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lunes, 8 de febrero de 2016

Zoom

Dicen por ahí que todo niño llega con su pan debajo del brazo. Yo, que de engendrar solo sé la teoría, prefiero decir que todo viaje llega con su bicoca en el calabazo. O mejor dicho, siempre que viajo doy con gangas de la vida, con personas que no son baratijas, pero desinteresadamente me dan lo mejor que tienen, me enseñan y hasta me mantienen, literalmente. A ellos les agradezco siempre, porque mi filosofía de viajar en temporada alta con presupuesto de temporada baja solo es posible gracias a tanto mecenas latinoamericano.

Así, con suma gratitud, empieza una tanda de postales donde se recogen algunos momentos vividos, percibidos y apropiados a mi estilo, donde mi cabeza hizo zoom a lo que le importaba. Arrancamos con Buenos Aires.

Tren de la Costa, Estación Olivos. Allí, por 10 pesos argentinos, se puede viajar tanto a Tigre, a 40 minutos al norte de Buenos Aires, como a Retiro, la estación central donde se conectan los trenes.

Tradición culinaria esta de probar facturas, que es como se denominan las colaciones y productos de panadería.

Un tributo citadino y casual a The Beatles, con gente que ni supo que sucedió en mi mente. Vicente López, Provincia de Buenos Aires.

Parque 3 de Febrero, clásico bonaerense a la altura del Barrio Palermo. Al fondo se ve un McDonalds, y justo al lado hay un box de Crossfit. Así es Argentina, todos conviven con todo.

Personas camino al Planetario de Buenos Aires. En las noches la cúpula se ilumina con diversos colores. Me di por bien servido al pisar el lugar donde Soda Stereo grabó el videoclip de Zoom.

Pareja en Picnic en uno de los lugares más maravillosos que tiene la ciudad: Bosques de Palermo. De entrada impacta el montón de gente haciendo ejercicio a cualquier hora del día.

Floralis Genérica. Avenida Figueroa Alcorta en la Plaza de las Naciones Unidas. Es una maravilla porque se abre y cierra según la hora del día. Igual, todo eso está explicado en Wikipedia. 

La ciudad tiene un servicio de bicicletas gratuito al cual se puede acceder por teléfono o por una app. Aquí la bicicleta en la que anduve y de fondo la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires.

Pareja bailando tango debajo de El gomero de la Recoleta, árbol milenario junto al Cementerio. Es tan grande que cubre hasta un café improvisado, y en verano da sombra.

El mismo gomero desde un punto de vista mejor, diría yo.

Entrada del Cementerio de la Recoleta, lugar donde reposan los restos de los argentinos más prestigiosos. Curiosamente, aquí no reposan los restos del General Juan Domingo Perón, los cuales fueron profanados en el Cementerio de Chacarita, que es donde entierran al pueblo.

Entrada al Teatro Colón, uno de los tres mejores lugares para ver Ópera en el mundo.

Obelisco, en la Av 9 de Julio. Fot clichezuda de un imperdible argentino.

Sucede que los argentinos son gente que va diciendo las cosas como son, sin aspavientos ni adornos de ninguna clase. Y esto se refleja en su poder sindical, porque como no le comen a mucho, tampoco a lo que no les gusta. Aquí una huelga de una cooperativa.


Buses así recorren la ciudad. Interesante que cobran una tarifa dinámica con base en el lugar hacia donde uno vaya. Buses, Subte y demás, todo está unificado con la tarjeta SUBE. Al fondo, un bus amarillo de turismo.

Tren de la Línea Mitre. La foto es un punto de fuga, sí, un intento de mostrar lo largo del articulado.

Villa Retiro, uno de los sectores más deprimidos y peligrosos de la ciudad, según dicen. Resulta impactante ver desde lejos las casa roídas, que están tan cerca de lugares tan snob como Puerto Madero.

Estación Retiro, que adentro parece un micro mundo de Harry Potter. Aquí se conecta Subte con Trenes Argentinos, todo por precios relativamente bajos a comparación de Colombia.

Me habían dicho que los argentinos eran excelentes redactores. Para la muestra, un botón amarillo.

Casa Rosada, lugar de Gobierno de la nación. Se hacen recorridos gratuitos los sábados en la mañana. En la foto, una señora que posó para mi cámara, sin miedo, sin problema, como uno debería tomarse las fotos con los edificios.

Conocer la historia argentina demanda explorar oscuros capítulos donde las dictaduras marcaron miles de vidas, donde algunas se levantan a tratar de reclamar justicia así cueste la vida. Aquí una de estas admirables gestas, Abuelas de Plaza de Mayo, asociación que busca reconectar a las familias que se separaron debido a la dictadura del 76'. Ya son más de 109 casos de éxito.

Avenida Diagonal Presidente Roque Sáenz Peña. Debajo corre la Línea D del Subte, Estación Catedral. Al fondo se ve el Obelisco, siempre imponente, y para muchos el fiel representante del machismo, ya sabrán por qué.

Lugar altamente recomendable, por todo y en todo sentido. Naturalmente, con el solo nombre ya hay mucho interés.

Las caminatas deben ser largas, pues solo recorriendo las ciudades es que medianamente se alcanza a percibir su carácter. Lo interesante fue seguir en el recorrido, con la expectativa de lo que me habría de encontrar debajo del brazo, que es donde quedan las axilas y donde se guardan las agendas com muchos recuerdos.


viernes, 13 de noviembre de 2015

De puertas para afuera

Se va acabando el semestre, y por estas semanas la cabeza deambula entre el cansancio y el estrés, entre el agotamiento propio de todo el año y la incertidumbre de si el corte queda arriba de tres. Lo cierto es que con la llegada de fin de año se da inevitablemente uno que otro momento reflexivo, donde todos alguna vez nos hemos preguntado: ¿Qué estoy haciendo con mi vida? ¿Todo esto sí valdrá la pena?

Esas preguntas llegan en un punto de la existencia y sin tener que estar entonado, se los aseguro; lo que sucede es que detrás de ellas viene otra peor: ¿Sí aprendí algo este año? Y va uno a ver y sí, cositas, tipcitos, daticos, porque todo lo que no se procesa y aterriza queda en diminutivo en el cerebro. Es por eso que nos esforzamos mes a mes por darles los mejores datos cocteleros, pues si no aprendieron en clase, buscamos que por lo menos lleguen a la casa con la revista en la axila y queden como unos sabihondos de la cultura pop después de leerla y compartirla. Por algo se empieza.

Decía John Lennon que la vida es eso que pasa mientras estás ocupado haciendo otros planes, y tenía razón, porque a veces vivimos tan aislados dentro de las aulas de clase, bibliotecas y demás templos académicos que se nos olvida el lugar donde hay otro tipo de sabiduría y aprendizaje: la calle. Sí señores, la calle tiene un fuerte lado pedagógico que deberíamos aprovechar más, finalmente esa también va pagada dentro de la matrícula semestral.

Después de la casa y la universidad, la calle es tercer espacio donde más pasamos tiempo, ya sea transitando, esperando un bus, echando ojo y hasta cuidándonos de uno que otro chicungunya con bozo y saco de Warner Bros. Como universitarios amamos la calle, porque es la forma en la que capturamos la realidad de la etapa en la que estamos, y está bien que ella nos enseñe cómo esquivar vendedores de incienso, predicadores furtivos, manifestantes de todo tipo. En la calle se aprende algo que no enseña la universidad: la importancia de perder el tiempo.

En el colegio, ya queremos estar en la universidad; en la universidad, ya queremos ser profesionales; pero cuando empezamos a trabajar nos damos cuenta que la vida no para, que el ritmo adulto tiene su elemento desgastante, y que tal vez faltó disfrutar un poquito más ver personas pasar, tener conversaciones sin sentido o simplemente reír en las escaleras, en la entrada de la cafetería, en el paradero, o donde sea, porque la vida universitaria no es lo mucho que estudiemos, sino las emociones y recuerdos que nos quedan de esos aparentes momentos sin sentido.

Esta es la Mallpocket callejera, la misma que viene del futuro y que espera que la disfruten tanto como nosotros al hacerla. En mi caso personal, esperé esta edición para asegurarles que uno no aprende grandes secretos de la vida haciendo lo mismo en el mismo lugar. Por eso, antes de que sigamos suspendiendo la vida sin aprender a vivirla, sacudámonos y salgamos a correr el riesgo de dedicarnos a ser expertos en el ocio, perdamos el tiempo en los hobbies que a nadie le importan, gastemos los días en lo que nos apasiona pero que nunca nos dará de comer. Hagamos lo que los hace felices, compremos un bajo y hasta una melódica, ensayemos triunfar y también fracasar, vivamos y dejemos vivir, mucho más si es de puertas para afuera.

Ese es mi mensaje, y resulta emotivo porque es mi última edición como Director Creativo de Mallpocket. Agradezco profundamente a este equipo tan maravilloso, pero mucho más a las manos y ojos que nos han leído por más de 35 ediciones. El mundo es de ustedes, así que salgan de la zona de confort y disfruten la vida como debe ser.


Publicado en la Revista Mallpocket del mes de Noviembre de 2015

lunes, 13 de abril de 2015

El club de los 27

Toda la vida soñé con cumplir 27 años, porque se supone que es la edad donde uno ya tiene la vida resuelta, está viviendo de hacer lo que ama y construyendo un legado, o haciendo historia de cualquier forma. Para mí, los 27 significaban plenitud en todas las áreas, y soñaba con vencer la niñez para llegar a ser grande, por lo menos de alma y experiencias porque sabía que la predestinación genética me dejaría siendo un Ávila más promedio cundinamarqués.

De eso me acordé por estos días, cuando llamé a un viejo amigo para felicitarlo por su cumpleaños y en medio de la charla, nos dimos cuenta de que ambos ya llegamos a esa edad donde tendríamos que destacar en algo, o por lo menos estar rozando una supuesta plenitud en varias áreas de la vida. Creo que todo se complica por esa bendita maña que tenemos de compararnos con otros, y es ahí donde empieza la infelicidad.

De niño crecí oyendo música e historias que me hacían pensar que cuando llegara a la edad en la que murieron Kurt Cobain, Jimmy Hendrix, Jim Morrison, Janis Joplin y Brian Jones, sería uno más de ellos, no porque planeara morir inmerso en un mundo de excesos -aunque iba orientado hacia allá-, pero sí por el hecho de haber logrado algo histórico en mi área de interés, que siempre ha rondado los campos creativos. Esperaba que a los 27 ya hubiese grabado varios discos, comedias y prensado libros, es decir, haber vivido muchas cosas que me ha tocado ir corriendo de a pocos para los 30, que es como el deadline final de quienes crecimos en una civilización occidental forzosamente orientada al éxito a toda costa.

A los 27 de mis papás, yo ya había dejado de ser una ecografía y ya era real, de carne, hueso y heces fecales. Pienso en mí mismo siendo papá a esta edad, y me consuelo con cuidar a Colbón y Ágatha, porque lo demás lo veo tan lejano como que me guste la música de Silvestre Dangond, que es mucho decir (aunque se relaciona con las heces que fabrican mis hijos). Sin ir más lejos, a los 27 -y menos-, muchos de mis amigos ya tienen propiedades a su nombre, viven cerca del trabajo, no sufren por el ICETEX y van por el mundo caminando de la mano de alguien que los complementa. Yo, escasamente tengo este blog, unos LP's de The Beatles y varias camisetas envidiables.

Uno vive comparándose con el yo infantil, y es inútil, porque la vida no ha salido como uno la dibujó en aquella tarea del jardín infantil, donde con crayolas plasmamos el futuro tradicional que imaginábamos. Ahora ya tengo 27, y como otro cumpleaños más, no me dolió ni significó algún cambio particular como esperaba. Y es que crecer implica eso, que uno deje de pensar en el carácter milagrero de los días, como si dejarlos pasar fuese suficiente para ser mejor persona. Ahora pienso que aunque he vivido una vida con la cual me siento a gusto, quisiera poder hacer historia y no fama, porque la última es efímera, pero la primera es eterna.

Yo no sé si es tiza en el cerebro, o mucho tiempo de reflexión post Semana Santa, pero creo que llega un punto en la vida donde uno debe tomar partido ante esa insatisfacción de pre adulto contemporáneo, y pensar que esto se trata de hacer algo relevante o de morir en el intento, y para eso lo primero también es dejarse llevar por la inercia de quien ya se ha movido, dejar de remar y permanecer enfocado en el camino personal, donde cada uno escribe su historia de vida y descubre que la plenitud es relativa, pero ser silvestrista es imperdonable.


martes, 4 de diciembre de 2012

Al Rescate

Seré breve: este 2012 cumplí un sueño de 2002. Sí, diez años después. Esa parece ser la tendencia de mi vida real: logro las metas, cumplo los sueños y además los hago públicos tras mucho tiempo de callarlos, de pensarlos y esperarlos. Lo cierto es que la gente cree que eso fue porque todo se dio, o porque corrí con suerte. No es cuestión de suerte, porque esa es la excusa de los mediocres. Yo prefiero ser como Harvey Dent: un promisorio activista que fabrica su suerte, sin llegar a ser un dos caras.

Cuando uno va a acercarse a gente que admira siempre hay una suerte de miedo, porque nadie quiere ver a esos grandes en su humanidad: uno espera que sean como uno los ve; pero estar cerca involucra ver cómo se comportan, si más que posar son como uno cree que son. Lo mejor de conocer a los grandes es precisamente eso: comprobar su humanidad y entender que nadie es digno de ser idolatrado, porque además ellos mismo lo tienen claro. Todo esto alcancé a pensar cuando recibí una llamada sorpresa de una amiga, quien de forma afanada me pidió que la acompañara a Eldorado a recoger a mi banda favorita, que venía desde Argentina y estaba esperando que los recogiéramos. Era real: era yo frente a Sergio Ramos, Rubén López, Marcelo Barrera, Marcelo Tega, Ulises Eyherabide. Era yo, al rescate de Rescate.

Marcelo Barrera (guitarrista) y Rubén López (trompetista y mánager de giras). Desde ese iPhone manejan su Facebook y Twitter oficial. 

De pie Marcelo Tega (bajista), Ulises Eyherabide (guitarra y voz) y Sergio Ramos (batería) comiendo granos de café colombianos mientras contaban del vuelo.

Como siempre he creído que la integridad de un artista se ve cuando está abajo de la tarima, cuando es un mortal más, me impactó verlos ahí, tan personas, tan sencillos, tan descomplicados a pesar de haber dormido tan solo una hora. La noche anterior, Rescate estaba tocando frente a más de 15 000 argentinos en un evento llamado Rock & Vida, una especie de festival ecuménico en torno a la prevención del VIH. Fue lo primero que me contaron, aunque ya lo sabía. Así como sabía sus nombres completos, estados civiles y demás información básica. Eso siempre me ha pasado: me vuelvo especialista en lo que me gusta, para ahí sí poder hablar con autoridad del tema.

Los que me conocen, saben que Rescate para mí es como The Beatles para Manolo Bellón, o U2 para alguien a quien le guste mucho U2, o como Arcángel para mi hermano. Cuando uno ama una banda, uno sueña con ese momento en el que les podrá preguntar mil cosas, de sus canciones, de sus letras, de sus historias de vida. Hablamos de Álex Campos, de la MCI, de sus conciertos en Bogotá, de los discos difíciles de conseguir, del libro que Ulises escribió, de sus hijos y sus pequeñas bandas, de Colcafé, del Sida, de sus Iglesias en Rosario, de mi Iglesia en Bogotá, de Dios.

Hablamos de música y se enteraron que yo era bajista. Me sorprendió la naturalidad con la que Marcelo Tega me ofreció su Soame, me contó que lo hizo un luthier argentino y que hasta me lo podía vender si me había gustado. Le di las gracias y le conté que toco con Lakland y de ahí no me moveré por ahora. No sé si alguien logre comprender esto, pero para un músico compartir el instrumento con que atacará esa misma noche, es un acto de confianza e intimidad que involucra responsabilidad. Probé el bajo y fue increíble. No me lavé las manos desde ese día.


Aunque era un bajo, le di como a violín prestado. Nótese al fondo que seguridad y policía ya venían a apresarme, tan solo por tener bigote hipster.

Hasta este punto, muchos de ustedes, oh amados caba-ñeros y caba-ñeras, pueden estar pensando que soy una groupie bigotuda y desesperada, que además me excedo, que soy un idólatra, que maldito el hombre que confía en el hombre y cuando insulto santo se les ocurra. No me interesa. Lo cierto es que me doy por bien servido, porque creo en un Dios que inclusive alcahuetea los sueños tontos, esos que no tienen que ver con grandes gestas humanitarias ni de salvación, aunque en mi caso sí.

Rescate fue la banda que me mostró que ser cristiano no era vivir en ñoñería ni en falsa espiritualidad, que me llevó a plantarme en una Iglesia y a construir una relación con Dios, que me retó a salir a la calle a meterme en problemas que no me competían, todo por una razón. Gracias a su música entendí la importancia de una espiritualidad aplicada, mucho más en una era donde Dios da el paso pero a nosotros nos compete hacer nuestra parte.  Iba a escribir que "Rescate me rescató", pero creo que es un titular predecible y además obvio. Obvio que así fue y así ha sido.

Rescate y yo tenemos algo en común: seguimos la luz aunque no lo parezca.

Hasta ahí podría darme por bien servido, pero si algo aprendí este 2012 es que las bendiciones de Dios llegan completas, no a medias. Si ver a la banda favorita de uno en vivo ya es algo grande, hablar con ellos, montar en la misma van y llevarlos a almorzar en un reconocido restaurante de hamburguesas es más que una credencial VIP, es algo indescriptible. Tan indescriptible como a lo lejos oír un par de voces pregonar: "¡Esos son los de Rescate. Hola, Rescate!". Ahí me congelé, porque reconocí perfectamente ante quiénes estaba ahora.

Lo que sucedió después merece entrada aparte. O sea, dele clic aquí para saber qué pasó después.


@benditoavila

miércoles, 27 de junio de 2012

Rewind

Estos días he estado haciéndome un sinfín de preguntas acerca de mi vida actual, de mis sueños, percepciones, pero sobre todo de cómo imaginaba todo esto hace aproximadamente diez años. Lo único que he podido concluir es que definitivamente las primeras pasiones no se deben ocultar. Las bajas tal vez sí, porque a la luz de lo espiritual lo instintivo no tiene lugar. Me di cuenta de que lo más nocivo que alguien puede hacerse a sí mismo es enterrar sus sueños de infancia, pues aunque detrás de ellos no haya mucha plata o aparente alcurnia, generalmente es en el momento de perseguirlos donde está la pasión y el gusto, y en el encontrarlos la más grande de las realizaciones personales.

Hace diez años quería dedicarme a la música. Recuerdo pasar los días oyendo todo tipo de sonidos, escarbando en el por qué de cada nota, armonía, ritmo y demás. Lo curioso es que lo disfrutaba mucho y además tenía una extraña habilidad: podía identificar la tonalidad de cualquier sonido que oyera, razón por la que deducía con unas pocas notas en qué tonalidad estaban las canciones y así mismo cuáles notas venían en camino. Empecé en la música como el cúmulo de la prole, es decir, tocando el cumpleaños feliz en flauta dulce. De ahí pasé a recibir una organeta Yamaha en la navidad del 98', con la que interpelé a sacar a oído melodías de The Beatles. Eran días muy diferentes.

El primer escenario donde alguien puede darle rienda suelta a una habilidad es el colegio. Es aquí donde se reafirman, enfocan o eliminan los talentos de las personas. De ahí que me oponga tanto a aquellos colegios que en su corte tradicional no saben leer otro tipo de habilidades más allá de saber factorizar o entender principios de la termodinámica de manera temprana. No es mi caso, pues aunque estudié en un colegio de curas dominicos -de los más godos posibles-, no pasó mucho tiempo para que estuviera distinguiéndome por tocar las congas en la orquesta escolar. Resulta más curioso que el día que decidimos emanciparnos del tropicalismo y darle la bienvenida al rock,  por alguna extraña razón nadie daba con el chiste métrico de la batería. Así que sin entender lo que hacía me senté a explicarle al baterista de turno cómo yo oía que sonaba y cómo creía que debía tocarse. Pasaron dos semanas y este baterista se dedicó al fútbol, dejándome el banquillo vacío.

Tuve entonces una banda de rock llamada Caos. El nombre no era gratuito, pues lo único que teníamos era dones innatos que tristemente sin disciplina no son suficientes para avanzar en nada en la vida. Tocábamos selecto rock en español, canciones sueltas que nos gustaban, o que veíamos como retos sonoros y así. Era un caos ecléctico, pero era nuestro terruño y lo que nos daba inmunidad ante los curas y sus deseos de hacernos ingenieros a toda costa. Lo malo era que de Caos todos siguieron ese llamado profesional y yo, como solía suceder antes de 2002, veía desplomarse todo en lo que creía.

En 2002 mi vida se partió en dos. Es el año de mi a.C. - d.C., porque efectivamente conocí de Jesús y eso pone sobre el tapete una urdimbre enmarañada que va uno a ver y es la propia existencia. Entendí que necesitaba un salvador personal, así que mi vida encontró sentido incluyendo en lo musical: tuve una conversión divertida que me llevó a dejar de tocarle el órgano al diablo y me llevó a caminar en calles de oro, cargando un bajo de cuatro cuerdas que accedí a estudiar por curiosidad y porque no había bajista en la Iglesia local de la época. Ahí supe que Dios ama el bajo, es decir el instrumento, porque a mí me ha amado desde antes.

Toda esta parafernalia melosa pasó por mi cabeza por estos días, tiempo en el que entre chiste y chanza ese don ha salido a flote ante el asombro de la gente, quienes todavía no entienden por qué no he tocado en público, o por qué no he vuelto a grabar bajos como en las viejas épocas, o por qué no he intentado tocar en la Iglesia y así. A todos les explico que la música sigue corriendo por mis venas, que está en mi top tres de intereses y que tengo claro que rendiré cuentas de lo que hice con mi don, así que es cuestión de tomar en serio a Cerati cuando decía "Me verás volver" y pensar que soy yo diciéndolo lejos de un estado vegetal.


@benditoavila