Ya dije antes que lo malo de viajar es regresar, principalmente porque uno sabe que no es el mismo que se fue, sino que hay algo internamente en proceso de reajuste. En mi caso, tiene que ver con mi espiritualidad cristiana, la cual debo confesar ha estado fundamentada en el señalamiento fariseo, en buscar a toda costa escoger si ser frío o caliente, blanco o negro, cuando la vida real está tan llena de tibiezas grises que son lo que le dan, curiosamente, clima y color a la existencia.
He vuelto, lleno de cariño, decía Joe Arroyo. Y cito a un cantante secular -oh término tan satánico- para empezar, porque ahora resulta que la relevancia espiritual de las personas se mide por las radicalidades de ultraderecha a las que se sometan. Regreso al ruedo y no pasaron muchos días desde que me bajé del avión para ya estar en boca de personas que cuestionan mi relación con Dios y mi estado espiritual según su propia estructura, y los entiendo, porque es común que la gente juzgue lo que está bien o mal según su aparato mental, esa carta de instrucciones con la que son criados y que difícilmente será renovada a menos que así se quiera.
No sé si sea por haber pasado por Hillsong NYC y Hillsong Buenos Aires -la iglesia favorita de esos mismos que ahora me ven como 'mundano', curiosamente-, pero justamente mi percepción de Dios cambió este año gracias a la convivencia con gente de carne y hueso, que podían estar la noche anterior compartiendo con amigos y hasta bebiendo cerveza -sí, los cristianos internacionales toman-, y al otro día ministrar en la tarima y disfrutar de la reunión dominical sin más extrañeza. Rimó y todo, aunque no era la idea.
Les voy aclarando, caza gazapos y caza fantasmas, que no hice parte de esas "prácticas mundanas", pero sí me impactó pensar que las realidades son mutantes, y que la libertad de obra parte de tener un corazón dispuesto a agradarle a Dios aún a pesar de la gente. Compartí con personas maravillosas cuyas vidas son hermosamente humanas. Sí, porque es bonito cuando uno reconoce esa limitante y finita facultad de vivir aprendiendo a cometer otros errores, que es mi definición de ser mejor persona. No se trata de perfección, se trata de disfrutar un poco más el amor de Dios siendo uno mismo.
A diario me esfuerzo por agradarle a Dios, y siempre creí que se trataba 100% de mí, de mis justicias, actos de bondad, y que por eso gente desprendida como Teresa de Calcuta era la única que podría agradarle. Yo, que colecciono cosas viejas, camisetas y cuanto souvenir me topo de Chespirito, no soy el mejor modelo a seguir entonces, pues además de ese instinto acumulador, soy videoso, trascendental, neurótico, exagerado e impulsivo, todo lo que un líder cristiano no debería ser según la religión organizada.
Lo más difícil de ser cristiano es tratar de complacer a otros cristianos. Esta es la forma de decir que ahora mi énfasis está en ser lo suficientemente humano y frentero como una manera de que se vayan desanimando de una vez aquellos que me tienen como 'referente', porque si mi forma de pensar, hablar, tatuarme, bailar, relacionarme con otros, et al, les da permiso para vivir alocadas vidas a costa de mi desprestigio, el problema no soy yo, son esos que buscan chivos expiatorios para justificar las decisiones que jamás se atrevieron a tomar.
Yo amo la luz y desecho la oscuridad, solo que no me veo a mí mismo como alguien de los buenos o de los malos. Simplemente, soy un ser humano que entiende su lugar de redención, que busca que otros encuentren el propio y así mismo reflejar una fe confiable donde las jerarquías no son sacrosantas, sino lo suficientemente humanas como para poner la mirada en el cielo, donde reposa lo único perfecto, lo único digno de imitar; no en este blog o yo, donde hay colores, ideas visuales y percepciones como daltónicos, ciegos y tuertos en el mundo.
Mostrando entradas con la etiqueta Chespirito. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Chespirito. Mostrar todas las entradas
lunes, 29 de febrero de 2016
martes, 15 de septiembre de 2015
Serendipia
Un ingeniero se retiró frustrado de su carrera, pues se imaginaba que detrás de ese título habría justamente ‘ingenio’, cosa que no experimentó en la academia. El hombre caminó frustrado por la calle, hasta que en una fachada de un edificio vio una convocatoria para nuevos empleos. Entró y se encontró con dos filas: una donde se solicitaba productores de televisión y otra, más corta, donde buscaban escritores. Agotado, buscando evitar el rechazo, decidió registrarse en la de escritores.
Estando allí, recordó que él disfrutaba mucho escribir cosas en un pasquín del colegio, y apuntó esa experiencia, que tampoco era la gran cosa. Tiempo después, empezó a escribir anuncios publicitarios, y su trabajo gustó tanto que brincó al cine y luego a la televisión, donde escribió libretos que, por otro error del destino, terminó interpretando él mismo. El protagonista de esta historia se llamaba Roberto Gómez Bolaños, mejor conocido como Chespirito. Alma bendita y paz en su tumba.
Para mí es que es bien difícil no admirar a Don Roberto, mucho más cuando uno conoce esta historia y se da cuenta que la vida es eso, vivir abierto a la verosimilitud de lo imposible, a todas esas probabilidades incontempladas que cuando suceden, cambian el rumbo de la vida para algo bueno. Justamente eso es el error, la posibilidad de cambiar algo cediéndole el control a Dios, el destino, la Fuerza, o como cada uno lo quiera llamar.
Le tememos mucho al fracaso porque en el fondo no queremos equivocarnos. Y por eso la vida nos da tan duro, porque no hemos aprendido que el truco está en aprender a equivocarse cada vez mejor. Error es la definición de humanidad por excelencia, pero vivimos en una era donde embarrarla se castiga con La Picota pública, desconociendo que el aprendizaje proviene justamente del experimento, que de las constantes pruebas es que se desarrollaron inventos ingeniosos como la bombilla, la rueda, o el amor.
Estando allí, recordó que él disfrutaba mucho escribir cosas en un pasquín del colegio, y apuntó esa experiencia, que tampoco era la gran cosa. Tiempo después, empezó a escribir anuncios publicitarios, y su trabajo gustó tanto que brincó al cine y luego a la televisión, donde escribió libretos que, por otro error del destino, terminó interpretando él mismo. El protagonista de esta historia se llamaba Roberto Gómez Bolaños, mejor conocido como Chespirito. Alma bendita y paz en su tumba.
Para mí es que es bien difícil no admirar a Don Roberto, mucho más cuando uno conoce esta historia y se da cuenta que la vida es eso, vivir abierto a la verosimilitud de lo imposible, a todas esas probabilidades incontempladas que cuando suceden, cambian el rumbo de la vida para algo bueno. Justamente eso es el error, la posibilidad de cambiar algo cediéndole el control a Dios, el destino, la Fuerza, o como cada uno lo quiera llamar.
Le tememos mucho al fracaso porque en el fondo no queremos equivocarnos. Y por eso la vida nos da tan duro, porque no hemos aprendido que el truco está en aprender a equivocarse cada vez mejor. Error es la definición de humanidad por excelencia, pero vivimos en una era donde embarrarla se castiga con La Picota pública, desconociendo que el aprendizaje proviene justamente del experimento, que de las constantes pruebas es que se desarrollaron inventos ingeniosos como la bombilla, la rueda, o el amor.
Nacemos, crecemos, peleamos, nos arreglamos, nos mantenemos en esas y no aprendemos a usar el Ay exclamativo, que es toda una pena. Pero lo bueno es que al final lo que queda es el recuerdo, esa capacidad humana de sobreponernos ante lo cometido, ya sea aceptar un trabajo inmundo, pagar la primiparada en la universidad, haber nacido o siquiera cometer un adefesio ortográfico.
Pero como para todo hay palabras, existe el concepto ‘Serendipia’, que se relaciona justamente con eso, con aquellos accidentes que terminan produciendo felices resultados. El avance humano justamente parte de esto, de darnos cuenta de que detrás de cada mala decisión puede existir un nuevo hallazgo, una sorpresa abrumante, una solución necesaria.
A esto jugaremos en esta edición, donde equivocarse está permitido y de hecho es casi una ley. Seremos como los de ‘La familia del futuro’, y celebraremos cada defecada suya o nuestra, porque en ella está condensado lo que somos: pura y física de la que sabemos, pero perfumada para no mostrar el hambre. Así que disfrute leyendo estos grandes errores humanos de gente de todo tipo y vaya pensando en el suyo, en el próximo que cometerá, pues ahí está su libertad creativa, emocional y espiritual.
Pero como para todo hay palabras, existe el concepto ‘Serendipia’, que se relaciona justamente con eso, con aquellos accidentes que terminan produciendo felices resultados. El avance humano justamente parte de esto, de darnos cuenta de que detrás de cada mala decisión puede existir un nuevo hallazgo, una sorpresa abrumante, una solución necesaria.
A esto jugaremos en esta edición, donde equivocarse está permitido y de hecho es casi una ley. Seremos como los de ‘La familia del futuro’, y celebraremos cada defecada suya o nuestra, porque en ella está condensado lo que somos: pura y física de la que sabemos, pero perfumada para no mostrar el hambre. Así que disfrute leyendo estos grandes errores humanos de gente de todo tipo y vaya pensando en el suyo, en el próximo que cometerá, pues ahí está su libertad creativa, emocional y espiritual.
Publicado en la Revista Mallpocket del mes de Septiembre de 2015
miércoles, 20 de mayo de 2015
Ya lo he visto todo
Hace unos meses, Internet conmocionó con una básica pregunta: ¿De qué color ven este vestido, blanco con dorado o azul con negro? La cuestión dividió al planeta entero, puso a tuitear a la farándula y estableció la agenda-setting de los medios de comunicación, dando paso a que expertos en todas las ramas optométricas, políticas, sociológicas y económicas dieran sus teorías sobre por qué unos lo veían de tal color, otros lo veían del otro y algunos tantos lo veían color camaleón cambiante, aunque a otros el tema nos supo a la sustancia verdosa y excremental de color caqui.
Lejos de ser un tema trivial – aunque en realidad lo es-, la discusión llega después de que unas mujeres norteamericanas impusieran la tendencia de tinturarse los pelos de las axilas, en un extraño manifiesto de feminismo y moda. Para mí, que he vivido varios años notando que las estrellas de rock ahora hacen pop-op, que los políticos se mecen de izquierda a derecha y que lo impensable ahora sucede, no me queda nada más que decirles que el fin está cerca.
La civilización occidental está basada en esa promesa temerosa, de que un hecho catasfrófico fuera de nuestro control acabe con la humanidad, ya sea porque se viene una eternidad en el cielo o una pena en el infierno. La gente sufre por eso, y mucho vemos señales en todo lado para afirmar que merecemos ese final. Yo lo he deseado muchas veces: en 2012 cuando les entró el afán de los Mayas, quise que fuera verdad y todos estos incautos murieran. Lo mismo me pasa con el frenesí del Ice Bucket Challenge, con los papás que le abren cuentas en Facebook, Twitter e Instagram a sus bebés de meses y publican como si fueran ellos, o la gente que se toma selfies bendecidas y afortunadas exhibiendo sus pares de razones.
El fin está cerca, y no sólo porque ahora dejar en visto sea causa de pena de muerte, en realidad estamos en un cambio social y mental que nos obliga a adaptarnos o a morir, como decía Darwin. Criticamos a nuestros papás por tener mentalidades de empleados, pero nosotros nos obsesionamos con estudiar para hacer plata y ser libres, y terminamos con un grillete oficinista en forma de carné que nos obliga a cumplir horario a cambio de unas monedas. Antes se descrestaban con cosas que ahora nos resultas estúpidas, pero ahora nos quedamos con la boca abierta con cualquier meme, citado por algún noticiero como noticia real.
Cada vez es más difícil destacar en lo que sabemos hacer, y esas son cosas que uno no aprende en la academia sino tirándose una que otra materia en la universidad de la vida. Para mí, el fin ha estado cerca desde que me bautizaron como “Chespiritólogo” y trapearon el piso conmigo los trolles, cosa que, debo aceptarlo, me llevó a reflexionar de la necesidad de vivir esta era al máximo y de aprovechar cada cuarto de hora que se tenga.
Son muchas las razones para afirmar con certeza que el fin está cerca. Y más que un jipi con un cartel y una campana pregonándolo, hay que ver cómo lo que resta es rastrear que detrás de la onda zombi, la comida transgénica y el reggaeton cristiano hay una conspiración para hacernos creer que el apocalipsis se avecina. Y es raro, porque sigue sin pasar. Para mí, el fin del mundo es cuando uno decide rendirse y dejar de luchar, de pelear por lo que quiere y desea, y no se trata de esperar que se abra la tierra y nos trague, más bien de nosotros salir a comernos el mundo. Termino confesando que jamás pude ver el bendito vestido negro y azul. Espero no condenarme por eso.
Lejos de ser un tema trivial – aunque en realidad lo es-, la discusión llega después de que unas mujeres norteamericanas impusieran la tendencia de tinturarse los pelos de las axilas, en un extraño manifiesto de feminismo y moda. Para mí, que he vivido varios años notando que las estrellas de rock ahora hacen pop-op, que los políticos se mecen de izquierda a derecha y que lo impensable ahora sucede, no me queda nada más que decirles que el fin está cerca.
La civilización occidental está basada en esa promesa temerosa, de que un hecho catasfrófico fuera de nuestro control acabe con la humanidad, ya sea porque se viene una eternidad en el cielo o una pena en el infierno. La gente sufre por eso, y mucho vemos señales en todo lado para afirmar que merecemos ese final. Yo lo he deseado muchas veces: en 2012 cuando les entró el afán de los Mayas, quise que fuera verdad y todos estos incautos murieran. Lo mismo me pasa con el frenesí del Ice Bucket Challenge, con los papás que le abren cuentas en Facebook, Twitter e Instagram a sus bebés de meses y publican como si fueran ellos, o la gente que se toma selfies bendecidas y afortunadas exhibiendo sus pares de razones.
El fin está cerca, y no sólo porque ahora dejar en visto sea causa de pena de muerte, en realidad estamos en un cambio social y mental que nos obliga a adaptarnos o a morir, como decía Darwin. Criticamos a nuestros papás por tener mentalidades de empleados, pero nosotros nos obsesionamos con estudiar para hacer plata y ser libres, y terminamos con un grillete oficinista en forma de carné que nos obliga a cumplir horario a cambio de unas monedas. Antes se descrestaban con cosas que ahora nos resultas estúpidas, pero ahora nos quedamos con la boca abierta con cualquier meme, citado por algún noticiero como noticia real.
Cada vez es más difícil destacar en lo que sabemos hacer, y esas son cosas que uno no aprende en la academia sino tirándose una que otra materia en la universidad de la vida. Para mí, el fin ha estado cerca desde que me bautizaron como “Chespiritólogo” y trapearon el piso conmigo los trolles, cosa que, debo aceptarlo, me llevó a reflexionar de la necesidad de vivir esta era al máximo y de aprovechar cada cuarto de hora que se tenga.
Son muchas las razones para afirmar con certeza que el fin está cerca. Y más que un jipi con un cartel y una campana pregonándolo, hay que ver cómo lo que resta es rastrear que detrás de la onda zombi, la comida transgénica y el reggaeton cristiano hay una conspiración para hacernos creer que el apocalipsis se avecina. Y es raro, porque sigue sin pasar. Para mí, el fin del mundo es cuando uno decide rendirse y dejar de luchar, de pelear por lo que quiere y desea, y no se trata de esperar que se abra la tierra y nos trague, más bien de nosotros salir a comernos el mundo. Termino confesando que jamás pude ver el bendito vestido negro y azul. Espero no condenarme por eso.
Publicado en la Revista Mallpocket del mes de Mayo de 2015
martes, 28 de abril de 2015
Series
A veces quisiera que de una sentada a escribir, saliera de mí una inspiración tan brutal como para solucionarle los problemas a mucha gente, pero la verdad es que no pasa, o por lo menos no siempre. Hay días en que no hay mayor motivación para publicar más que actualizar, y creo que detrás de ellos hay también un mensaje por aterrizar, como hoy, donde me enfrento a una nueva frustración: no ver tantas series como quisiera.
La gente tal vez no lo entiende, o piensan que soy un obsesivo de nimiedades -que de hecho es verdad-, pero quisiera tener el tiempo libre de cuando estaba en el colegio para aplicarme una buena porción de binge watching, práctica que en español se denomina “atracón de televisión”, o jornada en la que una persona se dedica a ver episodios de una serie de televisión por horas.
Ahora podemos ver televisión cuando se nos dé la gana, escogiendo los horarios y hasta programando nuestra propia parrilla según nuestra vida; antes nos obligábamos a salir corriendo del colegio para alcanzar a ver un pedazo de Tentaciones, Chespirito, Dragon Ball Z y por qué no, Ranma 1/2. Si antes era impensable la opción de dejar grabando y por eso uno se obligaba a llegar para verlo todo, ¿por qué ahora no lo hago, cuando se supone que todo está dado para hacerlo? Y mi angustia sufre cuando abro el catálogo de Netflix y me doy cuenta que la industria no se congeló en Breaking Bad, sino que cada semana hay algo nuevo por ver.
Quisiera nombrar todas las series que he visto y me han marcado, pero la memoria me falla y además ni que me pagaran por promocionarlas. Han sido varias, todas tan diversas, brutales, confrontantes y reflexivas; eso sí, cada una muy adecuada para ciertos momentos de vida. Lo he hecho para seguir educando el ojo y ampliando la biblioteca de referencias mentales. El problema es que todavía no me puedo dedicar a ello, por aquello de las deudas, pero sí puedo recomendarle a la gente series de televisión como el boticario que recomienda medicamentos, tratando de leer un producto que le pegue a su realidad actual y en algo pueda mermar ese virus mental de la ignorancia y la comodidad.
De las series que he visto, algunas las llevo hasta el final, otras las dejo después de media temporada, pero siempre le doy la oportunidad al primer capítulo, pues a mi modo de ver, en el Pilot está la premisa de todo lo que uno podrá esperar de ahí en adelante. Y así pasa con las personas, hay momentos de vida donde se revela quién es quién, y a veces eso no pasa sino unas cuántas temporadas más adelante.
Y así como la gente, uno empieza a ver series y sufre cuando se las termina, porque queda un vacío en la mente y en la agenda que sólo puede ser llenado por otra serie. Es imposible no compararlas: de cada una se aprendió algo, pero hay que dejarlas ir y darles espacio para que también respiren. Alguna otras son tan adictivas que uno quiere todo con ellas, exprimirlas hasta el último segundo, y cuando me veo así de impaciente me siento algo lujurioso, y pues tampoco.
Lo cierto es que hace un tiempo leí que los creadores de series como Game of Thrones y Homeland, las escriben y diseñan adictivas adrede, poniendo ciertas puntas dramáticas tan altas sobre el final que uno siente que no puede esperar una semana para ver, y por eso hará lo que sea para mitigar esa ansiedad de saber qué pasará. Yo, que me dediqué a escribir para televisión, tengo clarísimo el trabajo que implica sacar un capítulo adelante, y todo esto me ha llevado a pensar que cada vez la televisión nos está reformando la vida a profundidad, pues si antes nos enseñaba a esperar, ahora nos muestra que en la vida nos podemos saltar las temporadas y hasta burlar el bioritmo que implica la espera.
La verdad, no tengo problema con eso: siempre he dicho que en la libertad de elección de cada uno se basa la vida de los demás; por eso sufro cuando la gente critica a la televisión per se, como si "la caja idiota" tuviese vida propia para emitir lo que se le ocurre. Prendamos, apaguemos, cambiemos de canal, hagamos lo que sea con ella, pero eso sí, de cada uno depende dejarla entrar en su cabeza.
La gente tal vez no lo entiende, o piensan que soy un obsesivo de nimiedades -que de hecho es verdad-, pero quisiera tener el tiempo libre de cuando estaba en el colegio para aplicarme una buena porción de binge watching, práctica que en español se denomina “atracón de televisión”, o jornada en la que una persona se dedica a ver episodios de una serie de televisión por horas.
Quisiera nombrar todas las series que he visto y me han marcado, pero la memoria me falla y además ni que me pagaran por promocionarlas. Han sido varias, todas tan diversas, brutales, confrontantes y reflexivas; eso sí, cada una muy adecuada para ciertos momentos de vida. Lo he hecho para seguir educando el ojo y ampliando la biblioteca de referencias mentales. El problema es que todavía no me puedo dedicar a ello, por aquello de las deudas, pero sí puedo recomendarle a la gente series de televisión como el boticario que recomienda medicamentos, tratando de leer un producto que le pegue a su realidad actual y en algo pueda mermar ese virus mental de la ignorancia y la comodidad.
De las series que he visto, algunas las llevo hasta el final, otras las dejo después de media temporada, pero siempre le doy la oportunidad al primer capítulo, pues a mi modo de ver, en el Pilot está la premisa de todo lo que uno podrá esperar de ahí en adelante. Y así pasa con las personas, hay momentos de vida donde se revela quién es quién, y a veces eso no pasa sino unas cuántas temporadas más adelante.
Lo cierto es que hace un tiempo leí que los creadores de series como Game of Thrones y Homeland, las escriben y diseñan adictivas adrede, poniendo ciertas puntas dramáticas tan altas sobre el final que uno siente que no puede esperar una semana para ver, y por eso hará lo que sea para mitigar esa ansiedad de saber qué pasará. Yo, que me dediqué a escribir para televisión, tengo clarísimo el trabajo que implica sacar un capítulo adelante, y todo esto me ha llevado a pensar que cada vez la televisión nos está reformando la vida a profundidad, pues si antes nos enseñaba a esperar, ahora nos muestra que en la vida nos podemos saltar las temporadas y hasta burlar el bioritmo que implica la espera.
La verdad, no tengo problema con eso: siempre he dicho que en la libertad de elección de cada uno se basa la vida de los demás; por eso sufro cuando la gente critica a la televisión per se, como si "la caja idiota" tuviese vida propia para emitir lo que se le ocurre. Prendamos, apaguemos, cambiemos de canal, hagamos lo que sea con ella, pero eso sí, de cada uno depende dejarla entrar en su cabeza.
jueves, 5 de febrero de 2015
El Príncipe de Persia
En mi último cumpleaños, recibí muchos regalos inesperados: el cariño de la gente, cientos de menciones y posteos en redes, memes protagonizados por mí, saludos de gente que ahora me dice "Chespiritólogo" y cosas así, de esas que no cuestan mucho pero terminan siento tan efectivas. Y es que creo que a esta edad, tan cerca de los 30, uno empieza a cosechar por lo trabajado, que en mi caso también tiene que ver con las huellas que he generado en las vidas de otros, y viceversa.
Pero entre esos mensajes, no esperé jamás recibir una nota de uno de mis héroes, que cada vez son menos desde que murió Chespirito. En este caso fue el Pastor de mi Iglesia, Andrés Corson, quien a través de un post-it me bendijo, deseándome que Dios me hiciera un hombre de palabra y conforme a Su corazón. Ocasionalmente, tengo la bendición y fortuna de compartir de cerca con él, el mismo al que los medios trolean por ser "el Pastor que curó a Nerú", pero recibir este mensaje fue especial por lo que sucedió unos días después.
Ahora que estoy en la tónica de aprender a fracasar y vivir siendo libre con eso, tengo más tiempo libre, curiosamente, porque el éxito y la fama son una ocupación en sí misma; así que empecé a tratar de llevar una vida de jubilado sin haber vivido, de pensionado que se dedica a esperar pero sin dejar de apurarse para recibir.
En una de esas mañanas callejeras, me encontré con el Pastor y le di las gracias por su mensaje, y me impactó que me miró y se atrevió a preguntarme: -¿Recibió el regalo que le mandé? Yo, pensando que se trataba de un chascarrillo propio de su humor seco accedí a soltar una mini carcajada de complicidad, donde le mencioné de nuevo la nota. Él, de ojos azules y voz gruesa y profunda me miró serio y me dijo: -No, yo le mandé una novia. ¿No la recibió? Oré por eso.
Hasta aquí el chiste pareciera contarse solo, o de hecho pareciera que ni siquiera es un chiste, y creo que así lo tomé, porque no hay nada más tranquilizante que saber que hay alguien que cuando habla con Dios se acuerda de uno. Pero la cosa despegó cuando bajé la cabeza y le dije que no, que de aquello nada, que yuca, paila, naranjas y nanay cucas, aunque no en esas palabras. El Pastor se llevó el dedo índice a los labios, como tratando de hacer una cruz, la misma en donde creemos deben reposar todas nuestras aflicciones. Sin rechistar me miró penetrantemente y me dijo: -Eso debe ser el Príncipe de Persia. Y como el mejor de los figurantes televisivos, desapareció en un abrir de ojos. Y ahí hubo corte de escena. Y fuera del aire.
Para mí, el Príncipe de Persia era el nombre del videojuego ese maravilloso de las clases de Sistemas, y uno de los pretextos para acercarme a los computadores por allá en 1996. Ya han pasado casi 20 años desde entonces, y unas dos semanas desde que terminé de leer "Esta Patente Oscuridad", novela donde el mundo espiritual es el escenario para la batalla de ángeles y demonios. Pues justamente a eso se refería el Pastor, a una potestad satánica que es mencionada en la Biblia en el libro de Daniel y que, según dicen, es el que en el terreno espiritual nos bloquea las bendiciones.
Ahora, esto pareciera no ser una entrada de este blog, oh amados caba-ñeros y caba-ñeras, pero en el fondo sí. No es la primera vez que veo una película y salgo pensando en que el protagonista puedo ser yo, como me pasó con Birdman; pero sí debuto como personaje principal de un libro con el que se me cayeron las vendas de los ojos. Fue un momento epifánico donde sentí que el libro cobró vida, y que esta vez el periodista loco y el pastor ingenuo se encarnaban en mí.
Es que en la tónica de relajarse y "dejar que las cosas pasen" parece que hay cierta mentira parcial, pues en realidad uno mismo es quien debe diseñar los cambios que producirán los milagros; pero también la moralidad cristiana tiene su parte, la misma que nos enseña que haciendo las cosas bien cosecharemos cosas buenas. Con esto está demostrado que no, que hay una guerra espiritual imperceptible donde el hábito y deleite disciplinado de orar cambia el panorama, cosa que uno no entiende así de primerazo.
Uno ora creyendo que el que gana es Dios, pero tampoco. Uno ora es por uno, no para irse al cielo o reclamar ciertas prebendas: uno ora es para que le vaya bien aquí y ahora. Yo suelo agradecerle a Dios por la comida, lo recibido también por lo perdido, pero ahora entiendo que hay cosas que compete pelear de rodillas, y que si uno no está viviendo a plenitud la vida que decidió, algo pasa.
Tal vez esto le sirva a alguien que, como yo, sabe que es hora de recibir algo esperado de maneras insospechadas. Y no sólo en el tema amoroso, que es lo mínimo, me refiero a una plenitud en todas las áreas, de esas que se obtienen tras intensas batallas, dejando músculos desgarrados y pieles con cicatrices espirituales.
Pero entre esos mensajes, no esperé jamás recibir una nota de uno de mis héroes, que cada vez son menos desde que murió Chespirito. En este caso fue el Pastor de mi Iglesia, Andrés Corson, quien a través de un post-it me bendijo, deseándome que Dios me hiciera un hombre de palabra y conforme a Su corazón. Ocasionalmente, tengo la bendición y fortuna de compartir de cerca con él, el mismo al que los medios trolean por ser "el Pastor que curó a Nerú", pero recibir este mensaje fue especial por lo que sucedió unos días después.
Ahora que estoy en la tónica de aprender a fracasar y vivir siendo libre con eso, tengo más tiempo libre, curiosamente, porque el éxito y la fama son una ocupación en sí misma; así que empecé a tratar de llevar una vida de jubilado sin haber vivido, de pensionado que se dedica a esperar pero sin dejar de apurarse para recibir.
En una de esas mañanas callejeras, me encontré con el Pastor y le di las gracias por su mensaje, y me impactó que me miró y se atrevió a preguntarme: -¿Recibió el regalo que le mandé? Yo, pensando que se trataba de un chascarrillo propio de su humor seco accedí a soltar una mini carcajada de complicidad, donde le mencioné de nuevo la nota. Él, de ojos azules y voz gruesa y profunda me miró serio y me dijo: -No, yo le mandé una novia. ¿No la recibió? Oré por eso.
Hasta aquí el chiste pareciera contarse solo, o de hecho pareciera que ni siquiera es un chiste, y creo que así lo tomé, porque no hay nada más tranquilizante que saber que hay alguien que cuando habla con Dios se acuerda de uno. Pero la cosa despegó cuando bajé la cabeza y le dije que no, que de aquello nada, que yuca, paila, naranjas y nanay cucas, aunque no en esas palabras. El Pastor se llevó el dedo índice a los labios, como tratando de hacer una cruz, la misma en donde creemos deben reposar todas nuestras aflicciones. Sin rechistar me miró penetrantemente y me dijo: -Eso debe ser el Príncipe de Persia. Y como el mejor de los figurantes televisivos, desapareció en un abrir de ojos. Y ahí hubo corte de escena. Y fuera del aire.
Para mí, el Príncipe de Persia era el nombre del videojuego ese maravilloso de las clases de Sistemas, y uno de los pretextos para acercarme a los computadores por allá en 1996. Ya han pasado casi 20 años desde entonces, y unas dos semanas desde que terminé de leer "Esta Patente Oscuridad", novela donde el mundo espiritual es el escenario para la batalla de ángeles y demonios. Pues justamente a eso se refería el Pastor, a una potestad satánica que es mencionada en la Biblia en el libro de Daniel y que, según dicen, es el que en el terreno espiritual nos bloquea las bendiciones.
Ahora, esto pareciera no ser una entrada de este blog, oh amados caba-ñeros y caba-ñeras, pero en el fondo sí. No es la primera vez que veo una película y salgo pensando en que el protagonista puedo ser yo, como me pasó con Birdman; pero sí debuto como personaje principal de un libro con el que se me cayeron las vendas de los ojos. Fue un momento epifánico donde sentí que el libro cobró vida, y que esta vez el periodista loco y el pastor ingenuo se encarnaban en mí.
Es que en la tónica de relajarse y "dejar que las cosas pasen" parece que hay cierta mentira parcial, pues en realidad uno mismo es quien debe diseñar los cambios que producirán los milagros; pero también la moralidad cristiana tiene su parte, la misma que nos enseña que haciendo las cosas bien cosecharemos cosas buenas. Con esto está demostrado que no, que hay una guerra espiritual imperceptible donde el hábito y deleite disciplinado de orar cambia el panorama, cosa que uno no entiende así de primerazo.
Uno ora creyendo que el que gana es Dios, pero tampoco. Uno ora es por uno, no para irse al cielo o reclamar ciertas prebendas: uno ora es para que le vaya bien aquí y ahora. Yo suelo agradecerle a Dios por la comida, lo recibido también por lo perdido, pero ahora entiendo que hay cosas que compete pelear de rodillas, y que si uno no está viviendo a plenitud la vida que decidió, algo pasa.
Tal vez esto le sirva a alguien que, como yo, sabe que es hora de recibir algo esperado de maneras insospechadas. Y no sólo en el tema amoroso, que es lo mínimo, me refiero a una plenitud en todas las áreas, de esas que se obtienen tras intensas batallas, dejando músculos desgarrados y pieles con cicatrices espirituales.
martes, 30 de diciembre de 2014
La lista Murtaugh
Como buen ochentero criado en los noventa, crecí viendo muchas películas y series de televisión traídas por la perubólica. Invertí mucho tiempo, y de hecho todavía lo hago, en seguir un poconón de historias y personajes que, tristemente, he ido olvidando con la llegada de nuevas series. En el mejor de los casos, se han ido archivando en una memoria olvidadiza, donde se han condenado a desaparecer silenciosamente.
En una de esas redadas mentales, olvidé que he visto las cuatro películas de Arma Mortal, y fue una de las series que veo actualmente, How I Met Your Mother, la que me recordó a un personaje que con el paso de los años he ido aprendiendo a entender: Roger Murtaugh, interpretado por Danny Glover. Era un policía que recién cumplía los 50 años, y siempre tenía una frase leitmotiv que lo destacaba, al punto de que Glover todavía la dice en su vocabulario regular.
Pude recordarlo cualquier fecha del año y seguramente se me olvidaría, o pasaría como un pensamiento más por la cabeza; pero por estas fechas, justo cuando se acerca con inminencia mi cumpleaños, veo con cierta extrañeza que empiezo a pensar así, que "esto muy viejo para estas pendejadas" y que tal vez es hora de entender que debo replantear hasta cuándo decidiré ser joven.
Naturalmente, para mí la vejez es una actitud mental. No sólo porque lo haya aprendido de Chespirito, sino porque creo firmemente que es uno mismo quien decide sentirse inservible o no. Yo, que ya tengo una que otra cana crespa aunque no parezca, me resisto a ser un adulto con pelo largo, arete de diamante y Converse, porque hay momentos para todo y circunstancias de las que uno debe retirarse con dignidad.
Mi lista Murtaugh, por ejemplo, arrancó hace bastante tiempo cuando me di cuenta que envejecer es perder las capacidades gastronómicas mutantes, cuando comprobé que mi estómago ya no aguanta nada que no venga bajo en grasa, deslactosado y hasta kosher, que ya es mucho decir para un pobre cristiano. Ya no como como antes, ya no recibo comidas después de cierta hora y lo peor, me convertí en ese ser que deja comida en el plato, algo realmente triste.
Ya no estoy para esos trotes de trasnochar, porque además de que al otro día quedo con guayabo neuronal, no puedo pasar la noche en vela porque tengo algún compromiso por asumir, así que mi diversión nocturna ya no pasa de las 10pm, hora en que no importa dónde esté, me quedo dormido. Es por eso que en mi lista pienso adjuntar las mil y un veces que dije "la próxima vez duermo aunque sea un poquito", o "En el camino me nivelo la dormida".
Ahora pienso seriamente si salgo de la casa o no, primero porque me la paso pensando en la plata que debo, y en que cada salida es estar más lejos de la libertad financiera, la misma que espero para independizarme y armar rancho aparte. Vivo fastidiado con el transporte público y en general con los taxis, con los que no quiero pelear por la plata que me cobran de más. Pero como no tengo carro, me toca usar estos servicios, y es entonces cuando me contradigo y sufro por la plata perdida en un plan que prácticamente podría haber evitado.
Es entonces cuando me doy cuenta que he disfrutado mucho la vida, aunque viéndolo así no pareciera. He viajado mucho y no pienso dejar de hacerlo, he fracasado en el amor y sí pienso dejar de hacerlo, pero sobre todo, me esforzaré por vivir al máximo este año que arranca, para que sean más los perdones que los permisos, más las historias divertidas que los what if, más ítems en la lista Murtaugh y así mismo más libertad para ser adulto con dignidad.
En una de esas redadas mentales, olvidé que he visto las cuatro películas de Arma Mortal, y fue una de las series que veo actualmente, How I Met Your Mother, la que me recordó a un personaje que con el paso de los años he ido aprendiendo a entender: Roger Murtaugh, interpretado por Danny Glover. Era un policía que recién cumplía los 50 años, y siempre tenía una frase leitmotiv que lo destacaba, al punto de que Glover todavía la dice en su vocabulario regular.
Pude recordarlo cualquier fecha del año y seguramente se me olvidaría, o pasaría como un pensamiento más por la cabeza; pero por estas fechas, justo cuando se acerca con inminencia mi cumpleaños, veo con cierta extrañeza que empiezo a pensar así, que "esto muy viejo para estas pendejadas" y que tal vez es hora de entender que debo replantear hasta cuándo decidiré ser joven.
Naturalmente, para mí la vejez es una actitud mental. No sólo porque lo haya aprendido de Chespirito, sino porque creo firmemente que es uno mismo quien decide sentirse inservible o no. Yo, que ya tengo una que otra cana crespa aunque no parezca, me resisto a ser un adulto con pelo largo, arete de diamante y Converse, porque hay momentos para todo y circunstancias de las que uno debe retirarse con dignidad.
Mi lista Murtaugh, por ejemplo, arrancó hace bastante tiempo cuando me di cuenta que envejecer es perder las capacidades gastronómicas mutantes, cuando comprobé que mi estómago ya no aguanta nada que no venga bajo en grasa, deslactosado y hasta kosher, que ya es mucho decir para un pobre cristiano. Ya no como como antes, ya no recibo comidas después de cierta hora y lo peor, me convertí en ese ser que deja comida en el plato, algo realmente triste.
Ya no estoy para esos trotes de trasnochar, porque además de que al otro día quedo con guayabo neuronal, no puedo pasar la noche en vela porque tengo algún compromiso por asumir, así que mi diversión nocturna ya no pasa de las 10pm, hora en que no importa dónde esté, me quedo dormido. Es por eso que en mi lista pienso adjuntar las mil y un veces que dije "la próxima vez duermo aunque sea un poquito", o "En el camino me nivelo la dormida".
Ahora pienso seriamente si salgo de la casa o no, primero porque me la paso pensando en la plata que debo, y en que cada salida es estar más lejos de la libertad financiera, la misma que espero para independizarme y armar rancho aparte. Vivo fastidiado con el transporte público y en general con los taxis, con los que no quiero pelear por la plata que me cobran de más. Pero como no tengo carro, me toca usar estos servicios, y es entonces cuando me contradigo y sufro por la plata perdida en un plan que prácticamente podría haber evitado.
Es entonces cuando me doy cuenta que he disfrutado mucho la vida, aunque viéndolo así no pareciera. He viajado mucho y no pienso dejar de hacerlo, he fracasado en el amor y sí pienso dejar de hacerlo, pero sobre todo, me esforzaré por vivir al máximo este año que arranca, para que sean más los perdones que los permisos, más las historias divertidas que los what if, más ítems en la lista Murtaugh y así mismo más libertad para ser adulto con dignidad.
jueves, 11 de diciembre de 2014
Caradura
Toda la vida andamos buscando reconocimiento. Es una de las necesidades básicas desde que somos niños, y como algunos todavía no maduramos del todo, seguimos tratando de encontrar manos que nos aplaudan, palabras que nos soben la espalda, sonrisas que nos retribuyan la paga por lo que se supone que hacemos. Y es una tristeza, porque uno lucha toda la vida por hacer lo que le gusta y en el camino se encuentra con la fama, que en esta sociedad significa éxito, de donde deriva la estabilidad y la seguridad para muchos.
En mi caso, he enfrentado públicos grandes desde los 5 años, cuando me escogieron como maestro de ceremonias en la clausura de mi jardín infantil, todo porque además de que era el que mejor leía del curso, generaba más ternura poner en tarima a un pequeño hobbit charlatán que a uno de estatura normal hablando a trastazos. Y así fui creciendo, creyendo que lo mío era el reconocimiento como fin y no como consecuencia.
Me tomaron 20 años para entender que hay cierto placer en el anonimato, así como lo han mantenido creativos y cantantes a lo largo de la historia. A mí me gusta citar a los tipos de Daft Punk por eso, porque se dedican a lo suyo aún a pesar de sí mismos. Pocos saben que sus nombres son Guy-Manuel de Homem-Christo y Thomas Bangalter, ya que andan detrás de sus máscaras robotizadas, dando pocas entrevistas, como tratando de decirnos que siempre será necesario trascender la humanidad por la confianza en uno mismo, en el mensaje y en la audiencia. Y es que generar esa distancia entre el yo artista y el yo hombre siempre será necesaria, aunque de eso ya he hablado mucho.
Daft Punk en principio daba la cara, pero con el tiempo fueron migrando al anonimato sutil, posando en medio de más personas, o publicando sus fotos de bebés que al crecer se robotizaron. Me gusta pensar en que cuando escribo un personaje, o actúo de algún otro, estoy generando ese distanciamiento artificial que me ayudará a separar lo público de lo privado, porque a veces esto de ser tan transparente es un arma de doble filo.
Alguna vez intenté desarrollar un proyecto a dúo en completo anonimato, algo tipo La Bobada Literaria. Y la verdad me sentí bien hasta que me di cuenta que mi socio buscaba la selfie chismosa, la primicia instagramera y todo ese discurso de inmediatez que terminó revelando, en un deseo de reconocimiento de su parte, que estábamos detrás de ciertos videos virales de rápida difusión y altísima efectividad. Luego fue una pena enfrentar a los admiradores. Es que esto de ser famoso en ciertos sectores (y lo digo con temor y temblor), resulta más riesgoso que andar enmascarado, desde donde se podría vivir más tranquilo.
Ahora ando en una etapa reflexiva, tratando de abrazar esas máscaras que me protegen de mí mismo. La fama, como decía García Márquez, se termina volviendo el oficio del famoso, y no queda más que dedicarse a eso en un intento de retribuir a las personas que lo han ponderado a uno en esos pedestales imperfectos. Yo hace mucho dejé de tomarme en serio a mí mismo y por eso sufro cuando me reconocen en la calle, porque temo desilusionarlos con mi humanidad, con que no todo el tiempo tengo un apunte rápido para alegrarles la vida o que no siempre estoy de buenas pulgas para hablar de Chespirito. Quizá algunas veces la gente se siente defraudada, pero así es como quiero hacerlo.
No quisiera convertirme en ese ser al que lo abordan en la calle para pedirle fotos y autógrafos (cosa que me parece horrorosa), porque creo que soy exactamente igual que ellos. Y en el amor pasa lo mismo, muchas veces he descrestado desde la tarima y no desde la fila para el auditorio, donde todos somos iguales. Ahora entiendo esa necesidad de escape plasmada detrás de gente como Gorillaz, Ziggy Stardust, Kiss, y hasta Slipknot, porque yo también quiero tener la cara dura para ser un caradura con mi reputación personal.
En mi caso, he enfrentado públicos grandes desde los 5 años, cuando me escogieron como maestro de ceremonias en la clausura de mi jardín infantil, todo porque además de que era el que mejor leía del curso, generaba más ternura poner en tarima a un pequeño hobbit charlatán que a uno de estatura normal hablando a trastazos. Y así fui creciendo, creyendo que lo mío era el reconocimiento como fin y no como consecuencia.
Me tomaron 20 años para entender que hay cierto placer en el anonimato, así como lo han mantenido creativos y cantantes a lo largo de la historia. A mí me gusta citar a los tipos de Daft Punk por eso, porque se dedican a lo suyo aún a pesar de sí mismos. Pocos saben que sus nombres son Guy-Manuel de Homem-Christo y Thomas Bangalter, ya que andan detrás de sus máscaras robotizadas, dando pocas entrevistas, como tratando de decirnos que siempre será necesario trascender la humanidad por la confianza en uno mismo, en el mensaje y en la audiencia. Y es que generar esa distancia entre el yo artista y el yo hombre siempre será necesaria, aunque de eso ya he hablado mucho.
Daft Punk en principio daba la cara, pero con el tiempo fueron migrando al anonimato sutil, posando en medio de más personas, o publicando sus fotos de bebés que al crecer se robotizaron. Me gusta pensar en que cuando escribo un personaje, o actúo de algún otro, estoy generando ese distanciamiento artificial que me ayudará a separar lo público de lo privado, porque a veces esto de ser tan transparente es un arma de doble filo.
Alguna vez intenté desarrollar un proyecto a dúo en completo anonimato, algo tipo La Bobada Literaria. Y la verdad me sentí bien hasta que me di cuenta que mi socio buscaba la selfie chismosa, la primicia instagramera y todo ese discurso de inmediatez que terminó revelando, en un deseo de reconocimiento de su parte, que estábamos detrás de ciertos videos virales de rápida difusión y altísima efectividad. Luego fue una pena enfrentar a los admiradores. Es que esto de ser famoso en ciertos sectores (y lo digo con temor y temblor), resulta más riesgoso que andar enmascarado, desde donde se podría vivir más tranquilo.
Ahora ando en una etapa reflexiva, tratando de abrazar esas máscaras que me protegen de mí mismo. La fama, como decía García Márquez, se termina volviendo el oficio del famoso, y no queda más que dedicarse a eso en un intento de retribuir a las personas que lo han ponderado a uno en esos pedestales imperfectos. Yo hace mucho dejé de tomarme en serio a mí mismo y por eso sufro cuando me reconocen en la calle, porque temo desilusionarlos con mi humanidad, con que no todo el tiempo tengo un apunte rápido para alegrarles la vida o que no siempre estoy de buenas pulgas para hablar de Chespirito. Quizá algunas veces la gente se siente defraudada, pero así es como quiero hacerlo.
No quisiera convertirme en ese ser al que lo abordan en la calle para pedirle fotos y autógrafos (cosa que me parece horrorosa), porque creo que soy exactamente igual que ellos. Y en el amor pasa lo mismo, muchas veces he descrestado desde la tarima y no desde la fila para el auditorio, donde todos somos iguales. Ahora entiendo esa necesidad de escape plasmada detrás de gente como Gorillaz, Ziggy Stardust, Kiss, y hasta Slipknot, porque yo también quiero tener la cara dura para ser un caradura con mi reputación personal.
viernes, 15 de agosto de 2014
Cara de payaso
Con tanto nazi digital a uno hasta le da cosa trinar, comentar o siquiera pensar. Y es que la moda trollera es fungir de cruzado, al punto de andar detrás de quien se lamenta por un tema que no le compete, o la muerte de alguien a quien no conoció. Es mi caso, no del nazi, sino del cristiano de a pie que al enterarse de noticias de otro se deja afectar por eso.
Estaba frente al computador cuando por la radio me enteré de la muerte de Robin Williams, comediante de los grandes a quien admiré desde que lo vi siendo Mrs Doubtfire, luego el mozalbete de Jumanji y el creador de Flubber. No pensé que me fuera a afectar la muerte de un actor además de Chespirito, que no ha muerto, pero a quien sí prometo guardarle su buen luto por todo lo que significa para mí.
El punto es que varios medios empezaron a publicar que Williams anduvo sus últimos días sumido en la más rastrera de las depresiones, fruto de sus constantes luchas contra la cocaína y el alcohol. Aunque nadie me lo crea, cuando me entero de que alguien muere, o se suicida sin haber logrado la victoria sobre sus aflicciones, me aterro y paralizo, porque he pasado mucho tiempo pensando en la eternidad como para no valorar a quienes se la van a perder.
No sólo extraño el talento del personaje desaparecido, (ando pegado a The Crazy Ones y ahora sufro al saber que se tendrá que acabar) sino que también duele el hecho de apostar qué estaba pensando y sintiendo para tomar la decisión que tomó. Lo cierto es que, para mí, Williams no se veía a sí mismo como el resto de los humanos tal vez lo vimos. Esa justamente es la gran paradoja del artista, de la misma que cantaba Joe Arroyo y que se despliega también a los comediantes: se aparenta una cosa, se vive otra y la gente no entiende eso.
Y no está mal del todo, pues el artista sabe que maneja roles y círculos sociales donde son pocos los cercanos que logran entrar a su camerino, aunque muchos aguardan afuera creyendo que lo que ven en escenario es del todo real. Entonces viene el sufrimiento de sentirse amado como artista y no como hombre, además de los demonios internos que todavía no terminan de salir de la cabeza y que generalmente golpean al bajarse de la tarima, pues el artista es altamente sensible y por tanto deprimible.
Ya he dicho que cuando se es comediante o creativo, se vive rabioso, abrumado y mentalmente en pugna. Los estándares que uno pone cada vez más van subiendo, pues todos esperan nuevos niveles de comentarios hilarantes y actuaciones difíciles de sobrepasar, lo cual lo convierte a uno en un ser imposible de sorprender, adicto a la aprobación y con menos tolerancia al fracaso que antes.
El comediante es tan inteligente que cohabita con la oscuridad, y creo que justamente eso es lo que le hace gracioso, el hecho de tener que enfrentar con humor la dureza de su realidad. Lo amargo es cuando esa fuerza creativa se desboca y se convierte en un tsunami emocional que termina con acabarlo todo. Eso es lo que me entristece, ver una mente brillante desaparecer producto de no aterrizar esa habilidad de separar el cómo me veo, del cómo soy; alguien que no conectó que la admiración de la gente está por debajo del autoconcepto y que se podía vivir a plenitud superando la frustración.
La pérdida está y no queda más que quedarse con la idea, aunque tal vez sea falsa, de que el artista desaparecido, un Williams, un Van Gogh, un Andrés Caicedo, en su tormentosa genialidad terminaron cegándose por sus propias emociones, y que de no haberlo hecho así, tal vez nos hubiesen dado el privilegio de aprenderles un poquito más.
Estaba frente al computador cuando por la radio me enteré de la muerte de Robin Williams, comediante de los grandes a quien admiré desde que lo vi siendo Mrs Doubtfire, luego el mozalbete de Jumanji y el creador de Flubber. No pensé que me fuera a afectar la muerte de un actor además de Chespirito, que no ha muerto, pero a quien sí prometo guardarle su buen luto por todo lo que significa para mí.
El punto es que varios medios empezaron a publicar que Williams anduvo sus últimos días sumido en la más rastrera de las depresiones, fruto de sus constantes luchas contra la cocaína y el alcohol. Aunque nadie me lo crea, cuando me entero de que alguien muere, o se suicida sin haber logrado la victoria sobre sus aflicciones, me aterro y paralizo, porque he pasado mucho tiempo pensando en la eternidad como para no valorar a quienes se la van a perder.
No sólo extraño el talento del personaje desaparecido, (ando pegado a The Crazy Ones y ahora sufro al saber que se tendrá que acabar) sino que también duele el hecho de apostar qué estaba pensando y sintiendo para tomar la decisión que tomó. Lo cierto es que, para mí, Williams no se veía a sí mismo como el resto de los humanos tal vez lo vimos. Esa justamente es la gran paradoja del artista, de la misma que cantaba Joe Arroyo y que se despliega también a los comediantes: se aparenta una cosa, se vive otra y la gente no entiende eso.
Y no está mal del todo, pues el artista sabe que maneja roles y círculos sociales donde son pocos los cercanos que logran entrar a su camerino, aunque muchos aguardan afuera creyendo que lo que ven en escenario es del todo real. Entonces viene el sufrimiento de sentirse amado como artista y no como hombre, además de los demonios internos que todavía no terminan de salir de la cabeza y que generalmente golpean al bajarse de la tarima, pues el artista es altamente sensible y por tanto deprimible.
Ya he dicho que cuando se es comediante o creativo, se vive rabioso, abrumado y mentalmente en pugna. Los estándares que uno pone cada vez más van subiendo, pues todos esperan nuevos niveles de comentarios hilarantes y actuaciones difíciles de sobrepasar, lo cual lo convierte a uno en un ser imposible de sorprender, adicto a la aprobación y con menos tolerancia al fracaso que antes.
El comediante es tan inteligente que cohabita con la oscuridad, y creo que justamente eso es lo que le hace gracioso, el hecho de tener que enfrentar con humor la dureza de su realidad. Lo amargo es cuando esa fuerza creativa se desboca y se convierte en un tsunami emocional que termina con acabarlo todo. Eso es lo que me entristece, ver una mente brillante desaparecer producto de no aterrizar esa habilidad de separar el cómo me veo, del cómo soy; alguien que no conectó que la admiración de la gente está por debajo del autoconcepto y que se podía vivir a plenitud superando la frustración.
La pérdida está y no queda más que quedarse con la idea, aunque tal vez sea falsa, de que el artista desaparecido, un Williams, un Van Gogh, un Andrés Caicedo, en su tormentosa genialidad terminaron cegándose por sus propias emociones, y que de no haberlo hecho así, tal vez nos hubiesen dado el privilegio de aprenderles un poquito más.
martes, 24 de junio de 2014
Chespiritualmente
Decía Vito Corleone en El Padrino que un hombre que no pasa tiempo con su familia, nunca será un hombre de verdad. Debe ser por eso que después de seis hijos, doce nietos y cuatro generaciones de latinos congregados en torno a sus programas, Roberto Gómez Bolaños puede darse por bien servido ante el título noble de ‘Don’ con que todos lo tratamos. Admirado por deportistas y artistas de todos los gremios, condecorado por Presidentes y centro de múltiples homenajes en todo el continente, Chespirito es el único gran latino que se precia de ser universalmente local.
Futbolista de infancia, boxeador de juventud e ingeniero de intención, Roberto Gómez Bolaños primero se hizo adulto antes de ser la celebridad latinoamericana que ha sido. Pocos saben que el creador de El Chavo del 8, el Chapulín Colorado y demás miembros de su familia emparentada con las letras CH –o letra, según el purismo y la decisión de la RAE cuando se lea esto-, usó por primera vez sus trajes colorado de antenitas y camiseta roída, respectivamente, pasados los 40 años, en una década setentera donde el mundo todavía no era consiente de su genialidad ni del poder de la pantalla televisiva.
Don Roberto inició su carrera como escritor casi por error. Cuenta en su libro biográfico Sin querer queriendo que tras tomar la decisión de abandonar la facultad de Ingeniería por sentirse aburrido, revisando los clasificados dio con un anuncio: “Se solicita aprendiz de productor de radio y televisión y aprendiz de escritor de lo mismo”. Estando allí, resultó que la fila para escritores era más corta que la de productores, y como buen latinoamericano con cierta malicia indígena, se fue por la opción corta sin saber el giro dramático que escribiría con su propia vida.
Pocos conocen que Chespirito viene de un apelativo ingeniado por el director de cine mexicano Agustín P. Delgado, quien tras leer los primeros argumentos de Gómez Bolaños, le dijo que era un pequeño Shakespeare, un Shakespearsito, además aludiendo a sus 160 centímetros de estatura. Curiosamente, la latinoamericanización de sus comedias empezó al apropiarse de este mote, Chespirito, como un presagio de una pluma virtuosa que llegaría a ser de talla internacional.
Tras múltiples trabajos en escritura publicitaria y de guiones para radio y cine, Chespirito llegó a la televisión cargando todo un legado cómico heredado de experiencias y referentes como Shakespeare, Chaplin y por supuesto Cantinflas, a quienes siempre reseñará como tres de sus grandes influencias. La pantalla televisiva, ese cíclope electrónico que en otras épocas congregaba familias enteras, sería un elemento determinante para la consolidación de su legado, pues desde finales de los 60 con Sábados de la fortuna, Cómicos y canciones y el recordado Los supergenios de la mesa cuadrada lo empezamos a dejar entrar en nuestros hogares.
Y empezaron a nacer personajes: El Doctor Chapatín, excéntrico y cascarrabias anciano que dicen, o les late, que hizo su juramento hipocrático con el mismo Hipócrates presente, aludiendo a su longevidad. Luego apareció Chaparrón Bonaparte, un chifladito pero inofensivo vecino que además de ser pariente lejano de Napoleón, sufre de un síndrome físico-epiléptico llamado chiripiolca. Por ahí también desfilan El Chómpiras, un caquito que no es capaz sino de robar sonrisas; el Chapulín Colorado, el héroe latinoamericano por excelencia; y el Chavo, un niño que viéndolo bien, es el epítome de la niñez latina: amiguero, soñador, pobre, pero sobretodo ingenuo.
No es arriesgado afirmar que Chespirito es el personaje televisivo latinoamericano más emblemático de todos los tiempos, encarnado en más de 40 años vigente al aire, a pesar de que sus comedias dejaron de producirse en 1995. Resulta curioso y exclusivo que sea el único programa de televisión emitido por todos los países de Latinoamérica, los cuales tienen por lo menos una emisión de sus programas en alguna cadena local.
Es claro también que la influencia cultural de sus personajes ha permeado todas las esferas sociales de los latinos, e inclusive de ellos hacia el mundo: no en vano Matt Groening, creador de Los Simpson, diseñó un personaje latino con pinta de abejorro, The Bumblebee Man, porque según él, siempre que veían la televisión latina, salía un personaje con antenitas y traje rojo, lo que para él confirmaba lo más latino de la televisión.
En 2007, las nuevas generaciones vieron nacer una aproximación de la obra de Chespirito, gracias al surgimiento de El Chavo animado, programa realizado de manera digital y que gracias a la animación y sonorización, ha prolongado a los personajes de Roberto Gómez Bolaños en una nueva versión, que a la fecha lleva siete temporadas al aire. Eso y un videojuego, El Chavo Kart, que en plataformas como Xbox y Wii también ha roto récords en ventas.
A estas alturas es imposible preguntarse el por qué de tal éxito, y si un clásico cultural se fabrica intencionalmente. Seguramente la respuesta no se obtendrá desde la teoría, pero en la práctica se puede rastrear que Roberto Gómez Bolaños siempre ha jugado a escribir un entretenimiento sano sin muchas pretensiones, donde la ternura y el respeto familiar ha sido una constante en sus creaciones y situaciones cómicas.
Chespirito confirma que las raíces culturales de Latinoamérica tienen forma de CH, pues la reverencia y devoción de millones de fanáticos en todo el mundo ahora tienen a todo el continente elevando plegarias por su salud. A sus 85 años, Don Roberto está radicado en Cancún, respirando a la altura del mar y escribiendo, porque finalmente uno no deja de hacer lo que ama.
Cuando se le pregunta por el legado con que quiere dejar, Don Roberto solo atañe a decir que quiere que lo recuerden como un hombre bueno. Más que eso, es un hombre de nuestra familia, que desde el otro lado de la pantalla nos acompañó y nos vio crecer. Chespirito es un hombre de verdad que perdurará por siempre en el legado cultural de todo latino que pise la tierra.
Publicado en la edición de junio de 2014 de la Revista Mallpocket
Futbolista de infancia, boxeador de juventud e ingeniero de intención, Roberto Gómez Bolaños primero se hizo adulto antes de ser la celebridad latinoamericana que ha sido. Pocos saben que el creador de El Chavo del 8, el Chapulín Colorado y demás miembros de su familia emparentada con las letras CH –o letra, según el purismo y la decisión de la RAE cuando se lea esto-, usó por primera vez sus trajes colorado de antenitas y camiseta roída, respectivamente, pasados los 40 años, en una década setentera donde el mundo todavía no era consiente de su genialidad ni del poder de la pantalla televisiva.
Don Roberto inició su carrera como escritor casi por error. Cuenta en su libro biográfico Sin querer queriendo que tras tomar la decisión de abandonar la facultad de Ingeniería por sentirse aburrido, revisando los clasificados dio con un anuncio: “Se solicita aprendiz de productor de radio y televisión y aprendiz de escritor de lo mismo”. Estando allí, resultó que la fila para escritores era más corta que la de productores, y como buen latinoamericano con cierta malicia indígena, se fue por la opción corta sin saber el giro dramático que escribiría con su propia vida.
Pocos conocen que Chespirito viene de un apelativo ingeniado por el director de cine mexicano Agustín P. Delgado, quien tras leer los primeros argumentos de Gómez Bolaños, le dijo que era un pequeño Shakespeare, un Shakespearsito, además aludiendo a sus 160 centímetros de estatura. Curiosamente, la latinoamericanización de sus comedias empezó al apropiarse de este mote, Chespirito, como un presagio de una pluma virtuosa que llegaría a ser de talla internacional.
Tras múltiples trabajos en escritura publicitaria y de guiones para radio y cine, Chespirito llegó a la televisión cargando todo un legado cómico heredado de experiencias y referentes como Shakespeare, Chaplin y por supuesto Cantinflas, a quienes siempre reseñará como tres de sus grandes influencias. La pantalla televisiva, ese cíclope electrónico que en otras épocas congregaba familias enteras, sería un elemento determinante para la consolidación de su legado, pues desde finales de los 60 con Sábados de la fortuna, Cómicos y canciones y el recordado Los supergenios de la mesa cuadrada lo empezamos a dejar entrar en nuestros hogares.
Y empezaron a nacer personajes: El Doctor Chapatín, excéntrico y cascarrabias anciano que dicen, o les late, que hizo su juramento hipocrático con el mismo Hipócrates presente, aludiendo a su longevidad. Luego apareció Chaparrón Bonaparte, un chifladito pero inofensivo vecino que además de ser pariente lejano de Napoleón, sufre de un síndrome físico-epiléptico llamado chiripiolca. Por ahí también desfilan El Chómpiras, un caquito que no es capaz sino de robar sonrisas; el Chapulín Colorado, el héroe latinoamericano por excelencia; y el Chavo, un niño que viéndolo bien, es el epítome de la niñez latina: amiguero, soñador, pobre, pero sobretodo ingenuo.
No es arriesgado afirmar que Chespirito es el personaje televisivo latinoamericano más emblemático de todos los tiempos, encarnado en más de 40 años vigente al aire, a pesar de que sus comedias dejaron de producirse en 1995. Resulta curioso y exclusivo que sea el único programa de televisión emitido por todos los países de Latinoamérica, los cuales tienen por lo menos una emisión de sus programas en alguna cadena local.
Es claro también que la influencia cultural de sus personajes ha permeado todas las esferas sociales de los latinos, e inclusive de ellos hacia el mundo: no en vano Matt Groening, creador de Los Simpson, diseñó un personaje latino con pinta de abejorro, The Bumblebee Man, porque según él, siempre que veían la televisión latina, salía un personaje con antenitas y traje rojo, lo que para él confirmaba lo más latino de la televisión.
En 2007, las nuevas generaciones vieron nacer una aproximación de la obra de Chespirito, gracias al surgimiento de El Chavo animado, programa realizado de manera digital y que gracias a la animación y sonorización, ha prolongado a los personajes de Roberto Gómez Bolaños en una nueva versión, que a la fecha lleva siete temporadas al aire. Eso y un videojuego, El Chavo Kart, que en plataformas como Xbox y Wii también ha roto récords en ventas.
A estas alturas es imposible preguntarse el por qué de tal éxito, y si un clásico cultural se fabrica intencionalmente. Seguramente la respuesta no se obtendrá desde la teoría, pero en la práctica se puede rastrear que Roberto Gómez Bolaños siempre ha jugado a escribir un entretenimiento sano sin muchas pretensiones, donde la ternura y el respeto familiar ha sido una constante en sus creaciones y situaciones cómicas.
Chespirito confirma que las raíces culturales de Latinoamérica tienen forma de CH, pues la reverencia y devoción de millones de fanáticos en todo el mundo ahora tienen a todo el continente elevando plegarias por su salud. A sus 85 años, Don Roberto está radicado en Cancún, respirando a la altura del mar y escribiendo, porque finalmente uno no deja de hacer lo que ama.
Cuando se le pregunta por el legado con que quiere dejar, Don Roberto solo atañe a decir que quiere que lo recuerden como un hombre bueno. Más que eso, es un hombre de nuestra familia, que desde el otro lado de la pantalla nos acompañó y nos vio crecer. Chespirito es un hombre de verdad que perdurará por siempre en el legado cultural de todo latino que pise la tierra.
Publicado en la edición de junio de 2014 de la Revista Mallpocket
martes, 20 de mayo de 2014
Pido perdón
No hace falta ejemplificar mucho para convencerlos, oh amados caba-ñeros y caba-ñeras, de que la gente se indigna por bobadas. Llevo contados los últimos 10 años de mi vida, con sus días y sus noches, disculpándome con todo tipo de personas y comunidades por comentarios, memes, tuits, apuntes y cuanta forma de expresión me salga de los dedos y la boca, todo porque me reniego a fusilar mis líneas con los clásicos "Es molestando" o "No mentiras", los mismo que matan el chiste al hacerlo explicativo y literal.
Sí, soy un purista de la comedia, y desde que a la gente se le dio por indignarse con un pendejo como yo, que además de imprudente e ignorante tiene mala memoria para los insultos, no me queda nada más que indignarme también. Ahora ya no se puede opinar ni bromear con nada, porque estamos en un punto de sobrevaloración y de ego humano tan peligroso, que el ídolo falso de uno mismo se incomoda ante la más mínima contracorriente. Es entonces cuando entiendo la importancia de ofrecer disculpas y pedir perdón, porque es la forma de reivindicarse y hacer borrón y cuenta nueva.
Pedir perdón ya me es costumbre, es casi como una muletilla. Debe ser por eso que me la paso embarrándola, porque sé que es un recurso habitual que me va fluyendo. Tal vez esa es la razón de por qué me cuesta tanto socializar, porque estoy convencido de que la gente se va a tomar todo lo que digo de maneras tan literales como aterradoras, y me va a tocar ofrecer disculpas. Pienso en ello ahora que estoy estrenando oficina freelancera, y la verdad cuando voy procuro no hablar mucho porque no sé a quién pueda terminar ofendiendo sin querer queriendo, ya sea con el hecho sencillo de respirar o reír, o existir, que es como nos pasa a muchos de nosotros con quien nos incomoda.
Lo peor es que la indignación crece cuando la imprudencia sale de un ser que dice seguir a Jesús, como yo. Es tal el grado de aversión que se levanta entre la gente, que sinceramente me dan ganas de irme caminando a la casa, pensando por qué no somos capaces de aguantar sin lloriquear la opinión de otro. Si lo que otros dijeran fuese lo que me hubiera dado identidad, sería periquero, morboso y morrongo, además de fascista y chismoso. Me cuesta, porque la gente cree que por ser cristiano uno no puede hacerle bromas a un oficinista gay, no por gay, sino por oficinista. Y así con todo.
Al paso que vamos, perderemos la poca capacidad reflexiva que nos da el otro, quien desde afuera nos ve mucho mejor. No sé si lo que nos lleva a indignarnos es el miedo a descubrirnos desde afuera, o tal vez la insatisfacción frustrante de que el otro tenga razón y se nos desbarate la miserableza de creernos el centro del universo cuando no somos ni basura cósmica. Todo esto para pedirles, humanos a quienes he ofendido, perdón. Perdón sincero, porque cuando opino no lo hago buscando incomodarles, o por lo menos no tan de frente como si fuesen insultos a sus progenitoras.
Es entonces que recuerdo una frase que le oí a Diego Camargo: "Comediante que no se mete en problemas, no es comediante". Creo que ya tengo el primer requisito, ahora a plasmarlo todo en rutinas y entradas que no hagan daño. Una vez más, perdón por este final de entrada tan mediocre. Perdóname mamá. Perdóname Chespirito. Perdóname Jesús.
Sí, soy un purista de la comedia, y desde que a la gente se le dio por indignarse con un pendejo como yo, que además de imprudente e ignorante tiene mala memoria para los insultos, no me queda nada más que indignarme también. Ahora ya no se puede opinar ni bromear con nada, porque estamos en un punto de sobrevaloración y de ego humano tan peligroso, que el ídolo falso de uno mismo se incomoda ante la más mínima contracorriente. Es entonces cuando entiendo la importancia de ofrecer disculpas y pedir perdón, porque es la forma de reivindicarse y hacer borrón y cuenta nueva.
Pedir perdón ya me es costumbre, es casi como una muletilla. Debe ser por eso que me la paso embarrándola, porque sé que es un recurso habitual que me va fluyendo. Tal vez esa es la razón de por qué me cuesta tanto socializar, porque estoy convencido de que la gente se va a tomar todo lo que digo de maneras tan literales como aterradoras, y me va a tocar ofrecer disculpas. Pienso en ello ahora que estoy estrenando oficina freelancera, y la verdad cuando voy procuro no hablar mucho porque no sé a quién pueda terminar ofendiendo sin querer queriendo, ya sea con el hecho sencillo de respirar o reír, o existir, que es como nos pasa a muchos de nosotros con quien nos incomoda.
Lo peor es que la indignación crece cuando la imprudencia sale de un ser que dice seguir a Jesús, como yo. Es tal el grado de aversión que se levanta entre la gente, que sinceramente me dan ganas de irme caminando a la casa, pensando por qué no somos capaces de aguantar sin lloriquear la opinión de otro. Si lo que otros dijeran fuese lo que me hubiera dado identidad, sería periquero, morboso y morrongo, además de fascista y chismoso. Me cuesta, porque la gente cree que por ser cristiano uno no puede hacerle bromas a un oficinista gay, no por gay, sino por oficinista. Y así con todo.
Al paso que vamos, perderemos la poca capacidad reflexiva que nos da el otro, quien desde afuera nos ve mucho mejor. No sé si lo que nos lleva a indignarnos es el miedo a descubrirnos desde afuera, o tal vez la insatisfacción frustrante de que el otro tenga razón y se nos desbarate la miserableza de creernos el centro del universo cuando no somos ni basura cósmica. Todo esto para pedirles, humanos a quienes he ofendido, perdón. Perdón sincero, porque cuando opino no lo hago buscando incomodarles, o por lo menos no tan de frente como si fuesen insultos a sus progenitoras.
Es entonces que recuerdo una frase que le oí a Diego Camargo: "Comediante que no se mete en problemas, no es comediante". Creo que ya tengo el primer requisito, ahora a plasmarlo todo en rutinas y entradas que no hagan daño. Una vez más, perdón por este final de entrada tan mediocre. Perdóname mamá. Perdóname Chespirito. Perdóname Jesús.
martes, 6 de mayo de 2014
Blackmail
Ahora resulta que la gente me tiene miedo. Asumo que no me temen tan literalmente (es claro que no intimido ni a un gato recién nacido), pero sí a contarme sus historias. Es una pena que priven a un amante de la vida cotidiana de ese preciado néctar que es el cotilleo: el fino arte de nutrirse con rumores de pasillo, radio bemba, corrillos, chismes o como se les quiera llamar.
La verdad es que me gusta el chisme, pero como tengo una memorización selectiva después se me olvida lo que me contaron y hasta quién lo hizo. O en el peor de los casos, se me olvida que me lo contó un sujeto X que odia a un sujeto Y que no debe enterarse y termino siendo peor recadero que el mismo Chavo del 8. Me pasó hace poco, cuando me pidieron una referencia personal para una nueva vacante, sin saber que estaba haciéndole el cajón a otro conocido. Me hice bolas y por querer agradar en lado y lado, me crucificaron.
Tengo muchas tarimas en la vida y a todas las alimento con lo que me cuentan. Me imagino que a esa exposición es que le tienen miedo todos los que me inspiran contenido, pues está claro que soy un Homero Simpson de la docencia y la comedia sin adornos. En mi defensa, debo decir que soy poderoso pero no peligroso, como un pitbull bien domesticado que ignora su ki de pelea masticando botellas de plástico sin saber que con sus mandíbulas podría llegar a dominar el mundo.
Es complicado vivir siendo ingenuo, porque aunque soy astuto para conseguir lo que quiero, cuando se trata de otros soy fácil de pillar. Y no es que viva chismoseando, pero a veces doy por hecho que todos saben lo que sé y lo que veo, así que voy contando cosas que para mí son tan naturales como los embarazos prematuros de mis amigas, las dobles vidas de mis amigos y hasta los pasados de mis conocidos, incluyéndome a mí, a quien creo conocer un poco.
Me leo y veo un sujeto despreciable, cínico y egoísta; pero la verdad nunca he sido malintencionado: jamás he usado el chantaje para ganar beneficios propios, porque ahí se me activa un radar que me hace sellar los labios con pegante. Quisiera tener una moralidad tipo Frank Underwood o Nepomuceno Matallana e irme regando en chismes ponzoñosos de la gente, tan solo para quedarme con todo, pero la verdad el Dios que habita en mí está tan entronado que es difícil caer en deslealtades.
Lo que algunos llaman deslealtad, yo lo llamo imprudencia. Como es algo con lo que debo luchar a diario, he encontrado que la mejor manera de vivir en paz es siendo de una sola pieza. Tampoco es que sea imposible, y gracias a Dios la capacidad cerebral solo me da para tener una personalidad sin compartimentos ni vidas paralelas. Es entonces cuando encuentro que no hay nada como vivir en coherencia, exponiéndole al mundo lo que se es, porque además no hay más.
El miedo a estar expuesto controla, reprime y presiona tanto que obliga a protegerse como se pueda. En contravía, he optado por confesar públicamente mis errores, desaciertos, traumas y peculiaridades varias, como una manera de apalear cualquier chantaje futuro. A mi modo de ver, vive uno más protegido cuando no guarda las llaves debajo del tapete, sino que las pone a la vista, porque lo que se camufla en la cara de alguien es lo que menos opción tiene de agredirle.
La verdad es que me gusta el chisme, pero como tengo una memorización selectiva después se me olvida lo que me contaron y hasta quién lo hizo. O en el peor de los casos, se me olvida que me lo contó un sujeto X que odia a un sujeto Y que no debe enterarse y termino siendo peor recadero que el mismo Chavo del 8. Me pasó hace poco, cuando me pidieron una referencia personal para una nueva vacante, sin saber que estaba haciéndole el cajón a otro conocido. Me hice bolas y por querer agradar en lado y lado, me crucificaron.
Tengo muchas tarimas en la vida y a todas las alimento con lo que me cuentan. Me imagino que a esa exposición es que le tienen miedo todos los que me inspiran contenido, pues está claro que soy un Homero Simpson de la docencia y la comedia sin adornos. En mi defensa, debo decir que soy poderoso pero no peligroso, como un pitbull bien domesticado que ignora su ki de pelea masticando botellas de plástico sin saber que con sus mandíbulas podría llegar a dominar el mundo.
Es complicado vivir siendo ingenuo, porque aunque soy astuto para conseguir lo que quiero, cuando se trata de otros soy fácil de pillar. Y no es que viva chismoseando, pero a veces doy por hecho que todos saben lo que sé y lo que veo, así que voy contando cosas que para mí son tan naturales como los embarazos prematuros de mis amigas, las dobles vidas de mis amigos y hasta los pasados de mis conocidos, incluyéndome a mí, a quien creo conocer un poco.
Me leo y veo un sujeto despreciable, cínico y egoísta; pero la verdad nunca he sido malintencionado: jamás he usado el chantaje para ganar beneficios propios, porque ahí se me activa un radar que me hace sellar los labios con pegante. Quisiera tener una moralidad tipo Frank Underwood o Nepomuceno Matallana e irme regando en chismes ponzoñosos de la gente, tan solo para quedarme con todo, pero la verdad el Dios que habita en mí está tan entronado que es difícil caer en deslealtades.
Lo que algunos llaman deslealtad, yo lo llamo imprudencia. Como es algo con lo que debo luchar a diario, he encontrado que la mejor manera de vivir en paz es siendo de una sola pieza. Tampoco es que sea imposible, y gracias a Dios la capacidad cerebral solo me da para tener una personalidad sin compartimentos ni vidas paralelas. Es entonces cuando encuentro que no hay nada como vivir en coherencia, exponiéndole al mundo lo que se es, porque además no hay más.
El miedo a estar expuesto controla, reprime y presiona tanto que obliga a protegerse como se pueda. En contravía, he optado por confesar públicamente mis errores, desaciertos, traumas y peculiaridades varias, como una manera de apalear cualquier chantaje futuro. A mi modo de ver, vive uno más protegido cuando no guarda las llaves debajo del tapete, sino que las pone a la vista, porque lo que se camufla en la cara de alguien es lo que menos opción tiene de agredirle.
miércoles, 4 de diciembre de 2013
Hello, Goodbye
De un tiempo para acá, me he dado cuenta de dos cosas: me encanta dormir en los aviones y arrancar las entradas de este hijueblog contando las historias de otras personas. Creo que esta vez será la excepción, pues eso hace parte del combo de vivir de la escritura, o por lo menos intentarlo. La gente cree que esto es algo que fluye, que se puede enseñar y por supuesto aprender. La verdad es que escribir es muy difícil, desgastante y generalmente incierto, porque uno le mete la ficha a ideas y personajes creyendo que serán la versión contemporánea de Seinfeld, pero terminan en la papelera de reciclaje de Cristovisión.
Lo más duro de escribir es que uno tiene que conocer profundamente la condición humana, literalmente hablando. Uno aprende a tocar fondo tomando decisiones que cree que porque vienen del cielo serán buenas y provechosas, pero el margen de error aumenta y la prisa entra. Esto porque estoy entrando en una nueva teoría conspirativa, que tiene que ver con viajes y curiosamente estoy tratando de aterrizar.
Me encanta viajar. Creo firmemente que el hombre que viaja solo renace, y que como decía Chaparrón Bonaparte: "Si cuando viajes no quieres quejas, cuando tú viajes viaja sin viejas". Hay que agarrar cuanto avión lo permita el pasaporte para descubrir esas peculiaridades de la vida, esos reveses y giros mentales tan necesarios para aprender a vivir. Uno viaja y crece, madura, aprende a desarrollar la paciencia y a convivir con la adrenalina, y eso es bueno. Pero si algo he aprendido desde que empecé a viajar fuera del país es que hay viajes que no son para ciertas personas, aunque todas las personas deban viajar.
Ya alguna vez conté lo que viví cuando estuve por primera vez en Los Ángeles. No puedo negar que estando allá tuve el pensamiento fugaz de quedarme, no de aguado, pero sí de tomarme una buena temporada en los yunais para pensar, ganar plata en la meca cinematográfica y probarme a mí mismo que estoy hecho para cosas grandes. Pero ya después de que pasó el jet lag, me di cuenta que estaba pensando desde el sentimiento y el alma, no desde lo que realmente soñaría.
Eso de empacar la vida entera en una maleta y largarse tiene su letra menuda, porque no es que esté mal viajar, lo malo es viajar cuando no era el momento de hacerlo. La gente hippie es así, creen que a través de un viaje se van a encontrar consigo mismos, o con un duende revelador. Y va uno a ver y se queda con esa idea tan hollywoodense de la resolución de la vida, como otorgándole al azar poderes curativos, como si contemplar la idea de empezar de nuevo fuese el milagro en forma de examen de inglés con alto puntaje.
Lo cierto es que esa incipiente sensación de libertad que produce el cambio, el por fin empezar a mandar sobre la vida de uno, se desdibuja cuando va pasando el tiempo. Alguna vez oí que la razón por la que nos gusta irnos es porque o corremos de o corremos a, y creo que es verdad. Nos encanta disfrazar de progreso y avance las ganas de escapar de la triste vida que no es que nos ha tocado, sino nosotros mismos escogimos.
Estando allá, me sentía el Tarantino de Soacha. Un talentoso pez que había salido de la pecera y crecería mucho más estando en el mar. Lo peor es que estoy seguro de que lo hubiera logrado: trabajaría como guionista, viviría cerca de Koreatown, sería parte activa de una Iglesia increíble y me estaría cuadrando con una actriz de origen guatemalteco, por aquello del intercambio cultural. Pero lo que más predominó en mi cabeza por aquellos días fue esa suerte de superioridad moral de quien está afuera y ve con desdén a los que están del otro lado del charco.
Ahora pienso que es la misma relación social que tienen los urbanos de los campesinos: siempre se subestima al que no ha viajado y se siente estar más cerca de la iluminación que ese que no entiende lo que es vivir afuera, porque es un religioso que piensa que en este país tercermundista está lo suyo. No tomé la decisión siquiera de intentar quedarme, porque me repugnó hacer de mi vida un pedestal de orgullo y prepotencia que además se largaría dejando atrás todo por delante.
Todavía me emociona pensar en que todo lo impactante de viajar se resume en decir hola por primera vez y adiós por última, tanto aquí como allá. Estoy seguro de que me caerán a palos, como de costumbre, por decir lo que pienso. Pero cuando decidí decirle hola a mi propósito y adiós a mi sueño, cuando decidí quedarme en esta tierra chibcha y decirle adiós a la comodidad de largarme, también compré los cupones de la crítica, censura y humillación pública por serle fiel a lo que siento que Dios me ha llamado a hacer.
Lo más duro de escribir es que uno tiene que conocer profundamente la condición humana, literalmente hablando. Uno aprende a tocar fondo tomando decisiones que cree que porque vienen del cielo serán buenas y provechosas, pero el margen de error aumenta y la prisa entra. Esto porque estoy entrando en una nueva teoría conspirativa, que tiene que ver con viajes y curiosamente estoy tratando de aterrizar.
Me encanta viajar. Creo firmemente que el hombre que viaja solo renace, y que como decía Chaparrón Bonaparte: "Si cuando viajes no quieres quejas, cuando tú viajes viaja sin viejas". Hay que agarrar cuanto avión lo permita el pasaporte para descubrir esas peculiaridades de la vida, esos reveses y giros mentales tan necesarios para aprender a vivir. Uno viaja y crece, madura, aprende a desarrollar la paciencia y a convivir con la adrenalina, y eso es bueno. Pero si algo he aprendido desde que empecé a viajar fuera del país es que hay viajes que no son para ciertas personas, aunque todas las personas deban viajar.
Ya alguna vez conté lo que viví cuando estuve por primera vez en Los Ángeles. No puedo negar que estando allá tuve el pensamiento fugaz de quedarme, no de aguado, pero sí de tomarme una buena temporada en los yunais para pensar, ganar plata en la meca cinematográfica y probarme a mí mismo que estoy hecho para cosas grandes. Pero ya después de que pasó el jet lag, me di cuenta que estaba pensando desde el sentimiento y el alma, no desde lo que realmente soñaría.
Eso de empacar la vida entera en una maleta y largarse tiene su letra menuda, porque no es que esté mal viajar, lo malo es viajar cuando no era el momento de hacerlo. La gente hippie es así, creen que a través de un viaje se van a encontrar consigo mismos, o con un duende revelador. Y va uno a ver y se queda con esa idea tan hollywoodense de la resolución de la vida, como otorgándole al azar poderes curativos, como si contemplar la idea de empezar de nuevo fuese el milagro en forma de examen de inglés con alto puntaje.
Lo cierto es que esa incipiente sensación de libertad que produce el cambio, el por fin empezar a mandar sobre la vida de uno, se desdibuja cuando va pasando el tiempo. Alguna vez oí que la razón por la que nos gusta irnos es porque o corremos de o corremos a, y creo que es verdad. Nos encanta disfrazar de progreso y avance las ganas de escapar de la triste vida que no es que nos ha tocado, sino nosotros mismos escogimos.
Ahora pienso que es la misma relación social que tienen los urbanos de los campesinos: siempre se subestima al que no ha viajado y se siente estar más cerca de la iluminación que ese que no entiende lo que es vivir afuera, porque es un religioso que piensa que en este país tercermundista está lo suyo. No tomé la decisión siquiera de intentar quedarme, porque me repugnó hacer de mi vida un pedestal de orgullo y prepotencia que además se largaría dejando atrás todo por delante.
Todavía me emociona pensar en que todo lo impactante de viajar se resume en decir hola por primera vez y adiós por última, tanto aquí como allá. Estoy seguro de que me caerán a palos, como de costumbre, por decir lo que pienso. Pero cuando decidí decirle hola a mi propósito y adiós a mi sueño, cuando decidí quedarme en esta tierra chibcha y decirle adiós a la comodidad de largarme, también compré los cupones de la crítica, censura y humillación pública por serle fiel a lo que siento que Dios me ha llamado a hacer.
A estas alturas del partido, una mala decisión me puede dejar destrozado y bombardeado con napalm.
martes, 12 de noviembre de 2013
Resiste, oficinista
Según un estudio de la Universidad de Texas, a nivel mundial, tan solo el 29% de los trabajadores se siente satisfecho con su trabajo. El porcentaje restante se siente algo satisfecho con lo que está haciendo y una gran mayoría siente que mejor sería darse un balazo en el paladar y ver la sangre correr. O en su defecto, balear al vecino oficinista que hace más amarga la existencia.
Esto porque vivo haciendo cosas que a veces me gustan, pero generalmente me cuestan. Trabajo en una oficina increíble, pero me he hecho especialista en conectar video beams, montar el garrafón de agua y hacer reír a la gente con mis agonías personales. Uno estudia una carrera y sueña con dar pasos agigantados en las empresas, o en su defecto independizarse joven, pero no todos corremos con suerte y nos toca pagar derecho de piso haciendo caso y obedeciendo. No tengo problema con eso, lo malo es cuando se me olvida el por qué ando donde ando y hago lo que hago.
Ya he dicho antes que mi memoria es selectiva. Sólo aprendo lo que me interesa, que a veces son idioteces de la cultura pop. Idioteces que no sirven para nada, porque no me ha hecho mejor persona acordarme de memoria de todas las canciones de Dragon Ball Z, o del orden de grupos de los equipos del Mundial de 1994. Descubrí que vale la pena tener pasiones, y que ser un gran televidente de Chespirito sí me iba a servir para algo en la vida. Eso nunca se me olvida, al igual que un afiche que en un capítulo de Los Simpson Marge pegó en su improvisada oficina cuando intentó ser empresaria de Pretzels.
Tal vez alguien necesite imprimir esta foto, o cualquiera de las que circulan en Internet con gatos reales. Yo prefiero esta que por lo menos me anima, porque el gato nunca se va a caer simplemente porque no existe. Suena pesimista, pero la vida oficinista termina por recordarnos que no somos nada, que las empresas no tienen memoria y que hay tiempos muertos para quedarse quieto ahí, aguantando un poquitico más.
Siempre es bueno recordar que el secreto de las cosas está en permanecer. Se nos olvida porque vivimos casados con futuros que amamos, mientras nos juntamos con presentes que odiamos. Es aquí cuando uno debe armarse de valor para no saltar del barco sin ensillarlo, o montarse al caballo sin ancla, o algo así. Es una lección para todo en la vida, por eso son testigos de algo que nunca he hecho, oh amados caba-ñeros y caba-ñeras: dar una cátedra de teleconsejos oficinistas.
1. ¡Examínese!
Lejos de sonar a campaña de prevención del cáncer de mama, es importante darse cuenta de qué es lo que frustra y cansa del trabajo: uno mismo, el ambiente, las tareas asignadas, uno mismo, la rutina o uno mismo. A diario hay que dar el paso de volver a ponerse el carné entendiendo que la decisión está en uno mismo, y que a veces el problema y la solución son iguales. La actitud es algo que la quincena no alcanza a comprar.
2. Calmao ventarrón, que aquí te traigo tu menticol
Las empresas son mundos opuestos donde las metodologías y demás formas de trabajo son cambiantes. Uno no llega a imponerse en contra del sistema, pero sí trabaja a diario por proponer nuevas reglas, las propias. La idea no es calcar, sino siempre ofrecer una forma personal de hacer las cosas. Hasta donde sea posible lo mejor es no desesperar ni precipitarse a irse sin haberse dado cuenta de que con paciencia se gana terreno.
3. Se es lo que es, y se parece ser
Tener visión no es leer de corrido la tarjeta de letras con la que el optómetra revisa si se necesitan gafas o no. Es tener claridad en las metas y en la manera de lograrlas, por eso uno se comporta con altura aunque lo traten como bajeza. Si uno se desanima, no debe dejar que eso se note, mucho menos en el trabajo que se hace. Es necesario levantar la frente y sonreír mientras llega la quincena.
4. Hablando se entiende la gente
Vivimos atemorizados con hablarle a los superiores, nunca entenderé por qué. Siempre hay que buscar la manera de encontrar espacios donde uno manifieste sus sentires y venires, quien quita sea ese el vehículo para desenmarcarse del promedio mediocre con el que se comparte a la hora del almuerzo.
Ya he dicho antes que mi memoria es selectiva. Sólo aprendo lo que me interesa, que a veces son idioteces de la cultura pop. Idioteces que no sirven para nada, porque no me ha hecho mejor persona acordarme de memoria de todas las canciones de Dragon Ball Z, o del orden de grupos de los equipos del Mundial de 1994. Descubrí que vale la pena tener pasiones, y que ser un gran televidente de Chespirito sí me iba a servir para algo en la vida. Eso nunca se me olvida, al igual que un afiche que en un capítulo de Los Simpson Marge pegó en su improvisada oficina cuando intentó ser empresaria de Pretzels.
Tal vez alguien necesite imprimir esta foto, o cualquiera de las que circulan en Internet con gatos reales. Yo prefiero esta que por lo menos me anima, porque el gato nunca se va a caer simplemente porque no existe. Suena pesimista, pero la vida oficinista termina por recordarnos que no somos nada, que las empresas no tienen memoria y que hay tiempos muertos para quedarse quieto ahí, aguantando un poquitico más.
Siempre es bueno recordar que el secreto de las cosas está en permanecer. Se nos olvida porque vivimos casados con futuros que amamos, mientras nos juntamos con presentes que odiamos. Es aquí cuando uno debe armarse de valor para no saltar del barco sin ensillarlo, o montarse al caballo sin ancla, o algo así. Es una lección para todo en la vida, por eso son testigos de algo que nunca he hecho, oh amados caba-ñeros y caba-ñeras: dar una cátedra de teleconsejos oficinistas.
1. ¡Examínese!
Lejos de sonar a campaña de prevención del cáncer de mama, es importante darse cuenta de qué es lo que frustra y cansa del trabajo: uno mismo, el ambiente, las tareas asignadas, uno mismo, la rutina o uno mismo. A diario hay que dar el paso de volver a ponerse el carné entendiendo que la decisión está en uno mismo, y que a veces el problema y la solución son iguales. La actitud es algo que la quincena no alcanza a comprar.
2. Calmao ventarrón, que aquí te traigo tu menticol
Las empresas son mundos opuestos donde las metodologías y demás formas de trabajo son cambiantes. Uno no llega a imponerse en contra del sistema, pero sí trabaja a diario por proponer nuevas reglas, las propias. La idea no es calcar, sino siempre ofrecer una forma personal de hacer las cosas. Hasta donde sea posible lo mejor es no desesperar ni precipitarse a irse sin haberse dado cuenta de que con paciencia se gana terreno.
3. Se es lo que es, y se parece ser
Tener visión no es leer de corrido la tarjeta de letras con la que el optómetra revisa si se necesitan gafas o no. Es tener claridad en las metas y en la manera de lograrlas, por eso uno se comporta con altura aunque lo traten como bajeza. Si uno se desanima, no debe dejar que eso se note, mucho menos en el trabajo que se hace. Es necesario levantar la frente y sonreír mientras llega la quincena.
4. Hablando se entiende la gente
Vivimos atemorizados con hablarle a los superiores, nunca entenderé por qué. Siempre hay que buscar la manera de encontrar espacios donde uno manifieste sus sentires y venires, quien quita sea ese el vehículo para desenmarcarse del promedio mediocre con el que se comparte a la hora del almuerzo.
lunes, 7 de octubre de 2013
Tuiterología
Llevo dos años con una cuenta en Twitter, que para efectos del español pulcro siempre he llamado Tuiter, así a secas. Me fastidian esos anglicismos del arribista promedio, que pronuncia Tuirer pero se jacta de usar bluyins negros, tomar Coacola y vacacionar en Uropa. En fin, esto confirma lo que he concluido en estos días: Tuiter me afecta porque siempre saca lo peor de mí.
Ya no lo disfruto como antes, cuando pensaba que se trataba de mencionar a Chespirito y mandarle elogios. Luego entendí que el truco era tuitear y ya, pero la cosa se complicó. Antes me dejaba llevar simplemente por la cultura del microblogging y decía barbaridades para que no se me olvidaran, casi como una libreta de apuntes virtual y pública. Pero luego entré en una carrera de ratas en búsqueda de seguidores, como si de eso dependiera mi libertad del Icetex.
Escribo una que otra verdad bíblica y de a puño, pero la gran mayoría de tuits son idioteces que no sé por qué algunos sobrevaloran como si fuese la verdad revelada. Eso es algo que me preocupa, el nivel de literalidad de mucho tuitero amateur. La gente se toma todo muy en serio, me leen al pie de la letra y eso es triste, porque no hay nada más frustrante que tener que explicar el chiste. El problema es que empecé a darme a conocer, y con eso vinieron seguidores que no merezco, como pastores, comediantes, periodistas, medios de comunicación y Rescate, mi banda favorita. Se me hizo extraño, porque con las idioteces que escribo lo que merezco es que me ignoren y hasta me bloqueen.
Hace poco superé lo 7000 tuits y entré en crisis, porque me di cuenta que Tuiter es un termómetro perverso de aceptación de ideas. No sufro cuando la gente me elimina de Facebook, porque allá se muestra es carne y cristianos pidiendo la mano. En Tuiter uno muestra intelecto y puntos de vistas, donde el ego y el orgullo arman un nido placentero en el que se besan, o algo así. Vivo obsesionado con los ojos encima del número de seguidores, y sufro cuando se reducen, porque es como si me estuvieran rechazando. Luego llegan otros y remplazan las vacantes, entonces vuelve a mí la paz de siempre, la del enfermo digital.
Ya dije que me sigue gente que admiro, y ese es otro problema. Me la paso pensando en qué publicar, para descrestarlos, pero también para no embarrarla y que tomen la decisión de irse. De vez en cuando me paso por sus cuentas a verificar si todavía me siguen, si no se han arrepentido ante tanta incoherencia y verborrea mal ponderada. Digo incoherencia porque la gente cree que uno es eso que postea, y va uno a ver y sí se parece, pero en realidad lo que he hecho es construir un personaje de mí mismo, un avatar al que juzgan y admiran pero en la vida real es tan simple como desilusionante.
Lo peor de todo es que no planeo irme de Tuiter. He hecho ayunos esporádicos para curarme la opinadera, y han funcionado. Pero vuelven a mí esas ganas de tuitear, como buscando que detrás de mi testimonio de vida (el mío, no el del avatar) la gente disfrute y conozca algo de lo que creo y pienso. Solo busco que entiendan que esto es un juego, que no es la vida real y que por lo tanto da licencias para una ficción comprada, acomodada y ante todo irónica.
Ahora me iré a tuitear, porque hay cosas que nadie más hará por uno.
Ya no lo disfruto como antes, cuando pensaba que se trataba de mencionar a Chespirito y mandarle elogios. Luego entendí que el truco era tuitear y ya, pero la cosa se complicó. Antes me dejaba llevar simplemente por la cultura del microblogging y decía barbaridades para que no se me olvidaran, casi como una libreta de apuntes virtual y pública. Pero luego entré en una carrera de ratas en búsqueda de seguidores, como si de eso dependiera mi libertad del Icetex.
Escribo una que otra verdad bíblica y de a puño, pero la gran mayoría de tuits son idioteces que no sé por qué algunos sobrevaloran como si fuese la verdad revelada. Eso es algo que me preocupa, el nivel de literalidad de mucho tuitero amateur. La gente se toma todo muy en serio, me leen al pie de la letra y eso es triste, porque no hay nada más frustrante que tener que explicar el chiste. El problema es que empecé a darme a conocer, y con eso vinieron seguidores que no merezco, como pastores, comediantes, periodistas, medios de comunicación y Rescate, mi banda favorita. Se me hizo extraño, porque con las idioteces que escribo lo que merezco es que me ignoren y hasta me bloqueen.
Hace poco superé lo 7000 tuits y entré en crisis, porque me di cuenta que Tuiter es un termómetro perverso de aceptación de ideas. No sufro cuando la gente me elimina de Facebook, porque allá se muestra es carne y cristianos pidiendo la mano. En Tuiter uno muestra intelecto y puntos de vistas, donde el ego y el orgullo arman un nido placentero en el que se besan, o algo así. Vivo obsesionado con los ojos encima del número de seguidores, y sufro cuando se reducen, porque es como si me estuvieran rechazando. Luego llegan otros y remplazan las vacantes, entonces vuelve a mí la paz de siempre, la del enfermo digital.
Ya dije que me sigue gente que admiro, y ese es otro problema. Me la paso pensando en qué publicar, para descrestarlos, pero también para no embarrarla y que tomen la decisión de irse. De vez en cuando me paso por sus cuentas a verificar si todavía me siguen, si no se han arrepentido ante tanta incoherencia y verborrea mal ponderada. Digo incoherencia porque la gente cree que uno es eso que postea, y va uno a ver y sí se parece, pero en realidad lo que he hecho es construir un personaje de mí mismo, un avatar al que juzgan y admiran pero en la vida real es tan simple como desilusionante.
Lo peor de todo es que no planeo irme de Tuiter. He hecho ayunos esporádicos para curarme la opinadera, y han funcionado. Pero vuelven a mí esas ganas de tuitear, como buscando que detrás de mi testimonio de vida (el mío, no el del avatar) la gente disfrute y conozca algo de lo que creo y pienso. Solo busco que entiendan que esto es un juego, que no es la vida real y que por lo tanto da licencias para una ficción comprada, acomodada y ante todo irónica.
Ahora me iré a tuitear, porque hay cosas que nadie más hará por uno.
martes, 23 de julio de 2013
De gran tamaño
Hace un tiempo vi una nota periodística en la que un concejal denunciaba que lo discriminaban por su estatura. Tras verla, solo pude decir: ¡Ya era hora de que alguien pensara en los niños! Porque con la muerte de Gilma Jiménez, los bajitos quedamos huérfanos. Desde que tengo memoria, yo también he sufrido por el tamaño -o tamañito (¿?)- de mi estatura, pues en el promedio cundinamarqués, soy el que está en la parte más baja, el chichón de piso, el amiguito del suelo.
Acostumbrado a la censura de los lejanos timbres de bus, a los tubos horizontales y las claraboyas abiertas que nunca alcanzo en el Transmilenio, a quedar con los pies meciéndose en el aire cuando me siento en cualquier silla, me envalentoné a escribir esto. Sí, porque lo malo no es ser bajito, sino no aceptar la condición. Esa palabra: condición, es tan chistosa que por eso la gente lo ve a uno con lástima, como si Dios se hubiera quedado corto en materiales a la hora de fabricarlo a uno y lo hubiera castigado condenándolo a ser una versión sachet de ser humano.
Mido 1.60 cms a ras. La verdad no pensé llegar tan alto, pues vengo de una familia perfecta para modelar los juegos de Fisher Price: todos pequeños, de piernas cortas pero con el orgullo, precio y arrogancia por la nubes. Nada más peligroso que un enano con ínfulas de grandeza, aunque en mi caso, esa combinación me hizo sobrevivir a las burlas del colegio, donde pasé de ser Chiqui a Chiquirambo, pues nunca permitía que me la montaran por ser el más bajito del salón, de la ruta, de la banda marcial, del conjunto cerrado, de la Iglesia y de todo lugar que frecuento hasta la fecha.
La época de colegio siempre es cruel con los bajitos. En mi caso, no logré triunfar en el deporte que más me gustaba: el baloncesto. En la época, mi ilusión la alimentó la película Space Jam, donde Michael Jordan se acompañaba de los Looney Tunes para enfrentar a sus poseído compañeros de la NBA, incluido Muggsy Bogues, el pigmeo al que todos se la montaban, pero que brillaba por su virtuosismo con las pelotas. Como yo, que también destaco por pelotudo.
Pensaba que si Bogues podía destacarse en lo que le gustaba, -así como pudieron otros gigantes como Danny DeVito, Daniel Guzmán (a quien lo conoce la mamá, pero Google dice que medimos lo mismo), Armando Manzanero y el inmenso Roberto Gómez Bolaños-, yo podría hacerlo también. Y he ido creciendo así, con mentalidad de grandeza, por eso es que me fastidia cuando la gente se cree mejor que yo solo por el hecho de poderme mirar por encima del hombro. Sí, perfectamente puedo comprar la ropa en Off Corss y Zara Kids, y hasta me sale más barato que aquellos que les toca endeudarse por una chaqueta mediana.
Y ni hablar de la vida amorosa. Como a las mujeres les gustan grandotes, nosotros debemos enfocarnos en alimentar otras virtudes. En mi caso, tuve que aprender a conversar y a bailar, porque los altos no driblan contra el piso como uno, que ha sido uno con él. Aunque aprendí a bailar salsa como un trompo discotequero y a la altura de los que me llevan años de experiencia, mi vida sentimental siempre se desmorona cuando llega el escaneo visual, ese que revela que tengo las piernas cortas. Eres lindo, pero muy bajito. Así, con diminutivo, que en últimas resulta siendo más ofensivo. Nadie sabe cuántos amores han agonizado por esos centímetros de más, o de menos.
Por eso, hago un llamado a que dejen de vernos como poca cosa. Ya estuvo bien de que siempre nos llamen por nuestros nombres en diminutivo, de que nos traten como si fuéramos de plastilina o pastillaje. Personalmente, estoy hasta la coronilla del típico Los perfumes finos vienen en empaques pequeños. ¿Qué nadie se ha dado cuenta que las muestras gratis también? Ya estuvo bien de los clásicos chistes recocheros como usted se cae de un andén y se fractura, o Es vital que arrojes el anillo al Monte del Destino. ¡Somos como ustedes! Nacimos en la misma tierra, conquistada y abusada por españoles, entonces, ¿Por qué nos la montan? ¿Tienen alguna clase de complejo infantil por resolver con nosotros? No se busquen que nos unamos y en un acto de rebeldía les amarremos los zapatos entre sí, para que mueran descalabrados.
Lo que no saben los que miden más que yo es que mi forma de ver el mundo es tan única e interesante como la de ellos. Sí, pues esto de ver el mundo en contrapicado alimenta las grandes aspiraciones. Tanto, que mis sueños llegan a ser más altos que los de los altos, por aquello de que me encomiendo al Altísimo. Por ahí alguien dijo que lo que cambiará el mundo es la revolución de las cosas pequeñas. Fue Pirry. Y le creo, porque aunque vemos el mundo diferente, lo hacemos a la misma altura. Literal.
Publicado en 747 Oficial
Acostumbrado a la censura de los lejanos timbres de bus, a los tubos horizontales y las claraboyas abiertas que nunca alcanzo en el Transmilenio, a quedar con los pies meciéndose en el aire cuando me siento en cualquier silla, me envalentoné a escribir esto. Sí, porque lo malo no es ser bajito, sino no aceptar la condición. Esa palabra: condición, es tan chistosa que por eso la gente lo ve a uno con lástima, como si Dios se hubiera quedado corto en materiales a la hora de fabricarlo a uno y lo hubiera castigado condenándolo a ser una versión sachet de ser humano.
Mido 1.60 cms a ras. La verdad no pensé llegar tan alto, pues vengo de una familia perfecta para modelar los juegos de Fisher Price: todos pequeños, de piernas cortas pero con el orgullo, precio y arrogancia por la nubes. Nada más peligroso que un enano con ínfulas de grandeza, aunque en mi caso, esa combinación me hizo sobrevivir a las burlas del colegio, donde pasé de ser Chiqui a Chiquirambo, pues nunca permitía que me la montaran por ser el más bajito del salón, de la ruta, de la banda marcial, del conjunto cerrado, de la Iglesia y de todo lugar que frecuento hasta la fecha.
La época de colegio siempre es cruel con los bajitos. En mi caso, no logré triunfar en el deporte que más me gustaba: el baloncesto. En la época, mi ilusión la alimentó la película Space Jam, donde Michael Jordan se acompañaba de los Looney Tunes para enfrentar a sus poseído compañeros de la NBA, incluido Muggsy Bogues, el pigmeo al que todos se la montaban, pero que brillaba por su virtuosismo con las pelotas. Como yo, que también destaco por pelotudo.
Pensaba que si Bogues podía destacarse en lo que le gustaba, -así como pudieron otros gigantes como Danny DeVito, Daniel Guzmán (a quien lo conoce la mamá, pero Google dice que medimos lo mismo), Armando Manzanero y el inmenso Roberto Gómez Bolaños-, yo podría hacerlo también. Y he ido creciendo así, con mentalidad de grandeza, por eso es que me fastidia cuando la gente se cree mejor que yo solo por el hecho de poderme mirar por encima del hombro. Sí, perfectamente puedo comprar la ropa en Off Corss y Zara Kids, y hasta me sale más barato que aquellos que les toca endeudarse por una chaqueta mediana.
Y ni hablar de la vida amorosa. Como a las mujeres les gustan grandotes, nosotros debemos enfocarnos en alimentar otras virtudes. En mi caso, tuve que aprender a conversar y a bailar, porque los altos no driblan contra el piso como uno, que ha sido uno con él. Aunque aprendí a bailar salsa como un trompo discotequero y a la altura de los que me llevan años de experiencia, mi vida sentimental siempre se desmorona cuando llega el escaneo visual, ese que revela que tengo las piernas cortas. Eres lindo, pero muy bajito. Así, con diminutivo, que en últimas resulta siendo más ofensivo. Nadie sabe cuántos amores han agonizado por esos centímetros de más, o de menos.
Por eso, hago un llamado a que dejen de vernos como poca cosa. Ya estuvo bien de que siempre nos llamen por nuestros nombres en diminutivo, de que nos traten como si fuéramos de plastilina o pastillaje. Personalmente, estoy hasta la coronilla del típico Los perfumes finos vienen en empaques pequeños. ¿Qué nadie se ha dado cuenta que las muestras gratis también? Ya estuvo bien de los clásicos chistes recocheros como usted se cae de un andén y se fractura, o Es vital que arrojes el anillo al Monte del Destino. ¡Somos como ustedes! Nacimos en la misma tierra, conquistada y abusada por españoles, entonces, ¿Por qué nos la montan? ¿Tienen alguna clase de complejo infantil por resolver con nosotros? No se busquen que nos unamos y en un acto de rebeldía les amarremos los zapatos entre sí, para que mueran descalabrados.
Lo que no saben los que miden más que yo es que mi forma de ver el mundo es tan única e interesante como la de ellos. Sí, pues esto de ver el mundo en contrapicado alimenta las grandes aspiraciones. Tanto, que mis sueños llegan a ser más altos que los de los altos, por aquello de que me encomiendo al Altísimo. Por ahí alguien dijo que lo que cambiará el mundo es la revolución de las cosas pequeñas. Fue Pirry. Y le creo, porque aunque vemos el mundo diferente, lo hacemos a la misma altura. Literal.
Publicado en 747 Oficial
miércoles, 30 de enero de 2013
Fiebre de cura cabañera
Aquí, encerrado en mi casa un día de 2010 en el que me quedé sin trabajo y para salir de pobre y no volverme loco, creé este blog cristi-maléfico.
Navegando y perdiendo el tiempo en Internet, que es lo que una mente oficinista sana realmente hace, encontré que esto de La Fiebre de las Cabañas ya es un problema de salubridad cristiana privada, que esto de generar revueltas santas tiene su precio y su very very. Un señor de los Anillos llamado Ryn Gargulinski, que después de buscar en Google resultó ser señora, escribió Cómo curar la fiebre de cabaña, pues resulta que sí se le tiene el remedio a fiebres tan enfermizas como la amarilla, la de sábado en la noche y esta. Aquí la versión caba-ñera.
Es invierno en Bogotá. Hace frío y estás lejos de casa. Hace tiempo que estás sentado sobre esa piedra, pero como está oscuro, te preguntas para qué sirven las piedras. Y quieres gritar. No porque tengas miedo de la fría oscuridad del invierno, sino porque un atracador con saco de Warner Bros está adelante tuyo, con la cara cortada y el bozo más afilado que el cuchillo que te empuña. Estás perdiendo la cabeza, porque no salías de casa y andabas encerrado durante días. Este encierro, que además tiene un hijo llamado desempleo y un primero mejor conocido como repulsión a que el cerebro se averie, ha terminado con llevarte a hacer un blog que terminó conociéndose como La Fiebre de las Cabañas, porque como te pareces a Woody Allen, Chespirito y al Jack Torrance de El Resplandor, había que sacar algo con eso. La Fiebre de las Cabañas puede afligir incluso a las personas más alegres y religiosas, así que no te sientas solo en tu locura porque los caba-ñeros somos más. Tampoco te sientes y te regocijes en ella, ni que fuera silla. Estos consejos te ayudarán a superar La Fiebre de las Cabañas, e incluso a divertirte un poco. Que viva.
Nivel de dificultad: Moderadamente imposible
Necesitarás: Dejar de ser tan Lámpara y ver la realidad con el espectro completo
Instrucciones:
1. Duerme lo necesario. Los osos hibernan durante meses y no hay nada que te impida imitar ese comportamiento, salvo el aspecto de morsa amorfa que lograrás y una que otra burla que de este servidor recibirás. Para eso está el invierno, para sacar de sus garras algo inédito, algo creativo, algo musical. Dormir es una buena forma de evasión y también una forma de descansar para estar preparado para la primavera y el verano que te esperan, pero como vivimos en un país sin estaciones, resígnate a enfrentar tus problemas así llueva, truene o relampaguee. Si no puedes dormirte en el momento, ayúdate leyendo algún material aburrido, como las páginas financieras del periódico, el libro de Números u Orgullo y Prejuicio; o consigue algunos CD de reggae roots o jazz que te ayuden a relajar.
2.Báñate y perfúmate. Los baños son otra forma de evasión que relajan, matan el tiempo y sencillamente te hacen sentir bien. Ten cuidado con el exceso de agua caliente, no vaya a ser que despiertes el amor antes de tiempo. Te diría que hagas una profesión de comprar montones de jabón de baño, aceite y otras cosas divertidas que puedas poner en la tina, pero como eres pobre, pagas Icetex y además algún servicio público que nunca usas en donde vives, dúchate y sal rápido antes de que el taco se salte de nuevo, como la vez que tu abuela se electrocutó por pasarse de tiempo. Haz una gran compra de productos de baño cada otoño del patriarca para proveerte en el invierno que llega. Asegúrate de incluir incienso comprado con monedas de baja gama a algún punkero en la calle, CD de música clásica y velas aromáticas, como dice tu horóscopo cristiano, en el cual eres sanguíneo, colérico, melancólico o flemático.
3. Consigue una lámpara de espectro completo, o en su defecto deja de ser tan Lámpara y ve la realidad con el espectro completo. Como la luz del sol es escasa, y lo esencial es invisible para los ojos como decía el Principito, pide una grúa que te ayude a levantar tu ánimo, ojalá de esas que han estado cerca de muchos postes para que con una luz te estimulen. Estas cosas hacen maravillas y se pueden adquirir en las tiendas de muebles o en Internet, lugares donde ni se compra ni se vende el cariño verdadero, ni mucho menos la decencia y la integridad.
4. Permítete el lujo de tener un hobbit. Son muy Ávila: pequeños, confiables, caribonitos y ariscos cuando toca. Cuando hayas dormido y te hayas duchado por segunda vez, búscate alguna tarea divertida, como limpiarle los restos de Corega a algún anciano de tu localidad. Quizás te guste hacer punto pero no hayas tocado las agujas en siglos, porque lo tuyo era el perico. Quizás quieras retomar tus habilidades con la pintura, escultura, fleteo, cosquilleo y demás distracciones de tu pubertad. Hasta las empresas menos creativas, como organizar ese armario del que siempre caen cosas sobre tu cabeza, pueden mantenerte ocupado y hacerte sentir productivo.Esta parte sí queda tal cual.
5. Sal afuera de todos modos, porque eso de salir adentro suena muy feo y hasta ilógico. Cuando hayas visto que has pasado más aceite que un R9 y ya no lo puedes soportar, vístete y sal fuera, porque ya se dijo que a adentro solo salen los retrasados. Intenta escoger un día que no tenga una tormenta de ideas tan terrible como las peleas de Santos y Uribe, y asegúrate de vestirte adecuada y decorosamente. Gorro, guantes, bóxers, botas, baby doll, abrigo grueso, calzoncillos largos, bufanda: ponte lo que encuentres. Llévate la cámara de gas para hacer algunas fotos tuyas ahogándote; cuando vuelvas luego, podrás pasarte horas haciendo un collage con ellas, un plan más emocionante que la noche de siluetas de Skinner.
6. Sal de la ciudad, y del mundo si es posible. Los casos más graves en La Fiebre de las Cabañas han iniciado con gente insatisfecha ante lo que el sistema les quiere meter. Te beneficiará mucho comprarte un perro, una gata o algún tiquete a Los Ángeles. Si no puedes permitirte un viaje así, haz unas mini vacaciones a La Castellana, a La Vecindad o incluso a un centro comercial en donde puedas moverte y revitalizarte gratis.
@benditoavila
martes, 2 de octubre de 2012
Javerianidad
Las mejores y peores cosas de la vida pueden pasar en Transmilenio. Estando allí recibí la llamada cuando me contrataron en mi actual trabajo, me reencontré con amistades de infancia y hasta sufrí diversas penurias tercermundistas. Lo cierto es que pasan cosas, pasa la vida y pasa también la que en mi época javeriana fue la directora de carrera de Comunicación. Comprobé que era ella porque sigue con su pelo corto y colorido, con la misma gracia y amabilidad con la que la recuerdo me saludaba cuando era estudiante.
Como sufro y le tengo un ligero pánico a ciertas convenciones sociales, como el abrazo a la hora de saludar y la lagartería oficinista, le correspondí con respeto y me llevé la sorpresa cuando me saludó de "Quihubo radiofónico Ávila". El tiempo se había inmortalizado y tuve un largo flashback javeriano. Me pregunté cómo hubiera sido haber tenido La Fiebre en épocas de estudios, pues como algunos saben este hijo lindo nació mientras hace dos años esperaba el grado académico y buscaba vencer el síndrome paranoide de estar encerrado sin trabajo, sin grado, sin plata.
Tal vez en esa época hubiera escrito sobre la presión de ser cristiano en una Facultad de Comunicación donde la imagen es más importante que la misma academia. Les hubiera confesado que en primer semestre soñé con poner cartuchos de dinamita en las escaleras o en el Rey León, para llamar la atención de aquellas mentes nubladas que para lo único que usaban sus neuronas era para planear la ruta de salida a Andrés Carne de Res. Me pongo a pensar, y mis escritos narrarían el trauma que tenía de cortarme el pelo, de cómo ganaba plata vendiendo gomas y bon bon bumes, de mi época como programador y locutor en Javeriana Estéreo. Hablaría hasta de mis desviaciones cristianas porque de todo se aprende.
Ese tipo de encuentros con gente de otras épocas de la vida son desincronizantes, porque lo obligan a uno a pensar en el yo de otro tiempo, en el pendenciero, el neurótico y el soñador que ahora que lo veo sigo siendo. Mi problema es que la cabeza me funciona como la de un protagonista de serie gringa: siempre vivo cada temporada desgarradoramente pero se me olvida lo que pasó en las anteriores. Soy producto de lo que antes creía y pensaba, un personaje que si no se adapta termina perdiendo la vida. Tal vez por eso ahora pienso distinto y defino mi identidad en un nivel en el que veo el Luis Carlos javeriano, tan ingenuo e inexperto que el Luis Carlos errecenístico debería visitarlo, tal cual como lo hizo Cornelius en La Familia del Futuro, o Marty McFly en Volver al futuro.
La directora me hablaba de Ático y hasta se acordaba que ahí tuve mi primer trabajo como monitor de radio. Me contó que todo estaba mejor y que debía visitarlos, aunque sabía que ahora era oficinista televisivo, que había dejado la radio y que debía balancearme en el ritmo de vida propio de un comunicador con tres trabajos. Me felicitó por haber estado en México con la Tesis de Chespirito y justo ahí empecé a notar que sabía muchas cosas de mí, y antes de llevarme a sentirme complacido me aterrorizó. Uno se gradúa de la universidad y la deja ir, pero pareciera que esta sigue con el cordón umbilical además informativo de en qué andamos sus egresados.
Hablamos de los sueldos bajos y me contó que los comunicadores organizacionales siguen ganando hasta el triple de los demás. Le dije que eso no era problema de la universidad, sino del profesional y la forma en que hacía valer su experiencia. Ella sepultó el tema con una frase lapidaria: "La vida es dura y no está como para ser mediocre". Le di las gracias y cambié de bus, porque hay etapas a las que es mejor volver, porque no hay nada más peligroso que la comodidad de lo recorrido.
@benditoavila
Como sufro y le tengo un ligero pánico a ciertas convenciones sociales, como el abrazo a la hora de saludar y la lagartería oficinista, le correspondí con respeto y me llevé la sorpresa cuando me saludó de "Quihubo radiofónico Ávila". El tiempo se había inmortalizado y tuve un largo flashback javeriano. Me pregunté cómo hubiera sido haber tenido La Fiebre en épocas de estudios, pues como algunos saben este hijo lindo nació mientras hace dos años esperaba el grado académico y buscaba vencer el síndrome paranoide de estar encerrado sin trabajo, sin grado, sin plata.
Tal vez en esa época hubiera escrito sobre la presión de ser cristiano en una Facultad de Comunicación donde la imagen es más importante que la misma academia. Les hubiera confesado que en primer semestre soñé con poner cartuchos de dinamita en las escaleras o en el Rey León, para llamar la atención de aquellas mentes nubladas que para lo único que usaban sus neuronas era para planear la ruta de salida a Andrés Carne de Res. Me pongo a pensar, y mis escritos narrarían el trauma que tenía de cortarme el pelo, de cómo ganaba plata vendiendo gomas y bon bon bumes, de mi época como programador y locutor en Javeriana Estéreo. Hablaría hasta de mis desviaciones cristianas porque de todo se aprende.
Ese tipo de encuentros con gente de otras épocas de la vida son desincronizantes, porque lo obligan a uno a pensar en el yo de otro tiempo, en el pendenciero, el neurótico y el soñador que ahora que lo veo sigo siendo. Mi problema es que la cabeza me funciona como la de un protagonista de serie gringa: siempre vivo cada temporada desgarradoramente pero se me olvida lo que pasó en las anteriores. Soy producto de lo que antes creía y pensaba, un personaje que si no se adapta termina perdiendo la vida. Tal vez por eso ahora pienso distinto y defino mi identidad en un nivel en el que veo el Luis Carlos javeriano, tan ingenuo e inexperto que el Luis Carlos errecenístico debería visitarlo, tal cual como lo hizo Cornelius en La Familia del Futuro, o Marty McFly en Volver al futuro.
La directora me hablaba de Ático y hasta se acordaba que ahí tuve mi primer trabajo como monitor de radio. Me contó que todo estaba mejor y que debía visitarlos, aunque sabía que ahora era oficinista televisivo, que había dejado la radio y que debía balancearme en el ritmo de vida propio de un comunicador con tres trabajos. Me felicitó por haber estado en México con la Tesis de Chespirito y justo ahí empecé a notar que sabía muchas cosas de mí, y antes de llevarme a sentirme complacido me aterrorizó. Uno se gradúa de la universidad y la deja ir, pero pareciera que esta sigue con el cordón umbilical además informativo de en qué andamos sus egresados.
Hablamos de los sueldos bajos y me contó que los comunicadores organizacionales siguen ganando hasta el triple de los demás. Le dije que eso no era problema de la universidad, sino del profesional y la forma en que hacía valer su experiencia. Ella sepultó el tema con una frase lapidaria: "La vida es dura y no está como para ser mediocre". Le di las gracias y cambié de bus, porque hay etapas a las que es mejor volver, porque no hay nada más peligroso que la comodidad de lo recorrido.
@benditoavila
lunes, 3 de septiembre de 2012
Laboriel
Lo que más me gusta de vivir como vivo es que todo me llegan después. Me gustan las cosas que en otra época tuvieron su apogeo: las gafas de Woody Allen, los Nike Air Force One, Chespirito, Breaking Bad y así con todo. No puedo pelear por ello, pues últimamente escribir en La Fiebre de las Cabañas es algo parecido, es como retransmitir una serie vieja y deslumbrarse con algo que en otro lado ya fue reconocido y valorado. Es celebrar al descubrir una canción estrenada en 1972 y seguir creyendo que hay muchas cosas nuevas en el pasado.
Lo bueno de llegar tarde a ciertos momentos de la vida es que siempre guardo la expectativa. Otros ya se deslumbraron con Europa mientras yo sigo esperando que llegue el día, algunos ya probaron las mieles del amor mientras yo acumulo 15 invitaciones a matrimonios donde la tarjeta va dirigida exclusivamente a mí. En 13 de ellos algunos invitados creyeron que era el pajecito, aunque eso es otra historia. Me gusta pensar que las cosas tienen su tiempo específico, que es cuando uno menos lo espera. Tal vez ese arrojo es el que me ha llevado a bailar al son que me toquen y no tanto a imponer un beat para el cual no estoy entrenado a tocar.
Desde que tengo memoria he amado la música. Este fue el año de rebobinar el casete y de vivir en lo impensable, de recordar que las cosas que apasionan jamás deben ser enterradas. Solo fue tomar la determinación de cambiar la estructura mental para que con un guiño el cielo me aprobara en gesto. Decidí reconectar mis dedos con el slap y con los callos que el teclado nunca podrá sacar. Retomé el bajo y justo por esos días me enteré de la visita de uno de los bajistas que más me motivó a tocar hace 10 años, un músico que a pesar de ser cristiano es excelente en lo que hace -sí, el común de los cristianos es mediocre-, un grande de los grandes que dictaría una clínica exclusiva, un jazzista emotivo y un genial instrumentista. Podría seguir ampliando la información, pero es hora de que sepan que es Abraham Laboriel.
La gente piensa que tocar bajo es aburrido y hasta insensato. Claro, todo es culpa de Los Simpson. Pero cuando uno ve tocar en vivo a Laboriel uno cambia ese concepto. Ver y oír algo como esto es bastante emocionante, pero lo que más me impacta de la gente que admiro es que no solo aprendo sus técnicas, los grandes maestros enseñan para la vida y Laboriel no es la excepción. Asistir a una clínica con él es un ejercicio espiritual más que musical, es un encuentro con las motivaciones y con la responsabilidad del músico y del melómano.
Abraham inicia hablando de su visión del músico. Para él, el mensaje más importante que un intérprete debe llevarse de sus talleres es que tiene la habilidad de provocar algo hermoso en otros, que así sea una sola nota la que se sabe tocar debe hacerse con todo el corazón porque solo así la gente percibirá el amor. Obvio los asistentes, músicos de todo tipo enfocados en la técnica solamente, siguieron derecho en muchas de sus frases célebres. Mi cabeza no pudo evitar tomar nota de algunas:
- "Las nuevas ideas nacen de alguien que se atreve a compartir"
- "La vocación del artista es ayudar"
- "Lo que practicas es lo que tocas a la hora de la verdad"
- "La pregunta correcta para un productor sería ¿qué puedo hacer con mi bajo para aportar a tu canción?"
- "Hay algo que suena en la radio y de repente me marca. Voy a la tienda, compro el disco y resulta que ahí toqué yo"
- "Denlo todo. Esto no es un ensayo"
- "La música no es un deporte para competir, sino un arte para compartir"
- "Las familias no deben ser víctimas del hambre de fama de un artista"
- "La amistad no depende de la identidad"
Lo mejor de conocer a la gente que uno admira es oír este tipo de percepciones, las cuales confirman que los dignos de admirar no solamente reposan en el virtuosismo, también son gente curtida y madura que ha llegado alto además por su forma de pensar. Salí retado, con ganas de escribir y además de tocar. Lo primero lo estoy haciendo ahora, tarde pero finalmente llegando. Lo segundo lo haré pronto. Muy pronto, solo por Nuestra Tele.
@benditoavila
Lo bueno de llegar tarde a ciertos momentos de la vida es que siempre guardo la expectativa. Otros ya se deslumbraron con Europa mientras yo sigo esperando que llegue el día, algunos ya probaron las mieles del amor mientras yo acumulo 15 invitaciones a matrimonios donde la tarjeta va dirigida exclusivamente a mí. En 13 de ellos algunos invitados creyeron que era el pajecito, aunque eso es otra historia. Me gusta pensar que las cosas tienen su tiempo específico, que es cuando uno menos lo espera. Tal vez ese arrojo es el que me ha llevado a bailar al son que me toquen y no tanto a imponer un beat para el cual no estoy entrenado a tocar.
Desde que tengo memoria he amado la música. Este fue el año de rebobinar el casete y de vivir en lo impensable, de recordar que las cosas que apasionan jamás deben ser enterradas. Solo fue tomar la determinación de cambiar la estructura mental para que con un guiño el cielo me aprobara en gesto. Decidí reconectar mis dedos con el slap y con los callos que el teclado nunca podrá sacar. Retomé el bajo y justo por esos días me enteré de la visita de uno de los bajistas que más me motivó a tocar hace 10 años, un músico que a pesar de ser cristiano es excelente en lo que hace -sí, el común de los cristianos es mediocre-, un grande de los grandes que dictaría una clínica exclusiva, un jazzista emotivo y un genial instrumentista. Podría seguir ampliando la información, pero es hora de que sepan que es Abraham Laboriel.
La gente piensa que tocar bajo es aburrido y hasta insensato. Claro, todo es culpa de Los Simpson. Pero cuando uno ve tocar en vivo a Laboriel uno cambia ese concepto. Ver y oír algo como esto es bastante emocionante, pero lo que más me impacta de la gente que admiro es que no solo aprendo sus técnicas, los grandes maestros enseñan para la vida y Laboriel no es la excepción. Asistir a una clínica con él es un ejercicio espiritual más que musical, es un encuentro con las motivaciones y con la responsabilidad del músico y del melómano.
Abraham inicia hablando de su visión del músico. Para él, el mensaje más importante que un intérprete debe llevarse de sus talleres es que tiene la habilidad de provocar algo hermoso en otros, que así sea una sola nota la que se sabe tocar debe hacerse con todo el corazón porque solo así la gente percibirá el amor. Obvio los asistentes, músicos de todo tipo enfocados en la técnica solamente, siguieron derecho en muchas de sus frases célebres. Mi cabeza no pudo evitar tomar nota de algunas:
- "Las nuevas ideas nacen de alguien que se atreve a compartir"
- "La vocación del artista es ayudar"
- "Lo que practicas es lo que tocas a la hora de la verdad"
- "La pregunta correcta para un productor sería ¿qué puedo hacer con mi bajo para aportar a tu canción?"
- "Hay algo que suena en la radio y de repente me marca. Voy a la tienda, compro el disco y resulta que ahí toqué yo"
- "Denlo todo. Esto no es un ensayo"
- "La música no es un deporte para competir, sino un arte para compartir"
- "Las familias no deben ser víctimas del hambre de fama de un artista"
- "La amistad no depende de la identidad"
Lo mejor de conocer a la gente que uno admira es oír este tipo de percepciones, las cuales confirman que los dignos de admirar no solamente reposan en el virtuosismo, también son gente curtida y madura que ha llegado alto además por su forma de pensar. Salí retado, con ganas de escribir y además de tocar. Lo primero lo estoy haciendo ahora, tarde pero finalmente llegando. Lo segundo lo haré pronto. Muy pronto, solo por Nuestra Tele.
@benditoavila
jueves, 14 de junio de 2012
México lindo y querido
La vida está llena de decisiones que uno toma en caliente, sin pensarse mucho y producto de impulsos instintivos. También hay decisiones que uno suele meditar un poco más detenidamente, pero esas a veces carecen de emoción. He tomado de ambas, pero sobretodo he tomado gaseosa de toronja para suavizar el picante de unos tacos al pastor en la Ciudad de México. No me piqué mucho porque también tengo un buen olfato de supervivencia ante la comida desconocida.
Después de la primera mordida uno siempre debe inhalar un poco de aire, como si fuera un cigarrillo alimenticio relleno de carne con cebolla. Pero más aire tuve que inhalar y exhalar en señal pacifista tras recibir el regaño por parte de la producción del evento, quienes no vieron con buenos ojos que me bajara de la camioneta que nos llevaría al Royal Pedregal tan solo para comer tacos callejeros, cuando en dicho hotel contábamos con 580 pesos de viáticos diarios. Yo no podía engañarme: para conocer realmente una ciudad uno debe recorrerla, comer en sus calles y oír a sus habitantes. Siempre supe que si tenía la oportunidad de viajar no me encerraría en una habitación, ni esperaría cumplir con lo políticamente correcto.
No fue el primer roce que tuve con los de Televisa, pues la primera noche también me amonestaron por llevarme a turistiar conmigo a una parte del grupo de expertos que íbamos a la grabación del homenaje a Chespirito. En mi defensa, puedo alegar que fue sin querer queriendo: primero nos dijeron que teníamos el resto de la noche libre, y yo obedecí gustoso. Y sí que valió la pena, pues aparte de comprar los respectivos souvenirs en La Meca del chespiritismo, conocimos varios centros comerciales, calles, estadios aztecas, avenidas Insurgentes y así.
La verdad es que tan solo fueron ese par de insignificantes impases, porque el resto de la semana la estupenda producción encabezada por Rubén Galindo hizo que todos nos sintiéramos locales y unidos como un mismo país. Compartí con personas de toda América Latina, todos con experiencias propias y locales que se reflejaban en la universalización de un fanatismo por los programas de Chespirito. Todos de diferentes contextos pero tan cercanos, de diferentes edades y generaciones, pero a la vez tan unidos por el poder de la televisión, de un programa y unos personajes emblemáticos y casi rituales.
He vivido toda mi vida en Bogotá, y desde que tengo memoria he visto cómo mi ciudad ha sufrido por culpa de los múltiples problemas de movilidad. Viajar a otra ciudad me hace pensar que allá todo será diferente: y sí, todo fue peor: el problema de movilidad de Ciudad de México es proporcional a su desfasado tamaño. Si aquí lloran por el pico y placa aritmético ininteligible, allá no saben siquiera de soluciones. Debíamos llegar a las 8am hora mexicana al Auditorio Nacional, que queda a escasos 20 minutos del Perisur, pero tal parece que todo lo malo que pueda pasar en Ciudad de México es en parte culpa del tráfico, así que nadie objetó regañarnos por llegar una hora después. En México la costumbre es posponer todas las citas, pues no hay compromiso que se programe sin tener en cuenta el tráfico.
Aquí sufrimos con el millón y medio de vehículos que circulan entre los casi nueve millones de habitantes. Allá un taco de autos no es fácil de tragar, pues por más picante que tenga, un trancón bogotano no se le compara a uno integrado por los casi cuatro millones de autos repartidos en 24 millones de habitantes, sin contar con los seis tipos de taxis que circulan a diario.
Como las ciudades también se conocen recorriéndolas a través de sus sistemas de transporte, estuve en el Metrobús mexicano, que es como un Transmilenio pero notablemente más barato. Los mexicanos, y en general los latinoamericanos que conocí, no podían creer que en Bogotá se pagara casi un dólar por solo un trayecto de bus cuando allí se podía con 5 pesos mexicanos (600 COP) interconectar Metrobús, Subte y recorrer la ciudad a través de la Avenida Indios Verdes o la Insurgentes. Allí la cosa parece estar mejor armada, pues lo primero que tuve que aprender es que hay puertas a las que no debo acercarme, mucho más cuando son exclusivas para mujeres. Allá sí se respetan y se hacen respetar los espacios exclusivos para mujeres o discapacitados. Recuerdo que el bus se detuvo y hasta llegó un policía a sacarme para que entrara por la puerta de hombres, pues estando adentro tampoco permiten desplazarse a otra zona del bus.
Tenía este texto enlatado, pero esta mañana vi un pedazo de María la del barrio y me di cuenta de que gracias a la televisión mexicana todos hemos osado llamarle a la Ciudad de México el DF, así como logramos aprehender expresiones como la prepa, chido, et al. Eso me confirmó que sin importar el tiempo que haya pasado desde aquel viaje, mi responsabilidad es dejar claro que como turistas colombianos creemos ingenuamente que afuera las cosas sean mejor, que creemos que nuestro país es una vergüenza y que nuestros problemas citadinos deben enmarcarse; pero no del todo, hay países que también se rajan en lo que nosotros ya tenemos colonizado. No tengo claro en qué, pero lo cierto es que es tarea del colombiano encontrarlo.
A mí, un admirador a ultranza de Chespirito no hubo algo que me emocionara más de mi viaje a México que ver a un mexicano radicado en Guatemala cantar con los ojos emparamados esta canción, que a mi modo de ver resume el amplio patriotismo que sienten los manitos por sus tierras. Si tuviéramos que profesar el amor por Colombia, por Bogotá, no tengo claro qué sonaría, pero estoy seguro de que la cantaría con fuerza.
@benditoavila
Después de la primera mordida uno siempre debe inhalar un poco de aire, como si fuera un cigarrillo alimenticio relleno de carne con cebolla. Pero más aire tuve que inhalar y exhalar en señal pacifista tras recibir el regaño por parte de la producción del evento, quienes no vieron con buenos ojos que me bajara de la camioneta que nos llevaría al Royal Pedregal tan solo para comer tacos callejeros, cuando en dicho hotel contábamos con 580 pesos de viáticos diarios. Yo no podía engañarme: para conocer realmente una ciudad uno debe recorrerla, comer en sus calles y oír a sus habitantes. Siempre supe que si tenía la oportunidad de viajar no me encerraría en una habitación, ni esperaría cumplir con lo políticamente correcto.
No fue el primer roce que tuve con los de Televisa, pues la primera noche también me amonestaron por llevarme a turistiar conmigo a una parte del grupo de expertos que íbamos a la grabación del homenaje a Chespirito. En mi defensa, puedo alegar que fue sin querer queriendo: primero nos dijeron que teníamos el resto de la noche libre, y yo obedecí gustoso. Y sí que valió la pena, pues aparte de comprar los respectivos souvenirs en La Meca del chespiritismo, conocimos varios centros comerciales, calles, estadios aztecas, avenidas Insurgentes y así.
La verdad es que tan solo fueron ese par de insignificantes impases, porque el resto de la semana la estupenda producción encabezada por Rubén Galindo hizo que todos nos sintiéramos locales y unidos como un mismo país. Compartí con personas de toda América Latina, todos con experiencias propias y locales que se reflejaban en la universalización de un fanatismo por los programas de Chespirito. Todos de diferentes contextos pero tan cercanos, de diferentes edades y generaciones, pero a la vez tan unidos por el poder de la televisión, de un programa y unos personajes emblemáticos y casi rituales.
He vivido toda mi vida en Bogotá, y desde que tengo memoria he visto cómo mi ciudad ha sufrido por culpa de los múltiples problemas de movilidad. Viajar a otra ciudad me hace pensar que allá todo será diferente: y sí, todo fue peor: el problema de movilidad de Ciudad de México es proporcional a su desfasado tamaño. Si aquí lloran por el pico y placa aritmético ininteligible, allá no saben siquiera de soluciones. Debíamos llegar a las 8am hora mexicana al Auditorio Nacional, que queda a escasos 20 minutos del Perisur, pero tal parece que todo lo malo que pueda pasar en Ciudad de México es en parte culpa del tráfico, así que nadie objetó regañarnos por llegar una hora después. En México la costumbre es posponer todas las citas, pues no hay compromiso que se programe sin tener en cuenta el tráfico.
Aquí sufrimos con el millón y medio de vehículos que circulan entre los casi nueve millones de habitantes. Allá un taco de autos no es fácil de tragar, pues por más picante que tenga, un trancón bogotano no se le compara a uno integrado por los casi cuatro millones de autos repartidos en 24 millones de habitantes, sin contar con los seis tipos de taxis que circulan a diario.
Como las ciudades también se conocen recorriéndolas a través de sus sistemas de transporte, estuve en el Metrobús mexicano, que es como un Transmilenio pero notablemente más barato. Los mexicanos, y en general los latinoamericanos que conocí, no podían creer que en Bogotá se pagara casi un dólar por solo un trayecto de bus cuando allí se podía con 5 pesos mexicanos (600 COP) interconectar Metrobús, Subte y recorrer la ciudad a través de la Avenida Indios Verdes o la Insurgentes. Allí la cosa parece estar mejor armada, pues lo primero que tuve que aprender es que hay puertas a las que no debo acercarme, mucho más cuando son exclusivas para mujeres. Allá sí se respetan y se hacen respetar los espacios exclusivos para mujeres o discapacitados. Recuerdo que el bus se detuvo y hasta llegó un policía a sacarme para que entrara por la puerta de hombres, pues estando adentro tampoco permiten desplazarse a otra zona del bus.
Tenía este texto enlatado, pero esta mañana vi un pedazo de María la del barrio y me di cuenta de que gracias a la televisión mexicana todos hemos osado llamarle a la Ciudad de México el DF, así como logramos aprehender expresiones como la prepa, chido, et al. Eso me confirmó que sin importar el tiempo que haya pasado desde aquel viaje, mi responsabilidad es dejar claro que como turistas colombianos creemos ingenuamente que afuera las cosas sean mejor, que creemos que nuestro país es una vergüenza y que nuestros problemas citadinos deben enmarcarse; pero no del todo, hay países que también se rajan en lo que nosotros ya tenemos colonizado. No tengo claro en qué, pero lo cierto es que es tarea del colombiano encontrarlo.
A mí, un admirador a ultranza de Chespirito no hubo algo que me emocionara más de mi viaje a México que ver a un mexicano radicado en Guatemala cantar con los ojos emparamados esta canción, que a mi modo de ver resume el amplio patriotismo que sienten los manitos por sus tierras. Si tuviéramos que profesar el amor por Colombia, por Bogotá, no tengo claro qué sonaría, pero estoy seguro de que la cantaría con fuerza.
@benditoavila
miércoles, 16 de mayo de 2012
Guerra de nervios
Si algo recuerdo de la Colombia noventera, eran las largas horas frente al televisor viendo El Chavo, Los Supercampeones, Los Motoratones de Marte y así con cuanta producción infantil o animada llegaba del extranjero. La televisión reinaba en mi casa, era mi amiga y acompañante en medio de las tardes de ocio escolar. Veía novelas, seriados, dramas, comedias y hasta musicales que indefectiblemente aportaron a la hora de escoger mi carrera, profesión y oficio, que nunca terminan siendo iguales.
Todo era una deliciosa rutina hasta cuando al Presidente Gaviria le dio por adelantar la hora para ahorrar luz, así que se generaban apagones programados y con ellos se agotaba la televisión. Digo que se agotaba porque veía cómo la pantalla parecía quedarse sin fuerza, sin vigor, sin energía. Me molestaba tener que dejar de ver televisión por un Gobierno que no entendía, por unas restricciones que para mí, a los 4 años, eran más que escandalosas. Fue ahí que de la mano de Colorín Colorradio, descubrí que la radio era mucho más creativa que la televisión, pues describía mejor las cosas, ponía música y además me hacía reír porque me llevaba a imaginar.
Nací a finales de los ochenta en Bogotá. Por lo tanto resulta tristemente obvio que crecí oyendo noticias de detonaciones, explosiones y demás bombardeos. El narcotráfico acarreaba la peor de las guerras internas, pero la peor de ellas fue, es y ha sido la guerra de nervios. Ayer una explosión en la Caracas con 74 me devolvió a esos años, no de terror sino de especulación: es usual que en medio de estos escenarios todo el mundo crea tener la verdad, o se las den de periodistas porque tienen Twitter.
La gente suele tratar a los usuarios de BlackBerry como ralea tecnológica, y los entiendo: somos unos acomodados que creemos que por tener pin deberían respetarnos. Todavía no entiendo por qué lo uso, si lo único que ha generado en mí son más dependencias que facilidades. Cómo no van a juzgarnos con tanta dureza si hay usuarios tan miserables que a lo único que se dedican es a regar información a través de las cadenas. Me gustan las letras de colores, pero desde que veo y leo esos caracteres morados lo único que pudo hacer es eliminarlos sin siquiera leer si necesitan sangre, si se acaban de robar a un bebé o si matan por enésima vez a Chespirito. Ya no espero nada bueno de alguien con BlackBerry.
Peor que cualquier bomba atómica -en contra de cualquier exministro- es un pueblo con las facilidades comunicativas que nunca ha aprendido a utilizar. Que había otra bomba en otro lado, que otros explosivos iban a acabar a los curiosos que no habían evacuado la zona, que una volqueta y una camioneta habían sido robadas, que fue por el TLC, y así con cuanta pendejada la gente quiere llamar la atención. Ya me genera muchos problemas tener que explicar qué hace un comunicador social como para que ahora toque también enseñar que las cadenas de BlackBerry no hacen mejores personas, ni previenen, ni alimentan, ni nada. Creer en una cadena de BlackBerry es creer que el niño Dios cuando grande es Papá Noel.
Hagámosle un bien a la humanidad: dejemos de creer ciegamente todo lo que dicen los medios, los chismosos y las cadenas estas. Tal vez hasta que no aprendamos que la información no debe exagerarse no saldremos de la mediocridad comunicativa de la que muchos se quejan pero son los principales generadores.
@benditoavila
Todo era una deliciosa rutina hasta cuando al Presidente Gaviria le dio por adelantar la hora para ahorrar luz, así que se generaban apagones programados y con ellos se agotaba la televisión. Digo que se agotaba porque veía cómo la pantalla parecía quedarse sin fuerza, sin vigor, sin energía. Me molestaba tener que dejar de ver televisión por un Gobierno que no entendía, por unas restricciones que para mí, a los 4 años, eran más que escandalosas. Fue ahí que de la mano de Colorín Colorradio, descubrí que la radio era mucho más creativa que la televisión, pues describía mejor las cosas, ponía música y además me hacía reír porque me llevaba a imaginar.
Nací a finales de los ochenta en Bogotá. Por lo tanto resulta tristemente obvio que crecí oyendo noticias de detonaciones, explosiones y demás bombardeos. El narcotráfico acarreaba la peor de las guerras internas, pero la peor de ellas fue, es y ha sido la guerra de nervios. Ayer una explosión en la Caracas con 74 me devolvió a esos años, no de terror sino de especulación: es usual que en medio de estos escenarios todo el mundo crea tener la verdad, o se las den de periodistas porque tienen Twitter.
La gente suele tratar a los usuarios de BlackBerry como ralea tecnológica, y los entiendo: somos unos acomodados que creemos que por tener pin deberían respetarnos. Todavía no entiendo por qué lo uso, si lo único que ha generado en mí son más dependencias que facilidades. Cómo no van a juzgarnos con tanta dureza si hay usuarios tan miserables que a lo único que se dedican es a regar información a través de las cadenas. Me gustan las letras de colores, pero desde que veo y leo esos caracteres morados lo único que pudo hacer es eliminarlos sin siquiera leer si necesitan sangre, si se acaban de robar a un bebé o si matan por enésima vez a Chespirito. Ya no espero nada bueno de alguien con BlackBerry.
Peor que cualquier bomba atómica -en contra de cualquier exministro- es un pueblo con las facilidades comunicativas que nunca ha aprendido a utilizar. Que había otra bomba en otro lado, que otros explosivos iban a acabar a los curiosos que no habían evacuado la zona, que una volqueta y una camioneta habían sido robadas, que fue por el TLC, y así con cuanta pendejada la gente quiere llamar la atención. Ya me genera muchos problemas tener que explicar qué hace un comunicador social como para que ahora toque también enseñar que las cadenas de BlackBerry no hacen mejores personas, ni previenen, ni alimentan, ni nada. Creer en una cadena de BlackBerry es creer que el niño Dios cuando grande es Papá Noel.
Hagámosle un bien a la humanidad: dejemos de creer ciegamente todo lo que dicen los medios, los chismosos y las cadenas estas. Tal vez hasta que no aprendamos que la información no debe exagerarse no saldremos de la mediocridad comunicativa de la que muchos se quejan pero son los principales generadores.
@benditoavila
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)