Mostrando entradas con la etiqueta Biblia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Biblia. Mostrar todas las entradas

lunes, 10 de agosto de 2015

En Su Presencia

Hace unas semanas me lanzaron una pregunta muy difícil: "¿Si usted necesitara que yo orara por usted justo en este momento, por qué le gustaría que lo hiciera?". Antes de responder como reina de belleza o como cristiano en edad de perecer -que en últimas viene a ser lo mismo-, me detuve a dimensionar lo impactante del escenario, pues este tipo de preguntas casuales con fines espirituales se hacen cada vez menos.

Tengo la bendición de ver que hay gente que de cerca o lejos me tiene presente, y es bonito saber que se acuerdan de uno cuando hablan con Dios. Creo que es la bendición de pertenecer a un lugar, a una familia, a una Iglesia local. En mi caso, me envalentono a plasmar algunos de los recuerdos tras cumplir, por estos días agostinos -no agustinianos, porque es algo cristiano-, diez exactos años en El Lugar de Su Presencia.

Aquí soy feliz hasta cuando me toca en gallinero.

Lo primero es contar que empecé a ir a la Iglesia porque una ex me llevó, Y sí, amados caba-ñeros y caba-ñeras, no pasaron más de dos semanas cuando la deporté a la friendzone, porque tenía claro que ella no sería la tales, la que sabemos, sino un juglar de paso, cual hostal barato en una ciudad capital. Quisiera decir que le terminé por Dios o algo así espiritualoide, pero pensé algo: si sé que no me voy a casar con ella, ¿para qué sigo magullando el aguacate? Además, la oficial me puede estar viendo y como mínimo me puede estar tachando de su lista. Y bueno, primero muerto antes que perder la vida.

Ya superada esa piedra de tropiezo con pelo largo, recuerdo que empecé a asistir el domingo temprano, para que me rindiera el día. Pensamiento algo avanzado y nerd que conservo hasta hoy. Llegué a la Iglesia a mis tiernos 17 años, cuando era una casa pequeña con mezzanine, donde disfrutaría de la música de Éxodo 33:14. Y digo disfrutaría, porque el día que decidí plantarme -ah palabra tan cristiana-, el cantante se retiró de la banda. Lo bueno fue que la música, siempre excelsa, fue una de las cosas que me confirmó que ese sería mi lugar por unas buenas temporadas.

La primera vez que asistí fue a una reunión de jóvenes, donde recuerdo presencié una obra de teatro experimental. Pero lo que más me impactó fue el uso de recursos audiovisuales de maneras tan creativas, con imitaciones, pregrabados, televentas y demás elementos que me hicieron llorar. Sí, era como llegar a un Magic Kingdom y descubrir que sí existía un lugar hecho a la medida de mis insatisfacciones. Nunca me imaginé que diez años después sería parte activa y creativa de aquello que me supo atraer.

Venía a la Iglesia motorizado, en el clásico carro familiar a quien llamamos René (Q.E.P.D). Como eran otras épocas donde delinquir se disfrutaba más, parqueaba por ahí cerca, dejando el René a la deriva y salvaguardado por cualquier fuicioso a cambio de unos miserables quinientos pesos. Y es hora de confesar algo, como llevaba un año manejando y no era que practicara mucho, dando reversa le pegué a otro carro y me escapé. Si alguien lee esto y reconoce abolladuras con pintura blanca, que Dios le pague y le responda.

Recuerdo que me costaba concentrarme en el tiempo de la alabanza por andar viendo a los bajistas de turno, pues pocos saben que además de tocar fondo, también toco bajo, lo cual es un chiste interno de Dios: poner a un bajo a tocar más bajo que otros bajos. El chascarrillo suena flojo contado por mí, pero estoy seguro que estaba en el plan divino. Cuando me enteré que para tocar en la Iglesia debía vincularme, sin duda lo hice, y el primer paso fue ir al Encuentro.

Allí estaba yo, en el Hotel La Fontana, con afro y gafas de marco grueso, cual Piero local, lo que me mereció cierto reconocimiento dentro de los asistentes. Me parecía increíble que como universitario rastrero que era pudiera quedarme en semejante lugar, gracias a la Iglesia. Y sí que lo disfruté, porque aquel fin de semana de Octubre de 2005 experimenté a Dios como una persona, que tiene emociones y que supera cualquier clase de estructura mental.

Allí creí estar listo para tocar, pero como los planes humanos son la comedia del cielo, terminé metiéndome en el coro, dizque para poder brincar facilito al beisguitar. No me imaginé que pasaría cerca de un año sin cantar, pero eso sí, participando de la ampliación del nuevo auditorio, que para mí era mejor que el Palacio de los Deportes bogotano. Pasaba las tardes de los sábados lavando pisos, limpiando sillas y pensando en cómo la vida necesita cierto sentido de pertenencia y referencia a una visión, a un lugar, a un llamado. 

Fue en la Iglesia donde, en estado eterno de espera, confirmé que esa bulla y energía chocoloca en forma de niño que tanto les fastidiaba a los curas con los que estudié no era algo satánico, como me dijeron unos que otros pastores, sino que ahora debía llamarlo temperamento. Y no para seguir siendo la ralea humana que todavía soy, sino para abrazar mi diseño original y así poder ser libre. En la Iglesia confirmé que podía inventar situaciones, personajes, historias; que me gustaba escribir comedia y que podía hacerla también. Es en ese lugar donde mis dones crecieron y donde descubrí el privilegio de servirle a los demás. Sí, esa vaina de verdad que es maravillosa.

Aquí entra en créditos el paso de tiempo, o mejor, rueda en caracteres "diez años después". Miro hacia atrás y le agradezco a Dios, porque buscando algo encontré mucho más. Como en la Biblia y esa historia donde Jesús compara el Reino de Dios como un terreno donde hay un tesoro escondido, yo terminé queriendo tocar bajo, ser aceptado y amado; y ahora encuentro que Dios me permitió tragarme, fracasar, subir de nivel, fracasar, conocer gente maravillosa, descubrir que servía para bailar, fracasar, relacionarme con Dios, y así seguir viviendo con una gran razón: que todos conozcan que es a través de Jesús que la vida cobra sentido, y así mismo propósito.

Quisiera meterle más candela a estas letras, pero prefiero preguntarle a quien esté leyendo esto: ¿Si usted necesitara que yo orara por usted justo en este momento, por qué le gustaría que lo hiciera? Depronto en esas nos encontramos por allá, circundando la que yo llamo la Comunidad Jedi de La Castellana.

jueves, 15 de enero de 2015

Babel

Recuerdo que cuando vi la película escrita por Guillermo Arriaga (porque el cine no es sólo de los directores), salí pensando en cómo la Biblia siempre nos sirve de pretexto cinematográfico, la base para desarrollar nuestras vidas y adaptarlas al contexto propio tomándola como referencia dramática. Yo, en parte, por eso la leo, porque detrás de la narración también hay una forma de encontrar a un Dios interesado en darnos las directrices para vivir con claridad en la tierra.

En Babel vemos cómo unos hermanos pastores en Marruecos se relacionan con una familia estadounidense de vacaciones por ese país, que a su vez tienen que ver con una niñera mexicana en San Diego que partirá al matrimonio de su hijo en Tijuana, y una muchacha sordomuda japonesa que sufre por la muerte de su mamá. En la Biblia vemos la historia de los orgullosos descendientes de Noé, quienes querían hacer una torre que los hiciera famosos y los llevara a tocar el cielo, literalmente. En la intersección, encuentro a la humanidad y su mayor facultad: la imperfección incoherente.

Ser humano es hacer las cosas mal, es ser intenso e incisivo con lo que se busca; pero también es ser miedoso e indeciso, lo cual nos vuelve contradictorios. Repasando el texto bíblico me impacta que Dios mismo dice que los humanos podremos hacer todo lo que nos propongamos y que nadie podrá detenernos, entonces ¿por qué las cosas no salen como se libretean? ¿Por qué fracasamos en nuestras historias personales si podemos hacer lo que se nos venga en gana?

La respuesta la encuentro en el verso siguiente, donde ese mismo Dios, en un acto de amor incomprensible, esparce a los humanos por toda la tierra y permite que aprendan otros idiomas, para terminar de complejizar la vaina. Por un lado, cuando se nos desbaratan los planes y se cae el castillo de naipes, siento que está la mano de un Dios que permite la separación, pues sólo quien ha percibido el dolor de una pérdida sabe lo maravilloso que se siente recuperarse.

La película le apunta a los puntos de giro de la vida, no tanto por el azar sino a plasmar cómo las decisiones que tomamos en milésimas de segundo nos pueden dañar el caminado por el resto de la eternidad; y cómo nuestra vida también se ve modificada por las decisiones de otros, con alcances inimaginables por lado y lado. Siempre que pierdo a una persona pienso en esto, en que Dios mismo me permite elegir cómo va a ser mi vida, pero que llega un punto en que, si se lo pido, meterá mano y colmillo para llevarme a crecer, a subir de expectativas, ofreciéndome un camino lejos de lo escaleteado por mí mismo.

Nos interesamos por personas, pero no terminamos de decidirnos por ellas, y cuando las perdemos nos lamentamos, a pesar de que fue por falta de determinación. Y vivimos tranquilos hasta que se entra un tercero a colación, y reaccionamos con el síndrome del triciclo. ¿Quién nos entiende? Decimos muchas cosas pero las emociones nos cambian, y es triste, porque creo que madurar es aprender a vivir con las emociones calibradas y las decisiones fijadas, a pesar de lo que se pueda presentar.

Nadie ha pensado en lo triste que debió haber sido para estos personajes bíblicos perder la comunicación entre sí, cómo los que un día se trataron con cariño vieron que tiempo después no entendieron el lenguaje del amor del otro, y en esa cruda ignorancia creyeron leer las acciones de sus cercanos para darse cuenta de que no dijeron lo que creyeron.

Así como en Babel, donde queda claro que el dolor de la traición y la reconstrucción del amor son idiomas que no todo el mundo logra compaginar. Así como en la Biblia, donde la historia de amor de Dios con la humanidad implicó un gran sacrificio, difícil de comprender. Así como en la vida real, donde si el idioma de uno era movimiento, y el del otro quietud, sólo se puede concluir que no estaban corriendo en la misma carrera.

viernes, 11 de noviembre de 2011

Capicúa

En las mentes de los superticiosos hoy es un día importante, pues según dicen el hecho de ver esta alineación de calendarios en torno al número 11 solo se da una vez cada cien años y tiene un ingrediente cósmico. Yo solamente he usado la palabra cósmico como adjetivo para referirme a un gato, y creo que alguna vez la usé cuando le dije a una chica que era "cósmica", no porque quisiera hablar con la jerga de retrasado mental de Suso, sino porque yo también fui lámpara, pero gracias a Dios pude dejar ese vicio tan religioso.

Ya iba a empezar a difamar, pero recordé que estoy en rehab de tanto punkerismo denigrante y ahora cuido mis contenidos. No sé si lo sepan, oh amados cabañeros y cabañeras, pero ahora tengo que pagarle regalías a Sayco por cantar tantas veces usando palabras retorcidas y haciéndolos desternillar de la risa, retorcidamente por supuesto. Tranquilos, que ya que no gasto licor sí gasto sonrisas, así suene a frase de actor convertido al budismo.

Como pudieron ver, el 11/11/11 no era el fin del mundo, como creían varios tuiteros. Pareciera que la gente no quiere entender que el fin del mundo no será en una fecha orgánicamente esperada por todos. Eso lo aprendí leyendo la Biblia -libro que para la gente de esta oficina es un manual más-. Yo les digo que la Biblia tiene respuestas para todo, que no es un Almanaque Bristol ni un libro para dummies, sino un texto más poderoso -literalmente- que todos los libros que se hayan escrito y estén por redactarse en toda la galaxia.

Por eso desde muy temprano tenía claro que si el día iba a ser inolvidable no sería por una profecía maya, ni porque almorzaría un ajiaco de ensueño: cada día es especial porque sí y listo, ni siquiera porque esta noche sea el concierto de Hillsong en Bogotá y ellos vayan al Simoncho a verme brincar sus canciones. El punto es -expresión que utilizo en cada entrada-, que uno no debe esperar capicúas (palíndromos numéricos que se leen igual de izquierda a derecha y viceversa) como señal de que algo místico sucederá. El flujo de los acontecimientos nos llevará hacia el camino que ya hemos escogido y no al revés, porque de ser así seríamos absolutamente mediocres.

Es por eso que propongo que dejemos de creer en las fechas, en los calendarios y en los tiempos: de hecho, la Biblia dice que para Dios mil años son como un día y viceversa, entonces no hay afán de sumarle o dividirle cifras a los hechos, porque el fin del mundo llegará cuando llegue, cuando nadie se lo espere y cuando entendamos que lo que debemos hacer es vivir y prepararnos en función de nuestra propia existencia.


Twitter: @benditoavila

martes, 30 de agosto de 2011

La hora felina

Después de días platónicos, qué mejor que seguir con días plutónicos. Es que esa es la verdad, uno escribe muchas vainas serias y también muchas bobadas, pero ambas son realmente necesarias para el bien mental. Como La Fiebre -el lugar donde se vale decir "subamos arriba"- es un espacio más democrático que un baño público, hoy es tiempo de disfrutar de reflexiones sin sentido y sin mayor importancia más que para quien las escribe.

Cada vez estoy más cerca de convertirme en algo que no sé si quiero ser: un mamerto pop prepagado y oficinista. Me pongo el carné de la empresa antes de bajarme del Transmilenio, me sirvo agua del botellón de oficina que yo mismo pongo, saludo de beso a mis compañeras oficinistas a sabiendas del pútrido olor a pachulí que me impregnará, prendo el computador y reviso correos. Así llegan las primeras horas, en las que se van colando cascadas de imágenes en mi cabeza que ahora piensa en función comercial. Si usted alguna vez reprendió a alguien por estar pegado a un televisor y le dijo una frase como "Ni que le pagaran por ver novelas", es tiempo de que sepa que esa frase es una realidad real en mi existencia oficinista.

Menos mal existe La Fiebre, lugar donde mi mentalidad de oficinista feliz se da unas cuántas patadas con la lobotomía que a veces siento me realizan a la hora del almuerzo. Ahora respiro feliz mientras veo a gente hacer mal su trabajo, y no es que disfrute ni que me de un fresquito el sufrimiento humano, solo que en el ambiente oficinista uno siempre espera algo que rompa la cotidianidad: un petardo detonado que nos haga evacuar y hacer popó del susto, una celebridad que entra en ataque de amok y amenaza con matarnos, o por lo menos una caída de alguien por las escaleras. La cotidianidad se disfruta mucho más cuando se lee desde lo divertida que puede llegar a ser.

Menos mal todo oficinista tiene alguna importante razón para llegar a casa. La mía me acompaña hace más de un mes, exactamente desde el día que murió Joe Arroyo. La conocí y fue impacto a primera vista, pues ya hemos dejado claro que no existe el amor a primera vista aunque Salserín insista. Digamos que me impactó y cuando me le acerqué me perdí en sus ojos, más grises y girasoludos que sus propias manchas. Ahí conocí a la que sería mi primera-nueva-última mascota, una gata criolla que no es cualquier gata callejera como las que acostumbraban perseguirme en la Javeriana para aruñarme.

Esperaba que me entregaran un gato y negro, pero resultó que un hippie se lo llevó antes de que yo llegara. La vi y pensé: "Es una gata, ah, gata... ah gata". Se me dibujó una sonrisa en el rostro y como soy tan chocoloco y loco decidí bautizarla Ágatha, no por ninguna escritora ni menos por una diseñadora de perfumes más inmundos que los que usan mis compañeras oficinistas; sencillamente Ágatha, Ah gata, mi gata.

Tener mascota era de las últimas cosas que haría en mi vida, según mi Almanaque Bristol. Pero como buen escritor de horóscopos y magazines universitarios, encontré que para ser cool debía retar a aquellos que decían que no podría avanzar en la vida y además bailarles un merengue apambichao encima de sus tumbas. Tener una gata no me hace más corrido que aquellos escritores postmodernos que asocian la bohemia con un felino merodeando en sus ceniceros. Yo, un flamante opositor del neohippismo y del divorcio, he encontrado interesantes enseñanzas a la hora de cuidar y ver crecer un animal tan parecido a mí: independiente, punkero, interesado y además tan felinamente calculador.

Ágatha se parece tanto a mí que cuando llegó no quería tomar agua de la llave, sino que buscaba charcos en la cocina para saciar su sed. Ya era mi gata desde el primer día, pues también vivió sus primeras horas de existencia en el hacinamiento de un hogar clase media y ahora disfruta viendo comedias de situación a las que pocos le ven lo gracioso. Si las mascotas se parecen a sus dueños, Ágatha será una gata que se cree de mejor familia, que usa arena fina e impagable por sus propios medios y que además vive encontrando su propósito de vida felina a diario. Vendrán muchos años gatunos en los que enfrentará mil aventuras sin dejar herederos, en eso sí no nos parecemos: ella será operada prontamente y yo regaré mi semilla en alguna flor local, no tan prontamente pero sí ciertamente.


Ágatha equivale a un Bebé Huggies pero en la farándula felina