El problema es empezar, y aplica para todo en la vida: escribir una entrada, armar un proyecto para televisión, hacer ejercicio, bajar buenas ideas y sobre todo, conocer a alguien, que es de los intentos humanos con más alto grado de incertidumbre. Seguramente porque los tiempos cambian, pero nuestros miedos no, esos se van añejando al punto de llevarnos a concluir experiencias de vida como teorías filosóficas fáciles de generalizar.
Hace un tiempo he venido pensando en esto, en cómo el rechazo es de las únicas experiencias de la vida que parece no sacarme callo, sino que va apretando los botones de rechazo full power, en un extraña fatality de Mortal Kombat. Pero hay razones para pensar así, sobretodo porque con las mujeres no se sabe. Si uno es bacán, ayudador y altruista, de esos que quieren resolverles problemas en la vida, que se enfocan exclusivamente en ellas y buscan demostrar una inminente fidelidad futura, terminan viéndolo como un dummie asexuado, un teletubbie que tendría que morir y reencarnar antes de dejarlo de ver bañado en la dulzura de un bon bon bum sumergido en Chocorramo esparcible.
Yo sé de lo que hablo, amados caba-ñeros, porque la vida se ha encargado de demostrarme que los Ted Mosby y los Ross Geller de carne y hueso debemos pagar el purgatorio de la friendzone, ya sea por ñoños, neuróticos, detallistas, subversivos contra Instagram y demás elementos que nos hacen ver tan complicados y exóticos que damos ternurita, pero de la bizarra. Y de ahí pocas veces se avanza, de ese lodo cenagoso de Te quiero como amigo, pasando por Eres un gran partido, y Tu esposa va a ser muy feliz. Pero uno, que la monta de inteligente y estratega, curiosamente es bruto para entender que detrás de esos querido, amigo y querido amigo con los que se dirigen a uno, no habrá más; que en esos Yo te aviso o Yo te llamo cualquier cosa hay un Gran Cañón de distancia. Con chulos, olor putrefacto y todo.
Por eso la gente de socialización compleja y galantería amputada, como yo, nos resignamos con la espera en Dios, creyendo en que hay un mérito por ser buena papa. Cuánto engaño, porque lo que se necesita en realidad es apurarse por vencer rápido eso que he denominado "La barrera de la amistad". Y es que en toda interacción social llega un punto dramático del no-retorno, un escenario donde ya se sabe que será una amiga más, y se puede vivir relajado con eso. Pero antes, en la previa, hay una incertidumbre disfrazada de reto, una bocanada de aire caliente que recorre el estómago y pone a volar polillas en las tripas.
Me ha pasado con grandes amigas actuales, con quienes en principio hasta me alcancé a preguntar ¿Qué pasaría sí...?. Luego, tras vencer la barrera, sin siquiera comentarlo ni verbalizarlo, quedamos de grandes amigos, porque no hay nada que perder a la hora de encontrar gente con afinidades. También he sido objeto de "conocimiento", y en un par de ocasiones me dijeron que querían conocerme, así, sin adornos. Me di la oportunidad, porque no hay nada que perder, y tal vez no se dieron las cosas, pero por lo menos tomamos onces y aprendí de derecho penal.
No hay una charla TED para esto, solamente el reto de darse la oportunidad de conocer a alguien y no parecer desesperado en el intento, ni muy atento ni muy amistoso. Porque entre más uno se propone caerle a una vieja, más la espanta. Entre más stalkee, rebusque y encuentre cosas que le gustan o la hagan reír digitalmente, menos opciones se tienen de que lo vean como macho alfa.
Yo, que cada vez entiendo menos la vida, estoy por pensar que la claridad resuelve todo, que eso de "primero seamos amigos y conozcámonos" es complicado, porque en el fondo uno lo que quiere es quedarse de este lado de la barrera y marcar su vida para siempre. Y es ahí cuando se tienen dos caminos: o uno insiste en conquistar, o sale por la puerta (grande) de atrás. Es que hay algo de reto en eso de tratar de impresionar a alguien, y a veces se confunde el espíritu de conquista con el de terquedad.
Entonces no queda más que la honestidad brutal, la astucia de darse a conocer siendo claro en las intenciones de quererla coronar, pero tampoco dejándose mangonear como el más lindo de los amiwis. Toca darse la pela de irse fogueando sin importar el sello de deportación a la friendzone que empuerca el pasaporte emocional, porque si empiezan a contemplarlo a uno, sabrán reconocer que hay un hombre -no un oso de peluche- intentando acercarse, cosa que de por sí ya es meritoria. Si no, es tiempo de fumigar, porque como en Mortal Kombat y en el cristianismo, matar es la única forma de seguir viviendo.
jueves, 9 de julio de 2015
domingo, 28 de junio de 2015
En verano
Cuando niño solía viajar al lugar que para la época era mi sucursal del cielo: Cafam Melgar. Era lo más cerca que un pequeño clase media y sin aspiraciones podía estar del Magic Kingdom de Orlando, pues el lugar también tiene su propio castillo azul, sus propios recreadores disfrazados de dummies, su piscina con playita simulada en concreto y sus propias vacacionistas bonitas. Lo mejor: quedaba cerca y no pedían visa.
En Melgar fui muy feliz porque el clima, infernal para muchos, era bálsamo para mis ojos hastiados de la fría Bogotá, donde juré que el cielo era gris a diferencia del de Cafalandia, que siempre estaba azul pintado de azul. Con el calor, sentía que mi cuerpo mejoraba, no me daban alergias, la sinusitis capitalina ahora se hacía mito y el sudar me ponía la piel más suave.
Todo eso lo vine a comprobar de grande, cuando puedo volver y darme cuenta de que en clima caliente suelo ser más productivo. Ahora, no es que uno viaje para ser más eficiente o no, pero siempre crecí con una idea benéfica con relación al verano. A muchos nos ha pasado: nacemos y crecemos con ciertas predisposiciones al clima, otorgándole al sol una cara sonriente y a la nube unas gotas con frías sensaciones, al frío tristeza y al calor alegría.
Es común que vivamos pensando que el clima es lo que determina nuestros estados de ánimo, y en otras ocasiones la efectividad en lo que hacemos. Por eso, creo que el verano se lleva en el corazón, así suene muy hippie. En nuestra era, el verano es más que una estación climática –que los niños clase media solo conocemos cuando salimos de Colombia-, es un espacio semestral donde el mundo gira en torno a la diversión, el goce y por supuesto al añorado calor.
En verano los días son más largos, y por consiguiente las noches son más cortas. Tiene la particularidad, que no tienen otras épocas del año, de ofrecer unas condiciones socioeconómicas claras que se ven en el cambio de comportamiento que produce en las personas. Es el espacio perfecto para que la gente logre desinhibirse, no sé si por el sol, el agua y el ambiente de descanso.
Pareciera que la cultura pop mejora su productividad en verano. No en vano, la mayoría de estrenos cinematográficos –con su tradicional voice over-, festivales de música, lanzamiento de nuevas colecciones y hasta promociones de viajes son para dicha época del año.
¿Qué más tiene el verano que lo hace envidiable? Además del verano del 98, del sé lo que hicieron el verano pasado y de un verano en Neiva York, este verano Mallpocket se pone protector solar y gafas oscuras para hablar de un estilo de vida en torno no solo a un estado sentimental, como muchos pudieron pensar al ver la portada, sino a una decisión cultural de alegría y tranquilidad. ¡A disfrutar!
En Melgar fui muy feliz porque el clima, infernal para muchos, era bálsamo para mis ojos hastiados de la fría Bogotá, donde juré que el cielo era gris a diferencia del de Cafalandia, que siempre estaba azul pintado de azul. Con el calor, sentía que mi cuerpo mejoraba, no me daban alergias, la sinusitis capitalina ahora se hacía mito y el sudar me ponía la piel más suave.
Todo eso lo vine a comprobar de grande, cuando puedo volver y darme cuenta de que en clima caliente suelo ser más productivo. Ahora, no es que uno viaje para ser más eficiente o no, pero siempre crecí con una idea benéfica con relación al verano. A muchos nos ha pasado: nacemos y crecemos con ciertas predisposiciones al clima, otorgándole al sol una cara sonriente y a la nube unas gotas con frías sensaciones, al frío tristeza y al calor alegría.
Es común que vivamos pensando que el clima es lo que determina nuestros estados de ánimo, y en otras ocasiones la efectividad en lo que hacemos. Por eso, creo que el verano se lleva en el corazón, así suene muy hippie. En nuestra era, el verano es más que una estación climática –que los niños clase media solo conocemos cuando salimos de Colombia-, es un espacio semestral donde el mundo gira en torno a la diversión, el goce y por supuesto al añorado calor.
En verano los días son más largos, y por consiguiente las noches son más cortas. Tiene la particularidad, que no tienen otras épocas del año, de ofrecer unas condiciones socioeconómicas claras que se ven en el cambio de comportamiento que produce en las personas. Es el espacio perfecto para que la gente logre desinhibirse, no sé si por el sol, el agua y el ambiente de descanso.
Pareciera que la cultura pop mejora su productividad en verano. No en vano, la mayoría de estrenos cinematográficos –con su tradicional voice over-, festivales de música, lanzamiento de nuevas colecciones y hasta promociones de viajes son para dicha época del año.
Publicado en la Revista Mallpocket del mes de Junio de 2013
lunes, 22 de junio de 2015
Instagramero
Nunca suelo escribir en contra de algo o de alguien, principalmente porque cada uno verá qué hace con su vida, si decide destacar en algo o no, si le hace fuerza a Millos o no, si disfruta la música o es silvestrista, y así. Pero si hay algo en lo que me falta respeto y tolerancia es cuando la gente me ve como bicho raro porque afirmo que jamás en la vida tendré cuenta en Instagram. Lo extraño es que no suelo ser una persona pretenciosa aunque sí algo egocéntrica e insegura, que es más o menos lo que se necesita para instagramear.
Lo primero es que viví mucho tiempo abriendo cuanta red social nacía: hi5, MySpace, Facebook, Linkedin, Twitter, y así muchas otras que fui clausurando al leer esas terribles condiciones de privacidad y de patrimonio de contenido que tienen. Igual, sigo en muchas de ellas, pero la que me parece que menos contribuye a la inteligencia es Instagram, porque se nota a leguas que la gente no la sabe usar, y que aunque era un invento para difusión de trabajos visuales de gente experta, ahora es una aplicación para gente que cree hallar talento poniendo dos o tres filtros a sus, de por sí, mal encuadradas fotos.
Creo que al mundo no le faltan más selfis con cara de pato como para tener que sumarme a eso. Y ese es otro problema instagramero que veo, no hay que ir muy lejos para leer la falta de autoaceptación que tenemos como para que le sumemos exponerla en una red social. Basta con ver por encima lo que la gente del común publica para concluir que lo que la humanidad necesita es un abrazo y un par de palmadas en la espalda mientras nos dicen "Tranquilo hijo, ya te vi. Lo hiciste bien". Pero pensando en todo esto, escarbé en los anales de mi historia y me di cuenta que debo criticar lo que conozco, y para la muestra un botón en forma de selfi de soltero.
Esta foto la tomé en el Hollywood Bowl, en Los Ángeles, California. Sobra decir que todo esto es una autocrítica contra mí mismo, que también he padecido el delirio del imbécil digital. Conozco gente que sube sus fotos y las valora es por su presencia en ciertos sitios, cosa que de hecho me molesta porque no la entiendo. En Instagram pasa lo mismo, generalmente se sobrevalora la piel y la carne exhibida cuando lo que realmente debería perdurar es la gente que publica fotos tomadas por ellos mismos, donde nos muestran su forma de encuadrar, de aplicar una mínima dirección de arte y su visión del mundo, o la experiencia y el recuerdo generado, que a fin de cuentas es lo que importa.
Pero los chocolocos no, ellos son felices con sus filtros, texturas, mosaicos y demás deformadores de la mirada que afean la realidad, a decir verdad. Y la bobada incluye ecografías, más selfis, el almuerzo del día y demás elementos que si no registran ni comparten en internet, es como si no hubiesen ocurrido. Tengo un amigo que se resistió a abrir Instagram a menos que fuera para subir fotos de la realidad real, mostrando sus cagadas, literalmente hablando. Nomás fue que consiguiera novia para que se domesticara, y ahora además de tener cuenta, sube fotos de cosas cute que son sus seguidores quienes validan o no. Por eso digo, todo es respetable.
Y qué decir de los dichosos Hashtags, que sí que evidencian la estupidez humana en todo su esplendor. Si yo, que no me meto en eso tengo claro que un HT tiene como fin agremiarse en una tendencia en red, me pregunto con extrañeza a qué juega una persona cuando pone palabras como #Vivolavida #Yo #Lepasaacualquiera #Tengohambre y así, como si no bastara con entender que la imagen ya debería venir cargada de todo esto. Pero la peor de todas es #SinFiltro, donde la locura les da para subir una foto de algún sol que prefiriera quemarnos vivos a todos antes de volver a salir en una foto más.
Alguna vez leí que Instagram sumaba un nuevo usuario y 58 fotos cada segundo. Pensándolo bien, son más de 150 millones de puntos de vista donde la gran mayoría terminó por rendirse a compartirnos todas sus comidas del día, montándola de saludables, de felices, de completos, en un acto adictivo por dejarnos claro que debemos envidiar sus viajes, y en general sus #Chocolocuras. Pero no todo es malo, hay una que otra comunidad dedicada a compartir fotos de mascotas, cosa que me alegra, porque ya hay demasiados lagartos, sapos y siberianas #GoPro por aguantar.
En general, defiendo que la gente haga lo que se le dé la gana con su vida, comidas, heces, bebés y amaneceres, pero aprovecho esto para hacer mi propio manifesto: jamás, en lo que me quede de vida, tendré cuenta en Instagram. Espero compartir mi vida con alguien que sí lo tenga, y estaría bien, para usar su perfil y desde ahí seguir chismoseando, criticando a los selfis wannabes, a los que se la pasan subiendo memes robados, a los papás que les abren cuenta a sus pequeños bebés y sobre todo, preparándome para no ofrecer nada ni dármelas de nada, principalmente porque no soy nada. Lo demostré arriba, con mi peor foto instagramera.
Lo primero es que viví mucho tiempo abriendo cuanta red social nacía: hi5, MySpace, Facebook, Linkedin, Twitter, y así muchas otras que fui clausurando al leer esas terribles condiciones de privacidad y de patrimonio de contenido que tienen. Igual, sigo en muchas de ellas, pero la que me parece que menos contribuye a la inteligencia es Instagram, porque se nota a leguas que la gente no la sabe usar, y que aunque era un invento para difusión de trabajos visuales de gente experta, ahora es una aplicación para gente que cree hallar talento poniendo dos o tres filtros a sus, de por sí, mal encuadradas fotos.
Creo que al mundo no le faltan más selfis con cara de pato como para tener que sumarme a eso. Y ese es otro problema instagramero que veo, no hay que ir muy lejos para leer la falta de autoaceptación que tenemos como para que le sumemos exponerla en una red social. Basta con ver por encima lo que la gente del común publica para concluir que lo que la humanidad necesita es un abrazo y un par de palmadas en la espalda mientras nos dicen "Tranquilo hijo, ya te vi. Lo hiciste bien". Pero pensando en todo esto, escarbé en los anales de mi historia y me di cuenta que debo criticar lo que conozco, y para la muestra un botón en forma de selfi de soltero.
Creer que el lugar o la foto valen es porque uno demuestre haber estado allí. Cuánta estupidez junta.
Esta foto la tomé en el Hollywood Bowl, en Los Ángeles, California. Sobra decir que todo esto es una autocrítica contra mí mismo, que también he padecido el delirio del imbécil digital. Conozco gente que sube sus fotos y las valora es por su presencia en ciertos sitios, cosa que de hecho me molesta porque no la entiendo. En Instagram pasa lo mismo, generalmente se sobrevalora la piel y la carne exhibida cuando lo que realmente debería perdurar es la gente que publica fotos tomadas por ellos mismos, donde nos muestran su forma de encuadrar, de aplicar una mínima dirección de arte y su visión del mundo, o la experiencia y el recuerdo generado, que a fin de cuentas es lo que importa.
Pero los chocolocos no, ellos son felices con sus filtros, texturas, mosaicos y demás deformadores de la mirada que afean la realidad, a decir verdad. Y la bobada incluye ecografías, más selfis, el almuerzo del día y demás elementos que si no registran ni comparten en internet, es como si no hubiesen ocurrido. Tengo un amigo que se resistió a abrir Instagram a menos que fuera para subir fotos de la realidad real, mostrando sus cagadas, literalmente hablando. Nomás fue que consiguiera novia para que se domesticara, y ahora además de tener cuenta, sube fotos de cosas cute que son sus seguidores quienes validan o no. Por eso digo, todo es respetable.
Y qué decir de los dichosos Hashtags, que sí que evidencian la estupidez humana en todo su esplendor. Si yo, que no me meto en eso tengo claro que un HT tiene como fin agremiarse en una tendencia en red, me pregunto con extrañeza a qué juega una persona cuando pone palabras como #Vivolavida #Yo #Lepasaacualquiera #Tengohambre y así, como si no bastara con entender que la imagen ya debería venir cargada de todo esto. Pero la peor de todas es #SinFiltro, donde la locura les da para subir una foto de algún sol que prefiriera quemarnos vivos a todos antes de volver a salir en una foto más.
Alguna vez leí que Instagram sumaba un nuevo usuario y 58 fotos cada segundo. Pensándolo bien, son más de 150 millones de puntos de vista donde la gran mayoría terminó por rendirse a compartirnos todas sus comidas del día, montándola de saludables, de felices, de completos, en un acto adictivo por dejarnos claro que debemos envidiar sus viajes, y en general sus #Chocolocuras. Pero no todo es malo, hay una que otra comunidad dedicada a compartir fotos de mascotas, cosa que me alegra, porque ya hay demasiados lagartos, sapos y siberianas #GoPro por aguantar.
En general, defiendo que la gente haga lo que se le dé la gana con su vida, comidas, heces, bebés y amaneceres, pero aprovecho esto para hacer mi propio manifesto: jamás, en lo que me quede de vida, tendré cuenta en Instagram. Espero compartir mi vida con alguien que sí lo tenga, y estaría bien, para usar su perfil y desde ahí seguir chismoseando, criticando a los selfis wannabes, a los que se la pasan subiendo memes robados, a los papás que les abren cuenta a sus pequeños bebés y sobre todo, preparándome para no ofrecer nada ni dármelas de nada, principalmente porque no soy nada. Lo demostré arriba, con mi peor foto instagramera.
lunes, 1 de junio de 2015
Matrimonio en Cartagena
Si de algo puedo presumir en la vida, es de tener un prontuario matrimonial alto. Claro, como asistente, porque de protagonista todavía no he fungido nada más que en las mentes de quienes deliran y hasta se atreven a describir cómo será mi casamiento. No hay nada que me fastidie más que eso, que me atarzanen en plena ceremonia ajena y con cierta sorna pregunten que cuándo es el mío, que yo veré dijo la nube, que si necesito ayuda para conocer a alguien, y así, como si uno fuera un impedido que no supiera hablar o conquistar, o como si uno no supiera que está soltero. ¡Gracias, genios, no me había dado cuenta!
Lo cierto es que he ido a decenas de matrimonios desde que tengo memoria: de niño fui pajecito tantas veces que siento haber quemado todas las ganas de usar corbatín con Converse mucho antes de los 10 años, por eso no le veo gracia a la gente que se casa en tenis y se creen la maravilla. Crecí -en sentido figurado- para seguir siendo pajecito adulto, que es estar en la corte de los novios. He desfilado por muchas entradas matrimoniales y diligenciado tantos sobres como para llenar de cartas a los secuestrados que aguardan mensajes en la selva. En definitiva, me gustan los matrimonios, tanto que me dan ganas de casarme con uno de ellos.
De todas las formas de casarse, ya tuve la oportunidad de asistir a una en la cual jamás tuve fe: el capitalino matrimonio en Cartagena. Sí, porque no hay nada más rolo que casarse en la costa y todo lo que eso implica. Matrimonio en Cartagena: el sólo título ya me suena a película de dudosa reputación, porque puede ir desde lo erótico de una aventura con una amiga de la novia, hasta lo terrorífico de terminarse peleando con unos vendeostras; pasando por la comedia de pagar $15000 por una botella de agua y hasta el drama de salvar a un amigo de las garras de un travesti obsesionado con él. ¡Es que todo puede pasar!
Pero mis neurosis empiezan cuando me invitan, pues de entrada pienso que me tienen mucha fe. En este caso, asistí porque quiero mucho a la pareja protagonista y porque la novia es oriunda cartagenera; pero no puedo negar que tan pronto me comunicaron su intención de casarse en el Club Naval, mi cabeza, que además no sabe sumar, empezó a hacer cuentas alegres: tiquetes, estadía, plata para mecatiar en cositas, y hasta la pinta, que en últimas para mí es lo de menos. Y es que la boda bogocartagenera demanda que usemos guayabera, chiro hediondo que lo pone a uno a transpirar como caballo, cosa que es lo que uno menos quiere en tierra caliente. Yo, como creativo que aprendió a disfrazar de ingenio la pobreza, descubrí que arrugando una camisa manga corta blanca, podía pasar inadvertido como uno más. Háganlo, se ahorrarán $150000. La propina es voluntaria.
Y además, uno sabe que hacer cuentas, planear y ahorrar es todo lo opuesto a visitar Cartagena, la ciudad donde los matrimonios son otro negocio turístico. Para mí, hay cierto de snob en eso, y no lo digo de resentido: casarse en Cartagena es play, gomelo y algo pretencioso, pues uno de entrada sabe que dejará cierta imagen de opulencia cuando la gente vea las fotos en Facebook y envidiosos den like, porque algunos de ellos no alcanzarían a armar una boda ni en Cafam Melgar, que para mí es mejor inclusive que Disney World.
Lo cierto es que he ido a decenas de matrimonios desde que tengo memoria: de niño fui pajecito tantas veces que siento haber quemado todas las ganas de usar corbatín con Converse mucho antes de los 10 años, por eso no le veo gracia a la gente que se casa en tenis y se creen la maravilla. Crecí -en sentido figurado- para seguir siendo pajecito adulto, que es estar en la corte de los novios. He desfilado por muchas entradas matrimoniales y diligenciado tantos sobres como para llenar de cartas a los secuestrados que aguardan mensajes en la selva. En definitiva, me gustan los matrimonios, tanto que me dan ganas de casarme con uno de ellos.
De todas las formas de casarse, ya tuve la oportunidad de asistir a una en la cual jamás tuve fe: el capitalino matrimonio en Cartagena. Sí, porque no hay nada más rolo que casarse en la costa y todo lo que eso implica. Matrimonio en Cartagena: el sólo título ya me suena a película de dudosa reputación, porque puede ir desde lo erótico de una aventura con una amiga de la novia, hasta lo terrorífico de terminarse peleando con unos vendeostras; pasando por la comedia de pagar $15000 por una botella de agua y hasta el drama de salvar a un amigo de las garras de un travesti obsesionado con él. ¡Es que todo puede pasar!
Aquí el altar, los novios con vista a una especie de yate y los invitados con arena en sus alérgicos dedos.
Pero mis neurosis empiezan cuando me invitan, pues de entrada pienso que me tienen mucha fe. En este caso, asistí porque quiero mucho a la pareja protagonista y porque la novia es oriunda cartagenera; pero no puedo negar que tan pronto me comunicaron su intención de casarse en el Club Naval, mi cabeza, que además no sabe sumar, empezó a hacer cuentas alegres: tiquetes, estadía, plata para mecatiar en cositas, y hasta la pinta, que en últimas para mí es lo de menos. Y es que la boda bogocartagenera demanda que usemos guayabera, chiro hediondo que lo pone a uno a transpirar como caballo, cosa que es lo que uno menos quiere en tierra caliente. Yo, como creativo que aprendió a disfrazar de ingenio la pobreza, descubrí que arrugando una camisa manga corta blanca, podía pasar inadvertido como uno más. Háganlo, se ahorrarán $150000. La propina es voluntaria.
Y además, uno sabe que hacer cuentas, planear y ahorrar es todo lo opuesto a visitar Cartagena, la ciudad donde los matrimonios son otro negocio turístico. Para mí, hay cierto de snob en eso, y no lo digo de resentido: casarse en Cartagena es play, gomelo y algo pretencioso, pues uno de entrada sabe que dejará cierta imagen de opulencia cuando la gente vea las fotos en Facebook y envidiosos den like, porque algunos de ellos no alcanzarían a armar una boda ni en Cafam Melgar, que para mí es mejor inclusive que Disney World.
Mi vista desde la mesa. Si tuviera Instagram les mostraría la comida sin filtro.
Gracias a Dios mis amigos no nos obligaron a bailar mapalé con nativos de la región, ni a ponernos marimondas para las fotos con las palenqueras, que es al cliché que más le temo cuando voy a la costa. En el fondo entiendo que ese era su sueño: casarse en tierra caribeña para marcar así el inicio de un amor de realismo mágico. Yo, como de todo aprendo en la vida, ahora quisiera casarme en Cartagena sólo por una razón: estoy seguro de que el tacaño promedio no irá, y con eso me ahorro la tarjeta y la intención de convidar a gente que sólo le interesaría ver a mi familia, o de invitar por protocolo leguleyo a quienes ocuparán silla inmerecidamente. Para mí, los que son son los que están, los mismos que tienen claro cuándo no faltar y cuándo es importante invertir. Y desde ya los entiendo, porque nada más jarto que pegarse sendo viaje para acompañar la concreción del sueño de otro, mucho más cuando les tocará aguantarse una que otra neurosis de mi parte.
miércoles, 20 de mayo de 2015
Ya lo he visto todo
Hace unos meses, Internet conmocionó con una básica pregunta: ¿De qué color ven este vestido, blanco con dorado o azul con negro? La cuestión dividió al planeta entero, puso a tuitear a la farándula y estableció la agenda-setting de los medios de comunicación, dando paso a que expertos en todas las ramas optométricas, políticas, sociológicas y económicas dieran sus teorías sobre por qué unos lo veían de tal color, otros lo veían del otro y algunos tantos lo veían color camaleón cambiante, aunque a otros el tema nos supo a la sustancia verdosa y excremental de color caqui.
Lejos de ser un tema trivial – aunque en realidad lo es-, la discusión llega después de que unas mujeres norteamericanas impusieran la tendencia de tinturarse los pelos de las axilas, en un extraño manifiesto de feminismo y moda. Para mí, que he vivido varios años notando que las estrellas de rock ahora hacen pop-op, que los políticos se mecen de izquierda a derecha y que lo impensable ahora sucede, no me queda nada más que decirles que el fin está cerca.
La civilización occidental está basada en esa promesa temerosa, de que un hecho catasfrófico fuera de nuestro control acabe con la humanidad, ya sea porque se viene una eternidad en el cielo o una pena en el infierno. La gente sufre por eso, y mucho vemos señales en todo lado para afirmar que merecemos ese final. Yo lo he deseado muchas veces: en 2012 cuando les entró el afán de los Mayas, quise que fuera verdad y todos estos incautos murieran. Lo mismo me pasa con el frenesí del Ice Bucket Challenge, con los papás que le abren cuentas en Facebook, Twitter e Instagram a sus bebés de meses y publican como si fueran ellos, o la gente que se toma selfies bendecidas y afortunadas exhibiendo sus pares de razones.
El fin está cerca, y no sólo porque ahora dejar en visto sea causa de pena de muerte, en realidad estamos en un cambio social y mental que nos obliga a adaptarnos o a morir, como decía Darwin. Criticamos a nuestros papás por tener mentalidades de empleados, pero nosotros nos obsesionamos con estudiar para hacer plata y ser libres, y terminamos con un grillete oficinista en forma de carné que nos obliga a cumplir horario a cambio de unas monedas. Antes se descrestaban con cosas que ahora nos resultas estúpidas, pero ahora nos quedamos con la boca abierta con cualquier meme, citado por algún noticiero como noticia real.
Cada vez es más difícil destacar en lo que sabemos hacer, y esas son cosas que uno no aprende en la academia sino tirándose una que otra materia en la universidad de la vida. Para mí, el fin ha estado cerca desde que me bautizaron como “Chespiritólogo” y trapearon el piso conmigo los trolles, cosa que, debo aceptarlo, me llevó a reflexionar de la necesidad de vivir esta era al máximo y de aprovechar cada cuarto de hora que se tenga.
Son muchas las razones para afirmar con certeza que el fin está cerca. Y más que un jipi con un cartel y una campana pregonándolo, hay que ver cómo lo que resta es rastrear que detrás de la onda zombi, la comida transgénica y el reggaeton cristiano hay una conspiración para hacernos creer que el apocalipsis se avecina. Y es raro, porque sigue sin pasar. Para mí, el fin del mundo es cuando uno decide rendirse y dejar de luchar, de pelear por lo que quiere y desea, y no se trata de esperar que se abra la tierra y nos trague, más bien de nosotros salir a comernos el mundo. Termino confesando que jamás pude ver el bendito vestido negro y azul. Espero no condenarme por eso.
Lejos de ser un tema trivial – aunque en realidad lo es-, la discusión llega después de que unas mujeres norteamericanas impusieran la tendencia de tinturarse los pelos de las axilas, en un extraño manifiesto de feminismo y moda. Para mí, que he vivido varios años notando que las estrellas de rock ahora hacen pop-op, que los políticos se mecen de izquierda a derecha y que lo impensable ahora sucede, no me queda nada más que decirles que el fin está cerca.
La civilización occidental está basada en esa promesa temerosa, de que un hecho catasfrófico fuera de nuestro control acabe con la humanidad, ya sea porque se viene una eternidad en el cielo o una pena en el infierno. La gente sufre por eso, y mucho vemos señales en todo lado para afirmar que merecemos ese final. Yo lo he deseado muchas veces: en 2012 cuando les entró el afán de los Mayas, quise que fuera verdad y todos estos incautos murieran. Lo mismo me pasa con el frenesí del Ice Bucket Challenge, con los papás que le abren cuentas en Facebook, Twitter e Instagram a sus bebés de meses y publican como si fueran ellos, o la gente que se toma selfies bendecidas y afortunadas exhibiendo sus pares de razones.
El fin está cerca, y no sólo porque ahora dejar en visto sea causa de pena de muerte, en realidad estamos en un cambio social y mental que nos obliga a adaptarnos o a morir, como decía Darwin. Criticamos a nuestros papás por tener mentalidades de empleados, pero nosotros nos obsesionamos con estudiar para hacer plata y ser libres, y terminamos con un grillete oficinista en forma de carné que nos obliga a cumplir horario a cambio de unas monedas. Antes se descrestaban con cosas que ahora nos resultas estúpidas, pero ahora nos quedamos con la boca abierta con cualquier meme, citado por algún noticiero como noticia real.
Cada vez es más difícil destacar en lo que sabemos hacer, y esas son cosas que uno no aprende en la academia sino tirándose una que otra materia en la universidad de la vida. Para mí, el fin ha estado cerca desde que me bautizaron como “Chespiritólogo” y trapearon el piso conmigo los trolles, cosa que, debo aceptarlo, me llevó a reflexionar de la necesidad de vivir esta era al máximo y de aprovechar cada cuarto de hora que se tenga.
Son muchas las razones para afirmar con certeza que el fin está cerca. Y más que un jipi con un cartel y una campana pregonándolo, hay que ver cómo lo que resta es rastrear que detrás de la onda zombi, la comida transgénica y el reggaeton cristiano hay una conspiración para hacernos creer que el apocalipsis se avecina. Y es raro, porque sigue sin pasar. Para mí, el fin del mundo es cuando uno decide rendirse y dejar de luchar, de pelear por lo que quiere y desea, y no se trata de esperar que se abra la tierra y nos trague, más bien de nosotros salir a comernos el mundo. Termino confesando que jamás pude ver el bendito vestido negro y azul. Espero no condenarme por eso.
Publicado en la Revista Mallpocket del mes de Mayo de 2015
jueves, 14 de mayo de 2015
A todos nos toca
A todos nos toca caminar para llegar más rápido, pasar la tarde en un parque, cantar pensando en jingles publicitarios, pedirle una foto a alguien que admiramos, llegar temprano a una entrevista de trabajo, esperar, compararse los zapatos con otro, pasar la calle por la cebra, ser parte de un flashmob, pedir ventana en un avión, hacer un brindis, ser miembro fundador de algo, viajar solos, enterrar a un amigo, adoptar una mascota, comenzar de nuevo, fracasar.
A todos nos toca escribir en un blog, bailar en televisión abierta, correr en un centro comercial, ser especialistas en algo que pocos valoren, hablar ante más de 1000 personas, obsesionarse con ligerezas, dejar de beber, rogar que no devuelvan la cuenta de cobro, leer la Biblia completa, vomitar el desayuno en carretera, vivir solos, alentar al equipo de los amores, afeitarse en un río, chisguear, aprender a manejar, entusarse, superar la tusa, donar sangre, atrapar el ramo en la boda de un amigo, encuentarse con alguien mayor, abrazar.
A todos nos toca leer revistas de farándula en una sala de espera, soplarle la comida caliente a un bebé, conocer a nuestra banda favorita, ser pajecito, escribir un comercial, renunciar a un trabajo, reencontrarse con los amigos del colegio, romperse un hueso, tener un amor platónico, aprender a cocinar, prestar servicio social, terminar ese libro empezado, hacer fila, tener una iniciativa de emprendimiento, viajar ligero, fracasar en el amor, viajar por el mundo, romper una guitarra como si fuera piñata, llegar a una ciudad donde nadie te conoce, envidiarle la novia a un conocido, callar.
A todos nos toca surfear, comprar baratijas, coleccionar algo, hacer nudos de corbata, ir a un Mundial de Fútbol, soportar un grupo de WhatsApp sin salirse, sufrir de rinitis, montar una venta de garaje, darse besos con alguien de la oficina, darle trabajo a alguien, recoger un helado del piso, regalar una sombrilla a una anciana, comer perro de mil pesos, aprender otro idioma, utilizar mejor la mano izquierda, odiar los curas o monjas del colegio, cambiar de desodorante, lavar un baño ajeno, pedir una visa, caerse en la ciclovía, dejarse crecer el pelo, reconocer.
A todos nos toca cantar en una fogata, vestirse de mujer, simular una edad diferente, lustrarse los zapatos en una plaza, pedir rebaja, almorzar corrientazo, conocer Nueva York, cangrejear, ganarse una licitación, predicar el evangelio, quemar la casa, regalar un libro, fingir demencia en la aduana, hacer ejercicio, doblar bolsas plásticas, limpiar la crema dental con babas, robar la cobija de un avión, ir a cine solos, acumular basura en la mesa de noche, charlar con un extraño en el bus, afiliarse a un gimnasio, pagar impuestos, mejorar.
A todos nos toca tener nuestra propia 'Bucket List' y luchar por cumplirla, porque la vida va tan rápido que daría pesar terminarla sin haber exprimido hasta el último segundo. Frustra y al mismo tiempo motiva saber que de todo lo que tengo que hacer en la tierra, no voy ni por la mitad. Razón suficiente para que a diario empuñe el brazo enhiesto, me sacuda el polvo y salga a pelear por lo mío, porque así lo quiso Dios.
A todos nos toca escribir en un blog, bailar en televisión abierta, correr en un centro comercial, ser especialistas en algo que pocos valoren, hablar ante más de 1000 personas, obsesionarse con ligerezas, dejar de beber, rogar que no devuelvan la cuenta de cobro, leer la Biblia completa, vomitar el desayuno en carretera, vivir solos, alentar al equipo de los amores, afeitarse en un río, chisguear, aprender a manejar, entusarse, superar la tusa, donar sangre, atrapar el ramo en la boda de un amigo, encuentarse con alguien mayor, abrazar.
A todos nos toca leer revistas de farándula en una sala de espera, soplarle la comida caliente a un bebé, conocer a nuestra banda favorita, ser pajecito, escribir un comercial, renunciar a un trabajo, reencontrarse con los amigos del colegio, romperse un hueso, tener un amor platónico, aprender a cocinar, prestar servicio social, terminar ese libro empezado, hacer fila, tener una iniciativa de emprendimiento, viajar ligero, fracasar en el amor, viajar por el mundo, romper una guitarra como si fuera piñata, llegar a una ciudad donde nadie te conoce, envidiarle la novia a un conocido, callar.
A todos nos toca surfear, comprar baratijas, coleccionar algo, hacer nudos de corbata, ir a un Mundial de Fútbol, soportar un grupo de WhatsApp sin salirse, sufrir de rinitis, montar una venta de garaje, darse besos con alguien de la oficina, darle trabajo a alguien, recoger un helado del piso, regalar una sombrilla a una anciana, comer perro de mil pesos, aprender otro idioma, utilizar mejor la mano izquierda, odiar los curas o monjas del colegio, cambiar de desodorante, lavar un baño ajeno, pedir una visa, caerse en la ciclovía, dejarse crecer el pelo, reconocer.
A todos nos toca cantar en una fogata, vestirse de mujer, simular una edad diferente, lustrarse los zapatos en una plaza, pedir rebaja, almorzar corrientazo, conocer Nueva York, cangrejear, ganarse una licitación, predicar el evangelio, quemar la casa, regalar un libro, fingir demencia en la aduana, hacer ejercicio, doblar bolsas plásticas, limpiar la crema dental con babas, robar la cobija de un avión, ir a cine solos, acumular basura en la mesa de noche, charlar con un extraño en el bus, afiliarse a un gimnasio, pagar impuestos, mejorar.
A todos nos toca tener nuestra propia 'Bucket List' y luchar por cumplirla, porque la vida va tan rápido que daría pesar terminarla sin haber exprimido hasta el último segundo. Frustra y al mismo tiempo motiva saber que de todo lo que tengo que hacer en la tierra, no voy ni por la mitad. Razón suficiente para que a diario empuñe el brazo enhiesto, me sacuda el polvo y salga a pelear por lo mío, porque así lo quiso Dios.
martes, 28 de abril de 2015
Series
A veces quisiera que de una sentada a escribir, saliera de mí una inspiración tan brutal como para solucionarle los problemas a mucha gente, pero la verdad es que no pasa, o por lo menos no siempre. Hay días en que no hay mayor motivación para publicar más que actualizar, y creo que detrás de ellos hay también un mensaje por aterrizar, como hoy, donde me enfrento a una nueva frustración: no ver tantas series como quisiera.
La gente tal vez no lo entiende, o piensan que soy un obsesivo de nimiedades -que de hecho es verdad-, pero quisiera tener el tiempo libre de cuando estaba en el colegio para aplicarme una buena porción de binge watching, práctica que en español se denomina “atracón de televisión”, o jornada en la que una persona se dedica a ver episodios de una serie de televisión por horas.
Ahora podemos ver televisión cuando se nos dé la gana, escogiendo los horarios y hasta programando nuestra propia parrilla según nuestra vida; antes nos obligábamos a salir corriendo del colegio para alcanzar a ver un pedazo de Tentaciones, Chespirito, Dragon Ball Z y por qué no, Ranma 1/2. Si antes era impensable la opción de dejar grabando y por eso uno se obligaba a llegar para verlo todo, ¿por qué ahora no lo hago, cuando se supone que todo está dado para hacerlo? Y mi angustia sufre cuando abro el catálogo de Netflix y me doy cuenta que la industria no se congeló en Breaking Bad, sino que cada semana hay algo nuevo por ver.
Quisiera nombrar todas las series que he visto y me han marcado, pero la memoria me falla y además ni que me pagaran por promocionarlas. Han sido varias, todas tan diversas, brutales, confrontantes y reflexivas; eso sí, cada una muy adecuada para ciertos momentos de vida. Lo he hecho para seguir educando el ojo y ampliando la biblioteca de referencias mentales. El problema es que todavía no me puedo dedicar a ello, por aquello de las deudas, pero sí puedo recomendarle a la gente series de televisión como el boticario que recomienda medicamentos, tratando de leer un producto que le pegue a su realidad actual y en algo pueda mermar ese virus mental de la ignorancia y la comodidad.
De las series que he visto, algunas las llevo hasta el final, otras las dejo después de media temporada, pero siempre le doy la oportunidad al primer capítulo, pues a mi modo de ver, en el Pilot está la premisa de todo lo que uno podrá esperar de ahí en adelante. Y así pasa con las personas, hay momentos de vida donde se revela quién es quién, y a veces eso no pasa sino unas cuántas temporadas más adelante.
Y así como la gente, uno empieza a ver series y sufre cuando se las termina, porque queda un vacío en la mente y en la agenda que sólo puede ser llenado por otra serie. Es imposible no compararlas: de cada una se aprendió algo, pero hay que dejarlas ir y darles espacio para que también respiren. Alguna otras son tan adictivas que uno quiere todo con ellas, exprimirlas hasta el último segundo, y cuando me veo así de impaciente me siento algo lujurioso, y pues tampoco.
Lo cierto es que hace un tiempo leí que los creadores de series como Game of Thrones y Homeland, las escriben y diseñan adictivas adrede, poniendo ciertas puntas dramáticas tan altas sobre el final que uno siente que no puede esperar una semana para ver, y por eso hará lo que sea para mitigar esa ansiedad de saber qué pasará. Yo, que me dediqué a escribir para televisión, tengo clarísimo el trabajo que implica sacar un capítulo adelante, y todo esto me ha llevado a pensar que cada vez la televisión nos está reformando la vida a profundidad, pues si antes nos enseñaba a esperar, ahora nos muestra que en la vida nos podemos saltar las temporadas y hasta burlar el bioritmo que implica la espera.
La verdad, no tengo problema con eso: siempre he dicho que en la libertad de elección de cada uno se basa la vida de los demás; por eso sufro cuando la gente critica a la televisión per se, como si "la caja idiota" tuviese vida propia para emitir lo que se le ocurre. Prendamos, apaguemos, cambiemos de canal, hagamos lo que sea con ella, pero eso sí, de cada uno depende dejarla entrar en su cabeza.
La gente tal vez no lo entiende, o piensan que soy un obsesivo de nimiedades -que de hecho es verdad-, pero quisiera tener el tiempo libre de cuando estaba en el colegio para aplicarme una buena porción de binge watching, práctica que en español se denomina “atracón de televisión”, o jornada en la que una persona se dedica a ver episodios de una serie de televisión por horas.
Quisiera nombrar todas las series que he visto y me han marcado, pero la memoria me falla y además ni que me pagaran por promocionarlas. Han sido varias, todas tan diversas, brutales, confrontantes y reflexivas; eso sí, cada una muy adecuada para ciertos momentos de vida. Lo he hecho para seguir educando el ojo y ampliando la biblioteca de referencias mentales. El problema es que todavía no me puedo dedicar a ello, por aquello de las deudas, pero sí puedo recomendarle a la gente series de televisión como el boticario que recomienda medicamentos, tratando de leer un producto que le pegue a su realidad actual y en algo pueda mermar ese virus mental de la ignorancia y la comodidad.
De las series que he visto, algunas las llevo hasta el final, otras las dejo después de media temporada, pero siempre le doy la oportunidad al primer capítulo, pues a mi modo de ver, en el Pilot está la premisa de todo lo que uno podrá esperar de ahí en adelante. Y así pasa con las personas, hay momentos de vida donde se revela quién es quién, y a veces eso no pasa sino unas cuántas temporadas más adelante.
Lo cierto es que hace un tiempo leí que los creadores de series como Game of Thrones y Homeland, las escriben y diseñan adictivas adrede, poniendo ciertas puntas dramáticas tan altas sobre el final que uno siente que no puede esperar una semana para ver, y por eso hará lo que sea para mitigar esa ansiedad de saber qué pasará. Yo, que me dediqué a escribir para televisión, tengo clarísimo el trabajo que implica sacar un capítulo adelante, y todo esto me ha llevado a pensar que cada vez la televisión nos está reformando la vida a profundidad, pues si antes nos enseñaba a esperar, ahora nos muestra que en la vida nos podemos saltar las temporadas y hasta burlar el bioritmo que implica la espera.
La verdad, no tengo problema con eso: siempre he dicho que en la libertad de elección de cada uno se basa la vida de los demás; por eso sufro cuando la gente critica a la televisión per se, como si "la caja idiota" tuviese vida propia para emitir lo que se le ocurre. Prendamos, apaguemos, cambiemos de canal, hagamos lo que sea con ella, pero eso sí, de cada uno depende dejarla entrar en su cabeza.
lunes, 13 de abril de 2015
El club de los 27
Toda la vida soñé con cumplir 27 años, porque se supone que es la edad donde uno ya tiene la vida resuelta, está viviendo de hacer lo que ama y construyendo un legado, o haciendo historia de cualquier forma. Para mí, los 27 significaban plenitud en todas las áreas, y soñaba con vencer la niñez para llegar a ser grande, por lo menos de alma y experiencias porque sabía que la predestinación genética me dejaría siendo un Ávila más promedio cundinamarqués.
De eso me acordé por estos días, cuando llamé a un viejo amigo para felicitarlo por su cumpleaños y en medio de la charla, nos dimos cuenta de que ambos ya llegamos a esa edad donde tendríamos que destacar en algo, o por lo menos estar rozando una supuesta plenitud en varias áreas de la vida. Creo que todo se complica por esa bendita maña que tenemos de compararnos con otros, y es ahí donde empieza la infelicidad.
De niño crecí oyendo música e historias que me hacían pensar que cuando llegara a la edad en la que murieron Kurt Cobain, Jimmy Hendrix, Jim Morrison, Janis Joplin y Brian Jones, sería uno más de ellos, no porque planeara morir inmerso en un mundo de excesos -aunque iba orientado hacia allá-, pero sí por el hecho de haber logrado algo histórico en mi área de interés, que siempre ha rondado los campos creativos. Esperaba que a los 27 ya hubiese grabado varios discos, comedias y prensado libros, es decir, haber vivido muchas cosas que me ha tocado ir corriendo de a pocos para los 30, que es como el deadline final de quienes crecimos en una civilización occidental forzosamente orientada al éxito a toda costa.
A los 27 de mis papás, yo ya había dejado de ser una ecografía y ya era real, de carne, hueso y heces fecales. Pienso en mí mismo siendo papá a esta edad, y me consuelo con cuidar a Colbón y Ágatha, porque lo demás lo veo tan lejano como que me guste la música de Silvestre Dangond, que es mucho decir (aunque se relaciona con las heces que fabrican mis hijos). Sin ir más lejos, a los 27 -y menos-, muchos de mis amigos ya tienen propiedades a su nombre, viven cerca del trabajo, no sufren por el ICETEX y van por el mundo caminando de la mano de alguien que los complementa. Yo, escasamente tengo este blog, unos LP's de The Beatles y varias camisetas envidiables.
Uno vive comparándose con el yo infantil, y es inútil, porque la vida no ha salido como uno la dibujó en aquella tarea del jardín infantil, donde con crayolas plasmamos el futuro tradicional que imaginábamos. Ahora ya tengo 27, y como otro cumpleaños más, no me dolió ni significó algún cambio particular como esperaba. Y es que crecer implica eso, que uno deje de pensar en el carácter milagrero de los días, como si dejarlos pasar fuese suficiente para ser mejor persona. Ahora pienso que aunque he vivido una vida con la cual me siento a gusto, quisiera poder hacer historia y no fama, porque la última es efímera, pero la primera es eterna.
Yo no sé si es tiza en el cerebro, o mucho tiempo de reflexión post Semana Santa, pero creo que llega un punto en la vida donde uno debe tomar partido ante esa insatisfacción de pre adulto contemporáneo, y pensar que esto se trata de hacer algo relevante o de morir en el intento, y para eso lo primero también es dejarse llevar por la inercia de quien ya se ha movido, dejar de remar y permanecer enfocado en el camino personal, donde cada uno escribe su historia de vida y descubre que la plenitud es relativa, pero ser silvestrista es imperdonable.
De eso me acordé por estos días, cuando llamé a un viejo amigo para felicitarlo por su cumpleaños y en medio de la charla, nos dimos cuenta de que ambos ya llegamos a esa edad donde tendríamos que destacar en algo, o por lo menos estar rozando una supuesta plenitud en varias áreas de la vida. Creo que todo se complica por esa bendita maña que tenemos de compararnos con otros, y es ahí donde empieza la infelicidad.
De niño crecí oyendo música e historias que me hacían pensar que cuando llegara a la edad en la que murieron Kurt Cobain, Jimmy Hendrix, Jim Morrison, Janis Joplin y Brian Jones, sería uno más de ellos, no porque planeara morir inmerso en un mundo de excesos -aunque iba orientado hacia allá-, pero sí por el hecho de haber logrado algo histórico en mi área de interés, que siempre ha rondado los campos creativos. Esperaba que a los 27 ya hubiese grabado varios discos, comedias y prensado libros, es decir, haber vivido muchas cosas que me ha tocado ir corriendo de a pocos para los 30, que es como el deadline final de quienes crecimos en una civilización occidental forzosamente orientada al éxito a toda costa.
Uno vive comparándose con el yo infantil, y es inútil, porque la vida no ha salido como uno la dibujó en aquella tarea del jardín infantil, donde con crayolas plasmamos el futuro tradicional que imaginábamos. Ahora ya tengo 27, y como otro cumpleaños más, no me dolió ni significó algún cambio particular como esperaba. Y es que crecer implica eso, que uno deje de pensar en el carácter milagrero de los días, como si dejarlos pasar fuese suficiente para ser mejor persona. Ahora pienso que aunque he vivido una vida con la cual me siento a gusto, quisiera poder hacer historia y no fama, porque la última es efímera, pero la primera es eterna.
Yo no sé si es tiza en el cerebro, o mucho tiempo de reflexión post Semana Santa, pero creo que llega un punto en la vida donde uno debe tomar partido ante esa insatisfacción de pre adulto contemporáneo, y pensar que esto se trata de hacer algo relevante o de morir en el intento, y para eso lo primero también es dejarse llevar por la inercia de quien ya se ha movido, dejar de remar y permanecer enfocado en el camino personal, donde cada uno escribe su historia de vida y descubre que la plenitud es relativa, pero ser silvestrista es imperdonable.
martes, 31 de marzo de 2015
Maestro
Alguna vez alterné mis labores de libretista con el noble oficio de la docencia, exactamente el año pasado. Lo cuento con nostalgia porque de la Escuela donde empecé a dar clases de escritura creativa nunca me volvieron a llamar, se aseguraron de pagarme con prontitud y así finiquitar cualquier relación o excusa para contactarme de nuevo. Y no, no eran clases pésimas aunque no lo crean, puedo decir con toda libertad que en cada sesión dejaba todo en la cancha, así que morí con los guayos y las gafas puestas. Creo que el problema radicó en que adapté parte del modelo con que a mí me educaron mis senseis, siempre tan polémico pero efectivo.
Uno en la vida tiene muchos profesores, pero pocos maestros. Le agradezco a Dios porque en mi vida académica y personal di con personajes oligofrénicos, provocadores y absolutamente salidos de los cabales, al punto de que para muchos pasaban por groseros e insensibles. La verdad jamás me sentí agredido por ellos, pues siempre entendí que su método radicaba en la confrontación directa a la obra, nunca a la persona aunque así pareciera.
Debe ser por eso - además por la increíble música-, que disfruté tanto Whiplash, porque entiendo que el talento en cualquier área se puede obtener si se es mentoreado por un experto, que generalmente es un genio y como tal está ligeramente demente. Aquí en Colombia, la gente brinca cuando ve Master Chef, que por la rudeza y agudeza de los chefs jurados, por ejemplo. Pero va uno a ver y es tal nuestra mediocridad, que terminamos dudando de lo que somos por algo que otro dice, y nos terminamos indignado porque una persona con más experiencia nos da palo, cuando es equivocándose que uno se pule.
La confrontación siempre merecerá un palco para verla en primicia. A mí esas vainas me emocionan porque yo pasé por ahí, por realities creativos, de entregas a contrarreloj donde los nervios siempre están de punta y sólo brilla el talento pulido. Traté de hacer unas clases donde la gente se llevara algo en la cabeza para pensar en la vida. Pequé depronto por entusiasta, porque motivé a los estudiantes a que llevaran amigos desparchados, y la clase se llenó de gente que jamás pagó, pero al menos se rompieron la crisma, algo que muchos de los que estaban inscritos no se atrevieron a hacer.
Seguramente no puse caritas felices, ni les mandé estrellita en la agenda para que los papás los besaran complacidos; pero sí me aseguré de resaltarles lo bueno, de hacerles notar sus genialidades dormidas y la necesidad de despertarlas de zopetón, lanzándose al agua, que es como uno aprende a escribir o a lo que sea. Hablábamos de la vida, de televisión, de publicidad, de la gente y del amor, temas tan interesantes donde radica el verdadero aprendizaje, pero para algunos era injusto gastarse la plata en algo que jamás se calificaría.
Esta semana, un profesor dijo que la presión es lo único que transforma el carbón en diamante, y aunque no soy partidario de la violencia, sí empiezo a creer que la exigencia tiene sus frutos; por eso es que el que no quiere aprender se queda en la forma y no ve el fondo, su testarudez y carácter elemental no le dejan ver que si no le hablan bonito no es por algo personal, sino porque están detectando que todavía puede dar más, y a eso se llega tras apretar los botones indicados. Por lo menos así le pasó a Gokú.
Sólo quería inspirar, quería que ellos tuvieran la oportunidad, filtrada santamente por mí, de recibir conocimiento también depurado por grandes creativos y personajes de la vida a quienes todavía trato de maestros. Pienso en eso cuando tiempo después me mandan sus escritos, me comparten sus blogs y los felicito por eso, porque van en camino a ser maestros Jedi míos sin saberlo. Lo sé porque no se quedaron con mi versión Gordon Ramsay en Kitchen Nightmares, sino que vieron más allá.
Uno en la vida tiene muchos profesores, pero pocos maestros. Le agradezco a Dios porque en mi vida académica y personal di con personajes oligofrénicos, provocadores y absolutamente salidos de los cabales, al punto de que para muchos pasaban por groseros e insensibles. La verdad jamás me sentí agredido por ellos, pues siempre entendí que su método radicaba en la confrontación directa a la obra, nunca a la persona aunque así pareciera.
Debe ser por eso - además por la increíble música-, que disfruté tanto Whiplash, porque entiendo que el talento en cualquier área se puede obtener si se es mentoreado por un experto, que generalmente es un genio y como tal está ligeramente demente. Aquí en Colombia, la gente brinca cuando ve Master Chef, que por la rudeza y agudeza de los chefs jurados, por ejemplo. Pero va uno a ver y es tal nuestra mediocridad, que terminamos dudando de lo que somos por algo que otro dice, y nos terminamos indignado porque una persona con más experiencia nos da palo, cuando es equivocándose que uno se pule.
La confrontación siempre merecerá un palco para verla en primicia. A mí esas vainas me emocionan porque yo pasé por ahí, por realities creativos, de entregas a contrarreloj donde los nervios siempre están de punta y sólo brilla el talento pulido. Traté de hacer unas clases donde la gente se llevara algo en la cabeza para pensar en la vida. Pequé depronto por entusiasta, porque motivé a los estudiantes a que llevaran amigos desparchados, y la clase se llenó de gente que jamás pagó, pero al menos se rompieron la crisma, algo que muchos de los que estaban inscritos no se atrevieron a hacer.
Seguramente no puse caritas felices, ni les mandé estrellita en la agenda para que los papás los besaran complacidos; pero sí me aseguré de resaltarles lo bueno, de hacerles notar sus genialidades dormidas y la necesidad de despertarlas de zopetón, lanzándose al agua, que es como uno aprende a escribir o a lo que sea. Hablábamos de la vida, de televisión, de publicidad, de la gente y del amor, temas tan interesantes donde radica el verdadero aprendizaje, pero para algunos era injusto gastarse la plata en algo que jamás se calificaría.
Esta semana, un profesor dijo que la presión es lo único que transforma el carbón en diamante, y aunque no soy partidario de la violencia, sí empiezo a creer que la exigencia tiene sus frutos; por eso es que el que no quiere aprender se queda en la forma y no ve el fondo, su testarudez y carácter elemental no le dejan ver que si no le hablan bonito no es por algo personal, sino porque están detectando que todavía puede dar más, y a eso se llega tras apretar los botones indicados. Por lo menos así le pasó a Gokú.
Sólo quería inspirar, quería que ellos tuvieran la oportunidad, filtrada santamente por mí, de recibir conocimiento también depurado por grandes creativos y personajes de la vida a quienes todavía trato de maestros. Pienso en eso cuando tiempo después me mandan sus escritos, me comparten sus blogs y los felicito por eso, porque van en camino a ser maestros Jedi míos sin saberlo. Lo sé porque no se quedaron con mi versión Gordon Ramsay en Kitchen Nightmares, sino que vieron más allá.
jueves, 26 de marzo de 2015
De lado y lado
Hace algunos años, cuando estaba en el colegio, recuerdo que la desaparecida Comisión Nacional de Televisión colombiana sacó una propaganda donde dos niños se enfrentaban porque en una estructura de cubos con letras, uno leía en una cara “casa” y la otra “taza”, dando lugar a una discusión que se acababa cuando cambiaban de lado, y leían la perspectiva del otro para darse cuenta de que ambos tenían la razón.
Me gusta que la gente pelee por lo suyo, sobre todo cuando de creencias y principios se trata. Pero francamente, a mí sí me cansa escuchar a un chovinista chibchombiano. Ellos, los mismos que se tocan porque nos relacionan con Pablo Escobar, o porque nos hacen memes cocainómanos, generalmente reaccionan con tal grado de violencia y predisposición que pareciera confirmar la inestabilidad de su identidad, como si las declaraciones de alguien pusieran en tela de juicio lo que en realidad somos.
Por un lado están los indignados contra Starbucks, Miss Universo y cuanta cosa nos frivolice la vida desde el exterior; pero en el otro extremo tenemos a los fanboys vendepatria que sienten que no nacieron en este “platanal”, que se avergüenzan de haber sido criados a punta de Aguadepanela y hasta niegan haber celebrado el anulado gol de Yepes en el Mundial de Brasil. Son los que se sienten víctimas del injusto destino que no les dio apellido con ascendencia italiana sino muisca.
¿Migrar o emigrar? Esa no es la cuestión, o por lo menos no del todo, muchos menos sin meter en esta colada a los inmigrantes, aquellos foráneos que visitan esta tierra consagrada al Sagrado Corazón y encuentran una magia que los motiva a querer quedarse. De eso dan fe miles de historias de extranjeros que, voluntaria o casualmente, dieron con Colombia y la convirtieron en su morada regular de negocios, amores y pasiones.
Lo complejo del asunto es que en Colombia vivimos en la polaridad extrema, y nos encanta tomar partidos a lado y lado sin permitirnos descubrir que muchos de los problemas de la humanidad se basan en no entender que somos diferentes, y como tal tenemos distintas perspectivas de ver la vida que no estamos obligados a embuir en el otro, que menos mal piensa distinto. Además, las realidades afuera son distintas y cambiantes, y esto sólo lo entienden quienes han agarrado sus chiros y se han ido, y es peligroso hablar de lo que uno no conoce.
No haremos de esta edición de MALLPOCKET ningún panfleto nacionalista o malinchista; pero sí buscamos resaltar que este país tiene tantas opciones como personas, y que si para algunos de afuera es el lugar ideal, debe ser porque hay algo que los de adentro no hemos logrado descrifrar.
Así como en la propaganda, todo es cuestión de perspectiva, y todo universitario debe tener claro que en sus hombros recae la responsabilidad de escoger dónde y con quiénes estar. Eso sí, sin olvidar los orígenes para recordar los futuros, porque de lado y lado del charco, lo que importa es seguir siendo persona.
Me gusta que la gente pelee por lo suyo, sobre todo cuando de creencias y principios se trata. Pero francamente, a mí sí me cansa escuchar a un chovinista chibchombiano. Ellos, los mismos que se tocan porque nos relacionan con Pablo Escobar, o porque nos hacen memes cocainómanos, generalmente reaccionan con tal grado de violencia y predisposición que pareciera confirmar la inestabilidad de su identidad, como si las declaraciones de alguien pusieran en tela de juicio lo que en realidad somos.
Por un lado están los indignados contra Starbucks, Miss Universo y cuanta cosa nos frivolice la vida desde el exterior; pero en el otro extremo tenemos a los fanboys vendepatria que sienten que no nacieron en este “platanal”, que se avergüenzan de haber sido criados a punta de Aguadepanela y hasta niegan haber celebrado el anulado gol de Yepes en el Mundial de Brasil. Son los que se sienten víctimas del injusto destino que no les dio apellido con ascendencia italiana sino muisca.
¿Migrar o emigrar? Esa no es la cuestión, o por lo menos no del todo, muchos menos sin meter en esta colada a los inmigrantes, aquellos foráneos que visitan esta tierra consagrada al Sagrado Corazón y encuentran una magia que los motiva a querer quedarse. De eso dan fe miles de historias de extranjeros que, voluntaria o casualmente, dieron con Colombia y la convirtieron en su morada regular de negocios, amores y pasiones.
Lo complejo del asunto es que en Colombia vivimos en la polaridad extrema, y nos encanta tomar partidos a lado y lado sin permitirnos descubrir que muchos de los problemas de la humanidad se basan en no entender que somos diferentes, y como tal tenemos distintas perspectivas de ver la vida que no estamos obligados a embuir en el otro, que menos mal piensa distinto. Además, las realidades afuera son distintas y cambiantes, y esto sólo lo entienden quienes han agarrado sus chiros y se han ido, y es peligroso hablar de lo que uno no conoce.
No haremos de esta edición de MALLPOCKET ningún panfleto nacionalista o malinchista; pero sí buscamos resaltar que este país tiene tantas opciones como personas, y que si para algunos de afuera es el lugar ideal, debe ser porque hay algo que los de adentro no hemos logrado descrifrar.
Así como en la propaganda, todo es cuestión de perspectiva, y todo universitario debe tener claro que en sus hombros recae la responsabilidad de escoger dónde y con quiénes estar. Eso sí, sin olvidar los orígenes para recordar los futuros, porque de lado y lado del charco, lo que importa es seguir siendo persona.
jueves, 12 de marzo de 2015
Publicitario
No tengo mantras, pero sí premisas de vida. Una de de las últimas es "Hay que aprender a equivocarse mejor". Buen tuit, corto, con concepto claro, estructura de copy y entrega impecable. Lo malo es que esas cosas que uno redacta bien, son las que más cuestan aplicar en la vida. Y por eso trato de escribirlas, para desenredarlas a través de los dedos y así ejecutarlas. Por eso tengo este blog, donde aunque no parezca, siempre escribo para mí mismo, para que no se me olvide lo vivido y errado.
Con lo fácil que parece no equivocarse, pero lo difícil que es entender que en el error está la humanización. Nacemos, crecemos, estudiamos, peleamos, nos arreglamos, nos mantenemos en esas y no aprendemos a usar el Ay exclamativo, que a estas alturas es muy triste. El punto es que en esa búsqueda de experiencias creemos que merecemos lo que llegaremos a tener, y como decía Paul Arden, "No es lo bueno que seas, sino lo bueno que quieras llegar a ser". Ahora cito publicistas con fluidez, porque me dio dizque por foguearme en ese campo.
Sí, ahora, igual que hace un año, estoy en un salón de clases entrenando el cerebro, pero esta vez rodeado de VP's, Directores Creativos, copies, diseñadores, entes y demás gente que no se parece a la que sale en Mad Men. Decidí aprender a escribir menos para vender -y ganar- más, porque en la freelancería acomodada en que vivo se necesitan cada vez más recursos. Sí, decidí ampliar el panorama laboral y reforzar que escribo libretos, pero también copies y tuits maravillosos que hasta usan en campañas.
El punto no es sonar ávaro, pero sí reconocer que lo mejor del mundo es volver a ser neófito de algo. Sólo volviendo a empezar- una carrera, un proyecto, un noviazgo- es que uno se da cuenta de la necesidad de dejar de pensar que se merece el éxito, alimento para egos famélicos, y aprende a disfrutar un poco más de la gracia, del recibir lo inmerecido.
No sé nada de agencias, ni de briefs, ni mucho menos de marcas ni de lagartear en cocteles. Me hablan de Cannes y pienso en perros -sí, el peor chiste del mundo-, y me siento como niño en dulcería, como hippie en junta de tambores, como geek en feria de robots y cuanta comparación indique que disfruto el espacio creativo de lo que no conozco y me atrae. Vengo de otra escuela creativa, y como tal sé que lo que importa aquí son las ideas, las mismas que me han pagado el colegio, la universidad y ahora Underground.
Hay que pensarlo así siempre: uno va girando por la vida con objetivos claros, como cuando va a comprar tenis en un centro comercial, pero en el camino se emociona con otra vitrina donde hay una camiseta de ensueño que resulta imperdonable no comprar, así que uno decide esperar un tiempo y luego volver por los tenis para completar la pinta. Ejemplos banales como los míos sólo indican esa necesidad de ampliar el universo mental, pues es lo único que queda para todos los que queremos vivir de las ideas.
En últimas, la creatividad demanda ser entregada de múltiples formas y creo que es bueno probarse en todas ellas, porque esa será la única forma de armarse un portafolio donde lo que me genera orgullo como creador refleja las mil y un veces que fracasé para haber dado con ese concepto. En el fondo, lo que pretendo es que me busquen por mis ideas, buenas o malas, y así mantener el arribismo mental de Don Draper para jubilarme a los 33, tal como lo hizo Jesús. Eso sí, después de intensos años de trabajo creativo y milagroso.
Con lo fácil que parece no equivocarse, pero lo difícil que es entender que en el error está la humanización. Nacemos, crecemos, estudiamos, peleamos, nos arreglamos, nos mantenemos en esas y no aprendemos a usar el Ay exclamativo, que a estas alturas es muy triste. El punto es que en esa búsqueda de experiencias creemos que merecemos lo que llegaremos a tener, y como decía Paul Arden, "No es lo bueno que seas, sino lo bueno que quieras llegar a ser". Ahora cito publicistas con fluidez, porque me dio dizque por foguearme en ese campo.
Sí, ahora, igual que hace un año, estoy en un salón de clases entrenando el cerebro, pero esta vez rodeado de VP's, Directores Creativos, copies, diseñadores, entes y demás gente que no se parece a la que sale en Mad Men. Decidí aprender a escribir menos para vender -y ganar- más, porque en la freelancería acomodada en que vivo se necesitan cada vez más recursos. Sí, decidí ampliar el panorama laboral y reforzar que escribo libretos, pero también copies y tuits maravillosos que hasta usan en campañas.
El punto no es sonar ávaro, pero sí reconocer que lo mejor del mundo es volver a ser neófito de algo. Sólo volviendo a empezar- una carrera, un proyecto, un noviazgo- es que uno se da cuenta de la necesidad de dejar de pensar que se merece el éxito, alimento para egos famélicos, y aprende a disfrutar un poco más de la gracia, del recibir lo inmerecido.
No sé nada de agencias, ni de briefs, ni mucho menos de marcas ni de lagartear en cocteles. Me hablan de Cannes y pienso en perros -sí, el peor chiste del mundo-, y me siento como niño en dulcería, como hippie en junta de tambores, como geek en feria de robots y cuanta comparación indique que disfruto el espacio creativo de lo que no conozco y me atrae. Vengo de otra escuela creativa, y como tal sé que lo que importa aquí son las ideas, las mismas que me han pagado el colegio, la universidad y ahora Underground.
Hay que pensarlo así siempre: uno va girando por la vida con objetivos claros, como cuando va a comprar tenis en un centro comercial, pero en el camino se emociona con otra vitrina donde hay una camiseta de ensueño que resulta imperdonable no comprar, así que uno decide esperar un tiempo y luego volver por los tenis para completar la pinta. Ejemplos banales como los míos sólo indican esa necesidad de ampliar el universo mental, pues es lo único que queda para todos los que queremos vivir de las ideas.
En últimas, la creatividad demanda ser entregada de múltiples formas y creo que es bueno probarse en todas ellas, porque esa será la única forma de armarse un portafolio donde lo que me genera orgullo como creador refleja las mil y un veces que fracasé para haber dado con ese concepto. En el fondo, lo que pretendo es que me busquen por mis ideas, buenas o malas, y así mantener el arribismo mental de Don Draper para jubilarme a los 33, tal como lo hizo Jesús. Eso sí, después de intensos años de trabajo creativo y milagroso.
jueves, 26 de febrero de 2015
La edad de inmerecer, o la virtud de la Meritogracia
He dicho en muchas ocasiones que perder el tiempo es una de las costumbres más sanas que podemos desarrollar, porque es allí donde uno deja que la cabeza solucione las cosas. Es raro, pero entre más uno se obsesiona pensando algo, menos chance le da al cerebro de salir bien librado con una resolución exitosa. Al cerebro y en parte a Dios, a quien me imagino negando con la cabeza cuando intentamos cambiar lo incambiable, o decidimos lo inconsecuente a pesar de nosotros mismos.
Es sabiduría callejera obtenida en la universidad de la vida, en la cual me matriculé hace un año exacto cuando renuncié al oficinismo, agarré un avión que me llevó al exilio cubano del guionista promedio y reformulé mi vida saturándola de formas creativas de solución de problemas, pleonasmo redundante y oximorónico adrede. Y cómo pasa el tiempo, y la vida misma, porque desde entonces he vivido tantas experiencias buenas y malas -malas para otros que lo han visto así-, que me siento cada día más completo, más en edad de inmerecer.
Sí, amigos de la jacaranda y la tropicalidad en todas sus formas, edad de inmerecer, concepto que será el Tropical Tender del presente año del Chivo, y no solamente porque se haya ganado otro Óscar, también porque si "este es el año" -expresión cristiana para conntonar que es momento de flirtear con fines familiares y copulatorios- que sea el tiempo de dejar de dárselas de mucho café con leche, de aterrizar la meritocracia y convertirla en meritogracia, en esa capacidad de entender que lo que tenemos no es por nosotros ni nuestras genialidades de fábrica, sino por gracia de una fuerza externa a la que muchos llaman Universo, Vida, Jah, y yo sé que es Dios.
Nadie sabe qué es eso de merecer algo, así muchos lo asumamos. Suponemos que es merecer algo bueno, a fin de recolectar plata y comodidades que justifiquen lo mucho que nos hemos preparado o estudiando para eso. Y en el amor ni se diga, donde uno traduce "guardarse para la que es" como "me tiene que llegar la versión local de Katy Perry o sino no valió la pena aguantarme las ganas con la de la oficina".
Aquí aprovecho para abogar por esos que, en un acto solemne y extraño, han decidido dejar pasar buenas oportunidades en aras de esperar la mejor de las opciones. Es raro, pero ¿cómo uno va a saber que ese es el bus de la victoria si ni siquiera se da el chance de mirar la ruta? Es duro ser soltero codiciado, y, modestia aparte, sé de lo que hablo cuando lo digo, porque he vivido en un estado de sobrevaloración en el mercado del amor que asusta embarrarla escogiendo mal, y terminar por revelar que se es un simple humano que también puede divorciarse.
Pues eso, no tenemos lo que merecemos y recibimos lo inmerecido. Ese es el equilibrio que nos aterriza, cura el orgullo y además nos sigue confirmando que merecer es una virtud donde las buenas obras no importan, simplemente el dejarse sorprender, sin temores ni reproches, por algo inesperado y libre de remordimientos por lo que se llegó a sacrificar.
Es sabiduría callejera obtenida en la universidad de la vida, en la cual me matriculé hace un año exacto cuando renuncié al oficinismo, agarré un avión que me llevó al exilio cubano del guionista promedio y reformulé mi vida saturándola de formas creativas de solución de problemas, pleonasmo redundante y oximorónico adrede. Y cómo pasa el tiempo, y la vida misma, porque desde entonces he vivido tantas experiencias buenas y malas -malas para otros que lo han visto así-, que me siento cada día más completo, más en edad de inmerecer.
Sí, amigos de la jacaranda y la tropicalidad en todas sus formas, edad de inmerecer, concepto que será el Tropical Tender del presente año del Chivo, y no solamente porque se haya ganado otro Óscar, también porque si "este es el año" -expresión cristiana para conntonar que es momento de flirtear con fines familiares y copulatorios- que sea el tiempo de dejar de dárselas de mucho café con leche, de aterrizar la meritocracia y convertirla en meritogracia, en esa capacidad de entender que lo que tenemos no es por nosotros ni nuestras genialidades de fábrica, sino por gracia de una fuerza externa a la que muchos llaman Universo, Vida, Jah, y yo sé que es Dios.
Nadie sabe qué es eso de merecer algo, así muchos lo asumamos. Suponemos que es merecer algo bueno, a fin de recolectar plata y comodidades que justifiquen lo mucho que nos hemos preparado o estudiando para eso. Y en el amor ni se diga, donde uno traduce "guardarse para la que es" como "me tiene que llegar la versión local de Katy Perry o sino no valió la pena aguantarme las ganas con la de la oficina".
Aquí aprovecho para abogar por esos que, en un acto solemne y extraño, han decidido dejar pasar buenas oportunidades en aras de esperar la mejor de las opciones. Es raro, pero ¿cómo uno va a saber que ese es el bus de la victoria si ni siquiera se da el chance de mirar la ruta? Es duro ser soltero codiciado, y, modestia aparte, sé de lo que hablo cuando lo digo, porque he vivido en un estado de sobrevaloración en el mercado del amor que asusta embarrarla escogiendo mal, y terminar por revelar que se es un simple humano que también puede divorciarse.
Pues eso, no tenemos lo que merecemos y recibimos lo inmerecido. Ese es el equilibrio que nos aterriza, cura el orgullo y además nos sigue confirmando que merecer es una virtud donde las buenas obras no importan, simplemente el dejarse sorprender, sin temores ni reproches, por algo inesperado y libre de remordimientos por lo que se llegó a sacrificar.
jueves, 19 de febrero de 2015
Yo también tendré 30
¿Quién no recuerda los días de inducción en la Universidad? Alguien que no haya asistido, supongo. Pero mi caso no fue ese. Voluntariamente, hace exactos 10 años, llegué a la Facultad de Comunicación de la Javeriana a vivir el paseo completo en persona para que nadie tuviera que contármelo jamás. Recuerdo que en esos primeros días el paso del tiempo no era algo que me trasnochara, porque el futuro era algo que todavía se demoraba. Y va uno a ver y no, porque en un abrir y cerrar de ojos se pasaron los mejores 6 años de mi vida. Sí, la universidad me gustó tanto que casi no me sacan de allá.
Ahora, con un cartón que me acredita como Comunicador Social, me encuentro en la vida laboral con personas que sufren porque se acercan a cumplir 30 años, o como dicen los oficinistas, van llegando al tercer piso. A los de esta especie se les ve analizando la actualidad noticiosa, preocupados por no aparecer reportados en Datacrédito, embarcados en largas maratones de series televisivas, padeciendo cuando toman leche entera y contando historias protagonizadas por ellos hace 10 años. Y es así como me doy cuenta, con temor y temblor, que ahora soy uno más de ellos.
Pero la idea no es caer en agonías generacionales, porque tampoco es que crecer haga a la gente más aburrida, aunque en el fondo uno va cambiando sus fotos de fiestas y parrandas por las de babyshowers y matrimonios. El punto es que vengo del futuro para decirles, amigos universitarios, que están en los mejores días de su vida, y que como tal se les escurrirá como agua entre los dedos. No quiero sonar como a sus respetadas madres, pero va uno a ver y siempre han tenido razón cuando aconsejan no perder el tiempo para que no lloren los Santos, porque con un papá presidente, ellos ya tienen la vida resuelta.
Si a usted le faltan varios años para llegar a los 30, sépase preparar para cuando le llegue la hora de no poder salir a la calle sin protector solar, o cuando su correspondencia esté integrada por planes de medicina prepagada y extractos de tarjetas de crédito a su nombre. Este es el momento de crecer personal y laboralmente, porque si la vida no está como para ser mediocre, después de los 30 sí que menos, así que aventúrese a valorar sus años mozos de creatividad y emprendimiento.
Pero si usted es de los míos, los mismos que ahora buscamos la comodidad de unos zapatos por encima de que estén de moda, o que trasnochar nos destroza porque “ya no estamos para esos trotes”, no se dé tan duro y disfrute de esta nueva etapa. Está demostrado que muchas de las mentes más brillantes de la historia llegaron a la iluminación después de los 30 años, y de todos lo que hay que vivir fracasando para llegar allá.
Para ambos casos llega esta MALLPOCKET, que con el pretexto de conmemorar nuestra edición Nº 30, le presenta distintas formas de pensar en su reloj biológico inexorable, pero también pretende abordar el 30 como un número más, donde la apariencia es lo de menos y el añejamiento es lo de más. Y como el palo no está para cucharas, lo mejor es que se monte en este DeLorean y piense que la mejor etapa de su vida depende de usted, no de los años que diga tener. Ahí sí como dicen los oficinistas más recorridos, la vieja es la cédula, y la joven es la contraseña.
Ahora, con un cartón que me acredita como Comunicador Social, me encuentro en la vida laboral con personas que sufren porque se acercan a cumplir 30 años, o como dicen los oficinistas, van llegando al tercer piso. A los de esta especie se les ve analizando la actualidad noticiosa, preocupados por no aparecer reportados en Datacrédito, embarcados en largas maratones de series televisivas, padeciendo cuando toman leche entera y contando historias protagonizadas por ellos hace 10 años. Y es así como me doy cuenta, con temor y temblor, que ahora soy uno más de ellos.
Pero la idea no es caer en agonías generacionales, porque tampoco es que crecer haga a la gente más aburrida, aunque en el fondo uno va cambiando sus fotos de fiestas y parrandas por las de babyshowers y matrimonios. El punto es que vengo del futuro para decirles, amigos universitarios, que están en los mejores días de su vida, y que como tal se les escurrirá como agua entre los dedos. No quiero sonar como a sus respetadas madres, pero va uno a ver y siempre han tenido razón cuando aconsejan no perder el tiempo para que no lloren los Santos, porque con un papá presidente, ellos ya tienen la vida resuelta.
Si a usted le faltan varios años para llegar a los 30, sépase preparar para cuando le llegue la hora de no poder salir a la calle sin protector solar, o cuando su correspondencia esté integrada por planes de medicina prepagada y extractos de tarjetas de crédito a su nombre. Este es el momento de crecer personal y laboralmente, porque si la vida no está como para ser mediocre, después de los 30 sí que menos, así que aventúrese a valorar sus años mozos de creatividad y emprendimiento.
Pero si usted es de los míos, los mismos que ahora buscamos la comodidad de unos zapatos por encima de que estén de moda, o que trasnochar nos destroza porque “ya no estamos para esos trotes”, no se dé tan duro y disfrute de esta nueva etapa. Está demostrado que muchas de las mentes más brillantes de la historia llegaron a la iluminación después de los 30 años, y de todos lo que hay que vivir fracasando para llegar allá.
Para ambos casos llega esta MALLPOCKET, que con el pretexto de conmemorar nuestra edición Nº 30, le presenta distintas formas de pensar en su reloj biológico inexorable, pero también pretende abordar el 30 como un número más, donde la apariencia es lo de menos y el añejamiento es lo de más. Y como el palo no está para cucharas, lo mejor es que se monte en este DeLorean y piense que la mejor etapa de su vida depende de usted, no de los años que diga tener. Ahí sí como dicen los oficinistas más recorridos, la vieja es la cédula, y la joven es la contraseña.
Publicado en la Revista Mallpocket de Febrero de 2015
jueves, 5 de febrero de 2015
El Príncipe de Persia
En mi último cumpleaños, recibí muchos regalos inesperados: el cariño de la gente, cientos de menciones y posteos en redes, memes protagonizados por mí, saludos de gente que ahora me dice "Chespiritólogo" y cosas así, de esas que no cuestan mucho pero terminan siento tan efectivas. Y es que creo que a esta edad, tan cerca de los 30, uno empieza a cosechar por lo trabajado, que en mi caso también tiene que ver con las huellas que he generado en las vidas de otros, y viceversa.
Pero entre esos mensajes, no esperé jamás recibir una nota de uno de mis héroes, que cada vez son menos desde que murió Chespirito. En este caso fue el Pastor de mi Iglesia, Andrés Corson, quien a través de un post-it me bendijo, deseándome que Dios me hiciera un hombre de palabra y conforme a Su corazón. Ocasionalmente, tengo la bendición y fortuna de compartir de cerca con él, el mismo al que los medios trolean por ser "el Pastor que curó a Nerú", pero recibir este mensaje fue especial por lo que sucedió unos días después.
Ahora que estoy en la tónica de aprender a fracasar y vivir siendo libre con eso, tengo más tiempo libre, curiosamente, porque el éxito y la fama son una ocupación en sí misma; así que empecé a tratar de llevar una vida de jubilado sin haber vivido, de pensionado que se dedica a esperar pero sin dejar de apurarse para recibir.
En una de esas mañanas callejeras, me encontré con el Pastor y le di las gracias por su mensaje, y me impactó que me miró y se atrevió a preguntarme: -¿Recibió el regalo que le mandé? Yo, pensando que se trataba de un chascarrillo propio de su humor seco accedí a soltar una mini carcajada de complicidad, donde le mencioné de nuevo la nota. Él, de ojos azules y voz gruesa y profunda me miró serio y me dijo: -No, yo le mandé una novia. ¿No la recibió? Oré por eso.
Hasta aquí el chiste pareciera contarse solo, o de hecho pareciera que ni siquiera es un chiste, y creo que así lo tomé, porque no hay nada más tranquilizante que saber que hay alguien que cuando habla con Dios se acuerda de uno. Pero la cosa despegó cuando bajé la cabeza y le dije que no, que de aquello nada, que yuca, paila, naranjas y nanay cucas, aunque no en esas palabras. El Pastor se llevó el dedo índice a los labios, como tratando de hacer una cruz, la misma en donde creemos deben reposar todas nuestras aflicciones. Sin rechistar me miró penetrantemente y me dijo: -Eso debe ser el Príncipe de Persia. Y como el mejor de los figurantes televisivos, desapareció en un abrir de ojos. Y ahí hubo corte de escena. Y fuera del aire.
Para mí, el Príncipe de Persia era el nombre del videojuego ese maravilloso de las clases de Sistemas, y uno de los pretextos para acercarme a los computadores por allá en 1996. Ya han pasado casi 20 años desde entonces, y unas dos semanas desde que terminé de leer "Esta Patente Oscuridad", novela donde el mundo espiritual es el escenario para la batalla de ángeles y demonios. Pues justamente a eso se refería el Pastor, a una potestad satánica que es mencionada en la Biblia en el libro de Daniel y que, según dicen, es el que en el terreno espiritual nos bloquea las bendiciones.
Ahora, esto pareciera no ser una entrada de este blog, oh amados caba-ñeros y caba-ñeras, pero en el fondo sí. No es la primera vez que veo una película y salgo pensando en que el protagonista puedo ser yo, como me pasó con Birdman; pero sí debuto como personaje principal de un libro con el que se me cayeron las vendas de los ojos. Fue un momento epifánico donde sentí que el libro cobró vida, y que esta vez el periodista loco y el pastor ingenuo se encarnaban en mí.
Es que en la tónica de relajarse y "dejar que las cosas pasen" parece que hay cierta mentira parcial, pues en realidad uno mismo es quien debe diseñar los cambios que producirán los milagros; pero también la moralidad cristiana tiene su parte, la misma que nos enseña que haciendo las cosas bien cosecharemos cosas buenas. Con esto está demostrado que no, que hay una guerra espiritual imperceptible donde el hábito y deleite disciplinado de orar cambia el panorama, cosa que uno no entiende así de primerazo.
Uno ora creyendo que el que gana es Dios, pero tampoco. Uno ora es por uno, no para irse al cielo o reclamar ciertas prebendas: uno ora es para que le vaya bien aquí y ahora. Yo suelo agradecerle a Dios por la comida, lo recibido también por lo perdido, pero ahora entiendo que hay cosas que compete pelear de rodillas, y que si uno no está viviendo a plenitud la vida que decidió, algo pasa.
Tal vez esto le sirva a alguien que, como yo, sabe que es hora de recibir algo esperado de maneras insospechadas. Y no sólo en el tema amoroso, que es lo mínimo, me refiero a una plenitud en todas las áreas, de esas que se obtienen tras intensas batallas, dejando músculos desgarrados y pieles con cicatrices espirituales.
Pero entre esos mensajes, no esperé jamás recibir una nota de uno de mis héroes, que cada vez son menos desde que murió Chespirito. En este caso fue el Pastor de mi Iglesia, Andrés Corson, quien a través de un post-it me bendijo, deseándome que Dios me hiciera un hombre de palabra y conforme a Su corazón. Ocasionalmente, tengo la bendición y fortuna de compartir de cerca con él, el mismo al que los medios trolean por ser "el Pastor que curó a Nerú", pero recibir este mensaje fue especial por lo que sucedió unos días después.
Ahora que estoy en la tónica de aprender a fracasar y vivir siendo libre con eso, tengo más tiempo libre, curiosamente, porque el éxito y la fama son una ocupación en sí misma; así que empecé a tratar de llevar una vida de jubilado sin haber vivido, de pensionado que se dedica a esperar pero sin dejar de apurarse para recibir.
En una de esas mañanas callejeras, me encontré con el Pastor y le di las gracias por su mensaje, y me impactó que me miró y se atrevió a preguntarme: -¿Recibió el regalo que le mandé? Yo, pensando que se trataba de un chascarrillo propio de su humor seco accedí a soltar una mini carcajada de complicidad, donde le mencioné de nuevo la nota. Él, de ojos azules y voz gruesa y profunda me miró serio y me dijo: -No, yo le mandé una novia. ¿No la recibió? Oré por eso.
Hasta aquí el chiste pareciera contarse solo, o de hecho pareciera que ni siquiera es un chiste, y creo que así lo tomé, porque no hay nada más tranquilizante que saber que hay alguien que cuando habla con Dios se acuerda de uno. Pero la cosa despegó cuando bajé la cabeza y le dije que no, que de aquello nada, que yuca, paila, naranjas y nanay cucas, aunque no en esas palabras. El Pastor se llevó el dedo índice a los labios, como tratando de hacer una cruz, la misma en donde creemos deben reposar todas nuestras aflicciones. Sin rechistar me miró penetrantemente y me dijo: -Eso debe ser el Príncipe de Persia. Y como el mejor de los figurantes televisivos, desapareció en un abrir de ojos. Y ahí hubo corte de escena. Y fuera del aire.
Para mí, el Príncipe de Persia era el nombre del videojuego ese maravilloso de las clases de Sistemas, y uno de los pretextos para acercarme a los computadores por allá en 1996. Ya han pasado casi 20 años desde entonces, y unas dos semanas desde que terminé de leer "Esta Patente Oscuridad", novela donde el mundo espiritual es el escenario para la batalla de ángeles y demonios. Pues justamente a eso se refería el Pastor, a una potestad satánica que es mencionada en la Biblia en el libro de Daniel y que, según dicen, es el que en el terreno espiritual nos bloquea las bendiciones.
Ahora, esto pareciera no ser una entrada de este blog, oh amados caba-ñeros y caba-ñeras, pero en el fondo sí. No es la primera vez que veo una película y salgo pensando en que el protagonista puedo ser yo, como me pasó con Birdman; pero sí debuto como personaje principal de un libro con el que se me cayeron las vendas de los ojos. Fue un momento epifánico donde sentí que el libro cobró vida, y que esta vez el periodista loco y el pastor ingenuo se encarnaban en mí.
Es que en la tónica de relajarse y "dejar que las cosas pasen" parece que hay cierta mentira parcial, pues en realidad uno mismo es quien debe diseñar los cambios que producirán los milagros; pero también la moralidad cristiana tiene su parte, la misma que nos enseña que haciendo las cosas bien cosecharemos cosas buenas. Con esto está demostrado que no, que hay una guerra espiritual imperceptible donde el hábito y deleite disciplinado de orar cambia el panorama, cosa que uno no entiende así de primerazo.
Uno ora creyendo que el que gana es Dios, pero tampoco. Uno ora es por uno, no para irse al cielo o reclamar ciertas prebendas: uno ora es para que le vaya bien aquí y ahora. Yo suelo agradecerle a Dios por la comida, lo recibido también por lo perdido, pero ahora entiendo que hay cosas que compete pelear de rodillas, y que si uno no está viviendo a plenitud la vida que decidió, algo pasa.
Tal vez esto le sirva a alguien que, como yo, sabe que es hora de recibir algo esperado de maneras insospechadas. Y no sólo en el tema amoroso, que es lo mínimo, me refiero a una plenitud en todas las áreas, de esas que se obtienen tras intensas batallas, dejando músculos desgarrados y pieles con cicatrices espirituales.
jueves, 29 de enero de 2015
Bailar al revés
Lo peor que le puede pasar a uno es acostumbrarse a algo. Es triste, porque aunque lo neguemos, somos animales de costumbres y rutinas, y no precisamente de stand-up comedy. Nos encanta tener el control de la cosas, o por lo menos tener la fe de que todo va a ponerse mejor cada día, que en mi caso siempre es elemento redituable.
La costumbre amarga, y en mi caso, andar por la vida con una perfección y buen raccord ha hecho que cuando me lleguen los traspiés, tenga la tendencia a pensar que todo está echado a perder, que de esta (otra) no me levanto y que la leche derramada la lloran los santos que van marchando. No es que le tenga miedo al fracaso, de hecho me gusta, pero si me dan a elegir lo quiero como amigo, como goce temporal, como un fin de semana largo, no como algo habitual con quien quisiera pasar el resto de mi vida.
Que salgan las cosas mal es el inicio de lo grande, pero uno insiste en buscarse la vida en la perfección, y no hay nada más humano que ser imperfecto. Tantas historias de gente maravillosa a la que el fracaso los catapultó, a quienes las crisis los sepultaron para resurgir como el ave Fénix de Bedout que son, que creo que hacerse leyenda demanda vivir conociendo a qué sabe la lona, o por lo menos haberla probado unas buenas veces.
Me toca creer, porque la inteligencia y el talento son traicioneros confidentes. Nada más creer, a pesar de que a la gente como a mí, que desde pequeños se les ha orientado al éxito y al "Eres especial", pocas veces se nos ha dicho que tocar fondo es el real proceso de santificación y consagración. A la gente como yo, que nace creyéndose la gran cosa, el destino se lo refuerza pero la realidad se lo derrumba, y está bien que sea así.
Todo esto no porque esté pensando en diomedizarme (que para efectos de este blog es morirme, o autosuicidarme colectivamente), más bien es un cúmulo de reflexiones después de haber visto Birdman y sentirme como el Michael Keaton del cristianismo: una suerte de héroe que día a día aprende a sobrevivir, con el peso de haber sido bueno y que cuando enfrenta crisis ve venir el retiro de las grandes ligas.
Y es que a uno no le enseñan que en la vida a los "buena gente" no siempre les va bien, que uno no es tan especial como para no hacer fila ni tan equis como para que no valga la pena acercarse. Nos ha hecho falta entender que no somos dioses especiales, que renunciar a veces está bien, que luchar no siempre es lo correcto y que ser hijos de Dios no indica que todo nos salga como lo hemos pedido. De eso se trata, de confiar en que hay alguien con mejor disfraz de héroe que el de uno, que ve las cosas en picado y está listo para accionar uno que otro milagro creativo inesperado.
Hay que creer que las montañas también tienen doble cara, como los discos de vinilo. Hay un lado B de todo, y es ese el que hay que aprender a buscar, que es como ciertas canciones de ahora donde uno no entiende nada pero suenan bonito. Y suenan bien justamente por eso, porque uno ignora lo que dicen y simplemente demandan que uno se deje llevar por el compás y baile con ellas, que generalmente es moverse en otras direcciones antes no exploradas, algo así como bailar al revés.
Bailando al revés, oyendo el lado B es que se recorren los nuevos caminos y probablemente ahí están las canciones sorpresas y las soluciones, las mismas que uno encuentra cuando oye con detalle, sin andar pensando en qué mensajes subliminales pueden llegar a tener. Por eso ahora espero, entendiendo que todavía no he visto nada y que es demasiado prematuro querer jubilarse cuando no se ha bailado lo suficiente.
La costumbre amarga, y en mi caso, andar por la vida con una perfección y buen raccord ha hecho que cuando me lleguen los traspiés, tenga la tendencia a pensar que todo está echado a perder, que de esta (otra) no me levanto y que la leche derramada la lloran los santos que van marchando. No es que le tenga miedo al fracaso, de hecho me gusta, pero si me dan a elegir lo quiero como amigo, como goce temporal, como un fin de semana largo, no como algo habitual con quien quisiera pasar el resto de mi vida.
Que salgan las cosas mal es el inicio de lo grande, pero uno insiste en buscarse la vida en la perfección, y no hay nada más humano que ser imperfecto. Tantas historias de gente maravillosa a la que el fracaso los catapultó, a quienes las crisis los sepultaron para resurgir como el ave Fénix de Bedout que son, que creo que hacerse leyenda demanda vivir conociendo a qué sabe la lona, o por lo menos haberla probado unas buenas veces.
Me toca creer, porque la inteligencia y el talento son traicioneros confidentes. Nada más creer, a pesar de que a la gente como a mí, que desde pequeños se les ha orientado al éxito y al "Eres especial", pocas veces se nos ha dicho que tocar fondo es el real proceso de santificación y consagración. A la gente como yo, que nace creyéndose la gran cosa, el destino se lo refuerza pero la realidad se lo derrumba, y está bien que sea así.
Todo esto no porque esté pensando en diomedizarme (que para efectos de este blog es morirme, o autosuicidarme colectivamente), más bien es un cúmulo de reflexiones después de haber visto Birdman y sentirme como el Michael Keaton del cristianismo: una suerte de héroe que día a día aprende a sobrevivir, con el peso de haber sido bueno y que cuando enfrenta crisis ve venir el retiro de las grandes ligas.
Y es que a uno no le enseñan que en la vida a los "buena gente" no siempre les va bien, que uno no es tan especial como para no hacer fila ni tan equis como para que no valga la pena acercarse. Nos ha hecho falta entender que no somos dioses especiales, que renunciar a veces está bien, que luchar no siempre es lo correcto y que ser hijos de Dios no indica que todo nos salga como lo hemos pedido. De eso se trata, de confiar en que hay alguien con mejor disfraz de héroe que el de uno, que ve las cosas en picado y está listo para accionar uno que otro milagro creativo inesperado.
Hay que creer que las montañas también tienen doble cara, como los discos de vinilo. Hay un lado B de todo, y es ese el que hay que aprender a buscar, que es como ciertas canciones de ahora donde uno no entiende nada pero suenan bonito. Y suenan bien justamente por eso, porque uno ignora lo que dicen y simplemente demandan que uno se deje llevar por el compás y baile con ellas, que generalmente es moverse en otras direcciones antes no exploradas, algo así como bailar al revés.
Bailando al revés, oyendo el lado B es que se recorren los nuevos caminos y probablemente ahí están las canciones sorpresas y las soluciones, las mismas que uno encuentra cuando oye con detalle, sin andar pensando en qué mensajes subliminales pueden llegar a tener. Por eso ahora espero, entendiendo que todavía no he visto nada y que es demasiado prematuro querer jubilarse cuando no se ha bailado lo suficiente.
jueves, 15 de enero de 2015
Babel
Recuerdo que cuando vi la película escrita por Guillermo Arriaga (porque el cine no es sólo de los directores), salí pensando en cómo la Biblia siempre nos sirve de pretexto cinematográfico, la base para desarrollar nuestras vidas y adaptarlas al contexto propio tomándola como referencia dramática. Yo, en parte, por eso la leo, porque detrás de la narración también hay una forma de encontrar a un Dios interesado en darnos las directrices para vivir con claridad en la tierra.
En Babel vemos cómo unos hermanos pastores en Marruecos se relacionan con una familia estadounidense de vacaciones por ese país, que a su vez tienen que ver con una niñera mexicana en San Diego que partirá al matrimonio de su hijo en Tijuana, y una muchacha sordomuda japonesa que sufre por la muerte de su mamá. En la Biblia vemos la historia de los orgullosos descendientes de Noé, quienes querían hacer una torre que los hiciera famosos y los llevara a tocar el cielo, literalmente. En la intersección, encuentro a la humanidad y su mayor facultad: la imperfección incoherente.
Ser humano es hacer las cosas mal, es ser intenso e incisivo con lo que se busca; pero también es ser miedoso e indeciso, lo cual nos vuelve contradictorios. Repasando el texto bíblico me impacta que Dios mismo dice que los humanos podremos hacer todo lo que nos propongamos y que nadie podrá detenernos, entonces ¿por qué las cosas no salen como se libretean? ¿Por qué fracasamos en nuestras historias personales si podemos hacer lo que se nos venga en gana?
La respuesta la encuentro en el verso siguiente, donde ese mismo Dios, en un acto de amor incomprensible, esparce a los humanos por toda la tierra y permite que aprendan otros idiomas, para terminar de complejizar la vaina. Por un lado, cuando se nos desbaratan los planes y se cae el castillo de naipes, siento que está la mano de un Dios que permite la separación, pues sólo quien ha percibido el dolor de una pérdida sabe lo maravilloso que se siente recuperarse.
La película le apunta a los puntos de giro de la vida, no tanto por el azar sino a plasmar cómo las decisiones que tomamos en milésimas de segundo nos pueden dañar el caminado por el resto de la eternidad; y cómo nuestra vida también se ve modificada por las decisiones de otros, con alcances inimaginables por lado y lado. Siempre que pierdo a una persona pienso en esto, en que Dios mismo me permite elegir cómo va a ser mi vida, pero que llega un punto en que, si se lo pido, meterá mano y colmillo para llevarme a crecer, a subir de expectativas, ofreciéndome un camino lejos de lo escaleteado por mí mismo.
Nos interesamos por personas, pero no terminamos de decidirnos por ellas, y cuando las perdemos nos lamentamos, a pesar de que fue por falta de determinación. Y vivimos tranquilos hasta que se entra un tercero a colación, y reaccionamos con el síndrome del triciclo. ¿Quién nos entiende? Decimos muchas cosas pero las emociones nos cambian, y es triste, porque creo que madurar es aprender a vivir con las emociones calibradas y las decisiones fijadas, a pesar de lo que se pueda presentar.
Nadie ha pensado en lo triste que debió haber sido para estos personajes bíblicos perder la comunicación entre sí, cómo los que un día se trataron con cariño vieron que tiempo después no entendieron el lenguaje del amor del otro, y en esa cruda ignorancia creyeron leer las acciones de sus cercanos para darse cuenta de que no dijeron lo que creyeron.
Así como en Babel, donde queda claro que el dolor de la traición y la reconstrucción del amor son idiomas que no todo el mundo logra compaginar. Así como en la Biblia, donde la historia de amor de Dios con la humanidad implicó un gran sacrificio, difícil de comprender. Así como en la vida real, donde si el idioma de uno era movimiento, y el del otro quietud, sólo se puede concluir que no estaban corriendo en la misma carrera.
En Babel vemos cómo unos hermanos pastores en Marruecos se relacionan con una familia estadounidense de vacaciones por ese país, que a su vez tienen que ver con una niñera mexicana en San Diego que partirá al matrimonio de su hijo en Tijuana, y una muchacha sordomuda japonesa que sufre por la muerte de su mamá. En la Biblia vemos la historia de los orgullosos descendientes de Noé, quienes querían hacer una torre que los hiciera famosos y los llevara a tocar el cielo, literalmente. En la intersección, encuentro a la humanidad y su mayor facultad: la imperfección incoherente.
Ser humano es hacer las cosas mal, es ser intenso e incisivo con lo que se busca; pero también es ser miedoso e indeciso, lo cual nos vuelve contradictorios. Repasando el texto bíblico me impacta que Dios mismo dice que los humanos podremos hacer todo lo que nos propongamos y que nadie podrá detenernos, entonces ¿por qué las cosas no salen como se libretean? ¿Por qué fracasamos en nuestras historias personales si podemos hacer lo que se nos venga en gana?
La respuesta la encuentro en el verso siguiente, donde ese mismo Dios, en un acto de amor incomprensible, esparce a los humanos por toda la tierra y permite que aprendan otros idiomas, para terminar de complejizar la vaina. Por un lado, cuando se nos desbaratan los planes y se cae el castillo de naipes, siento que está la mano de un Dios que permite la separación, pues sólo quien ha percibido el dolor de una pérdida sabe lo maravilloso que se siente recuperarse.
La película le apunta a los puntos de giro de la vida, no tanto por el azar sino a plasmar cómo las decisiones que tomamos en milésimas de segundo nos pueden dañar el caminado por el resto de la eternidad; y cómo nuestra vida también se ve modificada por las decisiones de otros, con alcances inimaginables por lado y lado. Siempre que pierdo a una persona pienso en esto, en que Dios mismo me permite elegir cómo va a ser mi vida, pero que llega un punto en que, si se lo pido, meterá mano y colmillo para llevarme a crecer, a subir de expectativas, ofreciéndome un camino lejos de lo escaleteado por mí mismo.
Nos interesamos por personas, pero no terminamos de decidirnos por ellas, y cuando las perdemos nos lamentamos, a pesar de que fue por falta de determinación. Y vivimos tranquilos hasta que se entra un tercero a colación, y reaccionamos con el síndrome del triciclo. ¿Quién nos entiende? Decimos muchas cosas pero las emociones nos cambian, y es triste, porque creo que madurar es aprender a vivir con las emociones calibradas y las decisiones fijadas, a pesar de lo que se pueda presentar.
Nadie ha pensado en lo triste que debió haber sido para estos personajes bíblicos perder la comunicación entre sí, cómo los que un día se trataron con cariño vieron que tiempo después no entendieron el lenguaje del amor del otro, y en esa cruda ignorancia creyeron leer las acciones de sus cercanos para darse cuenta de que no dijeron lo que creyeron.
Así como en Babel, donde queda claro que el dolor de la traición y la reconstrucción del amor son idiomas que no todo el mundo logra compaginar. Así como en la Biblia, donde la historia de amor de Dios con la humanidad implicó un gran sacrificio, difícil de comprender. Así como en la vida real, donde si el idioma de uno era movimiento, y el del otro quietud, sólo se puede concluir que no estaban corriendo en la misma carrera.
sábado, 10 de enero de 2015
La Fiebre de las Cabañuelas
Ya van a ser cinco años desde que me gradué de la Universidad y el cartón sigue ahí, encima del armario, esperando a ser exhibido. La verdad no lo he colgado porque si hay algo a lo que temo es a que me pregunten qué sé hacer, o qué hago para ganar plata. Lo primero que respondo es que hago caso, porque para ponerme a explicar que escribo libretos, copies y artículos por encargo habría que dejar claro que no sé hacer algo técnico o concreto como cocinar, revisar pacientes o desarmar motores, al modo de ver de muchos.
Cuando uno quiere vivir de escribir, necesita conseguir un trabajo donde generalmente quede buen tiempo libre para hacerlo, porque esto de escribir no es que empiece a ser tan autosostenible como la gente cree, mucho menos cuando uno no nació en cuna de oro. He pensado en esto porque a veces uno no tiene la dimensión clara de lo que sueña, y cuando llega tal vez la cosa se vuelve una pesadilla. Esto porque para escribir hay que hacerlo con las vísceras, con pasión, conociendo lo que se está contando.
Todo esto porque nadie sabe que lo primero que escribí, así de manera pagada para ser publicado, fue un horóscopo. Sí, un cristiano de a pie posando de agorero a sueldo, que tristemente es la realidad de muchos fundamentalistas que mercadean los milagros. En mi defensa, puedo decir que fue un horóscopo medio parodiado, donde recuerdo simplemente jugar con emociones y enunciados positivistas, aunque otros eran más de resignación. Ya cuando agarré cancha y me pidieron dos más, empecé a recomendar flores, velas, colores y todos esos lindos placebos para calmar nuestras neurosis y preocupaciones.
No soy de los que piensan que hay que vivir de todo para tener autoridad de comentarlo, o sino no me le hubiese atrevido a hablar de salud, dinero y familia; pero he entendido que detrás de lo que se escribe debe apelarse a las emociones, y sobre todo al amor, que viene siendo la abeja reina de esta colmena. Basta con explorar caminos como la telenovela para darse cuenta que las concepciones del amor son tan variadas como las pintas de Lady Gaga. Para unos es placer, para otros es rutina, pero para mí sigue siendo decisión.
Escribir es conocer la condición humana a fondo, es adentrarse en la lógica de una cabeza pensante y pretender armarle unos giros en la vida que uno mismo le escribe. Curiosamente así me veo a mí mismo, como un protagonista al que quiero sacar adelante, aunque las dificultades apremien y las pocas certezas empiecen a ser probadas. Por eso aguanto, me sostengo fuerte y no lloro mucho, porque amar es una suerte de resistencia propia de los visionarios, los que no se enredan con cualquier fuego sino que perseveran por el sol de la mañana.
Escribir es conocer la condición humana a fondo, es adentrarse en la lógica de una cabeza pensante y pretender armarle unos giros en la vida que uno mismo le escribe. Curiosamente así me veo a mí mismo, como un protagonista al que quiero sacar adelante, aunque las dificultades apremien y las pocas certezas empiecen a ser probadas. Por eso aguanto, me sostengo fuerte y no lloro mucho, porque amar es una suerte de resistencia propia de los visionarios, los que no se enredan con cualquier fuego sino que perseveran por el sol de la mañana.
Y es que así como hay una delgada línea entre cabañas y cabañuelas, para fortuna mía, también el positivismo confeso y la fe se acercan, mucho más cuando va arrancando el año y todos andamos tan expectantes de lo que vendrá. Así como en las cabañuelas se asume que los 12 primeros días de enero revelan el carácter climático del resto del año, aquí en las cabañas solamente resta llevar a creer y confiar en que si he vivido unos intensos días post-onomástico lleno de trabajo, plata, cariño y respeto, lo que viene sencillamente descrestará.
martes, 30 de diciembre de 2014
La lista Murtaugh
Como buen ochentero criado en los noventa, crecí viendo muchas películas y series de televisión traídas por la perubólica. Invertí mucho tiempo, y de hecho todavía lo hago, en seguir un poconón de historias y personajes que, tristemente, he ido olvidando con la llegada de nuevas series. En el mejor de los casos, se han ido archivando en una memoria olvidadiza, donde se han condenado a desaparecer silenciosamente.
En una de esas redadas mentales, olvidé que he visto las cuatro películas de Arma Mortal, y fue una de las series que veo actualmente, How I Met Your Mother, la que me recordó a un personaje que con el paso de los años he ido aprendiendo a entender: Roger Murtaugh, interpretado por Danny Glover. Era un policía que recién cumplía los 50 años, y siempre tenía una frase leitmotiv que lo destacaba, al punto de que Glover todavía la dice en su vocabulario regular.
Pude recordarlo cualquier fecha del año y seguramente se me olvidaría, o pasaría como un pensamiento más por la cabeza; pero por estas fechas, justo cuando se acerca con inminencia mi cumpleaños, veo con cierta extrañeza que empiezo a pensar así, que "esto muy viejo para estas pendejadas" y que tal vez es hora de entender que debo replantear hasta cuándo decidiré ser joven.
Naturalmente, para mí la vejez es una actitud mental. No sólo porque lo haya aprendido de Chespirito, sino porque creo firmemente que es uno mismo quien decide sentirse inservible o no. Yo, que ya tengo una que otra cana crespa aunque no parezca, me resisto a ser un adulto con pelo largo, arete de diamante y Converse, porque hay momentos para todo y circunstancias de las que uno debe retirarse con dignidad.
Mi lista Murtaugh, por ejemplo, arrancó hace bastante tiempo cuando me di cuenta que envejecer es perder las capacidades gastronómicas mutantes, cuando comprobé que mi estómago ya no aguanta nada que no venga bajo en grasa, deslactosado y hasta kosher, que ya es mucho decir para un pobre cristiano. Ya no como como antes, ya no recibo comidas después de cierta hora y lo peor, me convertí en ese ser que deja comida en el plato, algo realmente triste.
Ya no estoy para esos trotes de trasnochar, porque además de que al otro día quedo con guayabo neuronal, no puedo pasar la noche en vela porque tengo algún compromiso por asumir, así que mi diversión nocturna ya no pasa de las 10pm, hora en que no importa dónde esté, me quedo dormido. Es por eso que en mi lista pienso adjuntar las mil y un veces que dije "la próxima vez duermo aunque sea un poquito", o "En el camino me nivelo la dormida".
Ahora pienso seriamente si salgo de la casa o no, primero porque me la paso pensando en la plata que debo, y en que cada salida es estar más lejos de la libertad financiera, la misma que espero para independizarme y armar rancho aparte. Vivo fastidiado con el transporte público y en general con los taxis, con los que no quiero pelear por la plata que me cobran de más. Pero como no tengo carro, me toca usar estos servicios, y es entonces cuando me contradigo y sufro por la plata perdida en un plan que prácticamente podría haber evitado.
Es entonces cuando me doy cuenta que he disfrutado mucho la vida, aunque viéndolo así no pareciera. He viajado mucho y no pienso dejar de hacerlo, he fracasado en el amor y sí pienso dejar de hacerlo, pero sobre todo, me esforzaré por vivir al máximo este año que arranca, para que sean más los perdones que los permisos, más las historias divertidas que los what if, más ítems en la lista Murtaugh y así mismo más libertad para ser adulto con dignidad.
En una de esas redadas mentales, olvidé que he visto las cuatro películas de Arma Mortal, y fue una de las series que veo actualmente, How I Met Your Mother, la que me recordó a un personaje que con el paso de los años he ido aprendiendo a entender: Roger Murtaugh, interpretado por Danny Glover. Era un policía que recién cumplía los 50 años, y siempre tenía una frase leitmotiv que lo destacaba, al punto de que Glover todavía la dice en su vocabulario regular.
Pude recordarlo cualquier fecha del año y seguramente se me olvidaría, o pasaría como un pensamiento más por la cabeza; pero por estas fechas, justo cuando se acerca con inminencia mi cumpleaños, veo con cierta extrañeza que empiezo a pensar así, que "esto muy viejo para estas pendejadas" y que tal vez es hora de entender que debo replantear hasta cuándo decidiré ser joven.
Naturalmente, para mí la vejez es una actitud mental. No sólo porque lo haya aprendido de Chespirito, sino porque creo firmemente que es uno mismo quien decide sentirse inservible o no. Yo, que ya tengo una que otra cana crespa aunque no parezca, me resisto a ser un adulto con pelo largo, arete de diamante y Converse, porque hay momentos para todo y circunstancias de las que uno debe retirarse con dignidad.
Mi lista Murtaugh, por ejemplo, arrancó hace bastante tiempo cuando me di cuenta que envejecer es perder las capacidades gastronómicas mutantes, cuando comprobé que mi estómago ya no aguanta nada que no venga bajo en grasa, deslactosado y hasta kosher, que ya es mucho decir para un pobre cristiano. Ya no como como antes, ya no recibo comidas después de cierta hora y lo peor, me convertí en ese ser que deja comida en el plato, algo realmente triste.
Ya no estoy para esos trotes de trasnochar, porque además de que al otro día quedo con guayabo neuronal, no puedo pasar la noche en vela porque tengo algún compromiso por asumir, así que mi diversión nocturna ya no pasa de las 10pm, hora en que no importa dónde esté, me quedo dormido. Es por eso que en mi lista pienso adjuntar las mil y un veces que dije "la próxima vez duermo aunque sea un poquito", o "En el camino me nivelo la dormida".
Ahora pienso seriamente si salgo de la casa o no, primero porque me la paso pensando en la plata que debo, y en que cada salida es estar más lejos de la libertad financiera, la misma que espero para independizarme y armar rancho aparte. Vivo fastidiado con el transporte público y en general con los taxis, con los que no quiero pelear por la plata que me cobran de más. Pero como no tengo carro, me toca usar estos servicios, y es entonces cuando me contradigo y sufro por la plata perdida en un plan que prácticamente podría haber evitado.
Es entonces cuando me doy cuenta que he disfrutado mucho la vida, aunque viéndolo así no pareciera. He viajado mucho y no pienso dejar de hacerlo, he fracasado en el amor y sí pienso dejar de hacerlo, pero sobre todo, me esforzaré por vivir al máximo este año que arranca, para que sean más los perdones que los permisos, más las historias divertidas que los what if, más ítems en la lista Murtaugh y así mismo más libertad para ser adulto con dignidad.
martes, 23 de diciembre de 2014
Miedo
Con el fin de los años, empiezan esos deseos inexplicables por valorar y revisar las metas. Inexplicables porque no se sabe si es herencia oficinista de andar chequeando informes de gestión en aburridoras reuniones de tráfico, o si en realidad es un deseo de mejorar, de volverse la mejor versión de uno mismo sin que a nadie más le importe. En mi caso, siempre, desde 1999 hasta la fecha, me he encargado de hacer una lista de propósitos para el año venidero, y me ha funcionado para muchas cosas.
Fue por una de esas listas que me obligué a volver a estudiar bajo, que renuncié a un trabajo para perseguir uno que otro sueño y hasta fracasé en el intento de volar. Pero esas listas, que a fin de cuentas me hacen sentir más bruto, también han sido las mercenarias de muchas promesas incumplidas, palabras postergadas, movidas fallidas que se han salido de mi plan. Allí han quedado plasmados mil y un intentos por disciplinarme haciendo ejercicio, o tratar de mejorar mis relaciones familiares, o simplemente mejorar mis relaciones, o en el peor de los casos tener relaciones, lo que implicaría ser muy familiar, pero la dinámica de la realidad es otra.
Antes le temía muchísimo a ponerme una meta que sabía que no cumpliría, y me dediqué a buscar maneras de cumplir exitosamente propósitos concretos, todo porque le tenía un profundo miedo al fracaso. Ahora no le temo al fracaso, ni a los perros, ni a quedarme otra temporada en Babilonia; mi mayor prevención es con el miedo en sí mismo. Y esto no es una frase redactada por Hassam ni por Jotamario sobrio, es mi realidad de cada día.
Le tengo pavor a que me den miedo las cosas, me produce terror profundo entrar en ese estado de acomplejamiento paralizante; me falta el aire de solo pensar que puedo convertirme en esa persona prejuiciosa que habla de lo que no conoce, y en el peor de los casos no se atreve a experimentar afuera de su pensamiento lineal y por eso juzga desde su tribuna.
Ya lo dijo Walter White: el miedo es el enemigo real. El miedo es una completa idiotez heredada de las experiencias de mis familiares, a quienes también les debo las deudas. Me acuerdo de mi papá, quien tiene en su casa, en su carro y en su oficina un kit de desastres donde guarda provisiones por si hay terremotos, tsunamis, derribos de torres y cuanto desastre se le venga a la cabeza. Y lo que no cubre el kit, seguramente está salvaguardado por alguna de las cuatro pólizas por muerte violenta, fideicomisos de usufructo y hasta plan canitas. La gente alega que hay que ser prevenido, pero francamente esas prevenciones son las que más quitan la paz, que es lo que uno debe procurar.
Es por eso que ante esa nostalgia campesina de quien quiere regresarse por donde vino, recordando con quien anduvo y hasta añorando el pasado infructuoso del terreno conocido, contraataco con amor innovador, que es para mí lo contrario al miedo rutinario. Esa nostalgia es medio peligrosa, y por eso me parece riesgoso cuando la gente termina el año frustrada por lo que no hizo, ignorando que todavía hay un presente, que a fin de cuentas es lo único que queda.
Para el año que viene, espero tener mi lista con propósitos que me dejen paniqueado de sólo pensarlos, porque tengo claro que no existen las condiciones perfectas para hacer algo. Así que espero perderle el miedo a trabajar con cristianos, meterme a un foro a leer comentarios en mi contra y hasta atreverme a fracasar de nuevo, porque siempre hay cierta pedagogía en hacer las cosas mal. En últimas, el miedo será algo que siempre enfrentaremos, pero entre más rápido salgamos de ahí serán muchas las oportunidades que se podrán aprovechar.
Fue por una de esas listas que me obligué a volver a estudiar bajo, que renuncié a un trabajo para perseguir uno que otro sueño y hasta fracasé en el intento de volar. Pero esas listas, que a fin de cuentas me hacen sentir más bruto, también han sido las mercenarias de muchas promesas incumplidas, palabras postergadas, movidas fallidas que se han salido de mi plan. Allí han quedado plasmados mil y un intentos por disciplinarme haciendo ejercicio, o tratar de mejorar mis relaciones familiares, o simplemente mejorar mis relaciones, o en el peor de los casos tener relaciones, lo que implicaría ser muy familiar, pero la dinámica de la realidad es otra.
Antes le temía muchísimo a ponerme una meta que sabía que no cumpliría, y me dediqué a buscar maneras de cumplir exitosamente propósitos concretos, todo porque le tenía un profundo miedo al fracaso. Ahora no le temo al fracaso, ni a los perros, ni a quedarme otra temporada en Babilonia; mi mayor prevención es con el miedo en sí mismo. Y esto no es una frase redactada por Hassam ni por Jotamario sobrio, es mi realidad de cada día.
Le tengo pavor a que me den miedo las cosas, me produce terror profundo entrar en ese estado de acomplejamiento paralizante; me falta el aire de solo pensar que puedo convertirme en esa persona prejuiciosa que habla de lo que no conoce, y en el peor de los casos no se atreve a experimentar afuera de su pensamiento lineal y por eso juzga desde su tribuna.
Ya lo dijo Walter White: el miedo es el enemigo real. El miedo es una completa idiotez heredada de las experiencias de mis familiares, a quienes también les debo las deudas. Me acuerdo de mi papá, quien tiene en su casa, en su carro y en su oficina un kit de desastres donde guarda provisiones por si hay terremotos, tsunamis, derribos de torres y cuanto desastre se le venga a la cabeza. Y lo que no cubre el kit, seguramente está salvaguardado por alguna de las cuatro pólizas por muerte violenta, fideicomisos de usufructo y hasta plan canitas. La gente alega que hay que ser prevenido, pero francamente esas prevenciones son las que más quitan la paz, que es lo que uno debe procurar.
Para el año que viene, espero tener mi lista con propósitos que me dejen paniqueado de sólo pensarlos, porque tengo claro que no existen las condiciones perfectas para hacer algo. Así que espero perderle el miedo a trabajar con cristianos, meterme a un foro a leer comentarios en mi contra y hasta atreverme a fracasar de nuevo, porque siempre hay cierta pedagogía en hacer las cosas mal. En últimas, el miedo será algo que siempre enfrentaremos, pero entre más rápido salgamos de ahí serán muchas las oportunidades que se podrán aprovechar.
jueves, 11 de diciembre de 2014
Caradura
Toda la vida andamos buscando reconocimiento. Es una de las necesidades básicas desde que somos niños, y como algunos todavía no maduramos del todo, seguimos tratando de encontrar manos que nos aplaudan, palabras que nos soben la espalda, sonrisas que nos retribuyan la paga por lo que se supone que hacemos. Y es una tristeza, porque uno lucha toda la vida por hacer lo que le gusta y en el camino se encuentra con la fama, que en esta sociedad significa éxito, de donde deriva la estabilidad y la seguridad para muchos.
En mi caso, he enfrentado públicos grandes desde los 5 años, cuando me escogieron como maestro de ceremonias en la clausura de mi jardín infantil, todo porque además de que era el que mejor leía del curso, generaba más ternura poner en tarima a un pequeño hobbit charlatán que a uno de estatura normal hablando a trastazos. Y así fui creciendo, creyendo que lo mío era el reconocimiento como fin y no como consecuencia.
Me tomaron 20 años para entender que hay cierto placer en el anonimato, así como lo han mantenido creativos y cantantes a lo largo de la historia. A mí me gusta citar a los tipos de Daft Punk por eso, porque se dedican a lo suyo aún a pesar de sí mismos. Pocos saben que sus nombres son Guy-Manuel de Homem-Christo y Thomas Bangalter, ya que andan detrás de sus máscaras robotizadas, dando pocas entrevistas, como tratando de decirnos que siempre será necesario trascender la humanidad por la confianza en uno mismo, en el mensaje y en la audiencia. Y es que generar esa distancia entre el yo artista y el yo hombre siempre será necesaria, aunque de eso ya he hablado mucho.
Daft Punk en principio daba la cara, pero con el tiempo fueron migrando al anonimato sutil, posando en medio de más personas, o publicando sus fotos de bebés que al crecer se robotizaron. Me gusta pensar en que cuando escribo un personaje, o actúo de algún otro, estoy generando ese distanciamiento artificial que me ayudará a separar lo público de lo privado, porque a veces esto de ser tan transparente es un arma de doble filo.
Alguna vez intenté desarrollar un proyecto a dúo en completo anonimato, algo tipo La Bobada Literaria. Y la verdad me sentí bien hasta que me di cuenta que mi socio buscaba la selfie chismosa, la primicia instagramera y todo ese discurso de inmediatez que terminó revelando, en un deseo de reconocimiento de su parte, que estábamos detrás de ciertos videos virales de rápida difusión y altísima efectividad. Luego fue una pena enfrentar a los admiradores. Es que esto de ser famoso en ciertos sectores (y lo digo con temor y temblor), resulta más riesgoso que andar enmascarado, desde donde se podría vivir más tranquilo.
Ahora ando en una etapa reflexiva, tratando de abrazar esas máscaras que me protegen de mí mismo. La fama, como decía García Márquez, se termina volviendo el oficio del famoso, y no queda más que dedicarse a eso en un intento de retribuir a las personas que lo han ponderado a uno en esos pedestales imperfectos. Yo hace mucho dejé de tomarme en serio a mí mismo y por eso sufro cuando me reconocen en la calle, porque temo desilusionarlos con mi humanidad, con que no todo el tiempo tengo un apunte rápido para alegrarles la vida o que no siempre estoy de buenas pulgas para hablar de Chespirito. Quizá algunas veces la gente se siente defraudada, pero así es como quiero hacerlo.
No quisiera convertirme en ese ser al que lo abordan en la calle para pedirle fotos y autógrafos (cosa que me parece horrorosa), porque creo que soy exactamente igual que ellos. Y en el amor pasa lo mismo, muchas veces he descrestado desde la tarima y no desde la fila para el auditorio, donde todos somos iguales. Ahora entiendo esa necesidad de escape plasmada detrás de gente como Gorillaz, Ziggy Stardust, Kiss, y hasta Slipknot, porque yo también quiero tener la cara dura para ser un caradura con mi reputación personal.
En mi caso, he enfrentado públicos grandes desde los 5 años, cuando me escogieron como maestro de ceremonias en la clausura de mi jardín infantil, todo porque además de que era el que mejor leía del curso, generaba más ternura poner en tarima a un pequeño hobbit charlatán que a uno de estatura normal hablando a trastazos. Y así fui creciendo, creyendo que lo mío era el reconocimiento como fin y no como consecuencia.
Me tomaron 20 años para entender que hay cierto placer en el anonimato, así como lo han mantenido creativos y cantantes a lo largo de la historia. A mí me gusta citar a los tipos de Daft Punk por eso, porque se dedican a lo suyo aún a pesar de sí mismos. Pocos saben que sus nombres son Guy-Manuel de Homem-Christo y Thomas Bangalter, ya que andan detrás de sus máscaras robotizadas, dando pocas entrevistas, como tratando de decirnos que siempre será necesario trascender la humanidad por la confianza en uno mismo, en el mensaje y en la audiencia. Y es que generar esa distancia entre el yo artista y el yo hombre siempre será necesaria, aunque de eso ya he hablado mucho.
Daft Punk en principio daba la cara, pero con el tiempo fueron migrando al anonimato sutil, posando en medio de más personas, o publicando sus fotos de bebés que al crecer se robotizaron. Me gusta pensar en que cuando escribo un personaje, o actúo de algún otro, estoy generando ese distanciamiento artificial que me ayudará a separar lo público de lo privado, porque a veces esto de ser tan transparente es un arma de doble filo.
Alguna vez intenté desarrollar un proyecto a dúo en completo anonimato, algo tipo La Bobada Literaria. Y la verdad me sentí bien hasta que me di cuenta que mi socio buscaba la selfie chismosa, la primicia instagramera y todo ese discurso de inmediatez que terminó revelando, en un deseo de reconocimiento de su parte, que estábamos detrás de ciertos videos virales de rápida difusión y altísima efectividad. Luego fue una pena enfrentar a los admiradores. Es que esto de ser famoso en ciertos sectores (y lo digo con temor y temblor), resulta más riesgoso que andar enmascarado, desde donde se podría vivir más tranquilo.
Ahora ando en una etapa reflexiva, tratando de abrazar esas máscaras que me protegen de mí mismo. La fama, como decía García Márquez, se termina volviendo el oficio del famoso, y no queda más que dedicarse a eso en un intento de retribuir a las personas que lo han ponderado a uno en esos pedestales imperfectos. Yo hace mucho dejé de tomarme en serio a mí mismo y por eso sufro cuando me reconocen en la calle, porque temo desilusionarlos con mi humanidad, con que no todo el tiempo tengo un apunte rápido para alegrarles la vida o que no siempre estoy de buenas pulgas para hablar de Chespirito. Quizá algunas veces la gente se siente defraudada, pero así es como quiero hacerlo.
No quisiera convertirme en ese ser al que lo abordan en la calle para pedirle fotos y autógrafos (cosa que me parece horrorosa), porque creo que soy exactamente igual que ellos. Y en el amor pasa lo mismo, muchas veces he descrestado desde la tarima y no desde la fila para el auditorio, donde todos somos iguales. Ahora entiendo esa necesidad de escape plasmada detrás de gente como Gorillaz, Ziggy Stardust, Kiss, y hasta Slipknot, porque yo también quiero tener la cara dura para ser un caradura con mi reputación personal.
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