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jueves, 19 de noviembre de 2015

Chao Icetex

Desde que me fui a dar una vuelta por el universo y dejé de publicar, prometí volver cuando tuviera algo interesante por contar. Y la verdad es que me fui a escribir mi vida, sobre todo la financiera, porque esa es una de las responsabilidades que tenemos los clase media aspiracional al crecer. Los que me conocen, o en su defecto me leen, saben que llevo unos diez largos años en la más estable de las relaciones que cualquier hombre puede tener, y es el amor a su culebra, o mejor, la atadura a una deuda, para no generar controversias entre Adán y Eva.

Estudié la carrera con crédito educativo del ICETEX, y mal haría yo en hablarles pestes de esta entidad a la que, siendo sinceros, debo agradecerle por creer en mí, en mi codeudor y en mi supuesto talento profesional, pues eso de que le presten plata a uno para "pagarla cuando tenga trabajo" es un voto de confianza bonito de parte del Estado. Lo cierto es que como todo en mi vida, llega un momento de desbaratar pactos, adicionarle un otrosí a los contratos verbales, renunciar a lo cómodo en pos de algo mayor.


Ahora es el Icetex el que me debe. Otra foto que siempre quise tomar.

Así es. Esta foto es la constancia de que soy libre financieramente, pero tomarla costó sacrificar varios sueños, renunciar a mecatiármela en cositas, abstenerme de viajar a mi antojo y hasta meter mi vida amorosa al freezer, porque eso de conquistar a una mujer es una fuerte inversión con cara de pasivo fijo que los endeudados generalmente no podemos sostener.

Ahora que soy libre sufro un poco, porque con este logro mueren los chistes referenciados y gran parte de mi material creativo. Ya no habrán tuits repulsivos quejándome de no haber nacido en cuna de oro, ni mucho menos ataques existencialistas por no haber tenido de otra. Pagar las deudas, en parte, es una manera de purificarse y de invertir en un futuro donde no haya grilletes de ninguna clase, es crecer ligeramente, es perder las excusas para no triunfar en la vida, porque ahora el camino ha sido allanado.

Esa catarsis mental parte de aprender a pensar mejor, porque todos heredamos conceptos financieros de nuestra familia, quienes los heredaron de la tradición, y así vivimos pensando que la única forma de conseguir las cosas es pegándose senda endeudada con un banco que después reclamará el favor cobrando lo que no está escrito en intereses. He aprendido que estar endeudado no es deberle plata a alguien, es haber dejado de pagar, que es distinto, y eso nos lleva a ver que sí, vamos a necesitar pedir prestado, pero siempre y cuando tengamos claro el por qué, para qué y hasta cuándo de la deuda, las cosas detonan distinto.

Pero lo bueno es que como me acostumbré a sacar una parte de los ingresos freelanceros para el Icetex, a lo mejor la disciplina ahorrativa se traduzca en un nuevo ingreso, pro viajes, pro carro, pro familia. Ahora siento que por fin la vida brilla, y como que dan ganas de seguir creyendo en un porvenir distinto, donde en vez de cuotas mensuales y recibos vampirescos, hay alas e ideas para seguir volando. Ya sin deudas, prometo seguir disfrutando la vida, finalmente el excedente por fin se quedará de este lado.

lunes, 13 de abril de 2015

El club de los 27

Toda la vida soñé con cumplir 27 años, porque se supone que es la edad donde uno ya tiene la vida resuelta, está viviendo de hacer lo que ama y construyendo un legado, o haciendo historia de cualquier forma. Para mí, los 27 significaban plenitud en todas las áreas, y soñaba con vencer la niñez para llegar a ser grande, por lo menos de alma y experiencias porque sabía que la predestinación genética me dejaría siendo un Ávila más promedio cundinamarqués.

De eso me acordé por estos días, cuando llamé a un viejo amigo para felicitarlo por su cumpleaños y en medio de la charla, nos dimos cuenta de que ambos ya llegamos a esa edad donde tendríamos que destacar en algo, o por lo menos estar rozando una supuesta plenitud en varias áreas de la vida. Creo que todo se complica por esa bendita maña que tenemos de compararnos con otros, y es ahí donde empieza la infelicidad.

De niño crecí oyendo música e historias que me hacían pensar que cuando llegara a la edad en la que murieron Kurt Cobain, Jimmy Hendrix, Jim Morrison, Janis Joplin y Brian Jones, sería uno más de ellos, no porque planeara morir inmerso en un mundo de excesos -aunque iba orientado hacia allá-, pero sí por el hecho de haber logrado algo histórico en mi área de interés, que siempre ha rondado los campos creativos. Esperaba que a los 27 ya hubiese grabado varios discos, comedias y prensado libros, es decir, haber vivido muchas cosas que me ha tocado ir corriendo de a pocos para los 30, que es como el deadline final de quienes crecimos en una civilización occidental forzosamente orientada al éxito a toda costa.

A los 27 de mis papás, yo ya había dejado de ser una ecografía y ya era real, de carne, hueso y heces fecales. Pienso en mí mismo siendo papá a esta edad, y me consuelo con cuidar a Colbón y Ágatha, porque lo demás lo veo tan lejano como que me guste la música de Silvestre Dangond, que es mucho decir (aunque se relaciona con las heces que fabrican mis hijos). Sin ir más lejos, a los 27 -y menos-, muchos de mis amigos ya tienen propiedades a su nombre, viven cerca del trabajo, no sufren por el ICETEX y van por el mundo caminando de la mano de alguien que los complementa. Yo, escasamente tengo este blog, unos LP's de The Beatles y varias camisetas envidiables.

Uno vive comparándose con el yo infantil, y es inútil, porque la vida no ha salido como uno la dibujó en aquella tarea del jardín infantil, donde con crayolas plasmamos el futuro tradicional que imaginábamos. Ahora ya tengo 27, y como otro cumpleaños más, no me dolió ni significó algún cambio particular como esperaba. Y es que crecer implica eso, que uno deje de pensar en el carácter milagrero de los días, como si dejarlos pasar fuese suficiente para ser mejor persona. Ahora pienso que aunque he vivido una vida con la cual me siento a gusto, quisiera poder hacer historia y no fama, porque la última es efímera, pero la primera es eterna.

Yo no sé si es tiza en el cerebro, o mucho tiempo de reflexión post Semana Santa, pero creo que llega un punto en la vida donde uno debe tomar partido ante esa insatisfacción de pre adulto contemporáneo, y pensar que esto se trata de hacer algo relevante o de morir en el intento, y para eso lo primero también es dejarse llevar por la inercia de quien ya se ha movido, dejar de remar y permanecer enfocado en el camino personal, donde cada uno escribe su historia de vida y descubre que la plenitud es relativa, pero ser silvestrista es imperdonable.


lunes, 7 de octubre de 2013

Tuiterología

Llevo dos años con una cuenta en Twitter, que para efectos del español pulcro siempre he llamado Tuiter, así a secas. Me fastidian esos anglicismos del arribista promedio, que pronuncia Tuirer pero se jacta de usar bluyins negros, tomar Coacola y vacacionar en Uropa. En fin, esto confirma lo que he concluido en estos días: Tuiter me afecta porque siempre saca lo peor de mí.

Ya no lo disfruto como antes, cuando pensaba que se trataba de mencionar a Chespirito y mandarle elogios. Luego entendí que el truco era tuitear y ya, pero la cosa se complicó. Antes me dejaba llevar simplemente por la cultura del microblogging y decía barbaridades para que no se me olvidaran, casi como una libreta de apuntes virtual y pública. Pero luego entré en una carrera de ratas en búsqueda de seguidores, como si de eso dependiera mi libertad del Icetex.

Escribo una que otra verdad bíblica y de a puño, pero la gran mayoría de tuits son idioteces que no sé por qué algunos sobrevaloran como si fuese la verdad revelada. Eso es algo que me preocupa, el nivel de literalidad de mucho tuitero amateur. La gente se toma todo muy en serio, me leen al pie de la letra y eso es triste, porque no hay nada más frustrante que tener que explicar el chiste. El problema es que empecé a darme a conocer, y con eso vinieron seguidores que no merezco, como pastores, comediantes, periodistas, medios de comunicación y Rescate, mi banda favorita. Se me hizo extraño, porque con las idioteces que escribo lo que merezco es que me ignoren y hasta me bloqueen.

Hace poco superé lo 7000 tuits y entré en crisis, porque me di cuenta que Tuiter es un termómetro perverso de aceptación de ideas. No sufro cuando la gente me elimina de Facebook, porque allá se muestra es carne y cristianos pidiendo la mano. En Tuiter uno muestra intelecto y puntos de vistas, donde el ego y el orgullo arman un nido placentero en el que se besan, o algo así. Vivo obsesionado con los ojos encima del número de seguidores, y sufro cuando se reducen, porque es como si me estuvieran rechazando. Luego llegan otros y remplazan las vacantes, entonces vuelve a mí la paz de siempre, la del enfermo digital.

Ya dije que me sigue gente que admiro, y ese es otro problema. Me la paso pensando en qué publicar, para descrestarlos, pero también para no embarrarla y que tomen la decisión de irse. De vez en cuando me paso por sus cuentas a verificar si todavía me siguen, si no se han arrepentido ante tanta incoherencia y verborrea mal ponderada. Digo incoherencia porque la gente cree que uno es eso que postea, y va uno a ver y sí se parece, pero en realidad lo que he hecho es construir un personaje de mí mismo, un avatar al que juzgan y admiran pero en la vida real es tan simple como desilusionante.

Lo peor de todo es que no planeo irme de Tuiter. He hecho ayunos esporádicos para curarme la opinadera, y han funcionado. Pero vuelven a mí esas ganas de tuitear, como buscando que detrás de mi testimonio de vida (el mío, no el del avatar) la gente disfrute y conozca algo de lo que creo y pienso. Solo busco que entiendan que esto es un juego, que no es la vida real y que por lo tanto da licencias para una ficción comprada, acomodada y ante todo irónica.

Ahora me iré a tuitear, porque hay cosas que nadie más hará por uno.

martes, 19 de marzo de 2013

Parsimonia


Lo malo de tener tres trabajos, seis roles personales y uno que otro trastorno, es que no puedo darme el lujo de perder ni un solo segundo. Para mí, egresado universitario y endeudado empleado hasta la médula con el Icetex, el tiempo se ha vuelto mi valor más preciado. Es lo único que tengo y además puedo ofrecer. Suena tonto, pero valoro mi tiempo y no lo desperdicio si no le veo provecho. Así que quedarme en un Éxito en la Clínica Cafam, esperando dos horas para un elegante evento con otros oficinistas es un lujo que me duele tomar. Lo bueno es cuando por algún giro del destino esos tiempos de espera traen sorpresas y permiten presenciar cuadros como este:

 Perdonen el píxel. Mi teléfono es más bruto que inteligente.

Es una calurosa tarde capitalina, así que decido entrar al Éxito (que entre otras cosas debería pagarme por mencionarlo más de dos veces) a cambiar un billete de alta denominación como siempre lo hago: comprando papas naturales y helado. Ya adentro, sudando el gabán y cargando una la maleta repleta de libros que a la fecha nada que termino de leer, acepto seguir un rompetráfico que reza: Cafetería Pública. Me causa curiosidad eso, que un almacén capitalistamente salvaje que además se devoró a Cafam, mi preferido de infancia, ofreciera un espacio tan democrático, así que tomo asiento para hacer lo que menos me gusta en esta puerca vida: esperar.

Esperar cuesta, duele y desespera. El tiempo se congela mientras más uno espera que avance, como si la eternidad hiciera su entrada. A mí me cansa tanta mamertada y hippismo literario, porque detrás de esas letras románticas hay un escritor diluyendo la acción, enmorcillando y alargando lo que se podría contar con prontitud. Mientras me siento, destapo las papas y las como afanado, como si de mis masticadas dependiera el avance cronológico. Lo curioso es cuando me doy cuenta de que suena una canción que contrasta directamente con lo que veo, como una música incidental de la vida real:

  Ídem.
 
Si hay un lugar que raya en la inutilidad, es una cafetería sin comida. En esta la especialidad es el deleite, no de oído ni de gusto, sino de caldo de ojo emotivo producido por ver a un grupo de ancianos leyendo revistas de farándula con el mayor de los placeres. Todos parecen tener algo en común, además de su edad: llegan con su revista bajo el brazo y con la más tranquila de las parsimonias, como burlándose del trajín de vida en el que el resto de los mortales vivimos.

¿Sabe dónde están sus abuelos en este momento? Yo sí: bajo tierra. Pero estos abuelos de otros siguen ahí, ante mi mirada, en silencio y salidos de la realidad esperando que vengan a recogerlos, aunque en el fondo pareciera que salir a leer revistas gratis es lo más extremo que han hecho las últimas semanas. Algunos ríen, otros se congelan, los demás se duermen con el libro entre sus dedos, en una especie de rigor mortis involuntario. Pero lo que todos hacen en común es ensalivarse el dedo para pasar la página, práctica que me parece tan tierna y metafórica, como si buscaran saborear y deglutir todo ese contenido actual y farandulero que a veces se resiste a incluirlos.


Por fin alguien más entra a cuadro: es la hija de una de las ancianas, quien viene con el mercado terminado de pagar y afanadamente le estira un par de revistas más mientras se la lleva. La anciana se pone feliz, pues no ha leído esa última edición de 15 minutos, donde se relatan los detalles de la boda de Pedro Palacio y Sandra Mazuera en Las Vegas. Su hija la afana y le pide que salgan, porque se hace tarde. Le chasca los dedos, como si con ello le encendiera algún switch escondido en aquella arrugada nuca. Tal parece que para algunos hijos, los ancianos son esas compañías para hacer vueltas y que para entretenerlos hay que dejarlos por ahí, como en una guardería con letras y caras bonitas en papel.


¿Puedo sentarme? pregunta con gran decencia. Le digo que sí. En primer plano, los restos del cono que me comí y la factura de lo que pagué.

El que se sienta en mi mesa trae una revista de viajes, la cual ojea por encima. Veo que le causa curiosidad uno que otro vestido jovial de vacacionista, pero sigue con su rápido escaneo porque debajo trae otra publicación, una que quiere leer pronto porque habla del papa Francisco y su afición al fútbol. A estas alturas, no sé ni cuánto tiempo ha pasado, ni me importa, porque si algo envidio de todos estos ancianos es ver que tienen claro el verdadero concepto de productividad: disfrutar la vida perdiendo el tiempo.

Los empiezo a ver con ligero resentimiento, porque suelo vivir en una onda diametralmente opuesta a su Slow Down Lifestyle. Mi tranquilidad se esfuma cuando recuerdo todo el trabajo que tengo represado, la plata que no tengo, los minutos que quiero invertir en otros lugares que no sean de paso. Justo ahí, recuerdo que ellos ya vivieron las etapas de siembra y entrega por las cuales transcurro en la actualidad, pues en sus arrugas y canas se esconden años de trabajo, sacrificios y demás actos altruistas por los cuales hoy pueden dedicarse tan solo a hacer nada.


Sueño con que llegue el día en que me dedique a cosechar todo lo que pude sembrar en vida, en el que en algún lugar paradisíaco me dedique a descansar, escribir y disfrutar mi vejez leyendo revistas de farándula. Uno vive afanado por casarse y tener hijos, para saber que el deleite está en el hoy, episodio donde se construye todo ese mañana al cual espera llegar. Me fui de ahí con algunas de esas revistas, las cuales pienso guardar para cuando llegue mi hora.


@benditoavila

miércoles, 30 de enero de 2013

Fiebre de cura cabañera

 Aquí, encerrado en mi casa un día de 2010 en el que me quedé sin trabajo y para salir de pobre y no volverme loco, creé este blog cristi-maléfico.


Navegando y perdiendo el tiempo en Internet, que es lo que una mente oficinista sana realmente hace, encontré que esto de La Fiebre de las Cabañas ya es un problema de salubridad cristiana privada, que esto de generar revueltas santas tiene su precio y su very very. Un señor de los Anillos llamado Ryn Gargulinski, que después de buscar en Google resultó ser señora, escribió Cómo curar la fiebre de cabaña, pues resulta que sí se le tiene el remedio a fiebres tan enfermizas como la amarilla, la de sábado en la noche y esta. Aquí la versión caba-ñera.


Es invierno en Bogotá. Hace frío y estás lejos de casa. Hace tiempo que estás sentado sobre esa piedra, pero como está oscuro, te preguntas para qué sirven las piedras. Y quieres gritar. No porque tengas miedo de la fría oscuridad del invierno, sino porque un atracador con saco de Warner Bros está adelante tuyo, con la cara cortada y el bozo más afilado que el cuchillo que te empuña. Estás perdiendo la cabeza, porque no salías de casa y andabas encerrado durante días. Este encierro, que además tiene un hijo llamado desempleo y un primero mejor conocido como repulsión a que el cerebro se averie, ha terminado con llevarte a hacer un blog que terminó conociéndose como La Fiebre de las Cabañas, porque como te pareces a Woody Allen, Chespirito y al Jack Torrance de El Resplandor, había que sacar algo con eso. La Fiebre de las Cabañas puede afligir incluso a las personas más alegres y religiosas, así que no te sientas solo en tu locura porque los caba-ñeros somos más. Tampoco te sientes y te regocijes en ella, ni que fuera silla. Estos consejos te ayudarán a superar La Fiebre de las Cabañas,  e incluso a divertirte un poco. Que viva.

Nivel de dificultad: Moderadamente imposible

Necesitarás: Dejar de ser tan Lámpara y ver la realidad con el espectro completo

Instrucciones:

1. Duerme lo necesario. Los osos hibernan durante meses y no hay nada que te impida imitar ese comportamiento, salvo el aspecto de morsa amorfa que lograrás y una que otra burla que de este servidor recibirás. Para eso está el invierno, para sacar de sus garras algo inédito, algo creativo, algo musical. Dormir es una buena forma de evasión y también una forma de descansar para estar preparado para la primavera y el verano que te esperan, pero como vivimos en un país sin estaciones, resígnate a enfrentar tus problemas así llueva, truene o relampaguee. Si no puedes dormirte en el momento, ayúdate leyendo algún material aburrido, como las páginas financieras del periódico, el libro de Números u Orgullo y Prejuicio; o consigue algunos CD de reggae roots o jazz que te ayuden a relajar.


2.Báñate y perfúmate. Los baños son otra forma de evasión que relajan, matan el tiempo y sencillamente te hacen sentir bien. Ten cuidado con el exceso de agua caliente, no vaya a ser que despiertes el amor antes de tiempo. Te diría que hagas una profesión de comprar montones de jabón de baño, aceite y otras cosas divertidas que puedas poner en la tina, pero como eres pobre, pagas Icetex y además algún servicio público que nunca usas en donde vives, dúchate y sal rápido antes de que el taco se salte de nuevo, como la vez que tu abuela se electrocutó por pasarse de tiempo. Haz una gran compra de productos de baño cada otoño del patriarca para proveerte en el invierno que llega. Asegúrate de incluir incienso comprado con monedas de baja gama a algún punkero en la calle, CD de música clásica y velas aromáticas, como dice tu horóscopo cristiano, en el cual eres sanguíneo, colérico, melancólico o flemático.

3. Consigue una lámpara de espectro completo, o en su defecto deja de ser tan Lámpara y ve la realidad con el espectro completo. Como la luz del sol es escasa, y lo esencial es invisible para los ojos como decía el Principito, pide una grúa que te ayude a levantar tu ánimo, ojalá de esas que han estado cerca de muchos postes para que con una luz te estimulen. Estas cosas hacen maravillas y se pueden adquirir en las tiendas de muebles o en Internet, lugares donde ni se compra ni se vende el cariño verdadero, ni mucho menos la decencia y la integridad.

4.  Permítete el lujo de tener un hobbit. Son muy Ávila: pequeños, confiables, caribonitos y ariscos cuando toca. Cuando hayas dormido y te hayas duchado por segunda vez, búscate alguna tarea divertida, como limpiarle los restos de Corega a algún anciano de tu localidad. Quizás te guste hacer punto pero no hayas tocado las agujas en siglos, porque lo tuyo era el perico. Quizás quieras retomar tus habilidades con la pintura, escultura, fleteo, cosquilleo y demás distracciones de tu pubertad. Hasta las empresas menos creativas, como organizar ese armario del que siempre caen cosas sobre tu cabeza, pueden mantenerte ocupado y hacerte sentir productivo.Esta parte sí queda tal cual.

5. Sal afuera de todos modos, porque eso de salir adentro suena muy feo y hasta ilógico. Cuando hayas visto que has pasado más aceite que un R9 y ya no lo puedes soportar, vístete y sal fuera, porque ya se dijo que a adentro solo salen los retrasados. Intenta escoger un día que no tenga una tormenta de ideas tan terrible como las peleas de Santos y Uribe, y asegúrate de vestirte adecuada y decorosamente. Gorro, guantes, bóxers, botas, baby doll, abrigo grueso, calzoncillos largos, bufanda: ponte lo que encuentres. Llévate la cámara de gas para hacer algunas fotos tuyas ahogándote; cuando vuelvas luego, podrás pasarte horas haciendo un collage con ellas, un plan más emocionante que la noche de siluetas de Skinner.

6. Sal de la ciudad, y del mundo si es posible. Los casos más graves en La Fiebre de las Cabañas han iniciado con gente insatisfecha ante lo que el sistema les quiere meter. Te beneficiará mucho comprarte un perro, una gata o algún tiquete a Los Ángeles. Si no puedes permitirte un viaje así, haz unas mini vacaciones a La Castellana, a La Vecindad o incluso a un centro comercial en donde puedas moverte y revitalizarte gratis.


 @benditoavila

viernes, 16 de noviembre de 2012

Medidas completas

Se supone que una casa es un refugio ante el apremiante ahogo de la calle, que un interior siempre será más barato y fácil para grabar que un exterior, que adentro hay más calor y abrigo que afuera. Parecen lecciones pre-kinder de Plaza Sésamo, pero hasta ahora las pude aterrizar, mucho más cuando viví en carne propia la transformación de una simple ducha casera en un arma asesina, electrocutante y enervante, algo que se opone totalmente al concepto de hogar.  

La solución ante la ducha fue, desde el principio, cambiarla; cosa que por fin se pudo hacer gracias a la ayuda del celador, quien a estas alturas ha sido el hombre no solo de la casa, sino de todo el conjunto. A él le agradezco por despedirme a diario con un "Buen día, campeón", o "¿Cómo le fue, Luisito?". Es todo lo que recuerdo de afecto masculino desde que mi papá se fue.Ya no sufro por eso, solo una que otra noche en la que necesito consejo emocional, o cuando no sé en qué gastar la fortuna que estoy ganando con mis tres trabajos (guiño guiño). No sé si gastarlos pagando el Icetex, o viajando sin pensar en nada más, o endeudándome con otro antojo, o pagando alguna otra deuda heredada.

Cambiamos la ducha y nos ahorramos las electrocutadas, pero ¿por qué será que uno parece disfrutar eso de vivir al límite, al extremo de perderlo todo, al filo del abismo? Uno pasa la vida decidiendo a medias, como jugando con lo que debe cortar de raíz. No soy alguien radicalista y ortodoxo, pero empiezo a darme cuenta de que son las decisiones completas las que realmente funcionan. Si uno decide a medias, obtendrá libertades y frutos a medias. Si uno opta por ser un medio amigo, medio buen oficinista, o inclusive un medio cristiano, fracasará exitosamente. La vida no está ni para aguas tibias ni para duchas rotas.

En el fondo admiro a aquellos hippies aventureros (los admiro por aventureros, no por mugrosos) que en arrebatos emocionales de un día para otro, deciden renunciar a su trabajo, quitarse el grillete de la corbata y salir a bailar en la pradera mientras comen sánduches. Los critico por mamertos y hasta mediocres, pero a la vez quisiera tener los pantalones y los testículos para no vivir frustrado haciendo lo que me tocó. Todavía recuerdo mis sueños preadolescentes, en los que era locutor de radio, Dj de turno, bajista y cantante de una banda de reggae, viajero frecuente y comediante. Veo el hoy y estoy en un cubículo, pataleando para abrirme cancha en un medio en el que estoy seguro no estaré para siempre.

En el fondo, usted y yo anhelamos eso: tomar medidas completas, calvearnos y dejarnos la barba completa, pero somos tan cobardes y miedosos que preferimos la comodidad antes que la búsqueda personal de realización. Nos gusta lo predecible, lo que se ve políticamente correcto, lo fácil, lo ligero. Lo cierto es que por estos días aprendí que para tomar medidas completas se necesita persistencia poderosa, porque después de dar el paso es normal sentir miedo y desear la apacible cárcel.

No quiero ser de esos que se quedaron con el dolor de crecer de mentiras, sin haber vivido lo que soñaron de niños. Mucho menos me interesa volver atrás, como aquel pisco que después de terminar con esa exnovia diabólica y absorvente decide cangrejearse, como el perro vuelve a su vótimo, por miedo a quedarse solo para siempre. Lo mío es revisar la escaleta, reenfocar la brújula y creer, que es lo que queda  cuando uno ya ha hecho su parte.


@benditoavila

jueves, 1 de noviembre de 2012

Estructura


Hoy estoy escribiendo muy mal. Sin norte, sin estructura, sin saber ni por qué lo hago. Ah claro, para poder pasar la cuenta de cobro y sostener un prestigio que ni siquiera habla de quién soy. El oficinismo salvaje es así, nos compara y forra como salchichas hechas en tanda buscando que no hagamos obras de arte, sino producción en serie. En serie que en serio no quiero sonar a artista mamerto -es como ser hippie con billete-, solo que experimento una turbulencia mental y creativa propias de los mayas, el fracaso emocional, la peste negra, los malentendidos por tuits sacados de contexto, la pobreza en África y por supuesto Samy. Eso es lo fácil, culpar al Alcalde Diamante, nuestra versión local de Sandy.

Son días en los que me devuelven todos los libretos porque o no se ajustan a producción, o están defasados en farsa, o la estructura no está clara. Mando los artículos para la revista y me alegan porque no tienen estructura, porque las ideas están pegadas con babas y los párrafos no cumplen la promesa de la introducción. Me senté a pensar eso y en definitiva, desestructurar la cabeza parece no ser tan bueno como pensaba. He vivido huyéndole a la estructura para comprobar que es necesaria.

Hace mucho dejé de pensar que la vida era un cubo de tres dimensiones y ahora la veo como un caleidoscopio rellenito de aristas por explorar. No soy un sujeto unidimensional, soy un yo que debe acompañarse de miles de adjetivos: el Luis Carlos oficinista no es el mismo al Luis Carlos hijo, ni al Luis Carlos melómano aunque se parezca al Luis Carlos libretista. Todos soy yo, pero ninguno podría resumirme. Lo malo de crecer es eso, que todas las estructuras sociales nos quieren encajar en una sola versión de uno mismo, como si con eso se asegurara un individuo social provechoso que nunca se rebelará ante el sistema. Así no funciona, Gran Hermano.

La estructura tiene esa función: pretender estandarizar el producto comercialmente, pues a nadie le pagan por decir lo que cree tan abiertamente, a menos que sea Fernando Gaitán o Adolfo Zableh. A mí, como todavía me faltan billones de letras por aterrizar, de personajes por crear, de peleas por cazar y hasta de ideas por bajar del cielo -que es en donde reposa la creatividad-, me toca sacudirme la cabeza y el bolsillo para pagar con entregas mediocres los recibos mensuales del Icetex mientras además alimento a mi lindo hijo caba-ñero.

No es resignación ni reclamo, solo que uno una debe confundir su identidad, lo que en realidad es, con lo que hace y como se ve haciéndolo. Ahí empiezan los problemas, cuando uno no aprende que la crítica no es personal ni ataca la esencia del creativo, solo su trabajo mediocre. Entonces no queda más que persistir y aventurarse a esperar la siguiente ráfaga de creatividad divina, de esa que llega en grupos de a 3 y vence a los otros 97 tríos mientras pasa.


@benditoavila

viernes, 3 de agosto de 2012

Aire

Voy montado en un avión de American Airlines con destino a Miami, porque como desde Bogotá no hay vuelos directos hacia Los Angeles debí hacer conexión ahí. No soy de la clase de personas que salen del país con frecuencia, de hecho esta es mi segunda vez. Lo cierto es que con la primera bastó para darme cuenta de lo que viajar implica en mi vida. Viajar es renacer, es abrir la cabeza para cosas nuevas, es respirar un poco el aire del jardín vecino, no para ver si tiene el pasto más verde, pero sí para preguntarle cómo lo logró.

Como buen oficinista que además le da su sangre al Icetex, ahorré comidas, salidas y hasta lujos para poder venir a gastar aquí hasta lo que no tengo. Aún sigo pagándole a un par de mecenas, pero vale la pena cuando se ve el nombre de uno en el tiquete. Los expertos en viajes sugieren comprar tiquetes por lo menos con dos meses de anticipación, pues esto permite acceder a buenos precios y además a ciertos privilegios por si se liberan cupos. No tuve ningún privilegio aparte de poder escoger mi silla, algo que las aerolíneas ni al más rastrero de los oficinistas.

Lo único que Andrés López y yo tenemos además de la colombianidad es que ambos pedimos la ventana.  Él para meter sus discursos de cienciología, yo para que nadie me joda cuando esté viendo la película y además para poder tomarle fotos a las alas del avión, por si pasa algo para quede el registro del imperfecto. Lo triste es que el cálculo me falló y este avión tiene la estructura de una flota: pantallas en el centro, baño al final y mucha gente usando sombreros con ganas de conversar. Sí, los sombreros conversan con tanto color y rechinancia. Hasta ahora American Airlines y el Bolivariano se dan parejo.

Hay de todo aquí, pero me causa curiosidad una pareja americana que parece montar en aviones como yo en Transmilenios: con propiedad porque no hay nada más. Las azafatas los saludan de beso, les hacen notar que hasta han bajado de peso desde la última vez que viajaron con algunas de ellas. Se abrazan y sonríen en un acto que para mí no es gratuito, pues ya me imagino a quiénes les servirán primero el Omelette.

Viene el despegue y con él se activa mi sirena espiritual, aquella cómoda alarma que tengo en el pecho a la que le digo Espíritu Santo. Esa sirena suena y vibra no para alertarme, sino para darme green light, all access o como se le llame al sentir de que todo va a estar mejor que bien.


@benditoavila

miércoles, 25 de abril de 2012

Cultura cabañera

Ya ni me acuerdo cuándo fue la última vez que escribí algo dirigido a ustedes, oh amados cabañeros y cabañeras. Reconozco que los he tenido muy olvidados, pues le he dado rienda suelta a la vida capitalista, que es la que paga el Icetex, el Telmex y demás cuotax pendientex. Esa es la verdad, La Fiebre de las Cabañas, otro blog sobrevalorado, es mi forma de dejar plasmado lo que se me ocurre en determinados momentos de la vida, no una forma creativa de lucro. Yo escribo porque quise, a mí no me pagaron. Aunque vivo de escribir para otras plataformas comunicativas, hay días en que no quisiera plasmar ni una letra más.

Hago estas salvedades como cuando en los programas de Chespirito quitaron las risas enlatadas "por respeto al público". Ustedes me merecen respeto, aunque no lo crean. Tal vez no sepa si tienen blog, si son príncipes azules o embajadores del averno, pero me leen y como tal debería cuidarlos, o por lo menos no ofenderlos. Aunque no me interesan muchas de sus vidas, debo confesar que sus ideas sí. Esa es la cultura cabañera, módulo educativo con amplia adaptabilidad para oficinistas, universitarios, tuiteros y los demás nichos que me han hecho llegar reportes QSL de lectura.

Después del saludo emotivo, prosigo a dejar clara otra de mis pretensiones bloggeras: el ejercicio de pensamiento. Sin rayar en que todos se vuelvan cerebritos de alto coeficiente intelectual, escribo para que muchos aterricen su fe con elementos racionales. Me esfuerzo para que muchos conozcan a Jesús a pesar de mí, de mi visión corroída de algunos temas y de mis múltiples prejuicios. Sueño con el día en que la gente busque a los cristianos para pedirles no solo consejos para llevar la tusa, sino también para hacerles consultas laborales de todo tipo, pues estos han demostrado ser una raza diferente, una raza contra el viento.

Nunca he buscado que ustedes se parezcan a mí, ni mucho menos que se identifiquen conmigo. Quiero que cada uno recorra su camino propio, descubra su propósito y atienda a cumplirlo. No me interesa que les guste Chespirito, Rescate o el ajiaco tanto como a mí. Tal vez es por eso que me gusta la relación anónima que uno genera con el grupo de lectores que tiene, porque les garantizo que si encuentro a muchos de ustedes en la calle los trataré igual a que si no los conociera. Esa es la cultura cabañera: más intelecto y menos físico, más Twitter y menos Facebook.

Si existe este blog no es para armarme un trono intelectual, más bien es mi propio ascenso al cadalso: me la juego por plasmar cosas inexistentes que prometen cobrar vida mientras ustedes creen que es una comedia. Hoy una vez más decido comprometerme a aportarles, divertirles, ofenderles -en caso de emergencia-, sacudirles y sobre todo edificarles con pasión, porque sin pasión ni se puede amar a Dios ni mucho menos escribir.

No es más por ahora. Me despido recordándoles que si me preguntaran a quién salvaría en un incendio, si a un animal o a una pintura cara, no salvaría a ninguno porque me gusta ver las cosas arder.


@benditoavila