósito y atienda a cumplirlo. No me interesa que les guste Chespirito, Rescate o el ajiaco tanto como a mí. Tal vez es por eso que me gusta la relación anónima que uno genera con el grupo de lectores que tiene, porque les garantizo que si encuentro a muchos de ustedes en la calle los trataré igual a que si no los conociera. Esa es la cultura cabañera: más intelecto y menos físico, más Twitter y menos Facebook.
Si existe este blog no es para armarme un trono intelectual, más bien es mi propio ascenso al cadalso: me la juego por plasmar cosas inexistentes que prometen cobrar vida mientras ustedes creen que es una comedia. Hoy una vez más decido comprometerme a aportarles, divertirles, ofenderles -en caso de emergencia-, sacudirles y sobre todo edificarles con pasión, porque sin pasión ni se puede amar a Dios ni mucho menos escribir.
No es más por ahora. Me despido recordándoles que si me preguntaran a quién salvaría en un incendio, si a un animal o a una pintura cara, no salvaría a ninguno porque me gusta ver las cosas arder.
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