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jueves, 19 de noviembre de 2015

Chao Icetex

Desde que me fui a dar una vuelta por el universo y dejé de publicar, prometí volver cuando tuviera algo interesante por contar. Y la verdad es que me fui a escribir mi vida, sobre todo la financiera, porque esa es una de las responsabilidades que tenemos los clase media aspiracional al crecer. Los que me conocen, o en su defecto me leen, saben que llevo unos diez largos años en la más estable de las relaciones que cualquier hombre puede tener, y es el amor a su culebra, o mejor, la atadura a una deuda, para no generar controversias entre Adán y Eva.

Estudié la carrera con crédito educativo del ICETEX, y mal haría yo en hablarles pestes de esta entidad a la que, siendo sinceros, debo agradecerle por creer en mí, en mi codeudor y en mi supuesto talento profesional, pues eso de que le presten plata a uno para "pagarla cuando tenga trabajo" es un voto de confianza bonito de parte del Estado. Lo cierto es que como todo en mi vida, llega un momento de desbaratar pactos, adicionarle un otrosí a los contratos verbales, renunciar a lo cómodo en pos de algo mayor.


Ahora es el Icetex el que me debe. Otra foto que siempre quise tomar.

Así es. Esta foto es la constancia de que soy libre financieramente, pero tomarla costó sacrificar varios sueños, renunciar a mecatiármela en cositas, abstenerme de viajar a mi antojo y hasta meter mi vida amorosa al freezer, porque eso de conquistar a una mujer es una fuerte inversión con cara de pasivo fijo que los endeudados generalmente no podemos sostener.

Ahora que soy libre sufro un poco, porque con este logro mueren los chistes referenciados y gran parte de mi material creativo. Ya no habrán tuits repulsivos quejándome de no haber nacido en cuna de oro, ni mucho menos ataques existencialistas por no haber tenido de otra. Pagar las deudas, en parte, es una manera de purificarse y de invertir en un futuro donde no haya grilletes de ninguna clase, es crecer ligeramente, es perder las excusas para no triunfar en la vida, porque ahora el camino ha sido allanado.

Esa catarsis mental parte de aprender a pensar mejor, porque todos heredamos conceptos financieros de nuestra familia, quienes los heredaron de la tradición, y así vivimos pensando que la única forma de conseguir las cosas es pegándose senda endeudada con un banco que después reclamará el favor cobrando lo que no está escrito en intereses. He aprendido que estar endeudado no es deberle plata a alguien, es haber dejado de pagar, que es distinto, y eso nos lleva a ver que sí, vamos a necesitar pedir prestado, pero siempre y cuando tengamos claro el por qué, para qué y hasta cuándo de la deuda, las cosas detonan distinto.

Pero lo bueno es que como me acostumbré a sacar una parte de los ingresos freelanceros para el Icetex, a lo mejor la disciplina ahorrativa se traduzca en un nuevo ingreso, pro viajes, pro carro, pro familia. Ahora siento que por fin la vida brilla, y como que dan ganas de seguir creyendo en un porvenir distinto, donde en vez de cuotas mensuales y recibos vampirescos, hay alas e ideas para seguir volando. Ya sin deudas, prometo seguir disfrutando la vida, finalmente el excedente por fin se quedará de este lado.

jueves, 19 de febrero de 2015

Yo también tendré 30

¿Quién no recuerda los días de inducción en la Universidad? Alguien que no haya asistido, supongo. Pero mi caso no fue ese. Voluntariamente, hace exactos 10 años, llegué a la Facultad de Comunicación de la Javeriana a vivir el paseo completo en persona para que nadie tuviera que contármelo jamás. Recuerdo que en esos primeros días el paso del tiempo no era algo que me trasnochara, porque el futuro era algo que todavía se demoraba. Y va uno a ver y no, porque en un abrir y cerrar de ojos se pasaron los mejores 6 años de mi vida. Sí, la universidad me gustó tanto que casi no me sacan de allá.

Ahora, con un cartón que me acredita como Comunicador Social, me encuentro en la vida laboral con personas que sufren porque se acercan a cumplir 30 años, o como dicen los oficinistas, van llegando al tercer piso. A los de esta especie se les ve analizando la actualidad noticiosa, preocupados por no aparecer reportados en Datacrédito, embarcados en largas maratones de series televisivas, padeciendo cuando toman leche entera y contando historias protagonizadas por ellos hace 10 años. Y es así como me doy cuenta, con temor y temblor, que ahora soy uno más de ellos.

Pero la idea no es caer en agonías generacionales, porque tampoco es que crecer haga a la gente más aburrida, aunque en el fondo uno va cambiando sus fotos de fiestas y parrandas por las de babyshowers y matrimonios. El punto es que vengo del futuro para decirles, amigos universitarios, que están en los mejores días de su vida, y que como tal se les escurrirá como agua entre los dedos. No quiero sonar como a sus respetadas madres, pero va uno a ver y siempre han tenido razón cuando aconsejan no perder el tiempo para que no lloren los Santos, porque con un papá presidente, ellos ya tienen la vida resuelta.

Si a usted le faltan varios años para llegar a los 30, sépase preparar para cuando le llegue la hora de no poder salir a la calle sin protector solar, o cuando su correspondencia esté integrada por planes de medicina prepagada y extractos de tarjetas de crédito a su nombre. Este es el momento de crecer personal y laboralmente, porque si la vida no está como para ser mediocre, después de los 30 sí que menos, así que aventúrese a valorar sus años mozos de creatividad y emprendimiento.

Pero si usted es de los míos, los mismos que ahora buscamos la comodidad de unos zapatos por encima de que estén de moda, o que trasnochar nos destroza porque “ya no estamos para esos trotes”, no se dé tan duro y disfrute de esta nueva etapa. Está demostrado que muchas de las mentes más brillantes de la historia llegaron a la iluminación después de los 30 años, y de todos lo que hay que vivir fracasando para llegar allá.

Para ambos casos llega esta MALLPOCKET, que con el pretexto de conmemorar nuestra edición Nº 30, le presenta distintas formas de pensar en su reloj biológico inexorable, pero también pretende abordar el 30 como un número más, donde la apariencia es lo de menos y el añejamiento es lo de más. Y como el palo no está para cucharas, lo mejor es que se monte en este DeLorean y piense que la mejor etapa de su vida depende de usted, no de los años que diga tener. Ahí sí como dicen los oficinistas más recorridos, la vieja es la cédula, y la joven es la contraseña.


Publicado en la Revista Mallpocket de Febrero de 2015

jueves, 4 de septiembre de 2014

Puente

No sé de cuándo acá la muerte se volvió tan determinante para lo que escribo. Se podría pensar que soy un periodista olfativo esperando algún deceso para publicar algo, como ya ha pasado un par de veces. Pero la verdad es que para mí, la muerte siempre ha sido algo más habitual que la misma vida, porque solo con su llegada uno pude reconfigurar los recuerdos.

Así me pasó cuando me enteré de la muerte de Gustavo Cerati, uno de mis héroes en muchos aspectos y que de cierta manera aportó a muchas de las ideas y conceptos que he construido. Lo primero es hablar del colegio, porque si algo bueno me queda de aquel nido de ratas (al cual ya perdoné) son los recuerdos de la banda de rock en español que montamos, Caos, donde versionábamos todo tipo de canciones de Soda Stereo como una manera de resistir la presión de los curitas Dominicos. 

Con Cerati, muere lo que me quedaba del colegio: se van las tardes de conversaciones sobre la vida adulta y el amor, adobadas con torneos de International Superstar Soccer o Crash Team Racing en Play Station. Con Cerati se van los mil y un intentos de aprender a hacer cejilla en guitarra para tocar De Música Ligera mejor que los demás. Con Cerati se mueren los recuerdos de viajes a la finca del colegio en Anolaima, y de amistades imborrables que ya no existen.

Cuando escogí estudiar Comunicación Social, me daba risa pensando en Cerati, el mismo tipo que dijo que esa carrera era perfecta para gente que no tenía ni idea de qué hacer con su vida, pero tenía una idea creativa. Me daba risa pero de la nerviosa, porque me metí en esa vacaloca sin tener claro más que quería darle forma a los pensamientos que ya traía, a mi fe ardiente y a mis sueños de ver las cosas distintas. Y sigo sin saber cómo.

Fue así que en la universidad seguí recordando frases como esa, que siempre eran motivo de reflexión: "lo que seduce nunca suele estar donde se piensa", "me pasé la eternidad deseándote, no es momento para ser cobarde", o la clásica "poder decir adiós es crecer". Y es que pasar por una Facultad de Comunicación y Publicidad de cierta manera era un homenaje a Cerati, quien me inspiró a conformar una que otra banda para hacer temas propios, o simplemente tocar para rellenar el ego.

Tengo algunos recuerdos javerianos. Cuando trabajaba en lo que ahora es Ático, había sonidos que aligeraban mi jornada de monitor sin acceso a internet, musicalizaron uno que otro video institucional por encargo y hasta me inspiraron en el look. Porque hay que decirlo: así suene muy banal, mi pelo fue un homenaje a Cerati, porque el tipo la tenía clara en cuando al manejo de rulos, siempre los tenía en su punto. Creo que es momento de confesar que alguna vez llevé a la peluquería, en el Blackberry, fotos de Cerati para que el estilista se inspirara y diera forma con tijeretazos a cada uno de mis crespos. Pendejadas que hay que contar.

Pero si tengo un gran recuerdo de Soda Stereo, fue el día en que me enteré de que harían la gira "Me verás volver", por allá en 2007. Aunque nadie me lo crea, me emocioné como si viniera el mismísimo Jesucristo, porque Soda era una leyenda inconclusa cuando tenía 9 años, y ahí, una década después, ya podría disfrutarlos con uso de razón y dos dedos de frente. Me enruté a comprar boleta general, que recuerdo era roja y me costó algo así como 86 mil pesos, algo que no me importaba en aquella época de pobreza universitaria.

Puedo decir con mucho orgullo que ver a Soda Stereo en vivo ha sido una de las cosas más bonitas que me ha pasado en la vida. Primero porque era tener la posibilidad de ver en vivo las canciones que gritaba en la intimidad, o que acompañaron una que otra tusa escolar. El bendito poder de la música y el recuerdo de escenas que van ligadas a nuestras experiencias, que en últimas es eso lo que nos engancha y extrañamos de los difuntos, lo que pudieron aportar desde su lejanía a nuestra construcción de criterio.

Cerati duró 4 años en coma, y eso sí que es mucho aguante. Aguante para unos, estupidez y atropello para otros. El tema de su muerte llevó a que mi mamá me dijera que donde a ella le pasara algo así, me exigía que le pusiera música cristiana de fondo, le apretara la mano y la dejara ir, porque la inmortalidad se hace en vida y no en tiempos muertos. Le dije que ante todo tenía amor para darle ya, porque si algo aprendí de Cerati fue que el amor es ese puente que nos une. 

"Cruza el amor, que yo cruzaré los dedos"


jueves, 14 de marzo de 2013

Marca registrada

La primera tarea que hice en la Javeriana fue crear un copy para una clase que se llamaba Composición Visual. Recuerdo que era "Grítale al mundo lo singular que eres", y que a la clase entera le gustó mi afán por rescatar la autenticidad de la gente. Para la época, lo único en lo que pensaba era en quién era yo, por qué hacía todo lo que hacía; por qué causa, razón, motivo o circunstancia me aguantaba el esnobismo de una Facultad de Comunicación cuando yo mismo soñaba con poner una bomba en el túnel, como para meterle sentido a los primeros y huecos semestres morales de la carrera.

El tiempo pasó, como una estrella fugaz, así como fugaces pueden ser las ideas en las vidas de las personas. A la Universidad fui a aprender, a traeme un cartón que me diera derecho de poder presumir que era educado y ahora sí recibiría consignaciones por un trabajo; pero sobre todo fui a compararme, a contrastarme, a poner a prueba mis creencias, a integrar un mercado donde resultó que lo más importante era tener una fuerte identidad. Entré ganando, pues desde que puse un pie en la Ponti ya sabía que lo que soy se lo debo a una cruz vacía. No, no tengo complejo de Neo, el elegido de Matrix, pero sí tenía claro que mi Alma Mater, y el planeta tierra en sí mismo, son lugares de paso en los cuales nunca me quedaré.

En mi vida universitaria conocí gente de muchos tintes, corrientes de pensamiento, orientaciones sexuales, prejuicios, religiones, fes y hasta intenciones musicales. Me gusta la diversidad por eso, porque nutre y complementa la idiotez del que ha vivido encerrado en sus cuatro paredes hasta que le llega la hora de estudiar con gente que no piensa en estudiar. Solo en la Universidad es que podemos jugar a ser grandes, pues alardeamos de tomar decisiones y de ser autónomos siempre y cuando la plata que nos dan nuestros papitos lo permita. Todo esto en el marco del primer mercado sexual y emocional al que llegamos precozmente.

La vida universitaria es una constante búsqueda de identidad. Como en la vida real, existen "Los que son y parecen". Estos generalmente mantienen esa correlación entre su identidad y sus actos, son la quimera a la que todos queremos llegar. También están "Los que son y no parecen", grupo integrado por quienes prefieren guardar un bajo perfil ideológico y sus actos pasan inadvertidos. De otro lado, están "Los que no son y parecen", gente que asevera discursos y promueve pensamientos de los cuales nunca ha estado convencida, o en su defecto se van por el camino tramposo de la apariencia sin contenido alguno. Finalmente, están "Los que ni son ni parecen", gente sobre la cual no tengo nada qué decir.

Mi insatisfacción santa es ver gente que, sabiendo quienes son pero buscando encajar y agradar, van a la Universidad, a la oficina y a donde sea a perder su marca registrada, su sello de fábrica. Ahí me pregunto si en verdad son lo que dijeron ser, o si alguna vez lo han sido. Me detengo a pensar y le doy gracias a ese ambiente plástico y pitillero que los recibe a todos, pues es el encargado de hacer que los fuertes nos fortalezcamos en nuestras fuertes fortalezas redundantes, y que los débiles aprendan que el hierro necesita pasar por el fuego para ser probado.


@benditoavila

lunes, 11 de febrero de 2013

Manzanas y naranjas

No soy de la clase de personas que viven con miedos. Me atrevo a decir que no le tengo miedo a nada, o a casi nada. Le tuve miedo a los perros y ahora tengo un pitbull, y además una gata. Le tuve miedo a Marilyn Manson y ahora me parece más tierno que Topo Gigio. Le tuve miedo a muchas cosas, pero descubrí que el miedo es el camino para atraer eso que tanto nos espanta. En fin, solo hay dos cosas que me producen profundo terror, pánico existencial y congelamiento de la voluntad: la niña de El Exorcista y quedarme sin ideas.

Di con mi primer terror en 2001, año en que fue relanzada y remasterizada la clásica película de horror. Confieso que la vi a manera de despecho, pues venía de la fiesta de 15 de mi primera novia. Despecho e ira, dos peligrosas gasolinas que me encendieron a desquitar visualmente contra mi espíritu, como si con eso la bonita pero mentirosa aquella fuera a pagar por reconocer que el man con el que bailó toda la noche no era su primo, ni estaba muriendo de leucemia. Yo, héroe local de un colegio de curas, presumía de ella, dos años mayor que yo y además hecha a mi medida hobbit. Ella, suripanta de un colegio de monjas, presumía de mí porque tenía talento en el baile y en los besos, es decir: sacó provecho de mí, abusó.

Así pasamos grandes temporadas de la vida: siendo ligeramente marraneados por otro u otra más viva y satánica que nosotros. Personajes que nos disfrutan como si fuéramos frutas dulces y llegan hasta nuestra pulpa como por deporte. Yo me mamé de ser pulpado y a finales de ese año busqué a Jesús por primera vez, pero pienso en mí de haber aceptado la tentadora oferta del Lado Oscuro, esa en la que estaría repartiendo mi flor como estilo de vida y como camino a la felicidad.

El Lado Oscuro trabaja bajo una premisa clara: "Atrápalos jóvenes y serán tuyos para siempre". El mundo sabe eso, que todo se resume en una cuestión de identidad donde los fuertes se imponen y los débiles terminan copiando con descaro a esos más fuertes, como esclavos tratando de parecer de la realeza. Debe ser por eso que la sola imagen de una manzana tratando de ser naranja ya nos parece cómica, así como alguien diseñado para algo grande, ser elefante por ejemplo, resuma su vida en querer ser zarigüeya. Sí, es un ejemplo sacado de una película, y ahora que leo todo esto parece un homenaje al lugar común, a la reiteración de ideas, a lo practiguiso, a Daniel Samper Ospina.

Ese es mi otro terror, que por quedarme sin ideas termine contando historias de múltiples momentos de mi vida, incluyendo estas bazofias que tienen que ver con el desamor preadolescente. Siempre he creído que la escasez creativa no existe, más bien es que uno debe ejercitar el cerebro y retomar ese precioso material que aunque ya reposa en uno, se esconde cuando le da la gana. Mi manifiesto personal inicia con la palabra persistencia, aquella que no enseñan en clases de la Javeriana, pero uno aprende para sobrevivir en la oficina.

Hoy persisto en ponerme un cuchillo en el pecho y correr directo hacia una pared, para que al principio parezca divertimento inspirado en Jackass, pero después genere terror darse cuenta que la manzana y la naranja eran parecidas pero no iguales. Eso es hablar de manzanas y naranjas: juntar cosas que no tienen nada que ver, para terminar sacando contenido nuevo para una entrada nueva.


@benditoavila

martes, 2 de octubre de 2012

Javerianidad

Las mejores y peores cosas de la vida pueden pasar en Transmilenio. Estando allí recibí la llamada cuando me contrataron en mi actual trabajo, me reencontré con amistades de infancia y hasta sufrí diversas penurias tercermundistas. Lo cierto es que pasan cosas, pasa la vida y pasa también la que en mi época javeriana fue la directora de carrera de Comunicación. Comprobé que era ella porque sigue con su pelo corto y colorido, con la misma gracia y amabilidad con la que la recuerdo me saludaba cuando era estudiante.

Como sufro y le tengo un ligero pánico a ciertas convenciones sociales, como el abrazo a la hora de saludar y la lagartería oficinista, le correspondí con respeto y me llevé la sorpresa cuando me saludó de "Quihubo radiofónico Ávila". El tiempo se había inmortalizado y tuve un largo flashback javeriano. Me pregunté cómo hubiera sido haber tenido La Fiebre en épocas de estudios, pues como algunos saben este hijo lindo nació mientras hace dos años esperaba el grado académico y buscaba vencer el síndrome paranoide de estar encerrado sin trabajo, sin grado, sin plata.

Tal vez en esa época hubiera escrito sobre la presión de ser cristiano en una Facultad de Comunicación donde la imagen es más importante que la misma academia. Les hubiera confesado que en primer semestre soñé con poner cartuchos de dinamita en las escaleras o en el Rey León, para llamar la atención de aquellas mentes nubladas que para lo único que usaban sus neuronas era para planear la ruta de salida a Andrés Carne de Res. Me pongo a pensar, y mis escritos narrarían el trauma que tenía de cortarme el pelo, de cómo ganaba plata vendiendo gomas y bon bon bumes, de mi época como programador y locutor en Javeriana Estéreo. Hablaría hasta de mis desviaciones cristianas porque de todo se aprende.

Ese tipo de encuentros con gente de otras épocas de la vida son desincronizantes, porque lo obligan a uno a pensar en el yo de otro tiempo, en el pendenciero, el neurótico y el soñador que ahora que lo veo sigo siendo. Mi problema es que la cabeza me funciona como la de un protagonista de serie gringa: siempre vivo cada temporada desgarradoramente pero se me olvida lo que pasó en las anteriores. Soy producto de lo que antes creía y pensaba, un personaje que si no se adapta termina perdiendo la vida. Tal vez  por eso ahora pienso distinto y defino mi identidad en un nivel en el que veo el Luis Carlos javeriano, tan ingenuo e inexperto que el Luis Carlos errecenístico debería visitarlo, tal cual como lo hizo Cornelius en La Familia del Futuro, o Marty McFly en Volver al futuro.

La directora me hablaba de Ático y hasta se acordaba que ahí tuve mi primer trabajo como monitor de radio. Me contó que todo estaba mejor y que debía visitarlos, aunque sabía que ahora era oficinista televisivo, que había dejado la radio y que debía balancearme en el ritmo de vida propio de un comunicador con tres trabajos. Me felicitó por haber estado en México con la Tesis de Chespirito y justo ahí empecé a notar que sabía muchas cosas de mí, y antes de llevarme a sentirme complacido me aterrorizó. Uno se gradúa de la universidad y la deja ir, pero pareciera que esta sigue con el cordón umbilical además informativo de en qué andamos sus egresados.

Hablamos de los sueldos bajos y me contó que los comunicadores organizacionales siguen ganando hasta el triple de los demás. Le dije que eso no era problema de la universidad, sino del profesional y la forma en que hacía valer su experiencia. Ella sepultó el tema con una frase lapidaria: "La vida es dura y no está como para ser mediocre". Le di las gracias y cambié de bus, porque hay etapas a las que es mejor volver, porque no hay nada más peligroso que la comodidad de lo recorrido.


@benditoavila

jueves, 29 de marzo de 2012

Famosos anónimos

Me gusta coleccionar objetos: sombreros, material relacionado con Chespirito, Star Wars y Rescate. Tengo una mesa de noche abigarrada de objetos encontrados en la calle, recibidos como regalo y hasta heredados, porque debo decir con orgullo que papá, sin saberlo, ha sido un coleccionista de rarezas que para mamá solo reflejan sus mañas de acumulador. Tal vez por eso fue que se divorciaron.

Entre mis herencias, guardo las gafas que usaron mis dos abuelos antes de morir. No porque quiera ver el mundo como ellos, más bien porque es la forma en que me recuerdo que la visión debe corregirse, para pararse en el pasado como referente y no como presente. Guardo casetes con grabaciones de programas de radio en los que yo era el protagonista: mamá hizo grabaciones de mi voz hasta los 9 años, para que cuando yo tuviera hijos se las heredara también. Atesoro llaveros, reproductores obsoletos y algo que para muchos es una manía propia de una persona con trastornos: fotos de famosos anónimos.

Caminaba por la Javeriana y encontré una foto tamaño 3x4 fondo blanco de un estudiante de Medicina. Lo sé porque se ve su uniforme pitufo y sus cejas pobladas. No tengo ni idea quién es el susodicho, lo cierto es que al entrar a mi cuadro de famosos anónimos ahora se llama Juan Pablo, le gusta jugar squash y arregla su economía juvenil trabajando los fines de semana en una tienda de ropa.

Años más adelante y dejando atrás la universidad, iba subiendo un puente peatonal que me llevaría al oficinismo en Las Américas, justo cuando identifiqué una foto de fondo azul donde una niña de aparentes 14 años vestía una sudadera colegial, de esas que hacen que la cremallera llegue hasta el mentón. En Famosos anónimos se llama Astrid, estudia en un colegio del distrito y no le gusta que se burlen de las pecas que adornan sus mejillas, a pesar de que la música que oye y baila suele denigrar de la mujer y de cualquier cuerpo exuberante.

El cuadro lo completaría hace un mes un pequeño niño de aproximadamente 4 añitos -como dicen las mamás-, quien reposaba oculto en un tablero donde Bancolombia promociona sus planes de ahorro. Acepto que dejé la fila por unos minutos para agarrar al 'niño nuevo' de los Famosos anónimos, so pena que pasar por enfermo o pederasta. Su nuevo nombre es Yesid, no conoció a su papá y al parecer sufre de precoces arranques de tiranismo, situación alimentada por su propia madre.

Guardo con mucho respeto a mis Famosos anónimos, pues vienen a ser referentes concretos de creación y de reacción visual. Lo divertido de esta tarea es que el grupo no crece frecuentemente, tan solo cuando tengo la suerte de descubrir en algún lugar del planeta una foto sin nombre, sin futuro aparente y sin propietario conocido.

Puedo pasar por enfermo o loco, pero tristemente la gente parece no comprender que detrás de una foto perdida puede existir una increíble historia qué contar.

Famosos anónimos, 2012


@benditoavila

martes, 8 de noviembre de 2011

Amort oficinista

Desde pequeño he sido televidente invidente, pues crecí con la televisión en los oídos y con la radio en los ojos. Seguramente por eso escogí mi carrera; de hecho, recuerdo que una mañana del año 2001 le pregunté a mi mamá que qué estudiaban los que trabajan en radio. Ella me respondió que Comunicación Social, y sin mayor filtro ni investigación decidí internarme cuatro años después en una Facultad de Comunicación y Lenguaje.

Llegué a la Ponti-universidad y queriendo queriendo, opté por ser una cara distinta de la cultura Ávila. Ya les he reportado, cabañeros amados y cabañeras amadas -por aquello del lenguaje incluyente-, que ser Ávila es armar tierrero y salir huyendo, embalar gente para quedar bien por encima de los demás, guardar buenas relaciones así uno no tenga la razón, entre muchas otras filosofías callejeras en torno a la interacción social.

Pero si algo vi en mis ancestros Ávila fue esa pasmosa capacidad de untarse de mujeres, todo bajo el pretexto de las buenas relaciones y la bacanería con aroma a cigarrillo traficado. Ahora en mi era oficinista, insisto en mi carácter tildado por muchos de parco, tosco y hasta reacio, todo por no compaginar con la todavía extraña maña de saludar de abracito a todas las oficinistas, quienes se sienten ofendidas si uno no las llama preciosas cuando les pide prestada la cosedora.

Quiero aclarar que no le tengo miedo ni asco a la gente -mucho menos a las oficinistas-; de hecho tengo lo que es el carisma para relacionarme y sostenerles conversaciones en torno a sus borracheras, sueños personales, decepciones y frustraciones; el punto es que en mi era cristocéntrica empecé a desarrollar una selectividad natural en cuanto al contacto humano, propia de la neurosis del comediante promedio. A veces aborrezco eso de mí, porque la gente me ve como orgulloso y antiséptico, cuando soy el verdulero con más pañalitis y diarrea mental de la comarca.

Pero no todo es negativo aquí en La Fiebre. Gracias a Dios -y a los más de 721.308 votantes-, tenemos Alcalde electo, quien lejos de pensar que ganaría porque un tarotista afeminado lo dijera horas antes, fue escogido por la mayoría y ya. Aunque no voté por él, debo aceptar que algo de su discurso quedó retumbando en mi cabeza desde aquel domingo de Octubre. Bueno, decir algo es muy presuntuoso, en realidad me quedó clarísimo que se vendría La Política del Amort: una nueva era de integracción social que contrario a lo que muchos pensarían, me llevó a sentir el aroma y los colores de aquel sentimiento tan lindo -vean cómo ahora uso palabras bonitas-.

Como no les gustaba este Grinch local que respetaba sus límites -y que ahora usa bigote para verse como capo barrial-, se tendrán que atener a un ser de luz que abrazará y besará mientras las tratará a todas con expresiones lindas como: mi vida, mi amort -la más creativa-, nena, hermosa, cariño y demás palabras que tenía guardadas para alguien verdaderamente importante, pero que han entrado en desuso por culpa de Suso, el peor compañero que cualquier oficinista puede llegar a tener y que yo tengo, a decir verdad.

Si me tildaban de aburrido y ñoño por no salir a beber ni disfrazarme en la oficina, ahora viviré disfrazado de cochinote, les hablaré cerquitica del oído y les escupiré palabras lindas pero adobadas con napalm. Espero ver sus rostros horrorizados cuando este bigote les esté afeitando el autoestima y les sople lo bien que se ven escurridas en esos descaderados. Pero bueno, retomo mi lugar porque lo que debo respirar es amort, ¿no?

El amort, el amort, qué bello es querer. Yo estoy que me amo y que amo, pero tampoco pienso amart ni que me ament bajo lo que dictan las mecánicas oficinistas.


Twitter: @benditoavila

miércoles, 19 de octubre de 2011

Doble U

Entrada cabañera que se respete parece estructurada por los libretistas de Los Simpson: se ve una situación cotidiana y de ahí se parte para el giro cómico, que generalmente no tiene que ver mucho con el planteamiento y termina llegando tras varios traspiés hilarantes. Hoy arranco en mi rol oficinista, como un viejo que sin pipa ni tabaco narra sus vivencias a las nuevas generaciones de lectores que, valiéndose de sus teléfonos inteligentes, sabrán retuitear los contenidos de La Fiebre mientras yo tecleo en un computador ubicado en un pasillo.

Cada vez que escribo en horas de la tarde, termino arrancando desde la nostalgia. Pero no porque extrañe viejas épocas o algo parecido, es más bien un dejo mañoso resumido en frases como "Cuando estaba en la Universidad...", o "Me acuerdo que en mi época de estudiante..." y así. Al parecer, soy una especie de Benjamin Button que vive de para atrás, hurgando recuerdos conocidos y sintiendo tan lejana la época universitaria, aunque tan solo se tenga un año de egresado.

Cuando estaba en la Universidad aprendí que los comunicadores javerianos no sabemos mucho de nada, aunque presumimos saber de todo: tenemos una rara habilidad para abordar los temas de una forma tan superflua y convincente a la vez que sabemos descrestar. De hecho, el Maestro Salgado lo resumía en una frase tan oportuna que parece un proverbio bíblico: "El comunicador social tiene un mar de conocimiento, de un centímetro de profundidad". Fue ahí que aprendí a aceptar que no me las sabía todas y que tampoco me tocaba, como muchos compañeros de salón que ahora veo, leo y oigo en los grandes medios creen todavía.

Casi un año después de haberme graduado, me doy cuenta que la Universidad abre la cabeza -de hecho, descalabra-, porque invita a pensar desde otros lugares y a abordar muchas formas de vida. El punto es que uno sale, muestra ese cartón gigante a la familia, ellos lloran y uno se dedica a esperar la comida o la lluvia de sobres como premio a tantos años de no hacer mayor cosa. La Universidad sirve siempre y cuando uno tenga claro que no sirve, pues finalmente el profesional que buscará oportunidades y saldrá a pagar un crédito es uno.

A este punto, muchos pueden estar pensando en que soy un malagradecido, perro canequero, cerdo insensible, diva sextuitera y hasta mamerto pop. A todas esas descripciones que todavía no proceso les doy check, pues eso sí aprendí en la Universidad: si uno es bueno en algo, si tiene algo qué contar y aprende a vender su intelecto, podrá presumir de ser un oficinista respetable al que se le puede aplaudir por haber comido pescadito y trabajado en Ático en su época juvenil. Siempre he creído que uno es comunicador desde que está en IV semestre y ya puede medio pedir trabajo, pues este oficio-carrera-profesión o comosellame se perfecciona es con la experiencia, no con la cátedra.

Vivimos tan afanados por estudiar, tener título, hacer plata y casarnos, que se nos va la vida real mientras buscamos cosas tan elementales como esa. Yo me cansé de ese esquema predecible y conductista de vivir por vivir, por eso mi modalidad ahora será disfrutar los fines de semana, escribir, dejar de hacer cosas por la plata y pensar en que me siento tan hippie reflexionando sobre la Universidad que me doy asco a mí mismo, entonces volveré a mi rol oficinista donde empezó todo y tal vez no deba cambiarse, por ahora.


@benditoavila

martes, 11 de octubre de 2011

Abortivo

Hay días en que la gente espera que uno diga lo que piensa. Mandan correos, menciones tuiteras, DM's, llaman al celular e insisten en saber qué va uno a decir sobre los temas de moda y actualidad. Le he huído recurrentemente a dar declaraciones de temas que no conozco, pues terminaría opinando y en el camino lastimando a algún purista que sí ha estudiado y vivido las cosas para hablar con conocimiento de causa. La gente me pregunta qué pienso del aborto, de la eutanasia, de las penas de muerte y yo simplemente trato de que no vean que me muerdo la lengua para no decirlo todo.

Prefiero dejar descargar el celular, hacerme el ausente, no responder y hasta pasar por grosero antes que decir lo que muchos no quieren oír. Esto tal vez no venga al caso, pero nunca he sido violado, no he quedado embarazado, nunca he estado al borde de la muerte, nunca me han secuestrado y a decir verdad me falta mucho pelo pa' moña en todas las áreas de mi vida. Entonces me ahorro opiniones puristas y moralistas, pues esa misma verdad que poseo me lleva a aprender que callar también es una respuesta.

Tengo claro lo que pienso y creo que debería hacerse, trato de vivir una vida coherente y no lastimar a nadie, pero lo cierto es que me arden los párpados cuando leo declaraciones godas y mamertas donde la intolerancia oscurantista es asociada con Dios, con los creyentes en él y con la Iglesia -no importa la denominación-. No todos los cristianos somos ñoños de pensamiento: sí nos basamos en la Biblia para actuar, pero siempre desde una intención de amor cristiana y no desde un señalamiento condenatorio que excluye a la gente y nos hace ver lo orgullosos que nos ponemos cuando creemos tener la salvación comprada.

En primer lugar, me da vergüenza ver cómo gente que dice conocer a Dios logra ser tan irritante con la humanidad entera: aquellos que lanzan a la hoguera a los homosexuales, destruyen a quienes piensan distinto y hasta atribuyen una violación carnal al plan divino, deberían aprender que el amor de Dios no es eso. Es verdad que hay circunstancias espirituales que después Dios usa para bien, pero el mensaje debe ser asertivo y edificante mucho más con los que no conocen a un Jesús real.

Me duele ver cómo gente que admiro despotrica de Dios simplemente porque los cristianos que han tenido al lado parecen traídos de la Edad Media y además se comportan como cavernícolas creacionistas sin argumentos y sin siquiera su propia vida cambiada para debatir. Nada más triste que ni siquiera conocer al propio Dios del que se predica, por eso el compromiso no solo es tener argumentos espirituales, sino también concretos para poder aportar a las vidas de los demás.

Ya ha llegado el punto en que los medios nos buscan para preguntarnos qué pensamos los cristianos del aborto, de los candidatos a la Alcaldía y del contenido erótico en las parrillas de programación. ¿Y qué les vamos a responder? ¿Cristo te ama? ¿Eso no le agrada al Señor? ¿El niño Dios debe estar llorando en su tumba? La Iglesia somos nosotros, y si no hacemos una Iglesia atractiva y radical la gente va a quedarse con un cristianismo primitivo y repugnante que solo atraerá a carteristas, pero nunca a gente de influencia.

Tratar de agradarle a todo el mundo ya es un oximorón de entrada. Entonces, lo mínimo sería llevar una relación armoniosa y tolerante con la diferencia, con el que no conoce a ese Jesús que nosotros sí. Ellos pueden contradecirse, pueden maldecir su existencia y hasta frentear con provocaciones como las que me gritaban en la Javeriana: ¿Dónde está su mesías?, ¿Ese mismo Dios a quien usted ama es el que permite que un cerdo como Garavito mate y viole a tantos niños?; pero el compromiso de un cristiano debería basarse en la vida de impacto por un lado y entender lo que alguna vez Jesús dijo: "No te pido que los saques del mundo, sino que los guardes del mal". Es decir, necesitamos estar donde estamos, porque será la única forma de sacar a Jesús a la calle.


martes, 30 de agosto de 2011

La hora felina

Después de días platónicos, qué mejor que seguir con días plutónicos. Es que esa es la verdad, uno escribe muchas vainas serias y también muchas bobadas, pero ambas son realmente necesarias para el bien mental. Como La Fiebre -el lugar donde se vale decir "subamos arriba"- es un espacio más democrático que un baño público, hoy es tiempo de disfrutar de reflexiones sin sentido y sin mayor importancia más que para quien las escribe.

Cada vez estoy más cerca de convertirme en algo que no sé si quiero ser: un mamerto pop prepagado y oficinista. Me pongo el carné de la empresa antes de bajarme del Transmilenio, me sirvo agua del botellón de oficina que yo mismo pongo, saludo de beso a mis compañeras oficinistas a sabiendas del pútrido olor a pachulí que me impregnará, prendo el computador y reviso correos. Así llegan las primeras horas, en las que se van colando cascadas de imágenes en mi cabeza que ahora piensa en función comercial. Si usted alguna vez reprendió a alguien por estar pegado a un televisor y le dijo una frase como "Ni que le pagaran por ver novelas", es tiempo de que sepa que esa frase es una realidad real en mi existencia oficinista.

Menos mal existe La Fiebre, lugar donde mi mentalidad de oficinista feliz se da unas cuántas patadas con la lobotomía que a veces siento me realizan a la hora del almuerzo. Ahora respiro feliz mientras veo a gente hacer mal su trabajo, y no es que disfrute ni que me de un fresquito el sufrimiento humano, solo que en el ambiente oficinista uno siempre espera algo que rompa la cotidianidad: un petardo detonado que nos haga evacuar y hacer popó del susto, una celebridad que entra en ataque de amok y amenaza con matarnos, o por lo menos una caída de alguien por las escaleras. La cotidianidad se disfruta mucho más cuando se lee desde lo divertida que puede llegar a ser.

Menos mal todo oficinista tiene alguna importante razón para llegar a casa. La mía me acompaña hace más de un mes, exactamente desde el día que murió Joe Arroyo. La conocí y fue impacto a primera vista, pues ya hemos dejado claro que no existe el amor a primera vista aunque Salserín insista. Digamos que me impactó y cuando me le acerqué me perdí en sus ojos, más grises y girasoludos que sus propias manchas. Ahí conocí a la que sería mi primera-nueva-última mascota, una gata criolla que no es cualquier gata callejera como las que acostumbraban perseguirme en la Javeriana para aruñarme.

Esperaba que me entregaran un gato y negro, pero resultó que un hippie se lo llevó antes de que yo llegara. La vi y pensé: "Es una gata, ah, gata... ah gata". Se me dibujó una sonrisa en el rostro y como soy tan chocoloco y loco decidí bautizarla Ágatha, no por ninguna escritora ni menos por una diseñadora de perfumes más inmundos que los que usan mis compañeras oficinistas; sencillamente Ágatha, Ah gata, mi gata.

Tener mascota era de las últimas cosas que haría en mi vida, según mi Almanaque Bristol. Pero como buen escritor de horóscopos y magazines universitarios, encontré que para ser cool debía retar a aquellos que decían que no podría avanzar en la vida y además bailarles un merengue apambichao encima de sus tumbas. Tener una gata no me hace más corrido que aquellos escritores postmodernos que asocian la bohemia con un felino merodeando en sus ceniceros. Yo, un flamante opositor del neohippismo y del divorcio, he encontrado interesantes enseñanzas a la hora de cuidar y ver crecer un animal tan parecido a mí: independiente, punkero, interesado y además tan felinamente calculador.

Ágatha se parece tanto a mí que cuando llegó no quería tomar agua de la llave, sino que buscaba charcos en la cocina para saciar su sed. Ya era mi gata desde el primer día, pues también vivió sus primeras horas de existencia en el hacinamiento de un hogar clase media y ahora disfruta viendo comedias de situación a las que pocos le ven lo gracioso. Si las mascotas se parecen a sus dueños, Ágatha será una gata que se cree de mejor familia, que usa arena fina e impagable por sus propios medios y que además vive encontrando su propósito de vida felina a diario. Vendrán muchos años gatunos en los que enfrentará mil aventuras sin dejar herederos, en eso sí no nos parecemos: ella será operada prontamente y yo regaré mi semilla en alguna flor local, no tan prontamente pero sí ciertamente.


Ágatha equivale a un Bebé Huggies pero en la farándula felina