Ya dije antes que lo malo de viajar es regresar, principalmente porque uno sabe que no es el mismo que se fue, sino que hay algo internamente en proceso de reajuste. En mi caso, tiene que ver con mi espiritualidad cristiana, la cual debo confesar ha estado fundamentada en el señalamiento fariseo, en buscar a toda costa escoger si ser frío o caliente, blanco o negro, cuando la vida real está tan llena de tibiezas grises que son lo que le dan, curiosamente, clima y color a la existencia.
He vuelto, lleno de cariño, decía Joe Arroyo. Y cito a un cantante secular -oh término tan satánico- para empezar, porque ahora resulta que la relevancia espiritual de las personas se mide por las radicalidades de ultraderecha a las que se sometan. Regreso al ruedo y no pasaron muchos días desde que me bajé del avión para ya estar en boca de personas que cuestionan mi relación con Dios y mi estado espiritual según su propia estructura, y los entiendo, porque es común que la gente juzgue lo que está bien o mal según su aparato mental, esa carta de instrucciones con la que son criados y que difícilmente será renovada a menos que así se quiera.
No sé si sea por haber pasado por Hillsong NYC y Hillsong Buenos Aires -la iglesia favorita de esos mismos que ahora me ven como 'mundano', curiosamente-, pero justamente mi percepción de Dios cambió este año gracias a la convivencia con gente de carne y hueso, que podían estar la noche anterior compartiendo con amigos y hasta bebiendo cerveza -sí, los cristianos internacionales toman-, y al otro día ministrar en la tarima y disfrutar de la reunión dominical sin más extrañeza. Rimó y todo, aunque no era la idea.
Les voy aclarando, caza gazapos y caza fantasmas, que no hice parte de esas "prácticas mundanas", pero sí me impactó pensar que las realidades son mutantes, y que la libertad de obra parte de tener un corazón dispuesto a agradarle a Dios aún a pesar de la gente. Compartí con personas maravillosas cuyas vidas son hermosamente humanas. Sí, porque es bonito cuando uno reconoce esa limitante y finita facultad de vivir aprendiendo a cometer otros errores, que es mi definición de ser mejor persona. No se trata de perfección, se trata de disfrutar un poco más el amor de Dios siendo uno mismo.
A diario me esfuerzo por agradarle a Dios, y siempre creí que se trataba 100% de mí, de mis justicias, actos de bondad, y que por eso gente desprendida como Teresa de Calcuta era la única que podría agradarle. Yo, que colecciono cosas viejas, camisetas y cuanto souvenir me topo de Chespirito, no soy el mejor modelo a seguir entonces, pues además de ese instinto acumulador, soy videoso, trascendental, neurótico, exagerado e impulsivo, todo lo que un líder cristiano no debería ser según la religión organizada.
Lo más difícil de ser cristiano es tratar de complacer a otros cristianos. Esta es la forma de decir que ahora mi énfasis está en ser lo suficientemente humano y frentero como una manera de que se vayan desanimando de una vez aquellos que me tienen como 'referente', porque si mi forma de pensar, hablar, tatuarme, bailar, relacionarme con otros, et al, les da permiso para vivir alocadas vidas a costa de mi desprestigio, el problema no soy yo, son esos que buscan chivos expiatorios para justificar las decisiones que jamás se atrevieron a tomar.
Yo amo la luz y desecho la oscuridad, solo que no me veo a mí mismo como alguien de los buenos o de los malos. Simplemente, soy un ser humano que entiende su lugar de redención, que busca que otros encuentren el propio y así mismo reflejar una fe confiable donde las jerarquías no son sacrosantas, sino lo suficientemente humanas como para poner la mirada en el cielo, donde reposa lo único perfecto, lo único digno de imitar; no en este blog o yo, donde hay colores, ideas visuales y percepciones como daltónicos, ciegos y tuertos en el mundo.
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lunes, 29 de febrero de 2016
jueves, 19 de noviembre de 2015
Chao Icetex
Desde que me fui a dar una vuelta por el universo y dejé de publicar, prometí volver cuando tuviera algo interesante por contar. Y la verdad es que me fui a escribir mi vida, sobre todo la financiera, porque esa es una de las responsabilidades que tenemos los clase media aspiracional al crecer. Los que me conocen, o en su defecto me leen, saben que llevo unos diez largos años en la más estable de las relaciones que cualquier hombre puede tener, y es el amor a su culebra, o mejor, la atadura a una deuda, para no generar controversias entre Adán y Eva.
Estudié la carrera con crédito educativo del ICETEX, y mal haría yo en hablarles pestes de esta entidad a la que, siendo sinceros, debo agradecerle por creer en mí, en mi codeudor y en mi supuesto talento profesional, pues eso de que le presten plata a uno para "pagarla cuando tenga trabajo" es un voto de confianza bonito de parte del Estado. Lo cierto es que como todo en mi vida, llega un momento de desbaratar pactos, adicionarle un otrosí a los contratos verbales, renunciar a lo cómodo en pos de algo mayor.
Así es. Esta foto es la constancia de que soy libre financieramente, pero tomarla costó sacrificar varios sueños, renunciar a mecatiármela en cositas, abstenerme de viajar a mi antojo y hasta meter mi vida amorosa al freezer, porque eso de conquistar a una mujer es una fuerte inversión con cara de pasivo fijo que los endeudados generalmente no podemos sostener.
Ahora que soy libre sufro un poco, porque con este logro mueren los chistes referenciados y gran parte de mi material creativo. Ya no habrán tuits repulsivos quejándome de no haber nacido en cuna de oro, ni mucho menos ataques existencialistas por no haber tenido de otra. Pagar las deudas, en parte, es una manera de purificarse y de invertir en un futuro donde no haya grilletes de ninguna clase, es crecer ligeramente, es perder las excusas para no triunfar en la vida, porque ahora el camino ha sido allanado.
Esa catarsis mental parte de aprender a pensar mejor, porque todos heredamos conceptos financieros de nuestra familia, quienes los heredaron de la tradición, y así vivimos pensando que la única forma de conseguir las cosas es pegándose senda endeudada con un banco que después reclamará el favor cobrando lo que no está escrito en intereses. He aprendido que estar endeudado no es deberle plata a alguien, es haber dejado de pagar, que es distinto, y eso nos lleva a ver que sí, vamos a necesitar pedir prestado, pero siempre y cuando tengamos claro el por qué, para qué y hasta cuándo de la deuda, las cosas detonan distinto.
Pero lo bueno es que como me acostumbré a sacar una parte de los ingresos freelanceros para el Icetex, a lo mejor la disciplina ahorrativa se traduzca en un nuevo ingreso, pro viajes, pro carro, pro familia. Ahora siento que por fin la vida brilla, y como que dan ganas de seguir creyendo en un porvenir distinto, donde en vez de cuotas mensuales y recibos vampirescos, hay alas e ideas para seguir volando. Ya sin deudas, prometo seguir disfrutando la vida, finalmente el excedente por fin se quedará de este lado.
Estudié la carrera con crédito educativo del ICETEX, y mal haría yo en hablarles pestes de esta entidad a la que, siendo sinceros, debo agradecerle por creer en mí, en mi codeudor y en mi supuesto talento profesional, pues eso de que le presten plata a uno para "pagarla cuando tenga trabajo" es un voto de confianza bonito de parte del Estado. Lo cierto es que como todo en mi vida, llega un momento de desbaratar pactos, adicionarle un otrosí a los contratos verbales, renunciar a lo cómodo en pos de algo mayor.
Ahora es el Icetex el que me debe. Otra foto que siempre quise tomar.
Ahora que soy libre sufro un poco, porque con este logro mueren los chistes referenciados y gran parte de mi material creativo. Ya no habrán tuits repulsivos quejándome de no haber nacido en cuna de oro, ni mucho menos ataques existencialistas por no haber tenido de otra. Pagar las deudas, en parte, es una manera de purificarse y de invertir en un futuro donde no haya grilletes de ninguna clase, es crecer ligeramente, es perder las excusas para no triunfar en la vida, porque ahora el camino ha sido allanado.
Esa catarsis mental parte de aprender a pensar mejor, porque todos heredamos conceptos financieros de nuestra familia, quienes los heredaron de la tradición, y así vivimos pensando que la única forma de conseguir las cosas es pegándose senda endeudada con un banco que después reclamará el favor cobrando lo que no está escrito en intereses. He aprendido que estar endeudado no es deberle plata a alguien, es haber dejado de pagar, que es distinto, y eso nos lleva a ver que sí, vamos a necesitar pedir prestado, pero siempre y cuando tengamos claro el por qué, para qué y hasta cuándo de la deuda, las cosas detonan distinto.
Pero lo bueno es que como me acostumbré a sacar una parte de los ingresos freelanceros para el Icetex, a lo mejor la disciplina ahorrativa se traduzca en un nuevo ingreso, pro viajes, pro carro, pro familia. Ahora siento que por fin la vida brilla, y como que dan ganas de seguir creyendo en un porvenir distinto, donde en vez de cuotas mensuales y recibos vampirescos, hay alas e ideas para seguir volando. Ya sin deudas, prometo seguir disfrutando la vida, finalmente el excedente por fin se quedará de este lado.
miércoles, 23 de septiembre de 2015
Neotenia
Hoy La Fiebre de las Cabañas está cumpliendo exactos cinco años de haber arrancado. Recordemos este triste origen, donde me vi a mí mismo sin trabajo, sin título universitario, pero con un cerebro que no podía atrofiarse por cuenta del ocio y la espera. Empecé a relevar mis labores domésticas con este pseudohijo, al que desde el inicio me comprometí a alimentar constantemente, como si tuviera vida propia y mi responsabilidad fuese no dejarlo morir.
Tener un blog es una suerte de responsabilidad, pues aunque decidí escribir para mí mismo, como una forma de vencer la amnesia, la bola de nieve fue creciendo hasta que se volvió lectura semanal obligada para muchos. Y finalmente eso es clave en la escritura, tener claro que siempre hay alguien que leerá lo que uno escribe, así uno intente disimularlo o esconderlo.
Debo decir que quien más ha sido bendecido en este tiempo he sido yo mismo, pues no hay otra manera de desenredar las ideas que pasándolas por los dedos, plasmándolas en conceptos y así mismo dándoles forma. Ha sido un ejercicio creativo, pero sobre todo espiritual, pues esto de abrir el corazón y la vida nunca terminará de ser fácil. En La Fiebre de Las Cabañas saco mis trastornos, mis miedos, mis fracasos. Han sido cinco años de confirmar que se es más humano y se vive mejor entre más uno se equivoca y desacierta, que la familia es un anhelo de todos, que la comedia es la ciencia de la vida, que a todos nos toca aprender a pensar, que el amor siempre está en camino, que Dios está más cerca de lo que uno cree.
Entradas como esta se leen como mediocridad perfumada, como cuando en las series de televisión hacen un capítulo con solo material ya emitido y de ahí sale un especial navideño. Yo solo debo decir que cada día se aprenden cosas nuevas, y que para seguir aprendiendo hay que seguir soltando, caminando y avanzando. He sido muy feliz plasmando ideas, viajes y hasta análisis médicos inventados aquí; el blog me ha servido para armar manifestos de libertad, espiritualidad y creatividad; me ha dado trabajo y hasta le he ganado algunos beneficios como boletas de conciertos, viajes y hasta reconocimiento, pero como todo en la vida, hay que seguir.
Pero lo que más rescato es cómo la creatividad nos ayuda, hagamos lo que hagamos en la vida, a aprender, a desarrollar la neotenia, a sacar a flote esas cualidades de nuestro niño interior donde podemos quitarnos el temor y ser libres para aprender, donde no juzgamos la espiritualidad de la gente por sus errores sino comprendemos que los santos son los que más conocen los infiernos de donde han salido. Por eso creo que el mensaje es que debemos seguirle perdiendo el miedo al qué dirán, al remoquete de sonar hueco o vacío, porque todo eso nos hará seres insensibles que no conquistarán su campo de acción. El creativo no puede civilizarse, debe incomodar a un sistema que lo abruma y busca callarlo, es la única manera de ser diferente.
Es por eso que he decidido celebrar el primer lustro dándome unas vacaciones indefinidas. No tengo claro cuánto tiempo, o siquiera si he de volver, pero por ahora creo que necesito darme una vuelta por el universo para tener más cosas que contar, para refrescar el panorama y luego volver con algo distinto, como le pasó a Simba cuando creció y volvió a derrotar a Scar para ser rey. Termino preguntándole, a quien lea esto, ¿Aprendió, le quedó algo en la cabeza gracias a La Fiebre? Lo pregunto sin arrogancia, solo para que me lo recuerde, porque a lo mejor hasta yo mismo necesito recordarlo.
Tener un blog es una suerte de responsabilidad, pues aunque decidí escribir para mí mismo, como una forma de vencer la amnesia, la bola de nieve fue creciendo hasta que se volvió lectura semanal obligada para muchos. Y finalmente eso es clave en la escritura, tener claro que siempre hay alguien que leerá lo que uno escribe, así uno intente disimularlo o esconderlo.
Debo decir que quien más ha sido bendecido en este tiempo he sido yo mismo, pues no hay otra manera de desenredar las ideas que pasándolas por los dedos, plasmándolas en conceptos y así mismo dándoles forma. Ha sido un ejercicio creativo, pero sobre todo espiritual, pues esto de abrir el corazón y la vida nunca terminará de ser fácil. En La Fiebre de Las Cabañas saco mis trastornos, mis miedos, mis fracasos. Han sido cinco años de confirmar que se es más humano y se vive mejor entre más uno se equivoca y desacierta, que la familia es un anhelo de todos, que la comedia es la ciencia de la vida, que a todos nos toca aprender a pensar, que el amor siempre está en camino, que Dios está más cerca de lo que uno cree.
Entradas como esta se leen como mediocridad perfumada, como cuando en las series de televisión hacen un capítulo con solo material ya emitido y de ahí sale un especial navideño. Yo solo debo decir que cada día se aprenden cosas nuevas, y que para seguir aprendiendo hay que seguir soltando, caminando y avanzando. He sido muy feliz plasmando ideas, viajes y hasta análisis médicos inventados aquí; el blog me ha servido para armar manifestos de libertad, espiritualidad y creatividad; me ha dado trabajo y hasta le he ganado algunos beneficios como boletas de conciertos, viajes y hasta reconocimiento, pero como todo en la vida, hay que seguir.
Pero lo que más rescato es cómo la creatividad nos ayuda, hagamos lo que hagamos en la vida, a aprender, a desarrollar la neotenia, a sacar a flote esas cualidades de nuestro niño interior donde podemos quitarnos el temor y ser libres para aprender, donde no juzgamos la espiritualidad de la gente por sus errores sino comprendemos que los santos son los que más conocen los infiernos de donde han salido. Por eso creo que el mensaje es que debemos seguirle perdiendo el miedo al qué dirán, al remoquete de sonar hueco o vacío, porque todo eso nos hará seres insensibles que no conquistarán su campo de acción. El creativo no puede civilizarse, debe incomodar a un sistema que lo abruma y busca callarlo, es la única manera de ser diferente.
Es por eso que he decidido celebrar el primer lustro dándome unas vacaciones indefinidas. No tengo claro cuánto tiempo, o siquiera si he de volver, pero por ahora creo que necesito darme una vuelta por el universo para tener más cosas que contar, para refrescar el panorama y luego volver con algo distinto, como le pasó a Simba cuando creció y volvió a derrotar a Scar para ser rey. Termino preguntándole, a quien lea esto, ¿Aprendió, le quedó algo en la cabeza gracias a La Fiebre? Lo pregunto sin arrogancia, solo para que me lo recuerde, porque a lo mejor hasta yo mismo necesito recordarlo.
martes, 15 de septiembre de 2015
Serendipia
Un ingeniero se retiró frustrado de su carrera, pues se imaginaba que detrás de ese título habría justamente ‘ingenio’, cosa que no experimentó en la academia. El hombre caminó frustrado por la calle, hasta que en una fachada de un edificio vio una convocatoria para nuevos empleos. Entró y se encontró con dos filas: una donde se solicitaba productores de televisión y otra, más corta, donde buscaban escritores. Agotado, buscando evitar el rechazo, decidió registrarse en la de escritores.
Estando allí, recordó que él disfrutaba mucho escribir cosas en un pasquín del colegio, y apuntó esa experiencia, que tampoco era la gran cosa. Tiempo después, empezó a escribir anuncios publicitarios, y su trabajo gustó tanto que brincó al cine y luego a la televisión, donde escribió libretos que, por otro error del destino, terminó interpretando él mismo. El protagonista de esta historia se llamaba Roberto Gómez Bolaños, mejor conocido como Chespirito. Alma bendita y paz en su tumba.
Para mí es que es bien difícil no admirar a Don Roberto, mucho más cuando uno conoce esta historia y se da cuenta que la vida es eso, vivir abierto a la verosimilitud de lo imposible, a todas esas probabilidades incontempladas que cuando suceden, cambian el rumbo de la vida para algo bueno. Justamente eso es el error, la posibilidad de cambiar algo cediéndole el control a Dios, el destino, la Fuerza, o como cada uno lo quiera llamar.
Le tememos mucho al fracaso porque en el fondo no queremos equivocarnos. Y por eso la vida nos da tan duro, porque no hemos aprendido que el truco está en aprender a equivocarse cada vez mejor. Error es la definición de humanidad por excelencia, pero vivimos en una era donde embarrarla se castiga con La Picota pública, desconociendo que el aprendizaje proviene justamente del experimento, que de las constantes pruebas es que se desarrollaron inventos ingeniosos como la bombilla, la rueda, o el amor.
Estando allí, recordó que él disfrutaba mucho escribir cosas en un pasquín del colegio, y apuntó esa experiencia, que tampoco era la gran cosa. Tiempo después, empezó a escribir anuncios publicitarios, y su trabajo gustó tanto que brincó al cine y luego a la televisión, donde escribió libretos que, por otro error del destino, terminó interpretando él mismo. El protagonista de esta historia se llamaba Roberto Gómez Bolaños, mejor conocido como Chespirito. Alma bendita y paz en su tumba.
Para mí es que es bien difícil no admirar a Don Roberto, mucho más cuando uno conoce esta historia y se da cuenta que la vida es eso, vivir abierto a la verosimilitud de lo imposible, a todas esas probabilidades incontempladas que cuando suceden, cambian el rumbo de la vida para algo bueno. Justamente eso es el error, la posibilidad de cambiar algo cediéndole el control a Dios, el destino, la Fuerza, o como cada uno lo quiera llamar.
Le tememos mucho al fracaso porque en el fondo no queremos equivocarnos. Y por eso la vida nos da tan duro, porque no hemos aprendido que el truco está en aprender a equivocarse cada vez mejor. Error es la definición de humanidad por excelencia, pero vivimos en una era donde embarrarla se castiga con La Picota pública, desconociendo que el aprendizaje proviene justamente del experimento, que de las constantes pruebas es que se desarrollaron inventos ingeniosos como la bombilla, la rueda, o el amor.
Nacemos, crecemos, peleamos, nos arreglamos, nos mantenemos en esas y no aprendemos a usar el Ay exclamativo, que es toda una pena. Pero lo bueno es que al final lo que queda es el recuerdo, esa capacidad humana de sobreponernos ante lo cometido, ya sea aceptar un trabajo inmundo, pagar la primiparada en la universidad, haber nacido o siquiera cometer un adefesio ortográfico.
Pero como para todo hay palabras, existe el concepto ‘Serendipia’, que se relaciona justamente con eso, con aquellos accidentes que terminan produciendo felices resultados. El avance humano justamente parte de esto, de darnos cuenta de que detrás de cada mala decisión puede existir un nuevo hallazgo, una sorpresa abrumante, una solución necesaria.
A esto jugaremos en esta edición, donde equivocarse está permitido y de hecho es casi una ley. Seremos como los de ‘La familia del futuro’, y celebraremos cada defecada suya o nuestra, porque en ella está condensado lo que somos: pura y física de la que sabemos, pero perfumada para no mostrar el hambre. Así que disfrute leyendo estos grandes errores humanos de gente de todo tipo y vaya pensando en el suyo, en el próximo que cometerá, pues ahí está su libertad creativa, emocional y espiritual.
Pero como para todo hay palabras, existe el concepto ‘Serendipia’, que se relaciona justamente con eso, con aquellos accidentes que terminan produciendo felices resultados. El avance humano justamente parte de esto, de darnos cuenta de que detrás de cada mala decisión puede existir un nuevo hallazgo, una sorpresa abrumante, una solución necesaria.
A esto jugaremos en esta edición, donde equivocarse está permitido y de hecho es casi una ley. Seremos como los de ‘La familia del futuro’, y celebraremos cada defecada suya o nuestra, porque en ella está condensado lo que somos: pura y física de la que sabemos, pero perfumada para no mostrar el hambre. Así que disfrute leyendo estos grandes errores humanos de gente de todo tipo y vaya pensando en el suyo, en el próximo que cometerá, pues ahí está su libertad creativa, emocional y espiritual.
Publicado en la Revista Mallpocket del mes de Septiembre de 2015
domingo, 6 de septiembre de 2015
Incompetencia
Escribo este blog es para que no se me olvide. Y aun así, después de escribir más de 200 entradas por ya casi 5 años, sigo pensando que material hay de sobra, pero a la vez la mecha se va quedando corta. Es extraño, porque entre más uno calienta la mano y el cerebro va desenredando ideas en letras y solucionando problemas desde escritorios, que es la más bella definición de escribir un blog, más uno se va dando cuenta de todo lo que falta por aprender.
No es falsa humildad, como se pudiera llegar a pensar, más bien es que mientras uno va haciendo lo que le gusta, va aprendiendo de la vida; y en el camino se da cuenta de que no se ha recorrido ni un cuarto de la montaña, que la cuesta sigue bien arriba, empinada, aunque cada vez más interesante. Yo he sufrido mucho con esto, pues en parte me es difícil verme a mí mismo como otros dicen verme, y en parte en eso radica mi especificidad: en una particular inseguridad interna que se acoraza en determinación.
Pasa cuando uno se dedica a oficios creativos, donde no hay fórmulas para repetir los éxitos. Pasa cuando uno contempla áreas espirituales, donde se comprueba la impotencia humana ante la vastedad de Dios. Pasa cuando uno sigue especializándose en algo, y llega ese momento efectivo de darse cuenta de que todavía no se sabe nada. No es filosofía confucionista -por aquello de la confusión-, más bien es la confirmación de que somos gente curiosa y particular. Hace un tiempo leí acerca del Efecto Dunning-Kruger, el cual nos muestra justamente esto: las personas con menos capacidades o conocimientos, creen que tienen más capacidades y conocimientos de los que efectivamente poseen, y viceversa: quienes son más competentes, tienden a subvalorarse.
Los tipos cuentan la historia de McArthur Wheeler, hombre robusto de 130 kilos que robó dos bancos a plena luz del día, sin máscara que ocultara su rostro y fue arrestado ese mismo día. Cuando declaró, el tipo argumentó que confiaba en que aplicando jugo de limón sobre su cara, sería invisible ante las cámaras, pues un amigo ladrón se lo sugirió tras comprobárselo: le bañó la cara con jugo de limón y luego le tomó una foto, donde no apareció nada. Wheeler creyó en la tinta invisible que lo metió tras las rejas. Y aquí surge la pregunta que se hicieron Dunning y Krueger: ¿será posible que la propia incompetencia nos haga inconscientes de esa misma incompetencia?
Los tipos hicieron el estudio, y se dieron cuenta de que como humanos, tenemos la tendencia a mostrarnos competentes en lo que no sabemos, pero incompetentes en lo que dominamos. De ahí que exista gente que se jura cantante cuando su voz desgañitada nos destruye el yunque, o que haya gente experta en diversos temas pero a pesar de eso se abstenga de opinar.
Yo por eso ahora no opino ni de lo que sé, no por cobardía o por miedo a tener encontronazos con otros -eso es tan necesario como tomar agua-, solo que hasta ahora entiendo que muchas de las cosas que hago, que para mí son normales, parece que no son de gente normal, o por lo menos así no lo hace la mayoría. Vuelvo e insisto, no es de picado o crecido -eso sí que menos-, simplemente es el acto de cuando una persona descubre sus dones y se da cuenta de que no todos lo hacen como uno, en cuanto a facilidad y talento.
Somos incompetentes, todos, lo que pasa es que la incompetencia se manifiesta diferentemente y según el perfil: unos saben de música, otros de publicidad y marketing, los demás de la vida, pero cada uno cuenta su historia particular. Con el tiempo he aprendido esto, y además, que la forma en que me ven los otros tiene algo de cierto en su universo, cosa que debo aprender a escuchar. Por eso ahora tengo más cuidado en decir que soy bueno en algo, porque mi opinión difiere de lo que realmente proyecto, y está bien que así sea.
Quisiera vivir en la sana incompetencia, en esa convicción admirable de, por ejemplo, el Hitch peruano, quien vive tan seguro de sí mismo que vive feliz, estancado y sin evolución alguna, pero feliz. Lo malo es que esa autoconvicción de éxito no trae nada más que fracaso, pues es el primer paso para acomodarse en estructuras mentales que no se renuevan, y ahí sí no tendría sentido seguir.
Todos tenemos ese grado de incompetencia, porque no somos perfectos y estamos en proceso de mejorar, el problema es cuando se nos olvida. Por eso tengo este blog, pero también por eso pienso en darme vacaciones del mismo, para dedicar un tiempo a atender mi ego acallando las voces de otros, pero sobretodo la mía, a ver si silenciándola por fin aprendo a escuchar la divina.
No es falsa humildad, como se pudiera llegar a pensar, más bien es que mientras uno va haciendo lo que le gusta, va aprendiendo de la vida; y en el camino se da cuenta de que no se ha recorrido ni un cuarto de la montaña, que la cuesta sigue bien arriba, empinada, aunque cada vez más interesante. Yo he sufrido mucho con esto, pues en parte me es difícil verme a mí mismo como otros dicen verme, y en parte en eso radica mi especificidad: en una particular inseguridad interna que se acoraza en determinación.
Pasa cuando uno se dedica a oficios creativos, donde no hay fórmulas para repetir los éxitos. Pasa cuando uno contempla áreas espirituales, donde se comprueba la impotencia humana ante la vastedad de Dios. Pasa cuando uno sigue especializándose en algo, y llega ese momento efectivo de darse cuenta de que todavía no se sabe nada. No es filosofía confucionista -por aquello de la confusión-, más bien es la confirmación de que somos gente curiosa y particular. Hace un tiempo leí acerca del Efecto Dunning-Kruger, el cual nos muestra justamente esto: las personas con menos capacidades o conocimientos, creen que tienen más capacidades y conocimientos de los que efectivamente poseen, y viceversa: quienes son más competentes, tienden a subvalorarse.
Los tipos cuentan la historia de McArthur Wheeler, hombre robusto de 130 kilos que robó dos bancos a plena luz del día, sin máscara que ocultara su rostro y fue arrestado ese mismo día. Cuando declaró, el tipo argumentó que confiaba en que aplicando jugo de limón sobre su cara, sería invisible ante las cámaras, pues un amigo ladrón se lo sugirió tras comprobárselo: le bañó la cara con jugo de limón y luego le tomó una foto, donde no apareció nada. Wheeler creyó en la tinta invisible que lo metió tras las rejas. Y aquí surge la pregunta que se hicieron Dunning y Krueger: ¿será posible que la propia incompetencia nos haga inconscientes de esa misma incompetencia?
Los tipos hicieron el estudio, y se dieron cuenta de que como humanos, tenemos la tendencia a mostrarnos competentes en lo que no sabemos, pero incompetentes en lo que dominamos. De ahí que exista gente que se jura cantante cuando su voz desgañitada nos destruye el yunque, o que haya gente experta en diversos temas pero a pesar de eso se abstenga de opinar.
Yo por eso ahora no opino ni de lo que sé, no por cobardía o por miedo a tener encontronazos con otros -eso es tan necesario como tomar agua-, solo que hasta ahora entiendo que muchas de las cosas que hago, que para mí son normales, parece que no son de gente normal, o por lo menos así no lo hace la mayoría. Vuelvo e insisto, no es de picado o crecido -eso sí que menos-, simplemente es el acto de cuando una persona descubre sus dones y se da cuenta de que no todos lo hacen como uno, en cuanto a facilidad y talento.
Somos incompetentes, todos, lo que pasa es que la incompetencia se manifiesta diferentemente y según el perfil: unos saben de música, otros de publicidad y marketing, los demás de la vida, pero cada uno cuenta su historia particular. Con el tiempo he aprendido esto, y además, que la forma en que me ven los otros tiene algo de cierto en su universo, cosa que debo aprender a escuchar. Por eso ahora tengo más cuidado en decir que soy bueno en algo, porque mi opinión difiere de lo que realmente proyecto, y está bien que así sea.
Quisiera vivir en la sana incompetencia, en esa convicción admirable de, por ejemplo, el Hitch peruano, quien vive tan seguro de sí mismo que vive feliz, estancado y sin evolución alguna, pero feliz. Lo malo es que esa autoconvicción de éxito no trae nada más que fracaso, pues es el primer paso para acomodarse en estructuras mentales que no se renuevan, y ahí sí no tendría sentido seguir.
Todos tenemos ese grado de incompetencia, porque no somos perfectos y estamos en proceso de mejorar, el problema es cuando se nos olvida. Por eso tengo este blog, pero también por eso pienso en darme vacaciones del mismo, para dedicar un tiempo a atender mi ego acallando las voces de otros, pero sobretodo la mía, a ver si silenciándola por fin aprendo a escuchar la divina.
lunes, 10 de agosto de 2015
En Su Presencia
Hace unas semanas me lanzaron una pregunta muy difícil: "¿Si usted necesitara que yo orara por usted justo en este momento, por qué le gustaría que lo hiciera?". Antes de responder como reina de belleza o como cristiano en edad de perecer -que en últimas viene a ser lo mismo-, me detuve a dimensionar lo impactante del escenario, pues este tipo de preguntas casuales con fines espirituales se hacen cada vez menos.
Tengo la bendición de ver que hay gente que de cerca o lejos me tiene presente, y es bonito saber que se acuerdan de uno cuando hablan con Dios. Creo que es la bendición de pertenecer a un lugar, a una familia, a una Iglesia local. En mi caso, me envalentono a plasmar algunos de los recuerdos tras cumplir, por estos días agostinos -no agustinianos, porque es algo cristiano-, diez exactos años en El Lugar de Su Presencia.
Aquí soy feliz hasta cuando me toca en gallinero.
Ya superada esa piedra de tropiezo con pelo largo, recuerdo que empecé a asistir el domingo temprano, para que me rindiera el día. Pensamiento algo avanzado y nerd que conservo hasta hoy. Llegué a la Iglesia a mis tiernos 17 años, cuando era una casa pequeña con mezzanine, donde disfrutaría de la música de Éxodo 33:14. Y digo disfrutaría, porque el día que decidí plantarme -ah palabra tan cristiana-, el cantante se retiró de la banda. Lo bueno fue que la música, siempre excelsa, fue una de las cosas que me confirmó que ese sería mi lugar por unas buenas temporadas.
La primera vez que asistí fue a una reunión de jóvenes, donde recuerdo presencié una obra de teatro experimental. Pero lo que más me impactó fue el uso de recursos audiovisuales de maneras tan creativas, con imitaciones, pregrabados, televentas y demás elementos que me hicieron llorar. Sí, era como llegar a un Magic Kingdom y descubrir que sí existía un lugar hecho a la medida de mis insatisfacciones. Nunca me imaginé que diez años después sería parte activa y creativa de aquello que me supo atraer.
La primera vez que asistí fue a una reunión de jóvenes, donde recuerdo presencié una obra de teatro experimental. Pero lo que más me impactó fue el uso de recursos audiovisuales de maneras tan creativas, con imitaciones, pregrabados, televentas y demás elementos que me hicieron llorar. Sí, era como llegar a un Magic Kingdom y descubrir que sí existía un lugar hecho a la medida de mis insatisfacciones. Nunca me imaginé que diez años después sería parte activa y creativa de aquello que me supo atraer.
Venía a la Iglesia motorizado, en el clásico carro familiar a quien llamamos René (Q.E.P.D). Como eran otras épocas donde delinquir se disfrutaba más, parqueaba por ahí cerca, dejando el René a la deriva y salvaguardado por cualquier fuicioso a cambio de unos miserables quinientos pesos. Y es hora de confesar algo, como llevaba un año manejando y no era que practicara mucho, dando reversa le pegué a otro carro y me escapé. Si alguien lee esto y reconoce abolladuras con pintura blanca, que Dios le pague y le responda.
Recuerdo que me costaba concentrarme en el tiempo de la alabanza por andar viendo a los bajistas de turno, pues pocos saben que además de tocar fondo, también toco bajo, lo cual es un chiste interno de Dios: poner a un bajo a tocar más bajo que otros bajos. El chascarrillo suena flojo contado por mí, pero estoy seguro que estaba en el plan divino. Cuando me enteré que para tocar en la Iglesia debía vincularme, sin duda lo hice, y el primer paso fue ir al Encuentro.
Allí estaba yo, en el Hotel La Fontana, con afro y gafas de marco grueso, cual Piero local, lo que me mereció cierto reconocimiento dentro de los asistentes. Me parecía increíble que como universitario rastrero que era pudiera quedarme en semejante lugar, gracias a la Iglesia. Y sí que lo disfruté, porque aquel fin de semana de Octubre de 2005 experimenté a Dios como una persona, que tiene emociones y que supera cualquier clase de estructura mental.
Allí creí estar listo para tocar, pero como los planes humanos son la comedia del cielo, terminé metiéndome en el coro, dizque para poder brincar facilito al beisguitar. No me imaginé que pasaría cerca de un año sin cantar, pero eso sí, participando de la ampliación del nuevo auditorio, que para mí era mejor que el Palacio de los Deportes bogotano. Pasaba las tardes de los sábados lavando pisos, limpiando sillas y pensando en cómo la vida necesita cierto sentido de pertenencia y referencia a una visión, a un lugar, a un llamado.
Fue en la Iglesia donde, en estado eterno de espera, confirmé que esa bulla y energía chocoloca en forma de niño que tanto les fastidiaba a los curas con los que estudié no era algo satánico, como me dijeron unos que otros pastores, sino que ahora debía llamarlo temperamento. Y no para seguir siendo la ralea humana que todavía soy, sino para abrazar mi diseño original y así poder ser libre. En la Iglesia confirmé que podía inventar situaciones, personajes, historias; que me gustaba escribir comedia y que podía hacerla también. Es en ese lugar donde mis dones crecieron y donde descubrí el privilegio de servirle a los demás. Sí, esa vaina de verdad que es maravillosa.
Aquí entra en créditos el paso de tiempo, o mejor, rueda en caracteres "diez años después". Miro hacia atrás y le agradezco a Dios, porque buscando algo encontré mucho más. Como en la Biblia y esa historia donde Jesús compara el Reino de Dios como un terreno donde hay un tesoro escondido, yo terminé queriendo tocar bajo, ser aceptado y amado; y ahora encuentro que Dios me permitió tragarme, fracasar, subir de nivel, fracasar, conocer gente maravillosa, descubrir que servía para bailar, fracasar, relacionarme con Dios, y así seguir viviendo con una gran razón: que todos conozcan que es a través de Jesús que la vida cobra sentido, y así mismo propósito.
Quisiera meterle más candela a estas letras, pero prefiero preguntarle a quien esté leyendo esto: ¿Si usted necesitara que yo orara por usted justo en este momento, por qué le gustaría que lo hiciera? Depronto en esas nos encontramos por allá, circundando la que yo llamo la Comunidad Jedi de La Castellana.
Quisiera meterle más candela a estas letras, pero prefiero preguntarle a quien esté leyendo esto: ¿Si usted necesitara que yo orara por usted justo en este momento, por qué le gustaría que lo hiciera? Depronto en esas nos encontramos por allá, circundando la que yo llamo la Comunidad Jedi de La Castellana.
jueves, 14 de mayo de 2015
A todos nos toca
A todos nos toca caminar para llegar más rápido, pasar la tarde en un parque, cantar pensando en jingles publicitarios, pedirle una foto a alguien que admiramos, llegar temprano a una entrevista de trabajo, esperar, compararse los zapatos con otro, pasar la calle por la cebra, ser parte de un flashmob, pedir ventana en un avión, hacer un brindis, ser miembro fundador de algo, viajar solos, enterrar a un amigo, adoptar una mascota, comenzar de nuevo, fracasar.
A todos nos toca escribir en un blog, bailar en televisión abierta, correr en un centro comercial, ser especialistas en algo que pocos valoren, hablar ante más de 1000 personas, obsesionarse con ligerezas, dejar de beber, rogar que no devuelvan la cuenta de cobro, leer la Biblia completa, vomitar el desayuno en carretera, vivir solos, alentar al equipo de los amores, afeitarse en un río, chisguear, aprender a manejar, entusarse, superar la tusa, donar sangre, atrapar el ramo en la boda de un amigo, encuentarse con alguien mayor, abrazar.
A todos nos toca leer revistas de farándula en una sala de espera, soplarle la comida caliente a un bebé, conocer a nuestra banda favorita, ser pajecito, escribir un comercial, renunciar a un trabajo, reencontrarse con los amigos del colegio, romperse un hueso, tener un amor platónico, aprender a cocinar, prestar servicio social, terminar ese libro empezado, hacer fila, tener una iniciativa de emprendimiento, viajar ligero, fracasar en el amor, viajar por el mundo, romper una guitarra como si fuera piñata, llegar a una ciudad donde nadie te conoce, envidiarle la novia a un conocido, callar.
A todos nos toca surfear, comprar baratijas, coleccionar algo, hacer nudos de corbata, ir a un Mundial de Fútbol, soportar un grupo de WhatsApp sin salirse, sufrir de rinitis, montar una venta de garaje, darse besos con alguien de la oficina, darle trabajo a alguien, recoger un helado del piso, regalar una sombrilla a una anciana, comer perro de mil pesos, aprender otro idioma, utilizar mejor la mano izquierda, odiar los curas o monjas del colegio, cambiar de desodorante, lavar un baño ajeno, pedir una visa, caerse en la ciclovía, dejarse crecer el pelo, reconocer.
A todos nos toca cantar en una fogata, vestirse de mujer, simular una edad diferente, lustrarse los zapatos en una plaza, pedir rebaja, almorzar corrientazo, conocer Nueva York, cangrejear, ganarse una licitación, predicar el evangelio, quemar la casa, regalar un libro, fingir demencia en la aduana, hacer ejercicio, doblar bolsas plásticas, limpiar la crema dental con babas, robar la cobija de un avión, ir a cine solos, acumular basura en la mesa de noche, charlar con un extraño en el bus, afiliarse a un gimnasio, pagar impuestos, mejorar.
A todos nos toca tener nuestra propia 'Bucket List' y luchar por cumplirla, porque la vida va tan rápido que daría pesar terminarla sin haber exprimido hasta el último segundo. Frustra y al mismo tiempo motiva saber que de todo lo que tengo que hacer en la tierra, no voy ni por la mitad. Razón suficiente para que a diario empuñe el brazo enhiesto, me sacuda el polvo y salga a pelear por lo mío, porque así lo quiso Dios.
A todos nos toca escribir en un blog, bailar en televisión abierta, correr en un centro comercial, ser especialistas en algo que pocos valoren, hablar ante más de 1000 personas, obsesionarse con ligerezas, dejar de beber, rogar que no devuelvan la cuenta de cobro, leer la Biblia completa, vomitar el desayuno en carretera, vivir solos, alentar al equipo de los amores, afeitarse en un río, chisguear, aprender a manejar, entusarse, superar la tusa, donar sangre, atrapar el ramo en la boda de un amigo, encuentarse con alguien mayor, abrazar.
A todos nos toca leer revistas de farándula en una sala de espera, soplarle la comida caliente a un bebé, conocer a nuestra banda favorita, ser pajecito, escribir un comercial, renunciar a un trabajo, reencontrarse con los amigos del colegio, romperse un hueso, tener un amor platónico, aprender a cocinar, prestar servicio social, terminar ese libro empezado, hacer fila, tener una iniciativa de emprendimiento, viajar ligero, fracasar en el amor, viajar por el mundo, romper una guitarra como si fuera piñata, llegar a una ciudad donde nadie te conoce, envidiarle la novia a un conocido, callar.
A todos nos toca surfear, comprar baratijas, coleccionar algo, hacer nudos de corbata, ir a un Mundial de Fútbol, soportar un grupo de WhatsApp sin salirse, sufrir de rinitis, montar una venta de garaje, darse besos con alguien de la oficina, darle trabajo a alguien, recoger un helado del piso, regalar una sombrilla a una anciana, comer perro de mil pesos, aprender otro idioma, utilizar mejor la mano izquierda, odiar los curas o monjas del colegio, cambiar de desodorante, lavar un baño ajeno, pedir una visa, caerse en la ciclovía, dejarse crecer el pelo, reconocer.
A todos nos toca cantar en una fogata, vestirse de mujer, simular una edad diferente, lustrarse los zapatos en una plaza, pedir rebaja, almorzar corrientazo, conocer Nueva York, cangrejear, ganarse una licitación, predicar el evangelio, quemar la casa, regalar un libro, fingir demencia en la aduana, hacer ejercicio, doblar bolsas plásticas, limpiar la crema dental con babas, robar la cobija de un avión, ir a cine solos, acumular basura en la mesa de noche, charlar con un extraño en el bus, afiliarse a un gimnasio, pagar impuestos, mejorar.
A todos nos toca tener nuestra propia 'Bucket List' y luchar por cumplirla, porque la vida va tan rápido que daría pesar terminarla sin haber exprimido hasta el último segundo. Frustra y al mismo tiempo motiva saber que de todo lo que tengo que hacer en la tierra, no voy ni por la mitad. Razón suficiente para que a diario empuñe el brazo enhiesto, me sacuda el polvo y salga a pelear por lo mío, porque así lo quiso Dios.
martes, 31 de marzo de 2015
Maestro
Alguna vez alterné mis labores de libretista con el noble oficio de la docencia, exactamente el año pasado. Lo cuento con nostalgia porque de la Escuela donde empecé a dar clases de escritura creativa nunca me volvieron a llamar, se aseguraron de pagarme con prontitud y así finiquitar cualquier relación o excusa para contactarme de nuevo. Y no, no eran clases pésimas aunque no lo crean, puedo decir con toda libertad que en cada sesión dejaba todo en la cancha, así que morí con los guayos y las gafas puestas. Creo que el problema radicó en que adapté parte del modelo con que a mí me educaron mis senseis, siempre tan polémico pero efectivo.
Uno en la vida tiene muchos profesores, pero pocos maestros. Le agradezco a Dios porque en mi vida académica y personal di con personajes oligofrénicos, provocadores y absolutamente salidos de los cabales, al punto de que para muchos pasaban por groseros e insensibles. La verdad jamás me sentí agredido por ellos, pues siempre entendí que su método radicaba en la confrontación directa a la obra, nunca a la persona aunque así pareciera.
Debe ser por eso - además por la increíble música-, que disfruté tanto Whiplash, porque entiendo que el talento en cualquier área se puede obtener si se es mentoreado por un experto, que generalmente es un genio y como tal está ligeramente demente. Aquí en Colombia, la gente brinca cuando ve Master Chef, que por la rudeza y agudeza de los chefs jurados, por ejemplo. Pero va uno a ver y es tal nuestra mediocridad, que terminamos dudando de lo que somos por algo que otro dice, y nos terminamos indignado porque una persona con más experiencia nos da palo, cuando es equivocándose que uno se pule.
La confrontación siempre merecerá un palco para verla en primicia. A mí esas vainas me emocionan porque yo pasé por ahí, por realities creativos, de entregas a contrarreloj donde los nervios siempre están de punta y sólo brilla el talento pulido. Traté de hacer unas clases donde la gente se llevara algo en la cabeza para pensar en la vida. Pequé depronto por entusiasta, porque motivé a los estudiantes a que llevaran amigos desparchados, y la clase se llenó de gente que jamás pagó, pero al menos se rompieron la crisma, algo que muchos de los que estaban inscritos no se atrevieron a hacer.
Seguramente no puse caritas felices, ni les mandé estrellita en la agenda para que los papás los besaran complacidos; pero sí me aseguré de resaltarles lo bueno, de hacerles notar sus genialidades dormidas y la necesidad de despertarlas de zopetón, lanzándose al agua, que es como uno aprende a escribir o a lo que sea. Hablábamos de la vida, de televisión, de publicidad, de la gente y del amor, temas tan interesantes donde radica el verdadero aprendizaje, pero para algunos era injusto gastarse la plata en algo que jamás se calificaría.
Esta semana, un profesor dijo que la presión es lo único que transforma el carbón en diamante, y aunque no soy partidario de la violencia, sí empiezo a creer que la exigencia tiene sus frutos; por eso es que el que no quiere aprender se queda en la forma y no ve el fondo, su testarudez y carácter elemental no le dejan ver que si no le hablan bonito no es por algo personal, sino porque están detectando que todavía puede dar más, y a eso se llega tras apretar los botones indicados. Por lo menos así le pasó a Gokú.
Sólo quería inspirar, quería que ellos tuvieran la oportunidad, filtrada santamente por mí, de recibir conocimiento también depurado por grandes creativos y personajes de la vida a quienes todavía trato de maestros. Pienso en eso cuando tiempo después me mandan sus escritos, me comparten sus blogs y los felicito por eso, porque van en camino a ser maestros Jedi míos sin saberlo. Lo sé porque no se quedaron con mi versión Gordon Ramsay en Kitchen Nightmares, sino que vieron más allá.
Uno en la vida tiene muchos profesores, pero pocos maestros. Le agradezco a Dios porque en mi vida académica y personal di con personajes oligofrénicos, provocadores y absolutamente salidos de los cabales, al punto de que para muchos pasaban por groseros e insensibles. La verdad jamás me sentí agredido por ellos, pues siempre entendí que su método radicaba en la confrontación directa a la obra, nunca a la persona aunque así pareciera.
Debe ser por eso - además por la increíble música-, que disfruté tanto Whiplash, porque entiendo que el talento en cualquier área se puede obtener si se es mentoreado por un experto, que generalmente es un genio y como tal está ligeramente demente. Aquí en Colombia, la gente brinca cuando ve Master Chef, que por la rudeza y agudeza de los chefs jurados, por ejemplo. Pero va uno a ver y es tal nuestra mediocridad, que terminamos dudando de lo que somos por algo que otro dice, y nos terminamos indignado porque una persona con más experiencia nos da palo, cuando es equivocándose que uno se pule.
La confrontación siempre merecerá un palco para verla en primicia. A mí esas vainas me emocionan porque yo pasé por ahí, por realities creativos, de entregas a contrarreloj donde los nervios siempre están de punta y sólo brilla el talento pulido. Traté de hacer unas clases donde la gente se llevara algo en la cabeza para pensar en la vida. Pequé depronto por entusiasta, porque motivé a los estudiantes a que llevaran amigos desparchados, y la clase se llenó de gente que jamás pagó, pero al menos se rompieron la crisma, algo que muchos de los que estaban inscritos no se atrevieron a hacer.
Seguramente no puse caritas felices, ni les mandé estrellita en la agenda para que los papás los besaran complacidos; pero sí me aseguré de resaltarles lo bueno, de hacerles notar sus genialidades dormidas y la necesidad de despertarlas de zopetón, lanzándose al agua, que es como uno aprende a escribir o a lo que sea. Hablábamos de la vida, de televisión, de publicidad, de la gente y del amor, temas tan interesantes donde radica el verdadero aprendizaje, pero para algunos era injusto gastarse la plata en algo que jamás se calificaría.
Esta semana, un profesor dijo que la presión es lo único que transforma el carbón en diamante, y aunque no soy partidario de la violencia, sí empiezo a creer que la exigencia tiene sus frutos; por eso es que el que no quiere aprender se queda en la forma y no ve el fondo, su testarudez y carácter elemental no le dejan ver que si no le hablan bonito no es por algo personal, sino porque están detectando que todavía puede dar más, y a eso se llega tras apretar los botones indicados. Por lo menos así le pasó a Gokú.
Sólo quería inspirar, quería que ellos tuvieran la oportunidad, filtrada santamente por mí, de recibir conocimiento también depurado por grandes creativos y personajes de la vida a quienes todavía trato de maestros. Pienso en eso cuando tiempo después me mandan sus escritos, me comparten sus blogs y los felicito por eso, porque van en camino a ser maestros Jedi míos sin saberlo. Lo sé porque no se quedaron con mi versión Gordon Ramsay en Kitchen Nightmares, sino que vieron más allá.
jueves, 26 de febrero de 2015
La edad de inmerecer, o la virtud de la Meritogracia
He dicho en muchas ocasiones que perder el tiempo es una de las costumbres más sanas que podemos desarrollar, porque es allí donde uno deja que la cabeza solucione las cosas. Es raro, pero entre más uno se obsesiona pensando algo, menos chance le da al cerebro de salir bien librado con una resolución exitosa. Al cerebro y en parte a Dios, a quien me imagino negando con la cabeza cuando intentamos cambiar lo incambiable, o decidimos lo inconsecuente a pesar de nosotros mismos.
Es sabiduría callejera obtenida en la universidad de la vida, en la cual me matriculé hace un año exacto cuando renuncié al oficinismo, agarré un avión que me llevó al exilio cubano del guionista promedio y reformulé mi vida saturándola de formas creativas de solución de problemas, pleonasmo redundante y oximorónico adrede. Y cómo pasa el tiempo, y la vida misma, porque desde entonces he vivido tantas experiencias buenas y malas -malas para otros que lo han visto así-, que me siento cada día más completo, más en edad de inmerecer.
Sí, amigos de la jacaranda y la tropicalidad en todas sus formas, edad de inmerecer, concepto que será el Tropical Tender del presente año del Chivo, y no solamente porque se haya ganado otro Óscar, también porque si "este es el año" -expresión cristiana para conntonar que es momento de flirtear con fines familiares y copulatorios- que sea el tiempo de dejar de dárselas de mucho café con leche, de aterrizar la meritocracia y convertirla en meritogracia, en esa capacidad de entender que lo que tenemos no es por nosotros ni nuestras genialidades de fábrica, sino por gracia de una fuerza externa a la que muchos llaman Universo, Vida, Jah, y yo sé que es Dios.
Nadie sabe qué es eso de merecer algo, así muchos lo asumamos. Suponemos que es merecer algo bueno, a fin de recolectar plata y comodidades que justifiquen lo mucho que nos hemos preparado o estudiando para eso. Y en el amor ni se diga, donde uno traduce "guardarse para la que es" como "me tiene que llegar la versión local de Katy Perry o sino no valió la pena aguantarme las ganas con la de la oficina".
Aquí aprovecho para abogar por esos que, en un acto solemne y extraño, han decidido dejar pasar buenas oportunidades en aras de esperar la mejor de las opciones. Es raro, pero ¿cómo uno va a saber que ese es el bus de la victoria si ni siquiera se da el chance de mirar la ruta? Es duro ser soltero codiciado, y, modestia aparte, sé de lo que hablo cuando lo digo, porque he vivido en un estado de sobrevaloración en el mercado del amor que asusta embarrarla escogiendo mal, y terminar por revelar que se es un simple humano que también puede divorciarse.
Pues eso, no tenemos lo que merecemos y recibimos lo inmerecido. Ese es el equilibrio que nos aterriza, cura el orgullo y además nos sigue confirmando que merecer es una virtud donde las buenas obras no importan, simplemente el dejarse sorprender, sin temores ni reproches, por algo inesperado y libre de remordimientos por lo que se llegó a sacrificar.
Es sabiduría callejera obtenida en la universidad de la vida, en la cual me matriculé hace un año exacto cuando renuncié al oficinismo, agarré un avión que me llevó al exilio cubano del guionista promedio y reformulé mi vida saturándola de formas creativas de solución de problemas, pleonasmo redundante y oximorónico adrede. Y cómo pasa el tiempo, y la vida misma, porque desde entonces he vivido tantas experiencias buenas y malas -malas para otros que lo han visto así-, que me siento cada día más completo, más en edad de inmerecer.
Sí, amigos de la jacaranda y la tropicalidad en todas sus formas, edad de inmerecer, concepto que será el Tropical Tender del presente año del Chivo, y no solamente porque se haya ganado otro Óscar, también porque si "este es el año" -expresión cristiana para conntonar que es momento de flirtear con fines familiares y copulatorios- que sea el tiempo de dejar de dárselas de mucho café con leche, de aterrizar la meritocracia y convertirla en meritogracia, en esa capacidad de entender que lo que tenemos no es por nosotros ni nuestras genialidades de fábrica, sino por gracia de una fuerza externa a la que muchos llaman Universo, Vida, Jah, y yo sé que es Dios.
Nadie sabe qué es eso de merecer algo, así muchos lo asumamos. Suponemos que es merecer algo bueno, a fin de recolectar plata y comodidades que justifiquen lo mucho que nos hemos preparado o estudiando para eso. Y en el amor ni se diga, donde uno traduce "guardarse para la que es" como "me tiene que llegar la versión local de Katy Perry o sino no valió la pena aguantarme las ganas con la de la oficina".
Aquí aprovecho para abogar por esos que, en un acto solemne y extraño, han decidido dejar pasar buenas oportunidades en aras de esperar la mejor de las opciones. Es raro, pero ¿cómo uno va a saber que ese es el bus de la victoria si ni siquiera se da el chance de mirar la ruta? Es duro ser soltero codiciado, y, modestia aparte, sé de lo que hablo cuando lo digo, porque he vivido en un estado de sobrevaloración en el mercado del amor que asusta embarrarla escogiendo mal, y terminar por revelar que se es un simple humano que también puede divorciarse.
Pues eso, no tenemos lo que merecemos y recibimos lo inmerecido. Ese es el equilibrio que nos aterriza, cura el orgullo y además nos sigue confirmando que merecer es una virtud donde las buenas obras no importan, simplemente el dejarse sorprender, sin temores ni reproches, por algo inesperado y libre de remordimientos por lo que se llegó a sacrificar.
jueves, 5 de febrero de 2015
El Príncipe de Persia
En mi último cumpleaños, recibí muchos regalos inesperados: el cariño de la gente, cientos de menciones y posteos en redes, memes protagonizados por mí, saludos de gente que ahora me dice "Chespiritólogo" y cosas así, de esas que no cuestan mucho pero terminan siento tan efectivas. Y es que creo que a esta edad, tan cerca de los 30, uno empieza a cosechar por lo trabajado, que en mi caso también tiene que ver con las huellas que he generado en las vidas de otros, y viceversa.
Pero entre esos mensajes, no esperé jamás recibir una nota de uno de mis héroes, que cada vez son menos desde que murió Chespirito. En este caso fue el Pastor de mi Iglesia, Andrés Corson, quien a través de un post-it me bendijo, deseándome que Dios me hiciera un hombre de palabra y conforme a Su corazón. Ocasionalmente, tengo la bendición y fortuna de compartir de cerca con él, el mismo al que los medios trolean por ser "el Pastor que curó a Nerú", pero recibir este mensaje fue especial por lo que sucedió unos días después.
Ahora que estoy en la tónica de aprender a fracasar y vivir siendo libre con eso, tengo más tiempo libre, curiosamente, porque el éxito y la fama son una ocupación en sí misma; así que empecé a tratar de llevar una vida de jubilado sin haber vivido, de pensionado que se dedica a esperar pero sin dejar de apurarse para recibir.
En una de esas mañanas callejeras, me encontré con el Pastor y le di las gracias por su mensaje, y me impactó que me miró y se atrevió a preguntarme: -¿Recibió el regalo que le mandé? Yo, pensando que se trataba de un chascarrillo propio de su humor seco accedí a soltar una mini carcajada de complicidad, donde le mencioné de nuevo la nota. Él, de ojos azules y voz gruesa y profunda me miró serio y me dijo: -No, yo le mandé una novia. ¿No la recibió? Oré por eso.
Hasta aquí el chiste pareciera contarse solo, o de hecho pareciera que ni siquiera es un chiste, y creo que así lo tomé, porque no hay nada más tranquilizante que saber que hay alguien que cuando habla con Dios se acuerda de uno. Pero la cosa despegó cuando bajé la cabeza y le dije que no, que de aquello nada, que yuca, paila, naranjas y nanay cucas, aunque no en esas palabras. El Pastor se llevó el dedo índice a los labios, como tratando de hacer una cruz, la misma en donde creemos deben reposar todas nuestras aflicciones. Sin rechistar me miró penetrantemente y me dijo: -Eso debe ser el Príncipe de Persia. Y como el mejor de los figurantes televisivos, desapareció en un abrir de ojos. Y ahí hubo corte de escena. Y fuera del aire.
Para mí, el Príncipe de Persia era el nombre del videojuego ese maravilloso de las clases de Sistemas, y uno de los pretextos para acercarme a los computadores por allá en 1996. Ya han pasado casi 20 años desde entonces, y unas dos semanas desde que terminé de leer "Esta Patente Oscuridad", novela donde el mundo espiritual es el escenario para la batalla de ángeles y demonios. Pues justamente a eso se refería el Pastor, a una potestad satánica que es mencionada en la Biblia en el libro de Daniel y que, según dicen, es el que en el terreno espiritual nos bloquea las bendiciones.
Ahora, esto pareciera no ser una entrada de este blog, oh amados caba-ñeros y caba-ñeras, pero en el fondo sí. No es la primera vez que veo una película y salgo pensando en que el protagonista puedo ser yo, como me pasó con Birdman; pero sí debuto como personaje principal de un libro con el que se me cayeron las vendas de los ojos. Fue un momento epifánico donde sentí que el libro cobró vida, y que esta vez el periodista loco y el pastor ingenuo se encarnaban en mí.
Es que en la tónica de relajarse y "dejar que las cosas pasen" parece que hay cierta mentira parcial, pues en realidad uno mismo es quien debe diseñar los cambios que producirán los milagros; pero también la moralidad cristiana tiene su parte, la misma que nos enseña que haciendo las cosas bien cosecharemos cosas buenas. Con esto está demostrado que no, que hay una guerra espiritual imperceptible donde el hábito y deleite disciplinado de orar cambia el panorama, cosa que uno no entiende así de primerazo.
Uno ora creyendo que el que gana es Dios, pero tampoco. Uno ora es por uno, no para irse al cielo o reclamar ciertas prebendas: uno ora es para que le vaya bien aquí y ahora. Yo suelo agradecerle a Dios por la comida, lo recibido también por lo perdido, pero ahora entiendo que hay cosas que compete pelear de rodillas, y que si uno no está viviendo a plenitud la vida que decidió, algo pasa.
Tal vez esto le sirva a alguien que, como yo, sabe que es hora de recibir algo esperado de maneras insospechadas. Y no sólo en el tema amoroso, que es lo mínimo, me refiero a una plenitud en todas las áreas, de esas que se obtienen tras intensas batallas, dejando músculos desgarrados y pieles con cicatrices espirituales.
Pero entre esos mensajes, no esperé jamás recibir una nota de uno de mis héroes, que cada vez son menos desde que murió Chespirito. En este caso fue el Pastor de mi Iglesia, Andrés Corson, quien a través de un post-it me bendijo, deseándome que Dios me hiciera un hombre de palabra y conforme a Su corazón. Ocasionalmente, tengo la bendición y fortuna de compartir de cerca con él, el mismo al que los medios trolean por ser "el Pastor que curó a Nerú", pero recibir este mensaje fue especial por lo que sucedió unos días después.
Ahora que estoy en la tónica de aprender a fracasar y vivir siendo libre con eso, tengo más tiempo libre, curiosamente, porque el éxito y la fama son una ocupación en sí misma; así que empecé a tratar de llevar una vida de jubilado sin haber vivido, de pensionado que se dedica a esperar pero sin dejar de apurarse para recibir.
En una de esas mañanas callejeras, me encontré con el Pastor y le di las gracias por su mensaje, y me impactó que me miró y se atrevió a preguntarme: -¿Recibió el regalo que le mandé? Yo, pensando que se trataba de un chascarrillo propio de su humor seco accedí a soltar una mini carcajada de complicidad, donde le mencioné de nuevo la nota. Él, de ojos azules y voz gruesa y profunda me miró serio y me dijo: -No, yo le mandé una novia. ¿No la recibió? Oré por eso.
Hasta aquí el chiste pareciera contarse solo, o de hecho pareciera que ni siquiera es un chiste, y creo que así lo tomé, porque no hay nada más tranquilizante que saber que hay alguien que cuando habla con Dios se acuerda de uno. Pero la cosa despegó cuando bajé la cabeza y le dije que no, que de aquello nada, que yuca, paila, naranjas y nanay cucas, aunque no en esas palabras. El Pastor se llevó el dedo índice a los labios, como tratando de hacer una cruz, la misma en donde creemos deben reposar todas nuestras aflicciones. Sin rechistar me miró penetrantemente y me dijo: -Eso debe ser el Príncipe de Persia. Y como el mejor de los figurantes televisivos, desapareció en un abrir de ojos. Y ahí hubo corte de escena. Y fuera del aire.
Para mí, el Príncipe de Persia era el nombre del videojuego ese maravilloso de las clases de Sistemas, y uno de los pretextos para acercarme a los computadores por allá en 1996. Ya han pasado casi 20 años desde entonces, y unas dos semanas desde que terminé de leer "Esta Patente Oscuridad", novela donde el mundo espiritual es el escenario para la batalla de ángeles y demonios. Pues justamente a eso se refería el Pastor, a una potestad satánica que es mencionada en la Biblia en el libro de Daniel y que, según dicen, es el que en el terreno espiritual nos bloquea las bendiciones.
Ahora, esto pareciera no ser una entrada de este blog, oh amados caba-ñeros y caba-ñeras, pero en el fondo sí. No es la primera vez que veo una película y salgo pensando en que el protagonista puedo ser yo, como me pasó con Birdman; pero sí debuto como personaje principal de un libro con el que se me cayeron las vendas de los ojos. Fue un momento epifánico donde sentí que el libro cobró vida, y que esta vez el periodista loco y el pastor ingenuo se encarnaban en mí.
Es que en la tónica de relajarse y "dejar que las cosas pasen" parece que hay cierta mentira parcial, pues en realidad uno mismo es quien debe diseñar los cambios que producirán los milagros; pero también la moralidad cristiana tiene su parte, la misma que nos enseña que haciendo las cosas bien cosecharemos cosas buenas. Con esto está demostrado que no, que hay una guerra espiritual imperceptible donde el hábito y deleite disciplinado de orar cambia el panorama, cosa que uno no entiende así de primerazo.
Uno ora creyendo que el que gana es Dios, pero tampoco. Uno ora es por uno, no para irse al cielo o reclamar ciertas prebendas: uno ora es para que le vaya bien aquí y ahora. Yo suelo agradecerle a Dios por la comida, lo recibido también por lo perdido, pero ahora entiendo que hay cosas que compete pelear de rodillas, y que si uno no está viviendo a plenitud la vida que decidió, algo pasa.
Tal vez esto le sirva a alguien que, como yo, sabe que es hora de recibir algo esperado de maneras insospechadas. Y no sólo en el tema amoroso, que es lo mínimo, me refiero a una plenitud en todas las áreas, de esas que se obtienen tras intensas batallas, dejando músculos desgarrados y pieles con cicatrices espirituales.
jueves, 29 de enero de 2015
Bailar al revés
Lo peor que le puede pasar a uno es acostumbrarse a algo. Es triste, porque aunque lo neguemos, somos animales de costumbres y rutinas, y no precisamente de stand-up comedy. Nos encanta tener el control de la cosas, o por lo menos tener la fe de que todo va a ponerse mejor cada día, que en mi caso siempre es elemento redituable.
La costumbre amarga, y en mi caso, andar por la vida con una perfección y buen raccord ha hecho que cuando me lleguen los traspiés, tenga la tendencia a pensar que todo está echado a perder, que de esta (otra) no me levanto y que la leche derramada la lloran los santos que van marchando. No es que le tenga miedo al fracaso, de hecho me gusta, pero si me dan a elegir lo quiero como amigo, como goce temporal, como un fin de semana largo, no como algo habitual con quien quisiera pasar el resto de mi vida.
Que salgan las cosas mal es el inicio de lo grande, pero uno insiste en buscarse la vida en la perfección, y no hay nada más humano que ser imperfecto. Tantas historias de gente maravillosa a la que el fracaso los catapultó, a quienes las crisis los sepultaron para resurgir como el ave Fénix de Bedout que son, que creo que hacerse leyenda demanda vivir conociendo a qué sabe la lona, o por lo menos haberla probado unas buenas veces.
Me toca creer, porque la inteligencia y el talento son traicioneros confidentes. Nada más creer, a pesar de que a la gente como a mí, que desde pequeños se les ha orientado al éxito y al "Eres especial", pocas veces se nos ha dicho que tocar fondo es el real proceso de santificación y consagración. A la gente como yo, que nace creyéndose la gran cosa, el destino se lo refuerza pero la realidad se lo derrumba, y está bien que sea así.
Todo esto no porque esté pensando en diomedizarme (que para efectos de este blog es morirme, o autosuicidarme colectivamente), más bien es un cúmulo de reflexiones después de haber visto Birdman y sentirme como el Michael Keaton del cristianismo: una suerte de héroe que día a día aprende a sobrevivir, con el peso de haber sido bueno y que cuando enfrenta crisis ve venir el retiro de las grandes ligas.
Y es que a uno no le enseñan que en la vida a los "buena gente" no siempre les va bien, que uno no es tan especial como para no hacer fila ni tan equis como para que no valga la pena acercarse. Nos ha hecho falta entender que no somos dioses especiales, que renunciar a veces está bien, que luchar no siempre es lo correcto y que ser hijos de Dios no indica que todo nos salga como lo hemos pedido. De eso se trata, de confiar en que hay alguien con mejor disfraz de héroe que el de uno, que ve las cosas en picado y está listo para accionar uno que otro milagro creativo inesperado.
Hay que creer que las montañas también tienen doble cara, como los discos de vinilo. Hay un lado B de todo, y es ese el que hay que aprender a buscar, que es como ciertas canciones de ahora donde uno no entiende nada pero suenan bonito. Y suenan bien justamente por eso, porque uno ignora lo que dicen y simplemente demandan que uno se deje llevar por el compás y baile con ellas, que generalmente es moverse en otras direcciones antes no exploradas, algo así como bailar al revés.
Bailando al revés, oyendo el lado B es que se recorren los nuevos caminos y probablemente ahí están las canciones sorpresas y las soluciones, las mismas que uno encuentra cuando oye con detalle, sin andar pensando en qué mensajes subliminales pueden llegar a tener. Por eso ahora espero, entendiendo que todavía no he visto nada y que es demasiado prematuro querer jubilarse cuando no se ha bailado lo suficiente.
La costumbre amarga, y en mi caso, andar por la vida con una perfección y buen raccord ha hecho que cuando me lleguen los traspiés, tenga la tendencia a pensar que todo está echado a perder, que de esta (otra) no me levanto y que la leche derramada la lloran los santos que van marchando. No es que le tenga miedo al fracaso, de hecho me gusta, pero si me dan a elegir lo quiero como amigo, como goce temporal, como un fin de semana largo, no como algo habitual con quien quisiera pasar el resto de mi vida.
Que salgan las cosas mal es el inicio de lo grande, pero uno insiste en buscarse la vida en la perfección, y no hay nada más humano que ser imperfecto. Tantas historias de gente maravillosa a la que el fracaso los catapultó, a quienes las crisis los sepultaron para resurgir como el ave Fénix de Bedout que son, que creo que hacerse leyenda demanda vivir conociendo a qué sabe la lona, o por lo menos haberla probado unas buenas veces.
Me toca creer, porque la inteligencia y el talento son traicioneros confidentes. Nada más creer, a pesar de que a la gente como a mí, que desde pequeños se les ha orientado al éxito y al "Eres especial", pocas veces se nos ha dicho que tocar fondo es el real proceso de santificación y consagración. A la gente como yo, que nace creyéndose la gran cosa, el destino se lo refuerza pero la realidad se lo derrumba, y está bien que sea así.
Todo esto no porque esté pensando en diomedizarme (que para efectos de este blog es morirme, o autosuicidarme colectivamente), más bien es un cúmulo de reflexiones después de haber visto Birdman y sentirme como el Michael Keaton del cristianismo: una suerte de héroe que día a día aprende a sobrevivir, con el peso de haber sido bueno y que cuando enfrenta crisis ve venir el retiro de las grandes ligas.
Y es que a uno no le enseñan que en la vida a los "buena gente" no siempre les va bien, que uno no es tan especial como para no hacer fila ni tan equis como para que no valga la pena acercarse. Nos ha hecho falta entender que no somos dioses especiales, que renunciar a veces está bien, que luchar no siempre es lo correcto y que ser hijos de Dios no indica que todo nos salga como lo hemos pedido. De eso se trata, de confiar en que hay alguien con mejor disfraz de héroe que el de uno, que ve las cosas en picado y está listo para accionar uno que otro milagro creativo inesperado.
Hay que creer que las montañas también tienen doble cara, como los discos de vinilo. Hay un lado B de todo, y es ese el que hay que aprender a buscar, que es como ciertas canciones de ahora donde uno no entiende nada pero suenan bonito. Y suenan bien justamente por eso, porque uno ignora lo que dicen y simplemente demandan que uno se deje llevar por el compás y baile con ellas, que generalmente es moverse en otras direcciones antes no exploradas, algo así como bailar al revés.
Bailando al revés, oyendo el lado B es que se recorren los nuevos caminos y probablemente ahí están las canciones sorpresas y las soluciones, las mismas que uno encuentra cuando oye con detalle, sin andar pensando en qué mensajes subliminales pueden llegar a tener. Por eso ahora espero, entendiendo que todavía no he visto nada y que es demasiado prematuro querer jubilarse cuando no se ha bailado lo suficiente.
jueves, 15 de enero de 2015
Babel
Recuerdo que cuando vi la película escrita por Guillermo Arriaga (porque el cine no es sólo de los directores), salí pensando en cómo la Biblia siempre nos sirve de pretexto cinematográfico, la base para desarrollar nuestras vidas y adaptarlas al contexto propio tomándola como referencia dramática. Yo, en parte, por eso la leo, porque detrás de la narración también hay una forma de encontrar a un Dios interesado en darnos las directrices para vivir con claridad en la tierra.
En Babel vemos cómo unos hermanos pastores en Marruecos se relacionan con una familia estadounidense de vacaciones por ese país, que a su vez tienen que ver con una niñera mexicana en San Diego que partirá al matrimonio de su hijo en Tijuana, y una muchacha sordomuda japonesa que sufre por la muerte de su mamá. En la Biblia vemos la historia de los orgullosos descendientes de Noé, quienes querían hacer una torre que los hiciera famosos y los llevara a tocar el cielo, literalmente. En la intersección, encuentro a la humanidad y su mayor facultad: la imperfección incoherente.
Ser humano es hacer las cosas mal, es ser intenso e incisivo con lo que se busca; pero también es ser miedoso e indeciso, lo cual nos vuelve contradictorios. Repasando el texto bíblico me impacta que Dios mismo dice que los humanos podremos hacer todo lo que nos propongamos y que nadie podrá detenernos, entonces ¿por qué las cosas no salen como se libretean? ¿Por qué fracasamos en nuestras historias personales si podemos hacer lo que se nos venga en gana?
La respuesta la encuentro en el verso siguiente, donde ese mismo Dios, en un acto de amor incomprensible, esparce a los humanos por toda la tierra y permite que aprendan otros idiomas, para terminar de complejizar la vaina. Por un lado, cuando se nos desbaratan los planes y se cae el castillo de naipes, siento que está la mano de un Dios que permite la separación, pues sólo quien ha percibido el dolor de una pérdida sabe lo maravilloso que se siente recuperarse.
La película le apunta a los puntos de giro de la vida, no tanto por el azar sino a plasmar cómo las decisiones que tomamos en milésimas de segundo nos pueden dañar el caminado por el resto de la eternidad; y cómo nuestra vida también se ve modificada por las decisiones de otros, con alcances inimaginables por lado y lado. Siempre que pierdo a una persona pienso en esto, en que Dios mismo me permite elegir cómo va a ser mi vida, pero que llega un punto en que, si se lo pido, meterá mano y colmillo para llevarme a crecer, a subir de expectativas, ofreciéndome un camino lejos de lo escaleteado por mí mismo.
Nos interesamos por personas, pero no terminamos de decidirnos por ellas, y cuando las perdemos nos lamentamos, a pesar de que fue por falta de determinación. Y vivimos tranquilos hasta que se entra un tercero a colación, y reaccionamos con el síndrome del triciclo. ¿Quién nos entiende? Decimos muchas cosas pero las emociones nos cambian, y es triste, porque creo que madurar es aprender a vivir con las emociones calibradas y las decisiones fijadas, a pesar de lo que se pueda presentar.
Nadie ha pensado en lo triste que debió haber sido para estos personajes bíblicos perder la comunicación entre sí, cómo los que un día se trataron con cariño vieron que tiempo después no entendieron el lenguaje del amor del otro, y en esa cruda ignorancia creyeron leer las acciones de sus cercanos para darse cuenta de que no dijeron lo que creyeron.
Así como en Babel, donde queda claro que el dolor de la traición y la reconstrucción del amor son idiomas que no todo el mundo logra compaginar. Así como en la Biblia, donde la historia de amor de Dios con la humanidad implicó un gran sacrificio, difícil de comprender. Así como en la vida real, donde si el idioma de uno era movimiento, y el del otro quietud, sólo se puede concluir que no estaban corriendo en la misma carrera.
En Babel vemos cómo unos hermanos pastores en Marruecos se relacionan con una familia estadounidense de vacaciones por ese país, que a su vez tienen que ver con una niñera mexicana en San Diego que partirá al matrimonio de su hijo en Tijuana, y una muchacha sordomuda japonesa que sufre por la muerte de su mamá. En la Biblia vemos la historia de los orgullosos descendientes de Noé, quienes querían hacer una torre que los hiciera famosos y los llevara a tocar el cielo, literalmente. En la intersección, encuentro a la humanidad y su mayor facultad: la imperfección incoherente.
Ser humano es hacer las cosas mal, es ser intenso e incisivo con lo que se busca; pero también es ser miedoso e indeciso, lo cual nos vuelve contradictorios. Repasando el texto bíblico me impacta que Dios mismo dice que los humanos podremos hacer todo lo que nos propongamos y que nadie podrá detenernos, entonces ¿por qué las cosas no salen como se libretean? ¿Por qué fracasamos en nuestras historias personales si podemos hacer lo que se nos venga en gana?
La respuesta la encuentro en el verso siguiente, donde ese mismo Dios, en un acto de amor incomprensible, esparce a los humanos por toda la tierra y permite que aprendan otros idiomas, para terminar de complejizar la vaina. Por un lado, cuando se nos desbaratan los planes y se cae el castillo de naipes, siento que está la mano de un Dios que permite la separación, pues sólo quien ha percibido el dolor de una pérdida sabe lo maravilloso que se siente recuperarse.
La película le apunta a los puntos de giro de la vida, no tanto por el azar sino a plasmar cómo las decisiones que tomamos en milésimas de segundo nos pueden dañar el caminado por el resto de la eternidad; y cómo nuestra vida también se ve modificada por las decisiones de otros, con alcances inimaginables por lado y lado. Siempre que pierdo a una persona pienso en esto, en que Dios mismo me permite elegir cómo va a ser mi vida, pero que llega un punto en que, si se lo pido, meterá mano y colmillo para llevarme a crecer, a subir de expectativas, ofreciéndome un camino lejos de lo escaleteado por mí mismo.
Nos interesamos por personas, pero no terminamos de decidirnos por ellas, y cuando las perdemos nos lamentamos, a pesar de que fue por falta de determinación. Y vivimos tranquilos hasta que se entra un tercero a colación, y reaccionamos con el síndrome del triciclo. ¿Quién nos entiende? Decimos muchas cosas pero las emociones nos cambian, y es triste, porque creo que madurar es aprender a vivir con las emociones calibradas y las decisiones fijadas, a pesar de lo que se pueda presentar.
Nadie ha pensado en lo triste que debió haber sido para estos personajes bíblicos perder la comunicación entre sí, cómo los que un día se trataron con cariño vieron que tiempo después no entendieron el lenguaje del amor del otro, y en esa cruda ignorancia creyeron leer las acciones de sus cercanos para darse cuenta de que no dijeron lo que creyeron.
Así como en Babel, donde queda claro que el dolor de la traición y la reconstrucción del amor son idiomas que no todo el mundo logra compaginar. Así como en la Biblia, donde la historia de amor de Dios con la humanidad implicó un gran sacrificio, difícil de comprender. Así como en la vida real, donde si el idioma de uno era movimiento, y el del otro quietud, sólo se puede concluir que no estaban corriendo en la misma carrera.
jueves, 18 de septiembre de 2014
Brujería cristiana
Hace un par de años soñé que estaba con una amiga soltera y la veía quejándose airada, porque su novio nada que llegaba. Lo extraño es que en el sueño, yo sabía que ya tenía a alguien, y como nada más el tipo estaba a punto de entrar, le insistí en que se tranquilizara, que si ya estaba a la vuelta del pasillo para qué jodía tanto con la puntualidad, que ya era suyo.
Lo curioso es que cuando le conté este sueño, en lo real, mi amiga se rió algo incrédula mientras prometió darme la primicia "donde eso llegara a pasar". Mi sorpresa aumentó pasados 2 días exactos, cuando me llamó a contarme que acababa de comprometerse y que, efectivamente, su Shrek estaba a escasos dos centímetros de su corta vista.
Hasta ahí normal. He seguido con mi vida ufanándome de tener la cabeza entrenada como guionista, lo cual me ha permitido atar cabos en las vidas de otros, quienes no saben que secretamente les escribo sus vidas y hasta pronostico ciertos giros dramáticos, como buen Cupido local. Pero hace poco volvió a pasar, cuando soñé que otra amiga se ennoviaba, para sorpresa de todos. Le conté y naturalmente rió desconcertada, hasta que pasadas algunas semanas (esta vez la revelación llegó con más antelación) me contó que el sueño se había hecho real.
Antes de que me tilden del Nostradamus contemporáneo, o de un remake chibcha del tipo de Destino Final, quiero dejar claro que no tengo control de esto, que entiendo que es una especie de don inmerecido que no he buscado, que las palabras del tío Ben me taladran el espíritu, porque eso de que tener un gran poder conlleva una gran responsabilidad es cierto, y me da vaina ponerme a dañarle la vida a alguien imaginándolo haciendo lo que quiero.
Desde entonces, son varios los que me ruegan que me sueñe con ellos, pidiendo confirmaciones y señales para envalentonarse a recibir propuestas, o a decidir si irse por ese camino o no. A esos les digo que se retiren de mi presencia, porque si puedo pronosticar algo será un tramacazo en esa cabeza, a ver si sacuden sus pensamientos con lo que realmente deberían hacer; porque francamente, si dependiera de mis sueños su felicidad, hace mucho hubiera soñado conmigo mismo, que es lo justo.
De esos pánicos espirituales es que se nutre la brujería cristiana, o aquella bella práctica de torcer el brazo de Dios con oraciones y proclamas que tal vez no hemos sido llamados a levantar, de pedirle a otros que nos digan qué hacer, como si a Dios le quedara grande y no pudiera. Creo que Él no tiene intermediarios para hablarnos, aunque otra cosa es que a uno le dé mamera preguntarle o sencillamente disfrace el miedo de dependencia de él, como quien pide confirmaciones hasta para comer.
Es que siempre será más fácil pedirle luces a otros, cuando quienes tenemos que vencer el miedo a tomar decisiones somos nosotros mismos, mucho más cuando las bendiciones están al alcance de una embalada poco o nada calculada de donde deriva la plenitud y la sorpresa de lo eterno. Por eso disfruto viendo a mis amigas, felizmente comprometidas con personas que supieron correr el riesgo de entender que la voluntad de Dios es lo que uno escoge, y que hasta de un posible fracaso Él hará algo que nadie jamás imaginaría.
Iba a montar consultorio de brujería cristiana, pero para eso tengo este blog, el cual nació como un hijo no planeado al cual nunca abandonaré. Lo digo sin habérmelo soñado.
Lo curioso es que cuando le conté este sueño, en lo real, mi amiga se rió algo incrédula mientras prometió darme la primicia "donde eso llegara a pasar". Mi sorpresa aumentó pasados 2 días exactos, cuando me llamó a contarme que acababa de comprometerse y que, efectivamente, su Shrek estaba a escasos dos centímetros de su corta vista.
Hasta ahí normal. He seguido con mi vida ufanándome de tener la cabeza entrenada como guionista, lo cual me ha permitido atar cabos en las vidas de otros, quienes no saben que secretamente les escribo sus vidas y hasta pronostico ciertos giros dramáticos, como buen Cupido local. Pero hace poco volvió a pasar, cuando soñé que otra amiga se ennoviaba, para sorpresa de todos. Le conté y naturalmente rió desconcertada, hasta que pasadas algunas semanas (esta vez la revelación llegó con más antelación) me contó que el sueño se había hecho real.
Antes de que me tilden del Nostradamus contemporáneo, o de un remake chibcha del tipo de Destino Final, quiero dejar claro que no tengo control de esto, que entiendo que es una especie de don inmerecido que no he buscado, que las palabras del tío Ben me taladran el espíritu, porque eso de que tener un gran poder conlleva una gran responsabilidad es cierto, y me da vaina ponerme a dañarle la vida a alguien imaginándolo haciendo lo que quiero.
Desde entonces, son varios los que me ruegan que me sueñe con ellos, pidiendo confirmaciones y señales para envalentonarse a recibir propuestas, o a decidir si irse por ese camino o no. A esos les digo que se retiren de mi presencia, porque si puedo pronosticar algo será un tramacazo en esa cabeza, a ver si sacuden sus pensamientos con lo que realmente deberían hacer; porque francamente, si dependiera de mis sueños su felicidad, hace mucho hubiera soñado conmigo mismo, que es lo justo.
De esos pánicos espirituales es que se nutre la brujería cristiana, o aquella bella práctica de torcer el brazo de Dios con oraciones y proclamas que tal vez no hemos sido llamados a levantar, de pedirle a otros que nos digan qué hacer, como si a Dios le quedara grande y no pudiera. Creo que Él no tiene intermediarios para hablarnos, aunque otra cosa es que a uno le dé mamera preguntarle o sencillamente disfrace el miedo de dependencia de él, como quien pide confirmaciones hasta para comer.
Es que siempre será más fácil pedirle luces a otros, cuando quienes tenemos que vencer el miedo a tomar decisiones somos nosotros mismos, mucho más cuando las bendiciones están al alcance de una embalada poco o nada calculada de donde deriva la plenitud y la sorpresa de lo eterno. Por eso disfruto viendo a mis amigas, felizmente comprometidas con personas que supieron correr el riesgo de entender que la voluntad de Dios es lo que uno escoge, y que hasta de un posible fracaso Él hará algo que nadie jamás imaginaría.
Iba a montar consultorio de brujería cristiana, pero para eso tengo este blog, el cual nació como un hijo no planeado al cual nunca abandonaré. Lo digo sin habérmelo soñado.
viernes, 8 de agosto de 2014
Fallas de origen
Cada vez se hace más difícil alimentar a este hijo bobo que tengo por blog, el único que me hace posponer una maratón de Breaking Bad o dejar de estudiar bajo, adicciones en la que gracias a Dios volví a caer. Escribir me desgasta más que cualquier cosa, porque cada vez que lo hago siento que lo dejo todo en la cancha; lo malo es que no hay sauna ni turco para el cerebro más que la misma calle, o un cambio de actividad, que siempre traduce gastar plata o tener contacto social.
Entonces me remito a mis coterráneos y a sus historias, porque cuando exprimo toda mi vergüenza en público no tengo de dónde más agarrarme que de lo que otros me cuentan. Hace poco estuve hablando con un hombre, quien me abrió su frustrado corazón para contarme que acababa de terminar con su novia. Eso no es noticia, y menos en Colombia, donde nos anestesiamos con la violencia diaria en pequeña y gran escala, casi como si fuese una sección más del noticiero. El punto es que el tipo contó que su ex lo mandó a volar bajo una excusa que, espero, alguien logre descifrar: "te dejo porque no te costó nada conquistarme".
En un libreto, ahí acotaría corte directo a otra escena, o hasta un inserto de un mico tocando los platillos dentro de mi cabeza, porque francamente sigo sin pillármela. Lo único que puedo concluir es que entrando al año donde Marty McFly flotaba en su patineta, seguimos construyendo esquemas rococós del amor y las relaciones que, sin querer queriendo, detienen el avance de la humanidad entera, casi como quien tiene la rueda para movilizarse e insiste en usar un cuadrado sin pulir.
Debo decir que la cultura del sufrimiento, del "Preocúpate cuando las cosas sean fáciles porque puede significar que su valor sea escaso" me parece acertada en primera instancia. En el amor funciona, y lo digo como libretista de televisión que soy, porque uno define la validez de las historias de amor en la medida en que son dignas de visualizarse, debido a la lucha y a las constantes oposiciones que vence una pareja para consumar su amor. Las historias amorosas en pantalla juegan a eso, a complicarse la vida porque quedan otros 118 capítulos por rellenar entre el capítulo uno, donde los protagonistas se conocen, y el 120, donde terminan casándose.
No quiero sonar a un Martín-Barbero de la era bloggera, pero es imposible no apelar a la definición técnica del asunto, donde además se está hablando de un high concept que sostiene una mentalidad: lo bueno cuesta, es caro y debes sentirte culpable si lo conseguiste con menos alteraciones de las que esperabas. Surgen preguntas: ¿Y si no sufriste, no fue amor? ¿Debe ir el amor, la plenitud y la consecución de los sueños personales ligado al dolor? ¿Es la vida como un gimnasio donde el éxito se mide por calorías quemadas y lágrimas derramadas?
Nacemos imperfectos, sobre todo de mente, conceptos y referentes empaquetados en miedos que gente como yo fabrica en las cabezas de la gente cuando los sienta a ver sus historias, donde todo es color de hormiga y muta a color rosa para que valga la pena haber pagado la boleta. Tenemos demandas sociales y emocionales que dictaminan cómo deben conquistarnos, querernos y demostrarnos interés. ¿Y qué si nuestras historias de amor no calcan lo que pasaba en Sweet November o en Betty la fea?
Nacemos imperfectos, y la cosa se pone peor cuando esperamos que otro nos perfeccione y complete. Esa imperfección se mantendrá hasta que entendamos que lo somos, y que las expectativas que tenemos frente a la vida y el amor no deben ser ciento por ciento cumplidas, porque esto no es ficción. No soy partidario de conformarse con lo que tocó, pero creo que hasta para esto, para dejarse sorprender con lo impensable, hay que aprender a renovar la forma de pensar. Decía una amiga que cualquier historia de amor verdadero es digna de contar, por más simple que parezca. Entonces, ¿por qué no eliminar esas fallas de origen, ese ruido blanco que no deja ver lo lindo de lo simple?
Ahora mi reto será escribir historias televisivas que partan de esto, de lo idiotas útiles que le somos a un sistema de pensamiento que deliberadamente nos acartona, cuando tal vez el amor, literalmente, quiera sorprendernos a la vuelta de un salón comunal, o en una fila de banco, o en cualquier lugar donde el romance también dependerá de quien se deje sorprender por él.
Entonces me remito a mis coterráneos y a sus historias, porque cuando exprimo toda mi vergüenza en público no tengo de dónde más agarrarme que de lo que otros me cuentan. Hace poco estuve hablando con un hombre, quien me abrió su frustrado corazón para contarme que acababa de terminar con su novia. Eso no es noticia, y menos en Colombia, donde nos anestesiamos con la violencia diaria en pequeña y gran escala, casi como si fuese una sección más del noticiero. El punto es que el tipo contó que su ex lo mandó a volar bajo una excusa que, espero, alguien logre descifrar: "te dejo porque no te costó nada conquistarme".
En un libreto, ahí acotaría corte directo a otra escena, o hasta un inserto de un mico tocando los platillos dentro de mi cabeza, porque francamente sigo sin pillármela. Lo único que puedo concluir es que entrando al año donde Marty McFly flotaba en su patineta, seguimos construyendo esquemas rococós del amor y las relaciones que, sin querer queriendo, detienen el avance de la humanidad entera, casi como quien tiene la rueda para movilizarse e insiste en usar un cuadrado sin pulir.
Debo decir que la cultura del sufrimiento, del "Preocúpate cuando las cosas sean fáciles porque puede significar que su valor sea escaso" me parece acertada en primera instancia. En el amor funciona, y lo digo como libretista de televisión que soy, porque uno define la validez de las historias de amor en la medida en que son dignas de visualizarse, debido a la lucha y a las constantes oposiciones que vence una pareja para consumar su amor. Las historias amorosas en pantalla juegan a eso, a complicarse la vida porque quedan otros 118 capítulos por rellenar entre el capítulo uno, donde los protagonistas se conocen, y el 120, donde terminan casándose.
No quiero sonar a un Martín-Barbero de la era bloggera, pero es imposible no apelar a la definición técnica del asunto, donde además se está hablando de un high concept que sostiene una mentalidad: lo bueno cuesta, es caro y debes sentirte culpable si lo conseguiste con menos alteraciones de las que esperabas. Surgen preguntas: ¿Y si no sufriste, no fue amor? ¿Debe ir el amor, la plenitud y la consecución de los sueños personales ligado al dolor? ¿Es la vida como un gimnasio donde el éxito se mide por calorías quemadas y lágrimas derramadas?
Nacemos imperfectos, sobre todo de mente, conceptos y referentes empaquetados en miedos que gente como yo fabrica en las cabezas de la gente cuando los sienta a ver sus historias, donde todo es color de hormiga y muta a color rosa para que valga la pena haber pagado la boleta. Tenemos demandas sociales y emocionales que dictaminan cómo deben conquistarnos, querernos y demostrarnos interés. ¿Y qué si nuestras historias de amor no calcan lo que pasaba en Sweet November o en Betty la fea?
Nacemos imperfectos, y la cosa se pone peor cuando esperamos que otro nos perfeccione y complete. Esa imperfección se mantendrá hasta que entendamos que lo somos, y que las expectativas que tenemos frente a la vida y el amor no deben ser ciento por ciento cumplidas, porque esto no es ficción. No soy partidario de conformarse con lo que tocó, pero creo que hasta para esto, para dejarse sorprender con lo impensable, hay que aprender a renovar la forma de pensar. Decía una amiga que cualquier historia de amor verdadero es digna de contar, por más simple que parezca. Entonces, ¿por qué no eliminar esas fallas de origen, ese ruido blanco que no deja ver lo lindo de lo simple?
Ahora mi reto será escribir historias televisivas que partan de esto, de lo idiotas útiles que le somos a un sistema de pensamiento que deliberadamente nos acartona, cuando tal vez el amor, literalmente, quiera sorprendernos a la vuelta de un salón comunal, o en una fila de banco, o en cualquier lugar donde el romance también dependerá de quien se deje sorprender por él.
lunes, 9 de junio de 2014
El efecto Tetris
La verdad es que soy pésimo para los deportes, para todos sin distinción. Cuando tenía que jugar fútbol en el colegio, me acuerdo que me mandaban atrás, a defender, porque los troncos por lo menos aguantamos con firmeza cualquier guarapazo. Francamente me aburría, entonces me ponía a hacerle visita al arquero, y por andar charlando nos goleaban. Ese era el verdadero entretenimiento para mí, ver a otros correr detrás del balón y sacar mis propias conjeturas mientras pensaba en algo chistoso para decir.
Pero si hubo una actividad escolar que recuerdo, era el jugar Tetris en Gameboy, prestado, porque jamás pasé de un mini atari que me gané peleando en una piñata. Todo esto lo empecé a desempacar de la cabeza con una noticia que leí, donde contaban que por estos días se celebran 30 años del Tetris. La verdad me puse a pensar en eso, como siempre me pasa, que me trasnocho pensando en irrelevancias mundiales como por qué murió Ayrton Senna, o en la importancia de la química para la humanidad.Resulta que el Tetris es adictivo, y va uno a ver y sí, porque lo simple bien armado es lo que nos gusta ver, leer y escuchar. Así somos con todo lo que consumimos, inclusive si es un juego ñoño de mover y acomodar figuras. Yo, que me obsesiono fácilmente con pendejadas, como comparar los olores de los jabones de manos en los centros comerciales, dejé de jugarlo hace mucho, cuando empecé a ver a la gente y a las cosas con formas acomodables entre sí.
A uno le gusta jugar Tetris porque así la monte de open-mind, a todos nos encanta ordenarlo todo, encajar situaciones y cuanta vaina conocemos, en un intento de darle sentido a la realidad. Nos gusta solucionar las cosas y tener todo dentro de nuestro marco y control; y cuando llegan los bloques inesperados, los de formas incompatibles, pues los acomodamos en medio del caos.
El Tetris borra las formas mal encajadas cuando se alinea una fila, ¿y a quién no le interesa ver sus embarradas desintegrarse? Ahora que lo pienso, es hasta cristiano todo esto, por el hecho de que embarrada tras embarrada, o problema inesperado tras problema inesperado, llegue un borrón y cuenta nueva, como siempre pasa con Dios.
Ahora me relajo un poco, primero porque sólo tengo espacio en la cabeza para el Mundial, cosa que me apasiona; pero también porque sé que nadie va a leer doctrina espiritual en plena época de carnaval deportivo interplanetario. Por eso me dan ganas como de cerrar el Mac y migrar a otra pantalla, donde me dé por bien servido acomodando goles mentales en los pies de otros jugadores, ya que en lo real jamás lo pude hacer.
miércoles, 28 de mayo de 2014
Ojalá consigas lo que deseas
Hace un tiempo, un tipo de esos que lo tienen todo menos mujer, se aventuró a flirtear con una vieja que a algunos siempre nos ha parecido maravillosa. De mundos diferentes pero con objetivos parecidos, la nueva pareja nos sorprendió a varios, envidiosos entre dientes, como somos todos con la alegría de nuestros contrincantes aunque lo neguemos. La vaina iba tan bien que resultó sorpresivo cuando terminaron, sin dar razones ni tanta alharaca como cuando se ennoviaron.
Ahora uno los ve alejados, con cierto remordimiento pero sobre todo cargados emocionalmente, porque a la gente ahora no la preparan para el fracaso amoroso, sino que le enseñan que con Dios todo debe ser sí, así sean estupideces las que uno le pide en oración. Para mí, la oración y todos esos deseos personales que la adornan deben estudiarse con meticulosidad, porque nadie sabe lo que pide hasta que lo recibe.
Por ahí aprendí cuando estudiaba en Cuba que hay una particular forma de maldición griega, uno de esos insultos que nadie entiende pero llevan una peligrosa carga negativa de fondo. De hecho, todo el mundo lo ha pensado, y es que lograr el objetivo por el cual uno tanto se ha molido puede ser la razón para quedarse sin razones. No en vano, Óscar Wilde decía que en este mundo hay dos tragedias: una es el no conseguir lo que se desea, y la otra conseguirlo. La última es la peor.
"Ojalá consigas lo que deseas" es justamente esa paradoja de recibir lo que uno tanto soñó, para darse cuenta que ese anhelo venía cargado de tantas responsabilidades y complicaciones que era mejor no pedirlo. Es lo que me pasa ahora, que tras años laborales estables vuelvo a ser perropunk y freelance. Le pedí a Dios que me bendijera con trabajos donde pudiera ser libre, y se lo tomó tan en serio que ahora soy esclavo de mi propia libertad.
No estoy siendo malagradecido, ni mucho menos. Solo creo que cuando se consigue el objetivo es cuando realmente empiezan los problemas: cuando llega esa oportunidad soñada uno tiene que estar preparado para no desentonar, porque si se pide se recibe, aunque lo sensato sería aprender primero a pedir.
Volviendo con la historia, el tipo ahora sigue solo y la muchacha también, algo arrepentidos de no haber calculado el costo intrínseco del sacrificio. Yo vivo acompañadísimo de trabajo y ocupaciones que no tienen forma de personas, sino de letras y cuentas de cobro, porque a escribir para varios clientes es a lo que he sido llamado mientras me llegan las cosas que todavía ni he pedido ni imagino que me tocan.
Ahora uno los ve alejados, con cierto remordimiento pero sobre todo cargados emocionalmente, porque a la gente ahora no la preparan para el fracaso amoroso, sino que le enseñan que con Dios todo debe ser sí, así sean estupideces las que uno le pide en oración. Para mí, la oración y todos esos deseos personales que la adornan deben estudiarse con meticulosidad, porque nadie sabe lo que pide hasta que lo recibe.
Por ahí aprendí cuando estudiaba en Cuba que hay una particular forma de maldición griega, uno de esos insultos que nadie entiende pero llevan una peligrosa carga negativa de fondo. De hecho, todo el mundo lo ha pensado, y es que lograr el objetivo por el cual uno tanto se ha molido puede ser la razón para quedarse sin razones. No en vano, Óscar Wilde decía que en este mundo hay dos tragedias: una es el no conseguir lo que se desea, y la otra conseguirlo. La última es la peor.
"Ojalá consigas lo que deseas" es justamente esa paradoja de recibir lo que uno tanto soñó, para darse cuenta que ese anhelo venía cargado de tantas responsabilidades y complicaciones que era mejor no pedirlo. Es lo que me pasa ahora, que tras años laborales estables vuelvo a ser perropunk y freelance. Le pedí a Dios que me bendijera con trabajos donde pudiera ser libre, y se lo tomó tan en serio que ahora soy esclavo de mi propia libertad.
No estoy siendo malagradecido, ni mucho menos. Solo creo que cuando se consigue el objetivo es cuando realmente empiezan los problemas: cuando llega esa oportunidad soñada uno tiene que estar preparado para no desentonar, porque si se pide se recibe, aunque lo sensato sería aprender primero a pedir.
Volviendo con la historia, el tipo ahora sigue solo y la muchacha también, algo arrepentidos de no haber calculado el costo intrínseco del sacrificio. Yo vivo acompañadísimo de trabajo y ocupaciones que no tienen forma de personas, sino de letras y cuentas de cobro, porque a escribir para varios clientes es a lo que he sido llamado mientras me llegan las cosas que todavía ni he pedido ni imagino que me tocan.
viernes, 28 de marzo de 2014
¿Qué pasaría si Dios cumpliera todas nuestras oraciones, por estúpidas que fueran?
Sin duda, el mundo se iría para la física y pura porra, esa que queda a media cuadra de la ñoña y como a 20 minutos en carro de la que empieza con eme. De solo pensarlo, primero da como risa nerviosa, porque eso de tener rendidas a todas las mujeres del universo a los pies de uno sería delicioso, pero si Miss Universo pide fumigar a los latin lovers de bigote, ahí ya habría conflicto, porque nadie puede ser latin lover muerto, a menos que sea Erick Estrada, pero como no está muerto tocaría matarlo, además porque no tiene bigote, y así.
Cuando Bruce Nolan asumió las responsabilidades de Dios, en la película Bruce Almighty, dio unas pinceladas de lo caótico que sería que todo fuera un sí y un ya sin siquiera un amén. El mundo entero funciona bajo un orden, y como dicen las mamás, hay cosas que uno no entiende y es “porque el Señor así lo quiso”. ¿El señor Burns? ¿El señor policía? ¿El señor de los anillos? No se sabe.
Esto es físicamente aterrador, porque haciendo el ejercicio literal de reflexionar en todo lo que queremos en un día, nos damos cuenta de lo incoherentes que somos los humanos. Según el Instituto Tecnológico de Encuestas de Chapinero, ChapiNumberTech, al día pedimos más de dos millones cuatrocientos mil setecientos veinte y medio de cosas, muchas de ellas innecesarias, pero como las acaba de comprar el vecino, o como las vimos en rebaja, no nos podemos quedar atrás.
Otras son asesinas. Queremos que se abra el tipo que nos clavó la axila en la nariz en Transmilenio, pero si se abriera habría mucha sangre y tripas en los zapatos, y algún niño lloraría, y como seguramente pediríamos que se callara, el niño quedaría tendido en el suelo además con la boca cosida con hilos de oro.
Le clamamos al cielo que se acabe el colegio para poder crecer y entrar a la universidad, y cuando estamos en los primeros semestres extrañamos la camaradería y comodidad escolar. Después pedimos un buen trabajo para tener dinero, pero cuando las responsabilidades y la explotación oficinista nos abrocha lloramos para volver a la libertad universitaria.
Sufrimos amando en silencio a alguien que tal vez nunca lo sabrá y que además ama a otro, pero después de que como por arte de mafia logramos conquistarle, con la ayuda de algún sicario que dé de baja al íncubo que la tenía ciega, lloramos porque la princesa también tiene verrugas y por ciegos no vimos que no todo lo que es oro brilla, entre esas el dejar de ser soltero.
Lo chévere es que Dios simplemente se ríe cuando alguien trata de hacerle pataleta para torcerle Su celestial brazo. A diferencia de lo que muchos creen, no es un viejo de espesa barba que además de huraño es vago y anda merodeando en busca de pecadores incautos. La creación es muy basta y lo mantiene suficientemente ocupado como para estarse fijando en lentejas como nosotros, por eso tomó la decisión de darnos el libre albedrío, uno de esos regalos que cuando se destapan no se sabe qué cara poner porque ni se sabe cómo se usa, como la decencia y los maridos, diría la Chilindrina.
Si las cosas fueran como uno quisiera, uno no quisiera nada. Dios sabía eso, por eso hizo un mundo imperfecto, primero para que lo arreglemos, pero también para que disfrutemos de entender que hay cosas por las cuales hay que luchar, que si no se da a la primera, ni a la tercera ni a la quincuagésimo quinta es momento de preguntarse si hay que insistir, porque finalmente todo se basa en las decisiones tomadas, no en los rezos caprichosos.
Cuando Bruce Nolan asumió las responsabilidades de Dios, en la película Bruce Almighty, dio unas pinceladas de lo caótico que sería que todo fuera un sí y un ya sin siquiera un amén. El mundo entero funciona bajo un orden, y como dicen las mamás, hay cosas que uno no entiende y es “porque el Señor así lo quiso”. ¿El señor Burns? ¿El señor policía? ¿El señor de los anillos? No se sabe.
Esto es físicamente aterrador, porque haciendo el ejercicio literal de reflexionar en todo lo que queremos en un día, nos damos cuenta de lo incoherentes que somos los humanos. Según el Instituto Tecnológico de Encuestas de Chapinero, ChapiNumberTech, al día pedimos más de dos millones cuatrocientos mil setecientos veinte y medio de cosas, muchas de ellas innecesarias, pero como las acaba de comprar el vecino, o como las vimos en rebaja, no nos podemos quedar atrás.
Otras son asesinas. Queremos que se abra el tipo que nos clavó la axila en la nariz en Transmilenio, pero si se abriera habría mucha sangre y tripas en los zapatos, y algún niño lloraría, y como seguramente pediríamos que se callara, el niño quedaría tendido en el suelo además con la boca cosida con hilos de oro.
Le clamamos al cielo que se acabe el colegio para poder crecer y entrar a la universidad, y cuando estamos en los primeros semestres extrañamos la camaradería y comodidad escolar. Después pedimos un buen trabajo para tener dinero, pero cuando las responsabilidades y la explotación oficinista nos abrocha lloramos para volver a la libertad universitaria.
Sufrimos amando en silencio a alguien que tal vez nunca lo sabrá y que además ama a otro, pero después de que como por arte de mafia logramos conquistarle, con la ayuda de algún sicario que dé de baja al íncubo que la tenía ciega, lloramos porque la princesa también tiene verrugas y por ciegos no vimos que no todo lo que es oro brilla, entre esas el dejar de ser soltero.
Lo chévere es que Dios simplemente se ríe cuando alguien trata de hacerle pataleta para torcerle Su celestial brazo. A diferencia de lo que muchos creen, no es un viejo de espesa barba que además de huraño es vago y anda merodeando en busca de pecadores incautos. La creación es muy basta y lo mantiene suficientemente ocupado como para estarse fijando en lentejas como nosotros, por eso tomó la decisión de darnos el libre albedrío, uno de esos regalos que cuando se destapan no se sabe qué cara poner porque ni se sabe cómo se usa, como la decencia y los maridos, diría la Chilindrina.
Si las cosas fueran como uno quisiera, uno no quisiera nada. Dios sabía eso, por eso hizo un mundo imperfecto, primero para que lo arreglemos, pero también para que disfrutemos de entender que hay cosas por las cuales hay que luchar, que si no se da a la primera, ni a la tercera ni a la quincuagésimo quinta es momento de preguntarse si hay que insistir, porque finalmente todo se basa en las decisiones tomadas, no en los rezos caprichosos.
Publicado completo en la Revista Mallpocket de Marzo de 2014
lunes, 10 de febrero de 2014
El fin del fin
Hay un momento en la vida donde hay que aplicar toda la fe que se dice tener. No es antes ni después, es en una fracción única y exclusiva que además de irrepetible parece adversa, porque no tiene sentido mover el status quo si no es para entrar en riesgo. Debe ser por eso que de un tiempo para acá empecé a amar las crisis, porque detrás de cada una de ellas se asoma un brillo que no brotaría en la estructura normal.
He tomado decisiones creyendo que serán para toda la vida, algunas tal vez por un tiempo ilimitado, pero otras que en el fondo del corazón ya tenían la fecha de vencimiento impreso en la parte de atrás, donde también viene la letra menuda. Ahora que leo todo esto, parecen las memorias de un jubilado de 90 años a punto de morir, pero sin querer lo soy, o siempre lo he sido, un anciano de épocas que deja morir una parte de sí en cuanto a decisiones radicales se refiere.
Como todo en mi vida, siempre hay un momento cinematográfico que respalda todo, inclusive esta escena de radicalidad sin asidero que actualmente ruedo en lo real. "Mueres siendo un héroe o vives lo suficiente para convertirte en villano", dice Harvey Dent sin ser consciente de la tremenda joya que acaba de pronunciar, no solo para Bruce Wayne, sino para la humanidad entera. Me impacta porque en la vida nos entrenan para subir, escalar y triunfar, pero pocas veces enseñan que todo tiene su final, que nada dura para siempre y es de grandes bailar el último track del disco con la misma alegría que se empezó.
El oficinismo me ha enseñado muchas cosas, me formó en horarios y hasta en relaciones sociales, tan complicadas para mí aunque nadie lo crea. Llevo casi cuatro años trabajando en la misma empresa, y jamás levantaría un dedo acusador en su contra porque aquí me formé, crecí en todas las áreas (literalmente) y conocí gente fabulosa, pero llega el tiempo en que se aprende lo que debía aprenderse, y lo que uno sabe es enemigo de lo que necesita saber.
Para mí eso es vivir, perseguir lo que amo sin importar las consecuencias. A simple vista parece un chispazo de hippismo ilustrado, pero ha sido una movida bien calculada, porque no es fácil entender que en un mundo perfecto las responsabilidades están por debajo de las pasiones, y no al revés. Como no soy hippie, sino todo lo contrario, debo empezar reconociendo que todo esto lo he aterrizado viviendo y leyendo la Biblia, bitácora que para muchos solo representa prohibiciones. De ella aprendí que la vida entera es una toma constante de decisiones sin importar que se tengan 23, 45 o 147 años de vida.
Estamos acostumbrados a tomar decisiones con seguridades, como dice mi papá: "Uno no suelta una liana si no tiene otra agarrada". Pero hay momentos en que lo único que se tiene es la certeza de lanzarse, como los malabaristas, donde no hay argumentos ni lógica más que la divina. Le pedimos a Dios que haga milagros, que abra el Mar Rojo para que podamos cruzar, pero Él espera que nos mojemos un poco los pies para que con nuestra fe se abra el camino seco.
Me aburrí del concepto estructurado de triunfo según el mundo, donde se pondera a la gente es por su plata, su academia, su linaje y talento. Nada de eso importa si nunca se ha ido detrás de la libertad y paz que producen la satisfacción de haber fracasado intentando hacer lo que más se ama. En mi caso, escribir, vivir e inspirar a otros. Gabriel García Márquez dijo que uno de escritor se busca un trabajo que da el sueldo para vivir mientras en el tiempo libre se escribe, pero ya estuvo bien de vivir al doble cuando puedo ser la mejor versión beta de mí mismo.
Por eso tal vez necesite dejar esto plasmado, porque el día de mañana volveré a estas letras para darme fuerza y recordar el día en que decidí creer que decir adiós es crecer. El día en que dejé de ser espectador y rompí la comodidad de la mente asalariada, cuando salté sin redes esperando que Su mano me sostuviera.
Que tiemblen las calles porque vuelvo a ellas.
He tomado decisiones creyendo que serán para toda la vida, algunas tal vez por un tiempo ilimitado, pero otras que en el fondo del corazón ya tenían la fecha de vencimiento impreso en la parte de atrás, donde también viene la letra menuda. Ahora que leo todo esto, parecen las memorias de un jubilado de 90 años a punto de morir, pero sin querer lo soy, o siempre lo he sido, un anciano de épocas que deja morir una parte de sí en cuanto a decisiones radicales se refiere.
Como todo en mi vida, siempre hay un momento cinematográfico que respalda todo, inclusive esta escena de radicalidad sin asidero que actualmente ruedo en lo real. "Mueres siendo un héroe o vives lo suficiente para convertirte en villano", dice Harvey Dent sin ser consciente de la tremenda joya que acaba de pronunciar, no solo para Bruce Wayne, sino para la humanidad entera. Me impacta porque en la vida nos entrenan para subir, escalar y triunfar, pero pocas veces enseñan que todo tiene su final, que nada dura para siempre y es de grandes bailar el último track del disco con la misma alegría que se empezó.
El oficinismo me ha enseñado muchas cosas, me formó en horarios y hasta en relaciones sociales, tan complicadas para mí aunque nadie lo crea. Llevo casi cuatro años trabajando en la misma empresa, y jamás levantaría un dedo acusador en su contra porque aquí me formé, crecí en todas las áreas (literalmente) y conocí gente fabulosa, pero llega el tiempo en que se aprende lo que debía aprenderse, y lo que uno sabe es enemigo de lo que necesita saber.
Para mí eso es vivir, perseguir lo que amo sin importar las consecuencias. A simple vista parece un chispazo de hippismo ilustrado, pero ha sido una movida bien calculada, porque no es fácil entender que en un mundo perfecto las responsabilidades están por debajo de las pasiones, y no al revés. Como no soy hippie, sino todo lo contrario, debo empezar reconociendo que todo esto lo he aterrizado viviendo y leyendo la Biblia, bitácora que para muchos solo representa prohibiciones. De ella aprendí que la vida entera es una toma constante de decisiones sin importar que se tengan 23, 45 o 147 años de vida.
Estamos acostumbrados a tomar decisiones con seguridades, como dice mi papá: "Uno no suelta una liana si no tiene otra agarrada". Pero hay momentos en que lo único que se tiene es la certeza de lanzarse, como los malabaristas, donde no hay argumentos ni lógica más que la divina. Le pedimos a Dios que haga milagros, que abra el Mar Rojo para que podamos cruzar, pero Él espera que nos mojemos un poco los pies para que con nuestra fe se abra el camino seco.
Me aburrí del concepto estructurado de triunfo según el mundo, donde se pondera a la gente es por su plata, su academia, su linaje y talento. Nada de eso importa si nunca se ha ido detrás de la libertad y paz que producen la satisfacción de haber fracasado intentando hacer lo que más se ama. En mi caso, escribir, vivir e inspirar a otros. Gabriel García Márquez dijo que uno de escritor se busca un trabajo que da el sueldo para vivir mientras en el tiempo libre se escribe, pero ya estuvo bien de vivir al doble cuando puedo ser la mejor versión beta de mí mismo.
Por eso tal vez necesite dejar esto plasmado, porque el día de mañana volveré a estas letras para darme fuerza y recordar el día en que decidí creer que decir adiós es crecer. El día en que dejé de ser espectador y rompí la comodidad de la mente asalariada, cuando salté sin redes esperando que Su mano me sostuviera.
Que tiemblen las calles porque vuelvo a ellas.
lunes, 3 de febrero de 2014
La rodilla de Dios
Venir a decir a estas alturas que se lesionó Falcao es una completa idiotez, pues el país entero ha estado volcado de atención a él y ya sabemos que hasta le fue bien en la cirugía. Y creo que merece toda la bulla, es el mejor futbolista colombiano del momento y va en camino a ser el mejor de la historia de esta Patria Boba. Lo que me gusta de Falcao es que es ese lado cute del deporte, pues no se le ha visto involucrado ni en escándalos, ni en lupanares, ni en ninguno de espacio donde nuestros mejores deportistas siempre tienen su segundo hogar.
Falcao es de los pocos futbolistas que no son producto del azar. No en vano sus nombres, Radamel Falcao, todos obedeciendo a la pasión que su papá le transfirió y a ese sueño ancestral de quien siempre labró el camino de su hijo y se atrevió a sugerirle un destino. Esa historia me gusta, porque todo lo que involucre padre e hijo me enternece, me acuerda de Dios, el mismo que Falcao conoce, sigue y demuestra en sus acciones.
Me impacta que después del anuncio de que Falcao podría perderse el Mundial, Colombia entera empezó a manifestar su preocupación pero a la vez tranquilidad en que Falcao es un tipo de fe, cristiano, de esos que llaman las cosas que no son como si fueran y viven para contar milagros. Esa es otra historia que me gusta, la de un personaje público que le da la gloria a Dios y reconoce en él a su proveedor y sanador. Eso trae paz, y de entrada me lleva a pensar que es el papayazo para aquellos que generalizan a Dios como coautor del MIRA, porque será en una situación como esta en la que el cielo brillará y veremos algo espectacular suceder.
En el fondo, me alegra que esto haya pasado. Creo que las crisis y los desaciertos siempre tienen una razón, o como dicen las mamás, pasan por algo. Ahora y sin quererlo, los cristianos volvemos a estar en boca del país, también gracias a la entrevista que le hicieron a Daniel Torres. Yo solo me acuerdo de lo que ha pasado con la Piraquive y no la juzgo, porque como humanos la embarramos, pero sí me da un poco de escozor que por acciones de unos nos caigan a palos a todos, que por un cristiano mal parado se crucifique al resto, literalmente hablando.
Si alguno de ustedes, oh amados caba-ñeros y caba-ñeras, no conoce a Dios y le parece interesante, empiezo por decir que tratar de relatarlo en palabras es complicado. Él es una experiencia de vida en sí mismo, y solo atreviéndose a conocerlo personalmente es que se logra medio darle coherencia; porque eso sí, Dios no tiene sentido.
Ahora que hablamos de enfermedades, en 1997 le tenía profundo terror y miedo a Marilyn Manson. Sí, particular, pero me paralizaba el hecho de pensar que llegara a mi cuarto y me mostrara su ojo de vidrio, me confesara que sí era Paul el de Los años maravillosos, y quién sabe qué vejámenes más. Cuando empecé a dejar de salir por miedo a bajar las escaleras, mi mamá algo desesperada no tuvo más remedio que llevarme donde un pastor muy particular, Ariel Muñoz. Quienes lo conocen saben que, aunque le pueda doler a los fanáticos, no tiene una mano y por lo tanto no debería subirse a un púlpito. Pero eso sí, lo que le falta de cuerpo le sobra de fe, algo así como me pasa a mí.
En crisis como esa fui a dar con Dios, y me di cuenta que el miedo paralizante, el mismo que no deja que uno corra riesgos y que mete mentiras en la cabeza, era algo que tenía que erradicar. Viendo a Falcao me acordé de eso, porque sé que al final todo va a salir bien, tal cual como me pasó a mí, que aunque nunca me he roto ningún ligamento cruzado, conozco a un Dios que usa la creación completa para llamar nuestra atención.
Falcao es de los pocos futbolistas que no son producto del azar. No en vano sus nombres, Radamel Falcao, todos obedeciendo a la pasión que su papá le transfirió y a ese sueño ancestral de quien siempre labró el camino de su hijo y se atrevió a sugerirle un destino. Esa historia me gusta, porque todo lo que involucre padre e hijo me enternece, me acuerda de Dios, el mismo que Falcao conoce, sigue y demuestra en sus acciones.
Me impacta que después del anuncio de que Falcao podría perderse el Mundial, Colombia entera empezó a manifestar su preocupación pero a la vez tranquilidad en que Falcao es un tipo de fe, cristiano, de esos que llaman las cosas que no son como si fueran y viven para contar milagros. Esa es otra historia que me gusta, la de un personaje público que le da la gloria a Dios y reconoce en él a su proveedor y sanador. Eso trae paz, y de entrada me lleva a pensar que es el papayazo para aquellos que generalizan a Dios como coautor del MIRA, porque será en una situación como esta en la que el cielo brillará y veremos algo espectacular suceder.
En el fondo, me alegra que esto haya pasado. Creo que las crisis y los desaciertos siempre tienen una razón, o como dicen las mamás, pasan por algo. Ahora y sin quererlo, los cristianos volvemos a estar en boca del país, también gracias a la entrevista que le hicieron a Daniel Torres. Yo solo me acuerdo de lo que ha pasado con la Piraquive y no la juzgo, porque como humanos la embarramos, pero sí me da un poco de escozor que por acciones de unos nos caigan a palos a todos, que por un cristiano mal parado se crucifique al resto, literalmente hablando.
Si alguno de ustedes, oh amados caba-ñeros y caba-ñeras, no conoce a Dios y le parece interesante, empiezo por decir que tratar de relatarlo en palabras es complicado. Él es una experiencia de vida en sí mismo, y solo atreviéndose a conocerlo personalmente es que se logra medio darle coherencia; porque eso sí, Dios no tiene sentido.
Ahora que hablamos de enfermedades, en 1997 le tenía profundo terror y miedo a Marilyn Manson. Sí, particular, pero me paralizaba el hecho de pensar que llegara a mi cuarto y me mostrara su ojo de vidrio, me confesara que sí era Paul el de Los años maravillosos, y quién sabe qué vejámenes más. Cuando empecé a dejar de salir por miedo a bajar las escaleras, mi mamá algo desesperada no tuvo más remedio que llevarme donde un pastor muy particular, Ariel Muñoz. Quienes lo conocen saben que, aunque le pueda doler a los fanáticos, no tiene una mano y por lo tanto no debería subirse a un púlpito. Pero eso sí, lo que le falta de cuerpo le sobra de fe, algo así como me pasa a mí.
En crisis como esa fui a dar con Dios, y me di cuenta que el miedo paralizante, el mismo que no deja que uno corra riesgos y que mete mentiras en la cabeza, era algo que tenía que erradicar. Viendo a Falcao me acordé de eso, porque sé que al final todo va a salir bien, tal cual como me pasó a mí, que aunque nunca me he roto ningún ligamento cruzado, conozco a un Dios que usa la creación completa para llamar nuestra atención.
domingo, 29 de diciembre de 2013
La foto que siempre quise tomar
Esta ha sido una de las fotos que mis ojos y dedos más han esperado tomar. La tomé con el iPhone, así que no es la gran obra, aunque supera cualquier instagramada. Foto esperada y costosa, porque para tomarla tuve que sobrevivir sin mecatiar cositas por más de 10 meses, escribir muchos libretos, artículos y tuits, esos que no es que den plata pero queman las neuronas; y también desempolvar ilusiones, sacudirme los miedos y sobrevivir a la incertidumbre de agarrar un avión porque sí.
Para tomar esta foto, tuve que buscar pasajes con tarifa económica como siempre lo hago, porque hay que decirlo, lo mío es viajar en temporada alta con presupuesto de temporada baja. Además, tuve que pedirle prestada una maleta grande a mi abuela, quien vino a esta ciudad muchos años antes que yo y celebró cuando le di la noticia. Es duro, porque soy de esos antisuficientes que no quieren deberle favores a nadie, mucho menos a la familia.
Esta foto es mía y la valoro porque para tomarla también tuve que enfrentar de nuevo a la aduana americana, la misma que hace un año largo me hizo sentir como discípulo de Pablo Escobar. Tuve que rellenar la reforma migratoria, someterme a requisas donde perdí parte de la dignidad dejando que escaneen hasta las palmas de los pies, pasar una noche en México durmiendo en una esquina y correr para no perder una conexión en una terminal inaccesible, pero esa es otra historia.
Esta foto costó sangre, regaños, lágrimas, desamores, pleitos, gritos, susurros, mordiscos y sobre todo muchas oraciones, porque es el Todopoderoso quien debe llevarse la gloria de los logros cumplidos. Sudé mucho y por eso pienso disfrutarlo, porque esto de ser libre a causa de otro trae la responsabilidad de aprenderse a vivir.
Es mi foto, mi forma de ver esta quimera a la que siempre quise llegar y la que recorreré en esta temporada. La Fiebre de las Cabañas New York Season On Air.
Desde Mayo, cuando supe que vendría, esta canción no ha dejado de sonar en mi cabeza. Sí, a veces veo Glee.
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