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lunes, 27 de julio de 2015

La técnica del sandwich

Debo confesar que ahora me aburre tener que corregir personas, algo que antes disfrutaba hacer. En el pasado me sentía más grande moralmente, que es lo que se necesita para tener ese aplomo reformador. Antes iba por la vida parando a la gente para que recogiera la basura que tiraba en la calle, pontificaba sobre los conductores imprudentes y me le metía al rancho a uno que otro fisgón morbosón comentándole sus creaciones; pero ahora como que me da pereza ponerme a pelear, supongo yo es una conquista del carácter.

Sobre todo porque confrontar a la gente es peligroso. Uno ve a una pareja peleando en la calle, y el tipo puede estar levantando a patadas a su pareja, pero cuando uno se acerca a pedirle que la respete, es ella la que se incomoda y entre los dos terminan masacrándolo a uno por noble sapo. O uno se atreve a confrontar a alguien por colarse en Transmilenio y sale es regañado, porque la gente que se cuela tiene un rosario de excusas tercermundistas tan deprimentes que hacen que uno termine dándoles la razón. Uno debería aprender eso en el colegio, a dejar de meterse en las vidas de otros a menos que ellos lo pidan.

Con el tiempo, he ido aprendiendo que uno no opina de la vida de quien no ama, y por eso la actitud justiciera y entrometida es peor que la misma cosa que se está reprendiendo. Es que francamente, somos tan orgullosos que creemos tener la verdad revelada, y en realidad el problema está en entender que todos somos ignorantes, solo que ignoramos cosas diferentes. Ahora que la monto de pacificador, de vive y deja vivir, he perdido gran parte del deseo ponzoñoso de irme en contra del otro, empezando porque para eso uno debe conocerse a sí mismo primero. No hay nada más difícil que eso, verse autodefinido y no desde lo que otros dicen.

Así me pasa cuando la gente me pregunta qué pienso de alguna idea, creación, decisión, entre muchas otras categorías etéreas. Es complicado, porque me preguntan esperando la verdad, pero pocos están preparados para recibir comentarios de otro. A mí la gente me pide opiniones, y de verdad me siento halagado, sobre todo porque trato de ser ecuánime y aterrizado a la hora de hablar, pero muchas veces comento como me gustaría que me lo dijeran a mí: con la verdad y sin tanto aspaviento.

Menos mal aprendí una nueva forma de decir lo que pienso, porque aunque creo que las cosas deben decirse como son, también he descubierto lo importante de amar a la gente a pesar de que sus resultados sean desfavorables, según mi criterio. Ahora aplico una técnica aprendida en el mundo Mad Men en el que terminé metido por curiosidad, y del cual siento que todos deberíamos aprender.

Uno debe primero decir algo bueno, porque siempre hay algo bueno por decir. Cuando ya se ha suavizado al oyente y se le tiene atrapado, se le dice lo negativo, o digámosle lo por mejorar. En este punto el paciente puede estar con tendencia al desánimo, pero es ahí cuando se remata con un cierre positivo, donde se exalte lo bueno y se le señale el potencial que tiene. Eso, es la técnica del sandwich, donde por dos cosas buenas, hay una no tan favorable por 'ensanduchar'. Ojalá la vida fuera resumible así, como la comida. Y que la indigestión de palabras sea filtrada por el buen Alka Seltzer de quien ha decidido suavizar sus palabras en beneficio del otro.

Porque eso es finalmente lo que nos motiva a crecer, no tanto decir lo que pensamos a contrapelo, sino más bien aprender que así haya carne cruda en la mitad, en los extremos hay pan fresco por resaltar. Que en la vida, los elogios y los tomatazos deben ignorarse por igual. Eso es lo único que nos salva de persuadirnos de tener la razón y de vivir convencidos de eructar caviar cuando lo que hay es una profunda y despreciable halitosis, que es a lo que huele un ego herido.

viernes, 21 de noviembre de 2014

Consejos para enfrentar el oficinismo

Ñoñamente, el oficinismo podría ser definido como esa disciplina laboral de carácter sedentario y administrativo que se desarrolla dentro de una organización espacio temporal y en una atmósfera cultural particular. Pero a decir verdad, el oficinismo es una forma de vida que consume la existencia de un determinado ser, llamado oficinista, el mismo que para darse aires creativos decora su cubículo con fotos de familiares y de su equipo del alma, en aras de encontrar motivos para luchar o no morir en el intento.

Lo primero que a uno le aconsejan es pensar que nada es eterno, que hay que tener inventiva para pensar que al día siguiente todo puede cambiar. Es verdad, porque al día siguiente se pone peor. Si es verdad eso de que el trabajo lo hizo Dios como castigo, seguramente es porque quien lo dijo estaba inmerso en una oficina, con un carné al cuello o al cinto (grillete al fin y al cabo), esquivando a los de su misma especie: los oficinistas, seres aventajados que dedican sus horas laborales para revisar redes sociales, pedir citas médicas y cuadrar las salidas a tomar con las de recursos humanos, porque las de contabilidad son medio brusquitas de cara, el eufemismo perfecto para ‘feas’.

Generalmente, el oficinista tiene su rutina montada: se levanta cada mañana a la misma hora, se queja de las mismas vías rotas al salir de casa, se monta en la lata de sardinas a la que le llaman Transmilenio, se deja requisar la maleta a la entrada, asegura no traer armas cortopunzantes ni peligrosas, prende el mismo computador, revisa las mismas tablas de excel, contesta las mismas preguntas de las mismas personas que parecieran no tener nada nuevo qué contar.

Aquí aconsejan los expertos escuchar música, o ver alguna película que conecte con emociones positivas. Las recomendadas son Masacre en Texas, Psicópata americano y Pesadilla en la calle del infierno, por aquello de la coherencia mental y del agobio que produce ver a otros oficinistas ascendiendo, logrando plazas dentro de la compañía que podrían ser de uno, mientras uno sigue contando billetes ajenos e imprimiendo ideas de otros con la esperanza de que el derecho de piso del que hablan las empresas valga la pena en el momento en que algún vicepresidente levante la mirada para buscar nuevo talento. Pero ni así, porque esa misma rutina hace que a uno lo vean como activo fijo, como otra fotocopiadora que pareciera estar destinada a quedarse ahí para siempre.

Pero no todo es tan malo, está la hora de almuerzo, la que paga la venida. Este es el tiempo preferido para chismosear el resumen ejecutivo del fin de semana pasado, cuando una de las asesoras comerciales se dio besos con un asesor comercial, y quién sabe si la cosa paró ahí. Ese es el tiempo para saborear las lentejas cocinadas desde la noche anterior y traídas en coca, y darse cuenta de que no hay huevo y toca irse de gotereo, pidiéndole a otros oficinistas que compartan de su carne o legumbres, o en su defecto láminas repetidas del álbum del Mundial.

Recomiendan también vencer los días oficinistas difíciles practicando algún deporte intenso, pero va uno a usar la mesa de ping pong y el gerente operativo la tiene amañada toda la semana, dizque porque anda en un duelo con el jefe de sistemas, quien espera darle su merecido en el juego, porque en la mesa nunca podrá ganarle en poder ni en ingresos. Entonces toca salir a darse aires polucionados comiendo postre, pero como las filas en las heladerías y las mismas calles están repletas de oficinistas a esa hora, resta irse a buscar un prado para pastar. La frustración aumenta cuando al llegar al prado cercano hay un sector oficinista apostando la gaseosa en un cotejo micrero de alto turmequé.

Entonces no hubo siesta, ni postre, ni nada. Solo hay afán porque ya son las dos y pico y hay que volver al mismo computador a pensar en las mismas cosas que piensan los oficinistas, revisar el correo, distraerse a propósito y así, todo para evadir a oficinistas confianzudos anhelando que algo pase para salir volando de ahí, ya sea un día de integración o un simulacro de evacuación, ambas con posibilidad de escaparse para siempre.

También aconsejan escribir, o dedicarse a una afición. Lo malo es que las oficinas no ayudan, porque además de las restricciones de horario tipo colegio, donde uno marca tarjeta es después de las 5:00 p.m. así haya acabado lo del día a las 10:00 a.m., hacen que no haya tiempo sino para las redes sociales, o para el fino arte de perder el tiempo.

Y es pescando en la red que uno encuentra que a Walt Disney lo echaron de un periódico acusándolo de ser poco imaginativo y no tener ideas originales; entonces uno se siente prócer victimario, incomprendido y resuelve esperar la próxima prima para dar el paso y largarse, pero justamente llega la de recursos humanos trayendo colillas de pago y contando que aprobaron el descuento por nómina del préstamo que se pidió para estrenar carro.

Entonces resta refrescar las ventanas de correo, volver a mirar los cuadros de excel a ver qué hay de nuevo, pedir aromática, ofrecerle candela a los que fuman, meter un billete en la máquina surtidora que no da vueltas y finalmente esperar que sean las seis para irse a casa a pensar en que el fin de semana está muy lejano y que mañana hay que volver a repetir el mismo ciclo.

Lo bueno es que no hay mal que dure cien años, ni oficinista que se pensione. Por eso más que decálogo para comportarse socialmente, lo mejor es entender que es una etapa que se deben quemar, así como las neuronas y las pestañas que han de morir mientras se logra la libertad.


Publicado en la Revista Mallpocket de Noviembre de 2014

jueves, 9 de octubre de 2014

Mandos medios

Desde que me lancé a la freelancería acomodada, mi calidad de vida parece ir mejorando: ya no vivo estresado pensando en que me va a dejar el F28, ni llevado de la gastroenteritis por comer porquerías en la calle. Ahora trato de viajar en horas valle -que a ciencia cierta parecen no existir, porque Transmilenio va igual de lleno a toda hora-, y me movilizo selectivamente, saliendo de a poquitos. Debo confesar que esta Fiebre de las Cabañas se hace real no solo digitalmente, sino en mi vida cotidiana cuando empiezo a disfrutar el encierro y la ausencia de contacto.

Así que cuando vienen los neófitos empleados a pedirme consejos, como maestro Yoda del oficinismo que soy, les resumo todo en uno solo. Bueno, en dos: renuncien a su trabajo para perseguir sus pasiones, y el más importante: jamás peleen con la señora de cafetería ni con el guardia de seguridad. Es en serio. Eso asegura el éxito en cualquier empresa, porque detrás de esa María que ofrece agua y tintos, o de ese vigilante del que solo sabemos que se apellida Alba y es hincha de Santa Fe, se esconden los secretos más profundos de la humanidad.

El mundo está en manos de los mandos medios, de esos que nos ayudan en la casa con tareas que pordebajeamos pero que son vitales. Son los mismos que nos reciben el tiquete de parqueadero, nos sirven la comida en los restaurante, nos radican y sellan las cuentas de cobro. En esas manos reposa nuestra paz mental y financiera, y está bien que así sea, porque está claro que a más de un profesional le hace falta recordar que hay técnicos, tecnólogos y bachilleres que sostienen la pirámide, y que es por ellos que puede escalar y soñar con seguir engordándose los bolsillos gracias al ascenso que obtendrá tan pronto llegue de hacer su maestría en el exterior.

En mi época oficinista vivía insuflado de ira con los ejecutivos y levantado wannabe que levitaban, que exigían que cualquier interpelación hacia ellos fuese precedida de "doctor", que eran capaces de humillar a sus empleados cuando percibían que "olían a manteca" o cuando estos les exigían revisión de sus maletas, como su trabajo lo demanda. Pasaba mis días viendo cómo después de que trapeaban el piso con ellos, estos mandos medios eran obligados a volverse insensibles y a añorar con todas las fuerzas poder tener un peón debajo con quién desquitarse.

En parte, haber estudiado y trabajado con gente que tiene linaje de expresidentes me hizo valorar mi sangre muisca, porque soy hijo de un par de guerreros que al romperse el lomo por mí, me enseñaron que no merezco estar donde estoy, así como tampoco podría alardear de donde voy a llegar. Esta es mi vacuna en momentos de éxito mental, autorecordar que yo también fui practicante, que aunque disfrute viajar por el mundo, todavía tengo aliento a coca de almuerzo preparado la noche anterior, y a mucho orgullo.

Soy yo el afortunado cuando María, el señor Alba y todos los mandos medios que he conocido me dan la bendición de conocerlos, porque si de algo me sirvió haber pasado por una Universidad y por una Iglesia, ha sido para confirmar que es mejor estar debajo de quienes están debajo, porque solo a través de esos actos aparentemente ridículos es que está la sabiduría y la grandeza.

martes, 8 de abril de 2014

Distrito Capital

Uno no entiende lo mediocre que vive hasta que logra viajar a ciudades donde las realidades son atractivas, distintas y mutantes. Como sé que la ola de envidiosos que solo conocen Apulo y Girardot van a manifestarse, así como los opinadores que no leen entre líneas, estoy preparado para cuando me griten con babaza en la cara que si me fastidia tanto vivir en Bogotá por qué no me largo al extranjero, que soy un vendido y tacaño apátrida que no trae sino piedras y chocolates de souvenires.

No hay rollo con esto. Debo mencionar que amo mi país y por supuesto mi ciudad. De hecho, escribo desde Bogotá, de nuevo en la city, del bien y del mal que tantas cosas buenas me ha dado. Lo cierto es que volver a la realidad nunca es fácil. El viaje, sea a donde sea, es un sueño donde la burbuja se infla y vuela lejos, pero cuando llega el pinchazo y el avión aterriza, vuelve esa sensación de inseguridad al caminar en la calle, de frustración frente una caterva de ciudadanos a quienes parece les arriman la comida con palo, debido al carácter bestial que tan naturalmente manejan.

No me siento mi mejor ni peor por salir del país, digamos que pude compararme con ciudadanos de todo el mundo y veo que lo que nos tiene realmente atrasados es nuestra mentalidad. La mentalidad y lo costoso que es vivir en Bogotá. En 2012 salió un estudio que confirmaba que los bogotanos nos damos el lujo de vivir con precios del primer mundo y salarios del tercero. Además, dice que Bogotá es más cara en costo de la vida que Ámsterdam, Toronto, Madrid, Bangkok, Luxemburgo, entre otras.

Podría seguir citando infortunadas cifras, pero el punto es que ya me estaba habituando a pensar en otros seres humanos, a pedir disculpas en dado caso de involuntariamente pisar o siquiera rozar a alguien en cualquier calle. Monté en Transmilenio de nuevo y el empacarme al vacío con personas que parecen disfrutarlo francamente me paraliza (literalmente), mucho más cuando la billetera y la integridad se ven amenazadas.

Pero en el mundo hay de todo. Para todo Miami existe su Habana, y podríamos consolarnos con que hay lugares donde las cosas están peores, pero es una excusa mandada a recoger cuando somos la capital del ácido vengativo. Gandhi decía que lo único malo del cristianismo eran los cristianos. Lo malo no es Bogotá, sino nosotros los avivatos que estafamos, delinquimos y con la caradura esperamos vencimiento de términos para seguir campantes.

También los que nacimos aquí, los que venimos de otras ciudades a estudiar o trabajar y buscamos la forma de sobrevivir al menudeo en esta nevera. Por supuesto nosotros, los ciudadanos de a pie que nos la dejamos montar de una tradición y cultura abigarrada de tanta estructura. No quiero sonar a panfletario, pero hay que hacer manifiestos, hay que educar, hay que renovar la mente. Creo que fue a eso a lo que volví,  o por lo menos a intentarlo.

viernes, 28 de marzo de 2014

¿Qué pasaría si Dios cumpliera todas nuestras oraciones, por estúpidas que fueran?

Sin duda, el mundo se iría para la física y pura porra, esa que queda a media cuadra de la ñoña y como a 20 minutos en carro de la que empieza con eme. De solo pensarlo, primero da como risa nerviosa, porque eso de tener rendidas a todas las mujeres del universo a los pies de uno sería delicioso, pero si Miss Universo pide fumigar a los latin lovers de bigote, ahí ya habría conflicto, porque nadie puede ser latin lover muerto, a menos que sea Erick Estrada, pero como no está muerto tocaría matarlo, además porque no tiene bigote, y así.

Cuando Bruce Nolan asumió las responsabilidades de Dios, en la película Bruce Almighty, dio unas pinceladas de lo caótico que sería que todo fuera un sí y un ya sin siquiera un amén. El mundo entero funciona bajo un orden, y como dicen las mamás, hay cosas que uno no entiende y es “porque el Señor así lo quiso”. ¿El señor Burns? ¿El señor policía? ¿El señor de los anillos? No se sabe.

Esto es físicamente aterrador, porque haciendo el ejercicio literal de reflexionar en todo lo que queremos en un día, nos damos cuenta de lo incoherentes que somos los humanos. Según el Instituto Tecnológico de Encuestas de Chapinero, ChapiNumberTech, al día pedimos más de dos millones cuatrocientos mil setecientos veinte y medio de cosas, muchas de ellas innecesarias, pero como las acaba de comprar el vecino, o como las vimos en rebaja, no nos podemos quedar atrás.

Otras son asesinas. Queremos que se abra el tipo que nos clavó la axila en la nariz en Transmilenio, pero si se abriera habría mucha sangre y tripas en los zapatos, y algún niño lloraría, y como seguramente pediríamos que se callara, el niño quedaría tendido en el suelo además con la boca cosida con hilos de oro.

Le clamamos al cielo que se acabe el colegio para poder crecer y entrar a la universidad, y cuando estamos en los primeros semestres extrañamos la camaradería y comodidad escolar. Después pedimos un buen trabajo para tener dinero, pero cuando las responsabilidades y la explotación oficinista nos abrocha lloramos para volver a la libertad universitaria.

Sufrimos amando en silencio a alguien que tal vez nunca lo sabrá y que además ama a otro, pero después de que como por arte de mafia logramos conquistarle, con la ayuda de algún sicario que dé de baja al íncubo que la tenía ciega, lloramos porque la princesa también tiene verrugas y por ciegos no vimos que no todo lo que es oro brilla, entre esas el dejar de ser soltero.

Lo chévere es que Dios simplemente se ríe cuando alguien trata de hacerle pataleta para torcerle Su celestial brazo. A diferencia de lo que muchos creen, no es un viejo de espesa barba que además de huraño es vago y anda merodeando en busca de pecadores incautos. La creación es muy basta y lo mantiene suficientemente ocupado como para estarse fijando en lentejas como nosotros, por eso tomó la decisión de darnos el libre albedrío, uno de esos regalos que cuando se destapan no se sabe qué cara poner porque ni se sabe cómo se usa, como la decencia y los maridos, diría la Chilindrina.

Si las cosas fueran como uno quisiera, uno no quisiera nada. Dios sabía eso, por eso hizo un mundo imperfecto, primero para que lo arreglemos, pero también para que disfrutemos de entender que hay cosas por las cuales hay que luchar, que si no se da a la primera, ni a la tercera ni a la quincuagésimo quinta es momento de preguntarse si hay que insistir, porque finalmente todo se basa en las decisiones tomadas, no en los rezos caprichosos.

Publicado completo en la Revista Mallpocket de Marzo de 2014

martes, 23 de julio de 2013

De gran tamaño

Hace un tiempo vi una nota periodística en la que un concejal denunciaba que lo discriminaban por su estatura. Tras verla, solo pude decir: ¡Ya era hora de que alguien pensara en los niños! Porque con la muerte de Gilma Jiménez, los bajitos quedamos huérfanos. Desde que tengo memoria, yo también he sufrido por el tamaño -o tamañito (¿?)- de mi estatura, pues en el promedio cundinamarqués, soy el que está en la parte más baja, el chichón de piso, el amiguito del suelo.

Acostumbrado a la censura de los lejanos timbres de bus, a los tubos horizontales y las claraboyas abiertas que nunca alcanzo en el Transmilenio, a quedar con los pies meciéndose en el aire cuando me siento en cualquier silla, me envalentoné a escribir esto. Sí, porque lo malo no es ser bajito, sino no aceptar la condición. Esa palabra: condición, es tan chistosa que por eso la gente lo ve a uno con lástima, como si Dios se hubiera quedado corto en materiales a la hora de fabricarlo a uno y lo hubiera castigado condenándolo a ser una versión sachet de ser humano.

Mido 1.60 cms a ras. La verdad no pensé llegar tan alto, pues vengo de una familia perfecta para modelar los juegos de Fisher Price: todos pequeños, de piernas cortas  pero con el orgullo, precio y arrogancia por la nubes. Nada más peligroso que un enano con ínfulas de grandeza, aunque en mi caso, esa combinación me hizo sobrevivir a las burlas del colegio, donde pasé de ser Chiqui a Chiquirambo, pues nunca permitía que me la montaran por ser el más bajito del salón, de la ruta, de la banda marcial, del conjunto cerrado, de la Iglesia y de todo lugar que frecuento hasta la fecha.

La época de colegio siempre es cruel con los bajitos. En mi caso, no logré triunfar en el deporte que más me gustaba: el baloncesto. En la época, mi ilusión la alimentó la película Space Jam, donde Michael Jordan se acompañaba de los Looney Tunes para enfrentar a sus poseído compañeros de la NBA, incluido Muggsy Bogues, el pigmeo al que todos se la montaban, pero que brillaba por su virtuosismo con las pelotas. Como yo, que también destaco por pelotudo.

Pensaba que si Bogues podía destacarse en lo que le gustaba, -así como pudieron otros gigantes como Danny DeVito, Daniel Guzmán (a quien lo conoce la mamá, pero Google dice que medimos lo mismo), Armando Manzanero y el inmenso Roberto Gómez Bolaños-, yo podría hacerlo también. Y he ido creciendo así, con mentalidad de grandeza, por eso es que me fastidia cuando la gente se cree mejor que yo solo por el hecho de poderme mirar por encima del hombro. Sí, perfectamente puedo comprar la ropa en Off Corss y Zara Kids, y hasta me sale más barato que aquellos que les toca endeudarse por una chaqueta mediana.

Y ni hablar de la vida amorosa. Como a las mujeres les gustan grandotes, nosotros debemos enfocarnos en alimentar otras virtudes. En mi caso, tuve que aprender a conversar y a bailar, porque los altos no driblan contra el piso como uno, que ha sido uno con él. Aunque aprendí a bailar salsa como un trompo discotequero y a la altura de los que me llevan años de experiencia, mi vida sentimental siempre se desmorona cuando llega el escaneo visual, ese que revela que tengo las piernas cortas. Eres lindo, pero muy bajito. Así, con diminutivo, que en últimas resulta siendo más ofensivo. Nadie sabe cuántos amores han agonizado por esos centímetros de más, o de menos.

Por eso, hago un llamado a que dejen de vernos como poca cosa. Ya estuvo bien de que siempre nos llamen por nuestros nombres en diminutivo, de que nos traten como si fuéramos de plastilina o pastillaje. Personalmente, estoy hasta la coronilla del típico Los perfumes finos vienen en empaques pequeños. ¿Qué nadie se ha dado cuenta que las muestras gratis también? Ya estuvo bien de los clásicos chistes recocheros como usted se cae de un andén y se fractura, o Es vital que arrojes el anillo al Monte del Destino. ¡Somos como ustedes! Nacimos en la misma tierra, conquistada y abusada por españoles, entonces, ¿Por qué nos la montan? ¿Tienen alguna clase de complejo infantil por resolver con nosotros? No se busquen que nos unamos y en un acto de rebeldía les amarremos los zapatos entre sí, para que mueran descalabrados.

Lo que no saben los que miden más que yo es que mi forma de ver el mundo es tan única e interesante como la de ellos. Sí, pues esto de ver el mundo en contrapicado alimenta las grandes aspiraciones. Tanto, que mis sueños llegan a ser más altos que los de los altos, por aquello de que me encomiendo al Altísimo. Por ahí alguien dijo que lo que cambiará el mundo es la revolución de las cosas pequeñas. Fue Pirry. Y le creo, porque aunque vemos el mundo diferente, lo hacemos a la misma altura. Literal.


Publicado en 747 Oficial

miércoles, 27 de marzo de 2013

Serendipity

No hace falta salir a la calle para respirar el aire de rencor en el que vivimos. Basta con leer los foros y opiniones de distintas páginas para comprobar que en los desahogos digitales hay una suerte de satisfacción, lo que no somos capaces de lograr en la vida real. Es a lo que nos arriesgamos cuando opinamos, damos percepciones y hasta escribimos en nuestro propio blog, que en mi caso es como un hijo, un hijueblog. Esto no es un reclamo, ni una sacada de espina, es algo en lo que pensé esta mañana en el Transmilenio: la gente dice las cosas de frente, pero de frente a la pantalla.

Lo pensé justo cuando me encontré en una estación de Transmilenio a una cristiex, de esas con las que uno termina arrejuntado cuando nadie más responde el Messenger (sí, es una historia vieja), de esas que nunca fueron nada concreto, pero en su momento fueron objeto de oraciones y confirmaciones; de esas inmaduras atracciones producto de los faltantes más no de los propósitos definidos. No lo digo desde el resentimiento, porque habitualmente la he encontrado y nos hemos saludado con la madurez respectiva. Esta vez fue diferente, pues estaba en compañía de su novio recién llegado del exterior, quien estoy seguro sabe quién soy y fui, si es que vale la pena mencionarlo.

Fui el más feliz cuando a finales del año pasado me contó de su nueva relación, de su poco convencional forma de adquirir el compromiso en un aeropuerto, de sus viajes y sus aventuras en pareja. Tal vez por eso me sorprendí cuando nos encontramos los tres, en uno de esos episodios donde el accidente resulta comprobablemente feliz. No me sorprendió que el tipo no me saludara, porque no tenemos nada en común además de la propia existencia. Me asombró fue que no la dejó acercarse a mí, como en un intento de marcar territorio con abrazo y rumbiada en frente de mis ojos.

Es entendible, porque cuando se está frente a un macho alfa hay dos opciones: o se le enfrenta para limar los cachos, o se le evade desde la represión. El tipo prefirió evadirme, no sé si por los 20 centímetros de estatura que nos separan (y en teoría son ventaja para él). También optó reprimir...la, pues ella fue quien con un lejano mohín se limitó a saludar y despedirse en un mismo acto. Lo seguí con la mirada y pensé que en algún momento de la vida hubiera hecho lo mismo: usar una mujer como objeto de conquista y afrenta a los Adonis que podían estarme presenciando. Fue un regreso al colegio, donde uno podía presumir de tener novia bonita y hasta se atribuía esa belleza a sus propias acciones, como si fuera bonita por uno.


Me contuve y traté de escapar del incómodo cuadro, con tan mala suerte que ellos tomaron el mismo bus, y debido a la cultura de la Petrólolis (basura humana y humanos basura), debimos entrar los tres por la misma puerta, en un intento del destino (¿?) por unirnos una vez más. Dentro del bus, el tipo me dio la espalda, porque ni siquiera fue capaz de mirarme, la corrió con su cuerpo hacia otro lugar, lejos de mí.  Llegamos y él la sacó de la mano, con sus dedos entrelazados y al mismo tiempo apretados, tal como me imagino que estaban sus dientes.

Al final recordé el concepto Serendipity: aquel accidente que produce felices resultados. Y fui feliz al ver eso, no porque sienta algo hacia ella o quisiera ir a pelearla, sino porque por fin reaccioné desde el silencio, desde la comodidad de subir los hombros y sonreir mientras se sigue derecho. Me sentí satisfecho porque sabía que llegaría a la oficina a escribirlo, a buscarme lío contra la pantalla, a reflexionar en mis movidas. No es un acto de cobardía, es astucia aplicada, porque las palabras y las reacciones valen más en cuanto nutren la estrategia, más no la desvirtúan.


@benditoavila

martes, 2 de octubre de 2012

Javerianidad

Las mejores y peores cosas de la vida pueden pasar en Transmilenio. Estando allí recibí la llamada cuando me contrataron en mi actual trabajo, me reencontré con amistades de infancia y hasta sufrí diversas penurias tercermundistas. Lo cierto es que pasan cosas, pasa la vida y pasa también la que en mi época javeriana fue la directora de carrera de Comunicación. Comprobé que era ella porque sigue con su pelo corto y colorido, con la misma gracia y amabilidad con la que la recuerdo me saludaba cuando era estudiante.

Como sufro y le tengo un ligero pánico a ciertas convenciones sociales, como el abrazo a la hora de saludar y la lagartería oficinista, le correspondí con respeto y me llevé la sorpresa cuando me saludó de "Quihubo radiofónico Ávila". El tiempo se había inmortalizado y tuve un largo flashback javeriano. Me pregunté cómo hubiera sido haber tenido La Fiebre en épocas de estudios, pues como algunos saben este hijo lindo nació mientras hace dos años esperaba el grado académico y buscaba vencer el síndrome paranoide de estar encerrado sin trabajo, sin grado, sin plata.

Tal vez en esa época hubiera escrito sobre la presión de ser cristiano en una Facultad de Comunicación donde la imagen es más importante que la misma academia. Les hubiera confesado que en primer semestre soñé con poner cartuchos de dinamita en las escaleras o en el Rey León, para llamar la atención de aquellas mentes nubladas que para lo único que usaban sus neuronas era para planear la ruta de salida a Andrés Carne de Res. Me pongo a pensar, y mis escritos narrarían el trauma que tenía de cortarme el pelo, de cómo ganaba plata vendiendo gomas y bon bon bumes, de mi época como programador y locutor en Javeriana Estéreo. Hablaría hasta de mis desviaciones cristianas porque de todo se aprende.

Ese tipo de encuentros con gente de otras épocas de la vida son desincronizantes, porque lo obligan a uno a pensar en el yo de otro tiempo, en el pendenciero, el neurótico y el soñador que ahora que lo veo sigo siendo. Mi problema es que la cabeza me funciona como la de un protagonista de serie gringa: siempre vivo cada temporada desgarradoramente pero se me olvida lo que pasó en las anteriores. Soy producto de lo que antes creía y pensaba, un personaje que si no se adapta termina perdiendo la vida. Tal vez  por eso ahora pienso distinto y defino mi identidad en un nivel en el que veo el Luis Carlos javeriano, tan ingenuo e inexperto que el Luis Carlos errecenístico debería visitarlo, tal cual como lo hizo Cornelius en La Familia del Futuro, o Marty McFly en Volver al futuro.

La directora me hablaba de Ático y hasta se acordaba que ahí tuve mi primer trabajo como monitor de radio. Me contó que todo estaba mejor y que debía visitarlos, aunque sabía que ahora era oficinista televisivo, que había dejado la radio y que debía balancearme en el ritmo de vida propio de un comunicador con tres trabajos. Me felicitó por haber estado en México con la Tesis de Chespirito y justo ahí empecé a notar que sabía muchas cosas de mí, y antes de llevarme a sentirme complacido me aterrorizó. Uno se gradúa de la universidad y la deja ir, pero pareciera que esta sigue con el cordón umbilical además informativo de en qué andamos sus egresados.

Hablamos de los sueldos bajos y me contó que los comunicadores organizacionales siguen ganando hasta el triple de los demás. Le dije que eso no era problema de la universidad, sino del profesional y la forma en que hacía valer su experiencia. Ella sepultó el tema con una frase lapidaria: "La vida es dura y no está como para ser mediocre". Le di las gracias y cambié de bus, porque hay etapas a las que es mejor volver, porque no hay nada más peligroso que la comodidad de lo recorrido.


@benditoavila

lunes, 27 de agosto de 2012

Transmiseria

Las historias bien contadas tienen la ventaja de narrarse en tiempos variables y aún así siguen impactando. Uno puede contar algo y años después cómo ese algo afectó todo. Aunque ya volví a Colombia, debo confesar que quedó mucho material del viaje en el tintero que nunca pude plasmar por culpa del oficinismo. Ser oficinista es todo lo opuesto a creativo, soñador, visionario, aunque de eso ya he hablado mucho. Lo que más da grima del oficinista es su facultad de gorrero, goterero, recostado y cuando término coloquial colombiano quepa para definir a alguien oportunista y tacaño.

El oficinista no viaja. Vive su triste vida en un cubículo alimentando sus sueños de lo que oye de otros. Hay otros más aguerridos que se atreven a pedir regalo a quien se va de vacaciones. Uno piensa en estos de pobre mentalidad -porque muchos de ellos hasta ganan más que uno- cuando compra un llavero o una postal para regalarles. Es todo lo que verán hasta que no dejen de pensar que viajar es de ricos, o que no le ven sentido a un viaje solo y arriesgado, o que en Tabio también hay chinos como en Los Angeles.

Ese es nuestro problema, la mentalidad acomodada y algo que se podría denominar el "ustednosabequiensoyyoísmo". Sí, un término que nos remite a concejales borrachos, nepotistas y a uno que otro cristiano con ínfulas de grandeza pero poca convicción de realeza. La mentalidad de tercer mundo nos tiene jodidos. Es ella la que nos lleva a sentirnos orgullosos de la trampa, el morbo, Protagonistas de Nuestra Tele, la cultura narco y Andrés López. No progresaremos como nación hasta que no superemos los chistes de su pelota, su ventana y su frutica.

Estamos mal y se nos nota. No es posible que alguien en Transmilenio ante un reclamo como "Por favor tenga cuidado, estoy embarazada", consteste con un "pues si no le gusta, pague taxi". Para mí, un moralista contemporáneo, este tipo de cuadros me entristecen. Nos acostumbramos al codazo en la nariz, al apretuje, al contacto forzoso porque nuestra cabeza piensa que eso es no normal. Y no, amados caba-ñeros y caba-ñeras, será normal en el infierno tener clavada la axila de un reggaetonero en la nariz, o aguantarse un codazo en la nariz, o todo lo relacionado con la nariz como siempre me pasa. Uno no debe acomodarse en la mediocridad si lo que quiere es vivir el cielo.

Ese es mi caso. Todos los días me levanto con la intención de ser mejor persona, pero Transmilenio no me lo permite. Quiero simular sonrisas, posar de cristiano honorable y hasta hacer procesos de perdón a contrarreloj. Pero no lo logro. ¿Cómo ser mejor persona en medio de una caterva inadaptada que casi se chupa la poca humanidad que a uno le queda?

Lo triste de Transmilenio es que es como una novia de antaño: aunque quiero dejarla no me vería sin ella. Lo triste del oficinismo es usar Transmilenio. Lo triste es terminar revolcándose en su propia inmundicia, pateando ancianas, colando gente, leyendo Coelho y confirmando que todos estamos al borde del abismo cuando las situaciones extremas nos acorralan.


@benditoavila

jueves, 16 de agosto de 2012

El Regreso


Lo normal en un turista promedio es tomarle fotos clichezudas a todo lo que ve. Mientras pasa el tiempo del viaje uno se va haciendo vulnerable ante lo deslumbrante, así que deja de tomarle fotos a los taxis, a los edificios gigantes, a las calles pulcras y a los paisajes para sencillamente verlos o en su defecto no tomarle fotos a lo que para uno empieza a ser lo normal. Esta foto la tomé en el Aeropuerto Eldorado de Bogotá después de llegar. Es la bienvenida que el país me dio. Muy grata, por cierto.

Viajar es fácil, lo difícil es volver. Ahora entiendo a los que regresan del exterior hablando maravillas y se lamentan por la triste suerte de vivir en un país tercermundista. Como colombiano que solo conocía Melgar, debo confesar que esos comentarios me producían rabia e ira, pero ahora entiendo que lo mío era una envidia disfrazada al tener que conformarme con la réplica del Castillo azul de Cafalandia y no poder visitar el original en Orlando. Aunque no soy malagradecido ni niego mi esencia -recordemos que me he declarado un perro de parqueadero anteriormente-, en el viaje ya me estaba adecuado a una mentalidad y a una cultura que choca directamente con la mía. Y la verdad me gustó.

Allá el Metro Rail, donde uno puede recorrer la ciudad entera sin límite de entradas al sistema y sin miedo al cosquilleo, pues la gente se ocupa de su vida sin involucrarse en la de uno. Acá Transmilenio, donde las largas filas y el ambiente discotequero por omisión llevan al roce, al robo, al contacto innecesario y además al terror de sacar una cámara fotográfica. Empiezo a pensar que necesitamos un cambio fuerte, tan radical que de solo pensarlo ya me dan ganas de agarrar un avión, dedicarme a escribir copies publicitarios y casarme con una guatemalteca que sueñe con ser actriz hollywoodense. Eso sí, cristiana.

Yo amo Colombia, pero aborrezco al colombiano promedio. Me gusta este país y con orgullo sostuve que nací en él cuando pasaba por la aduana gringa y veía cómo me revisaban el equipaje de mano con recelo. Nunca negaría que soy bogotano de clase media aún si tuviera que volver a encontrar mi maleta abierta con una nota donde el Gobierno Americano se disculpa por romperme los candados para inspeccionarme el equipaje "por su seguridad y la mía". Dejaría que una vez más maceraran las arepas y los bocadillos veleños que llevo de regalo, porque no temo volver a confesar que soy paisano de Pablo Escobar, a quien casiñosamente le llaman el patrón del mal.

Empiezo a pensar que hay algo más que estudiar, conseguir un trabajo oficinista y miserable, casarse, tener hijos e ir pagando la casa a cuotas. Seguramente un viaje de dos semanas no construye una nueva vida, pero puede que sí siembre un nuevo punto de vista en el que concluyo que vivimos en una lenteja que se llama Colombia, en la que hay unos que quieren estar para siempre y otros como yo, que al salir del acuario vemos que en el mar también hay peces, tan diferentes, tan coloridos, pintorescos y curiosos. Regresar es difícil, pero es mejor regresar que nunca haberse ido.

Es común que al volver al oficinismo uno se encuentre con gente que lo envidia, otros que lo admiran y una pequeña minoría que lo aprueba. Esta última suele ser la clase ejecutiva, donde están los jefes que ya han viajado y saben de lo que uno les habla cuando cuenta las aventuras en un estadio de Béisbol o en un museo. Debe ser por eso que al regresar me impactó encontrar una postal que mi jefe me dejó con un texto de José Saramago: "El viaje no termina jamás. Solo los viajeros terminan. (...) El objetivo de un viaje es solo el inicio de otro viaje".

Si alguien me pidiera un consejo le diría que dejara de ponerse metas cortas y fáciles de cumplir, porque suelen ser esas las que nos vuelven mediocres. Ahora me dedicaré a ser un apóstol aduanero que además de conocer todos los países que menciona esta canción -y los que falten-, seguirá soñando en grande, con mentalidad de rico y de creyente a la vez.


@benditoavila

lunes, 6 de agosto de 2012

Jet Lag

Todo en la vida se devuelve, o por lo menos eso es lo que he experimentado desde siempre. No soy vengativo, pero sí sentiría un fresquito al ver a más de un gringo tragándose sus prejuiciosas palabras de prevención ante el colombiano promedio. Uno no sabe lo que es es ser tildado de periquero o cocainómano hasta que visita alguna ciudad de Estados Unidos, donde los habitantes nos apellidan Escobar, o en el mejor de los casos Valderrama o Asprilla.

Más que venganza, mi sensación al ver mi maleta abierta y con marcas de haber sido inspeccionada en el Aeropuerto Internacional de Los Angeles me generó sorpresa. Parece que a las aduanas no les convence con la entrevista y revisión que hacen cuando uno está presente, sino que deben forzar la maleta sin que uno lo sepa para luego disculparse con una nota, donde aseguran que lo hicieron por mi propia seguridad y la de ellos, esto en letra menuda como los buenos contratos engañosos.

La diferencia horaria entre Los Angeles y Bogotá es de dos horas solamente, tiempo que produciría Jet Lag en alguien enfermo o decadente pero no en un colombiano promedio. Ahora entiendo que el Jet Lag, esa descompensación y malestar del viajero, no solamente es producto de estar sentado por horas en un avión, sino que aumenta cuando se descubre que ya ni en el oficinista-colombiano promedio se puede confiar a la hora de viajar, pues son muchos casos de ambición traficante los que confirman que Charly García no se equivocaba al llamarnos Coca-lombia.

Arranco con esta expulsión voluntaria de veneno, oh amados caba-ñeros y caba-ñeras, pues prefiero que se empapen de lo amargo para proceder a escribir el bocado dulce y sublime de estar en esta gran ciudad, epicentro de la cultura pop y además casa de dos grandes amigos que desinteresadamente me reciben, hospedan y alojan mientras me alejo de la cruda rutina. Los Angeles es una ciudad muy limpia, ordenada y absolutamente pluricultural. Si quieren saber de cifras y todas esas liviandades, consulten Wikipedia, porque de lo que quiero hablar es de mi experiencia aquí y no de las exactitudes tropipoperas que reportaría un periodista.

Todo en la vida se devuelve, eso parece. Lo que no vuelven son los dólares que uno gasta aquí. Este es el país del consumo cultural en todo su esplendor. Por alguna extraña razón dejé de ahorrar en COP y empecé a gastar en USD, lo cual sería mi primer consejo a quien visite Estados Unidos por primera vez. No traduzca pesos a dólares, ni kilómetros a millas, ni modismos a phrasal verbs; viva su experiencia desde la diferencia y no desde lo que ya conoce, porque eso puede predisponerlo a lo peor que un turista puede hacer: comparar y buscar su versión colombiana de todo.

Aquí el sistema de transporte público supera cualquier idea que en Colombia se nos pueda ocurrir. Los Angeles tiene un sistema llamado Metro Rail que interconecta varios servicios de movilidad para que uno recorra la ciudad y sus condados aledaños si lo desea. Un ticket para pasear en Metro todo el día vale 5 dólares y permite además usar los buses que uno quiera sin pagar de más. Es un error comparar, pero el transporte aquí es algo mil veces mejor que un Transmilenio en el que uno se puede bajar y montar las veces que quiera y que además no está regulado por las autoridades: como las estaciones están abiertas, si uno quiere puede montarse sin pagar y nadie va a venir a pedir cuentas, pues la cabeza del americano pareciera trabajar en función de un status quo de bienestar y orden.

Los gringos son ordenados y eso es bueno, ya que hay procesos morales en todo movimiento en la calle. La gente no comete faltas no tanto porque le acarreen multas, pues pareciera que existe una ética de semáforo donde la gente obedece a lo kantiano, por el deber moral más que por el castigo. El colombiano promedio, típico avivato que comete perjuicios como un proceso natural, aquí es moldeado por la multa y por la exposición pública a desencajar ante un sistema que pareciera honrar su base protestante. Uno no ve a un gringo pasándose la calle por la mitad, ni pisando el acelerador en amarillo, todo aquí funciona como en Ciudad Gótica cuando Batman está retirado.

Me gusta que una ciudad funcione así, pero empiezo a extrañar el desparpajo, las colombianadas y mi cuna social, pues cuando las cosas son tan perfectas hay una suerte de insatisfacción y ausencia de conflicto demasiado cómoda para mi gusto. Sí, es buenísimo poder salir a caminar por el Downtown con la cámara al hombro y no temer un atraco, o tomar fotos a todos los lugares y personajes sin ser reprochado o tildado de guerrillero -como me ha pasado en Colombia-, pero esa perfección parece tener  sus propias reglas absorbentes.

Todo parece estar pensado para un uso específico. Por ejemplo, tuve que buscar un baño en Hollywood y me encontré que además del papel higiénico tienen un dispensador de papeles con forma de bizcocho por si uno necesita sentarse. Yo, de cabeza y cuna latinoamericana, recordé a mi mamá cuando me enseñó que si iba a hacer popó debía tomar tres trozos de papel y cubrir donde me iba a sentar, pero esto reemplazó y superó mi educación casera.

Aquí hay dispositivos para todo: no hay chinomáticos sino máquinas pequeñas a las cuales uno les paga el parking, no hay vendedores callejeros sino máquinas dispensadoras de cuanta vaina se necesite. Ahora entiendo a Phillip K. Dick cuando escribió uno de mis libros favoritos: ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, que inspiró una de mis películas favoritas: Blade Runner, cuando pronosticaban que el mundo en 2019 -y Los Angeles por supuesto- sería un terreno donde los droids serían más humanos que los humanos. Vamos en 2012 y lo que se ve en la actualidad no es para nada descabellado de lo que Scott propuso en su película.

Decía que esta es una nación de consumo y lo sostengo. Uno intenta comprar cosas de contado y con cash pero hay lugares donde solo reciben tarjeta de crédito, como una forma de amarre que genera reputación crediticia, algo clave para los gringos. Me explicaban que uno debe endeudarse como una forma de sobrevivencia, pues a la hora de pagar un carro o una casa no confian en quien tiene el dinero ahorrado y a punto de debitarse, sino en quien se ha endeudado para pagarlo.

No quiero sonar ingrato o malagradecido con este país, pues han sido más las cosas buenas por contar que las malas, pero de eso hablaré después de llegar de Santa Monica, Venice y demás playas que esperan y divierten más que estar encerrado escribiendo mientras el clima afuera está por los 28ºC.


@benditoavila

jueves, 14 de junio de 2012

México lindo y querido

La vida está llena de decisiones que uno toma en caliente, sin pensarse mucho y producto de impulsos instintivos. También hay decisiones que uno suele meditar un poco más detenidamente, pero esas a veces carecen de emoción. He tomado de ambas, pero sobretodo he tomado gaseosa de toronja para suavizar el picante de unos tacos al pastor en la Ciudad de México. No me piqué mucho porque también tengo un buen olfato de supervivencia ante la comida desconocida.

Después de la primera mordida uno siempre debe inhalar un poco de aire, como si fuera un cigarrillo alimenticio relleno de carne con cebolla. Pero más aire tuve que inhalar y exhalar en señal pacifista tras recibir el regaño por parte de la producción del evento, quienes no vieron con buenos ojos que me bajara de la camioneta que nos llevaría al Royal Pedregal tan solo para comer tacos callejeros, cuando en dicho hotel contábamos con 580 pesos de viáticos diarios. Yo no podía engañarme: para conocer realmente una ciudad uno debe recorrerla, comer en sus calles y oír a sus habitantes. Siempre supe que si tenía la oportunidad de viajar no me encerraría en una habitación, ni esperaría cumplir con lo políticamente correcto.

No fue el primer roce que tuve con los de Televisa, pues la primera noche también me amonestaron por llevarme a turistiar conmigo a una parte del grupo de expertos que íbamos a la grabación del homenaje a Chespirito. En mi defensa, puedo alegar que fue sin querer queriendo: primero nos dijeron que teníamos el resto de la noche libre, y yo obedecí gustoso. Y sí que valió la pena, pues aparte de comprar los respectivos souvenirs en La Meca del chespiritismo, conocimos varios centros comerciales, calles, estadios aztecas, avenidas Insurgentes y así.

La verdad es que tan solo fueron ese par de insignificantes impases, porque el resto de la semana la estupenda producción encabezada por Rubén Galindo hizo que todos nos sintiéramos locales y unidos como un mismo país. Compartí con personas de toda América Latina, todos con experiencias propias y locales que se reflejaban en la universalización de un fanatismo por los programas de Chespirito. Todos de diferentes contextos pero tan cercanos, de diferentes edades y generaciones, pero a la vez tan unidos por el poder de la televisión, de un programa y unos personajes emblemáticos y casi rituales.

He vivido toda mi vida en Bogotá,  y desde que tengo memoria he visto cómo mi ciudad ha sufrido por culpa de los múltiples problemas de movilidad. Viajar a otra ciudad me hace pensar que allá todo será diferente: y sí, todo fue peor: el problema de movilidad de Ciudad de México es proporcional a su desfasado tamaño. Si aquí lloran por el pico y placa aritmético ininteligible, allá no saben siquiera de soluciones. Debíamos llegar a las 8am hora mexicana al Auditorio Nacional, que queda a escasos 20 minutos del Perisur, pero tal parece que todo lo malo que pueda pasar en Ciudad de México es en parte culpa del tráfico, así que nadie objetó regañarnos por llegar una hora después. En México la costumbre es posponer todas las citas, pues no hay compromiso que se programe sin tener en cuenta el tráfico.

Aquí sufrimos con el millón y medio de vehículos que circulan entre los casi nueve millones de habitantes. Allá un taco de autos no es fácil de tragar, pues por más picante que tenga, un trancón bogotano no se le compara a uno integrado por los casi cuatro millones de autos repartidos en 24 millones de habitantes, sin contar con los seis tipos de taxis que circulan a diario.

Como las ciudades también se conocen recorriéndolas a través de sus sistemas de transporte, estuve en el Metrobús mexicano, que es como un Transmilenio pero notablemente más barato. Los mexicanos, y en general los latinoamericanos que conocí, no podían creer que en Bogotá se pagara casi un dólar por solo un trayecto de bus cuando allí se podía con 5 pesos mexicanos (600 COP) interconectar Metrobús, Subte y recorrer la ciudad a través de la Avenida Indios Verdes o la Insurgentes. Allí la cosa parece estar mejor armada, pues lo primero que tuve que aprender es que hay puertas a las que no debo acercarme, mucho más cuando son exclusivas para mujeres. Allá sí se respetan y se hacen respetar los espacios exclusivos para mujeres o discapacitados. Recuerdo que el bus se detuvo y hasta llegó un policía a sacarme para que entrara por la puerta de hombres, pues estando adentro tampoco permiten desplazarse a otra zona del bus.


Tenía este texto enlatado, pero esta mañana vi un pedazo de María la del barrio y me di cuenta de que gracias a la televisión mexicana todos hemos osado llamarle a la Ciudad de México el DF, así como logramos aprehender expresiones como la prepa, chido, et al. Eso me confirmó que sin importar el tiempo que haya pasado desde aquel viaje, mi responsabilidad es dejar claro que como turistas colombianos creemos ingenuamente que afuera las cosas sean mejor, que creemos que nuestro país es una vergüenza y que nuestros problemas citadinos deben enmarcarse; pero no del todo, hay países que también se rajan en lo que nosotros ya tenemos colonizado. No tengo claro en qué, pero lo cierto es que es tarea del colombiano encontrarlo.


A mí, un admirador a ultranza de Chespirito no hubo algo que me emocionara más de mi viaje a México que ver a un mexicano radicado en Guatemala cantar con los ojos emparamados esta canción, que a mi modo de ver resume el amplio patriotismo que sienten los manitos por sus tierras. Si tuviéramos que profesar el amor por Colombia, por Bogotá, no tengo claro qué sonaría, pero estoy seguro de que la cantaría con fuerza.



@benditoavila