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martes, 15 de septiembre de 2015

Serendipia

Un ingeniero se retiró frustrado de su carrera, pues se imaginaba que detrás de ese título habría justamente ‘ingenio’, cosa que no experimentó en la academia. El hombre caminó frustrado por la calle, hasta que en una fachada de un edificio vio una convocatoria para nuevos empleos. Entró y se encontró con dos filas: una donde se solicitaba productores de televisión y otra, más corta, donde buscaban escritores. Agotado, buscando evitar el rechazo, decidió registrarse en la de escritores.

Estando allí, recordó que él disfrutaba mucho escribir cosas en un pasquín del colegio, y apuntó esa experiencia, que tampoco era la gran cosa. Tiempo después, empezó a escribir anuncios publicitarios, y su trabajo gustó tanto que brincó al cine y luego a la televisión, donde escribió libretos que, por otro error del destino, terminó interpretando él mismo. El protagonista de esta historia se llamaba Roberto Gómez Bolaños, mejor conocido como Chespirito. Alma bendita y paz en su tumba.

Para mí es que es bien difícil no admirar a Don Roberto, mucho más cuando uno conoce esta historia y se da cuenta que la vida es eso, vivir abierto a la verosimilitud de lo imposible, a todas esas probabilidades incontempladas que cuando suceden, cambian el rumbo de la vida para algo bueno. Justamente eso es el error, la posibilidad de cambiar algo cediéndole el control a Dios, el destino, la Fuerza, o como cada uno lo quiera llamar.

Le tememos mucho al fracaso porque en el fondo no queremos equivocarnos. Y por eso la vida nos da tan duro, porque no hemos aprendido que el truco está en aprender a equivocarse cada vez mejor. Error es la definición de humanidad por excelencia, pero vivimos en una era donde embarrarla se castiga con La Picota pública, desconociendo que el aprendizaje proviene justamente del experimento, que de las constantes pruebas es que se desarrollaron inventos ingeniosos como la bombilla, la rueda, o el amor.

Nacemos, crecemos, peleamos, nos arreglamos, nos mantenemos en esas y no aprendemos a usar el Ay exclamativo, que es toda una pena. Pero lo bueno es que al final lo que queda es el recuerdo, esa capacidad humana de sobreponernos ante lo cometido, ya sea aceptar un trabajo inmundo, pagar la primiparada en la universidad, haber nacido o siquiera cometer un adefesio ortográfico.

Pero como para todo hay palabras, existe el concepto ‘Serendipia’, que se relaciona justamente con eso, con aquellos accidentes que terminan produciendo felices resultados. El avance humano justamente parte de esto, de darnos cuenta de que detrás de cada mala decisión puede existir un nuevo hallazgo, una sorpresa abrumante, una solución necesaria.

A esto jugaremos en esta edición, donde equivocarse está permitido y de hecho es casi una ley. Seremos como los de ‘La familia del futuro’, y celebraremos cada defecada suya o nuestra, porque en ella está condensado lo que somos: pura y física de la que sabemos, pero perfumada para no mostrar el hambre. Así que disfrute leyendo estos grandes errores humanos de gente de todo tipo y vaya pensando en el suyo, en el próximo que cometerá, pues ahí está su libertad creativa, emocional y espiritual.

Publicado en la Revista Mallpocket del mes de Septiembre de 2015

martes, 2 de octubre de 2012

Javerianidad

Las mejores y peores cosas de la vida pueden pasar en Transmilenio. Estando allí recibí la llamada cuando me contrataron en mi actual trabajo, me reencontré con amistades de infancia y hasta sufrí diversas penurias tercermundistas. Lo cierto es que pasan cosas, pasa la vida y pasa también la que en mi época javeriana fue la directora de carrera de Comunicación. Comprobé que era ella porque sigue con su pelo corto y colorido, con la misma gracia y amabilidad con la que la recuerdo me saludaba cuando era estudiante.

Como sufro y le tengo un ligero pánico a ciertas convenciones sociales, como el abrazo a la hora de saludar y la lagartería oficinista, le correspondí con respeto y me llevé la sorpresa cuando me saludó de "Quihubo radiofónico Ávila". El tiempo se había inmortalizado y tuve un largo flashback javeriano. Me pregunté cómo hubiera sido haber tenido La Fiebre en épocas de estudios, pues como algunos saben este hijo lindo nació mientras hace dos años esperaba el grado académico y buscaba vencer el síndrome paranoide de estar encerrado sin trabajo, sin grado, sin plata.

Tal vez en esa época hubiera escrito sobre la presión de ser cristiano en una Facultad de Comunicación donde la imagen es más importante que la misma academia. Les hubiera confesado que en primer semestre soñé con poner cartuchos de dinamita en las escaleras o en el Rey León, para llamar la atención de aquellas mentes nubladas que para lo único que usaban sus neuronas era para planear la ruta de salida a Andrés Carne de Res. Me pongo a pensar, y mis escritos narrarían el trauma que tenía de cortarme el pelo, de cómo ganaba plata vendiendo gomas y bon bon bumes, de mi época como programador y locutor en Javeriana Estéreo. Hablaría hasta de mis desviaciones cristianas porque de todo se aprende.

Ese tipo de encuentros con gente de otras épocas de la vida son desincronizantes, porque lo obligan a uno a pensar en el yo de otro tiempo, en el pendenciero, el neurótico y el soñador que ahora que lo veo sigo siendo. Mi problema es que la cabeza me funciona como la de un protagonista de serie gringa: siempre vivo cada temporada desgarradoramente pero se me olvida lo que pasó en las anteriores. Soy producto de lo que antes creía y pensaba, un personaje que si no se adapta termina perdiendo la vida. Tal vez  por eso ahora pienso distinto y defino mi identidad en un nivel en el que veo el Luis Carlos javeriano, tan ingenuo e inexperto que el Luis Carlos errecenístico debería visitarlo, tal cual como lo hizo Cornelius en La Familia del Futuro, o Marty McFly en Volver al futuro.

La directora me hablaba de Ático y hasta se acordaba que ahí tuve mi primer trabajo como monitor de radio. Me contó que todo estaba mejor y que debía visitarlos, aunque sabía que ahora era oficinista televisivo, que había dejado la radio y que debía balancearme en el ritmo de vida propio de un comunicador con tres trabajos. Me felicitó por haber estado en México con la Tesis de Chespirito y justo ahí empecé a notar que sabía muchas cosas de mí, y antes de llevarme a sentirme complacido me aterrorizó. Uno se gradúa de la universidad y la deja ir, pero pareciera que esta sigue con el cordón umbilical además informativo de en qué andamos sus egresados.

Hablamos de los sueldos bajos y me contó que los comunicadores organizacionales siguen ganando hasta el triple de los demás. Le dije que eso no era problema de la universidad, sino del profesional y la forma en que hacía valer su experiencia. Ella sepultó el tema con una frase lapidaria: "La vida es dura y no está como para ser mediocre". Le di las gracias y cambié de bus, porque hay etapas a las que es mejor volver, porque no hay nada más peligroso que la comodidad de lo recorrido.


@benditoavila