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lunes, 10 de agosto de 2015

En Su Presencia

Hace unas semanas me lanzaron una pregunta muy difícil: "¿Si usted necesitara que yo orara por usted justo en este momento, por qué le gustaría que lo hiciera?". Antes de responder como reina de belleza o como cristiano en edad de perecer -que en últimas viene a ser lo mismo-, me detuve a dimensionar lo impactante del escenario, pues este tipo de preguntas casuales con fines espirituales se hacen cada vez menos.

Tengo la bendición de ver que hay gente que de cerca o lejos me tiene presente, y es bonito saber que se acuerdan de uno cuando hablan con Dios. Creo que es la bendición de pertenecer a un lugar, a una familia, a una Iglesia local. En mi caso, me envalentono a plasmar algunos de los recuerdos tras cumplir, por estos días agostinos -no agustinianos, porque es algo cristiano-, diez exactos años en El Lugar de Su Presencia.

Aquí soy feliz hasta cuando me toca en gallinero.

Lo primero es contar que empecé a ir a la Iglesia porque una ex me llevó, Y sí, amados caba-ñeros y caba-ñeras, no pasaron más de dos semanas cuando la deporté a la friendzone, porque tenía claro que ella no sería la tales, la que sabemos, sino un juglar de paso, cual hostal barato en una ciudad capital. Quisiera decir que le terminé por Dios o algo así espiritualoide, pero pensé algo: si sé que no me voy a casar con ella, ¿para qué sigo magullando el aguacate? Además, la oficial me puede estar viendo y como mínimo me puede estar tachando de su lista. Y bueno, primero muerto antes que perder la vida.

Ya superada esa piedra de tropiezo con pelo largo, recuerdo que empecé a asistir el domingo temprano, para que me rindiera el día. Pensamiento algo avanzado y nerd que conservo hasta hoy. Llegué a la Iglesia a mis tiernos 17 años, cuando era una casa pequeña con mezzanine, donde disfrutaría de la música de Éxodo 33:14. Y digo disfrutaría, porque el día que decidí plantarme -ah palabra tan cristiana-, el cantante se retiró de la banda. Lo bueno fue que la música, siempre excelsa, fue una de las cosas que me confirmó que ese sería mi lugar por unas buenas temporadas.

La primera vez que asistí fue a una reunión de jóvenes, donde recuerdo presencié una obra de teatro experimental. Pero lo que más me impactó fue el uso de recursos audiovisuales de maneras tan creativas, con imitaciones, pregrabados, televentas y demás elementos que me hicieron llorar. Sí, era como llegar a un Magic Kingdom y descubrir que sí existía un lugar hecho a la medida de mis insatisfacciones. Nunca me imaginé que diez años después sería parte activa y creativa de aquello que me supo atraer.

Venía a la Iglesia motorizado, en el clásico carro familiar a quien llamamos René (Q.E.P.D). Como eran otras épocas donde delinquir se disfrutaba más, parqueaba por ahí cerca, dejando el René a la deriva y salvaguardado por cualquier fuicioso a cambio de unos miserables quinientos pesos. Y es hora de confesar algo, como llevaba un año manejando y no era que practicara mucho, dando reversa le pegué a otro carro y me escapé. Si alguien lee esto y reconoce abolladuras con pintura blanca, que Dios le pague y le responda.

Recuerdo que me costaba concentrarme en el tiempo de la alabanza por andar viendo a los bajistas de turno, pues pocos saben que además de tocar fondo, también toco bajo, lo cual es un chiste interno de Dios: poner a un bajo a tocar más bajo que otros bajos. El chascarrillo suena flojo contado por mí, pero estoy seguro que estaba en el plan divino. Cuando me enteré que para tocar en la Iglesia debía vincularme, sin duda lo hice, y el primer paso fue ir al Encuentro.

Allí estaba yo, en el Hotel La Fontana, con afro y gafas de marco grueso, cual Piero local, lo que me mereció cierto reconocimiento dentro de los asistentes. Me parecía increíble que como universitario rastrero que era pudiera quedarme en semejante lugar, gracias a la Iglesia. Y sí que lo disfruté, porque aquel fin de semana de Octubre de 2005 experimenté a Dios como una persona, que tiene emociones y que supera cualquier clase de estructura mental.

Allí creí estar listo para tocar, pero como los planes humanos son la comedia del cielo, terminé metiéndome en el coro, dizque para poder brincar facilito al beisguitar. No me imaginé que pasaría cerca de un año sin cantar, pero eso sí, participando de la ampliación del nuevo auditorio, que para mí era mejor que el Palacio de los Deportes bogotano. Pasaba las tardes de los sábados lavando pisos, limpiando sillas y pensando en cómo la vida necesita cierto sentido de pertenencia y referencia a una visión, a un lugar, a un llamado. 

Fue en la Iglesia donde, en estado eterno de espera, confirmé que esa bulla y energía chocoloca en forma de niño que tanto les fastidiaba a los curas con los que estudié no era algo satánico, como me dijeron unos que otros pastores, sino que ahora debía llamarlo temperamento. Y no para seguir siendo la ralea humana que todavía soy, sino para abrazar mi diseño original y así poder ser libre. En la Iglesia confirmé que podía inventar situaciones, personajes, historias; que me gustaba escribir comedia y que podía hacerla también. Es en ese lugar donde mis dones crecieron y donde descubrí el privilegio de servirle a los demás. Sí, esa vaina de verdad que es maravillosa.

Aquí entra en créditos el paso de tiempo, o mejor, rueda en caracteres "diez años después". Miro hacia atrás y le agradezco a Dios, porque buscando algo encontré mucho más. Como en la Biblia y esa historia donde Jesús compara el Reino de Dios como un terreno donde hay un tesoro escondido, yo terminé queriendo tocar bajo, ser aceptado y amado; y ahora encuentro que Dios me permitió tragarme, fracasar, subir de nivel, fracasar, conocer gente maravillosa, descubrir que servía para bailar, fracasar, relacionarme con Dios, y así seguir viviendo con una gran razón: que todos conozcan que es a través de Jesús que la vida cobra sentido, y así mismo propósito.

Quisiera meterle más candela a estas letras, pero prefiero preguntarle a quien esté leyendo esto: ¿Si usted necesitara que yo orara por usted justo en este momento, por qué le gustaría que lo hiciera? Depronto en esas nos encontramos por allá, circundando la que yo llamo la Comunidad Jedi de La Castellana.

jueves, 12 de marzo de 2015

Publicitario

No tengo mantras, pero sí premisas de vida. Una de de las últimas es "Hay que aprender a equivocarse mejor". Buen tuit, corto, con concepto claro, estructura de copy y entrega impecable. Lo malo es que esas cosas que uno redacta bien, son las que más cuestan aplicar en la vida. Y por eso trato de escribirlas, para desenredarlas a través de los dedos y así ejecutarlas. Por eso tengo este blog, donde aunque no parezca, siempre escribo para mí mismo, para que no se me olvide lo vivido y errado.

Con lo fácil que parece no equivocarse, pero lo difícil que es entender que en el error está la humanización. Nacemos, crecemos, estudiamos, peleamos, nos arreglamos, nos mantenemos en esas y no aprendemos a usar el Ay exclamativo, que a estas alturas es muy triste. El punto es que en esa búsqueda de experiencias creemos que merecemos lo que llegaremos a tener, y como decía Paul Arden, "No es lo bueno que seas, sino lo bueno que quieras llegar a ser". Ahora cito publicistas con fluidez, porque me dio dizque por foguearme en ese campo.

Sí, ahora, igual que hace un año, estoy en un salón de clases entrenando el cerebro, pero esta vez rodeado de VP's, Directores Creativos, copies, diseñadores, entes y demás gente que no se parece a la que sale en Mad Men. Decidí aprender a escribir menos para vender -y ganar- más, porque en la freelancería acomodada en que vivo se necesitan cada vez más recursos. Sí, decidí ampliar el panorama laboral y reforzar que escribo libretos, pero también copies y tuits maravillosos que hasta usan en campañas.

El punto no es sonar ávaro, pero sí reconocer que lo mejor del mundo es volver a ser neófito de algo. Sólo volviendo a empezar- una carrera, un proyecto, un noviazgo- es que uno se da cuenta de la necesidad de dejar de pensar que se merece el éxito, alimento para egos famélicos, y aprende a disfrutar un poco más de la gracia, del recibir lo inmerecido.

No sé nada de agencias, ni de briefs, ni mucho menos de marcas ni de lagartear en cocteles. Me hablan de Cannes y pienso en perros -sí, el peor chiste del mundo-, y me siento como niño en dulcería, como hippie en junta de tambores, como geek en feria de robots y cuanta comparación indique que disfruto el espacio creativo de lo que no conozco y me atrae. Vengo de otra escuela creativa, y como tal sé que lo que importa aquí son las ideas, las mismas que me han pagado el colegio, la universidad y ahora Underground.

Hay que pensarlo así siempre: uno va girando por la vida con objetivos claros, como cuando va a comprar tenis en un centro comercial, pero en el camino se emociona con otra vitrina donde hay una camiseta de ensueño que resulta imperdonable no comprar, así que uno decide esperar un tiempo y luego volver por los tenis para completar la pinta. Ejemplos banales como los míos sólo indican esa necesidad de ampliar el universo mental, pues es lo único que queda para todos los que queremos vivir de las ideas.

En últimas, la creatividad demanda ser entregada de múltiples formas y creo que es bueno probarse en todas ellas, porque esa será la única forma de armarse un portafolio donde lo que me genera orgullo como creador refleja las mil y un veces que fracasé para haber dado con ese concepto. En el fondo, lo que pretendo es que me busquen por mis ideas, buenas o malas, y así mantener el arribismo mental de Don Draper para jubilarme a los 33, tal como lo hizo Jesús. Eso sí, después de intensos años de trabajo creativo y milagroso.

jueves, 26 de febrero de 2015

La edad de inmerecer, o la virtud de la Meritogracia

He dicho en muchas ocasiones que perder el tiempo es una de las costumbres más sanas que podemos desarrollar, porque es allí donde uno deja que la cabeza solucione las cosas. Es raro, pero entre más uno se obsesiona pensando algo, menos chance le da al cerebro de salir bien librado con una resolución exitosa. Al cerebro y en parte a Dios, a quien me imagino negando con la cabeza cuando intentamos cambiar lo incambiable, o decidimos lo inconsecuente a pesar de nosotros mismos.

Es sabiduría callejera obtenida en la universidad de la vida, en la cual me matriculé hace un año exacto cuando renuncié al oficinismo, agarré un avión que me llevó al exilio cubano del guionista promedio y reformulé mi vida saturándola de formas creativas de solución de problemas, pleonasmo redundante y oximorónico adrede. Y cómo pasa el tiempo, y la vida misma, porque desde entonces he vivido tantas experiencias buenas y malas -malas para otros que lo han visto así-, que me siento cada día más completo, más en edad de inmerecer.

Sí, amigos de la jacaranda y la tropicalidad en todas sus formas, edad de inmerecer, concepto que será el Tropical Tender del presente año del Chivo, y no solamente porque se haya ganado otro Óscar, también porque si "este es el año" -expresión cristiana para conntonar que es momento de flirtear con fines familiares y copulatorios- que sea el tiempo de dejar de dárselas de mucho café con leche, de aterrizar la meritocracia y convertirla en meritogracia, en esa capacidad de entender que lo que tenemos no es por nosotros ni nuestras genialidades de fábrica, sino por gracia de una fuerza externa a la que muchos llaman Universo, Vida, Jah, y yo sé que es Dios.

Nadie sabe qué es eso de merecer algo, así muchos lo asumamos. Suponemos que es merecer algo bueno, a fin de recolectar plata y comodidades que justifiquen lo mucho que nos hemos preparado o estudiando para eso. Y en el amor ni se diga, donde uno traduce "guardarse para la que es" como "me tiene que llegar la versión local de Katy Perry o sino no valió la pena aguantarme las ganas con la de la oficina".

Aquí aprovecho para abogar por esos que, en un acto solemne y extraño, han decidido dejar pasar buenas oportunidades en aras de esperar la mejor de las opciones. Es raro, pero ¿cómo uno va a saber que ese es el bus de la victoria si ni siquiera se da el chance de mirar la ruta? Es duro ser soltero codiciado, y, modestia aparte, sé de lo que hablo cuando lo digo, porque he vivido en un estado de sobrevaloración en el mercado del amor que asusta embarrarla escogiendo mal, y terminar por revelar que se es un simple humano que también puede divorciarse.

Pues eso, no tenemos lo que merecemos y recibimos lo inmerecido. Ese es el equilibrio que nos aterriza, cura el orgullo y además nos sigue confirmando que merecer es una virtud donde las buenas obras no importan, simplemente el dejarse sorprender, sin temores ni reproches, por algo inesperado y libre de remordimientos por lo que se llegó a sacrificar.

jueves, 27 de noviembre de 2014

Genios

Ahora que soy freelance y no marco tarjeta, invierto mucho tiempo en ver series, videos y tutoriales de lo que sea. Bueno, en mi era oficinista también lo hacía, solo que ahora no lo veo como pecado mortal, aunque por esos días tampoco. Esa es mi forma de alimentar la cabeza, de tener cosas por contar y encontrar inspiración externa, que es la forma como trabajamos los que no somos genios.

Si fuera genio todo sería más fácil, tendría los sentidos afinados para relacionar cosas de aparente incongruencia, viviría más tranquilo y me dormiría un poco más en mis laureles, porque la gente random como yo vive sufriendo ante esa presión de andar descrestando con lo que se crea, algo que francamente desgasta mucho.

Lo que me daría mamera de ser genio es ese afán competitivo por demostrar cada día esa facultad. Yo soy de esos románticos que creen que si uno se echa al hombro toda la genialidad como algo personal, termina fundido y debilitado. Basta con mirar músicos, comediantes, artistas y demás personajes tan talentosos que resultan incomprendidos porque es tanta la responsabilidad de tener que responder con productos creativos, que si no reconocen la necesidad de recorrer ese camino de la mano de un agente externo pueden morir ahogados en ese mar de ideas por expresar.

Para mí, la genialidad radica en estar adelantado del tiempo regular. Entonces soy un genio a mi modo, por aquello de madurar biche y andar pensando en tochadas como ahorrar y soñar con tener una familia desde que tengo memoria. Ser genio también es solucionar problemas de maneras no pensadas, y en eso también destaco gracias a la pobreza, uno de los caminos a la creatividad. No es que sea pobre, pero cuando no he podido contar con todos los recursos mainstream a la mano, he tenido que desvarar carros con medias veladas, crackear cursos de inglés, entre otros experimentos para no pagarle a nadie por algo que puedo conseguir solo. 

Pero lo que más me gusta de mi genialidad callejera es descrestarme y obsesionarme con pendejadas, como pensar en la relación entre tener gatos y padecer depresión, ver a Jesús en las arepas o acostarse tarde y ser manipulador. Me la paso pensando en la correcta forma de comer alitas, y en cómo masticar toda la manzana sin dejar nada, porque para mí es en esa cotidianidad donde reposa la verdadera libertad creativa.

Quisiera no perder esa capacidad de asombro con, por ejemplo, los embarazos cristianos juveniles. Y es que terminar como paquete de Yupis no está mal, porque a rellenarnos de muñequitos es que hemos sido llamados por la naturaleza. La cosa es que he visto tantos que cuando me entero de otro más ya no me sorprende, al punto de que decidí abrir tarjeta de cliente frecuente en Baby Ganga, como para que el kilometraje de otros se convierta en millas para mí. Procrear está bien, pero resulta triste cuando el embarazo no planeado termina siendo el pan de cada día en medio de personas que, aunque no estamos exentos de hacerlo, nos terminamos acostumbrando a que nos pase.

Como para esto no hay tutorial, no queda más que usar esa genialidad regular para saber que a cualquiera le puede pasar, y que el hecho de sentirse moralmente superior por no haber caído no indica nada más que estupidez y orgullo, en parte por andar confiando tanto en uno mismo como por no entender la gracia de Dios. De genios también es ver que en la libertad también hay restricciones y límites, que las decisiones tienen consecuencias y que hay mil y un maneras creativas de vivir sin acostumbrarse a la autosuficiencia, porque queda claro que ni el ser más brillante del universo puede solo.

jueves, 6 de noviembre de 2014

Yo bailé con Nerú

Cuando uno se inclina por la escritura audiovisual, va desarrollando un raro sentido de atracción por acumular experiencias y conocer realidades, de las cuales en el futuro se espera extraer alguna historia particular para contar, o simplemente conocer personas que referenciarán personajes para crear. En mi caso, empecé a trabajar en televisión por un mal cálculo de la práctica profesional, y aunque buscaba una plaza como libretista senior en una productora, terminé como lector junior en un canal. Son de esos contrasentidos de donde se extraen las mejores anécdotas.

Arranqué la práctica con dos metas: tomarme una foto con el Padre Chucho, y bailar aeróbicos con Nerú. Le conté a mi jefe y a los demás oficinistas de ese anhelo, quienes después de reírse en mi cara creyeron que era verdad cuando me mantuve serio en la palabra. De ahí, me fui metiendo de a pocos en aquel Estudio 7, donde le pedí al reputado padrecito que "rezara por un primo enfermo de cáncer". El tipo me atendió hablando por celular, me dio dos segundos para la foto y se fue en su Rolls-Royce. Tomé su indiferencia como un castigo divino, pues pequé al inventar eso de mi primo, porque en realidad es prima, y las mentiras hacen llorar al niño Dios.

Me presentaron al jefe de producción del programa donde Nerú tenía la sección, que entre otras cosas se llamaba "Aeróticos MBD", dato coctelero para seguirle metiendo capas al delicioso sánduche anecdotario. Con solo mirarme, el tipo vio mi talento, o no sé bien si me lo dijo para que no reculara en mi noble intención de ridiculizarme voluntariamente en uno de los programas más vistos a nivel nacional. Fue así que con dos dedos de frente y varios rulos en la cabeza, decidí llegar un martes a las 7 de la mañana a un lugar donde nadie me había llamado a estar.

La primera vez que vi a Nerú, recuerdo que estaba en la parte alta de unas escaleras al lado del camerino. Lo vi y debo confesar que sentí cierta erisipela invadiéndome los ojos, pues su figura era la de un Frankenstein criollo: pelo de mujer, brazos de hombre. Nariz de mujer, voz de hombre. Cola de mujer, manos de hombre. Para mí, un homofóbico rehabilitado, la imagen no dejaba de ser fuerte. Simplemente le di los buenos días y seguí derecho al camerino, donde me esperaba una manga siza y una pantaloneta corta, el traje perfecto para salirme de mí mismo solo para tener algo qué contar.

La gente ve televisión y cree que muchas de esas secciones van en vivo, que de hecho era como se hacía la televisión de antaño; pero no, aquella vez y para sorpresa mía, pregrabamos varias coreografías que salieron el mes completo. Y es que una cosa es boletearse un día, pero un mes entero y ser visto por los papás, compañeros de universidad, profesores, amigos y hasta pastores es algo que francamente se sale de control.

Recuerdo que en la primera coreografía me extralimité y exageré a propósito, porque uno no tiene tres minutos de televisión todos los días. Fue tal mi éxito, que el mismo director del programa, reconocido y para muchos innombrable presentador mañanero, me dijo que me hiciera detrás de Nerú, "porque la gente con pelo de estropajo es chistosa". Le hice caso y sin importar las ovaciones de las dos presentadoras que lo acompañaban (quienes sí me elogiaron el pelaje), di lo mejor de mí en unas anticoreografías que guardé con recelo hasta hoy. Dense gusto con este coctel de putrefacción.


El crespo con los mejores tenis. Sí, ese soy yo.

Años después, me encontré con Nerú en otro camerino, pues yo andaba actuando en la Iglesia y él estaba entrando a la primera fila. Vi a un tipo distinto: pelo de hombre, brazos de hombre. Voz de hombre, manos de hombre. Me causó interés verlo ahí, riéndose del show que dimos, llorándose toda la alabanza, meditándose toda la enseñanza.

Lo entendí todo cuando salió en la noticias que había decidido cambiar de vida, cosa que me pareció muy valiente de su parte, porque si hay que admirar a un tipo de persona, es a aquella que decide convertirse en la mejor versión de sí misma. Y aquí no quiero entrar a tocar sensibilidades LGBTI sin contar primero que pasar por un colegio de curas, una Facultad de Comunicación y un trabajo temporal en un local de ropa me cambió la forma de pensar con relación a la homosexualidad. De hecho, tengo familiares, amigos, compañeros de trabajo y personas gais que quiero y respeto profundamente, porque me quieren y respetan también y porque me han mostrado que su condición en ningún momento alude a "estar enfermo", ni a merecer lástima de nadie, mucho menos la de ciertos sectores del cristianismo donde se disfraza el amor con ignorancia.

Lo que encuentro un tanto indignante es el palo que algunos le han dado al pobre tipo por sus declaraciones, por el uso del término "curar", el cual alude directamente a enfermedad. Estamos de acuerdo en que la homosexualidad no se cura, y no es la idea entrar a debatir sobre trastornos y demás experiencias personales que condicionan la elección sexual.  Cuando una persona sale del closet, lo felicitan por valiente y por coherente; pero cuando alguien decide conocer a Jesús y replantear su vida es un fanático exagerado al que no bajan del madrazo por "niegamondás". ¿Hay alguna clase de política de respeto en esto?

Como si no hubiera aprendido la lección, sigo escribiendo en televisión ridiculizando mis neuronas con situaciones donde, en el fondo, la reflexión de vida va ahí metida sin que lo noten. Eso sí, si me invitaran a hacer el oso y eso sirviera de pretexto para contar una historia y pegarla a una coyuntura pop que termina con alguien que conoce a Dios, lo volvería a hacer. Con manga sisa y pantaloneta más corta.

jueves, 4 de septiembre de 2014

Puente

No sé de cuándo acá la muerte se volvió tan determinante para lo que escribo. Se podría pensar que soy un periodista olfativo esperando algún deceso para publicar algo, como ya ha pasado un par de veces. Pero la verdad es que para mí, la muerte siempre ha sido algo más habitual que la misma vida, porque solo con su llegada uno pude reconfigurar los recuerdos.

Así me pasó cuando me enteré de la muerte de Gustavo Cerati, uno de mis héroes en muchos aspectos y que de cierta manera aportó a muchas de las ideas y conceptos que he construido. Lo primero es hablar del colegio, porque si algo bueno me queda de aquel nido de ratas (al cual ya perdoné) son los recuerdos de la banda de rock en español que montamos, Caos, donde versionábamos todo tipo de canciones de Soda Stereo como una manera de resistir la presión de los curitas Dominicos. 

Con Cerati, muere lo que me quedaba del colegio: se van las tardes de conversaciones sobre la vida adulta y el amor, adobadas con torneos de International Superstar Soccer o Crash Team Racing en Play Station. Con Cerati se van los mil y un intentos de aprender a hacer cejilla en guitarra para tocar De Música Ligera mejor que los demás. Con Cerati se mueren los recuerdos de viajes a la finca del colegio en Anolaima, y de amistades imborrables que ya no existen.

Cuando escogí estudiar Comunicación Social, me daba risa pensando en Cerati, el mismo tipo que dijo que esa carrera era perfecta para gente que no tenía ni idea de qué hacer con su vida, pero tenía una idea creativa. Me daba risa pero de la nerviosa, porque me metí en esa vacaloca sin tener claro más que quería darle forma a los pensamientos que ya traía, a mi fe ardiente y a mis sueños de ver las cosas distintas. Y sigo sin saber cómo.

Fue así que en la universidad seguí recordando frases como esa, que siempre eran motivo de reflexión: "lo que seduce nunca suele estar donde se piensa", "me pasé la eternidad deseándote, no es momento para ser cobarde", o la clásica "poder decir adiós es crecer". Y es que pasar por una Facultad de Comunicación y Publicidad de cierta manera era un homenaje a Cerati, quien me inspiró a conformar una que otra banda para hacer temas propios, o simplemente tocar para rellenar el ego.

Tengo algunos recuerdos javerianos. Cuando trabajaba en lo que ahora es Ático, había sonidos que aligeraban mi jornada de monitor sin acceso a internet, musicalizaron uno que otro video institucional por encargo y hasta me inspiraron en el look. Porque hay que decirlo: así suene muy banal, mi pelo fue un homenaje a Cerati, porque el tipo la tenía clara en cuando al manejo de rulos, siempre los tenía en su punto. Creo que es momento de confesar que alguna vez llevé a la peluquería, en el Blackberry, fotos de Cerati para que el estilista se inspirara y diera forma con tijeretazos a cada uno de mis crespos. Pendejadas que hay que contar.

Pero si tengo un gran recuerdo de Soda Stereo, fue el día en que me enteré de que harían la gira "Me verás volver", por allá en 2007. Aunque nadie me lo crea, me emocioné como si viniera el mismísimo Jesucristo, porque Soda era una leyenda inconclusa cuando tenía 9 años, y ahí, una década después, ya podría disfrutarlos con uso de razón y dos dedos de frente. Me enruté a comprar boleta general, que recuerdo era roja y me costó algo así como 86 mil pesos, algo que no me importaba en aquella época de pobreza universitaria.

Puedo decir con mucho orgullo que ver a Soda Stereo en vivo ha sido una de las cosas más bonitas que me ha pasado en la vida. Primero porque era tener la posibilidad de ver en vivo las canciones que gritaba en la intimidad, o que acompañaron una que otra tusa escolar. El bendito poder de la música y el recuerdo de escenas que van ligadas a nuestras experiencias, que en últimas es eso lo que nos engancha y extrañamos de los difuntos, lo que pudieron aportar desde su lejanía a nuestra construcción de criterio.

Cerati duró 4 años en coma, y eso sí que es mucho aguante. Aguante para unos, estupidez y atropello para otros. El tema de su muerte llevó a que mi mamá me dijera que donde a ella le pasara algo así, me exigía que le pusiera música cristiana de fondo, le apretara la mano y la dejara ir, porque la inmortalidad se hace en vida y no en tiempos muertos. Le dije que ante todo tenía amor para darle ya, porque si algo aprendí de Cerati fue que el amor es ese puente que nos une. 

"Cruza el amor, que yo cruzaré los dedos"


martes, 20 de mayo de 2014

Pido perdón

No hace falta ejemplificar mucho para convencerlos, oh amados caba-ñeros y caba-ñeras, de que la gente se indigna por bobadas. Llevo contados los últimos 10 años de mi vida, con sus días y sus noches, disculpándome con todo tipo de personas y comunidades por comentarios, memes, tuits, apuntes y cuanta forma de expresión me salga de los dedos y la boca, todo porque me reniego a fusilar mis líneas con los clásicos "Es molestando" o "No mentiras", los mismo que matan el chiste al hacerlo explicativo y literal.

Sí, soy un purista de la comedia, y desde que a la gente se le dio por indignarse con un pendejo como yo, que además de imprudente e ignorante tiene mala memoria para los insultos, no me queda nada más que indignarme también. Ahora ya no se puede opinar ni bromear con nada, porque estamos en un punto de sobrevaloración y de ego humano tan peligroso, que el ídolo falso de uno mismo se incomoda ante la más mínima contracorriente. Es entonces cuando entiendo la importancia de ofrecer disculpas y pedir perdón, porque es la forma de reivindicarse y hacer borrón y cuenta nueva.

Pedir perdón ya me es costumbre, es casi como una muletilla. Debe ser por eso que me la paso embarrándola, porque sé que es un recurso habitual que me va fluyendo. Tal vez esa es la razón de por qué me cuesta tanto socializar, porque estoy convencido de que la gente se va a tomar todo lo que digo de maneras tan literales como aterradoras, y me va a tocar ofrecer disculpas. Pienso en ello ahora que estoy estrenando oficina freelancera, y la verdad cuando voy procuro no hablar mucho porque no sé a quién pueda terminar ofendiendo sin querer queriendo, ya sea con el hecho sencillo de respirar o reír, o existir, que es como nos pasa a muchos de nosotros con quien nos incomoda.

Lo peor es que la indignación crece cuando la imprudencia sale de un ser que dice seguir a Jesús, como yo. Es tal el grado de aversión que se levanta entre la gente, que sinceramente me dan ganas de irme caminando a la casa, pensando por qué no somos capaces de aguantar sin lloriquear la opinión de otro. Si lo que otros dijeran fuese lo que me hubiera dado identidad, sería periquero, morboso y morrongo, además de fascista y chismoso. Me cuesta, porque la gente cree que por ser cristiano uno no puede hacerle bromas a un oficinista gay, no por gay, sino por oficinista. Y así con todo.

Al paso que vamos, perderemos la poca capacidad reflexiva que nos da el otro, quien desde afuera nos ve mucho mejor. No sé si lo que nos lleva a indignarnos es el miedo a descubrirnos desde afuera, o tal vez la insatisfacción frustrante de que el otro tenga razón y se nos desbarate la miserableza de creernos el centro del universo cuando no somos ni basura cósmica. Todo esto para pedirles, humanos a quienes he ofendido, perdón. Perdón sincero, porque cuando opino no lo hago buscando incomodarles, o por lo menos no tan de frente como si fuesen insultos a sus progenitoras.

Es entonces que recuerdo una frase que le oí a Diego Camargo: "Comediante que no se mete en problemas, no es comediante". Creo que ya tengo el primer requisito, ahora a plasmarlo todo en rutinas y entradas que no hagan daño. Una vez más, perdón por este final de entrada tan mediocre. Perdóname mamá. Perdóname Chespirito. Perdóname Jesús.

lunes, 14 de abril de 2014

Balas sobre Cedritos

En Semana Santa siempre dedico unas horas a la reflexión. Creo que soy de los pocos que lo hacen, aunque mi pausa activa espiritual ni siquiera es para meditar en Jesús (para eso está bien cualquier día). Digamos que me quedo quieto o porque hay poco movimiento oficinista, o hay viaje, o porque soy freelance exclusivo, que en este año es la razón de la pausa obligada. Entonces vienen a mi cabeza las mil y un razones para acomodarme, pero la comodidad me da piquiña y termino buscando lío en Cedritos, o en este hijo bobo al que alimento una vez a la semana.

Cuesta quedarse quieto, mucho más cuando se está entrenado para llevar una vida vertiginosa y con mucho ritmo. Desde que tengo memoria me la he pasado corriendo, afanado por llegar a un lugar que no sé si existe, acumulando algo que todavía no sé qué es y esperando algo que no sé si me toca. Soy el conejo blanco de Alicia en versión humana, y para mí las pausas también tienen propósito y sentido creativo.

Es lo malo de tener una cabeza visionaria, que uno vive preocupado: es decir, ocupado previamente de lo que no ha pasado pero se avecina inexorablemente. Puedo decir que Dios ha sido fiel y me ha permitido cumplir muchos de mis sueños, pero el afán me lleva a querer correr más millas, a ocuparme de lo que ha de venir cuando tal vez sea el momento de dejar de remar, para simplemente dejarse llevar por la corriente y la inercia fruto del movimiento que ya se hizo.

Entonces decido ver películas, y me topo con joyas que me ponen el coco a toda máquina porque describen mi momento de vida. Viendo "Balas sobre Broadway"me entra el afán por dejar pasar el tiempo y no pegarle al perro con una obra maestra, pero también recuerdo que hay que hacer lo que hay que hacer, que en mi caso y por ahora es relajarme un poco. Entonces sufro, porque a veces siento que la gente me ama porque conoce al artista y no al hombre, y me acomplejo porque hay días en que me falta talento para retribuir tan alta estima.

Eso es el desamor, andar por la vida con gente que por poco y le pone a uno tapete rojo, pero cuando se dan cuenta de que uno es igual o peor, sufren y culpan a Dios. Lo mejor es enamorarse del hombre y no del artista, aunque eso implique desilusionarse con la humanidad de quien se admira. Pienso en las veces que he timado a la gente tratando de mostrar que soy un artista, ganando amores y pleitesías cuando en realidad soy un simple hombre de rulos y contradicciones, todo en una misma cabeza.

Lo importante es que en esta sensación reveladora de bloqueo, de sentirse improductivo y descubierto socialmente, es cuando más se puede experimentar la dirección divina. Es ahí cuando llega la canción de amor, la de esperar a Sus pies, escuchando Su voz y entendiendo que en medio de esta balacera mental se produce un efecto doppler espiritual, el responsable de confirmar que esperar es ganar, y que entrenar en la habitación del tiempo me hace más fuerte para lo que viene.

martes, 26 de noviembre de 2013

La suegra

Un amigo sufre cada vez que su novia le dice que tienen que salir a comer con sus papás. El tipo hace de tripas corazón y se esfuerza tanto por agradar, que termina haciendo ridiculeces, de esas que quedan para el anecdotario y entrarán en el álbum de recuerdos, el mismo que comparte estante con el de fotos del matrimonio. Yo lo envidio un poco, porque siempre he amado a mi suegra, aunque todavía no la conozca.

Todo hombre en estado de madurez natural, con el tiempo deja de buscar novia y se preocupa por encontrar suegra. Nunca será lo mismo, porque es casi la tercera mujer por la que uno dará la vida, aunque lo niegue y oculte. Una suegra, me imagino yo en mi ignorancia de soltero por imposición social, es como una nueva mamá a la que también hay que robarle el corazón. Así que si uno se fija bien, es casi como el levante en tercer grado de consanguinidad, porque no es suficiente con que la hija quiera estar con uno, sino también conseguir que la matrona dé el sí.

No piensen que soy un hobbit fracasado, o un pitufo emocional en asuntos de relaciones. Sí he tenido suegras, lo que pasa es que algunas ni se han enterado. La verdad es que siempre fui el amante bandido al que las chicas buscaban por su talento para socializar, bailar y besar. Varias veces fui la golfa, la de esconder, y por eso no conozco de cerca el protocolo de tener otra mujer encima en la escala evolutiva.

Sueño con el día en que la pueda conocer para poner a prueba mis teorías. Aunque dicen que de suegras nadie sabe, porque igualmente son mujeres y como tal nunca se les va a entender. Bastará con amarla y dedicarme a verla, para saber qué le gusta, si esa blusa y reloj nuevos que le regalé son de su agrado, aunque haya tenido que raspar la Master Card unas veinte veces para poder comprarlos.

Si es inteligente, se aprovechará de esta necesidad de aprobación para o agarrarme de chofer, o simplementeponerme penitencias tácitas, de esas que les gustan a las mujeres a fin de probar la casta de uno como yerno. Yo con todo gusto le diría que sí, que la acompaño a probarse toda la tienda, o a mercar y luego organizar lo comprado, o a la Iglesia. Es lo menos que puedo hacer por la mujer de quien mi novia sacó parte de su belleza. Hay que decirlo, uno ama a la suegra porque así como uno la ve, es como será la novia en unos 20 o 30 años.

Estoy convencido de que una mujer llega a la vida de uno y lo cambia todo, hasta la bendita autosuficiencia con la que uno ha convivido por más de 25 años. Y si me voy a ser colaborador de una mujer, qué mejor que venga con suegra colaboradora incluida, de esas que ayudarán a cuidar la casa y pagar los recibos cuando su hija y yo estemos recorriendo el mundo viviendo lo que fuimos llamados a hacer.

Espero que también entienda que soy un hijo prestado, y como tal debería valorarme como yo la valoro a ella. Le agradeceré el buen gusto que le inculcó a su hija, encarnado por supuesto en mí, pero también en los colores de las sábanas, en la sazón de la comida y en la ropa con que vestiremos a mis hijos, sus nietos. La suegra es garantía de una esposa honrosa; aunque también aplica si es loca, adicta al crack o a Jesús.

Así como le ofrezco mis servicios de comedia ambulante y refinada, espero que en correspondencia esté siempre disponible para solucionar los problemas que tengamos. Ojo, no es que se vaya a meter de chaperona en la relación, pero hay que aceptar que uno que otro consejo experimentado no caería mal para repetir historias de matrimonios o relaciones funestas.

Así las cosas, entiendo que uno no tiene ni idea en la que se está metiendo cuando se fija en alguien, seriamente hablando, porque así como todo niño viene con su pan debajo del brazo, toda mujer viene con su madre en el calabazo. Por eso me dedico a mirar no solamente mujeres, sino también sus madres, a quienes les va la madre por no querer verme de vuelta.

martes, 29 de octubre de 2013

Legado

Lo mejor de ser oficinista, además de las bebidas ilimitadas y la fotocopiadora disponible a toda hora, es ver historias de vida de esas que superan cualquier ficción truculenta. En esta oficina he conocido rosacrucistas, gays que antes eran cristianos, amantes del servicio social geriátrico, amas de casa acomodadas, testigos de Jehová sin vocación de predicación, entre otros. Todos comparten -o compartimos- esa extraña sensación de inseguridad que produce habitar en medio de la diferencia, pues en esta selva cualquier colibrí podría dar mordidas de fiera.

Esa inseguridad también viene acompañada de miedo, ya sea a perder el trabajo o a quedarse ahí para siempre; pero sobre todo a ser reemplazado. La gente no quiere ser reemplazada. No nos gusta siquiera pensar que llegará otro a tomar el lugar que tenemos, por el cual nos hemos matado estudiando y lamboneando. Luchamos por sobrevivir a quien nos hace la zancadilla pagándole con la misma moneda, porque el sistema laboral es así. Para mí es culpa de Hollywood, quien nos ha vendido la idea de que todos tenemos roles protagónicos, cuando va uno a ver y hay gente destinada a ser figurante, o extra con pocas apariciones en la vida de otro.

Debe ser por eso que admiro profundamente a las personas que detectan cuándo es el momento de dar el paso al costado, que no es ni antes ni después, sino es cuando es. Eso nadie lo entiende, porque uno los ve bien posicionados y totalmente comprometidos con sus causas, pero en el fondo ellos saben que ese ciclo hace mucho tiempo se cerró. Ese tipo de decisiones son de orden espiritual, casi divino, todo lo opuesto al oficinismo. Ya de por sí el oficinismo es bien satánico como para añadirle más líneas y cerebro a algo que ni vale la pena.

Hay dos casos que me impactan. Peter Furler, cantante de Newsboys, fundó y lideró su banda por más de 20 años y un buen día dijo que daría su lugar para dedicarse a producir canciones y pastorear. Ahí llegó Michael Tait, excantante de DC Talk, quien recibió el manto para seguir con "el sueño de Dios". El más reciente, aunque fue hace tiempo, es el anuncio de retiro de Mark Stuart de Audio Adrenaline, quien parece haberse inspirado en Furler con esto de cederse, además con otro excantante de DC Talk, Kevin Max. Lo que se supo tiempo después fue que la decisión se basó en motivos de salud.

¿Qué tal en la vida nos toque eso, empezar cosas para que otros las terminen? Siempre he soñado con ser fundador de algo, y muchas veces no me doy cuenta que lo que hago al trabajar con personas es justamente eso, sembrar para que otros cosechen. Debe ser emocionante dar un paso al costado, porque con eso viene la redención para el otro, quien también espera esa nueva oportunidad para correr más que uno y llevar el testigo a otro que hará lo propio.

Para no ir muy lejos, el fin de semana pasado una de mis bandas favoritas dio su último concierto. Rojo, que ha sido una de las joyas más grandes de la música cristiana, tenía claro que su tiempo no superaría los diez años y hace mucho habían pactado este final que para muchos -me incluyo- siempre será un interrogante con cara de admiración, porque nos cuesta entender cómo otros han superado el dolor de dejar ir el presente y piensan en construir legado.

Para mí, esa es la definición de trabajar y caminar con Jesús: le meto la ficha a algo que no veré terminado, porque entiendo que no soy el protagonista, sino el figurante que tan sólo debe guiar a otros a que terminen de armar el edificio del cuál tan sólo alcancé a medio delinear los planos.

miércoles, 14 de agosto de 2013

Regreso al colegio

Me gusta leer la Biblia porque siempre encuentro en ella no sólo historias inspiradoras o promesas canjeables, sino también analogías de situaciones y, sobre todo, una mirada de Dios como un personaje que se hace real y concreto a través de Jesús. Creo que lo que dice la Biblia es verdad: Jesús nos entiende porque pasó las mismas pruebas que nosotros. Así que si él pudo, cualquier mortal kombat de a pie como uno también; claro, si confía en Dios como él lo hizo.

Esta es una verdad de a puño de la que tuve que convencerme hace unos días, tiempo en el que recibí una invitación que en otras ocasiones rechazaría, pero que en el fondo sabía que debía aceptar, todo para cerrar una tumba abierta que ya hedía con fetidez. Los que me conocen, saben que he odiado el colegio desde que nací, porque me recuerda los años de reclusión y sometimiento a leyes de un sistema retrógrado, la censura por ser cristiano y ser tomado como poca cosa por dicha condición espiritual, el divorcio de mis papás, la separación y muerte (no literal) de grandes amigos y muchos otros traumas en proceso de superación.

Debe ser por eso que no me interesaba en lo más mínimo volver. Para mí, la gente que regresa a su colegio después de graduada se me hace la más perdedora del planeta, porque ¿Quién va a querer volver al sitio donde le deformaron la mirada, le boicotearon los sueños y además le tocó pagar por eso? ¿Qué sujeto pensante en proceso de avance piensa en pertenecer a una asociación de exalumnos, donde el recuerdo personal es la base de un supuesto futuro colectivo? Me tragué los mil y un juramentos, olvidé cuando me sacudí el polvo de los pies cuando me gradué y heme aquí, escribiendo desde el día de la familia de esta institución escolar comandada por curas de sotana blanca y negra.

Aunque los salones y la cafetería han cambiado, los profesores están intactos. Me los encuentro de frente y algunos prefieren ignorarme, como evitando enfrentar la frustración de ver un egresado de hace casi 10 años y reconocer que han estado haciendo lo mismo por tanto tiempo. Si en mi época ya se les notaba la ausencia de pasión por la gente y el odio propio, no quiero imaginar cómo deben ser las clases por estos días.

Otros me saludan amables con un "Hola, Ávila. Tiempo sin verlo. ¿En qué anda?" Como sé que ellos esperan que les cuente que triunfé para sacar su parte, para alardear de su influencia en mi vida, les adelanto el cuaderno con humildad, aun cuando ellos mismos se opusieron a que estudiara Comunicación Social, o a que me dejara crecer el pelo, o a que hiciera un cine club, o a que pusiera música cristiana en la emisora, o a que regalara el uniforme del colegio a los indigentes, porque según ellos, "el traje escolar no se comparte". 

No voy a resentirme, porque igual decidí perdonarlos y destapar la hoguera amarga donde he cocinado las más oscuras intenciones, pero reconozco que si Jesús nos entiende, es porque él sabe que volver a estos sitios es imposible si no se cuenta con él. Así que decidí perdonar al colegio. Sí, puede sonar ridículo, pero para mí es liberador venir a poner la cara y así mismo seguir con mi vida dejando atrás los comentarios cortopunzantes y las palabras adobadas con arsénico. ¡Que viva el colegio... pero lejos!

martes, 30 de julio de 2013

El reto gringou

Hace unos días me monté a un colectivo, de esos que el SITP todavía no ha erradicado y lo llevan a uno por pocas monedas. Es una actividad de alto riesgo hoy en día, pues se corre con el infortunio de ser tildado de vendefrunas, o de rehabilitado recién salido de una fundación cristiana. Como soy un poco de las dos, me subí regateado e hice lo que siempre hago: sentarme cerca del pasillo, recostar la cabeza y asegurarme de tener los audífonos bien puestos para no tener que oír ni hablar con nadie.

Sí, soy de esos antipáticos que prefiere no charlar en el bus, porque eso de establecer conversaciones no es lo mío. Contrario a lo que muchos pensarían, no sé romper el hielo ni mucho menos ahogarlo; tampoco soy el que da el primer paso comunicativo. Si me cuesta hablar hasta con gente conocida, cuánto más con extraños de esos casuales, los que preguntan la hora o buscan confirmar que van en la ruta adecuada.

Estaba ahí, sentado en medio de mi cotidiano autobloqueo de movilidad, esperando llegar a mi destino habitual en Las Américas. Me impactó que de manera abrupta, un hombre alto, canoso y con una guitarra al hombro se trepó en el colectivo. Como vivo en un país donde el rebusque es uno de los deportes nacionales, preferí pensar que era un sujeto de esos que venían a conmover con su historia de deformidad, o a cantar y vender ambulatoriamente porque la necesidad apremia todo, pero me encontré con algo que no esperaba.

Tuve que quitarme uno de los audífonos para confirmar que lo que oía era un acento gringou de spanglish arrastrado. El tipo se montó y lo primero que dijo fue que "no venía a pedir plata, ni a pedir nada". Por el contrario, empezó a sonreír y a decir que venía a "darnos el mejor regalo". Sin más preámbulo, agachó la cabeza, descolgó los hombros y pegó la espalda contra uno de los tubos de donde la gente se agarra, pues su tamaño XL no se prestaba para nuestro transporte público en deterioro.

Ahí pasó su pulgar por las cuerdas, mientras con la otra mano hacía un La menor con el que verificaba la afinación de su desvencijada guitarra. Entonó una canción que jamás había oído, pero decía algo como Jesucristo, él es tu amigo, te dio la vida, murió por ti. La tonada se repitió un par de veces ante la mirada indiferente de la gente que, como yo, tan solo ve el espacio de desplazamiento en un bus como un tiempo muerto que es difícil de aprovechar.

Tan pronto como terminó, me sentí conmovido porque dijo que nos presentaba a Jesús, el único que nos podría ayudar. Sin pena ni aspavientos, empezó a orar por nosotros y le pidió a Dios que nos sanara, que protegiera a nuestras familias y que nos ayudara en nuestras necesidades. Mientras lo hacía, empezó a repartir tratados de manera indiscriminante, como si de eso dependiera un cupo de entrada al Paraíso.

Me quedé pensando en eso, en que he repartido volantes y predicado de mi fe a extraños unas tres o cuatro veces en la vida, porque según mi teoría adolescente, la gente no quiere saber de Jesús ni de Dios. Nada más falso que eso, porque cuando este gringou terminó de repartir los papeles, todos en el colectivo lo recibieron y leyeron con suma atención, lo cual demuestra que la gente quiere que se le hable claro, sin eufemismos positivistas ni distracciones morales. La gente espera la solución con nombre propio: Jesús.

La ruta siguió y empecé a preguntarme: ¿Qué estoy haciendo? ¿Cómo estoy hablando de Jesús? ¿Por qué me hago el gringo? Porque lo fácil es hablar con hechos, actuar y ser buena gente; pero eso de proclamar a viva voz que creo en Jesucristo y sé que él es la solución no se dice tan fácil como se escribe. Por eso, hoy empiezo mi camino hacia el reto gringou: voy a vender y mercadear a Jesús de una manera poco rentable: regalado, con altas expectativas de sus milagros y sobre todo, con entrega y amor constante. ¿Será que alguien más está dispuesto a hacerlo?

martes, 16 de julio de 2013

Ridículo

Hace casi un año hice mi debut en la comedia malparada, y desde ahí me quedó gustando eso de los escenarios, lugares donde se libran poderosas batallas con el público tan solo por el anhelado botín: su risa. Me gusta hacer el ridículo, que se rían de lo que digo y hasta se ofendan, porque eso de la comedia no admite tonos medios ni sensiblerías. Por algo, Diego Camargo dijo que un comediante que no se mete en problemas no es un comediante. Hay que ser brutalmente honesto y a la mayoría de seres humanos lo que menos les gusta es que alguien les diga la verdad en la cara.

Falta pelo para moño, pero lo cierto es que nunca pensé que podría vivir haciendo el ridículo. Confieso que uso la comedia como una herramienta de denuncia y de emocionalidad previa a un punzazo, pues no hay nada mejor que hacer que la gente se ría mientras sigilosamente se les está lavando el cerebro; pero también que es la forma de ponerse en comunión con el otro, como dice Luis María Pescetti.

La comedia es esa empalagosa y emocional maña de alegrarse ante el dolor ajeno, regodearse en el caído y darse cuenta que siempre habrá alguien peor -y mejor- que uno. Hacer reír es satisfactorio, mucho más cuando se logra habitar entre el lado agrio y el dulce del hecho cómico, donde uno expone el dolor y la frustración personal para que muchos exorcicen sus penurias. La risa libera a través del tabú, de lo que pocos se atreven a decir.

Lo mejor es encontrar que hasta la misma Biblia habla de este importante carácter aburdo y ridículo de la fe. Sí, hay que estar mal de la cabeza para creer que si se trabaja seis días de los siete que tiene la semana, se va a ser más productivo; o que se puede vivir en prosperidad usando solo el 90% de los ingresos. No en vano, el mensaje de amor de una cruz es tomado como una ridiculez para los que no creen, pero para los que sí es la salvación en sí misma.

A mí me aburre el ya trillado concepto Jesus Freak, porque se volvió la excusa chocoloca para rebelarse sin tener clara la intención del corazón para hacerlo. Si miramos la historia, los Jesus Freak no eran loquillos que se sabían las coreografías de canciones, o que estaban a la última moda en música cristiana; eran mártires, gente que persistía en hablar de Jesús y que estaba dispuesta al rechazo, al escarnio y hasta a hacer el ridículo por la causa del Reino.

Escribir es un acto íntimo, actuar es un acto público, pero hacer comedia es la mezcla peligrosa de exponer esa intimidad por una causa mayor. Pero como esto no se trata de hablar con ingenio, es hora de reconocer que el cristiano en sí mismo es un objeto de burla usado por Dios para salvación. La gente a veces no entiende por qué hago o digo cosas, pero el plan de Dios para mi vida es que haga el ridículo, porque solo así puedo ser usado por él.

Si el plan es ese, seguiré buscando la forma de mostrar que es y será mi vida hacer reír, generar emociones y reacciones que hablan de un Dios que está conmigo, y quiere estar con quienes aprenden a reír a manbíbula batiente ante lo cruda que puede ser la vida, mucho más si se está lejos de él.

miércoles, 15 de mayo de 2013

Epifanía

No sé dibujar, ni pintar, ni jugar fútbol, ni muchas otras cosas. Procuro ser honesto cuando digo que soy bueno en lo que sé hacer, no para orgullo mío, sino en gratitud a Dios, quien es el dador de dones, diseñador de personajes, motor inmóvil y la creatividad en sí misma. No alardeo de lo que no tengo ni he visto, pero sí me emociona contar lo que he encontrado en esta temporada de verano de La Fiebre de las Cabañas, que parece igual aunque no es la misma.

Tuve una visión. Sí, una de esas epifanías no fruto del trance mambero, sino de un momento de oración reflexiva. No, no meto perico; no, no soy hippie -gracias a Dios-; no, no y no a cuanta cosa puedan estar pensando, oh amados caba-ñeros y caba-ñeras. Digamos que ví varias cosas en mi interior, sin la necesidad de recibirle un cuncho de yagué a alguna india, más bien producto de una pincelada de Dios mostrándome lo que no había podido ver antes.

Por unos instantes vi mi corazón como un set televisivo que tan solo tenía una luz cenital, la cual bañaba una silla de madera puesta sobre un tapete de muchos colores. El fondo era negro, tan oscuro como el vacío que me produce recordarlo. En esa silla estaba sentado yo, en una especie de terreno feudal dominado por mí mismo. Como lo mío son las imágenes descritas y no propiamente pintadas o rodadas, empecé a preguntar por Jesús, a quien se supone tengo en el corazón. Me sorprendió verlo arrinconado, con sus dreadlocks -que es como lo imagino- achilados y relegados al confinamiento de quien no lo ha invitado del todo a sentarse en el trono.

Le pedi que siguiera, y con solo esas palabras empecé a ver que el fondo oscuro se pintaban de un extraño blanco con amarillo. Vuelvo y repito, no sé nada de colores, pero era como un color melocotón. Me giré y vi que el tapete de colores ahora no brillaba tanto, pues además del fondo, la silla ahora había mutado a una de corte isabelino, de color blanco y dorado. Yo tuve que ponerme en pie de esta silla, pues cuando quiero soy educado y cedo el puesto, mucho más si Jesús es quien espera a mi lado. Le di mi asiento y él me sonrió, se sentó y el lugar empezó a brillar: ahora el set era un sinfin de perpetuo blanco, parecido a la habitación del tiempo en la que entrenaba Gokú, donde 6 horas son como un minuto, y un minuto son como 0.16 centésimas.

Lo que quiero decir que el tiempo se congelaba mientras estaba allí, sabiendo que la vida real transcurría afuera. Tampoco me importaba, porque era tiempo de sacar algo que me estaba trancando, una piedra en el zapato, un libro de color amarillo y negro en donde estaban todas mis ideas, prejuicios, conceptos y demás material probatorio de pensamiento. La gente no lo cree, pero hasta el más revoltoso de los cristianos puede tener sus propios episodios de religiosidad. Los míos estaban en ese libro, donde mis fórmulas, frustraciones, rayes contra otros cristianos y demás ínfulas de superioridad moral quedaron anotadas con tinta negra en hojas de lo que parecía una Moleskine envejecida.

Le entregué mi manual de operaciones a Jesús, quien me sonrió cuando le dije que se parecía al Jesús de South Park, pero solo en la cara. Jesús tomó el manual, lo puso en su regazo y lo abrió, para vergüenza mía. Una vez más me dio una paz ilógica que creció cuando vi que cerró el libro y lo metió en una caja de cartón que tenía al otro lado. De repente le pedí que se pusiera cómodo, y fue ahí cuando me abrazó, de lado, con un solo brazo, acercándome a él con la fuerza que lo caracteriza. Me sentí apenado, pues lo que vi fue a un Jesús que esperaba eso, que le diera mis conceptos y demás ideas que, la verdad, me han estorbado.

Jesús estiró sus pies y su manto cubrió la caja, la cual no pude ver más. Le dije que no la guardara, porque tenía muchas otras cosas qué entregarle, así que de lugares que todavía no me explico, saqué unas pequeñas estatuas doradas. Eran como Óscares brillantes, con estrados negros con forma y nombres de personas que admiro, entre los que estaba una mía propia. Es una estupidez amarse a uno mismo más que a los demás, pero en mi caso es una lucha egoísta entre mi identidad y mi propio ego.

Le entregué las estatuas a Jesús, quien sonriéndome las puso sobre sus piernas y las abrió, permitiéndoles caer en la misma caja de antes. Me fijé en sus pies, que entre unas relucientes sandalias, se veían cómodos moviendo debajo de su silla la caja con todo lo que hasta la fecha me ha proporcionado seguridad.Ahí me sentí indefenso, pues prácticamente estaba renunciando a todo. Ahí entendí que ese es el plan de Dios: que muramos diariamente para que él se siente en el trono de nuestros corazones.

Lo que vi después me impresionó, pues Jesús estiró sus pies con comodidad contagiosa y puso sus sandalias sobre un estrado negro en tamaño real, tal como el que tenían las estatuas. Jesús ahora se transformaba, ante mi mirada, en el galardón de mayor fulgor, al cual solo pude terminar de ver estando de rodillas. Me postré y le di gracias, porque son esas oportunidades las que pagan la venida.

Ahora, no pretendo ser el nuevo Rick Joyner de la era bloggera. Solo he entendido que uno no se jacta de lo mucho que Dios ha hecho con uno, sino de cómo puede servirle a él con todo ese nuevo material.

viernes, 22 de febrero de 2013

Tríptico

Conozco a tres cristianas con historias de amor aparentemente diferentes. Una acaba de romper su tercer noviazgo dentro de la Iglesia y sufre, se lamenta porque nada que da pie con bola, pero ya le echó el ojo al primo de un amigo. Otra vive dolida, porque esa que tuvo tres novios por lo menos hizo algo, pero ella sigue esperando que algún Shrek local (así sí somos lo hombres de verdad), le dé una razón para peinarse. La última ya no está desanimada, porque se cansó de esperar (recostada en la cama), y salió por lo suyo: se cuadró con un man que le caía en el curso de preparación para el TOEFL, quien después de confesarle que fue barrista, se la rumbió y le dijo que eso del cristianismo no le interesará nunca.

Cuando la gente hace del amor un fin y no un camino, está condenada a la soledad. No, no es una fusión de Coelho con Arjona, es material Ávila Rincón. Tocó meterle romance y lamparada a un tema que se ha vuelto escabroso para muchos que todavía sufren y se preguntan por el momento en que encontrarán a ese ser amado, ese príncipe o princesa que levantará la escotilla y no los dejará ahogar en el mar de la soltería. Hay algo arjoniano en todo esto, así lo niegue.

Aunque parecen diferentes, las tres historias están cortadas por la misma miserable tijera: la del desfase emocional. Cada una de estas cristianas vive en austeridad, basándose en una certeza amorosa poco espiritual y pasajera, producto de una carencia de fe. El problema de no tener fe es ese, que uno vive al menudeo y además sufre desgastado por no conocer su futuro. Esto es razonable para gente común y silvestre, pero ¿esos que dicen conocer a Jesús y hasta tener una relación con él, deberían echarse a las petacas porque las cosas no les han salido como esperan en el amort?

Si algo me aburre del cristianismo juvenil, es ese afán desmedido por ennoviarse y casarse, como si de eso dependiera entrar en la nave del arrebatamiento. Uno ve gente desfilando por sus redes sociales, haciendo alarde de sus levantes como si nos importara al resto de la humanidad que les dijeron que sí.  No es envidia, pero desde que entró en boga esa competencia tácita de "El mejor cuadre de todos", me dieron ganas de quedarme soltero para siempre.

Sí, esa es la moda: demostrar que se es más creativo, más romántico y más imbécil a la hora de ofrecerle a alguien compañía y cuidados como novioSi van a descrestar a sus futuras montando un comedor lujoso en medio de un bosque, o trepando en un árbol un columpio con picnic incluido, o llenando con globos de helio algún balcón en La Castellana háganlo, pero sepan que llegará otro después que pondrá a tres tucanes a cantarle una fuga y mandará a escribir en el cielo que ella vale todo, y que por lo tanto hará que cualquier otro esfuerzo masculino de conquista parezca un acto de mediocre tacañería.

Es entendible que cuando uno encuentra la que es, hará todo para no dejarla ir. También que hemos sido diseñados para conquistar y toda esa linda parafernalia cristiana. Pero, ¿Dónde quedó lo básico, lo improvisto, el menos es más? Gracias a ustedes, oh amantes de lattes con espuma en forma de corazón y de amaneceres instragrameros, creo que cuando me comprometa será algo tan básico que rayará en lo efectivo, todo porque no me interesa ser tan rococó y envidioso, como en el fondo parece que lo son a la hora de compararse.

La soltería es una etapa de fe, no tanto en que va a llegar algo, sino en que uno debe ser sensible para salir a buscar cuando sea el momento de hacerlo. Esa carrera de ratas presiona, y por eso muchos cristianos viven aplastados, como si ser solteros fuera tener peor que tener sida, lepra y además halitosis. Por eso uno ve trípticos como este, donde tres niñas de supuesto pensamiento espiritual, pelan el cobre al dejarse dominar por sus emociones.

Siempre he creído que el amor nos hace creativos, y que la creatividad nos une en amor. Es un círculo perfecto que encaja en la decisión personal. Tal vez por eso fue que decidí matar a Cupido en defensa propia, porque dar amor es una decisión privada entre dos, no entre tuits, retuits y mentions de un timeline público.



@benditoavila

viernes, 15 de febrero de 2013

Afectado

Hace unos días me preguntaron si alguien me caía mal. Me quedé pensando en nombres y naturalmente recordé unos cuantos archienemigos, pero de ahí no pasó. Luego de preguntarme que por qué me caían mal, y de dar mis razones (que son lámparas, fictis, guisos, ñoños y contradictorios), me sentí mal ante la contrapregunta: ¿Y eso a usted en qué lo afecta? Me quedé pensando y dije que me robaban la paz, que perturbaban la simetría de la humanidad, pero lejos de eso me di cuenta que no tenía razones de peso para estar enranchado con otros, porque ellos no estaban haciéndolo para mortificarme adrede. Hasta para buscarme enemigos soy mediocre.

Alguna vez oí que las grandes ideas no salen de la cabeza, sino del corazón y la emoción. Por eso, si a mí no me produce una afectación directa va a ser muy difícil que escriba u opine de algo, o que de ahí salga alguna idea creativa. No me juzguen, estoy siendo fiel al diseño humano, raza especialista en hablar de lo que no conoce y en despotricar del sabor de las mandarinas sin siquiera haberlas probado. Vivimos así, hablando de lo que realmente no nos afecta, pontificando de lo que vemos de lejos y creyéndonos de mejor familia ante el oficinista que pronuncia tatsi, perrea en el barrio Marsella con otra oficinista que usa jean sin bolsillos y además dice que DioSiTo le va a ayudar a no quedar embarazada.

A estas alturas, contar que el Papa renunció es como hacer un chiste con la edad de Amparo Grisales o con las canciones de Arjona: irrespetuosamente predecible. Se nos va Ratzinger y para mí resulta interesante, pues he estado acostumbrado a pensar en que los Papas mueren con el hábito puesto y no renuncian, así mi papá ya se haya ido (con una oficinista ficti, guisa, ñoña y contradictoria). En mis tiempos, los Papas duraban hasta su muerte. No sé si es que Juan Pablo II nos malacostumbró o es que ya no hacen Papas como los de antes.

El Papa no me cae mal, al contrario: lo admiro por dedicar su vida a Jesús. Personas así me generan respeto, así que por eso creo que escribo de él. Lo curioso es que como no soy católico y no me afecta en lo más mínimo lo que suceda con el cargo de Papa,  me impresiona el ambiente de incertidumbre que se levanta entre los católicos tras su partida. Asumo que como es un cargo de poder en todas las esferas sociales, el mundo se pregunta por qué decidió irse, si será verdad que lo hace por salud o por presiones de otro tipo.


Esta semana algunos católicos me censuraron por decir que el Papa renunció porque le ofrecieron algo mejor en la Estrella de la muerte. Entonces, ¿quién entiende a la gente? Quisiera decirles que fue un comentario en tono de broma, que era de chiste, que no era un acto altanero en contra de su institución apostólica y romana, pero está visto que todo lo que un cristiano pueda decir del catolicismo, sea bueno o malo, les afecta porque lo toman como provocación. Me dijeron que fuera a dar mi diezmo y a alabar a mi pastor, que me daba garra y que le iban a pedir a sus santos que me halaran las patas.


No tengo nada en contra de nadie, porque más de lo que me detone entrar en conflicto, cuenta es preguntarme ¿Y a mí en qué me afecta? Ser cristiano no es no opinar de nada, al contrario, es una nota poder dar el punto de vista, mucho más cuando la gente entiende que una cosa no tiene que ver con la otras, que manzanas no son naranjas.  También es chévere ser cristiano porque uno no tiene Papa, no sufre con lo que pueda pasar en el Vaticano y aprende que a recibir a católicos en desasosiego, tal cual como uno mismo fue.


@benditoavila

viernes, 23 de noviembre de 2012

Los fantasmas

Últimamente he vuelto a moverme con miedo e incertidumbre, con esa sofocante sensación de estar entre ojos, bocas y manos de extraños. He vuelto a recaer en la paranoia, aquella vieja compañera con la que crecí. Digo que he vuelto, porque creí que era un tema superado; pero cómo no reactivarla si he vuelto a ver a los fantasmas. Sí, yo también veo gente muerta y aunque Bruce Willis trate de tranquilizarme, los veo vivitos y coleando, caminando cerca de mí, presionándome la conciencia y trayéndome el pasado al presente.

Siempre creí que el remedio ante el fracaso es seguir viviendo, pero va uno a ver y no. La realidad es que así uno decida convertirse en un zombi cristiano, de esos que mueren por la causa y dejan atrás el arado del pasado, siempre volverán esas personas, recuerdos y demás situaciones antiguas que todavía guardan facturas pendientes y que llegan a cobrarlas, sin importar que ya no son meses sino años vencidos y se supone, pagados.

Hace poco me pasó. Estaba comiendo tacos al pastor y creí ver el fantasma de una ex. Me paralicé y desconcentré, pero estoy seguro que no fue ni por la comida ni tampoco por el agua de horchata: es que siempre he creído que la ex es excremento y con la comida no se juega. La verdad es que los fantasmas tienen sus aliados, sus dobles, gente parecida que la simula y hasta representa. En realidad lo que vi fue una vieja muy parecida a la otrora novia, una humana con cara de fantasma. Mi desconcierto me llevó a pensar en que si no les debo nada, si ya todo supuestamente fue saldado, ¿por qué nos paralizamos? ¿por qué nos congela encontrarnos con el pasado? ¿por qué todavía veo gente tan parecida a otra? ¿por qué los vivos parecen muertos?

Lo malo es que a uno no le enseñan a enfrentar a los fantasmas. Intenté evadirlos, huírles, eliminarlos de Facebook, pagarle a mis héroes de infancia para que los capturen y hasta trepanarlos espiritualmente de mi cabeza, pero como si se empeñaran en aparecer, en pedirme cuentas del presente, ahí están. La televisión me los recuerda, los trae de vuelta desde su pantalla brillante, recordándome que de mí depende que vayan a descansar en los jardines de paz del recuerdo (mi cementario personal todavía no patentado). Lo cierto es que si han vuelto debe ser por algo, y como no sirvo para convivir con ellos, tengo que buscar la forma correcta de dejarlos ir.

Fui al pasado, donde los fantasmas fueron sinceros y honestos hasta donde tengo entendido. Fui al futuro, donde los fantasmas ya no tienen lugar. Estoy en el presente, donde los fantasmas me piden más que una movida, un cambio de ritmo que les deje claro que no soy el mismo que conocieron, que tengo algo para darles aunque mi intención tampoco es intimarles. Los fantasmas no saben de tiempos, solo viven en recuerdos que para mí se quedaron en el último viaje hecho en el DeLorean, en el cual volví a hacer una de las cosas que más amo.

Uno aprende a dejar de condenarse y de llorar sobre la leche derramada, porque eso del perdón de pecados por la cruz es una realidad; pero son pocos los que enseñan a restituir, a ponerle las dos mejillas a quienes afectó inmisericordemente con acciones mugrosas. No le tengo miedo a enfrentar a los fantasmas, solo que no lo había visto necesario hasta que me pregunté ¿qué pasaría si volvieran, si decidieran todos y todas juntos y juntas visitarme y halarme las patas? puedo enfrentarlos, sí, pero en el fondo algo me dice que yo debo producir dicho encuentro.


@benditoavila

miércoles, 27 de junio de 2012

Rewind

Estos días he estado haciéndome un sinfín de preguntas acerca de mi vida actual, de mis sueños, percepciones, pero sobre todo de cómo imaginaba todo esto hace aproximadamente diez años. Lo único que he podido concluir es que definitivamente las primeras pasiones no se deben ocultar. Las bajas tal vez sí, porque a la luz de lo espiritual lo instintivo no tiene lugar. Me di cuenta de que lo más nocivo que alguien puede hacerse a sí mismo es enterrar sus sueños de infancia, pues aunque detrás de ellos no haya mucha plata o aparente alcurnia, generalmente es en el momento de perseguirlos donde está la pasión y el gusto, y en el encontrarlos la más grande de las realizaciones personales.

Hace diez años quería dedicarme a la música. Recuerdo pasar los días oyendo todo tipo de sonidos, escarbando en el por qué de cada nota, armonía, ritmo y demás. Lo curioso es que lo disfrutaba mucho y además tenía una extraña habilidad: podía identificar la tonalidad de cualquier sonido que oyera, razón por la que deducía con unas pocas notas en qué tonalidad estaban las canciones y así mismo cuáles notas venían en camino. Empecé en la música como el cúmulo de la prole, es decir, tocando el cumpleaños feliz en flauta dulce. De ahí pasé a recibir una organeta Yamaha en la navidad del 98', con la que interpelé a sacar a oído melodías de The Beatles. Eran días muy diferentes.

El primer escenario donde alguien puede darle rienda suelta a una habilidad es el colegio. Es aquí donde se reafirman, enfocan o eliminan los talentos de las personas. De ahí que me oponga tanto a aquellos colegios que en su corte tradicional no saben leer otro tipo de habilidades más allá de saber factorizar o entender principios de la termodinámica de manera temprana. No es mi caso, pues aunque estudié en un colegio de curas dominicos -de los más godos posibles-, no pasó mucho tiempo para que estuviera distinguiéndome por tocar las congas en la orquesta escolar. Resulta más curioso que el día que decidimos emanciparnos del tropicalismo y darle la bienvenida al rock,  por alguna extraña razón nadie daba con el chiste métrico de la batería. Así que sin entender lo que hacía me senté a explicarle al baterista de turno cómo yo oía que sonaba y cómo creía que debía tocarse. Pasaron dos semanas y este baterista se dedicó al fútbol, dejándome el banquillo vacío.

Tuve entonces una banda de rock llamada Caos. El nombre no era gratuito, pues lo único que teníamos era dones innatos que tristemente sin disciplina no son suficientes para avanzar en nada en la vida. Tocábamos selecto rock en español, canciones sueltas que nos gustaban, o que veíamos como retos sonoros y así. Era un caos ecléctico, pero era nuestro terruño y lo que nos daba inmunidad ante los curas y sus deseos de hacernos ingenieros a toda costa. Lo malo era que de Caos todos siguieron ese llamado profesional y yo, como solía suceder antes de 2002, veía desplomarse todo en lo que creía.

En 2002 mi vida se partió en dos. Es el año de mi a.C. - d.C., porque efectivamente conocí de Jesús y eso pone sobre el tapete una urdimbre enmarañada que va uno a ver y es la propia existencia. Entendí que necesitaba un salvador personal, así que mi vida encontró sentido incluyendo en lo musical: tuve una conversión divertida que me llevó a dejar de tocarle el órgano al diablo y me llevó a caminar en calles de oro, cargando un bajo de cuatro cuerdas que accedí a estudiar por curiosidad y porque no había bajista en la Iglesia local de la época. Ahí supe que Dios ama el bajo, es decir el instrumento, porque a mí me ha amado desde antes.

Toda esta parafernalia melosa pasó por mi cabeza por estos días, tiempo en el que entre chiste y chanza ese don ha salido a flote ante el asombro de la gente, quienes todavía no entienden por qué no he tocado en público, o por qué no he vuelto a grabar bajos como en las viejas épocas, o por qué no he intentado tocar en la Iglesia y así. A todos les explico que la música sigue corriendo por mis venas, que está en mi top tres de intereses y que tengo claro que rendiré cuentas de lo que hice con mi don, así que es cuestión de tomar en serio a Cerati cuando decía "Me verás volver" y pensar que soy yo diciéndolo lejos de un estado vegetal.


@benditoavila

miércoles, 25 de abril de 2012

Cultura cabañera

Ya ni me acuerdo cuándo fue la última vez que escribí algo dirigido a ustedes, oh amados cabañeros y cabañeras. Reconozco que los he tenido muy olvidados, pues le he dado rienda suelta a la vida capitalista, que es la que paga el Icetex, el Telmex y demás cuotax pendientex. Esa es la verdad, La Fiebre de las Cabañas, otro blog sobrevalorado, es mi forma de dejar plasmado lo que se me ocurre en determinados momentos de la vida, no una forma creativa de lucro. Yo escribo porque quise, a mí no me pagaron. Aunque vivo de escribir para otras plataformas comunicativas, hay días en que no quisiera plasmar ni una letra más.

Hago estas salvedades como cuando en los programas de Chespirito quitaron las risas enlatadas "por respeto al público". Ustedes me merecen respeto, aunque no lo crean. Tal vez no sepa si tienen blog, si son príncipes azules o embajadores del averno, pero me leen y como tal debería cuidarlos, o por lo menos no ofenderlos. Aunque no me interesan muchas de sus vidas, debo confesar que sus ideas sí. Esa es la cultura cabañera, módulo educativo con amplia adaptabilidad para oficinistas, universitarios, tuiteros y los demás nichos que me han hecho llegar reportes QSL de lectura.

Después del saludo emotivo, prosigo a dejar clara otra de mis pretensiones bloggeras: el ejercicio de pensamiento. Sin rayar en que todos se vuelvan cerebritos de alto coeficiente intelectual, escribo para que muchos aterricen su fe con elementos racionales. Me esfuerzo para que muchos conozcan a Jesús a pesar de mí, de mi visión corroída de algunos temas y de mis múltiples prejuicios. Sueño con el día en que la gente busque a los cristianos para pedirles no solo consejos para llevar la tusa, sino también para hacerles consultas laborales de todo tipo, pues estos han demostrado ser una raza diferente, una raza contra el viento.

Nunca he buscado que ustedes se parezcan a mí, ni mucho menos que se identifiquen conmigo. Quiero que cada uno recorra su camino propio, descubra su propósito y atienda a cumplirlo. No me interesa que les guste Chespirito, Rescate o el ajiaco tanto como a mí. Tal vez es por eso que me gusta la relación anónima que uno genera con el grupo de lectores que tiene, porque les garantizo que si encuentro a muchos de ustedes en la calle los trataré igual a que si no los conociera. Esa es la cultura cabañera: más intelecto y menos físico, más Twitter y menos Facebook.

Si existe este blog no es para armarme un trono intelectual, más bien es mi propio ascenso al cadalso: me la juego por plasmar cosas inexistentes que prometen cobrar vida mientras ustedes creen que es una comedia. Hoy una vez más decido comprometerme a aportarles, divertirles, ofenderles -en caso de emergencia-, sacudirles y sobre todo edificarles con pasión, porque sin pasión ni se puede amar a Dios ni mucho menos escribir.

No es más por ahora. Me despido recordándoles que si me preguntaran a quién salvaría en un incendio, si a un animal o a una pintura cara, no salvaría a ninguno porque me gusta ver las cosas arder.


@benditoavila

viernes, 10 de febrero de 2012

Porno cristiano

La vida es en sí misma una contradicción. He visto a las grandes mentes de mi generación caer rendidas ante lo que juraron enfrentar y hasta destruir. En el ámbito religioso ha pasado lo mismo. Por ejemplo, existen oxímorones como sectas islámicas para homosexuales, comunidades judías que elaboran recetas kosher para comer cerdo y uno que otro grupo de budistas que caza ballenas (Fuente: EL TIEMPO, o sea que puede ser ficción).

Sin ser un purista ñoño, o un punkero con fe franquista, debo confesar que no esperé ver -tan pronto- una contradicción tan desfasada como la que trae esta noticia: la llegada del cine porno para cristianos. ¿Es esto una broma pesada? No, resulta que importantes diarios en el mundo -dije importantes, no serios- han publicado la noticia y hasta han aclarado que en el porno cristiano el centro es el amor de pareja, pues las historias transcurren bajo el santo vínculo del matrimonio, y hasta los actores deben cumplir con este requisito.

El porno cristiano pretende que "se entienda al cuerpo como un regalo divino que merece ser tratado bien (...) Los filmes eróticos serán producidos para la educación de los creyentes”. Leo y releo afirmaciones como esta y empiezo a creer que los mayas tienen razón: este 2012 tal vez se acerque el fin y requerimos un cambio de consciencia urgente. ¿En qué momento el cristianismo se volvió un nicho publicitario donde el consumo se liga a las creencias?

En primer lugar, trato de reflexionar sobre el origen de la idea: me imagino un grupo de cristianos morbosos que ante la sensación de culpa propia del pecado cometido, crearon una manera de sentirse en la libertad de caer "como Dios manda". También veo una que otra denominación apoyando la idea, buscando que sus feligreses no se "pierdan" más, les ofrecen liviandades con mentalidad de cabaret, pero cristianas.

Es triste ver cómo cualquier concepto, por perverso que sea, se ablanda si se le suma el adjetivo cristiano: fornicación cristiana, aborto cristiano, adulterio cristiana, y así hasta llegar al porno cristiano, siendo este el adalid de la desfachatez.
-¿Entonces, vamos a ver porno?
-Uy, ¿qué le pasa?
-Porno cristiano.
-Ah bueno, si es cristiano sí.
Así las cosas, términos como soft, interracial, amateur y hardcore se verán tiernos.

Me imagino a estos personajes -que entre otras cosas deben ser los mismos que se emborrachan usando de parapeto el mal leído argumento de 'Jesús tomó vino'- todos muy campantes alimentando sus pasiones más bajas, pero ahora ambientadas en desiertos y avaladas por ciertas Iglesias. ¿Se dirán malas palabras? ¿Será un cine bien producido? ¿El argumento tendrá un poco más de lógica que una película porno, donde el repartidor de pizza se lleva el protagonismo?

Son preguntas que no pienso resolver. Lo único que me pregunto es ¿Qué pensará Jesús de todo esto? ¿Se sentará a llorar porque su mensaje de amor al prójimo se tomó muy a pecho y muy literal? Es triste que muchos crean que los cristianos somos gente beata y cohibida por no tener sexo fuera del matrimonio, pues desconocen que ser cristiano es en sí mismo vanguardista, es desencajar con lo que el mainstream propone, es no pretender verse socialmente aceptable y en este caso nunca será aceptar el voyeur como forma de aprendizaje.

Creo que Dios inventó la humanidad e inventó el sexo, ambos con estrecha relación de creación y de placer. Nada más santo que el sexo como para banalizarlo y empaquetarlo industrialmente ahora con un rótulo de fe.


@benditoavila