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lunes, 10 de agosto de 2015

En Su Presencia

Hace unas semanas me lanzaron una pregunta muy difícil: "¿Si usted necesitara que yo orara por usted justo en este momento, por qué le gustaría que lo hiciera?". Antes de responder como reina de belleza o como cristiano en edad de perecer -que en últimas viene a ser lo mismo-, me detuve a dimensionar lo impactante del escenario, pues este tipo de preguntas casuales con fines espirituales se hacen cada vez menos.

Tengo la bendición de ver que hay gente que de cerca o lejos me tiene presente, y es bonito saber que se acuerdan de uno cuando hablan con Dios. Creo que es la bendición de pertenecer a un lugar, a una familia, a una Iglesia local. En mi caso, me envalentono a plasmar algunos de los recuerdos tras cumplir, por estos días agostinos -no agustinianos, porque es algo cristiano-, diez exactos años en El Lugar de Su Presencia.

Aquí soy feliz hasta cuando me toca en gallinero.

Lo primero es contar que empecé a ir a la Iglesia porque una ex me llevó, Y sí, amados caba-ñeros y caba-ñeras, no pasaron más de dos semanas cuando la deporté a la friendzone, porque tenía claro que ella no sería la tales, la que sabemos, sino un juglar de paso, cual hostal barato en una ciudad capital. Quisiera decir que le terminé por Dios o algo así espiritualoide, pero pensé algo: si sé que no me voy a casar con ella, ¿para qué sigo magullando el aguacate? Además, la oficial me puede estar viendo y como mínimo me puede estar tachando de su lista. Y bueno, primero muerto antes que perder la vida.

Ya superada esa piedra de tropiezo con pelo largo, recuerdo que empecé a asistir el domingo temprano, para que me rindiera el día. Pensamiento algo avanzado y nerd que conservo hasta hoy. Llegué a la Iglesia a mis tiernos 17 años, cuando era una casa pequeña con mezzanine, donde disfrutaría de la música de Éxodo 33:14. Y digo disfrutaría, porque el día que decidí plantarme -ah palabra tan cristiana-, el cantante se retiró de la banda. Lo bueno fue que la música, siempre excelsa, fue una de las cosas que me confirmó que ese sería mi lugar por unas buenas temporadas.

La primera vez que asistí fue a una reunión de jóvenes, donde recuerdo presencié una obra de teatro experimental. Pero lo que más me impactó fue el uso de recursos audiovisuales de maneras tan creativas, con imitaciones, pregrabados, televentas y demás elementos que me hicieron llorar. Sí, era como llegar a un Magic Kingdom y descubrir que sí existía un lugar hecho a la medida de mis insatisfacciones. Nunca me imaginé que diez años después sería parte activa y creativa de aquello que me supo atraer.

Venía a la Iglesia motorizado, en el clásico carro familiar a quien llamamos René (Q.E.P.D). Como eran otras épocas donde delinquir se disfrutaba más, parqueaba por ahí cerca, dejando el René a la deriva y salvaguardado por cualquier fuicioso a cambio de unos miserables quinientos pesos. Y es hora de confesar algo, como llevaba un año manejando y no era que practicara mucho, dando reversa le pegué a otro carro y me escapé. Si alguien lee esto y reconoce abolladuras con pintura blanca, que Dios le pague y le responda.

Recuerdo que me costaba concentrarme en el tiempo de la alabanza por andar viendo a los bajistas de turno, pues pocos saben que además de tocar fondo, también toco bajo, lo cual es un chiste interno de Dios: poner a un bajo a tocar más bajo que otros bajos. El chascarrillo suena flojo contado por mí, pero estoy seguro que estaba en el plan divino. Cuando me enteré que para tocar en la Iglesia debía vincularme, sin duda lo hice, y el primer paso fue ir al Encuentro.

Allí estaba yo, en el Hotel La Fontana, con afro y gafas de marco grueso, cual Piero local, lo que me mereció cierto reconocimiento dentro de los asistentes. Me parecía increíble que como universitario rastrero que era pudiera quedarme en semejante lugar, gracias a la Iglesia. Y sí que lo disfruté, porque aquel fin de semana de Octubre de 2005 experimenté a Dios como una persona, que tiene emociones y que supera cualquier clase de estructura mental.

Allí creí estar listo para tocar, pero como los planes humanos son la comedia del cielo, terminé metiéndome en el coro, dizque para poder brincar facilito al beisguitar. No me imaginé que pasaría cerca de un año sin cantar, pero eso sí, participando de la ampliación del nuevo auditorio, que para mí era mejor que el Palacio de los Deportes bogotano. Pasaba las tardes de los sábados lavando pisos, limpiando sillas y pensando en cómo la vida necesita cierto sentido de pertenencia y referencia a una visión, a un lugar, a un llamado. 

Fue en la Iglesia donde, en estado eterno de espera, confirmé que esa bulla y energía chocoloca en forma de niño que tanto les fastidiaba a los curas con los que estudié no era algo satánico, como me dijeron unos que otros pastores, sino que ahora debía llamarlo temperamento. Y no para seguir siendo la ralea humana que todavía soy, sino para abrazar mi diseño original y así poder ser libre. En la Iglesia confirmé que podía inventar situaciones, personajes, historias; que me gustaba escribir comedia y que podía hacerla también. Es en ese lugar donde mis dones crecieron y donde descubrí el privilegio de servirle a los demás. Sí, esa vaina de verdad que es maravillosa.

Aquí entra en créditos el paso de tiempo, o mejor, rueda en caracteres "diez años después". Miro hacia atrás y le agradezco a Dios, porque buscando algo encontré mucho más. Como en la Biblia y esa historia donde Jesús compara el Reino de Dios como un terreno donde hay un tesoro escondido, yo terminé queriendo tocar bajo, ser aceptado y amado; y ahora encuentro que Dios me permitió tragarme, fracasar, subir de nivel, fracasar, conocer gente maravillosa, descubrir que servía para bailar, fracasar, relacionarme con Dios, y así seguir viviendo con una gran razón: que todos conozcan que es a través de Jesús que la vida cobra sentido, y así mismo propósito.

Quisiera meterle más candela a estas letras, pero prefiero preguntarle a quien esté leyendo esto: ¿Si usted necesitara que yo orara por usted justo en este momento, por qué le gustaría que lo hiciera? Depronto en esas nos encontramos por allá, circundando la que yo llamo la Comunidad Jedi de La Castellana.

lunes, 10 de febrero de 2014

El fin del fin

Hay un momento en la vida donde hay que aplicar toda la fe que se dice tener. No es antes ni después, es en una fracción única y exclusiva que además de irrepetible parece adversa, porque no tiene sentido mover el status quo si no es para entrar en riesgo. Debe ser por eso que de un tiempo para acá empecé a amar las crisis, porque detrás de cada una de ellas se asoma un brillo que no brotaría en la estructura normal.

He tomado decisiones creyendo que serán para toda la vida, algunas tal vez por un tiempo ilimitado, pero otras que en el fondo del corazón ya tenían la fecha de vencimiento impreso en la parte de atrás, donde también viene la letra menuda. Ahora que leo todo esto, parecen las memorias de un jubilado de 90 años a punto de morir, pero sin querer lo soy, o siempre lo he sido, un anciano de épocas que deja morir una parte de sí en cuanto a decisiones radicales se refiere.

Como todo en mi vida, siempre hay un momento cinematográfico que respalda todo, inclusive esta escena de radicalidad sin asidero que actualmente ruedo en lo real. "Mueres siendo un héroe o vives lo suficiente para convertirte en villano", dice Harvey Dent sin ser consciente de la tremenda joya que acaba de pronunciar, no solo para Bruce Wayne, sino para la humanidad entera. Me impacta porque en la vida nos entrenan para subir, escalar y triunfar, pero pocas veces enseñan que todo tiene su final, que nada dura para siempre y es de grandes bailar el último track del disco con la misma alegría que se empezó.

El oficinismo me ha enseñado muchas cosas, me formó en horarios y hasta en relaciones sociales, tan complicadas para mí aunque nadie lo crea. Llevo casi cuatro años trabajando en la misma empresa, y jamás levantaría un dedo acusador en su contra porque aquí me formé, crecí en todas las áreas (literalmente) y conocí gente fabulosa, pero llega el tiempo en que se aprende lo que debía aprenderse, y lo que uno sabe es enemigo de lo que necesita saber.

Para mí eso es vivir, perseguir lo que amo sin importar las consecuencias. A simple vista parece un chispazo de hippismo ilustrado, pero ha sido una movida bien calculada, porque no es fácil entender que en un mundo perfecto las responsabilidades están por debajo de las pasiones, y no al revés. Como no soy hippie, sino todo lo contrario, debo empezar reconociendo que todo esto lo he aterrizado viviendo y leyendo la Biblia, bitácora que para muchos solo representa prohibiciones. De ella aprendí que la vida entera es una toma constante de decisiones sin importar que se tengan 23, 45 o 147 años de vida.

Estamos acostumbrados a tomar decisiones con seguridades, como dice mi papá: "Uno no suelta una liana si no tiene otra agarrada". Pero hay momentos en que lo único que se tiene es la certeza de lanzarse, como los malabaristas, donde no hay argumentos ni lógica más que la divina. Le pedimos a Dios que haga milagros, que abra el Mar Rojo para que podamos cruzar, pero Él espera que nos mojemos un poco los pies para que con nuestra fe se abra el camino seco.

Me aburrí del concepto estructurado de triunfo según el mundo, donde se pondera a la gente es por su plata, su academia, su linaje y talento. Nada de eso importa si nunca se ha ido detrás de la libertad y paz que producen la satisfacción de haber fracasado intentando hacer lo que más se ama. En mi caso, escribir, vivir e inspirar a otros. Gabriel García Márquez dijo que uno de escritor se busca un trabajo que da el sueldo para vivir mientras en el tiempo libre se escribe, pero ya estuvo bien de vivir al doble cuando puedo ser la mejor versión beta de mí mismo.

Por eso tal vez necesite dejar esto plasmado, porque el día de mañana volveré a estas letras para darme fuerza y recordar el día en que decidí creer que decir adiós es crecer. El día en que dejé de ser espectador y rompí la comodidad de la mente asalariada, cuando salté sin redes esperando que Su mano me sostuviera.
Que tiemblen las calles porque vuelvo a ellas.

lunes, 30 de septiembre de 2013

La pecera

De Pescao Vivo aprendí que pez se le llama al animal cuando está vivo, y pescado cuando está muerto. Sea como sea, devoro un pargo rojo con patacones, ensalada y jugo de guayaba, responsable de prevenir cualquier alteración estomacal. Lo mejor de comer en la playa es la opción de meter los pies en la arena al tiempo en que se mastica, uno de esos placeres que no salen en televisión y por eso a simple lectura suena bizarro.

Es que el calor tiene un efecto secundario en mí, que además de despertarme una sensibilidad ramplona que se nota en lo que escribo, me hace cobrar fuerza y valor físico. Soy como un Wolverine de la tierra caliente, pues hasta me siento más vigoroso y saludable aunque de piel para afuera soy el mismo escuálido que no bebe cerveza. Me divierte ver que en esta tierra soy de los de estatura promedio, pues predominan tantas razas y credos como la diversidad lo permite, algo que disfraza mis piernas retráctiles.

Siempre he creído que en el mar la vida es más sabrosa. Y va a uno a ver y sí, sobre todo cuando de conquistar se trata. Ante mis ojos impávidos veo a un kogui (más bajito que yo) en proceso de flirteo con una hippie de acento chileno, que está a 20 centímetros más cerca del cielo y se nota que está de paso. Es evidente que mientras no venda todas sus manillas de tela no se irá, así que parece estar dispuesta a aprovechar el tiempo metiéndose al mar de la mano del kogui, seguramente a tener una aventura de gran tamaño. Al otro lado, una pareja de adolescentes en luna de miel también celebran con demasiada cercanía. No los envidio, porque si algo tengo claro, además de que estoy cercado, es que eso de estar emparejado está sobrevalorado.

Sobrevaloramos todo. Por eso no me sorprende ver que la oleada de centros comerciales agringados también ha llegado a la costa, y el Ocean Mall no es la excepción. Lo recorro casi que por obligación, porque es el punto de encuentro para que me recojan quienes prometieron llevarme a la Iglesia y vienen en camino, exactamente hace una hora. Espero como siempre, sin quedarme quieto ni varado. Lo mío es el movimiento, así sea en círculo, porque lo mejor es darse prisa mientras se espera. Sin saberlo, la lección de la noche iría por ese lado.

Justamente entro al Centro Bíblico Internacional, la misma Iglesia que la noche anterior me recibió en plena cruzada evangelística. Me reciben Yoenis y Doyza, ujieres locales que me indican donde sentarme. Y solamente hago eso, medio me acerco a la silla en plena reunión ya iniciada, para que la banda empiece a coverear una canción gratamente conocida. Me siento como en casa.

La reunión prosigue y ahora sale a escena el Pastor Donaldo, quien promete "fajarse" una predicación mejor que la de hace ocho días, que seguirá teniendo el mismo tema: amor, esta vez para solteros. Yo, como soy el Anthony Bourdain de las Iglesias cristianas, le compro la idea, porque solo quien se deja sumergir logra disfrutar del sabor hasta la última gota. Lo divertido es ver la ilustración con la que arranca, bastante acuática y adrede para la jornada en la que vengo.

El amor está en el aire (y en el agua)

Como evento eclesial cristiano que se respete, todo inicia con dinámicas comparativas, esas típicas interacciones tipo Recreación Cafam que hacen que uno alce la mano según su categoría. Solteros, casados, ennoviados, viudos, dudosos y así. El Pastor es claro e indica que, contrario a lo que muchos pensarían, la soltería es una ventaja, es el tiempo para descubrir quién es uno, de qué está hecho y para dónde va. Es plenitud con Dios.

Y le creo, porque eso de seguir la cruz demanda toda la energía posible, algo que de casado hay que aprender a moderar. Uno vive afanado por entrar al mercado del amort pero si algo enseña la Biblia es que Adán no estaba buscando una carne de su carne, simplemente trabajaba cumpliéndole a Dios con la tarea de ponerle nombre a los animales. Luego se cansó y se quedó dormido, lo cual lleva a pensar que no fue él quien se dedicó a buscar ayudaidonea, sino el mismo Dios fue quien lo introdujo en los asuntos del amor.

Debe ser por eso que cuando Dios labra el camino, él mismo pone las ideas para enamorar. Esto no es un intento de uno por hacerse notar, es más bien un ejercicio de nado constante dentro del cardúmen. Me siento ya no dentro de una cerca, sino en una pecera donde todos somos peces (o pescados, según el grado de descomposición) diferentes, coloridos, multiformes, pero sólo uno destaca por usar sombrero y sandalias de tres puntas.

Cuando termina la charla, salgo a comer. Me ofrecen pescado, pero me niego en el acto, porque en la pecera no nos pisamos las aletas.

miércoles, 14 de agosto de 2013

Regreso al colegio

Me gusta leer la Biblia porque siempre encuentro en ella no sólo historias inspiradoras o promesas canjeables, sino también analogías de situaciones y, sobre todo, una mirada de Dios como un personaje que se hace real y concreto a través de Jesús. Creo que lo que dice la Biblia es verdad: Jesús nos entiende porque pasó las mismas pruebas que nosotros. Así que si él pudo, cualquier mortal kombat de a pie como uno también; claro, si confía en Dios como él lo hizo.

Esta es una verdad de a puño de la que tuve que convencerme hace unos días, tiempo en el que recibí una invitación que en otras ocasiones rechazaría, pero que en el fondo sabía que debía aceptar, todo para cerrar una tumba abierta que ya hedía con fetidez. Los que me conocen, saben que he odiado el colegio desde que nací, porque me recuerda los años de reclusión y sometimiento a leyes de un sistema retrógrado, la censura por ser cristiano y ser tomado como poca cosa por dicha condición espiritual, el divorcio de mis papás, la separación y muerte (no literal) de grandes amigos y muchos otros traumas en proceso de superación.

Debe ser por eso que no me interesaba en lo más mínimo volver. Para mí, la gente que regresa a su colegio después de graduada se me hace la más perdedora del planeta, porque ¿Quién va a querer volver al sitio donde le deformaron la mirada, le boicotearon los sueños y además le tocó pagar por eso? ¿Qué sujeto pensante en proceso de avance piensa en pertenecer a una asociación de exalumnos, donde el recuerdo personal es la base de un supuesto futuro colectivo? Me tragué los mil y un juramentos, olvidé cuando me sacudí el polvo de los pies cuando me gradué y heme aquí, escribiendo desde el día de la familia de esta institución escolar comandada por curas de sotana blanca y negra.

Aunque los salones y la cafetería han cambiado, los profesores están intactos. Me los encuentro de frente y algunos prefieren ignorarme, como evitando enfrentar la frustración de ver un egresado de hace casi 10 años y reconocer que han estado haciendo lo mismo por tanto tiempo. Si en mi época ya se les notaba la ausencia de pasión por la gente y el odio propio, no quiero imaginar cómo deben ser las clases por estos días.

Otros me saludan amables con un "Hola, Ávila. Tiempo sin verlo. ¿En qué anda?" Como sé que ellos esperan que les cuente que triunfé para sacar su parte, para alardear de su influencia en mi vida, les adelanto el cuaderno con humildad, aun cuando ellos mismos se opusieron a que estudiara Comunicación Social, o a que me dejara crecer el pelo, o a que hiciera un cine club, o a que pusiera música cristiana en la emisora, o a que regalara el uniforme del colegio a los indigentes, porque según ellos, "el traje escolar no se comparte". 

No voy a resentirme, porque igual decidí perdonarlos y destapar la hoguera amarga donde he cocinado las más oscuras intenciones, pero reconozco que si Jesús nos entiende, es porque él sabe que volver a estos sitios es imposible si no se cuenta con él. Así que decidí perdonar al colegio. Sí, puede sonar ridículo, pero para mí es liberador venir a poner la cara y así mismo seguir con mi vida dejando atrás los comentarios cortopunzantes y las palabras adobadas con arsénico. ¡Que viva el colegio... pero lejos!

viernes, 26 de agosto de 2011

Solos y Solas

Cuando estaba en la Universidad leí un libro que me reformó el pensamiento acerca del amor. "El Amor es como una historia", de Robert Sternberg, me enseñó que somos nosotros mismos quienes buscamos nuestras propias parejas, así como nuestros propios verdugos. Según Sternberg, cuando una persona argumenta que siempre le tocan tipos o viejas parecidos, o cortados con la misma tijera es porque sin quererlo ha construído un concepto del amor que no ha trascendido, pues se ha quedado en lo limitado de una definición del amor que debe replantearse. Si el amor es como una historia, somos nosotros quienes escribimos nuestros amores y además nos atrevemos a eliminar los vestigios de amores pasados e inconclusos. Esta teoría, por supuesto muy reveladora y adecuada, es precisamente lo que uno olvida en noches como la de anoche.

Todo inicia con un correo electrónico donde recibo una invitación a un show de stand-up comedy. Muchos de ustedes saben que la comedia no me ha sido nunca indiferente, así que decido aceptar el agasajo con el mayor de los gustos. El comunicado que venía con aquella invitación también sonaba a advertencia, pues el evento tenía un fin único: socializar e interactuar con cristianas en edad de merecer. Aquí quiero hacer una pausa y debatir: ¿Quién se inventó eso de la edad de merecer? ¿Merecer qué? ¿Por qué a mí me toca merecer, si eso suena como a meritocracia o a ya merito merezco? Suponiendo que sea merecer algo bueno decidí aceptar, una vez más pensando en que las historias no caen del cielo y que como a las mujeres, hay que salir a conquistarlas para luego traerlas a la intimidad. No me malinterpreten, la intimidad del blog y no de una cama -por lo menos hasta el matrimonio. Recuerde, soy cristiano y creo en todas esas convicciones que para muchos parecen retrógradas-.

De entrada no pude evitar en pensar en Hitch, en la escena del Speed Dating. Es que para eso de hacerme reír los gringos mandan la parada. Me imaginé un grupo de cristianos rotando entre mesas y mesas, solo que en vez de hablar de sexo hablaríamos de matrimonio, de la Biblia y de cosas afines que puentearan lo vergonzoso que puede llegar a ser abrirle el corazón a alguien sin quedar como ama de casa desesperada. Eso sí, sabiendo que el evento era patrocinado, creado y producido por mi Iglesia no me cabía la menor duda de que sería elegante y muy fancy, cosa que caracteriza -y debiera caracterizar-, cualquier empresa espiritual.

Nunca he creído que el amor traduzca sufrimiento, ni que el amor muere a manos del matrimonio. Creo, como dice Sternberg, que hay varias clases de amor, pero todas en camino a ser un amor consumado: un perfecto balance entre intimidad, pasión y compromiso. Si llegara a haber solo intimidad, sería algo así como cariño de confidentes; solo pasión sería encaprichamiento del barato; y solo compromiso sería habitar un espacio vacío y sin ilusión. Podríamos combinar estos tres ítems y obtener de todo, pero el punto es que uno no puede llegar al amor sin tener claro qué piensa, qué espera y qué tiene para darle a la persona que profesa amar.

No pude evitar poner la quijada en el suelo al ver el lugar, tan fancy como me lo imaginaba. Es el mismo lugar donde he estado adorando a Dios y presenciando bodas (qué lindo), solo que ahora está vestido de sofás de cuero, cocteles sin licor, pasabocas y música chill-out para ponernos a interactuar. Ahí respiro aliviado, porque eso de las citas amorosas, sean ciegas o rápidas, creo que es algo que no cabe dentro de las dinámicas cristianas. Aquí no estábamos en cita, aunque lo interesante sería empezar a charlar y conocer gente sin pretenciones como bien lo dejaron claro los Pastores. Me alivió verlos a ellos más nerviosos que muchos de los asistentes, quienes en sus caras revelaban la angustia de elevar la escotilla que les permitiría abandonar el submarino de la soltería. Pensé que era muy joven para estar allí, pues este portento bogotano de 23 años no se imaginaría nunca alternando conversaciones con gente de mucho mayor bagaje emocional y de vida. La noche pintaba, y pintaba color comedia.

La primera tarea al entrar fue marcar la copa, seguramente habría gente que se pasaría de ambiente coctelero y la perdería en aquel río de rapto y enamoramiento, imaginaba yo. También pensé en que si no nos daban sticker para poner el nombre debía haber un distintivo y qué mejor que conocer a alguien por lo que toma. Yo agarré un marcador y me bauticé a mí mismo con un seudónimo propio para el coqueteo y el anonimato: Lalo Landas "El escogido". A este punto se podría pensar que lo que decía Groucho Marx sería mi frase de batalla: "Es mejor quedarse callado y pasar por idiota, que hablar y despejar todas las dudas". Como Lalo, álter ego alocado y hasta lamparoso debía salir y aflorar, decidí embarcarme en la tarea de meterme en el rollo y elevar la mirada, pero para pasar de agache.

Creo que una relación de amor demanda trabajo, pues es enfrentarse a una aventura desconocida donde el otro es un sujeto cambiante e imperfecto, casi un interrogante. Precisamente cara de interrogantes que debían resolver más interrogantes teníamos todos cuando nos entregaron una hoja, con lo que yo llamo dinámicas recreación Cafam: debíamos buscar que personas del sexo opuesto nos firmaran si cumplían con características señaladas, como alguien nacida en Agosto, alguien que hubiera vivido 3 años fuera del país, alguien que fuera líder de grupo, entre otras. Todo marchababa bien hasta que levanté la mirada y percibí caras inseguras, hombres a un lado y mujeres al otro, casi que procastinando el encuentro prometido. Vi a los hombres como leones con fachada de gatos, con las uñas cortadas y sin la capacidad de salir a casar ni a casarse. Vi mujeres con hambre disfrazada de esperanza, actitudes de resignación propias de una fe hipotecada. Yo me preguntaba como la canción de Cultura Profética: "Dime, ¿Por qué nadie se atreve?"

Siempre he creído que la humanidad necesita de Dios, pues es él quien puede sanar nuestras identidades y hacernos mejores humanos. Una Iglesia que se preocupa por ofrecerle espacios de sanidad a su gente está encajando dentro del plan divino, que no es que nos vayamos al cielo solamente, es trabajar a diario para que la humanidad entera conozca a Jesús y así pueda vivir el cielo en la tierra. Lo que sí fue claro es que los oídos me empezaron a retumbar y los tímpanos querían escapar cuando escuché aquellas risotadas oligofrénicas y aterricé, para recordar que lo que estaba viviendo debía verse publicado aquí, en La Fiebre -el lado B del disco-.

En tarima un fenómeno de la comedia cristiana. Fenómeno en el sentido freak de la palabra, pues ya de entrada me brincó un andamio de show de títeres de donde colgaban un par de cortinas de terciopelo con la leyenda dorada La Biblia. A eso sumémosle la aparición de un señor con traje llanero negro, alto y obesamente cálido, que se hacía llamar El Pastor de la Risa. Desde el punto de vista purista, este humorista -una fusión entre el cantante del gol y Mc Phantom- no hacía stand-up, pues se dedicaba a recalcar ruidos de helicópteros que en su versión acompañaban la narración del hijo pródigo versión Beta. Confieso que pues después de escuchar expresiones como Hermano en Cristo, Dios le bendiga, Amén, hermana y demás evangelismos tipo Enlace hasta la saciedad me eché unos cuántos globos: fui al futuro, tomé coctel de maracuyá, fui al baño, a la oficina a escribir un libreto y volví. Ah, hasta puedo alardear de que me fui a recorrer el lugar para examinar la temperatura de la actividad. Supongamos que se acabó la rutina (guiño guiño) y volvimos a la actividad, ¿Listo? Ok, moción comprada.

Si hay canciones que despierten el amor antes de tiempo entre los cristianos, son las bachatas merengudas de Juan Luis Guerra. Las cristianas, porque donde hubieran puesto la canción de la esposa del mudo tal vez hubiera afilado las Martens y parado el cuello de la camisa para salir a danzar mientras lanzo la pregunta que hasta anoche pude hacer -o bueno, hizo Lalo-: ¿Estudias o trabajas?. La gente continuó interactuando hasta que el Maestro Jedi, famoso desde las dos últimas entradas de La Fiebre, gritó a viva voz y con micrófono en mano: ¡Miren, allá está Luis Carlos! Él les ayuda a terminar de firmar su hoja, él es profe". Lalo quedó sepultado tras haber charlado con mujeres de 35, 28, 25 y 42 años, quienes se extrañaron ante la revelación inesperada de la identidad de aquel joven crespo que resultó cuasiinfiltrado y ahora rodeado de más de 35 mujeres, todas pidiéndole el autógrafo y su nombre como si fuera un ídolo pop cristiano. Todos sabemos que nada más es un perro canequero, rezandero y ahora preparador de reinas.

Dante Gebel alguna vez dijo que "No existe el amor a primera vista, existe el impacto a primera vista". Salserín cantaba en los años 90: "Lo nuestro fue amor a primera vista, primero fue a vista y después amor". Y así hay muchas frases célebres del amor -sobretodo las de Salserín-, pero mi punto es que creo que el amor es algo que está dentro de nosotros, no que llega por sí solo. Cuando uno le pide a Dios que le dé amor para amar a los demás, le está diciendo que prenda esos fogones que ya existen de fábrica en el interior -no del calzoncillo-. El amor no cae del cielo, se cultiva y crece en gente que entiende que uno decide amar: no es solamente un sentimiento, es un conjunto de acciones que permiten construir puentes con el otro y cruzarlos entre sí. Finalmente, estamos diseñados para vivir en pareja, como dice la Biblia.

Cuando uno sabe a lo que va no se enreda en el camino. Yo sabía que Luis Carlos no iba de flirteo -tal vez Lalo sí-, pero mi experiencia de cronista no hubiera sido la misma de no ser por lo que logré ver hacia el final. Vi gente que tras entender el amor como un proceso de entrega, de disfrutar su soltería como el escenario de preparación, ayer encontró un tiempo de interacción -la palabra más repetida de esta entrada-, con gente del sexo opuesto que tiene una estructura similar de pensamiento y de fe. Vi esperanza, gloria, consuelo, así como a Esperanza, a Gloria y a Consuelo compartiendo con Belisario, Antonio y Danilo. También vi a Soledad, quien se quedó con Clemencia hablando de Amador, el tipo que más escándalo hizo con la actividad pero resultó no yendo.

Me desplayé escribiendo la entrada más larga de mi historia bloggera, pero vale la pena solo para dejar sentado que Dios piensa en todo, tiene un tiempo para todo y que aunque siempre hay una primera vez, no siempre hay una segunda oportunidad. La mía todavía no llega -la oportunidad, claro-. ¿O sí?